Part 9
—¡Estoy perdido! —exclamó dejándose caer en una silla—. ¡Estoy perdido para siempre! Necesito huir, esconderme ahora mismo... Señor Gil, vienen a prendernos.
—¿A prendernos? —preguntó el exoidor con cierta calma—. Por fin... Ni aun morir me dejan. Está previsto; me llevarán a un hospital, y llenándome de medicinas el cuerpo, se empeñarán en que viva. Puede que esos perros lo consigan.
—Al amanecer vendrán a prendernos. Me lo avisa un amigo que anda en tratos con esa canalla. ¡Dios mío, abandonar mi casa! ¿Qué voy a hacer yo? ¿A dónde voy yo? Dígame usted, señor Gil, ¿a dónde iré?
—Al cementerio.
El enfermo acompañó con risa irónica su fatídico consejo. Soledad, aterrada, oraba en silencio.
—¡Hay iniquidad semejante! —exclamó el preceptor enjugando sus lágrimas—. ¿Qué he hecho yo? Únicamente franquear mi humilde morada.
—¿Nos prenderán al amanecer?
—Sí, muy temprano. Me lo ha dicho Elías Orejón, que lo sabe por Calleja, barbero de la Carrera de San Jerónimo,[16] el cual lo sabe por el cafetero de _La Fontana_. Vendrán, y echándonos una cuerda al cuello, nos arrastrarán a inmundos calabozos.
[16] Véase _La Fontana de Oro_.
—¡Paciencia, paciencia! —dijo Cuadra con amargo desdén—. Querida hija, ¿no sostienes que Dios ampara a los débiles?
—Yo me voy..., yo me voy —manifestó con honda ansiedad Naranjo—. Huiré..., traspasaré la frontera. ¿Cuánto hay de aquí a la frontera?
—Huya usted..., yo...
Gil de la Cuadra probó a levantarse del lecho; pero sus miembros doloridos le negaron todo movimiento, y después de incorporarse ligeramente, cayó inerte, lanzando ardiente resoplido.
—Huya usted... —murmuró sordamente—. Yo espero.
—Voy a recoger lo que pueda..., ropa, un poco de ropa. ¡Ay!, si tuviera alhajas me las llevaría.
—Es justo. Solita y yo nos quedamos. ¿Qué hora es?
—Las doce y media... ¡Oh, si tendré tiempo, Dios mío, de ocultarme!... Saldré de Madrid; correré la noche y todo el día de mañana... Pronto, pronto: no hay que perder tiempo.
Naranjo corrió a sus habitaciones con la presteza de un gamo perseguido. En el breve instante que estuvieron solos, padre e hija no hablaron nada. Los dos parecían muertos.
Volvió Naranjo con un lío, que febrilmente compuso, arreglándolo todo en la brevedad de un pobre pañuelo. Por fortuna era célibe y no tenía más familia que su propia persona. La mujer que le servía, una pobre anciana sin amparo y muy religiosa, libre de todo otro temor que no fuera el de Dios, se negó o acompañarle.
—Es la una. ¿A qué hora amanece? Señora doña Solita de mi alma, si me diera usted un alfiler se lo agradecerla.
Mientras arreglaba el paquete, su lengua no podía estar en reposo.
—Parece —decía— que la conspiración no puede ir peor. Esos necios han echado a perder un negocio tan bien tramado. Ahora se niegan a ir a Talavera, donde les destinó el gobierno. ¡Menguados, menguadillos! La Milicia y las tropas de línea que hay en la corte y las que han venido de Burgos y Valladolid, les atacarán mañana; y una de dos: o se rinden o se dispersan.
Don Urbano echó en un suspiro la mitad de su alma.
—¡Habrá una degollina de guardias...! Vaya, que en rigor lo tienen bien merecido por cobardes, por torpes... ¡Qué irrisoria muchachada! Han comprometido sin fruto a Su Majestad.
