Part 11
—¡Pobrecilla!... Esto se acabará pronto. Romperemos filas y estaré a tus órdenes. Yo estoy aquí por complacer al duque, que se empeñó en que viniera; pero esto no ha de durar mucho más.
—¿Pero no se ha concluido todavía?... ¡Qué fuego! ¡Cuántos tiros, cuántas muertes! Me acordaré mientras viva, si vivo, de lo que he visto hoy. Yo salí a buscarte, fui a la calle Mayor, y sin saber cómo me vi cercada por todos lados. No podía salir de allí, ni volver a mi casa, donde había dejado en la situación más triste a mi pobre padre... Pude al fin guarecerme en un portal con otras mujeres durante el tiempo de los muchos, de los muchísimos tiros. Después salí. Gritaban porque habían triunfado..., perdí el conocimiento... Yo seguí buscándote, y al fin supe que estabas aquí..., pero no pude verte. Volvieron a sonar los tiros, y tuve que huir... Entonces fui a mi casa, he acompañado a mi padre parte de la mañana, y después he salido otra vez en busca tuya, porque necesito de ti, como ya te he dicho, por diferentes razones.
—Lo supongo. Pronto me tendrás a tu lado —dijo Salvador con lástima—. ¿Y qué sabes de Anatolio, le ha pasado algo?
—No sé nada. Desde el día 30 no hemos tenido noticias suyas.
—¡Qué desgracia!
—¿Y tú, estás herido? ¿Te ha pasado algo?
—Nada absolutamente. Esto ha sido un juego. Sin embargo, he disparado algunos tiros.
—Yo he oído más de un millón, puedes creerlo, más de un millón... ¿Pero no puedes salir de aquí todavía? ¿A tu madre no le ha pasado nada en aquella casa tan próxima al fuego?
—Esta madrugada, en un momento que tuve libre, la saqué de allí, llevándola a la casa que el duque del Parque tiene en el Prado Viejo.
—Yo había perdido la esperanza de encontrarte, de verte más —dijo Soledad asiendo más fuertemente el brazo de su hermano, como si temiera que se le escapara después de tantas fatigas por hallarle—. ¡Qué momentos he pasado!... Mi padre moribundo..., temiendo a cada instante que le vayan a prender...
—¡A prenderle otra vez!
—Sí, el señor Naranjo ha huido. ¡Qué desastres! Uno tras otro... Ya te contaré con más calma.
—No temas nada, pobrecilla. No le prenderán; te respondo de ello.
—Tus palabras me consuelan. Parece que todo ha cambiado desde que te he visto —dijo Soledad con emoción más viva—; parece que ya no son tan grandes las calamidades de mi casa, y menos difícil encontrar un remedio a todo, hasta a la enfermedad de mi padre.
—Para todo lo habrá —afirmó Monsalud con impaciencia—. Ahora falta que esto se acabe pronto.
—¡Oh!, y si no se acaba, ¿no podrás dejar el fusil a un compañero, diciéndole que vuelves pronto?
Salvador se echó a reír.
—No te impacientes. Está ya convenido que los guardias rindan las armas, y de un momento a otro las han de entregar ahí junto, en la plaza de la Armería. ¿Ves cómo se mueve la Milicia que está hacia el arco? Pues es que va a presenciar el acto de la rendición.
No había concluido de decirlo, cuando se oyó el estruendo de una descarga. ¡Extraordinaria alarma en el pueblo que llenaba la plaza! El batallón Sagrado se estremeció todo de un punto a otro. Disponíanse las fuerzas a un nuevo combate, cuando corrió esta voz:
—Los guardias han hecho una descarga a la Milicia que iba a presenciar la rendición.
Y después esta otra:
—Se escapan por la escalera de piedra que baja al Campo del Moro.
Y luego no se oyó más que esto:
—¡Huyen, huyen a la desbandada!
—Se van —dijo con alegría Solita, viéndose obligada a separarse de su amigo—. Mejor: así se acabará más pronto.
Inmediatamente oyéronse las voces de mando. Toda la gente armada se puso en movimiento para perseguir a los fugitivos. Ballesteros y Palarea bajaron por la calle de Segovia, Copóns por la Cuesta de San Vicente con la caballería de Almansa. Morillo, con los guardias leales y el regimiento del Infante don Carlos, marchó hacia Palacio, con objeto sin duda de seguir a los fugitivos por donde mismo habían salido. Todo cambió. Nuevas tropas invadieron la plaza de Oriente, y Solita vio con desconsuelo que su hermano desaparecía en el inmenso y alborotador mar de cabezas.
