A los pies de Venus (los Borgia)

Part 12

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--Después de ser sacerdote continuó su vida irregular, teniendo nuevos hijos. La mujer que le dió mayor descendencia y vivió más tiempo con él fué Juana de Catanzi ó Catanei, una romana apodada «la Vannoza», de la que no ha quedado ningún retrato; pero la opinión general la supone grande, de hermosura rozagante, con carnes pomposas y frescas como todas las mujeres del Transtevere, una especie de Juno popular. Fué la amante de «todo reposo» para Rodrigo de Borja, que además no era tornadizo y predispuesto á cambiar de mujer, dando á sus relaciones ilícitas una tranquilidad familiar. Tal vez esta tendencia al concubinaje permanente y sólido le libró de la más terrible enfermedad de la época, que hacía entonces estragos horribles, y de la que no se libraron cardenales ni Papas. Su enemigo Rovere, menos franco en sus amoríos y también menos consecuente, aficionado á pasar de una mujer á otra sin ligarse con ninguna, fué víctima de la sífilis, y se agravó su dolencia de tal modo, que en una ceremonia de Viernes Santo le fué imposible descalzarse por no mostrar las llagas que el vergonzoso mal había abierto en sus pies.

La Vannoza daba cuatro hijos al cardenal Borja: Juan, que fué segundo duque de Gandía, César, Lucrecia y Jofre. Poseía en Roma una casa cerca del palacio de su amante, y por tres veces se casó con italianos que aceptaron una posición tan deshonrosa á cambio de los buenos empleos proporcionados por el cardenal.

Cuando Borja llegó á Papa ya hacía tiempo que la Vannoza había dejado de ser su amante, pasando á la tranquila situación de madre de sus hijos. Esta mujer moría devotamente en Roma á los setenta y seis años, mucho después de la desaparición de los Borgia. Todas las gentes de su barrio la tenían en altísimo concepto porque costeaba grandes funciones religiosas en la iglesia de Santa María del Popolo, y se había hecho construir en ella una tumba cuyo epitafio latino mencionaba á sus cuatro hijos con una vanidad de plebeya triunfante: Juan, duque de Gandía; César, duque del Valentinado; Jofre, príncipe de Esquilache; Lucrecia, duquesa de Ferrara.

Los dos hijos anteriores del cardenal Borja desaparecieron antes de su papado. Jerónima moría joven y sin historia. Su verdadero primogénito, Pedro Luis (igual nombre que su tío, el favorito de Calixto III), después de una brillante y rápida juventud se extinguía igualmente. El cardenal lo había enviado á España para que hiciese la guerra contra los moros á las órdenes de Fernando el Católico, distinguiéndose en varios combates como soldado ardoroso. Su padre compraba para él un ducado, el de Gandía, consiguiendo, además, que se desposase con doña María Enríquez, hija de un tío del rey don Fernando. El joven tuvo que volverse á Roma en 1488, donde enfermó gravemente, muriendo poco después, y el ducado de Gandía pasó al primer hijo de la Vannoza, el llamado Juan, destinado por su padre á ser hombre de guerra.

César, el segundo hijo de la romana, dedicábalo Rodrigo desde su niñez al estado eclesiástico, sin consultar su voluntad. Seguía con esto la tradición de la familia; el hermano mayor debía ser soldado y el segundo cardenal; lo mismo que Pedro Luis y él, bajo Calixto III.

El eterno vicecanciller era de mano larga para la protección de los suyos. Sixto IV dispensaba al pequeño César, teniendo éste cinco años, del obstáculo canónico para recibir las órdenes, por ser su padre un cardenal-obispo y su madre una mujer casada. A los siete lo hacía protonotario, dándole, además, beneficios eclesiásticos en Játiva y otras ciudades españolas.

Inocencio VIII le nombraba obispo de Pamplona siendo niño aún. Esto no parecía extraordinario en aquel tiempo. Pocos eran los obispos residentes en sus diócesis. Los que recibían la investidura episcopal enviaban á un sacerdote para que gobernase en su nombre, preocupándose solamente de cobrar las rentas de su mitra.

