Zaragoza

Part 5

Chapter 53,695 wordsPublic domain

—Cuando oigo un tiro—dijo Manuela acercándose llena de miedo,—no me queda gota de sangre en las venas.

En aquel instante, los franceses, que sin duda querían probar la artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón, y la bala vino á rebotar contra la muralla del reducto, haciendo saltar en pedazos mil los deleznables ladrillos.

Levantáronse todos á observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamación de terror, y el tío Garcés púsose á dar gritos desde una tronera contra los franceses, prodigándoles insolentes vocablos, acompañados de mucho _cuerno_ y _recuerno_. El perrillo, recorriendo la cortina de un extremo á otro, ladraba con exaltada furia.

—Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen del Pilar!—exclamó Pirli saltando como un insensato.

Impulsada por la curiosidad, alzábase Manuela lentamente, alargando el cuello para mirar al campo por encima de la muralla. Luego, al extender los ojos por la llanura, parecía disiparse poco á poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia.

—Uno, dos, tres cañones—dijo contando las bocas de fuego que á lo lejos se divisaban.—Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros.

Oyóse hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó el tambor, mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de éstos, corriéndose hacia su izquierda, parecían próximos á ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos á las aspilleras, dispuestos á enviarles un poco de _pedrisco_, y sin esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. Huyeron en tanto por el puente y hacia la ciudad todas las mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No: su miedo era inmenso; temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro por repentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en el reducto, y fijaba los atónitos ojos en los tiradores, y en el cañón que en aquel instante iba á ser disparado.

—Manuela—le dijo Agustín.—¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando?

La serrana, con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía ni hablaba.

—Manuelilla—gritó Pirli, corriendo hacia ella,—toma mi fusil y dispáralo.

Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de terror.

—Tómalo, prenda—añadió Pirli, haciéndole tomar el arma:—pon el dedo aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho, y la Virgen del Pilar!

La serrana tomó el arma, y á juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado en su mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el arma con mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo é hizo fuego.

Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana soltó el fusil. Estaba radiante de satisfacción, y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas.

—¿Ves? ya has perdido el miedo—dijo el Mínimo.—Si á estas cosas no hay más que tomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las zaragozanas, y de ese modo la Agustina y Casta Alvarez no serían una gloriosa excepción entre las de su sexo.

—¡Venga otro fusil!—exclamó la serrana,—que quiero tirar otra vez.

—Se han marchado ya, prenda. ¿Te ha sabido á bueno?—dijo Pirli, preparándose á hacer desaparecer algo de lo que contenían las cestas.—Mañana, si quieres, estás convidada á un poco de _torta caliente_. Ea, sentémonos, y á comer.

El fraile, llamando á su perrillo, le decía:

—Basta, hijo, no ladres tanto, ni lo tomes tan á pechos, que vas á quedarte ronco. Guarda ese arrojo para mañana: por hoy, no hay en qué emplearlo, pues si no me engaño van á toda prisa á guarecerse detrás de sus parapetos.

En efecto: la escaramuza de los de San José había concluído, y por el momento no teníamos franceses á la vista. Un rato después sonó de nuevo la guitarra, y regresando las mujeres, comenzaron los dulces vaivenes de la jota con Manuela Sancho y el gran Pirli en primera línea.

X

Cuando desperté al amanecer del siguiente día, ví á Montoria, que se paseaba por la muralla.

—Creo que va á empezar el bombardeo—me dijo.—Se nota gran movimiento en la línea enemiga.

—Empezarán por batir este reducto—indiqué yo, levantándome con pereza.—¡Qué feo está el cielo, Agustín! El día amanece muy triste.

—Creo que atacarán por todas partes á la vez, pues tienen hecha su segunda paralela. Ya sabes que Napoleón, hallándose en París, al saber la resistencia de esta ciudad en el primer sitio, se puso furioso contra Lefebvre Desnouettes porque había embestido la plaza por el Portillo y la Aljafería. Luego pidió un plano de Zaragoza; se lo dieron, é indicó que la ciudad debía ser atacada por Santa Engracia.

—¿Por aquí? Pronto lo veremos. Mal día se nos prepara si se cumplen las órdenes de Napoleón. Dime: ¿tienes por ahí algo que comer?

—No te lo enseñé antes porque quise sorprenderte,—me dijo, mostrándome un cesto, que servía de sepulcro á dos aves asadas, fiambres, con algunas confituras y conservas finas.

—¿Lo has traído anoche...? Ya. ¿Cómo pudiste salir del reducto?

—Pedí licencia al jefe, y me la concedió por una hora. Mariquilla tenía preparado este festín. Si el tío Candiola sabe que dos de las gallinas de su corral han sido muertas y asadas para regalo de los defensores de la ciudad, se le llevarán los demonios. Comamos, pues, Sr. Araceli, y esperemos ese bombardeo... ¡Eh! ¡Aquí está... una bomba, otra, otra!

