Zaragoza

Part 7

Chapter 74,011 wordsPublic domain

El arrabal de las Tenerías se extiende al Oriente de la ciudad, entre la Huerva y el recinto antiguo, perfectamente deslindado aún por la gran vía que se llama el Coso. Componíase el caserío, á principios del siglo, de edificios endebles, casi todos habitados por labradores y artesanos, y las construcciones religiosas no tenían allí la suntuosidad de otros monumentos de Zaragoza. La planta general de este barrio es aproximadamente un segmento de círculo, cuyo arco da al campo y cuya cuerda le une al resto de la ciudad, desde la Puerta Quemada á la subida de Sepulcro. Corrían desde esta línea hacia la circunferencia varias calles, unas interrumpidas como las de Añón, Alcover y las Arcadas, y otras prolongadas como las de Palomar y San Agustín. Con éstas se enlazaban, sin plan ni concierto ni simetría alguna, estrechas vías como la calle de la Diezma, Barrio Verde, de los Clavos y de Pabostre. Algunas de éstas se hallaban determinadas, no por hileras de casas, sino por largas tapias, y á veces faltando una cosa y otra las calles se resolvían en informes plazuelas, mejor dicho, corrales ó patios donde no había nada. Digo mal, porque en los días á que me refiero, los escombros ocasionados por el primer sitio sirvieron para alzar baterías y barricadas en los puntos donde las casas no ofrecían defensa natural. Cerca del pretil del Ebro existían algunos trozos de muralla antigua y varios cubos de mampostería, que algunos suponen hechos por manos de gente romana, y otros juzgan obra de los árabes. En mi tiempo (no sé cómo estará actualmente), estos trozos de muralla aparecían empotrados en las manzanas de casas, mejor dicho, las casas estaban empotradas en ellos, buscando apoyo en los recodos y ángulos de aquella obra secular, ennegrecida, mas no quebrantada, por el paso de tantos siglos. Así lo nuevo se había edificado sobre y entre los restos de lo antiguo en confuso amasijo, como la gente española se desarrolló y crió sobre despojos de otras gentes con mezcladas sangres, hasta constituirse como hoy lo está.

El aspecto general del barrio de las Tenerías traía á la imaginación, acompañados de cierta idealidad risueña, los recuerdos de la dominación arábiga. La abundancia del ladrillo, los largos aleros, el ningún orden de las fachadas, las ventanuchas con celosías, la completa anarquía arquitectural, aquello de no saberse dónde acababa una casa y empezaba otra; la imposibilidad de distinguir si ésta tenía dos pisos ó tres, si el tejado de aquélla servía de apoyo á las paredes de las de más allá; las calles que á lo mejor acababan en un corral sin salida, los arcos que daban entrada á una plazuela, todo me recordaba lo que en otro pueblo de España, de allí muy distante, había visto.

Pues bien: esta amalgama de casas que os he descrito muy á la ligera; este arrabal fabricado por varias generaciones de labriegos y curtidores, según el capricho de cada uno y sin orden ni armonía, estaba preparado para la defensa, ó se preparaba en los días 24 y 25 de Enero, una vez que se advirtió la gran pompa de fuerzas ofensivas que desplegó el francés por aquella parte. Y he de advertir que todas las familias habitadoras de las casas del arrabal, procedían á ejecutar obras, según su propio instinto estratégico, y allí había ingenieros militares con faldas, que dieron muestras de un profundo saber de guerra al tabicar ciertos huecos y abrir otros al fuego y á la luz. Los muros de Levante estaban en toda su extensión aspillerados. Los cubos de la muralla _cesaraugustana_, hechos contra las flechas y las piedras de honda, sostenían cañones.

