7 de julio

Part 12

Chapter 124,162 wordsPublic domain

—Me han nombrado de la Comisión —dijo Cordero echando hacia atrás el morrión en la redonda cabeza—, y he propuesto, después de estudiar detenidamente el asunto: 1.º, que el banquete no sea comida, sino almuerzo; 2.º, que se celebre en el espacioso Salón del Prado; 3.º, que se pongan dos mil ciento diez varas de mesa, porque, según mis cálculos, es imposible que los nueve mil cubiertos quepan en espacio menor. ¿No lo cree usted así?

—Si usted ha hecho los cálculos, ¿a qué he de quebrarme yo la cabeza?

—Dos mil ciento y diez varas de mesa, que se construirían en trozos formando setecientas cincuenta mesas de a doce cubiertos; 4.º, que el almuerzo sea frugal, porque no nos reunimos para sacar el vientre de mal año, sino para fraternizar y hacer memoria de nuestro gran triunfo; 5.º, que cada convidado pagará treinta reales adelantados, cuyo recibo servirá de papeleta para...

—Si usted tuviera la bondad de informarse... —dijo Salvador con impaciencia, interrumpiéndole—. ¡Es para mí tan urgente averiguar algo de ese joven!...

—¡Cosa sencillísima!... ¡Ah!, si pudiera yo entrar en la Jefatura Política, como en tiempo de San Martín... Ya sabe usted que ha huido el pobre señor _Tintín_, porque los exaltados parece que trataban de asesinarle. Esta peste de patriotas matones perderán la libertad en España. ¿No cree usted lo mismo?... Pero si en la Jefatura Política no puedo hacer nada... Veremos los partes de las visitas domiciliarias.

—Es lo mejor.

—A ver —gritó don Primitivo llamando a un ordenanza—. ¿Está el señor Calleja?

—¿Es el barbero de la Carrera de San Jerónimo? —preguntó Salvador.

—El mismo..., pero ahora recuerdo... ¡Qué cabeza la mía! Ya se ve: con tantas cosas en que pensar...

—¿Qué?

—Calleja ya no viene por aquí. El nuevo ministerio le ha dado un puesto en Gobernación. ¿Le parece a usted bien cómo empieza el ministerio exaltado? ¡Ah! señor San Miguel, señor San Miguel, usted acabará de perder el sistema.

—Es una lástima que el señor Calleja... ¿Conque está en Gobernación? Ahora sabremos quién es Calleja. Aquí no faltará quien me dé noticias.

—¿Por qué no sube usted? Se me figura que aún estará arriba mi tío.

—¿El señor don Benigno? ¡Qué hallazgo! —dijo Monsalud con alegría corriendo a la escalera.

Sumamente disgustado de su conferencia con Cordero menor, buscaba a toda prisa quien con más diligencia y buena voluntad le diese los informes apetecidos. Halló efectivamente en el piso alto a don Benigno Cordero, medianamente lleno de vendas y parches a causa de sus gloriosísimas heridas; pero siempre afable y sonriente, como hombre a quien no perturban achaques ni deterioros del miserable cuerpo. Despachaba con otros jefes de la Milicia asuntos propios de la Institución, y entre párrafo y párrafo sobre los asuntos del día, trazaba con segura y gallarda letra algunos renglones en papel de oficio.

—Bien venido, amigo mío —dijo dando la mano al visitante.

Salvador le preguntó con mucho interés por su salud, por el estado de sus heridas y verdadera importancia de cada una de ellas.

—Esto no es nada, caballero Monsalud —dijo don Benigno poniéndose las gafas a la altura que les correspondía—. No merece la pena de preguntar por ello. ¿Y usted? Ya, ya sé lo que le trae aquí. Ayer me lo dijeron: busca usted a un alférez de guardias que se ha evaporado.

—Efectivamente —repuso el joven, gozoso de ver que el señor comandante se adelantaba a sus investigaciones—, creo que si aquí no me dan noticias...

—Descuide usted..., pero da la maldita casualidad de que el gobierno ha pedido ayer todos los datos. Sin embargo, se conservan algunos apuntes de las visitas domiciliarias.

—Veámoslos, si le parece a usted.

—Por cierto —dijo don Benigno—, que no comprendo este afán del gobierno de meterse en todo. ¡Ah, señores exaltados, ahora queremos ver qué tal lo hacéis! Una cosa es gritar en las logias o en los clubs, y otra cosa es gobernar en las poltronas.

