A los pies de Venus (los Borgia)

Part 9

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Justificaba la corrupción general el excesivo celo y el fanatismo desorientado del virtuoso Savonarola, quien incluía en idéntico anatema la liviandad y los esplendores del arte, como si fuesen pecados iguales.

En vano legislaban príncipes y Pontífices contra el lujo de la época. Un vestido de una de las Sforza hallábase de tal modo cubierto de perlas y bordados, que su valor se estimaba en 5.000 ducados de oro, cantidad equivalente á 50.000 dólares actuales. Los padres sólo podían casar á una de sus hijas, enviando las otras al convento. Una boda iba acompañada de tan fastuosas ceremonias, que arruinaba á una familia.

La usura era la principal industria de muchas ciudades italianas. Los judíos, únicos que la ejercían al principio, veíanse suplantados por los cristianos, resultando éstos al fin más sin entrañas que los prestamistas israelitas. El interés de treinta por ciento era ordinario, llegando algunas veces al setenta ú ochenta. Todos querían dinero para divertirse, tomándolo sin fijarse en las consecuencias.

Los que se dedicaban al placer habían hecho voto de morir jóvenes. Nunca se conoció mayor desprecio por la vida ajena. El que tenía un enemigo lo asesinaba por sí mismo ó valiéndose del auxilio de un mercenario. Los grandes mantenían un alquimista de cámara para que les preparase nuevos venenos. La liviandad de esposas é hijas daba origen á terribles venganzas. En la Roma de entonces raro era el amanecer que no se encontraban en las calles varios cadáveres; pero esto no impedía las arriesgadas aventuras de la noche siguiente. Además, según decían los humanistas, «los favoritos de los dioses deben morir jóvenes», y únicamente los burgueses, vulgares y tímidos, podían aspirar á una monótona vejez.

El humanismo que parecía materialista representaba en realidad una gran aspiración espiritual.

«Los hombres de estudio y los artistas--pensaba Borja--vivían postrados á los pies de Venus, divinidad despertada después de tantos siglos de sueño mortal, como las estatuas que iba desenterrando el arado en la campiña romana.»

Venus ya no era solamente la diosa del amor; servía de símbolo á la belleza, á la razón, á la dulzura de vivir, evocadas por el Renacimiento.

Hasta el populacho sentía estos entusiasmos idealistas. Desenterraban los excavadores con sus picos un sarcófago de la antigua Roma, y dentro de él una joven desnuda, blanca como el marfil, con rubia cabellera semejante á los rayos del sol, conservada durante mil quinientos años por un líquido misterioso que llenaba su tumba.

Corrían las gentes á admirarla, dándole en seguida un nombre. Era «la hija de Cicerón». No podía ser otra. Cicerón presidía el Renacimiento, como el mago Virgilio la Edad Media.

Repartíase entre los poderosos el bálsamo protector de «la hija de Cicerón» para usos medicinales, y el cadáver de quince siglos, bello como la antigüedad clásica, se disgregaba á las cuarenta y ocho horas bajo la acción del aire y la luz, falto de su envoltura líquida.

La blanca Venus había vuelto á la tierra.

Veíase el cristianismo invadido por el paganismo. Los altos dignatarios de la Iglesia, bajo el influjo de los humanistas, eran los primeros en realizar la mezcla de las dos religiones, queriendo mostrarse así hombres de su tiempo con refinados gustos literarios.

Dios recibía el nombre de «Júpiter», y el cielo el de «Olimpo». Los santos eran llamados «dioses», los ángeles «genios», Cristo «el sublime héroe», y María «resplandeciente ninfa». Las monjas se veían designadas con el sobrenombre de «vestales», los cardenales eran «senadores», el infierno «el Tártaro» y Santo Tomás de Aquino «el Apolo de la cristiandad». Y tal mezcolanza pagano-cristiana, que iba expresando las cosas del catolicismo con un lenguaje gentílico, conseguía implantarse en los púlpitos y las altas asambleas de la Iglesia, hablando los predicadores en la basílica de San Pedro de «María, madre de los dioses», de «Cristo, dios del trueno», viéndose además comparados los Pontífices por sus aduladores, en italiano y en latín, con César ó Augusto, Aristóteles ó Platón, Cicerón ó Virgilio.