—Señor de Naranjo —dijo Cuadra con acento de dolor muy vivo—, váyase usted de una vez.
—Es una infamia lo que han hecho —añadió el preceptor—. ¡Irse al Pardo! Si hubieran atacado el día 1.º a la Milicia, fácil habría sido desarmarla; pero ahora... Me alegraré de que los patriotas les machaquen las liendres. Si no quedara uno...
—Por favor, señor Naranjo, váyase usted.
Arreglado el paquete, el maestro se sentó sobre él. Estaba meditabundo y desconcertado.
—¿Hay desgracia mayor que la mía? —murmuró sollozando.
—Se queja de vicio.
—¡Sí, abandonar mi casa, mi profesión, mi bienestar modesto! Sabe Dios si lograré escapar de los patriotas... En situación tan aflictiva, señor don Gil de mi alma, estoy sin recursos...
—¿Qué?
—Que no tengo dinero.
Gil de la Cuadra miró a su hija, que supo adivinar al instante la intención de la mirada. Soledad sacó un pequeño talego escuálido, dentro del cual sonaba algo.
En los ojos de Naranjo brilló un rayo de alegría.
—Dáselo —dijo don Urbano—. Él lo necesita más que nosotros.
Soledad puso en las manos del infeliz preceptor todo su dinero.
— Gracias, amigos míos, gracias. ¡Bendita generosidad!... Dueños son ustedes de mi casa.
—Hasta el amanecer —murmuró Gil.
—¡Quién sabe! Ustedes son inocentes.
—Casi siempre lo he sido. Por lo mismo...
—Pueden tener esperanza. ¿Por qué no? —dijo Naranjo levantándose.
—¡Esperanza! ¿Qué es eso?
—Se me figura que debo retirarme, ¿eh? ¡Si se les antoja venir antes del día...!
—Es probable.
—Adiós, amigo y amiga. Les daré noticias mías.
—En el otro mundo.
—Hacen mal en no tener esperanza... ¡Quién sabe! Dios...
—Sí, ya se está ocupando de nosotros.
—Dios no abandona a las criaturas. Ánimo, amigo mío.
—Ya lo tengo. Váyase usted, Naranjo. Es tarde, pueden venir.
—Adiós, adiós... Que Dios me ampare y nos ampare a todos.
Desapareció como ágil ratón sorprendido en sus rapiñas.
XVII
Largo rato estuvieron hija y padre sin pronunciar una palabra. Ambos tenían sin duda algo que decir; pero ninguno quería ser el primero en romper a hablar. Soledad tenía la cabeza inclinada, las manos en cruz. Don Urbano miraba al techo. Por fin, con voz ronca y un acento de ironía que en él no era común, se expresó así:
—A ver, hija mía, dime dónde está nuestra Providencia, dime dónde está nuestro Dios. Que vea yo ese Dios y esa Providencia, aunque solo sea por un instante.
Soledad contempló con lástima profunda la deplorable figura de su padre, que parecía un muerto con voz y movimiento. Compadeciole más aún por el triste estado de su alma sin fe.
—Padre, no dude usted de Dios —dijo acercándose a la cama—. Todavía puede castigar más.
—¿Más todavía? ¡Ah! Cuando venga el castigo, ya estaré yo en el otro mundo. De modo que... ¡ahí me las den todas!
Una carcajada de insensato siguió a estas palabras. Pero el espíritu de aquel desgraciado varón solía tener bruscas defensas y reacciones contra el escepticismo. La presencia y la voz dulce de su hija produjeron hondo sacudimiento en el espíritu del hombre enfermo.
—Ven acá —le dijo llorando—, ven y dime algo bueno. Consuélame. ¿Te parece que nuestra situación es lisonjera?
Soledad se arrojó en los brazos de su padre.
—Es triste —dijo—, muy triste; pero, ¿no podremos encontrar algún amigo que nos salve?