—Tiene usted razón. ¿De modo que...?

—Vamos, dígame usted su parecer: ¿qué piensa usted de este gobierno? —preguntó don Benigno arrellanándose en el sillón, y rascándose la oreja con la pluma.

—Yo no he tenido tiempo aún de pensar en el ministerio. Será como todos: será bueno si le dejan gobernar. ¿No cree usted lo mismo?

—Y yo digo que esta es la ocasión de que veamos si se cumple lo prometido. Temo mucho que esos señores hagan alguna barbaridad, porque todos ellos son gente inexperta y ligera de cascos. Tenemos de ministro de Estado a un literato, y esto..., francamente.

—¡San Miguel literato!

—¿No compuso la letra del himno de Riego?... Francamente, desconfío de los poetas. Tenemos de ministro de la Guerra a López Baños, que ayer era capitán, y de ministro de Marina al célebre Capaz, que se dejó tomar los barcos con cargas de caballería. Tenemos en Ultramar a un señor Vadillo, comerciante de ultramarinos en Cádiz, y de Hacienda a un tal Egea... Y yo pregunto: ¿quién es Egea?

—Eso mismo digo yo: ¿quién es Egea?

—Si al menos estos señores, a falta de grandes dotes, tuvieran templanza...

—Es claro, si tuvieran templanza... Pero no se olvide usted, mi querido don Benigno, de averiguar...

—¡Ah! ¿Ese joven alférez? Es muy fácil... Ya sabe usted que Su Majestad ha desterrado a toda la cuadrilla de palaciegos que le tenían engañado y _seducido_.

—Así parece; mas...

—El marqués de Castelar ha sido desterrado a Cartagena, el de Casa-Sarriá a Valencia, y los duques de Montemar y Castro Terreño no sé a dónde... Esos tienen la culpa de todo, esos, esos... cuatro o cinco aristócratas inflados, que beberían la sangre del pueblo si les dejaran. Metan en un puño a media docena de hombres pérfidos, y verán cómo se arregla todo y echa raíces el sistema por los siglos de los siglos.

—Seguramente... Si usted me lo permite...

—Porque Su Majestad —prosiguió Cordero, encariñado con su idea como un niño con un juguete— no es malo. Yo creo que dijo con buena fe aquello de _marchemos, y yo el primero_, pero ya se ve..., ¡hay tanto pillo, tanto servilón empedernido! Yo no sé por qué esos hombres no han de amar la libertad, una cosa tan clara, tan patente, tan obvia. ¡Ah! Si todos fueran razonables templados, tolerantes, esto sería una balsa de aceite: ¿no es verdad?

—Lo sería, sí señor. ¡Qué lástima que no lo sea! Me retiro, señor don Benigno: tengo mucho que hacer...

—¿Sin llevar las noticias que desea? Aguarde usted, por Dios —dijo don Benigno deteniéndole—. Es cuestión de un momento. ¿Ese joven era alférez? ¿Fue de los que huyeron o de los que se escondieron en las embajadas y en las casas?

—Eso es lo que trato de averiguar.

—Muy bien. ¿Sabe usted si se batió bien? ¡Qué lástima de muchachos! Perderse por una causa tan mala. Dicen que Su Majestad les incitaba a degollarnos. Yo no lo creo. No hay quien me quite de la cabeza que Fernando no es malo, no señor; que desea nuestro bien, que no es enemigo del sistema... Pero ya se ve: con la multitud de pillos que le rodean... Sé que ha lamentado los sucesos del día 7. Usted tendrá noticia de su famosa entrevista con el general Riego.

—¿De mi entrevista con el general Riego? —dijo Monsalud, abrumado por la pesadez del señor comandante.

—Hombre, no; de la entrevista de Su Majestad con el general don Rafael del Riego.

—Algo he oído, sí; pero..., si usted me hiciera el favor...

—Pues el mismo general me lo ha contado anoche. Es verdaderamente patético el caso. El rey le llamó, y delante de todo el Cuerpo diplomático le dio un abrazo apretadísimo, diciéndole que le apreciaba mucho.

—Por muchos años.

—Si llego a estar presente, de fijo se me saltan las lágrimas —añadió Cordero—. He aquí una reconciliación en que yo vengo pensando hace tiempo, sí señor; y si fuera sincera y durara mucho, ¿quién duda que los pérfidos serían aniquilados y confundidos? Su Majestad mismo se lo manifestó así al general: _En mi corazón_, le dijo, _no tendrán ya entrada los consejos de hombres pérfidos_. Si es mi tema. Los pérfidos, los pérfidos tienen la culpa de todo. Tres o cuatro pillos ambiciosos...