Las ocho baterías que embocaban sus tiros contra San José y el reducto del Pilar, empezaron á hacer fuego; ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo á las troneras, ó al pie del cañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria. El fuerte inconquistable contestó al insolente sitiador con orgulloso cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros pechos. Las balas rasas, rebotando en la muralla de ladrillo y en los parapetos de tierra, destrozaban el reducto, cual si fuera un juguete apedreado por un niño; las granadas, cayendo entre nosotros, reventaban con estrépito, y las bombas, pasando con pavorosa majestad por sobre nuestras cabezas, iban á caer en las calles y en los techos de las casas.

¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la ciudad. Los hombres á la muralla, las mujeres á los hospitales de sangre, los chiquillos y los frailes á llevar municiones. No se haga caso de estas terribles masas inflamadas que agujerean los techos, penetran en las habitaciones, abren las puertas, horadan los pisos, bajan al sótano, y al reventar desparraman las llamas del infierno en el hogar tranquilo, sorprendiendo con la muerte al anciano inválido en su lecho y al niño en su cuna. Nada de esto importa. ¡A la calle todo el mundo, y con tal que se salve el honor, perezcan la ciudad y la casa, la iglesia y el convento, el hospital y la hacienda, que son cosas terrenas! Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales como desprecian la vida, viven con el espíritu en los infinitos espacios de lo ideal.

En los primeros momentos nos visitó el Capitán General, con otras muchas personas distinguidas, tales como D. Mariano Cereso[2], el cura Sas, el general O’Neilly, San Genis y D. Pedro Ric. También estuvo allí el bravo, generoso y campechano D. José Montoria, que abrazó á su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer ó morir. Nos veremos en el Cielo.» Tras de Montoria se nos presentó D. Roque, al cual ví hecho un valiente, y como empleado en el servicio sanitario, desde antes que existieran heridos había comenzado á desplegar de un modo febril su actividad, y nos mostró un mediano montón de hilas. Varios frailes se mezclaron asimismo entre los combatientes durante los primeros disparos, exhortándonos con un furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos.

A un mismo tiempo, y con igual furia, atacaban los franceses el reducto del Pilar y el fortín de San José. Este, aunque ofrecía un aspecto más formidable, había de resistir menos, quizás por presentar mayor blanco al fuego enemigo. Pero allí estaba Renovales con los voluntarios de Huesca, los voluntarios de Valencia, algunos guardias walonas, y varios individuos de las milicias de Soria. El gran inconveniente de aquel fuerte consistía en estar construído al amparo de un vasto edificio, que la artillería enemiga convertía paulatinamente en ruínas; y desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchos defensores morían aplastados. Nosotros estábamos mejor: sobre nuestras cabezas no teníamos más que cielo; y si ningún techo nos guarecía de las bombas, tampoco se nos echaban encima masas de piedra y ladrillo. Batían la muralla por el frente y los costados, y era un dolor ver cómo aquella frágil masa se desmoronaba, dejándonos al descubierto. Sin embargo, después de cuatro horas de incesante fuego con poderosa artillería, apenas pudieron abrir una brecha practicable.

Así pasó todo el día 10, sin ventaja alguna para los sitiadores por nuestro lado, si bien hacia San José habían logrado acercarse y abrir una brecha espantosa, lo cual, unido al estado ruinoso del edificio, anunciaba la dolorosa necesidad de su rendición. No obstante, mientras el fuerte no estuviese reducido á polvo, y muertos ó heridos sus defensores, había esperanza. Renováronse allí las tropas, porque los batallones que trabajaban desde por la mañana, estaban diezmados, y cuando anocheció, después de abierta la brecha é intentado sin fruto un asalto, aún se sostuvo Renovales sobre las ruínas empapadas en sangre, entre montones de cadáveres y con la tercera parte tan sólo de su artillería.

No interrumpió la noche el fuego, antes bien siguió con encarnizamiento en los dos puntos. Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y muchos heridos. Estos eran al punto recogidos y llevados á la ciudad por los frailes y las mujeres; pero aquéllos aún prestaban el último servicio con sus fríos cuerpos, porque estóicamente los arrojábamos á la brecha abierta, que luego se acababa de tapar con sacos de lana y tierra.

Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vió poseídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra la trinchera enemiga, ya acribillando á fusilazos á los pelotones que venían á flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en que dieron el asalto á San José, ya convertido en un montón de ruínas, y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos puntos grandes fuerzas, mientras caían sobre el convento, dirigieron un atrevido movimiento sobre nosotros; y fué que con objeto de hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de infantería.

En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros, y los ladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos. Acudimos á la brecha que se abría y se abría cada vez más. Los franceses nos abrasaron con un fuego espantoso, porque viendo que el reducto se deshacía pedazo á pedazo, cobraron ánimo, llegando al borde mismo del foso. Era locura tratar de tapar aquel hueco formidable, y hacerlo á pecho descubierto, era ofrecer víctimas sin fin al curioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible: se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huímos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara enterrándonos á todos.

En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencibles. Nada hay más frenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las sublimidades del valor. Los jefes nos gritaban:—«Atrás, canallas. El reducto del Pilar no se rinde.»—Y al mismo tiempo sus sables azotaron de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos en el puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían á acometernos, y tropezamos unos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura.

—¡Atrás, canallas!—gritaban los jefes abofeteándonos.—¡A morir en la brecha!

El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, saltando sobre los exánimes cuerpos y los montones de tierra, sobre las ruínas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica. Era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado, marchaba majestuosa basta la horrible brecha. Pirli, que yacía en el suelo herido en una pierna, exclamó con terror:

—Manuela Sancho, ¿á dónde vas?

Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que á sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo á sentimientos que se comunicaban á todos, sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que, movidos todos por fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos á la brecha tras la heróica mujer, á punto que los franceses intentaban con escalas el asalto; y sin que tampoco sepa decir la causa, nos sentimos con centuplicadas energías, y aplastamos, arrojándoles en lo profundo del foso, á aquellos hombres de algodón que antes nos parecieron de acero. A tiros, á sablazos, con granadas de mano, á paletadas, á golpes, á bayonetazos, murieron muchos de los nuestros para servir de baluarte á los demás con sus fríos cuerpos; defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando mucha gente al pie de la muralla. Volvieron á disparar los cañones, y el reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia.

Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente decía Palafox con elocuencia: «_Las bombas, las granadas y las balas, no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda la Francia lo alteraría._»

XI

El fuerte de San José se había rendido, mejor dicho, los franceses entraron en él cuando la artillería lo hubo reducido á polvo, y cuando yacían entre los escombros uno por uno todos sus defensores. Los imperiales, al penetrar, encontraron inmenso número de cuerpos destrozados, montones de tierra y guijarros amasados con sangre. No podían aún establecerse allí, porque eran flanqueados por las baterías de los Mártires y del Jardín Botánico, y continuaron las operaciones de zapa para apoderarse de estos dos puntos. Las fortificaciones que conservábamos estaban tan destrozadas, que urgía una composición general, y se dictaron órdenes terribles convocando á todos los habitantes de Zaragoza para trabajar en ellas. La proclama dijo que todos debían llevar el fusil en una mano y la azada en la otra.

El 12 y el 13 se trabajó sin descanso, disminuyendo bastante el fuego, porque los sitiadores, escarmentados, no querían arriesgarse en nuevos golpes de mano, y comprendiendo que aquello era obra de paciencia y estudio más que de arrojo, abrían despacio y con toda seguridad zanjas y caminos cubiertos que les trajesen á la posesión del reducto sin pérdida de gente. Casi fué preciso hacer de nuevo las murallas, mejor dicho, sustituirlas con sacos de tierra; operación en que, además de toda la tropa, se ocupaban muchos frailes, canónigos, magistrados de la Audiencia, chicos y mujeres. La artillería estaba casi inservible; el foso casi cegado, y era preciso continuar la defensa á tiro de fusil. Así nos sostuvimos todo el 13, protegiendo los trabajos de recomposición, padeciendo mucho y viendo que por horas mermábamos en número, aunque entraba gente nueva á cubrir las considerables bajas. El 14, la artillería enemiga empezó á desbaratar de nuevo nuestra muralla de sacos, abriéndonos brechas por el frente y los costados; mas no se atrevían á intentar un nuevo asalto, contentándose con seguir abriendo una zanja en tal dirección, que no podíamos de modo alguno enfilarla con nuestro fuego, ni con los de las baterías inmediatas.

El valeroso, el provocativo fuerte de tierra, iba á estar bien pronto bajo los fuegos cubiertos de baterías cercanas que arrojarían á los cuatro vientos el polvo de que estaba formado. En esta situación, érale forzoso rendirse más tarde ó más temprano, pues se hallaba á merced de los tiros del francés, como un barco á merced de las olas del Océano. Flanqueado por caminos cubiertos y zig-zags, por cuyos huecos discurría sin peligro un enemigo inteligente, fortalecido por todos los recursos de la ciencia, el baluarte era como un hombre cercado por un ejército. No teníamos cañones servibles, ni podíamos traer otros nuevos, porque las murallas no los hubieran resistido.