Si la zona de acción de alguna de estas piezas era estrechada por cualquier tejado colindante, azotea ó casa entera, al punto se quitaba el obstáculo. Muchos pasos habían sido obstruídos, y dos de los edificios religiosos del arrabal, San Agustín y las Mónicas, eran verdaderas fortalezas. La tapia había sido reedificada y reforzada; las baterías se enlazaban unas con otras, y nuestros ingenieros habían calculado hábilmente las posiciones y el alcance de las obras enemigas, para acomodar á ellas las defensivas. Dos puntos avanzados tenía la línea, y eran el molino de Goicoechea y una casa que, por pertenecer á un D. Victoriano González, ha quedado en la historia con el nombre de _Casa de González_. Recorriendo dicha línea desde Puerta Quemada, se encontraba primero la batería de Palafox; luego el Molino de la ciudad; luego las Eras de San Agustín; en seguida el molino de Goicoechea, colocado fuera del recinto; después la tapia de la huerta de las Mónicas, y á continuación las de San Agustín; más adelante una gran batería y la casa de González. Esto es todo lo que recuerdo de las Tenerías. Había por allí un sitio que llamaban el Sepulcro, por la proximidad de una iglesia de este nombre. Al arrabal entero, mejor que á una parte de él, cuadraba entonces el nombre de _sepulcro_. Y no os digo más por no cansaros con estas menudencias descriptivas, que en rigor son innecesarias para quien conoce aquellos gloriosísimos lugares, é insuficientes para el que no ha podido visitarlos.

XIV

Agustín Montoria y yo hicimos la guardia con nuestro batallón en el Molino de la ciudad, hasta después de anochecido, hora en que nos relevaron los voluntarios de Huesca, y se nos concedió toda la noche para estar fuera de las filas. Más no se crea que en estas horas de descanso estábamos mano sobre mano, pues cuando concluía el servicio militar, empezaba otro no menos penoso en el interior de la ciudad, ya conduciendo heridos á la Seo y al Pilar, ya desalojando casas incendiadas, ó bien llevando material á los señores canónigos, frailes y magistrados de la Audiencia, que hacían cartuchos en San Juan de los Panetes.

Pasábamos Montoria y yo por la calle de Pabostre. Yo iba comiendo con mucha gana un mendrugo de pan. Mi amigo, taciturno y sombrío, regalaba el suyo á los perros que encontrábamos al paso, y aunque hice esfuerzos de imaginación para alegrar un poco su ánimo contristado, él, insensible á todo, contestaba con tétricas expresiones á mi festivo charlar. Al llegar al Coso me dijo:

—Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero ir allá esta noche?

—Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor mientras atraviesan el aire esos otros corazones inflamados que llaman bombas y que vienen á reventar dentro de las casas, matando medio pueblo.

En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día, continuaba en la noche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando caían algunos proyectiles, aumentando las víctimas que ya en gran número poblaban la ciudad.

—Iré allá esta noche—me contestó.—¿Me vería Mariquilla entre el gentío que tocó á las puertas de su casa? ¿Me confundiría con los que maltrataron á su padre?

—No lo creo: esa niña sabrá distinguir á las personas formales. Ya averiguarás eso más adelante, que ahora no está el horno para bollos. ¿Ves? De aquella casa piden socorro, y por aquí van unas pobres mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar y se arroja en el suelo. Es posible que la señorita Doña Mariquilla Candiola ande también socorriendo heridos en San Pablo ó en el Pilar.

—No lo creo.

—O quizá esté en la cartuchería.

—Tampoco lo creo. Estará en su casa, y allá quiero ir, Gabriel; ve tú al transporte de heridos, á la pólvora ó á donde quieras, que yo voy allá.

Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile ya en mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo, chapa y plumero, que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval.

—¿Van ustedes al acarreo de heridos?—nos dijo.—Ahora se nos murieron dos que llevábamos á San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van á enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado bastante, y voy á descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho. Antes bailaremos un poco. ¿Queréis venir?

—No: vamos á San Pablo—contesté,—y enterraremos muertos, pues todo es trabajar.

—Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Yo más quiero el _pastel caliente_ que la epidemia, y una _señora_ no me da miedo; pero el frío y la calentura, sí. Con que ¿vais á enterrar muertos?

