Part 10
Cuando el brigadier Palarea, aquel famoso guerrillero del año 8 (a quien llamaban el _Médico_, porque curó gente por la ciencia antes de matarla con la espada), supo que venían los _esclavos_, tomó sus disposiciones en la Plaza Mayor, donde estaba con los milicianos. El oficial de artillería que mandaba las piezas dormía en la Panadería, y avisado del peligro, saltó por un balcón para llegar más pronto a su puesto. Felizmente, todos estaban preparados, y no hubo más confusión que la propia de tales casos. Los milicianos, a causa del entusiasmo que les poseía, no perdieron la serenidad en aquella mañana; y si alguno temblaba dentro de su uniforme, como parece creíble, esto no pasó de la esfera individual, y la Institución se sostuvo firme y tranquila. Por primera vez en su vida, aquello que parecía destinado a ser pequeño, empezaba a ser grande. Hombres de costumbres pacíficas y sin ideal guerrero de ninguna clase, iban a familiarizarse con el heroísmo. Estos milagros los hace la fe del deber, la religión de las creencias políticas cuando tienen pureza, honradez y profundas raíces en el corazón.
Por la calle Mayor adelante avanzó la columna de guardias, tan orgullosa como si fuese a una parada, al son de sus ruidosos tambores, y dando vivas al rey absoluto. Era costumbre entre los guardias llamar a los milicianos _soldaditos de papel_. Ya se acercaba el momento de probarlo, y esgrimidas las armas de uno y otro bando, iban a chocar el acero y el cartón. Nada más imponente que los rebeldes. Sus barbados gastadores, cubiertos con el mandil de cuero blanco, parecían gigantes; sus tambores eran un trueno continuado, su actitud marcial perfecta, su orden para el ataque inmejorable, sus _vivas_ infundían miedo, sus ojos echaban fuego.
La columna se detuvo y miró a la izquierda. Ya se sabe que la Plaza Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas, que se llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto, una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno. Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel sagrado capitolio de la Milicia nacional, o alcázar del soberano pueblo armado.
Cuando se acercaron hubo un momento de silencio profundo. Allá dentro, a la primera luz del naciente, se veían brillar los cañones de los fusiles preparados. ¡Ansiedad espantosa! Con el aliento suspendido se contemplaron el guerrero y el ciudadano, el hierro y el papel. Oyéronse algunos gritos, diéronse algunos pasos, y tempestad horrísona estalló en el aire.
En el paso y arco de Boteros, en la calle de la Amargura, en el callejón del Infierno, se trabó simultáneamente la pelea. Los guardias atacaron con fatuidad, los milicianos defendieron con vigor, no sin gritos patrióticos, que les inflamaban, recordándoles la noble idea por que combatían. El cañón de Boteros y el de la Amargura tronaron a la vez, y sus primeros disparos de metralla desconcertaron a los guardias.
No obstante, como eran gente aguerrida, rehiciéronse sin tardanza; habían puesto a su cabeza a los granaderos de premio y a los gastadores de luenga barba, algunos de los cuales eran veteranos de las guerras de la Independencia y del Rosellón. Los milicianos tenían en su vanguardia toda la gente menuda, los cazadores, la juventud entusiasta, los menestralillos, los hijos de familia, los señoritos y los horteras. Pero Dios, que siempre protege a los débiles, quiso en aquel crítico día infundir en el alma de los pobres chicos una fuerza inaudita; y si los guardias arremetían con vigor, las descargas cerradas de aquella juventud impertérrita, que no veía el peligro ni hacía caso de la muerte, detenían a los orgullosos veteranos.
En Boteros consiguieron adelantar algo, y llegó un momento en que las manos de los gastadores pudieron tocar el cañón. En el ángulo que el pórtico forma con la Plaza hubo desconcierto, cierto pánico entre los milicianos, y amenazaba presentarse un verdadero peligro, si esfuerzos supremos no restablecían la superioridad hasta entonces demostrada por los defensores del pueblo.
Palarea, a caballo junto a la pieza de artillería, dio un grito horrible, y con el sable vigorosamente empuñado por la trémula diestra, rugió órdenes. El comandante de la Milicia que mandaba en aquel punto a los cazadores, sintió en su interior un estremecimiento terrible, una rápida sensación de frío, a que siguió súbito calor. Ideas ardorosas cruzaron por su mente; su corazón palpitaba con violencia; su nariz pequeña perdió el color; resbaláronsele por la nariz abajo los espejuelos de oro; apretó el sable en el puño; apretó los dientes, y alzándose sobre las puntas de los piececillos, hizo movimientos convulsivos, semejantes a los de un pollo que va a cantar; tendiéronsele las cuerdas del pescuezo; púsose como un pimiento, y gritó:
—¡Viva la Constitución!... ¡Cazadores de la Milicia..., carguen!
Era el nuevo Leónidas, don Benigno Cordero. Impetuoso y ardiente, se lanzó el primero, y tras él los cazadores atacaron a la bayoneta.
Antes de dar este paso heroico, verdaderamente heroico, ¡qué horrible crisis conmovió el alma del pacífico comerciante! Don Benigno no había matado nunca un mosquito; don Benigno no era intrépido, ni siquiera valiente, en la acepción que se da vulgarmente a estas palabras. Mas era un hombre de honradez pura, esclavo de su dignidad, ferviente devoto del deber hasta el martirio callado y frío; poseía convicciones profundas; creía en la libertad, y en su triunfo y excelencias, como en Dios y sus atributos; era de los que preconizan la absoluta necesidad de los grandes sacrificios personales para que triunfen las grandes ideas, y viendo llegado el momento de ofrecer víctimas, sentíase capaz de ofrecer su vida miserable. Era un alma fervorosa dentro de un cuerpo cobarde, pero obediente.
Cuando vio que los suyos vacilaban indecisos; cuando vio el fulgor del sable de Palarea y oyó el terrible grito del brigadier guerrillero y médico, su alma pasó velozmente, y en el breve espacio de algunos segundos, de sensación a sensación, de terribles angustias a fogosos enardecimientos. Ante sus ojos cruzó una visión, y ¡qué visión, Dios poderoso!...; pasó la tienda, aquel encantador templo de la subida a Santa Cruz; pasó la anaquelería, llena de encajes blancos y negros en elegantes cajas. Las puntillas de Almagro y de Valenciennes se desarrollaron como tejidos de araña, cuyos dibujos bailaban ante sus ojos; pasaron los cordones de oro, tan bien arreglados en rollos por tamaños y por precios; pasó escueta la vara de medir; pasaron los libros de cuentas y el gato que se relamía sobre el mostrador; pasaron, en fin, la señora de Cordero y los borreguitos, que eran tres, si no miente la historia, todos tan lindos, graciosos y sabedores, que el buen hombre habría dejado el sable para comérselos a besos.
Pero aquel hombre pequeño estaba decidido a ser grande por la fuerza de su fe y de sus convicciones: borró de su mente la pérfida imagen doméstica que le desvanecía, y no pensó más que en su puesto, en su deber, en su grado, en la individualidad militar y política que estaba metida dentro del don Benigno Cordero de la subida de Santa Cruz. Entonces el hombre pequeño se transfiguró. Una idea, un arranque de la voluntad, una firme aplicación del sentido moral, bastaron para hacer del cordero un león, del honrado y pacífico comerciante de encajes un Leónidas de Esparta. Si hoy hubiera leyenda, si hoy tuviéramos escultura y don Benigno se pareciese a una estatua, ¡qué admirable figura la suya elevada sobre un pedestal en que se leyese: _Cordero en el paso de Botero_!
Rugiente y feroz se lanzó el comandante de cazadores. Estos cargaban como los infantes españoles de los grandes tiempos antiguos y modernos, con bríos y desenfado, cual si hicieran la cosa más natural. La falange de papel destrozó a los caballeros invencibles de corazón de hierro, que se desconcertaron, no solo por el empuje de los milicianos, sino por la sorpresa de verse tan bizarramente acometidos.
Ni remotamente lo esperaban. Unos cuantos volvieron la espalda, y la columna acabó de desorganizarse. ¡A correr! Viose caer bastante gente de una y otra parte, y la derrota de los guardias era evidente en el paso de Boteros, porque alentados los milicianos, cayeron sobre ellos enfurecidos, y con el furor de los unos crecía el desánimo de los otros. Corrieron, acuchillados sin piedad, por la calle Mayor en dirección de la Puerta del Sol.
En el momento del triunfo, un héroe, caído en tierra, bañaba con su sangre preciosa las piedras de la calle. Era don Benigno Cordero. Pero no lloréis, númenes de la historia. Para gloria de la Milicia nacional de España, para gloria de la humanidad, Cordero no murió, y restablecido en pocos días de sus heridas, disfrutó por muchos años de la dulce vida, haciendo la felicidad de su familia, de sus amigos y de sus parroquianos en la modesta tiendecita de la subida a Santa Cruz. Boteros, las Termópilas de este hombre pequeño, no lleva su nombre.
XX
En la Amargura, los granaderos y los cazadores de la Milicia rechazaban con igual bravura a los _esclavos_, y en el callejón del Infierno, sitio de encarnizada pelea, un hombre formidable, una encarnación del dios Marte con morrión, hundía su bayoneta en el pecho de un faccioso, gritando con voz de cañonazo:
—¡Por vida de los cien mil pares de gruesas de chilindrones!... ¡Perro, canalla, jenízaro! ¡Suelta la vida aquí mismo..., suéltala!...
Ciego de ira, don Patricio, el pacífico preceptor, transformado en bestial sicario por el fuego político que inflamaba su alma, apretaba los dientes, abría los ojos como un estrangulado, y su proterva lengua blasfemaba. El entusiasmo hacía de don Benigno Cordero un héroe; el fanatismo hacía de Sarmiento un soldadote estúpido. Tan ciego estaba, que cuando sus compañeros corrieron por el callejón abajo, arrastrándole, siguió haciendo un uso lamentable de la bayoneta, y después de pinchar con ella a un miliciano, la clavó en la pared, diciendo:
—¡Y tú también..., tú!
En tanto, los guardias corrían en retirada hacia la Puerta del Sol, a unirse con la segunda columna. El general Ballesteros, que en aquel instante llegaba del Parque a hacerse cargo del mando de la Plaza Mayor, puso en Platerías las dos piezas que había traído y ametralló a los fugitivos, disponiendo que Palarea los atacase por la calle de Carretas. Pero los guardias se desconcertaron de tal modo en la Puerta del Sol, que no fue preciso desplegar gran estrategia para obligarles a una completa fuga.
Unos intentaron subir la calle de la Montera; pero de los balcones les arrojaron, a falta de balas, toda clase de cachivaches y hasta los morteros de las cocinas. No pocos se pasaron a las filas leales, y la mayor parte emprendieron su retirada por la calle del Arenal, donde tuvieron que tirotearse con la compañía de granaderos milicianos apostada en San Ginés y en las inmediatas calles de las Hileras y las Fuentes. Fracaso más vergonzoso no se ha visto desde que hay pronunciamientos en España. Nada faltó a los sediciosos para su total aniquilamiento y deshonra: los milicianos se permitieron hasta la inaudita osadía de hacerles prisioneros, copando algunas docenas de hombres en la plazuela de los Caños.
Entre los vencedores no se oía más que una voz:
—¡A Palacio, a Palacio!
Faltaba lo mejor de la fiesta, porque dos batallones de guardias permanecían intactos en el alcázar, y los derrotados de la Plaza Mayor iban en aquella dirección. En Palacio estaba el rey, acusado de dirigir desde su gabinete toda la maniobra sediciosa, asistido de los pérfidos consejeros a quienes _El Zurriago_ llamaba _Infantón, Casarrick_ y el general _Castañuelas_ (Castro-Terreño). En Palacio se hallaban también los ministros en la más triste y ridícula de las situaciones imaginables, prisioneros, sin prestigio ante la Milicia ni ante el despotismo; estaba asimismo San Martín, que, según dicen, lloraba, deplorando la reclusión en que se le tenía; estaban los cortesanos todos y las damas del 30 de junio, pero no rebosando alegría, sino con el corazón oprimido por la incertidumbre; que toda aquella gente menuda, tan emprendedora para conspirar, temblaba al oír los tiros, como los niños cuando oyen truenos.
Cuando los milicianos de la Plaza Mayor se convencieron de que habían triunfado, pues en los primeros momentos no lo creían, se entusiasmaron hasta el frenesí: los _vivas_ a la Constitución, a Riego, a Ballesteros, a las libertades todas y a todos los pueblos soberanos, sonaban sin interrupción, repetidos por la muchedumbre en inmenso alarido. De las vecinas casas salía en tropel, a borbotones, el hirviente vecindario, loco también de alegría, y todo el mundo se felicitaba, todo el mundo se abrazaba. Las patriotas, que eran género abundante en la calle Mayor, salían cargadas de confituras, vino, pasteles y cantidad de regalitos para obsequiar a los héroes. ¡Interesante apoteosis popular, que a los bravos soldados nacionales gustaba más que el pasar bajo soberbios arcos de triunfo, para recibir como único premio un laurel de trapo o la sonrisa de un rey satisfecho!
Milicianos y pueblo, o mejor dicho, guerreros y gente inerme, llenaban la vía pública, y todos chillaban, hombres, mujeres, chicos. No se podía dar un paso. Al sediento se le daba agua o vino, comida al que tenía hambre, y los heridos eran entrados en las casas. Los tres milicianos muertos en la Plaza tenían en derredor lastimoso coro de llantos e imprecaciones contra el despotismo. Cuarenta habían sido los heridos, entre ellos no pocos de bastante gravedad.
En cambio, los guardias dejaron catorce muertos en las calles. De sus heridos no se tenía noticia.
Cuando se inició el movimiento hacia la plaza de Palacio, hubo gran confusión. Querían los jefes que se retirase el paisanaje; pero el mar y el gentío no suelen obedecer al que les manda quitarse de en medio. Allí era de ver la actividad, la diligencia afanosa con que don Primitivo Cordero quería abrir paso a una parte de su batallón.
—Señoras —dijo a unas buenas mujeres que en grupo inmóvil como una roca obstruía, con otras masas de hombres y chiquillos, la entrada de la calle de Milaneses—, hagan el favor de retirarse. Todavía no ha concluido esto... Atrás, atrás..., a un lado todo el mundo.
Obediente en lo posible, la femenil pandilla se apretó contra sí misma, diciendo con parlero trinar de pájaros alborotados:
—¡Viva la Milicia nacional!
Un patriota exclamó:
—¡Viva don Primitivo Cordero!
—Gracias, gracias, mil gracias —dijo galantemente el héroe saludando a un lado y otro—. Pero apartarse, apartarse, señoras.
El sobrino de don Benigno pasó; pero un nuevo grupo le detuvo.
—¿Qué hay aquí? —preguntó observando que varias personas levantaban del suelo a una mujer.
—Nada —respondió un viejo—. Esta señora se ha desmayado.
La desmayada, puesta al fin en pie, abrió los ojos, miró a todos lados con estupor, apartándose con las manos el cabello que sobra la frente le caía. Pálida y temblorosa decía.
—¿El batallón Sagrado?...
Don Primitivo seguía abriéndose paso. La multitud cambió de postura y moviose toda la gente de una parte a otra. Entonces la desmayada desapareció.
* * * * *
Hacia la plaza de Oriente marchaban el ilustre Ballesteros, Riego, el general Copóns, antiguo jefe político y hombre muy exaltado; el diputado Grases, ayudante de Ballesteros; el conde de Oñate, grande de España de primera clase que tenía a mucha honra vestir el uniforme da la Milicia; el duque del Parque, el exguardia de Corps don José Trabeso y todas las celebridades de aquel día, excepto Morillo, que seguía en el Parque; Álava, que estaba en la plazuela de Santo Domingo, y el patriota don Vicente Bertrán de Lis, que al frente de su partida guerreaba en las Vistillas de San Francisco.