Este amor á la antigüedad no había extinguido las supersticiones, siendo la astrología la más saliente de todas ellas. Hasta los Pontífices creían en la influencia de los astros sobre los destinos del hombre, consultando á los versados en dicho estudio.

Unicamente Pío II, el escritor, y Alejandro VI, el segundo papa Borgia, mantuviéronse al margen de tales engaños. Alejandro hasta se negaba á recompensar varias obras de astrología que le dedicaron sus autores. En cambio, su hijo César Borgia, casi siempre incrédulo, mostraba la misma superstición de todos los hombres de lucha que exponen frecuentemente su vida, y semejante á numerosos capitanes de la misma época, consultaba á los astrólogos antes de emprender una batalla ó poner sitio á una ciudad. Papas célebres como Sixto IV, Julio II, León X, y todavía más adelante Paulo III, se dedicaban directamente á la astrología ó escuchaban con gravedad los diagnósticos celestes de los profesionales. Un médico y erudito como Pablo Toscanelli servía de astrólogo á los Médicis, no perdiendo su fe en dicha ciencia hasta los últimos años de su vida, cuando se vió arruinado, á pesar de que los planetas le habían prometido grandes riquezas.

Todas las soluciones importantes de los soberanos y hasta los asuntos de su vida corriente, como por ejemplo, la recepción de un embajador, un pequeño viaje ó el tomar una medicina, se determinaban consultando antes á las estrellas. Tal era la superstición sideral, que entre las gentes ricas nadie se atrevía á comer, á ponerse un vestido nuevo ó á intentar cosa alguna sin estudiar los astros.

Claudio terminaba siempre sus reflexiones acordándose de los Borgia y de las calumnias que los contemporáneos enemigos de dicha familia habían hecho pesar sobre ella.

Era absurdo juzgarlos con el criterio de los tiempos modernos. Resultaba falto de toda equidad no tener en cuenta su época y el ambiente en que se desarrollaron sus existencias.

«Si los salvajes que aún quedan en la tierra--pensaba Borja--nos parecen repugnantes, es porque la barbarie de sus costumbres contrasta con la civilización más ó menos relativa á que hemos llegado. Pero todavía existen en nuestra vida actual excesos, abusos é injusticias que los siglos futuros tendrán por execrables, mientras que á nosotros nos parecen una consecuencia forzosa del espíritu especial de nuestro tiempo. Para apreciar lo que fueron los Borgia hay que conocer los hombres y las costumbres de su época. Los devotos de ahora piensan con horror en Alejandro VI, Papa con hijos. Es porque en la actualidad el Papado vive como un simple poder espiritual, libre de las impurezas y tentaciones que traen consigo los gobiernos terrenales, y además, vigilado y depurado por los enemigos que tiene enfrente, el anticlericalismo de los incrédulos y las numerosas iglesias protestantes en que se fraccionó el cristianismo.»

Durante los siglos XV y XVI el Papado era todo lo contrario. La Iglesia católica dominaba moralmente á los grandes Estados de Europa, figurando al mismo tiempo como un Estado más, pues gobernaba políticamente á Roma y los territorios de la Santa Sede. El Papa era un soberano como los otros soberanos laicos, un rey electivo, lo mismo que los demás reyes. Y no resultaba Rodrigo de Borja el único Pontífice que tenía hijos y procuraba favorecerlos.

Casi todo el cardenalato de aquella época, del cual había de surgir el futuro Papa, estaba compuesto de ricos señores, acostumbrados á vivir con más ostentación que los príncipes seglares, por ser mayores sus rentas.

Se dedicaban á la protección de las bellas artes, se fortalecían en la caza cuando no podían hacerlo en la guerra, tenían numerosas amantes durante su juventud, que les daban no menos herederos, y llamaban á éstos unas veces sobrinos, por modestia, concediéndoles otras el título de hijos francamente, cuando sentían halagada su vanidad paternal por las condiciones de sus retoños, buenas ó malas.