--Yo he leído repetidas veces--continuó Enciso--la carta del cardenal Borja al cabildo de Pamplona anunciándole el nombramiento de este obispo de diez años. Una obra admirable por su amabilidad insinuante y el conocimiento que revela su autor del egoísmo humano. Recuerda el cardenal á los canónigos de Pamplona que es vicecanciller de la Santa Sede, tan poderoso casi como el Papa, y se ofrece á ellos y á su iglesia para servirles en Roma. ¿Cómo no contestar agradecidos?...

Jofre, único de sus hijos, insignificante y sin historia, que recibió el mismo nombre puramente valenciano de su abuelo, fué también en su infancia canónigo y arcediano de la catedral de Valencia. Lucrecia, por su sexo, no podía aspirar á ninguna prebenda eclesiástica, y su padre la destinó á unirse en matrimonio con el hijo de alguno de aquellos señores de la nobleza valenciana, grandes amigos de la familia Borja desde los tiempos en que Calixto III figuraba como secretario del rey Alfonso.

Los contemporáneos de Rodrigo tuvieron á éste por «hombre de ingenio, hábil para todo, de altos pensamientos, sagaz por naturaleza y de admirable actividad en el manejo de los negocios». No era gran orador, pero mostraba una palabra elocuente en conversaciones y pequeñas asambleas, que parecía agrandar sus conocimientos literarios deslumbrando al auditorio.

--Me lo imagino--siguió diciendo don Manuel--cuando ya Pontífice hablaba á cardenales y embajadores. Su voz fué indudablemente abaritonada, en consonancia con su figura majestuosa y sus ojos negros, acariciadores y tenaces. Debió tener mucho de hombre de teatro, expresándose á todas horas con cierta solemnidad, lo que es bastante común en las gentes del Mediterráneo.

Recordó Enciso la relación de un embajador de Venecia á su gobierno, hablando de esta oratoria algo dramática que usaba Alejandro VI, no sólo en los actos públicos, sino igualmente en la vida privada. Cuando el Papa tenía que comunicarle algo secreto (y muchas veces el tal secreto era un engaño diplomático), lo hacía entrar en un pequeño gabinete, cerraba la puerta por dentro, y señalándole un sillón, decía con majestuosa gravedad:

--Sentaos, embajador, y todo cuanto aquí hablemos sólo tres lo sabrán: vos, yo... y Dios que nos escucha.

Levantaba la mano al decir esto señalando al cielo, y era tan solemne el tono de su voz, que al veneciano, no obstante ser un escéptico y tener al Papa por admirable comediante, le era imposible impedir la propia emoción.

Su palacio, sito en el comedio del camino entre el puente de Sant Angelo y el Campo di Fiore, lo consideraban entonces el mejor de Roma.

--Puede usted verlo cuando quiera, querido Borja. Es el actual palacio Sforza Cesarini.

Sólo el cargo de vicecanciller le producía anualmente 8.000 ducados de oro. Sus obispados dábanle mayores rentas, y todos conocían en Roma sus numerosas alhajas, su afición á las perlas, sus tapices, sus ricos ornamentos sacerdotales, su biblioteca abundante en libros de literatura y de ciencias. Como jinete que había empezado á cabalgar á la edad de ocho años, tenía una caballeriza mejor que la del Papa y la de muchos reyes. Todos sospechaban, además, que guardaba ocultos valiosos tesoros en dinero acuñado. Durante treinta y siete años de cardenalato había ido acumulando riquezas, no obstante su generosidad y la opulencia de su vida. Era una reserva irresistible para cuando llegase el momento de entablar la batalla con su adversario Juliano de la Rovere.

La luenga agonía de Inocencio VIII dió tiempo al Sacro Colegio para evitar aquellas alteraciones del orden público que seguían á la muerte de todo Pontífice, y el cónclave se reunió en medio de una relativa tranquilidad. «Sólo han sido unos centenares los heridos y muertos», decía un embajador al relatar los sucesos de Roma después del fallecimiento de Inocencio.