—¿Amigos nosotros? ¡Qué absurdo has dicho! —murmuró Gil bebiéndose sus lágrimas—. ¡Oh! Si Anatolio viniera...
—Eso es seguro.
—Sabe Dios si le volveremos a ver. Los guardias huirán, saldrán de España... Esto es horrible... Nada me importa por mí, que moriré; pero tú, tú... ¿Quieres morir?
—Yo, sí; pero cuando Dios lo ordene...
—Pues no nos da pruebas de querer que vivamos. Hija de mi alma, ¿has visto conflicto semejante? ¿Crees en la posibilidad de que salgamos bien de esta agonía?
—Sí lo creo.
—¿Cómo?
—Pidiendo protección.
—¿A quién, loca, a quién? Sabes que dentro de algunas horas vendrán los patriotas, y nos prenderán.
—Quizás no, porque no hemos hecho nada.
—Sí, ve a convencer a esa canalla... Nos arrastrarán a una mazmorra; seremos ultrajados por la plebe soez... No quiero pensarlo. Antes mil veces la muerte para los dos, para ti y para mí.
—¡No, no, no! —dijo Soledad con ardor—. Buscaremos quien nos proteja.
—¡Ay! ¡Protección al desvalido, al triste, al abandonado!... No puede ser.
—¿Por qué no?
—¡Pero quién! Revuelve toda la creación, y dirás como yo: «muerte, nada más que muerte.»
—Yo digo que nos salvará algún amigo.
—Y yo digo: «descanso, descanso.» ¡Oh, qué dulce palabra!
Cerraba los ojos para contemplar dentro de sí mismo un remedo de la paz de los sepulcros.
—¡No, no, no! —repitió Soledad levantándose con resolución—. Yo saldré, yo buscaré quien nos ampare.
—Dime antes su nombre —murmuró Urbano abriendo los ojos con desvarío.
Solita sintió el violento sacudir de la voluntad, que vibra su rayo omnipotente en nuestro espíritu en momentos de peligro, y cerrando los ojos, olvidando toda consideración, pronunció un nombre.
El semblante de Gil de la Cuadra se contrajo, y sus labios articularon lastimero quejido.
—Me has traspasado el corazón —dijo después de una pausa, con voz muy queda y dolorida.
Solita callaba sin atreverse a añadir una sílaba más.
—Quizás pudiera hacer algo por nosotros..., de seguro podría... —añadió el viejo, rechazando con la derecha mano una figura imaginaria— ¡Pero no; atrás!... ¡Nunca! Hija mía, toma un cuchillo, atraviésame de una vez el corazón; mátame; pero no pronuncies ese nombre, no me mates así..., que esa muerte es demasiado terrible.
La infeliz muchacha apenas tenía ya alma para resistir tanto dolor.
—¡Todavía; pero todavía!... —exclamó oprimiendo su cabeza con ambas manos—. Cuando todo nos falta; cuando no hay calamidad que Dios no nos haya enviado; cuando nombramos a la muerte como única esperanza, nuestra... ¡todavía, señor, ese aborrecimiento, que es como el de los demonios!
—Todavía —murmuró la voz de Gil, profunda, hondísima, lejana, cual si sonara en lo más recóndito de su cuerpo—. Todavía y siempre.
Oyéronse golpecitos a la puerta y una vocecilla cascada que decía:
—¿Se ofrece algo?
Era la pobre anciana que cuidaba de Naranjo, mujer piadosa, sencilla y caritativa, aunque curiosa.
—¿Conque parece que nos quedamos solos? —dijo al entrar—. ¿Y qué tal va el señor Gil?
Como nadie le contestase, dirigiose a Sola y le manifestó su alto criterio terapéutico en estos términos:
—Al señor le convendría tomar una tacita de tila. Voy a hacérsela. ¿Hay lumbre en esta cocina?
—Hija mía, Soledad, Soledad —gritó bruscamente don Urbano, como el que despierta de un sueño—. ¿Dónde estás?
—Aquí... No me separo un instante.
—¿Sabes que no te veo?... —añadió el enfermo con mucha agitación—. ¿Pero hay luz en el cuarto?
—Luz hay.
—¡Ah!, sí... Ya distingo, ya veo algo... Pero nada más que sombras. ¿Estás aquí?... ¡Qué espanto! Me quedo ciego... Yo no te veo bien... ¿Hay alguien más en el cuarto?
—Nadie más. Doña Rosa ha pasado a la cocina.
—Dime: ¿has echado algo en mis ojos?... Yo no te veo bien... Me quedo ciego. ¿Has echado algo en mis ojos?
—¿Yo?
—Podía ser. Te empeñas en matarme. Como pronunciaste aquel nombre que era un puñal... ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué oscuridad es esta que me rodea? Soledad, mis ojos se nublan. Dime: ¿esto es morir? ¿Se muere así?
—Eso no es nada. Una irritación del cerebro. Procure usted dormir.
El anciano descansó su cabeza en la almohada, y parecía caer en profundo sueño.
—Si viniese Anatolio... —murmuró—, despiértame al instante. Quiero verle.
Un momento después dormía con letargo intranquilo. Se agitaba en el lecho, pronunciaba palabras, se oprimía con la mano el corazón, lanzando lastimeros quejidos. Soledad le contemplaba en silencio, sin pestañear, casi sin respirar, atenta a las vibraciones dolorosas de aquella triste vida que se extinguía por grados. Decir lo que pensó en aquellos breves instantes, cuántas ideas cruzaron por su inflamado cerebro como relámpagos tempestuosos; decir qué sentimientos le agitaron y qué palabras salían de su pecho y expiraban en sus labios sin modularse, fuera imposible.
La solícita doña Rosa la sacó de aquel estado.
—Es preciso tomar una determinación, niñita mía —le dijo—. Yo he visto muchos enfermos. ¿Qué le pasa a usted que parece de mármol? Muévase, determine algo. Conviene traer algunas medicinas. Mire usted, yo llamaría a un médico.
Soledad vio en toda su gravedad lo real de aquella situación. Dio algunos pasos de la sala a la cocina y de la cocina a la alcoba. Registró todo, y no encontró un solo ochavo. Después se detuvo de nuevo, sumergiendo su espíritu en honda meditación.
—Yo voy a salir —dijo de súbito a la anciana.
—Gracias a Dios que toma usted una determinación. Yo cuidaré al señor mientras usted vuelve.
—Voy a salir —repitió la joven con aplomo.
Púsose el manto y se acercó al enfermo contemplándole con atención profunda. Gil se movía con inquietud, se quejaba, pronunciaba como antes palabras confusas. Al ver la religiosa y profunda atención con que Soledad le miraba, creeríase que el espíritu del padre y el de la hija se comunicaban en regiones lejanas, desconocidas, allá donde las almas amigas se abrazan, rotos o aflojados los lazos de la vida.
Don Urbano, en su delirio, pronunció tres clarísimas palabras en tono de contestación. Al oírlas, Soledad se estremeció toda, y en el fondo de su alma resonaron con eco terrible las tres palabras.
Gil de la Cuadra había dicho:
—Sedujo a mi esposa.
Soledad, pasándose la mano por la frente, dio algunos pasos. Detúvose, clavando la vista en el suelo. Luchaba interiormente; pero al fin ganó la batalla, y dijo con resolución:
—No importa... Voy.
XVIII
Eran las dos. La noche era serena y tibia, y en el cielo oscuro comenzaban a palidecer, temblando, las estrellas. Solita envolviose bien en su pañuelo, y sin asomos de miedo, porque la apurada situación suya no lo permitía, bajó hacia la plazuela de Navalón. Poco tiempo empleó en llegar a una calle cercana, donde los informes que recibiera del sereno la obligaron a retroceder.
«¡Dios mío —decía para sí— haz que encuentre pronto ese batallón Sagrado!»
Por el Postigo de San Martín subió en busca de las calles de Tudescos y la Luna, andando a prisa, sin reparar en los pocos transeúntes que a tal hora hallaba en su camino, hasta que oyó un rumor lejano, murmullo de gente y pasos, que en el silencio de la noche resonaban de un modo singular en las angostas calles. Entonces sintió miedo y se detuvo a escuchar. Por la calle de la Luna pasaba una cosa que no podían precisar bien los agitados sentidos de Sola: un animal muy grande, con muchas patas, pero sin voz, porque no se oía más que la trepidación del suelo. Acercose más, y vio pasar de largo por la bocacalle multitud de figuras negras; sobre aquella oscura masa brillaban agudas puntas en cantidad enorme.
«¡Ah! —dijo Sola para sí, reconociendo lo injustificado de su miedo—. Es un ejército... ¿Si será el batallón Sagrado?»
Apresuró el paso; pero no había dado seis, cuando se oyó un tiro, después dos, tres... Solita se quedó fría, yerta, sin movimiento. Aumentado el estrépito por su imaginación, parecíale que Madrid había volado.
—¡Tiros!... ¡Una batalla!
Varios individuos corrieron a su lado por la calle de Tudescos abajo, gritando:
—¡Los guardias, los guardias!... ¡Que degüellan!
Soledad corrió también, por instinto. Los tiros se repitieron, y sobre el tumulto descollaban tremendas voces que decían:
—¡Viva el rey absoluto!
Y allá, más lejos, otras que no se entendían bien. Por callejones que no conocía, siguiendo a las personas del vecindario, que alarmadas salían de las casas, Soledad llegó a una calle, que reconoció por la de San Bernardo.
«¡Ah! —murmuró—. Aquí me han dicho que está el batallón Sagrado, hacia la Cuesta de Santo Domingo. Vamos allá.»
Para concluir pronto, acortando en lo posible las angustias de tal expedición, corrió en el rumbo indicado; pero al fin la mucha gente que se agolpaba en aquel sitio obligola a detenerse. La muchedumbre retrocedió de repente, y viéronse varios soldados de a caballo, que sable en mano gritaban:
—¡Atrás, a despejar!
Para no ser arrollada, Solita huyó entre multitud de personas que se atropellaban, gritando:
—¡Jarana! ¡Que vienen los guardias!... ¡Que van a disparar el cañón!
—Dígame usted, buen amigo —preguntó la joven a un hombre que a su lado iba—: ¿dónde está el batallón Sagrado?
—¿El batallón Sagrado? Pues cuenta que está en la Plaza Mayor.
—Me habían dicho que en la Cuesta de Santo Domingo.
—¡Quia! No, señora. ¿Qué entiende usted de eso?
—Tiene usted razón, buen amigo: yo no entiendo nada. ¿Conque dice usted que en la Plaza Mayor?
—Mismamente... ¡Los guardias vienen!
—¿Por dónde cree usted que debo ir? —preguntó Sola, advirtiendo que la gente corría en todas direcciones y que se oían los tiros más cerca.
—Por ninguna... —repuso el hombre metiéndose en su casa y cerrando sin dilación.
Soledad no se desanimó, y por la calle de la Justa trató de emprender su camino; pero al poco tiempo vio que la de Tudescos estaba intransitable. Pasaban por ella varias columnas de guardias, que al verse sorprendidos en la calle de la Luna, buscaban la de Jacometrezo y Postigo de San Martín para dirigirse al centro de la villa.
Aguardó a que pasaran, y luego, prefiriendo dar un rodeo a perder tiempo esperando, marchó a tomar la calle de la Montera por la del Desengaño.
«Por allí no habrá nadie —pensó—. Bajaré a la Puerta del Sol, y en un periquete estaré en la Plaza Mayor... Virgen de los Remedios, favoréceme.»