II

Donde pasan y mueren cuatro Pontífices, mientras el vice-Papa se mantiene treinta y cuatro años esperando su hora.

Tendido en el gran diván de su estudio, seguía recordando Claudio la vida del cardenal Rodrigo de Borja, tan interesante para él como su pontificado.

Duraba treinta y cuatro años, entre la muerte de su tío Calixto III y su propia ascensión á la Santa Sede con el nombre de Alejandro VI.

En dicho período servía á cuatro Papas, Pío II, Paulo II, Sixto IV é Inocencio VIII, conservándolo todos ellos en su alto cargo de vicecanciller de la Iglesia y añadiendo cada uno nuevas prebendas y lucrativos obispados, que convertían al llamado cardenal de Valencia en uno de los más ricos príncipes eclesiásticos.

De actividad infatigable, múltiple y contradictorio en sus acciones, como la mayor parte de los personajes del Renacimiento, dedicaba una mitad de su existencia á los placeres y otra á los negocios de Estado y á la devoción, pues los excesos del libertinaje iban unidos en él á la fe de un sincero creyente.

Esta complejidad no representaba un caso único. Muchos de los hombres de su época fueron iguales. Lorenzo de Médicis peroraba en la Academia Platónica de Florencia sobre la virtud y la moralidad, sosteniendo al mismo tiempo relaciones ilícitas con doncellas y casadas. Escribía poemas en honor de la Virgen y canciones licenciosas de Carnaval para ser entonadas en las orgías.

Si cuatro Papas conservaban á Rodrigo de Borja en su alto cargo de vicecanciller, era porque le creían insustituíble. El llevaba adelante los negocios más difíciles de la Iglesia y bajo su dirección se iba ensanchando el poder político de la Santa Sede.

La muerte de su tío no disminuía su influencia en el Vaticano. Mientras el populacho de Roma se ocupaba en saquear lo que había quedado oculto bajo las ruinas de su palacio ó corría las calles gritando: «¡Mueran los catalanes!», él creaba un nuevo Papa, amigo suyo.

El sienés Piccolomini, bautizado Eneas Silvio, conforme á la moda impuesta por los humanistas, había sido siempre un escritor, fuera cual fuera el alto cargo que desempeñase. Su carácter ligero, agradable, dulce é inconstante parecía un reflejo de su estilo literario.

Había fluctuado durante su juventud del cisma á la legalidad pontifical, sirviendo á unos y á otros en los conflictos del Concilio de Basilea entre el Papa y el anti-Papa. Su juventud era libertina, como la de todos los letrados de su época, teniendo dos hijos de una inglesa que vivió con él y suponiéndole sus enemigos una segunda prole más oculta y numerosa.

Escribía novelas, poemas y libros científicos, con arreglo al gusto contemporáneo. Su compendio de geografía, que dejó sin terminar, describiendo el mundo conocido hasta entonces, especialmente el Asia, sirvió treinta años después á un visionario llamado Cristóbal Colón, figurando entre su reducido caudal de libros junto con otra enciclopedia cosmográfica escrita en el siglo anterior por el cardenal Pedro de Ailly.

Eneas Silvio amaba la Naturaleza, como Petrarca. El mismo se dió el título de «amigo de los bosques», y en su época papal huía, siempre que le era posible, de los palacios pontificios, para instalarse en alguna arboleda de la Umbría, abundosa en encinas seculares. Calixto III, preocupado en hacer la guerra á los turcos, no tuvo tiempo para proteger las artes y las letras; pero fijó sus ojos en este escritor, abriéndole la puerta más grande de la Iglesia, y veinte meses antes de su muerte lo hizo cardenal.