—Sí—dijo Agustín.—Enterremos muertos.

—En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una capilla—añadió Pirli,—y al paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? Pues no vayáis á abrir la zanja, sino á la cartuchería, donde hay unas mozas... Todas las muchachas principales del pueblo están allí, y de cuando en cuando echan algo de canto y bailoteo para alegrar las almas.

—Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho?

—No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la Junta de Seguridad. Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se brindan á este servicio, y la que falta es mirada con tan malos ojos, que no encontrará novio con quien casarse en todo este año ni en el que viene.

Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria, el cual, al vernos, muy encolerizado nos dijo:

—¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante, caballeritos. ¿Veis aquellos dos palos que hay junto á la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, ó á puñetazos os enseñaré á mover el cuerpo.

Seguimos tras ellos, y pasamos junto á la horca, cuyos seis dogales se balanceaban majestuosamente á impulso del viento, esperando gargantas de traidores ó cobardes.

Montoria, cogiendo á su hijo por un brazo, mostróle con enérgico ademán el horrible aparato, y le habló así:

—Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde: ¡mira qué buen regalo para los que no cumplen con su deber! Adelante: yo, que soy viejo, no me canso jamás, y vosotros, jóvenes llenos de salud, parecéis de manteca. Ya se acabó aquella gente invencible del primer sitio. Señores, nosotros los viejos demos ejemplo á estos pisaverdes, que desde que llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan á pedir caldo. Caldo de pólvora os daría yo, y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes! Ea, adelante, que hace falta enterrar muertos y llevar cartuchos á las murallas.

—Y asistir á los enfermos de esta condenada epidemia que se está desarrollando,—dijo uno de los que acompañaban á Montoria.

—Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, señores, puro miedo—añadió D. José,—porque eso de quedarse uno frío, y entrarle calambres y calentura, y ponerse verde y morirse, ¿qué es sino efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada, sí, señores: ¡qué gente aquélla la del primer sitio! Ahora, en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas, ¡una friolera! ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre que sólo por perder pierna y media se acobarda, y empieza á llamar á gritos á los Santos Mártires diciendo que lo lleven á la cama. ¡Nada, cobardía y pura cobardía! Como que hoy se retiraron de la batería de Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos que conservaban un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo... ¡Que se chupen su propia sangre, que es el mejor caldo del mundo! Cuando digo que se acabó la gente de pecho, aquella gente, ¡porra, mil porras!

—Mañana atacarán los franceses las Tenerías—dijo otro.—Si resultan muchos heridos, no sé dónde les vamos á colocar.

—¡Heridos!—exclamó Montoria.—Aquí no se quieren los heridos. Los muertos no estorban, porque se hace con ellos un montón, y... pero los heridos... Como la gente no tiene ya aquel arrojo, pues... apuesto á que defenderán las posiciones mientras no se vean reducidos á la décima parte; pero las abandonarán desde que encima de cada uno se echen un par de docenas de franceses... ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Dios quiera, y pues hay heridos y enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha recogido hoy mucha gallina?

—Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y las demás se han pagado á seis reales y medio. Algunos no las quieren dar.

—Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días! Han dicho ustedes que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor Capitán General me ha autorizado para imponer multas á los que no contribuyan á la defensa, y sin ruido ni violencia arreglaremos á los tibios y á los traidores... Alto, señores. Una bomba cae por las inmediaciones de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto á que la Divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha dirigido contra el hogar de ese judío empedernido y sin alma que ve con indiferencia y hasta con desprecio las desgracias de sus convecinos. Corre la gente hacia allá; parece que arde una casa, ó que se ha desplomado... No, no corráis, infelices: dejadla que arda; dejadla que caiga al suelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no daría una peseta por salvar al género humano de un nuevo diluvio... Eh, Agustín, ¿á dónde vas? ¿Tú también corres hacia allá? Ven acá y sígueme, que hacemos más falta en otra parte.

