A Spanish Anthology A Collection of Lyrics from the Thirteenth Century Down to the Present Time
Part 18
¡Qué rápido torrente, Qué proceloso mar de agitaciones Pasa de gente en gente Dentro de los humanos corazones! ¡Quién que verlo pudiera 5 Furioso, desfrenado, ilimitable, En el mundo creyera Que hubiese nada fijo, nada estable? Mas se enfurece en vano Contra la roca inmoble del destino, 10 Que con certera mano Supo contraponerle el Sér divino. ¡Sús! reyes de la tierra, El oro omnipotente y el acero Acumulad, que encierra 15 En su oculto tesoro el orbe entero. Llamad de sus hogares Cuantos cultivan el fecundo suelo, Y mueran á millares O suplicando ó maldiciendo al cielo. 20 Truene el estrepitoso Cañón por tierra y mar; alce el trofeo Su ceño sanguinoso Desde el indo Himalaya al Pirineo. Silbando cual serpientes 25 Engendradas del mar, vuelen las naves, Que de hálitos ardientes Animadas, superan á las aves. No las arredre el viento, {p. 250} Ni del mar las corrientes escondidas, Y á este nuevo elemento Cuantas fuerzas se opongan sean rendidas. Parezca que entredicho 5 Ha puesto á la verdad la fuerza ciega, Y que contra el capricho Toda la raza humana en vano briega. Bien pronto la tormenta Que suscitó el querer de un hombre vano, 10 Creciendo, lo amedrenta Y paraliza su atrevida mano. No así el que sometido A la suprema voluntad, procura El bien apetecido 15 Sin enojado ardor y sin presura. ¡Deseo silencioso, Fuera del corazón nunca expresado! Tú eres más poderoso Que el que aparece de violencia armado. 20 Cual incienso süave Tú subes invisible al sacro trono, Sin que tus alas grave La necia terquedad ni el ciego encono. Del escondido ruego, 25 Por el querer divino limitado, No perturba el sosiego Ni temor del azar ni horror del hado.
Alberto Lista y Aragón {p. 251}
(1775–1848)
LA MUERTE DE JESÚS
¿Y eres tú el que velando La excelsa majestad en nube ardiente Fulminaste en Siná? y el impío bando Que eleva contra ti la osada frente, ¿Es el que oyó medroso 5 De tu rayo el estruendo fragoroso? Mas hora abandonado, ¡Ay! pendes sobre el Gólgota, y al cielo Alzas gimiendo el rostro lastimado: Cubre tus bellos ojos mortal velo, 10 Y su luz extinguida, En amargo suspiro das la vida. Así el amor lo ordena, Amor, más poderoso que la muerte: Por él de la maldad sufre la pena 15 El Dios de las virtudes; y león fuerte, Se ofrece al golpe fiero Bajo el vellón de cándido cordero. ¡O víctima preciosa, Ante siglos de siglos degollada! 20 Aun no ahuyentó la noche pavorosa Por vez primera el alba nacarada, Y hostia del amor tierno Moriste en los decretos del Eterno. . . . . . . . . . . ¿Oyes, oyes cuál clama: 25 «Padre de amor, por qué me abandonaste?» Señor, extingue la funesta llama, Que en tu furor al mundo derramaste: De la acerba venganza {p. 252} Que sufre el justo, nazca la esperanza. ¿No veis cómo se apaga El rayo entre las manos del Potente? Ya de la muerte la tiniebla vaga 5 Por el semblante de Jesús doliente: Y su triste gemido Oye el Dios de las iras complacido. Ven, ángel de la muerte: Esgrime, esgrime la fulmínea espada, 10 Y el último suspiro del Dios fuerte, Que la humana maldad deja espiada, Suba al solio sagrado, Do vuelva en padre tierno al indignado. Rasga tu seno, ó tierra: 15 Rompe, ó templo, tu velo. Moribundo Yace el Criador; mas la maldad aterra, Y un grito de furor lanza el profundo: Muere... Gemid, humanos: Todos en él pusisteis vuestras manos. 20
LA VICTORIA DE BAILÉN
Tronó la alzada cumbre de Pirene, Y sobre el suelo hispano Lanzó horrorosa nube de asesinos; Y las madres de Iberia al triste pecho Los hijos estrecharon 25 Y piedad y venganza reclamaron. Pasa el dorado Tajo y las vertientes Del Mariano monte La caterva sin ley. Nuevas matanzas Viene y nuevos destrozos meditando; 30 Y en su furor sañoso Dijo entonces el bárbaro orgulloso: «Venid, y en la florida Andalucía {p. 253} De oro y sangre saciemos Nuestros sedientos pechos. Sús, varones: ¿No sois los invencibles que llevaron Muerte, luto y ruina 5 Del Rin á la remota Palestina?» . . . . . . . . . . Españoles, volad: hijos de Marte, Que el Ganges y el ocaso Hicisteis resonar con vuestro nombre, Volad; arrebatad á esos perjuros 10 Sus laureles odiosos, A la mísera Europa tan costosos. Castaños inmortal, nombre de triunfo, Dulce alumno de Palas, Y querido de Marte, á ti encomienda 15 Su justa causa España; la victoria Tus estandartes guía, Y su temido rayo te confía. . . . . . . . . . . ¿Quién sube por el Betis? ¿quién terrible El defendido paso 20 Rompe ya de Mengíbar? ¿Quién asciende A las alturas de Bailén y al campo, Do humea todavía Del sarraceno infiel la sangre impía? Y ¿qué, Dupont, vacilas? La alta sierra 25 Te niega sus gargantas, Por sus audaces hijos defendidas. ¡Mísero! ¿donde irás? Tienes delante Cabe el Betis undoso Al fuerte Ibero de tu sangre ansioso. 30 Huye infelice, huye: negra noche, Escudo de malvados, Cubre en su horror tu vergonzosa fuga: {p. 254} Mas ¡ay! que en tu camino se interpone Nuevo escuadrón valiente Que _rendirte_ ó _morir_ sólo consiente. Mas ¡oh! cede el impío: la fiereza 5 Y el orgullo altanero Postra al valor del inmortal Castaños: Yace abatida el águila rapante, Terror de las naciones, Al pié de nuestros fuertes escuadrones. 10 . . . . . . . . . . Vive glorioso vengador: tu nombre Tiembla el galo vencido, Y venera la Europa belicosa: Vandalia, madre antigua de guerreros, Su claro honor te llama, 15 Y España libre tu valor aclama. ¡España, España! ¡amada patria mía! ¡Patria de los valientes Que el largo oprobio de tu faz borraron! Cuando tu afecto de mi pecho salga, 20 Mi cantar abatido Sepúltese en el polvo del olvido: Ni en las umbrosas faldas de Helicona Honor tenga mi lira, Y mustio de mi frente envilecida 25 Caiga el laurel sagrado de los vates, Cuando á tu excelsa gloria El cántico no entone de victoria.
Juan Arriaza y Superirela {p. 255}
(1770–1837)
LOS DEFENSORES DE LA PATRIA: CANCIÓN CÍVICA
_Vivir en cadenas, ¡Cuán triste vivir! Morir por la patria, ¡Qué bello morir!_ Partamos al campo, 5 Que es gloria el partir; La trompa guerrera Nos llama á la lid: La patria oprimida, Con ayes sin fin 10 Convoca á sus hijos, Sus ecos oíd. ¿Quién es el cobarde, De sangre tan vil, Que en rabia no siente 15 Sus venas hervir? ¿Quién rinde sus sienes A un yugo servil Viviendo entre esclavos, Odioso vivir? 20 Placeres, halagos, Quedaos á servir A pechos indignos De honor varonil; Que el hierro es quien solo 25 Sabrá redimir De afrenta al que libre Juró ya vivir. Adiós, hijos tiernos {p. 256} Cual flores de abril; Adiós, dulce lecho De esposa gentil: Los brazos, que en llanto 5 Bañáis al partir, Sangrientos, con honra, Veréislos venir; Mas tiemble el tirano Del Ebro y del Rin, 10 Si un astro á los buenos Protege feliz. Si el hado es adverso, Sabremos morir... Morir por Fernando 15 Y eternos vivir. Sabrá el suelo patrio De rosas cubrir Los huesos del fuerte Que espire en la lid: 20 Mil ecos gloriosos Dirán: «Yace aquí Quien fué su divisa Triunfar ó morir.» _Vivir en cadenas, 25 ¡Cuán triste vivir! Morir por la patria, ¡Qué bello morir!_
Francisco Martínez de la Rosa {p. 257}
(1787–1862)
EPÍSTOLA AL DUQUE DE FRÍAS (CON MOTIVO DE LA MUERTE DE LA DUQUESA)
¡Desde las tristes márgenes del Sena, Cubierto el cielo de apiñadas nubes, De nieve el suelo, y de tristeza el alma, Salud te envía tu infeliz amigo, A ti más infeliz! Y ni le arredra 5 El temor de tocar la cruda llaga, Que aún brota sangre, y de mirar tus ojos Bañarse en nuevas lágrimas. ¿Qué fuera Si no llorara el hombre? Yo mil veces He bendecido á Dios, que nos dió el llanto 10 Para aliviar el corazón, cual vemos Calmar la lluvia al mar tempestuoso. Llora, pues, llora; otros amigos fieles, De más saber y de mayor ventura, De la estoica virtud en tus oídos 15 Harán sonar la voz; yo que en el mundo Del cáliz de amargura una vez y otra Apuré hasta las heces, no hallé nunca Más alivio al dolor que el dolor mismo; Hasta que ya cansada, sin aliento, 20 Luchando el alma, y reluchando en vano, Bajo el inmenso peso se rendía. ¿Lo creerás, caro amigo? Llega un tiempo En que gastados del dolor los filos, Ese afán, esa angustia, esa congoja, 25 Truécanse al fin en plácida tristeza; Y en ella absorta, embebecida el alma, Repliégase en sí misma silenciosa, {p. 258} Y ni la dicha ni el placer envidia. Tú dudas que así sea; y yo otras veces Lo dudé como tú; juzgaba eterna Mi profunda aflicción, y grave insulto 5 Anunciarme que un tiempo fin tendría... Y le tuvo: de Dios á los mortales Es esta otra merced; que así tan sólo, Entre tantas desdichas y miserias, Sufrir pudieran la cansada vida. 10 Espera, pues; da crédito á mis voces, Y fíate de mí. ¿Quién en el mundo Compró tan caro el triste privilegio De hablar de la desdicha? En tantos años, ¿Viste un día siquiera, un solo día, 15 En que no me mirases vil juguete De un destino fatal, cual débil rama Que el huracán arranca, y por los aires La remonta un instante, y contra el suelo La arroja luego, y la revuelca impío? 20 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ángel de Saavedra, duque de Rivas
(1791–1865)
UN CASTELLANO LEAL
I «Hola, hidalgos y escuderos De mi alcurnia y mi blasón, Mirad como bien nacidos De mi sangre y casa en pro. «Esas puertas se defiendan, 25 Que no ha de entrar, vive Dios, Por ellas quien no estuviese {p. 259} Más limpio que lo está el sol. «No profane mi palacio Un fementido traidor, Que contra su rey combate 5 Y que á su patria vendió. «Pues si él es de reyes primo, Primo de reyes soy yo; Y conde de Benavente, Si él es duque de Borbón; 10 «Llevándole de ventaja, Que nunca jamás manchó La traición mi noble sangre, Y haber nacido español.» Así atronaba la calle 15 Una ya cascada voz, Que de un palacio salía, Cuya puerta se cerró; Y á la que estaba á caballo Sobre un negro pisador, 20 Siendo en su escudo las lises, Más bien que timbre, baldón; Y de pajes y escuderos Llevando un tropel en pos, Cubiertos de ricas galas, 25 El gran duque de Borbón; El que lidiando en Pavía, Más que valiente, feroz, Gozóse en ver prisionero A su natural señor, 30 Y que á Toledo ha venido, Ufano de su traición, Para recibir mercedes Y ver al Emperador.
II {p. 260} En una anchurosa cuadra Del alcázar de Toledo, Cuyas paredes adornan Ricos tapices flamencos, Al lado de una gran mesa 5 Que cubre de terciopelo Napolitano tapete Con borlones de oro y flecos; Ante un sillón de respaldo, Que entre bordado arabesco 10 Los timbres de España ostenta Y el águila del imperio, De pie estaba Carlos Quinto, Que de España era Primero, Con gallardo y noble talle, 15 Con noble y tranquilo aspecto. . . . . . . . . . . Con el condestable insigne, Apaciguador del reino, De los pasados disturbios Acaso está discurriendo; 20 O del trato que dispone Con el rey de Francia preso, Ó de asuntos de Alemania, Agitada por Lutero; Cuando un tropel de caballos 25 Oye venir á lo lejos, Y ante el alcázar pararse, Quedando todo en silencio. En la antecámara suena Rumor impensado luego; 30 Álzase en fin la mampara Y entra el de Borbón soberbio. Con el semblante de azufre {p. 261} Y con los ojos de fuego, Bramando de ira y de rabia Que enfrena mal el respeto, Y con balbuciente lengua 5 Y con mal borrado ceño, Acusa al de Benavente, Un desagravio pidiendo. Del español Condestable Latió con orgullo el pecho, 10 Ufano de la entereza De su esclarecido deudo. Y aunque advertido procura Disimular cual discreto, Á su noble rostro asoman 15 La aprobación y el contento. El Emperador un punto Quedó indeciso y suspenso, Sin saber qué responderle Al Francés de enojo ciego. 20 Y aunque en su interior se goza Con el proceder violento Del conde de Benavente, De altas esperanzas lleno Por tener tales vasallos, 25 De noble lealtad modelos, Y con los que el ancho mundo Goza á sus glorias estrecho; Mucho al de Borbón le debe, Y es fuerza satisfacerlo, 30 Le ofrece para calmarlo Un desagravio completo; Y, llamando á un gentilhombre, Con el semblante severo Manda que el de Benavente {p. 262} Venga á su presencia presto.