Al reunirse el cónclave, Piccolomini era el más moderno de sus individuos, pero tenía en su favor la popularidad literaria. El hábil Rodrigo de Borja, que sólo contaba en aquel entonces veintiséis años de edad, se propuso, con una audacia propia de su juventud ardiente, hacer Papa á Eneas Silvio, que era como de su familia, pues siempre se mostró agradecido á Calixto, su protector. No dejó que los cardenales se dividieran, sosteniendo cada uno á su candidato particular, y apenas reunido el cónclave, se adelantó á todas las opiniones proponiendo que Piccolomini fuese nombrado Papa por aclamación. Su elocuencia de meridional y la sorpresa causada por su iniciativa obtuvieron un triunfo instantáneo, y el nuevo Papa tomó el nombre de Pío II. Continuó siendo Borgia bajo su pontificado una especie de ministro universal de la Iglesia, pues á esto equivalía su cargo de vicecanciller.

Pío II, á los cincuenta y tres años, se mostraba de gran virtud por estar quebrantado su cuerpo, sufriendo especialmente el mal de gota á consecuencia de haber ido descalzo, por caminos helados, á una iglesia de la Virgen, en Escocia, para cumplir cierto voto hecho durante una tempestad en el mar. Sus dolencias le inmovilizaban en el lecho largo tiempo, y sólo en días de calma podía atender á los negocios del Papado ó á continuar la redacción de su libro _Cosas memorables_, en el que iba transcribiendo historias oídas y todo lo digno de mención visto en sus viajes.

Pequeño de estatura, algo rechoncho, con la cabeza blanca, sus gestos eran una mezcla de severidad y mansedumbre. Vestía modestamente, y su mesa resultaba frugal, contrastando dicha parquedad con el lujo que desplegaban los más de los cardenales.

Eneas Silvio hacía frecuentes viajes, sin miedo á sus molestias. El «amigo de los bosques» se mostraba cada vez más sensible á las plácidas impresiones de la Naturaleza, é ir en busca de ellas era el único placer que podía gozar. Viviendo en las arboledas de la Umbría, daba audiencia ó firmaba sus documentos bajo el ramaje de una encina de varios siglos.

Este Papa, que no amaba la guerra, tuvo que hacerla arriesgadamente al más terrible capitán de entonces, el famoso Segismundo Malatesta, feroz como un oso en sus momentos de cólera, y á otras horas artista de gustos refinados. Dicho monstruo servía á los Papas ó se burlaba de ellos, según convenía á sus intereses de soberano de Rímini.

Adivinando la debilidad de este Pontífice imbele, quiso despojarlo de una parte de las tierras de la Iglesia, mas el antiguo escritor acabó por aceptar la lucha, venciéndolo para siempre.

La impiedad de Malatesta dió á esta guerra el carácter de una pequeña cruzada. El señor de Rímini había matado á muchos clérigos y frailes. Además, colocaba dioses paganos en los templos, y una noche de orgía había ordenado que echasen tinta en todas las pilas de agua bendita de las iglesias de su capital, para que al día siguiente los devotos se viesen, durante la misa, con las caras tiznadas.

Reproducíase bajo el pontificado de Pío II el nepotismo de Calixto III y la invasión de sus conterráneos. Miles de habitantes de Siena corrían á Roma para obtener empleos de su compatriota, á semejanza de los «catalanes» durante el reinado del primer Borgia. Todos los que se llamaban Piccolomini exigían ricas prebendas sin alegar otro mérito que su apellido. Varios sobrinos del Papa ocupaban los primeros cargos laicos de la Iglesia. Repetíase una vez más lo ocurrido bajo los pontificados anteriores, y que lo mismo volvería á suceder en los siguientes.

Protestaba ahora el pueblo de Roma contra los sieneses, herederos de su antiguo odio contra los «catalanes». Mientras tanto, Pío II saboreaba la vanidad de haber vencido á Malatesta, terror de príncipes y Papas, instalándose, siempre que le era posible, en los montes Albanos, entre ruinas de la antigüedad, frente á los lagos Albani y Nemi, cuyas orillas estaban cubiertas entonces de frondosos bosques. El antiguo humanista esperaba encontrar en dichas espesuras «dioses» ó «ninfas», y toda gruta lacustre le parecía el refugio de Diana.