—¡Todo sea por Dios!...

—Le digo a usted que Riego salió de Palacio entusiasmado, pero muy entusiasmado. Había que oírle. Su Majestad se le quejó de los insultos, del _trágala_... Es natural. Siempre me ha parecido una vileza mortificar al soberano con groserías. Riego piensa lo mismo. Ya sabe usted que ayer, cuando formamos en la Plaza, el general nos arengó, después de haber regalado aquí mismo una medalla al excelentísimo Ayuntamiento. Pues nos dijo muy bellas cosas, ¡vaya!... Nos dijo que deseaba no se cantase más el _trágala_, y que habiendo empeñado su palabra en nombre de todos, rogaba al pueblo que no la quebrantase por su parte. Ese, ese es el camino. También suplicó que no se le vitorease más, porque su nombre se había convertido en grito de alarma.

—Buenas tardes —dijo Monsalud levantándose, resuelto a evitar con una retirada brusca el bombardeo de palabras del digno comandante de la Milicia.

—¡Tan pronto!... Pero me parece que usted venía a saber algo... No recuerdo ya.

Salvador no pudo contener la risa y repitió las preguntas.

—Gordón, Gordón... —dijo don Benigno acariciándose la boca—. ¡Ah!... ¿Por qué no me lo dijo usted antes?... Ya sé, ya sé dónde está ese joven. Dispense usted, amigo. Tiene uno la cabeza a pájaros.

—¿Vive? ¿En dónde está?

—Si no me engaño, anoche he oído hablar de ese joven a don Patricio Sarmiento.

—Malo, malo.

—No, no se apure usted. Tengo entendido que fue Pujitos quien le encontró en cierta casa... Creo que en la calle de las Veneras. Parece que estaba herido.

—Gracias a Dios. Algo es algo. Corramos allá.

Sin esperar a más, y temiendo que un solo minuto de detención diera alientos a don Benigno para engolfarse en nuevo piélago de comentarios y observaciones políticas, apretole la mano que tenía libre de vendajes y salió a toda prisa, decidido a poner entre su persona y los Corderos toda la distancia posible, siempre que tuviese que hacer averiguaciones en el vasto campo de la Milicia.

XXV

Cuando Salvador se presentó en su casa, después de las pesquisas que hemos descrito y de otras que siguieron a aquellas, iba triste. Sin duda llevaba malas noticias.

—No hay que perder la esperanza, querida Sola —dijo cariñosamente a su hermana—. Las noticias que hoy te traigo son muy buenas. Ya se sabe que no murió en la jornada del 7; que fue herido, aunque levemente; que después de dos días de estar escondido en sitio que se ignora, le cogieron los milicianos al querer entrar en la que fue tu casa. No se sabe más.

—¡Entonces está en Madrid! —manifestó Soledad con sorpresa, mirando con azoramiento a un lado y otro como si temiera ver entrar una visita desagradable.

—Ten calma y paciencia, que ya vendrá —dijo Monsalud observando el rostro de su hermana.

Después añadió, hablando consigo mismo:

«¡Qué propio está el uno para el otro! ¡Será lástima que esta pareja se descabale!»

A sus ojos, la huérfana, que bajo su amparo exclusivo vivía ya, quizás para siempre, era una criatura de estimables prendas, buena como los ángeles; pero sin ninguno de aquellos encantos que fascinan y encadenan el alma de los hombres; un espíritu superior, pero sin aparente brillo; un entendimiento poco común, pero sin alto vuelo; una sensibilidad más delicada que fogosa, y que antes parecía timidez que verdadera sensibilidad; figura insignificante y dulces facciones, ante las cuales podían encender perdurables fuegos la amistad y la fraternidad, pero ni una sola chispa el amor. Tal la veía las pocas veces que acertaba a fijar en ella la voluble atención. Comúnmente no se cuidaba de la existencia de su protegida sino cuando la tenía delante; y si en otras partes de esta historia le vimos ocuparse tan solícita y noblemente de prestarle beneficios, fue porque el sentimiento de caridad era en él muy vivo, y en todas las ocasiones semejantes se manifestaba de la misma manera.

No obstante, en aquellos días de residencia en la posesión del Prado Viejo, verificose ligera mudanza en la conducta de Salvador Monsalud con respecto a su hermana adoptiva.