Después ocurrió un acontecimiento singular. Cuando Morillo pasaba por delante de Palacio, un hombre se asomó a un balcón, y señalando los grupos de guardias que allá abajo, entre la verdura del Parque, azorados corrían, gritó con voz clara que se oyó claramente desde la plaza:
—¡_A ellos, a ellos_!
Era _Tigrekán_.
XXII
En la noche de aquel día todo estaba en sosiego, y la plenitud del triunfo aseguraba a los milicianos y a la tropa largo y reparador descanso. La mayor parte, seguros de que los guardias dispersos no habían de volver, no pensaban ya más que en los preparativos para el _Te Deum_ que debía cantarse al siguiente día en la Plaza Mayor.
Solita salió de su casa por tercera vez, al fin con fortuna, porque cerca de anochecido pudo encontrar ya libre de servicio a su protector y amigo, el cual la siguió con vivos deseos de servirla.
Entraron en la casa. Ni uno ni otro hablaban nada. Al llegar arriba, Monsalud dijo:
—¿Has mandado buscar un médico?
—Ha venido esta tarde y ha dado pocas esperanzas.
—¿Recetó algo?
—Que siguiera en la cama; que no le molestáramos con medicinas; que se le deje tranquilo. Eso quiere decir que la ciencia es inútil... Si al menos pudiera pasar en calma sus últimas horas... Pero acabadas las batallas vendrán a prenderle, porque esa gente de la policía no se olvida de su oficio. Serán tan malos que le llevarán en una camilla a la cárcel... Estando tú aquí, ¿no podrás impedirlo?
Salvador no respondió. Penetraron en la salita que precedía a la alcoba del enfermo, y apareció entonces doña Rosa, con aquella cara de Pascua y aquella bendita sonrisa que conservaba aun en los momentos de mayor apuro. Soledad entró a ver a su padre, acercándose al lecho muy despacito para no hacer ruido, y al poco rato salió.
—¿Ha venido alguien? —preguntó a la vieja.
—Sí, hija mía, hemos tenido visita: hace un momento acaba de salir.
—¿Quién?
—Una señora —dijo en voz baja doña Rosa, haciendo extraordinarios aspavientos con las flacas manos—. Una señora muy linda.
Salvador y Soledad prestaron gran atención.
—¿Y qué buscaba?
—Venía muy sofocada..., preguntó por el señor Naranjo. Cuando le dije que se había marchado, no lo quería creer. ¡Qué afán traía la señora!... Pues nada: empeñábase en que el señor Naranjo estaba escondido por miedo a los tiros... «Entre usted, señora, y registre la casa toda», le dije... Virgen Madre, ¡qué entrecejo ponía! Estaba furiosa la madama, y cuando se convenció de que había sido chasqueada, daba pataditas en el suelo...
—¿Y no dijo más? —preguntó Monsalud con muy vivo interés.
—Me preguntó que dónde tenía sus papeles el señor Naranjo... ¡Yo qué demonches sé!... Ya me iba amostazando la tal señora... También hablaba sola, y decía como los cómicos en el teatro: «¡Cobardes, traidores!»
—¿Era hermosa? —preguntó Sola.
—Como el sol.
—¿Y rubia? —preguntó Salvador.
—Rubia, con unos ojos de cielo, como los míos, ¡ay!, cuando tenían quince años.
—¿Y vino sola?
—Subió sola; pero me parece que abajo la esperaban dos hombres... ¡Ah!, ya me acuerdo de otra cosa. Me preguntó por don Víctor, si había venido don Víctor... ¡Yo qué diantres sé de don Víctor! Creo que es aquel clerigón gordo... Después de marearme bastante, registró todo lo que había en el cuarto del señor Naranjo; pero no debió de encontrar lo que buscaba, porque seguía dando pataditas y diciendo entre dientes: «¡Ese cobarde nos va a comprometer!»
—¿Y no entró aquí?
—También entró y vio al enfermo; pero no tenía trazas de interesarse por él —dijo doña Rosa—. Yo no pude contenerme al fin, porque mi genio es muy quisquilloso, y le dije: «Señora, hágame el favor de no ser tan entrometida y marcharse de aquí, que no nos hacen falta visitas.»
—¡Bien dicho! —afirmó Soledad—. Yo la hubiera puesto en la calle desde que llegó.
—¿No dijo su nombre? —preguntó Monsalud.
—¿Qué había de decir?