Nuestro único recurso era minar el reducto para volarlo en el momento en que entraran en él los franceses, y destruir también el puente para impedir que nos persiguieran. Así se hizo, y durante la noche del 14 al 15 trabajamos sin descanso en la mina, y pusimos los hornillos del puente, esperando que los enemigos se echasen encima al día siguiente por la mañana. Con todo, no fué así, porque no atreviéndose á dar un asalto sin tomar las precauciones y seguridades posibles, continuaron sus trabajos de zapa hasta muy cerca del foso. En esta faena, nuestra infatigable fusilería les hacía poco daño. Estábamos desesperados, sin poder hacer nada, sin que la misma desesperación nos sirviera para la defensa. Era una fuerza inútil como la cólera del loco en su jaula.

Desclavamos también el tablón que decía _Reducto inconquistable_, para llevarnos aquel testimonio de nuestra justificada jactancia, y al anochecer fué abandonado el fuerte, quedando sólo cuarenta hombres para custodiarlo hasta el fin y _matar lo que se pudiera_, como decía nuestro capitán, pues no debía perderse ninguna ocasión de hacer un par de bajas al enemigo. Desde la torre del Pino presenciamos la retirada de los cuarenta, á eso de las ocho de la noche, después de haberla emprendido á bayonetazos con los ocupadores y batiéndose en retirada con bravura. La mina del interior del reducto hizo muy poco efecto; pero los hornillos del puente desempeñaron tan bien su cometido, que el paso quedó roto y el reducto aislado en la otra orilla de la Huerva. Adquirido este sitio y San José, los franceses tenían el apoyo suficiente para abrir su tercera paralela y batir cómodamente todo el circuito de la ciudad.

Estábamos tristes, y un poco, un poquillo desanimados. Pero ¿qué importaba un decaimiento momentáneo si al día siguiente tuvimos una fiesta divertidísima? Después de batirse uno con ardor frenético, no venía mal un poco de jolgorio y bullanga precisamente cuando faltaba tiempo para enterrar muertos, y acomodar en las casas el inmenso número de heridos. Verdad es que para todo había manos, gracias á Dios; y el motivo de la general alegría fué que empezaron á circular noticias estupendas sobre ejércitos españoles que venían á socorrernos, sobre derrotas de los franceses en distintos puntos de la Península, y otras zarandajas. Agolpábase el pueblo en la plaza de la Seo, ó frente al arco de la Magdalena, esperando que saliese la _Gaceta_, y al fin salió á regocijar los ánimos y hacer palpitar de esperanza todos los corazones. No sé si efectivamente llegaron á Zaragoza tales noticias, ó si las sacó de su cacumen el redactor principal, que era D. Ignacio Asso: lo cierto es que en letras de molde se nos dijo que Reding venía á socorrernos con un ejército de sesenta mil hombres; que el Marqués de Lazán, después de derrotar á la canalla en el Norte de Cataluña, había entrado en Francia, _llevando el espanto por todas partes_; que también venía en nuestro auxilio el Duque del Infantado; que entre Blake y la Romana habían derrotado á Napoleón, _matándole veinte mil hombres_, inclusos Berthier, Ney y Savary, y que á Cádiz habían llegado _diez y seis millones de duros_, enviados por los ingleses para gastos de guerra. ¿Qué tal? ¿Se explicaba la _Gaceta_?

Con ser tantas y tan gordas, nos las tragamos, y allí fueron las demostraciones de alegría, el repicar campanas, y el correr por las calles cantando la jota, con otros muchos excesos patrióticos que por lo menos tenían la ventaja de proporcionarnos un poco de aquel refrigerio espiritual que necesitábamos. No crean ustedes que por consideración á nuestra alegría había cesado la lluvia de bombas. Muy lejos de eso, aquellos condenados parecían querer mofarse de las noticias de nuestra _Gaceta_, repitiendo la dosis.

Sintiendo un deseo vivísimo de reirnos en sus barbas, corrimos á la muralla, y allí las músicas de los regimientos tocaron con cierta afectación provocativa, cantando todos en inmenso coro el famoso tema:

_La Virgen del Pilar dice Que no quiere ser francesa..._

También ellos estaban para burlas, y arreciaron el fuego de tal modo, que la ciudad recibió en menos de dos horas mayor número de proyectiles que en el resto del día. Ya no había asilo seguro; ya no había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánico fuego. Huían las familias de sus hogares, ó se refugiaban en los sótanos; los heridos, que abundaban en las principales casas, eran llevados á las iglesias, buscando reposo bajo sus fuertes bóvedas; otros salían arrastrándose; otros más ágiles llevaban á cuestas sus propias camas. Los más se acomodaban en el Pilar, y después de ocupar todo el pavimento, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar de tantos infortunios, se consolaban con mirar á la Virgen, la cual sin cesar, con el lenguaje de sus brillantes ojos, les decía _que no quería ser francesa_.

XII