El 6 de Agosto de 1492 se reunía el cónclave en la Capilla Sixtina, compuesto de veintitrés cardenales, y el sermón de costumbre era pronunciado por el obispo español don Bernardino López de Carvajal, describiendo el grave estado de la Iglesia y excitando á los cardenales á «una pronta y buena elección».

Juliano de la Rovere, verdadero Papa durante el pontificado de Inocencio, quería ocupar ahora directamente la silla de San Pedro, apelando al soborno de los cardenales dispuestos á tal venalidad, lo mismo que había hecho en la elección anterior. Como estaba al servicio de los intereses de Francia, se contaba en Roma que el rey Carlos VIII había hecho depositar en un Banco 200.000 ducados para su elección, y otros 100.000 la república de Génova.

Todos los genoveses de Roma daban por seguro el encumbramiento de su compatriota. El rey de Nápoles también parecía inclinarse hacia Juliano.

Frente á él figuraban como candidatos probables el cardenal portugués Costa, varón de austeras costumbres, Ascanio Sforza, el cardenal Caraffa y sólo en cuarto lugar Rodrigo de Borja.

Únicamente el obispo Boccacio, embajador de Ferrara, vió con más claridad que los otros diplomáticos residentes en Roma. «Borgia--dijo en una comunicación á su gobierno--tiene el cargo de canciller, que equivale á un segundo Papa, y tantos obispados, tantas abadías ricas, tantas rentas de miles y miles de ducados, tantos palacios, que tal vez acaben por elegirlo los cardenales, con la esperanza de que así quede vacante lo que ahora posee y poder repartírselo».

Pesaba contra él su calidad de español. Muchos cardenales italianos no querían hablar siquiera de la posibilidad de un Papa extranjero, «un Papa ultramontano», nacido más allá de los Alpes.

Como si Boccacio el de Ferrara hubiese conocido de antemano las intenciones del cardenal de Valencia, éste, que aparecía como el último de los candidatos, fué iniciando hábilmente su obra de amigable soborno frente á los trabajos de la misma índole realizados por su adversario Juliano con el dinero de Francia y de Génova.

Ascanio Sforza, convencido de que no reuniría bastantes sufragios para que lo eligiesen Papa, empezó á escuchar las tentadoras proposiciones de su amigo Borgia. Este le ofreció, á cambio de sus votos, el cargo de vicecanciller, su propio palacio con todos los muebles y riquezas que tanto admiraba Sforza, y además el castillo de Nepi, el obispado de Erlau, que daba una renta de 10.000 ducados, y otros beneficios.

Las fuertes é importantes ciudades de Monticelli y Soriano, que eran suyas, las cedió al cardenal Orsini con la legación de la Marca y el obispado de Cartagena. Al cardenal Colonna, la abadía de Subiaco con todos los lugares fuertes que la rodeaban; al cardenal Savelli, Civita-Castellana y el obispado de Mallorca; á Palavicini, el obispado de Pamplona, que era de su hijo César; al cardenal Michiel, el obispado de Porto, y á los cardenales Sclafenati, San Severino y Riario, otras ricas abadías y valiosos beneficios. Hasta el cardenal Domenico de la Rovere abandonó á su pariente Juliano porque Borgia le ofrecía mayores recompensas. Además, los cardenales aseglarados esperaban bajo su gobierno una existencia más grata aún que la que habían llevado hasta entonces.

Con los votos que Borgia consideraba propios y los del partido de Sforza, llegó á reunir catorce. Le faltaba uno para obtener la mayoría de los dos tercios, pero resultaba difícil conseguirlo. Ninguno de los del bando de Juliano quería ceder, conociendo la rivalidad implacable entre su jefe y Rodrigo. Sólo quedaba el anciano cardenal Gerardo, de noventa y cinco años, casi irresponsable, al que pretendían ganar uno y otro bando; pero el insinuante Borgia y el hábil Sforza consiguieron al fin conquistar á este macrobio, y su voto fué decisivo en favor del cardenal de Valencia.

En la madrugada del 11 de Agosto se abrió la ventana del cónclave para anunciar que el vicecanciller Rodrigo de Borja había sido elegido Papa y tomaba el nombre de Alejandro VI.