—¿Sospechas tú quién pueda ser? —preguntó Soledad a su hermano.
—No —repuso este secamente, mirando al suelo.
Doña Rosa, observando la familiaridad con que ambos jóvenes se trataban, no volvía de su asombro, pues no conocía pariente ni deudo alguno de los Gil de la Cuadra, ni jamás vio entrar en la casa al hombre en aquellos instantes allí presentes.
—Este caballero —dijo con sorna— será, médico o cirujano.
Ni Monsalud ni Sola le respondieron. Ambos tenían el pensamiento en otra parte, quizás en una misma parte los dos.
—¿Y qué se dice por ahí? —preguntó la vieja—. ¿Es cierto que los guardias han sido acuchillados en el camino de Alcorcón, y que no queda uno para un remedio?
Tampoco recibió contestación.
—Pues la de hoy ha sido estupenda —continuó, resuelta a sostener el diálogo consigo misma—. Parece que han muerto más de trescientos hombres. Algunos guardias, en su fuga, parece que de un salto se han puesto en Arganda... ¿Es cierto que les cogieron la bandera coronela? El señor nos tenga de su mano... ¿Pero este caballero no entra a ver al enfermo? Yo creo que si se le diera una sopa de vino..., porque esto no es más que debilidad, debilidad pura.
Monsalud miraba al suelo como si estuviera leyendo en él un escrito de suma importancia. Indiferente a todo, menos a un solo pensamiento, alzó por fin los ojos, y poniéndolos en el acartonado semblante de la anciana, habló así:
—¿Cuánto tiempo hace que salió?
—¿Quién?
—Esa señora.
—¡Ah! Ya no me acordaba de ella. Hará poco más de media hora que salió.
El joven se levantó maquinalmente.
—¿Te vas? —le preguntó Soledad fijando en él sus ojos llenos de lágrimas.
—No..., no me voy —repuso Salvador volviendo en sí—. Me he levantado no sé por qué..., pero ya ves, me vuelvo a sentar.
Así lo hizo. En el mismo momento dejose oír la voz de don Urbano, que gritaba:
—¡Anatolio, Anatolio!
Soledad corrió a la alcoba.
—Ha llegado, ha llegado ya —exclamó el anciano con voz a que daba fuerza y claridad el delirio—. ¡Ven acá, ven a mis brazos, querido hijo!
Solita procuró tranquilizarle, pero en vano. Gil de la Cuadra sacudía las ropas de su lecho, se incorporaba, extendía los descarnados brazos buscando una sombra.
—¿Por qué no traes luz? —dijo pasándose las manos por los ojos.
En el mismo instante doña Rosa entraba en la alcoba con la lámpara.
—¡Luz, más luz! —repitió el anciano—. No veo nada.
—¿No la ve usted?... Es que duerme. Mejor; a dormir, padre, que es muy tarde.
—Te digo que no veo nada —prosiguió Gil de la Cuadra, revolviendo los sanguinosos globos de sus ojos y palpando con las flacas manos en el aire—. ¡Ah!, sí, ya veo algo; pero sombras, unos negros bultos que van y vienen. ¿No está ahí Anatolio?
Soledad vaciló un momento en contestar. En el mismo momento, Salvador penetró en la habitación, situándose a los pies de la cama.
—Anatolio, querido Anatolio —gimió el viejo, llorando—, ya te veo..., eres tú. ¡Cuánto, cuánto has tardado, hijo de mi corazón!
Como si estas palabras agotaran en un segundo todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, cayó hacia atrás, extendiendo los brazos, cual masas inertes, sobre el lecho. Continuaba con los ojos abiertos, y entre dientes murmuraba algo que no pudo ser oído. Atentos todos a su agonía, apenas respiraban.
Gil de la Cuadra pronunció con voz entera estas palabras:
—¡Gracias a Dios que estáis casados! Hija mía, abraza a tu esposo.
Mirando a su hermana, hizo Salvador un gesto que quería decir: «Consintamos en un engaño que hará feliz su última hora.»
—Anatolio, hijo mío —añadió el enfermo con voz más débil—, abraza a tu esposa.
Soledad y Monsalud se abrazaron.
—Más fuerte, abrázala más fuerte, con la efusión de un verdadero cariño.
Ante tan extraña escena, sentía Salvador su corazón traspasado por el dolor. Avivose en él, tomando mayor fuerza, el gran cariño fraternal que a la infeliz muchacha profesaba, y la estrechó entre sus brazos, viendo en ella, más que una mujer, un débil y hermoso niño desvalido. Su pecho se humedecía con el raudal de las lágrimas de ella, y oprimiéndole dulcemente la cabeza, le dio cariñosos besos en la frente y en el pelo.
—Así, así, así —murmuró Gil oyendo el rumor de los besos.
Después se aletargó un instante.
Monsalud, sintiéndose menos fuerte que su emoción, salió de la alcoba sofocando un sollozo.
—Dejémosle reposar ahora —dijo en voz alta.
Aquellas palabras llegaron a los oídos del enfermo, que, sacudiéndose vivamente, abrió los ojos y alzó la cabeza.
—¿Qué voz es esa?... —preguntó con sobresalto y azoradamente—. Sola, Anatolio..., yo he oído una voz...
—No hay nadie... ¡Padre, por Dios! —gritó Soledad abrazándole.
Pero más furioso, Gil pugnaba por incorporarse gritando:
—¡Anatolio, mátale, mátale!
—¿A quién?... ¡Padre, por Dios, no se debe matar a nadie!
—He oído su voz... Está aquí.
Soledad sintió en su mente una inspiración divina. Arrodillada junto al lecho, tomó las manos del viejo, y estrechándolas con fuerza convulsiva, exclamó así:
—Padre, perdónale.
Don Urbano movió la cabeza a un lado y otro. Después dijo con voz ronca:
—No, no.
Pausa. El mismo enfermo, cuyo febril espíritu luchaba con la miserable carne que lo expelía sacudiéndose, fue quien rompió de nuevo el silencio. Su voz denotaba ahora serenidad y gozo al decir:
—¡He delirado, hija mía!... Sin duda tengo calentura. Pero, ¡qué cosa tan rara! Ahora no veo nada, absolutamente nada. Me figuraba oír una voz... ¿En dónde está Anatolio, mi querido hijo y tu esposo?
Salvador volvió a entrar. Gil de la Cuadra, por la dirección de sus ojos, demostraba no ver nada.
—Hija, hijo..., ¿dónde estáis? —continuó el anciano, mezclando con las palabras blandos quejidos—. Siento una cosa extraña en el corazón... No es dolor, no es punzada..., es una cosa que se va, que se desvanece... ¡Ay, adiós! Abrazadme los dos.
Soledad le abrazó por un lado del lecho, Salvador por el otro.
—¡Ah, qué feliz soy! —murmuró Gil—. Estáis unidos para siempre; sois marido y mujer. ¡Bendito sea Dios!... Muero contento..., sois dichosos. Abrazadme más fuerte, pero más fuerte... Bendito sea Dios.
Salvador sintió que el cuerpo que tenía entre sus brazos perdía su elasticidad y pesaba, pesaba cada vez más. Dilatáronse las extremidades, y la cabeza cayó hacia atrás, como si la guillotina la separase del tronco. Cesó la respiración, como un reloj que se para, y al semblante del anciano infeliz sustituyó una máscara tranquila, imponente, y a la expresión de dolor, una gravedad ceñuda, detrás de la cual, donde antes moraba el pensamiento, no había ya nada, absolutamente nada. Al observar esto trató de apartar de allí a su pobre hermana, que era ya huérfana.
XXIII
Serían las diez cuando sonaron golpes en la puerta de la casa, semejantes a los que turbaron su reposo una noche del mes de febrero de 1821. Monsalud, separándose de Soledad, a quien había colocado en las habitaciones de Naranjo, salió a abrir. En el marco de la puerta, a la luz de una linterna que ellos mismos traían, destacáronse varios hombres que terminaban por lo alto en morriones y bayonetas. Al frente de ellos venía don Patricio Sarmiento, desplegando en toda su longitud el escueto cuerpo, y radiante de orgullo.
—Con permiso —dijo entrando.— ¡Ah!, está aquí el señor don Salvador. ¿Es que se nos anticipa para sorprender a la pillería?
—¿Qué buscan ustedes aquí? —preguntó Monsalud de muy mal talante.
Sarmiento sacó un papel, y acercando la linterna leyó:
«El excelentísimo Ayuntamiento... etc... Hace saber: Que muchos guardias han quedado ocultos en las casas, o quizás estos miserables han hallado un asilo compasivo en la generosidad de los mismos a quienes venían a asesinar...» En resumidas cuentas, señor Monsalud, ya conoce usted el bando de hoy. Muchos _esclavos_ se han escondido en las casas, y nosotros venimos a ver si está aquí el alférez de guardias don Anatolio Gordón... En cuanto al señor Naranjo y al señor Gil, también tenemos orden de llevárnoslos, chilindrón, porque hoy concluye el imperio de la canalla, y ya se puede decir a boca llena, para que tiemble el infierno: ¡_Viva la Constitución_!