En efecto: la infeliz muchacha llegó por fin a la Puerta del Sol, donde había empezado a reunirse bastante gente. Tropa y milicianos formaban delante de la casa de Correos; pasado un instante, la tropa entraba en aquel edificio y los milicianos subían por la calle de Carretas.
—¿Es cierto que el batallón Sagrado está en la Plaza Mayor? —preguntó Solita a un miliciano que marchaba a toda prisa con el fusil al hombro.
Como no recibiera contestación, hizo la misma pregunta a dos paisanos, que también armados de fusil, marchaban hacia la calle Mayor.
—Venga usted, prenda, y lo veremos.
Siguióles a cierta distancia, andando tan a prisa como ellos. Vio que, satisfecho el primer impulso de curiosidad de los vecinos, se cerraban todas las puertas, y que apenas había mujeres en la calle. El estado de su afligido espíritu no le permitió observar que poco a poco se iba introduciendo en una atmósfera de peligro. La infeliz comprendió, sí, que iba a ocurrir algo grave; pero pensaba llegar antes que sonase la hora del conflicto, desempeñar su misión y volverse a su casa.
«Todavía es de noche —decía—. Hasta que no amanezca no habrá batallas.»
En las inmediaciones de la Plaza Mayor, los milicianos ocupaban toda la calle. Había cierto desorden en sus filas, los jefes corrían de un lado para otro, y resonaban aquí y allá las palabras de tal cual arenga, pronunciada desde lo alto de un caballo. Murmullo atronador ensordecía la calle: todos hablaban a la vez, amenazaban, discutían, proponían; oíanse trastrocadas y revueltas las palabras _libres_ y _esclavos_, _leales_ y _pérfidos_, _Constitución_ y _rey neto_, _libertad_ y _despotismo_. Todo se oía, menos lo que Solita quería oír.
—¿El batallón Sagrado? —preguntó tímidamente al primer miliciano que tuvo a mano.
—El batallón Sagrado... ¡Ah!... Vaya usted a saber, niña —le contestaron.
—Allí está mi primo —dijo otro.
—Lo manda San Miguel.
—Entonces debe de andar por el cielo —añadió un chusco—, pues si es sagrado y lo manda un arcángel...
Soledad se dirigió a otro grupo; pero no había abierto la boca, cuando oyó gritar:
—¡Paso, paso!
Y estuvo a punto de quedarse sorda, por el estrépito de los cañones, que arrastrados a escape por poderosas mulas, venían calle adelante, rechinando, saltando, rebotando sobre cada piedra. Soledad empezó a comprender que Dios la abandonaba en aquel trance, que la ocasión y el lugar no eran a propósito para buscar a un hombre perdido en la inmensidad del batallón Sagrado, y en la hora crítica de la revolución. Esta idea la afligió tanto, que quiso hacer un esfuerzo, sobreponerse con animoso espíritu a las circunstancias, y seguir hasta donde pudiera, con desprecio de la vida. Érale indispensable buscar y encontrar, en aquella misma mañana, a la única persona de quien podía esperar auxilio de todas clases en su desesperada situación. Recordó a su padre moribundo, sin recursos, la pobre casa desamparada, que muy pronto sería invadida por feroces polizontes; y cerrando los ojos a todos los peligros, al formidable aparato de tropas; desoyendo el rugir de la Milicia, el estruendo de las preparadas armas, dio algunos pasos hacia el arco de Boteros.
«Entraré —pensó—, y yo misma veré si está o no ese batallón Sagrado.»
Se sintió cogida por un brazo y rechazada hacia atrás, mientras una bronca voz le decía:
—Atrás... ¡Que en todas partes se han de meter estas condenadas!
—¿El batallón Sagrado? —murmuró Soledad.