Seis años duró su pontificado, resultando un fracaso la cruzada organizada por él contra los turcos, á imitación de la del primer Borgia. El viejo y entusiasta español Juan de Carvajal, el de la «batalla de los tres Juanes», dirigía esta nueva cruzada, cuyo punto de reunión fué Ancona.

Casi todos los cruzados, españoles y franceses, mientras llegaban las naves que debían llevarlos á Oriente, se mataban entre ellos en continuas pendencias. No encontrando el Pontífice buques ni dinero, moría en Ancona, viendo con tristeza, desde una ventana de su dormitorio, las pocas naves que había conseguido reunir y la muchedumbre sin orden y sin armas, que nunca llegaría á formar un verdadero ejército.

Al recibirse en Roma la noticia de su muerte, se reprodujeron los mismos desórdenes que al desaparecer su antecesor. El populacho dió el grito de: «¡Mueran los sieneses!», matando á cuantos encontraba en las calles. Antonio Piccolomini, duque de Amalfi, sobrino favorito de Pío II, poseía el castillo de Sant Angelo, como Pedro Luis de Borja en el pontificado de Calixto III.

Cuando se reunió el cónclave, unos hablaron de hacer Papa al infatigable y virtuoso Carvajal, otros defendieron al anciano Torquemada, también español, de costumbres austeras, tenido por el primer teólogo de su tiempo. Pero los dos candidatos, á causa de su nacionalidad, se veían desechados. Además, Rodrigo de Borja, agitador incansable y teniendo á su disposición un grupo adicto de electores, procuraba nombrar Papa á un amigo suyo.

El cardenal Pedro Barbo, rico y noble veneciano, muy afecto á los Borgia, había arrostrado las iras de los enemigos de dicha familia cuando facilitó en compañía de Rodrigo la fuga del hermano de éste. Tal interés tenía el cardenal Borja en el triunfo de su compañero Barbo, que se hizo llevar al Vaticano, gravemente enfermo de fiebre, con la cabeza cubierta de trapos y vendas. Otros cardenales se quedaron en cama á causa de la peste reinante, evitándose con ello las privaciones y el encierro del cónclave, y Rodrigo de Borja se aprovechó de tales ausencias para hacer triunfar la candidatura de su amigo.

Barbo, que era de hermoso aspecto, quiso tomar como Pontífice el nombre de Formoso; pero los cardenales opusieron objeciones, por miedo á los comentarios del pueblo. Tampoco permitieron que se llamase Marcos, por ser San Marcos el grito de guerra de sus compatriotas los venecianos, y resolvió finalmente tomar el nombre de Paulo II.

La elección fué acompañada de los desórdenes y saqueos que eran cortejo inevitable de todo cónclave. Barbo y el belicoso cardenal Scarampo, antiguo almirante de Calixto III, ante la posibilidad de ser electos, habían guarnecido sus palacios con soldados y cañones.

Primeramente corrió la voz de que Scarampo era el elegido, y el populacho se dirigió contra su palacio, viéndose rechazado. Luego, al saber que era Barbo el triunfador, intentó asaltar su lujosa vivienda, llena de riquezas y tesoros de arte, siendo igualmente recibido á tiros de bombarda y espingardazos. Al fin, como todos deseaban robar algo, corrieron al monasterio de Santa María la Nuova, por imaginarse que se guardaban allí las riquezas del Papa electo, pero lo encontraron previsoramente guarnecido de tropas. Cuando, engrosadas las turbas, se empeñaron por segunda vez en tomar el palacio Barbo, hizo un convenio el nuevo Papa con los jefes del motín, dándoles 1.300 ducados de oro á cambio de que respetasen su vivienda. Esto no impidió que, al mismo tiempo, los servidores del Vaticano saqueasen la habitación ocupada por el cardenal Barbo durante el cónclave.

