A Spanish Anthology A Collection of Lyrics from the Thirteenth Century Down to the Present Time
Part 20
Acabó su misión sobre la tierra, Y dejó su existencia carcomida, 15 Como una virgen al placer perdida Cuelga el profano velo en el altar. Miró en el tiempo el porvenir vacío, Vacío ya de ensueños y de gloria, Y se entregó á ese sueño sin memoria 20 Que nos lleva á otro mundo á despertar. Era una flor que marchitó el estío, Era una fuente que agotó el verano; Ya no se siente su murmullo vano, Ya está quemado el tallo de la flor, 25 Todavía su aroma se percibe, Y ese verde color de la llanura, Ese manto de hierba y de frescura, Hijos son del arroyo creador.
Que el poeta en su misión, {p. 285} Sobre la tierra que habita Es una planta maldita Con frutos de bendición. Duerme en paz en la tumba solitaria, 5 Donde no llegue á tu cegado oído Más que la triste y funeral plegaria Que otro poeta cantará por ti. Ésta será una ofrenda de cariño, Más grata, sí, que la oración de un hombre, 10 Pura como la lágrima de un niño, Memoria del poeta que perdí.
Si existe un remoto cielo, De los poetas mansión, Y sólo le queda al suelo 15 Ese retrato de hielo, Fetidez y corrupción, ¡Digno presente, por cierto, Se deja á la amarga vida! ¡Abandonar un desierto 20 Y darle á la despedida La fea prenda de un muerto!
Poeta: si en el _no ser_ Hay un recuerdo de ayer, Una vida como aquí 25 Detrás de ese firmamento... Conságrame un pensamiento Como el que tengo de ti.
TOLEDO {p. 286}
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Ya no hay cañas ni torneos, Ni moriscas cantilenas, Ni entre las negras almenas Moros ocultos están; Hoy se ven sin celosías 5 Miradores y ventanas; No hay danzas ya de sultanas En el jardín del Sultán. Ya no hay dorados salones En alcázares reales, 10 Gabinetes orientales Consagrados al placer; Ya no hay mujeres morenas En lechos de terciopelo, Prometidas en un cielo 15 Que los Moros no han de ver. Ya no hay pájaros de Oriente Presos en redes de oro, Cuyo cántico sonoro Cuyo pintado color 20 Presten al aire armonía, Mientras en baño de olores Dormita, soñando amores, El opulento señor. No hay una edad de placeres 25 Como fué la edad moruna; Igual á aquélla ninguna, Porque no puede haber dos; Pero hay, en gótica torre De parda iglesia cristiana, 30 Una gigante campana {p. 287} Con el acento de un Dios. Hay un templo sostenido En cien góticos pilares, Y cruces en los altares, 5 Y una santa religión. Y hay un pueblo prosternado Que eleva á Dios su plegaria A la llama solitaria De la fe del corazón. 10
Hay un Dios cuyo nombre guarda el viento En los pliegues del ronco torbellino; A cuya voz vacila el firmamento Y el hondo porvenir rasga el destino. La cifra de ese nombre vive escrita 15 En el impuro corazón del hombre, Y él adora en un árabe mezquita La misteriosa cifra de ese nombre.
Juan Eugenio Hartzenbusch.
(1806–1880)
Á CALDERÓN
Tú que en acento de desdén profundo Dijiste al ver la pequeñez humana: 20 «Sombra es la vida, como el sueño vana, Fantástica existencia la del mundo»; Cuando brillabas luminar fecundo, Sol refulgente de la escena hispana, ¿Pudo tener tu mente soberana 25 Por ilusión tu ingenio sin segundo? Desde el Tíber al patrio Manzanares, {p. 288} Desde el Rin á los Andes mereciste Universal admiración y altares; Y eterna de tu nombre la memoria, Ella te enseña que decir debiste: 5 «Sueño todo será, menos mi gloria.»
Manuel Bretón de los Herreros
(1796–1873)
EL SOLDADO Y EL CARRETERO
Bueno es ser comedido, mas no tanto Que raye la modestia en tontería. Fábula al canto. Ya no podía continuar su ruta, 10 Con la mochila y el fusil cargado, Pobre recluta. Viéndole un carretero muy bizarro En tal angustia, «¡Militar!», le dijo, «Sube á mi carro.» 15 «De perlas me vendría, que voy muerto; Mas si á pagar el porte se me obliga...» «¡Eh! no por cierto.» «Gracias. Bendigo al cielo, que me trajo Tan buen padrino,» le responde, y monta 20 No sin trabajo. «Ahora, bueno será dar un refuerzo Al estómago,» dijo el trajinante. «No: yo no almuerzo.» «¡Eh! nada de melindres y pamplinas. 25 La bota tengo llena, y en la alforja Pan y sardinas.» Al fin, transido de hambre el buen soldado, {p. 289} Aunque gravar temía su conciencia, Toma un bocado. Ya durmiendo, ya hablando al camarada, Dejado había atrás el carretero 5 Media jornada; Y todavía el mílite (¡da grima!) No se había quitado la engorrosa Mole de encima. Ríe el otro y le dice: «El sol escalda, 10 ¡Y aun la ruda mochila, majadero, Veo en tu espalda!» «Ya que me ahorro de pisar hormigas, No es justo dar á la cansada mula Nuevas fatigas.» 15 «¿Y alivias por ventura su molestia? De ti y del carro y todo el cargamento Tira la bestia. No es tu propia carrera el castrense.— «Pues ¿cuál?»—«Hazte, ya que eres tan pacato, 20 Fraile mostense.»
José María Heredia.
(1803–1839)
AL HURACÁN
Huracán, huracán, venir te siento, Y en tu soplo abrasado Respiro entusiasmado Del Señor de los aires el aliento. 25 En las alas del viento suspendido Vedle rodar por el espacio inmenso, Silencioso, tremendo, irresistible {p. 290} En su curso veloz. La tierra en calma Siniestra, misteriosa, Contempla con pavor su faz terrible. ¿Al toro no miráis? El suelo escarban 5 De insoportable ardor sus pies heridos; La frente poderosa levantando, Y en la hinchada nariz fuego aspirando, Llama la tempestad con sus bramidos. ¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando 10 Vela en triste vapor su faz gloriosa, Y su disco nublado sólo vierte Luz fúnebre y sombría, Que no es noche ni día. ¡Pavoroso color, velo de muerte! 15 Los pajarillos tiemblan y se esconden Al acercarse el huracán bramando, Y en los lejanos montes retumbando Le oyen los bosques y á su voz responden. Llega ya... ¿No le veis? ¡Cual desenvuelve 20 Su manto aterrador y majestuoso! ¡Gigante de los aires, te saludo! En fiera confusión el viento agita Las orlas de su parda vestidura. ¡Ved, en el horizonte 25 Los brazos rapidísimos enarca, Y con ellos abarca Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte! ¡Oscuridad universal! ¡Su soplo Levanta en torbellinos 30 El polvo de los campos agitado! En las nubes retumba despeñado El carro del Señor, y de sus ruedas Brota el rayo veloz, se precipita, Hiere y aterra el suelo, {p. 291} Y su lívida luz inunda el cielo. ¡Qué rumor! ¡Es la lluvia! Desatada Cae á torrentes, oscurece el mundo, Y todo es confusión, horror profundo. 5 Cielo, nubes, colinas, caro bosque, ¿Dó estáis? Os busco en vano: Desparecisteis... La tormenta umbría En los aires revuelve un Oceano Que todo lo sepulta. 10 Al fin, mundo fatal, nos separamos: El huracán y yo solos estamos. ¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno, De tu solemne inspiración henchido, Al mundo vil y miserable olvido, 15 Y alzo la frente de delicias lleno! ¿Dó está el alma cobarde Que teme tu rugir? Yo en ti me elevo Al trono del Señor: oigo en las nubes El eco de su voz; siento á la tierra 20 Escucharte y temblar. Ferviente lloro Desciende por mis pálidas mejillas, Y su alta majestad trémulo adoro.
ODA Á NIÁGARA
Dadme mi lira, dádmela: que siento En mi alma estremecida y agitada 25 Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo En tinieblas pasó, sin que mi frente Brillase con su luz!... Niágara undoso, Sola tu faz sublime ya podría Tornarme el don divino, que ensañada 30 Me robó del dolor la mano impía. Torrente prodigioso, calma, acalla {p. 292} Tu trueno aterrador: disipa un tanto, Las tinieblas que en torno te circundan, Y déjame mirar tu faz serena, Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. 5 Yo digno soy de contemplarte; siempre Lo común y mezquino desdeñando, Ansié por lo terrífico y sublime. Al despeñarse el huracán furioso, Al retumbar sobre mi frente el rayo, 10 Palpitando gocé: ví al Oceano Azotado del austro proceloso, Combatir mi bajel, y ante mis plantas Sus abismos abrir, y amé el peligro, Y sus iras amé: mas su fiereza 15 En mi alma no dejara La profunda impresión que tu grandeza. Corres sereno y majestuoso, y luego En ásperos peñascos quebrantado, Te abalanzas violento, arrebatado, 20 Como el destino irresistible y ciego. ¿Qué voz humana describir podría De la sirte rugiente La aterradora faz? El alma mía En vagos pensamientos se confunde, 25 Al contemplar la férvida corriente, Que en vano quiere la turbada vista En su vuelo seguir al borde obscuro Del precipicio altísimo: mil olas, Cual pensamiento rapidas pasando, 30 Chocan, y se enfurecen, Y otras mil y otras mil ya las alcanzan, Y entre espuma y fragor desaparecen. Mas llegan... saltan... El abismo horrendo Devora los torrentes despeñados; {p. 293} Crúzanse en él mil iris, y asordados Vuelven los bosques el fragor tremendo. Al golpe violentísimo en las peñas Rómpese el agua, y salta, y una nube 5 De revueltos vapores Cubre el abismo en remolinos, sube, Gira en torno, y al cielo Cual pirámide inmensa se levanta, Y por sobre los bosques que le cercan 10 Al solitario cazador espanta. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés)
(1809–1844)
PLEGARIA Á DIOS
¡Sér de inmensa bondad! ¡Dios poderoso! A vos acudo en mi dolor vehemente. Extended vuestro brazo omnipotente, Rasgad de la calumnia el velo odioso, 15 Y arrancad este sello ignominioso Con que el mundo manchar quiere mi frente! ¡Rey de los reyes! ¡Dios de mis abuelos! Vos solo sois mi defensor, ¡Dios mío! Todo lo puede quien al mar sombrío 20 Olas y peces dió, luz á los cielos, Fuego al sol, giro al aire, al Norte hielos, Vida á las plantas, movimiento al río. Todo lo podéis Vos, todo fenece Ó se reanima á vuestra voz sagrada; 25 Fuera de Vos, Señor, el todo es nada Que en la insondable eternidad perece; {p. 294} Y aun esa misma nada Os obedece, Pues de ella fué la humanidad creada. Yo no Os puedo engañar, Dios de clemencia; Y pues vuestra eternal sabiduría 5 Ve al través de mi cuerpo el alma mía Cual del aire á la clara transparencia, Estorbad que, humillada la inocencia, Bata sus palmas la calumnia impía. Estorbadlo, Señor, por la preciosa 10 Sangre vertida, que la culpa sella Del pecado de Adán, ó por aquella Madre cándida, dulce y amorosa, Cuando envuelta en pesar, mustia y llorosa, Siguió tu muerte como heliaca estrella. 15 Mas si cuadra á tu suma omnipotencia Que yo perezca cual malvado impío, Y que los hombres mi cadáver frío Ultrajen con maligna complacencia, Suene tu voz y acabe mi existencia, 20 ¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío!