Ibamos por junto á la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un movimiento de su corazón, tomó á toda prisa la dirección de la plazuela de San Felipe siguiendo á la mucha gente que hacia este sitio corría; pero detenido enérgicamente por su padre, continuó, mal de su grado, en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva, y en ésta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos.

Llegamos á San Pablo.

—Ea, muchachos, haraganes—nos dijo Don José,—ayudad á los que abren esta zanja. Que sea holgadita, crecederita: es un traje con que van á vestirse cuarenta cuerpos.

Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y á cada instante volvía sus ojos á la Torre Nueva.

—Es un incendio terrible—me dijo.—Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.

—No haya prisa—le respondí,—que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que dejarse de tonterías, y á trabajar.

—¿No ves? Creo que se extingue el fuego.

—Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habráse encerrado en el sótano con su dinero, y allí no llegará el fuego.

—Gabriel, voy un momento allá: quiero ver si ha sido su casa. Si sale mi padre de la iglesia, le dirás que... vuelvo en seguida.

La repentina salida de D. José Montoria impidió á Agustín la fuga que proyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron á sacar cuerpos, y los heridos ó enfermos, que eran traídos á cada instante, veían el cómodo lecho que se les estaba preparando, quizás para el día siguiente. Al fin se creyó que la zanja era bastante honda, y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuo fueron traídos uno á uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos, y no faltaba sino echar la tierra encima. D. José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado, y luego nuestras palas y azadas empezaron á cubrir la tumba á toda prisa. Concluída nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín Montoria me decía al oído:

—Iremos ahora... Mi padre se marchará: le dices que hemos quedado en relevar á dos compañeros que tienen un enfermo en su familia, y quieren pasar á verle. Díselo, por Dios: y no me atrevo... y en seguida nos iremos allá.

XV

Y engañamos al viejo y fuimos, ya muy avanzada la noche, porque la inhumación que acabo de mencionar duró más de tres horas. La luz del incendio por aquella parte había dejado de verse; la masa de la torre perdíase en la obscuridad de la noche, y su gran campana no sonaba sino de tarde en tarde para anunciar la salida de una bomba. Pronto llegamos á la plazuela de San Felipe, y al observar que humeaba el techo de una casa cercana en la calle del Temple, comprendimos que no fué la del tío Candiola, sino aquélla, la que tres horas antes habían invadido las llamas.

—Dios la ha preservado—dijo Agustín con mucha alegría,—y si la ruindad del padre trae sobre aquel techo la cólera divina, las virtudes y la inocencia de Mariquilla la detienen. Vamos allá.

En la plazuela de San Felipe había alguna gente; pero la calle de Antón Trillo estaba desierta. Nos detuvimos junto á la tapia de la huerta y pusimos atento el oído. Todo estaba tan en silencio, que parecía abandonada la casa. ¿Lo estaría realmente? Aunque aquel barrio era de los menos castigados por el bombardeo, muchas familias lo habían desalojado, ó vivían refugiadas en los sótanos.

—Si entro—me dijo Agustín,—tú entrarás conmigo. Después de la escena de hoy, temo que D. Jerónimo, suspicaz y medroso como buen avaro, esté alerta toda la noche y ronde la huerta, creyendo que vuelven á quitarle su hacienda.

—En ese caso—le respondí,—más vale no entrar, porque además del peligro que trae el caer en manos de ese vestiglo, habrá gran escándalo, y mañana todos los habitantes de Zaragoza sabrían que el hijo de D. José Montoria, el joven destinado á encajarse una mitra en la cabeza, anda en malos pasos con la hija del tío Candiola.

Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin atender razones, insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal amorosa, aguardando con la mayor ansiedad que fuera contestada. Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de mucho mirar y remirar desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimos luego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y éste se abrió sin rechinar, pues sin duda el amor había tenido la precaución de engrasar sus viejos goznes. Los dos entramos, topando de manos á boca, no con la deslumbradora hermosura de una perfumada y voluptuosa doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al punto reconocí á Doña Guedita.