Durante la marcha hacia Palacio oíanse tiros. Avivaron el paso los milicianos. Los caballos de los jefes descollaban sobre la apiñada multitud, como si nadaran en un mar de cabezas. No era posible asegurar si la principal parte de la tormenta de aquel día había pasado ya, o si aún faltaba, porque el nudo de Palacio no se había roto ni desatado: allí había dos batallones de rebeldes, en San Gil estaba el cuartel general de los leales, y las Caballerizas eran ocupadas por los guardias fieles a la Constitución. Inmensa curiosidad devoraba al pueblo de Madrid. ¿Qué haría el rey? ¿Defenderíanse los dos batallones hasta el último extremo? ¿Capitularían? ¿Invadirían los milicianos el Palacio?
Crecía la agitación sin que disminuyera el entusiasmo. Las calles de Milaneses, Santiago y Cruzada hervían, y el impaciente ciudadano, ansioso de conocer las resultas de una contienda de que dependía su destino, pugnaba por acercarse todo lo posible. Aglomerándose la gente sin miedo al peligro, en aquel enorme tumulto de voces y gritos apenas se oía la débil voz que preguntaba:
—¿El batallón Sagrado?...
XXI
Tiempo es ya de encontrar al batallón Sagrado. Se formó en los primeros días del mes con oficiales de reemplazo y paisanos entusiastas que no pertenecían a la Milicia, y su jefe era San Miguel. En la madrugada del 7 estaba en la plazuela de Santo Domingo, y una avanzada suya fue la que rompió el fuego contra los guardias en la calle de la Luna. Cuando se formalizó el conflicto, al mismo tiempo que acudía Ballesteros a la Plaza Mayor, presentose en la plazuela de Santo Domingo el general Álava, y a poco rato llegaron dos compañías del regimiento de infantería de Fernando VII, un escuadrón de Almansa y una pieza de artillería. Pero durante los imponentes ataques de Boteros y la Amargura, nada ocurrió allí digno de mención. El batallón Sagrado y las demás fuerzas mandadas por Álava, entraron en acción resuelta al iniciarse la retirada de los facciosos por la calle del Arenal hacia Palacio. Los leales les hicieron fuego por todas las calles que afluían a la plaza de Oriente, mientras los guardias de Palacio, para proteger la retirada de los suyos, avanzaron hasta los altos de la calle del Viento, desde donde favorablemente podían hacer mucho daño al paisanaje.
Este avanzó con resolución, recibiendo tiros por todas partes, siendo los más certeros los que venían de las ventanas bajas del regio alcázar. Ruines lacayos y gente cobarde, de esa que se cría en lo más bajo de los palacios, ayudaba a defender el último baluarte del despotismo. Sin embargo, cuando avanzaron los patriotas, lograron desalojar de los altos de la Plaza al destacamento de rebeldes, las ventanas bajas se cerraron como las altas, y desde entonces la procesión anduvo por dentro. Viéronse pañuelos blancos agitados en los grupos de rebeldes que se reconcentraban en la plaza de la Armería o en la puerta del Príncipe, y cesó el fuego.
Un parlamentario apareció gritando en nombre del rey: _Que cesen los fuegos, y que vaya a Palacio el general Morillo, pues peligra la vida de Su Majestad_.
Entonces fue cuando Ballesteros dio la famosa contestación: _Diga usted al Rey que haga rendir las armas inmediatamente a los facciosos que le cercan, pues de lo contrario las bayonetas de los libres penetrarán persiguiéndoles hasta su real cámara_.
Hasta aquel instante todo se había llevado con acierto. Los milicianos habían hecho proezas; los generales se habían portado con dignidad y bizarría; el pueblo victorioso, mas no embrutecido por la matanza ni ebrio de sangre, se había detenido con respeto, quizás excesivo, ante la puerta sagrada del Palacio de sus reyes, obedeciendo a una sola palabra de este; los soberbios guardias, insolentes como el absolutismo que defendían, sin respeto a nada ni a nadie, mordían el polvo, sojuzgados por el espíritu liberal y la conciencia pública, de quien fueron instrumento propicio las armas ciudadanas.