Carolina Coronado
(B. 1823)
EL AMOR DE LOS AMORES
¿Cómo te llamaré para que entiendas Que me dirijo á ti, ¡dulce amor mío! Cuando lleguen al mundo las ofrendas Que desde oculta soledad te envío? 25 A ti, sin nombre para mí en la tierra, ¿Cómo te llamaré con aquel nombre Tan claro que no pueda ningún hombre {p. 295} Confundirlo al cruzar por esta sierra? ¿Cómo sabrás que enamorado vivo Siempre de ti, que me lamento sola Del Gévora que pasa fugitivo 5 Mirando relucir ola tras ola? Aquí estoy aguardando en una peña A que venga el que adora el alma mía; ¿Por qué no ha de venir, si es tan risueña La gruta que formé por si venía. 10 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pero ¡te llamo yo, dulce amor mío, Como si fueras tú mortal viviente! Cuando sólo eres luz, eres ambiente, Eres aroma, eres vapor del río. Eres la sombra de la nube errante, 15 Eres el son del árbol que se mueve; Y aunque á adorarte el corazón se atreve, Tú sólo en la ilusión eres mi amante. Mi amor, el tierno amor por el que lloro, Eres tan sólo tú, Señor, Dios mío; 20 Si te busco y te llamo, es desvarío De lo mucho que sufro y que te adoro. Yo nunca te veré, porque no tienes Ser humano, ni forma, ni presencia; Yo siempre te amaré, porque en esencia 25 Al alma mía como amante vienes. Nunca en tu frente sellará mi boca El beso que al ambiente le regalo; Siempre el suspiro que á tu amor exhalo Vendrá á quebrarse en la insensible roca. 30 Pero cansada de penar la vida, Cuando se apague el fuego del sentido, Por el amor tan puro que he tenido {p. 296} Tú me darás la gloria prometida. ¡Y entonces, al ceñir la eterna palma Que ciñen tus esposas en el cielo, El beso celestial que darte anhelo 5 Llena de gloria te dará mi alma.
Gertrudis Gómez de Avellaneda
(1816–1873)
Á WASHINGTON
No en lo pasado á tu virtud modelo, Ni copia al porvenir dará la historia, Ni otra igual en grandeza á tu memoria Difundirán los siglos en su vuelo. 10 Miró la Europa ensangrentar su suelo Al genio de la guerra y la victoria, Pero le cupo á América la gloria De que al genio del bien le diera el cielo. Que audaz conquistador goce en su ciencia, 15 Mientras al mundo en páramo convierte Y se envanezca cuando á siervos mande; ¡Mas los pueblos sabrán en su conciencia Que el que los rige libres sólo es fuerte; Que el que los hace grandes sólo es grande. 20
Á UN RUISEÑOR
Cesa, cesa, ¡Vate alado! Que ha sonado Ya el reloj La hora grave 25 Que da al sueño Su beleño Bienhechor.
Pues la noche {p. 297} Nos circunda De profunda Dulce paz, De la mente 5 Deja el fuego Con sosiego Reposar.
Ni ¿qué aguardas De este ambiente, 10 ¡Oh hijo ardiente De la luz! Tú, que mides Con tus vuelos De los cielos 15 El azul?
¿Qué pretendes Con tu canto, Si su encanto Sin igual 20 Las tinieblas No comprenden, Ni suspenden Tu afanar?
¡Ay! ¿quién sabe 25 Si emboscado Despiadado Cazador Lazo indigno Te prepara, 30 Junto al ara De tu amor?