Tal noticia fué acogida con estupor en el primer momento. Muy pocos habían creído en la posibilidad de que triunfase. Era un extranjero, un español, y todos temían que surgiese un nuevo cisma si conseguía la tiara un cardenal no italiano.

Aquí pudo verse el prestigio simpático que Borgia había adquirido en Roma y el concepto en que le tenían las diversas cortes de Italia, así como el resto de Europa.

En vano sus enemigos murmuraron contra los procedimientos empleados en el cónclave, y escribió el mordaz Infesura que «Alejandro VI, para ser creado Papa, _había repartido antes sus bienes á los pobres_». Pasado el primer instante de sorpresa, todos reconocieron que este cardenal, versado como muy pocos en los asuntos eclesiásticos por haber sido vicecanciller durante cinco Papados, resultaba el Pontífice más oportuno en aquel momento.

Poseía las condiciones de un gran soberano temporal, y nadie como él guiaría á la Iglesia entre las dificultades presentes. Alababan también su celo incansable para el trabajo, recordando que en treinta y siete años de vida cardenalicia no había dejado de asistir á un solo consistorio, salvo en casos de enfermedad, lo que no podía decirse de ningún otro cardenal.

Al pueblo de Roma, admirador de hermosas exterioridades, le gustó mucho este nuevo Papa, majestuoso como un rey. El célebre Pico de la Mirandola escribió un panegírico en honor del nuevo Pontífice, ensalzando todos sus méritos, hasta el de su hermosura corporal.

--De sus amores faltos de recato--dijo don Manuel--y de sus hijos reconocidos nadie hizo caso. En la Italia de entonces, lo mismo que en las demás naciones cristianas, juzgábanse los escándalos de las altas personalidades eclesiásticas con una indulgencia que ahora nos parece increíble. Era algo que se veía todos los días, mereciendo solamente comentarios regocijados. Los mismos enemigos de Borja hubieron de reconocer que dentro y fuera de Italia fué saludada su elección con sinceras muestras de alegría.

Lo mismo que Juan Pico de la Mirandola (el autor más popular entonces), muchos literatos escribieron para hacer públicas sus esperanzas, viendo en el trono pontificio á «un hombre de condiciones tan eminentes, lleno de fuerzas prometedoras de un brillante y largo Pontificado».

En el atardecer del mismo día de la elección, los «conservadores» de Roma, nombre que se daba entonces á sus ediles, juntos con los ciudadanos más distinguidos de la ciudad, en número de ochocientos, se dirigieron á caballo y con antorchas á la residencia papal, para prestar homenaje al nuevo Pontífice. En las calles llameaban alegres fogatas. El pueblo daba gritos aclamando al antiguo cardenal de Valencia.

Su coronación, el 26 de Agosto, resultó una ceremonia extraordinaria por su fastuosidad. Los embajadores escribían á sus cortes que «nunca se había visto una coronación tan esplendorosa». Toda la nobleza de los Estados pontificios acudía á Roma. Las calles ostentaban ricos tapices, guirnaldas de flores, arcos de triunfo con poesías laudatorias para Alejandro VI, escritas en el estilo pagano, de moda entonces. Tales eran el entusiasmo y la adulación inspirados por Borja, que en uno de los arcos figuraba este dístico:

Un César hizo grande á Roma, y ahora la levanta Alejandro, osadamente, hasta el cénit. Hombre fué aquél; éste un dios.

Los cronistas expresaban con ingenuidad la admiración provocada en el pueblo por este Pontífice «grande de cuerpo, rebosando salud, de aspecto naturalmente majestuoso, montado en un corcel blanco como la nieve, con aire de experto jinete, el rostro sereno, bendiciendo á la muchedumbre con nobleza». Uno de ellos, Miguel Fernus, terminaba el relato de la gran fiesta con estas exclamaciones: «¡Qué serenidad noble en su frente! ¡Qué liberalidad en su mirada! ¡Cómo la veneración que inspira se aumenta con el brillo y el equilibrio de una hermosura enérgica y con la salud floreciente de que goza!»

Tardó la comitiva papal muchas horas en ir desde el Vaticano hasta Letrán, á través de una multitud enardecida que luchaba con los guardias papales para poder tocar los pies del nuevo Pontífice ó su caballo blanco.