Así vivían los Pontífices en Roma. Paulo II tuvo que dar además 30.000 ducados á Piccolomini, duque de Amalfi, para que abandonase el castillo de Sant Angelo y los de Tívoli, Spoleto y Ostia, que le había confiado su tío, el Papa anterior. Queriendo evitar que en lo futuro se repitiesen tales abusos, puso el mencionado castillo, llave de Roma, bajo el gobierno de un hombre seguro. Y por consejo de su amigo Borgia, entregó dicha fortaleza al erudito español Rodrigo Sánchez de Arévalo, que unía poco después una mitra á su cargo de gobernador militar.

Activo y enérgico Barbo como cardenal, le hizo el Papado flojo de carácter, y sobre todo, perezoso y algo misántropo. Empezó á vivir al revés de los demás, haciendo de la noche día, dando audiencia á las dos ó las tres de la madrugada y obligando á esperar varias semanas á sus amigos más íntimos, deseosos de hablarle.

La suciedad de Roma y las charcas de su campiña prolongaban la peste hasta en los meses más fríos del invierno. La mortandad alcanzaba cifras aterradoras. Esto no impedía que el pueblo de Roma se preocupase del Carnaval como de la fiesta más importante del año, y Paulo II dispuso que sus procesiones de máscaras y sus carreras saliesen de la estrechez de la plaza del Capitolio, desarrollándose desde entonces en la calle más larga de la ciudad, la llamada vía Flaminia, que á consecuencia de tales desfiles tomó su moderno nombre de Corso. Una de las innovaciones del Carnaval fué establecer carreras de asnos, carreras de muchachos y carreras de judíos, siendo estas últimas las que divertían más á la grosera muchedumbre.

Tal fomento de las fiestas carnavalescas fué para Paulo II un medio de alejar al pueblo de los manejos revolucionarios. Durante su reinado se descubrió una conspiración que tenía por finalidad asesinar al Pontífice, proclamando la República romana. La dirigían los humanistas, uno de ellos el célebre erudito Platina; pero el más temible por su actividad y su audacia fué el poeta Calímaco.

Su propósito era introducir secretamente en Roma á todos los proscritos, ocultándolos en las ruinas de las casas derribadas para engrandecer el Vaticano. Luego fingirían una riña delante del palacio con los criados de los cardenales que esperaban á sus señores, llamando de este modo la atención de la reducida guardia del Pontífice, y mientras tanto, conspiradores ocultos penetrarían en el Vaticano, asesinando al Papa y á cuantos le rodeaban.

Dicho plan, semejante al de Porcaro años antes, acabó por ser descubierto, fulminando Paulo II terribles anatemas contra la llamada Academia de Roma, donde se reunían los adeptos del humanismo, todos ellos «materialistas y paganos».

Negaban á Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede entregarse á todos los deleites, sin miedo á los mandamientos divinos, cuidándose sólo de no ponerse en conflicto con la justicia criminal del Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas en su libro _Sobre el placer_. Comían carne en días de vigilia é insultaban á los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber prohibido que se tomase más de una compañera. Reproducían las doctrinas del misterioso libro _Los tres impostores_, del que tanto se había hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó á los hombres con sus leyes, Cristo fué un adormecedor de pueblos, y Mahoma hombre de gran espíritu, pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres cristianos--continuaba el Papa--, prefiriendo otros gentílicos, y se permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad».

Calímaco y otros dos humanistas comprometidos conseguían huir de Roma. El célebre Platina sufrió larga prisión en el castillo de Sant Angelo, y como el gobernador de éste, Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de Calahorra, era también muy versado en letras clásicas, cruzábanse numerosas epístolas en latín entre el guardián y el prisionero, dando por resultado tal correspondencia una creciente dulzura en las condiciones de su cautividad.

El único príncipe de la Iglesia respetado de todos era el anciano Carvajal. Vivía en una casa modestísima, repartiendo su dinero entre los pobres de Roma, avejentado y enfermo prematuramente por los seis años pasados en Hungría oponiéndose al avance de los turcos. Los demás cardenales eran grandes señores, procedentes de familias ilustres ó parientes de Papas, que habían obtenido los más ricos obispados de la cristiandad, derrochando alegremente sus rentas enormes.