Don Patricio lo dijo con toda la fuerza de sus pulmones, y repitiéronlo del mismo modo sus compañeros.
—Silencio, animales —dijo Salvador—. Hay un muerto en la casa.
—Sí, sí —gruñó Sarmiento con la risa estúpida del hombre ebrio—. Tal es su sistema. El despotismo conspira para asesinarnos; pero cuando se ve cogido y vencido, se hace el muerto. Lo mismo pasa allá.
—¿En dónde?
—En la casa grande. ¿Conque un muerto?
—Sí. El señor Gil de la Cuadra ha fallecido.
—¿Y Naranjo? —preguntó Sarmiento con vivísimo interés—. ¿Ha espichado también?
—Ha huido.
—A mí con esas... Registraremos la casa. Si tropezáramos con don Víctor Sáez o con otro pajarraco gordo, ¡qué gloria, muchachos, qué gloria para nosotros!
Pero sus pesquisas no les dieron la satisfacción de prender a nadie, y cuando el bravo don Patricio salía, iba diciendo:
—Bien muerto está, ¡por vida de la chilindraina! A fe que no se ha perdido nada... Vámonos de aquí, que esto da tristeza, y hoy es día de felicidad... ¡_Viva la..._!
Salvador le tapó la boca, y empujándole violentamente, le echó fuera de la casa. Los demás habían salido antes.
XXIV
Dos días después, el 9 de julio, Salvador, cumplidos los últimos deberes con el desgraciado don Urbano, llevose a Solita a su casa. Desde aquel día, su hermana era más hermana, y debía quererla y protegerla más.
—Ahora —le dijo cuando entraron ambos en un coche de plaza—, no te faltará nada. Vivirás en mi casa tranquilamente con mi madre hasta que se presente tu primo, que casi es ya tu marido. Seguramente ha salido con los guardias que huyen, y si no viene en seguida, tendremos noticias de él.
—¿Han huido muy lejos? —preguntó Soledad con tristeza.
—Muy lejos. Han muerto pocos, por más que digan para abultar la importancia de las refriegas de anteayer. Creo que puedes estar tranquila. He oído los nombres de casi todos los que han parecido, y nada se dice de tu futuro esposo.
—No lo es todavía —dijo Soledad dando un suspiro.
—Pero lo será. Al fin llegará tu hora de felicidad. ¡Por Dios, que la has ganado bien! Aunque deseo, hermana querida, que Anatolio venga y te recoja y se case contigo, me agradaría que estuvieras algunos días en mi casa con mi madre, que tanto te quiere.
—¿Y si mi primo no parece? ¿Y si ha muerto? —preguntó la huérfana mirando a su hermano.
—No pienses eso... Pero en caso de que pasara tal desgracia, vivirás con nosotros como si fueras de la familia. No te faltará nada; descuida. Apuesto a que tú misma llegarás a creer que has nacido en mi casa. Y no seas tonta: tampoco te faltará a su tiempo una buena posición. Tienes mucho mérito, y no es dudoso que encontraríamos un hombre honrado con quien casarte.
Soledad, al oír esto, no hizo más preguntas, y miró con ojos aparentemente distraídos a la gente que al paso tardo del coche se veía por ambas portezuelas.
Salvador había trasladado a su madre a una casa que el duque del Parque poseía en el Prado Viejo, y cuyas largas tapias ocupaban parte de la vasta manzana comprendida entre las calles del Gobernador y de Atocha. Era, más que palacio, un conjunto de edificios de distinta edad y construcción, unidos por dentro, y en los cuales la parte habitable era muy pequeña, si bien embellecida y alegrada por una frondosa huerta, algunos de cuyos pinos corpulentos viven todavía, y parece que saludan a sus honrados vecinos, los del Botánico. Allí condujo Monsalud a Solita.