Pero otro brazo de hierro la arrojó hacia la acera de enfrente. Se volvió contra la pared, y así estuvo breve rato. Cuando miró de nuevo hacia las entradas de la Plaza, el llanto anegaba su rostro. Era espectáculo digno de que un psicólogo lo observara, ver cómo haciendo alarde de energía varonil, se limpiaba aquella infeliz sus lágrimas, cómo sofocaba sus suspiros, diciendo:
«Puede que sea fácil entrar por la calle de Atocha... ¡Dios mío! ¿Cómo vuelvo a mi casa sin haberle visto?»
Corrió hacia la plazuela de San Miguel y después hacia la Puerta del Sol. Por ningún lado había salida; por todas partes tropa y milicianos que mandaban a los vecinos retirarse. Solita, al fin, se declaró vencida.
«Dios no quiere —dijo—. Es imposible. Volveré a mi casa... Dios no nos abandonará.»
Una idea lisonjera iluminó de súbito su entendimiento, infundiéndole repentina alegría. En sus labios vaciló una sonrisa.
«Con esta jarana tan tremenda —pensó—, la policía no se cuidará de ir a mi casa. Todos tendrán mucho que hacer.»
Pensando esto, dobló la esquina para bajar por la plazuela de Herradores.
«Pero, ¿y si van? —pensó después—. Si le llevan a la cárcel como está... Se morirá por el camino... No, no irán: es imposible que se acuerden de tal cosa. Lo peor es que no tenemos nada. ¡Qué disparate haber dado al señor Naranjo todo el dinero!... ¿Quién nos amparará si no encuentro hoy al batallón Sagrado?... Y he de encontrarle... Veremos más tarde... Esto acabará pronto... ¡Pero si le sucede algo, si le matan!...»
El terror que esta idea le producía la desconcertó un momento; pero llenándose de fe, su alma privilegiada se tranquilizaba. Dios, sin embargo, no quiso que en aquella aciaga mañana fueran dichosas las horas de la infeliz joven, y no la dejó andar veinte pasos en paz. Por la calle de las Fuentes, por la de las Hileras, subían columnas de milicianos granaderos, terribles, amenazadores: iban a cubrir el flanco de la plaza. El paso por aquella parte estaba cortado.
Soledad, viendo la alarma del vecindario, quedó yerta de espanto. Gritaban en los balcones las mujeres, lloraban algunas, votaban los hombres. Cerrábanse puertas, se desocupaba a toda prisa la calle; hasta los perros huían despavoridos. Por un instante no supo la pobre qué resolución tomar; vaciló entre seguir bajando o correr de nuevo hacia arriba. El aspecto imponente de las tropas que subían la ofuscó de tal modo, que tomó el peor partido, corriendo hacia la calle Mayor; pero dos mujeres que iban hacia la de Santiago, indicáronle aquella dirección como la mejor. Las siguió sin vacilar, creyendo encontrar por allí fácil acceso hacia su casa; pero no había llegado a la calle de Milaneses, cuando sintió el horrible estrépito de miles de disparos, gritos, vivas y mueras, un bramido colosal, mezcla de humanas voces y de la tremenda palabra de los cañones. El valor le faltó de súbito entonces, y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.
En la calle de Santiago había espacio suficiente para ponerse a salvo de las balas, y era considerable la multitud de curiosos. Muchos de estos emprendieron la retirada hacia la parroquia para apartarse lo más posible del lugar de la refriega; pero unas mujeres que subían de la plaza de Oriente gritaron:
—¿A dónde van ustedes? Los guardias de Palacio han subido a San Nicolás y vienen todos hacia acá.
Al oír esto, muchos se metían precipitadamente en las casas, otros se agolpaban en las calles del Espejo y de Mesón de Paños. La de Santiago quedó vacía.
¿En dónde está Solita? El narrador lo ignora, y llamado por el duelo en que se empeñan rencorosamente Despotismo y Libertad, no trata por ahora de averiguarlo.
XIX