Como era en Agosto, el ardor del sol y el polvo flotante en la atmósfera produjeron numerosos desmayos. El mismo Papa, á pesar de su recia complexión, fué acometido de un síncope al echar pie á tierra frente á la basílica de Letrán y no volvió en sí hasta que le rociaron el rostro con agua.

--Esta apoteosis espontánea--siguió diciendo Enciso--, no obtenida por ninguno de los Pontífices anteriores, contrastó con los inauditos insultos y las inverosímiles calumnias de que iba á ser objeto Alejandro, algunos años después, por parte del mismo pueblo romano y de los poetas que ahora le ensalzaban hasta la adulación.

El resto de Italia se unía al entusiasmo de Roma. En Milán y Florencia hubo grandes regocijos públicos para celebrar el advenimiento del Papa español. Pudo influir en Milán el hecho de ser el cardenal Ascanio Sforza pariente del soberano milanés y gran amigo del nuevo Pontífice; pero Florencia se asoció igualmente á dicho homenaje, y hasta en la república de Génova, patria de su enemigo Rovere, todos los que no eran partidarios de la mencionada familia recordaron con gratitud á Calixto III, saludando la elección de su sobrino. En Alemania afirmaban los cronistas que «el mundo tenía mucho que esperar de las virtudes del nuevo Pontífice», y el regente de Suecia le envió embajadores con un regalo de caballos magníficos y preciosas pieles.

Durante los primeros tiempos de su gobierno fué justificando las esperanzas que su elección había hecho sentir á la mayoría de sus contemporáneos. Impuso ante todo el orden en Roma, para que sus habitantes pudiesen vivir tranquilamente.

Sólo en los pocos días transcurridos entre la última enfermedad de Inocencio VIII y la coronación de Alejandro VI se habían perpetrado en Roma doscientos veinte asesinatos. Por voluntad del Pontífice, cuatro delegados suyos oyeron las quejas de los vecinos, y el mismo Alejandro concedió audiencia á los que deseaban presentarle sus reclamaciones directamente.

Para ordenar la hacienda de la Iglesia dió ejemplo de economía, dedicando á los gastos de su casa, todos los meses, setecientos ducados nada más (unos 3.500 francos). Su mesa era de tal simplicidad, que los cardenales, acostumbrados á suntuosos banquetes, consideraban una desgracia recibir convites del Pontífice, especialmente su amigo Ascanio Sforza. El cardenal Juan de Borja, sobrino del Papa, y su mismo hijo César, procuraban también evitar estas comidas de un solo plato.

Todos los embajadores lo elogiaban. Era el Papa deseado que iba á reformar la despilfarradora corte de Roma, á restablecer el orden en la ciudad, á inaugurar una vida pontifical modesta y justa, con arreglo á los principios cristianos. Conocían su existencia anterior, su juventud y su madurez extremadamente alegres, sus amantes y sus hijos; pero en aquella época todos hacían diferencia entre el hombre y la función, y el hecho de que el cardenal Rodrigo de Borja hubiese vivido escandalosamente, como tantos otros, no hacía dudar de que pudiera ser un gran Papa.

--Por desgracia--siguió diciendo don Manuel--, un exagerado amor á los suyos, el deseo de elevar la casa de los Borgia á un poderío permanente, dominó sus pensamientos y designios. En el fondo era lo mismo que había intentado Calixto III al proteger á su sobrino Pedro Luis; pero Alejandro VI ponía en sus deseos mayor vehemencia, y además, sus herederos no eran sobrinos, sino hijos. Apenas se vió Papa recompensó á sus cardenales electores dándoles todo lo prometido, y en el mismo consistorio otorgó á su hijo César (de quince años entonces) el arzobispado de Valencia, creado por el Pontífice anterior á instancias suyas, una de las mitras más ricas de la cristiandad, rentando al año 16.000 ducados de oro. A la vez nombró cardenal á su sobrino Juan de Borja, que era ya arzobispo de Monreale.

Sonrió amablemente el diplomático, como si pidiera á Claudio que le perdonase lo que iba á decir, teniendo en cuenta su calidad de español.