III Sostenido por sus pajes Desciende de la litera El Conde de Benavente 5 Del alcázar á la puerta. Era un viejo respetable, Cuerpo enjuto, cara seca, Con dos ojos como chispas, Cargados de largas cejas; 10 Y con semblante muy noble, Mas de gravedad tan seria, Que veneración de lejos Y miedo causa de cerca. . . . . . . . . . . Con paso tardo, aunque firme, 15 Sube por las escaleras, Y al verle, las alabardas Un golpe dan en la tierra: Golpe de honor y de aviso De que en el alcázar entra 20 Un grande, á quien se le debe Todo honor y reverencia. Al llegar á la antesala, Los pajes que están en ella Con respeto le saludan 25 Abriendo las anchas puertas. Con grave paso entra el Conde, Sin que otro aviso preceda, Salones atravesando, Hasta la cámara regia. 30 Pensativo está el Monarca Discurriendo cómo pueda Componer aquel disturbio {p. 263} Sin hacer á nadie ofensa. Mucho al Borbón le debe Aún mucho más de él espera, Y al de Benavente mucho 5 Considerar le interesa. Dilación no admite el caso, No hay quien dar consejo pueda, Y Villalar y Pavía A un tiempo se le recuerdan. 10 En el sillón asentado, Y el codo sobre la mesa, Al personaje recibe, Que comedido se acerca. Grave el Conde lo saluda 15 Con una rodilla en tierra, Mas, como grande del reino, Sin descubrir la cabeza. El Emperador, benigno, Que alce del suelo le ordena, 20 Y la plática difícil Con sagacidad empieza. Y entre sereno y afable Al cabo le manifiesta, Que es el que á Borbón aloje 25 Voluntad suya resuelta. Con respeto muy profundo, Pero con la voz entera, Respóndele Benavente Destocando la cabeza: 30 «Soy, señor, vuestro vasallo, Vos sois mi rey en la tierra; A vos ordenar os cumple De mi vida y de mi hacienda. «Vuestro soy, vuestra mi casa, {p. 264} De mí disponed y de ella, Pero no toquéis mi honra Y respetad mi conciencia. «Mi casa Borbón ocupe 5 Puesto que es voluntad vuestra, Contamine sus paredes, Sus blasones envilezca; «Que á mí me sobra en Toledo, Donde vivir, sin que tenga 10 Que rozarme con traidores Cuyo solo aliento infesta. «Y en cuanto él deje mi casa Antes de tornar yo á ella, Purificaré con fuego 15 Sus paredes y sus puertas.» Dijo el Conde, la real mano Besó, cubrió su cabeza, Y retiróse bajando A do estaba su litera. 20 Y á casa de un su pariente mandó que lo condujeran, Abandonando la suya Con cuanto dentro se encierra. Quedó absorto Carlos Quinto 25 De ver tan noble firmeza, Estimando la de España Más que la imperial diadema.
IV Muy pocos días el Duque Hizo mansión en Toledo, 30 Del noble Conde ocupando Los honrados aposentos. Y la noche en que el palacio {p. 265} Dejó vacío, partiendo Con su séquito y sus pajes Orgulloso y satisfecho, Turbó la apacible luna 5 Un vapor blanco y espeso, Que de las altas techumbres Se iba elevando y creciendo. A poco rato tornóse En humo confuso y denso, 10 Que en nubarrones oscuros Ofuscaba el claro cielo; Después en ardientes chispas, Y en un resplandor horrendo Que iluminaba las calles 15 Dando en el Tajo reflejos, Y al fin su furor mostrando En embravecido incendio Que devoraba altas torres Y derrumbaba altos techos. 20 Resonaron las campanas, Conmovióse todo el pueblo, De Benavente el palacio Presa de las llamas viendo. El Emperador, confuso, 25 Corre á procurar remedio, En atajar tanto daño Mostrando tenaz empeño. En vano todo; tragóse Tantas riquezas el fuego, 30 A la lealtad castellana Levantando un monumento. Aun hoy unos viejos muros Del humo y las llamas negros, {p. 266} Recuerdan la acción tan grande En la famosa Toledo.
AL FARO DEL PUERTO DE MALTA