De asechanzas Protectoras Tales horas 35 Suelen ser, Y ese canto Te delata En la ingrata Lobreguez. 40
Deja, deja De horror lleno, Nuestro cieno Mundanal, Por las cumbres 45 Donde aspiras Y respiras Libertad.
Cuando á vastos Horizontes 50 Te remontes Triunfador, Tu sublime Poesía Dale al día, 55 Dale al sol;
¡Pero cese, Cese ahora Tu canora Bella voz, 60 Y que grato Vierta el sueño Su beleño Bienhechor!
LA TUMBA Y LA ROSA {p. 298}
(_Traducción libre de Victor Hugo_)
Dice la Tumba á la Rosa: —¿Qué haces tú, preciada flor, Del llanto que el alba hermosa Vierte en tu cáliz de amor?— Y la Rosa le responde: 5 —¿Qué haces, di, Tumba sombría, De lo que tu seno esconde Y devora cada día? Yo perfumes doy al suelo Con el llanto matinal. 10 —¡Y yo un alma mando al cielo, De cada cuerpo mortal!
Á LA MUERTE DE ESPRONCEDA
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Ved! Cual la escarcha fría Por siempre yace la inspirada frente, Que de Byron el lauro refulgente 15 Recibir merecía. ¿Cómo calla la voz cuya armonía El ángel de los cantos envidiara? ¿Qué se hizo la luz clara, Reveladora de alta inteligencia, 20 Que fulguraba en sus brillantes ojos? ¿Será eterna la ausencia De la vida, ¡gran Dios! y esos despojos —Que va á tragarse el sempiterno olvido— Se llevarán al pensamiento helado, 25 Como un astro apagado Por espacios incógnitos perdido? ¡Blasfemia horrible!... ¡loco pensamiento! {p. 299} ¡Jamás mi mente á tu ilusión sucumba! ¿La nada invocaré con torpe acento Del genio ante la tumba? ¿Quién la bondad suprema 5 Podrá ultrajar con tan odiosa duda? ¿Quién su justicia dejará en problema Ante el estrago de la muerte muda? A ti—que viertes en el triste lecho Del humano que espira 10 Bálsamo dulce de consuelo y calma— ¡Oh esperanza final! á ti saluda Con rudos sones mi enlutada lira; A ti se acoge en su dolor el alma.
Rindióse el cuerpo deleznable al peso 15 Del espíritu inmenso que oprimía, Y ya el ilustre preso, Que rota deja la coyunda impía, Con libre vuelo sube Al foco de la eterna Inteligencia, 20 Donde su centro y su reposo obtiene. Tal de las flores la exquisita esencia Se alza y se extiende en invisible nube, Cuando rompe el cristal que la contiene. ¡Ay de aquel genio las fulgentes alas 25 Se lastimaban con el roce duro De la materia frágil y grosera, Que lo encerraba, cual estrecho muro. Asaz sufriste ¡oh mísero! no era La tierra tu morada. La profunda 30 Sed de goces y amor, que desdeñaba Mezquinas fuentes de la tierra inmunda; El inmenso vacío Del insondable corazón; el tedio, {p. 300} Que con su diente inexorable y frío Te envenenaba heridas sin remedio. ¡Todo á su fin llegó! ¡todo ha cesado! . . . . . . . . . .
Adelardo López de Ayala
(1828–1879)
PLEGARIA
¡Dame, Señor, la firme voluntad, 5 Compañera y sostén de la virtud; La que sabe en el golfo hallar quietud Y en medio de las sombras claridad: La que trueca en tesón la veleidad Y el ocio en perenal solicitud, 10 Y las ásperas fiebres en salud, Y los torpes engaños en verdad! Y así conseguirá mi corazón Que los favores que á tu amor debí, Te ofrezcan algún fruto en galardón... 15 Y aun tú, Señor, conseguirás así Que no llegue á romper mi confusión La imagen tuya que pusiste en mí.
José Selgas y Carrasco
(1824–1882)
LA MODESTIA