--No hay que olvidar, además, la invasión que sufrió Roma de parientes y compatriotas de los Borgia. Llegaban muchos valencianos sin más título que el de ser de la misma tierra que Alejandro, y mayor número de españoles de otras regiones de la Península, enardecidos por la novedad de ver un Papa compatriota de ellos. Fué á modo de una nube de langosta que se posó sobre el Vaticano, sus dependencias y propiedades. La marcha á Roma en tiempo de Calixto III resultaba insignificante en comparación con la que inició el triunfo de Alejandro VI.

Era éste liberal y dadivoso por naturaleza, y aunque había pasado casi toda su vida en Italia y tenía en ella sus mejores amigos, le gustaba verse rodeado de españoles, hablándoles en el idioma natal. Los empleos más íntimos de su servicio dábalos á gentes de Valencia, con las que podía expresarse en valenciano, lengua familiar de los Borgia.

A estas causas que perturbaron los buenos propósitos del Pontífice, impulsándolo á vivir poco más ó menos como sus antecesores, vino á unirse otra de mayor escándalo, un amor tardío, una pasión senil, que divirtió al principio á las gentes de Roma y luego á toda Italia.

Sus relaciones con la Vannoza no eran ya mas que un lejano recuerdo, atestiguado por la existencia de cuatro hijos: Juan, César, Lucrecia y Jofre. Estos amoríos con la buena moza del Transtevere habían empezado al regreso de su legación en España. Cuando el cardenal Borja tenía cincuenta y dos años, ella contaba ya cuarenta, no inspirando ningún deseo al poderoso personaje. Además, esta romana no menos fecunda que ardiente, al abandonarla el cardenal, tomó un segundo marido, letrado intrigante, sin ningún escrúpulo sobre el pasado de su mujer.

Después de tal separación, Rodrigo de Borja había vivido mucho tiempo sin dar ningún escándalo público, mientras algunos de sus compañeros del Sacro Colegio jugaban desenfrenadamente ó mantenían con ostentación á sus amantes. Sólo parecían preocuparle los cuatro hijos de la Vannoza, atendiendo á su porvenir. Los había alejado de la casa de su madre por juzgar que esta transtiberina guapetona, apasionada, de buenos sentimientos, pero ignorante y vulgar en sus gustos, no podía ser una buena educadora.

Figuraba entonces en la aristocracia romana una sobrina suya, Adriana de Milá y Borja, nieta de Catalina de Borja, la segunda hermana de Calixto III.

--Sabe usted que las hermanas del primer papa Borja, apodadas en Valencia «las Bisbesas» (las Obispas) cuando Alfonso de Borja no era mas que obispo de aquella ciudad, se preocuparon de casar á sus hijas con caballeros de la más alta nobleza valenciana. Las «Obispas» hasta habitaban el palacio episcopal de Valencia, por estar ausente su hermano, recibiendo en sus salones á los novios de sus niñas. Esto lo hicieron tres de las hermanas, pues la menor de ellas, doña Francisca, quedó soltera, muriendo en olor de santidad. Fué una precursora de San Francisco de Borja, en esta familia de individualidades enérgicas, donde todos se mostraron extremados, llegando á ser santos ó grandes pecadores.

Doña Catalina, hermana mayor de doña Isabel, la madre de Rodrigo, contrajo matrimonio con un noble caballero de Játiva, don Juan de Milá, y nieta suya era esta doña Adriana, que pasó á Roma como descendiente de un Papa y sobrina del famoso cardenal vicecanciller, llegando á casarse con Luis Orsini, dueño del lugar de Basanello.

Dicha señora había quedado viuda con un solo hijo, y era muy dada á la vida elegante, ostentando vanidosamente su doble calidad de Borgia y de Orsini. Para el vicecanciller representaba una buena suerte tenerla á mano, y le confió la educación de sus cuatro hijos en el palacio que ella poseía en Roma, cerca de Monte Giordano.

Adriana de Milá, con todas sus pretensiones aristocráticas, era pobre y vivía obediente á lo que le mandase su tío, cada vez más poderoso.