Viósele más expansivo, más locuaz y afectuoso, hasta un grado de vehemencia que la huérfana no había conocido en él sino tratándose de otras personas. Buscaba Salvador la compañía de Solita, lo cual no había hecho nunca, y sus salidas de la casa eran menos frecuentes, menos largas. Encargábale mil faenas domésticas, tontadas y nimiedades que cualquier otra persona podía desempeñar, pero que a él no le agradaban si no ponía la mano en ellas su intachable y casi perfecta hermana. Hacíale preguntas muy prolijas sobre accidentes lejanos de su vida, de su niñez, sobre toda aquella parte de sus desgracias de que él no había sido testigo. Una mañana estaban solos, bajo la sombra de los altos pinos que en los días serenos bañaban en sol su ramaje negro, y en las tristes noches de viento se mecían murmurando. Salvador le habló de este modo:

— Sola, deseo que entre mi madre y tú traméis alguna intriga contra mí.

Ella le miró absorta, porque no comprendía nada de tan extravagantes palabras.

—Sí —prosiguió él—. Una intriga contra mí para detenerme, para atarme, porque si no, es posible que haga un gran desatino.

—Pues qué, ¿vas a volar? —preguntó Sola cubriendo con una frase festiva la emoción que llenaba su alma.

—¡A volar! Sí, has dicho la palabra propia. Hace días que trato de cortarme yo mismo las alas. ¡Qué tormento, Solita! Tú por fortuna no conoces esto... Anoche, durante las largas horas sin sueño, he estado pensando que mi madre y tú podríais salvarme.

—¿Cómo?

—Encerrándome. Atándome de pies y manos como a los locos.

—Yo no entiendo esas cosas tan sutiles si no me las explicas bien —dijo Sola, cuya palidez crecía por momentos.

—Es verdad. Tú eres demasiado buena para comprender esto. Tú no tienes más guía que tu deber. Tu voluntad no se aparta nunca de la ley moral; tú eres un ángel. ¿Qué dirías si me vieras arrastrado a cometer los mayores dislates, conociéndolos y sin poder evitarlos?

—Que eras un hombre débil y menguado. Pero por fortuna no es así.

—Por desgracia es así. Has acertado: me has calificado perfectamente.

—¿Y qué desatino vas a cometer? ¿Es un crimen?

—También puede serlo. ¡Qué desgraciado soy! Me he metido en un torbellino espantoso, y no puedo salir de él. Si el hombre tuviera fuerzas para vencer la atracción poderosa que le arrastra de aquí para allí y le hace dar mil y mil vueltas, no sería hombre: sería Dios. Lo que no puede un astro, que es tan grande, ¿lo ha de poder un miserable hombre?

—¿Pues no ha de poder? Un astro es un pedrusco, y un hombre es un alma —dijo Sola con inspiración.

—Precisamente el alma es la que se pierde, porque es la que se fascina, la que se engaña, la que sueña mil bellezas y superiores goces, la que aspira con sed insaciable a lo que no posee, y a volver posible la imposibilidad, y a querer estar donde no está, y a marchar siempre de esfera en esfera buscando horizontes.

—Pues adelante, sigue. ¿Quién te estorba?

—Nadie... Pero yo quisiera que alguien me estorbase; quisiera hallarme en ese estado de esclavitud en que muchos viven; tener una cadena al pie como los presidiarios. Puede ser que entonces viviera tranquilo y me curase de este mal de movimiento que ahora me consume. ¿No crees lo mismo?

—Entonces serías más desgraciado —dijo Solita mirando al suelo—, porque la esclavitud no es buena sino cuando es voluntaria.

—Es que yo quisiera que la mía fuese voluntaria. ¡Qué mal me explico! Ello es, amada hermana, que yo quiero y no quiero, deseo y temo, anhelo ir y anhelo quedarme... Es preciso que alguien me ayude. Un hombre abandonado a sí mismo y sin lazo alguno, es el mayor de los desdichados. Ni mi madre ni tú tenéis iniciativa contra mí: ella me deja hacer mi voluntad sin una queja, sin una protesta, y esto no es bueno. Yo quisiera que tú no la imitaras en esto, ¿entiendes? Te autorizo para que te ocupes de mí, para que seas impertinente y me preguntes y me reprendas y averigües, y seas como un dómine.