—Al fin —dijo cuando entraban en el ancho patio— me encuentro en un sitio donde podré olvidar el ruido de los tiros de fusil y de cañón. ¡Qué silencio! ¡Qué hermosos pinos! Allí hay un establo. Aquí veo dos ovejas atadas, junto a la hierba... Vamos, ¿también palomas?... ¡Qué precioso es este emparrado! ¡Y cómo está de uvas!... Por allí hay otra puerta, y más arriba la noria. Pues no estará poco cansado ese pobre animal dando vueltas todo el día... Y no faltan melocotoneros; vaya, que tendrán mucha fruta... ¡Qué perro tan bonito!... ¿Sabes que desde aquí se ve mucho cielo, pero muchísimo?... ¿Y eso que está delante es el Jardín Botánico? Buena finca.
De esta manera expresaba el placentero alivio de su alma, transportada a mansión tan encantadora; pero el recuerdo del pobre viejo, y el considerar lo mucho que a este hubiera gustado vivir allí, la arrojaban de nuevo en las negras honduras de su aflicción. Doña Fermina salió a recibirla, y el día pasó tranquilo, aunque muy triste.
Salvador salió, deseando averiguar la suerte del perdido novio de su amiga; pero esto era cosa harto difícil. Los ocultos en Madrid no saldrían fácilmente de sus madrigueras, y los dispersos estaban demasiado lejos. Se supo, sí, que la caballería de Almansa y la Milicia habían cogido muchos prisioneros en los alrededores de Madrid; que Palarea, persiguiéndoles con ochenta caballos, había echado el guante a trescientos cincuenta y seis; que Copóns había hecho también buena presa y matado a algunos. En los días sucesivos se tuvo noticia de los detenidos en Húmera y en El Escorial, y de los que fueron a dar con sus fatigados cuerpos en Tarancón y Ocaña; pero ni entre los prisioneros ni entre los muertos se tuvo noticia de ningún Anatolio Gordón.
—Esta falta de noticias —dijo Monsalud a Soledad, algunos días después del 9— me hace creer que vive. Debe ser de los que están escondidos en los pueblos, o de los que han ido a unirse a las facciones del norte.
—¿En ese caso no podrá volver a Madrid? —preguntó la huérfana con viveza.
—Sí, podrá volver dentro de poco. Aquí se perdona pronto, y todo se olvida. No te apures.
Soledad no demostraba en verdad grande apuro porque su primo volviese; pero interesada por la vida del excelente joven, dijo así:
—El pobrecillo es tan bueno, que Dios no le habrá dejado morir. Por Dios, hermano, no te descuides en averiguar si vive, y si en caso de vivir necesita algún socorro.
Continuando sus diligencias, Salvador fue una mañana a la Casa-Panadería, donde su buen amigo don Primitivo Cordero había formado, con no menos trabajo que fruición, listas de los guardias prisioneros y heridos que se iban recogiendo.
—¿Don Anatolio Gordón? —dijo el patriota mirando al techo—. Ese nombre no me es desconocido. Me suena, me suena... Siéntese el amigo Monsalud, mientras hago memoria y registro estos apuntes... Pues no hay nada: sin duda confundo ese nombre con otros. ¿Era alférez?
—Alférez de guardias en el tercer batallón.
—Los del tercero están casi todos muy lejos de aquí. Veremos si mañana se sabe algo. ¿Qué le pareció, amiguito, nuestro famoso _Te Deum_ en la Plaza? ¿Hase visto fiesta más solemne en lo que va de siglo?
—En verdad que estuvo magnífica..., pero si me hiciera usted el favor de preguntar a los dos ayudantes de Palarea que están arriba... Ellos quizás sepan...
—¿El paradero de su amigo de usted?
—De Gordón.
—¡Oh!, descuide; yo lo averiguaré. Esta tarde tengo que ir al Ayuntamiento; después al ministerio de la Guerra. Quizás allí lo sepan.
—En el ministerio de la Guerra no saben nada. La Milicia, que es quien ha hecho las visitas domiciliarias, lo sabrá seguramente.
—Ahora me informaré... Pues mire usted, amigo Monsalud, pensamos celebrar otra fiesta mucho más solemne, mucho más grande, mucho más imponente que el _Te Deum_ de la Plaza Mayor. Se hablará de esa fiesta mientras haya lenguas en el mundo.
—¡Oh! Sin duda será soberbia esa solemnidad. Pero...
—Figúrese usted... —añadió asiendo las solapas de la levita de su amigo— que se trata de un banquete.
—¡Ah!, ya..., eso podrá ser magnífico, señor Cordero, pero no es nuevo.
—Un banquete en celebración del triunfo del pueblo sensato sobre el absolutismo. Habrá nueve mil cubiertos para otras tantas bocas. ¿Qué tal?
—Es un mediano número de bocas, mayormente si todas tienen buen apetito.