Todo fue bien hasta aquel instante; pero en el mismo punto, la cuestión que ya podemos llamar del 7 de julio empezó a tomar antipático sesgo. Comenzaron los tratos para la capitulación; constituyose en la Casa-Panadería, una Junta de hombres débiles, que no supieron tomar resolución alguna de provecho en el momento del peligro, y que ahora querían nada menos que declarar la incapacidad moral del rey. Palacio envió ante la Junta sus más sagaces agentes, y discutiose si debían los guardias rendir las armas, cuando tan fácil era quitárselas.
No es decible lo que se movió aquella gente desde Palacio a la Casa-Panadería, y qué número de cortesanos y oficiales entraron en danza, trayendo y llevando recados. Por último, la diplomacia dijo su última palabra, y se estipuló que los cuatro batallones que habían invadido la capital se rendirían a discreción; pero que los otros dos las conservarían, saliendo de la Corte para Vicálvaro y Leganés. En uno de aquellos dos estaban los asesinos de Landáburu.
Extendida la noticia de este convenio entre los patriotas, la mayor parte se dieron por satisfechos, y el pueblo en general llenose de alegría viendo asegurada la paz, sometida la rebelión y atajada la sangre, que había empezado a correr en abundancia. En las largas horas que pasaron desde que se suspendieron las hostilidades hasta que se supo el resultado de las negociaciones, toda la gente armada, pueblo y tropa, ocupó sus puestos, atenta a los movimientos de los acorralados guardias, y cada vez se estrechaba y fortificaba más el círculo en que estaban metidos. En la plaza de Oriente, el batallón Sagrado y el regimiento del Infante don Carlos cortaban la comunicación con toda la parte de los Caños y la Encarnación. En los Consejos y en las calles del Factor y la Cruzada, los tres batallones de la Plaza Mayor con algunas piezas, presentaban un baluarte infranqueable al enemigo.
La suspensión de hostilidades no podía ser más alegre. El pueblo, no pudiendo mezclarse con la Milicia y tropa, rigurosamente formada, se acercaba a ellas lo más posible, y con las últimas filas se juntaban apretadas falanges de mujeres, ancianos y gente de todas clases, que, no contentos con estar tan cerca, asomaban el hocico por encima de los hombros y por entre las bayonetas de los soldados. Todos pedían noticia, todos querían saber hasta los menores detalles de los desaforados combates de aquel día; preguntaban estos por el hermano o por el padre, y algunos, viéndole desde lejos en apartada fila, saludábanles con pañuelos. El pueblo llamaba a los suyos, pronunciando los más cariñosos nombres, y desde las compañías respondían voces festivas con la alegría de la salud y del triunfo.
Pero también molestaba en algunas partes la muchedumbre curiosa. En el batallón Sagrado, un individuo empujó hacia atrás un racimo de mujeres que parecían querer subir sobre sus hombros. En el mismo instante se sintió fuertemente asido del brazo; oyó una voz. ¡Oh sorpresa de las sorpresas!
—¡Solita, tú aquí!... ¿Pero eres tú?... —exclamó con júbilo, apartando a otras personas para que la joven estuviera cómodamente a su lado.
—Desde la madrugada te estoy buscando, hermano. ¡Gracias a Dios que al fin ha querido que te encuentre! —dijo Soledad con inmensa alegría.
Sonriendo de placer, la demacración y palidez de su rostro se disipaban por un instante como las oscuridades de un cielo que de súbito ilumina el sol. Mas eran demasiado grandes el desorden de su persona y la alteración de su semblante, por el cual habían pasado aquel día más lágrimas que balas por el ámbito de la calle Mayor, para que un pasajero regocijo los disipase.
—A ti te pasa algo: ¿qué tienes? —preguntó Monsalud, poniéndole la mano izquierda en el hombro, mientras con la derecha sostenía el fusil.
—Me pasan cosas terribles... —repuso ella con angustioso acento—. Buscándote estoy desde las dos de la madrugada... Mi padre se muere.
Salvador no contestó nada, realmente porque no sabía qué contestar.
—Se muere —añadió Sola—, y necesito de tu ayuda por muchos motivos y para muchas cosas.