—¡Qué cosas tienes! —exclamó Sola riendo, a punto que una súbita y dulce llamarada, saliendo de lo íntimo de su ser, se extendía por cuanto abarcaba la conciencia de ella misma, estremeciéndola toda, humedeciendo sus ojos y entorpeciendo su lengua—. Yo no sirvo para dómine tuyo, ni yo me puedo entrometer en lo que no me importa.

—Hazte la mosquita muerta —indicó Monsalud sonriendo y en voz baja—. Pues no dejas de ser preguntona.

—Es verdad —dijo Sola con viveza—. Pregunto lo que me interesa, lo que interesaba a mi pobre padre.

—Si él no me perdonó, tú has sido más humana, y me has perdonado mi falta sin conocerla.

—Y después que la conozco te la perdono también —dijo Sola a medias palabras a causa de su mucha emoción.

—¡Que tú la conoces! —exclamó Salvador palideciendo.

—Sí. Al fin todo se sabe. Por lo visto, la falta de buenos ángeles tutelares que sujeten y corten las alas no es solo de ahora.

Monsalud se levantó bruscamente, y con las manos a la espalda, el ceño fruncido, dio algunos paseos por la huerta, sin alejarse mucho, recorriendo una órbita bastante reducida alrededor de su hermana adoptiva. Esta no se movió ni le miró.

Un instante después, el joven se detuvo ante ella, y con familiaridad muy natural le dijo:

—Estoy pensando que si tu primo no quiere parecer, que no parezca. Yo no pienso dar un solo paso más por encontrarle.

—Él se cuida poco de mí —dijo Sola—, cuando no me avisa lo que le pasa: ¿no es verdad?

—Seguramente. Ese joven se porta muy mal; pero muy mal.

XXVI

Más tiempo que de ordinario estuvo aquel día Monsalud en la casa, y al salir regresó más pronto que de costumbre. Mientras estuvo fuera, Soledad le acompañó con la imaginación, sin apartarse un punto de su persona, siguiéndole como sigue la esperanza a la desdicha. El pensamiento de la pobre huérfana alzaba atrevidamente el vuelo, y sus sentimientos, cual si fueran sustancia material que se dilata, parecía que la llenaban toda con expansión maravillosa, y lo interior de su ser pugnaba por rebasar la estrecha superficie del mismo y echarse fuera. La emoción no la dejaba respirar. Por la tarde sintió necesidad imperiosa de estar sola, de salir de la habitación, que se la empequeñecía más cada vez, y bajó a la huerta. A maravilla se avenía el estado de su alma con la grandeza del cielo inmenso, infinito, y con la diafanidad del aire claro y libre que a todas partes se extiende. Fuera de la casa y sola se encontró mejor; pero no muy bien. Su alma quería más todavía. Vagó por la huerta largo rato, acompañada de un perrillo que se había hecho su amigo. La tarde era hermosa, y toda la vegetación sonreía.

De pronto, la huérfana sintió pasos junto a la puerta de la tapia. Vio que aquella, con ser tan pesada, se abría ligeramente al impulso de vigorosa mano. Dio la joven algunos pasos, esperando ver con los ojos del cuerpo a cierta persona; pero se quedó fría, yerta y como sin vida, cuando vio que entraba un hombre negro, mejor dicho, un hombre blanco, rubio, dorado como el marco de un espejo, y todo cubierto por venerables ropas negras, como las de los clérigos vestidos de seglares. Traía un brazo en cabestrillo, formado con un pañuelo negro también. Era Anatolio.

Acercose el joven guardia; pero Soledad no dio un solo paso hacia él, ¡tanto era su estupor!, permaneciendo como clavada en el suelo.

—Prima, señora prima —dijo el muchachón llevándose al luengo sombrero la mano útil—. Gracias a Dios que nos vemos...

—¡Pobre primo! —balbució Sola—. Pero si yo creí... ¿Conque no te ha pasado nada? Tienes un brazo vendado.

—Lo del brazo es poca cosa —dijo Gordón—. Aquí en el costado derecho tengo lo peor; pero, a Dios gracias, no me enterrarán de esta.

—Y estás pálido... Pero entremos en la casa. Aquí hace mucho calor.

Gordón la siguió, y bien pronto prima y primo se sentaban en un mismo sofá. Viendo el semblante de uno y otro, no se podía asegurar cuál de los dos estaba más herido.

Sola, turbadísima, dijo algunas frases entrecortadas. Anatolio habló de esta manera.

—¡Conque ha fallecido mi digno tío!... ¡Dios mío, qué desgracia! Bien decía yo que no estaba bueno.

Sola rompió a llorar.

—Vamos, no te apures, mujer... Eso ya no tiene remedio. Si Dios quiso llevárselo, ¿qué vamos a hacer nosotros? No te aflijas, mujer. Es preciso tener paciencia.

—Mi pobre padre te adoraba —dijo Soledad—. Si le hubieras escrito mientras estuviste en El Pardo, tu carta le habría dado gran consuelo.

—Yo le mandé varios recados con algunos amigos; pero sin duda no se los dieron. El día 7, cuando nos batimos y fuimos derrotados, me escondí en una casa. Curáronme, y el 9 por la noche pude salir y fui a donde tú vivías. Dijéronme lo que había ocurrido. Pues no me ha costado poco trabajo averiguar donde estás... Pero dime, ¿por qué no sigues en tu casa? ¿Qué casa es esta?

De pronto, Soledad no supo qué contestar.

—Esta casa es de un amigo —dijo al fin.

—Por cierto que no oí hablar a tu señor padre de ningún amigo que tuviese estas casas. Dime: el amigo que te ha traído aquí, ¿era también amigo de tu padre?

—No —repuso Soledad lacónicamente, resistiéndose a la mentira con todas las fuerzas de su alma.

—¿No era amigo de tu padre? —preguntó Anatolio con seriedad que sentaba mal a su agraciado rostro—. ¿Pues de quién lo era?... Querida prima, yo tengo que hablarte con franqueza. Yo he venido aquí informado de todo.

—¿De qué, primo?

—Tú dirás que soy un poco brusco porque no sé decir las cosas con maña y rodeos bonitos; pero Dios me ha hecho así, y no lo puedo remediar. Soledad, yo no me determino a casarme contigo.

—Anatolio, como tú quieras —repuso la joven, considerando que no podía responder otra cosa.

—Yo he tenido fe en ti; yo te he creído una buena muchacha. Es posible que lo seas; pero ya dudo, y contra la duda ya sabes que no hay fuerzas que puedan luchar.

—Eso es verdad; pero, ¿por qué dudas de mí?

—Porque me han dicho... ¡Jesús lo que me han dicho! Antes te informaré de que fui a parar a cierta casa donde vive un hombre honrado, maestro de obra prima, a quien llaman Pujitos, el cual, si se ha batido fieramente en las calles contra nosotros, no por eso carece de sentimientos caritativos, y no solo me ocultó en su casa, sino que me ha cuidado como si fuera un hermano... Pues bien: grande amigo de ese señor Pujitos es un tal Lucas Sarmiento, con quien yo anduve a palos cierta noche. Después nos hemos reconciliado, porque el odiar al prójimo a nada conduce. He aquí que Sarmiento me refiere cosas muy raras de ti. Dice que a escondidas de tu padre tenías amistades con un guapo mozo llamado Monsalud, el cual ha sido tu protector y amparo durante la gran miseria que habéis padecido. Me dijeron que después de muerto tu padre, te trajo a esta casa, que es la suya. Yo lo dudaba, lo dudo todavía, querida prima. Dime tú si es cierto.

—Ya lo ves —repuso Soledad serenamente—: esta es su casa.

—¿Y es cierto también que a escondidas de tu padre, y sin que él sospechase nada, veías a ese hombre y recibías de él los auxilios que necesitabas?

—Cierto es, primo. ¿Cómo he de negarte lo que no tiene nada de malo?

—¡Nada de malo! —exclamó Gordón abriendo con espanto los ojos—. Señora doña Solita, ¿por quién me toma usted? ¿Se burla usted de mí?

—No, querido primo, no me burlo. Es que si tú no puedes comprender lo que te he dicho, peor para ti.

—¡Un hombre, un buen mozo, un amiguito que protege a una muchacha a hurtadillas del padre de esta...! Ya se ve: ¡cómo había de consentir mi tío semejante infamia!

—¡Primo, mira cómo hablas! No tienes derecho a calificar lo que no conoces —dijo Sola con entereza.

—Sea lo que quiera, prima, yo veo eso muy turbio, pero muy turbio. Por consiguiente...

—Tú podrás verlo turbio, muy turbio, o como quieras; pero no formes juicios temerarios.

—Por consiguiente, repito, yo desde este momento retiro mi promesa.

—Eres muy dueño de hacerlo así.