—¡Vaya unas horas de venir!—dijo gruñendo;—y viene con otro. Caballeritos, hagan el favor de no meter ruido. Anden sobre las puntas de los pies, y cuiden de no tropezar ni con una hoja seca, que el señor me parece que está despierto.

Esto nos lo dijo en voz tan baja, que apenas lo entendimos; y luego marchó adelante haciendo señas de que la siguiéramos, y poniendo el dedo en los labios para intimarnos un silencio absoluto. La huerta era pequeña: pronto le dimos fin, tropezando con una escalerilla de piedra que conducía á la entrada de la casa, y no habíamos subido seis escalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada en una manta, capa ó cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fué imponernos silencio, y luego miró con inquietud una ventana lateral que también á la huerta caía. Después mostró sorpresa al ver que Agustín iba acompañado; pero éste supo tranquilizarla diciendo:

—Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído hablar tantas veces.

—Habla más bajo—dijo María.—Mi padre salió hace poco de su cuarto con una linterna y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme aún. La noche está obscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés, y hablemos en voz muy baja.

La escalera de piedra conducía á una especie de corredor ó balcón con antepecho de madera. En el extremo de este corredor, un ciprés corpulento plantado en la huerta, proyectaba gran masa de sombra, formando allí una especie de refugio contra la claridad de la luna. Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado, y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la casa y nuestros cuerpos. Al amparo de la sombra del ciprés sentóse Mariquilla en la única silla que allí había; púsose Montoria en el suelo y junto á ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yo sentéme también sobre el piso no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como de Enero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en el amoroso rescoldo de sus corazones, no sentían la baja temperatura; pero yo, criatura ajena á sus incendios, me envolví en mi capote, para resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Guedita había desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego el punto difícil.

—Esta mañana te ví en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el ruido de mucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé á la ventana, y te ví en la acera de enfrente.

—Es verdad—respondió Montoria con turbación.—Allá fuí; pero tuve que marcharme al instante, porque se me acababa la licencia.

—¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron á mi padre?—dijo Mariquilla conmovida.—Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré á todos lados, esperando que tú saldrías en su defensa; pero ya no te ví por ninguna parte.

—Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón—repuso Agustín,—es que tuve que marcharme antes... Después me dijeron que tu padre había sido maltratado, ¡y me dió un coraje!... Quise venir.

—¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas—añadió Candiola llorando,—ni una, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me moría de miedo aquí arriba, viéndole en peligro. Miramos con ansiedad á la calle. Nada: no había más que enemigos... Ni una mano generosa, ni una voz caritativa. Entre todos aquellos hombres, uno más cruel que todos arrojó á mi padre en el suelo... ¡Oh! Recordando esto, no sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por momentos paralizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera, aquel fuego interior, aquel impulso repentino, que me hizo correr de aposento en aposento buscando... Mi pobre padre yacía en el suelo, y el miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso. Viendo esto, yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí por la habitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier cosa. No encontré nada... Desde lo interior, oí lamentos de mi padre, y sin esperar más bajé á la calle. Al verme en el almacén entre tantos hombres, sentí de nuevo invencible terror, y no podía dar un paso. El mismo que le había maltratado, me alargó un puñado de monedas de oro. No las quise tomar; pero luego se las arrojé á la cara con fuerza. Me parecía tener en la mano un puñado de rayos, y que vengaba á mi padre lanzándolos contra aquellos viles. Salí después, miré otra vez á todos lados buscándote; pero nada ví. Sólo entre la turba inhumana, mi padre se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia.

—¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón—exclamó Agustín con dolor, besando las manos de la desgraciada hija del avaro,—no hables más de ese asunto, que me destrozas el alma. Yo no podía defenderle... tuve que marcharme... no sabía nada... creí que aquella gente se reunía con otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asunto que me lástima, me ofende y me causa inmensa pena.

—Si hubieras salido á la defensa de mi padre, éste te hubiera mostrado gratitud. De la gratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa...