Vida de Jesús

Part 22

Chapter 223,841 wordsPublic domain

Cada minuto de los que van á seguirse es un momento solemne y ha valido por siglos enteros en la historia de la humanidad. Hemos llegado al juéves 13 de nisan (3 de Abril). La fiesta de la Pascua empezaba el dia siguiente por la noche, inaugurándose con el festin del cordero. Luégo se continuaba por espacio de siete dias consecutivos, durante los cuales se hacia uso de los panes ácimos. El primero y el último de aquellos siete dias tenian un carácter de particular solemnidad. Los discípulos se ocupaban ya en los preparativos de la fiesta[1006]:--en cuanto á Jesús, todo parecia indicar que no le era desconocida la traicion de Júdas y que no se hacia ilusiones respecto á la suerte que le esperaba. Aquella noche celebró con sus discípulos su última cena, la cual no era el festin ritual de la Pascua, segun despues se supuso, cometiendo el error de un dia[1007]; pero la cena del juéves fué para la Iglesia primitiva la verdadera Pascua, el sello de la nueva alianza. Cada discípulo trasfirió á ella sus más caros recuerdos, y la multitud de rasgos conmovedores que cada uno conservaba del maestro se reconcentraron en aquella cena, la cual llegó á ser la piedra angular de la piedad cristiana y el punto de partida de las más fecundas instituciones.

En efecto, en aquel momento solemne debió desbordarse el amor y la ternura que abrigaba el corazon de Jesús por la reducida iglesia que veia en torno suyo[1008]. Su alma, fuerte y serena, superior al peso de las sombrías preocupaciones que la asaltaban, supo encontrar una palabra de cariño para cada uno de sus amigos. Dos de entre ellos, Juan y Pedro, fueron particularmente objeto de tiernas muestras de afeccion. Juan (segun asegura él mismo) se hallaba recostado en el divan, cerca de Jesús, con la cabeza reclinada sobre el pecho del maestro. Al final de la comida, el secreto que oprimia el corazon de Jesús estuvo á pique de escapársele: «En verdad os digo,--exclamó,--que uno de vosotros me hará traicion»[1009]. Semejantes palabras produjeron en aquellos hombres ingénuos y sencillos un momento de horrible angustia; miráronse unos á otros, y cada uno se preguntó si sería él quien habria de cometer tal felonía. Júdas se hallaba presente; quizás Jesús, que desde hacia algun tiempo tenía motivos para desconfiar de él, trató con aquellas palabras de sondar su corazon y de ver si en su continente embarazado encontraba la certidumbre de su falta. Pero el discípulo infiel permaneció impasible, y hasta dicen que se atrevió á preguntar, como los demás: «¿Seré yo, maestro?»

Sin embargo, el alma noble y recta de Pedro estaba como sobre ascuas, é hizo seña á Juan para que tratara de saber á quién habia querido aludir el maestro. Juan, que podia conversar con Jesús sin que los demás lo oyeran, le suplicó por lo bajo que le diese la clave de aquel enigma. Pero Jesús, que no tenía sino sospechas, no quiso pronunciar nombre alguno; únicamente dijo á Juan que reparase en aquel á quien iba á ofrecer el pan mojado en la salsa. Y al mismo tiempo ofreció una sopa á Júdas. Por consiguiente, sólo Juan y Pedro tuvieron conocimiento del hecho. Jesús dirigió á Júdas algunas palabras que envolvian una amarga reconvencion; pero no fueron comprendidas de los circunstantes, los cuales creyeron, al ver salir á Júdas en seguida, que Jesús le habia dado alguna órden relativa á la fiesta del dia siguiente[1010].

Por el momento, aquella comida no llamó la atencion de nadie, y exceptuando las aprensiones que el maestro confió á sus discípulos y que no fueron comprendidas sino á medias, nada pasó en ella de extraordinario. Pero, despues de la muerte de Jesús, se atribuyeron á aquella noche solemnes significados, y la imaginacion de los creyentes derramó sobre ella una tinta de suave y dulce misticismo. Los últimos momentos de una persona querida son los que más profundamente se graban en la memoria. Por una ilusion inevitable, se atribuyen á las conversaciones que entónces se tuvieron con ella una significacion que no habrian adquirido sin la muerte, y se aglomeran en el espacio de algunas horas los recuerdos de años enteros. Despues de la cena de que acabamos de hablar, la mayor parte de los discípulos no volvieron á ver al maestro. Aquél fué, pues, el último adios, el banquete de despedida. En aquella cena, de igual modo que en otras muchas colaciones, Jesús practicó su rito misterioso del fraccionamiento del pan. Como quiera que desde un principio se creyó que el citado banquete habia tenido lugar el dia de Pascua, siendo, por consiguiente, el festin pascual, natural fué que se concibiese la idea de haber quedado fundada en aquel momento supremo la institucion de la Eucaristía. Partiendo de la hipótesis de que Jesús conocia de antemano el momento preciso de su muerte, los discípulos debian suponer que el maestro habia reservado para sus últimos momentos una multitud de actos importantes. Y como quiera que una de las ideas fundamentales de los primeros cristianos consistia en que la muerte de Jesús habia sido un sacrificio destinado á reemplazar todos los de la antigua Ley, la «Cena» (que por última vez repetimos se suponia haberse celebrado en la víspera de la Pasion) llegó á ser el sacrificio por excelencia, el acto constitutivo de la nueva alianza, el signo de la sangre derramada por la salvacion de todos[1011]. Así, pues, el pan y el vino, puestos en relacion con la misma muerte, se convirtieron en la imágen del Nuevo Testamento, que Jesús habia sellado con sus dolores, en la conmemoracion del sacrificio de Cristo hasta su advenimiento[1012].

Ese misterio se fijó desde muy temprano en un pequeño relato sacramental, que poseemos bajo cuatro formas muy análogas entre sí[1013]. Y sin embargo, Juan, á quien tanto preocupan las ideas eucarísticas[1014], que refiere con tanta prolijidad el último banquete, relacionando con él tantas circunstancias y tantos discursos[1015]; Juan, único entre los narradores evangélicos que tiene sobre este punto el valor de un testigo ocular, no conoce el relato en cuestion, lo cual prueba que no consideraba la institucion de la Eucaristía como una particularidad de la Cena. En su concepto, el rito de la Cena es el lavatorio de los piés, rito que probablemente obtuvo entre ciertas familias del cristianismo primitivo una importancia que perdió con el tiempo[1016]. Sin duda Jesús le habia practicado en algunas ocasiones para dar á sus discípulos una leccion de humildad fraternal. Pero se trasfirió á la víspera de su muerte, á causa de la tendencia que despues hubo en agrupar al rededor de la Cena todas las grandes recomendaciones morales y rituales de Jesús.

Por lo demás, un elevado sentimiento de amor, de caridad, de concordia y de mútua deferencia, animaba los recuerdos que los discípulos creian conservar de las últimas horas de Jesús[1017]. El alma de los símbolos y de los discursos, que la tradicion cristiana colocó en aquel sagrado momento, es siempre la unidad de su Iglesia, constituida por él ó por su espíritu: «Un nuevo mandamiento os doy--decia--que os ameis unos á otros, y que del modo que yo os he amado á vosotros, así tambien os ameis recíprocamente. Por aquí conocerán todos que sois mis discípulos, si os teneis amor unos á otros. Ya no os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas á vosotros os he llamado amigos; porque os he hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre. Lo que os mando es que os ameis unos á otros»[1018].

Algunas rivalidades, algunas luchas de preeminencia se produjeron todavía en aquellos postreros momentos[1019]. Jesús hizo notar que si él, que era el maestro, habia estado entre sus discípulos como su servidor, con mayor motivo debian ellos subordinarse unos á otros. Segun algunos, parece que les dijo al beber el vino: «Yo os declaro que no beberé ya más desde ahora de este fruto de la vid, hasta el dia en que beba con vosotros el nuevo en el reino de mi Padre»[1020]. Otros afirman que les prometió para muy pronto un banquete celestial, en el cual se hallarian sentados en tronos cerca de él[1021].

Hácia el fin de la velada, los presentimientos de Jesús se propagaron, á lo que parece, al alma de sus discípulos. Todos sentian que se hallaban cercanos á una crísis y que un grave peligro amenazaba al maestro. Hubo un instante en que Jesús pensó en tomar algunas precauciones:--habló de espadas, y como le dijeran que habia dos entre los circunstantes, «basta»--respondió--[1022]. Pero desechó la idea y no volvió á hablar de ello, comprendiendo sin duda que aquellos tímidos provincianos no podrian oponer resistencia á la fuerza armada de los grandes poderes de Jerusalen. Cephas, impulsado por su gran corazon y lleno de confianza en sí mismo, juró que le acompañaria á la prision y que moriria con él. Jesús le opuso algunas dudas con su acostumbrada delicadeza de ingenio; y segun una tradicion, que probablemente se remonta hasta el mismo Pedro, le emplazó para el canto del gallo[1023]. Todos, á imitacion de Cephas, juraron que no le abandonarian.

CAPÍTULO XXIV

ARRESTO Y CAUSA DE JESÚS

La noche habia cerrado ya completamente[1024] cuando salieron de la sala[1025]. Segun su costumbre, Jesús atravesó el valle del Cedron, y acompañado de sus discípulos se dirigió al huerto de Gethsemaní, situado al pié del monte de los Olivos[1026]. Sentóse allí, y dominando á sus discípulos con su inmensa superioridad, permanecia en vela y en oracion miéntras ellos dormian. De pronto una patrulla armada y provista de antorchas invade el huerto. Eran los agentes del templo, especie de brigada de policía que se habia dejado á los sacerdotes: iban armados de palos y escoltados de un destacamento de soldados romanos con espadas. La órden del arresto emanaba del gran sacerdote y del sanedrin[1027]. Conociendo Júdas las costumbres de Jesús, les habia indicado que en aquel sitio podrian sorprenderle más fácilmente. Júdas, segun la tradicion unánime de los primeros tiempos, acompañaba á la patrulla[1028], y si hemos de creer lo que algunos afirman[1029], llevó la infamia hasta el extremo de designar con un beso á la víctima de su negra traicion. Sea como quiera, lo cierto es que hubo un principio de resistencia de parte de los discípulos[1030]. Uno de ellos (Pedro, segun testigos oculares)[1031] desenvainó la espada é hirió en una oreja á uno de los servidores del gran sacerdote, llamado Malek. Jesús detuvo aquel primer movimiento y se entregó voluntariamente á los soldados. Los discípulos, débiles, é incapaces de obrar de concierto contra autoridades que gozaban de tanto prestigio, huyeron cada cual por su lado. Sólo Juan y Pedro siguieron desde léjos al maestro sin perderle de vista. Otro jóven desconocido, cubierto de una ligera túnica, le seguia tambien: los soldados quisieron prenderle, pero el jóven huyó, dejando la túnica entre sus manos[1032].

La conducta que los sacerdotes habian resuelto observar contra Jesús se hallaba en un todo conforme con el derecho establecido. El procedimiento contra el «seductor» (_mesith_) que trata de atentar á la pureza de la religion se explica en el Talmud con detalles cuya ingenua impudencia hace sonreir. La asechanza, la alevosía, están en él erigidas en parte esencial de la instrucción criminal. Cuando hay un hombre acusado de «seduccion» se colocan dos testigos ocultos detrás de un tabique, y se arreglan las cosas de un modo que el prevenido éntre en una habitacion contigua, á fin de que los dos testigos en cuestion puedan oirle sin que él lo sospeche. Á mayor abundamiento se encienden dos luces junto á él para que los testigos ocultos puedan declarar que «le han visto»[1033]. Preparadas las cosas de este modo, se hace que repita su blasfemia, induciéndole á que se retracte. Si persiste en ella, los testigos le conducen al tribunal y es apedreado. El Talmud añade que de esta manera fué como se procedió con Jesús, que fué condenado por las declaraciones de los consabidos testigos, y que, además, el crímen de «seduccion» es el único para el cual se preparan tan originales testimonios[1034].

En efecto, los discípulos de Jesús nos dicen que la «seduccion» era el crímen de que acusaban á su maestro[1035], y, á excepcion de algunas anotaciones, fruto de la imaginacion rabínica, el relato de los evangelios concuerda rasgo por rasgo con el procedimiento que describe el Talmud. El plan de los enemigos de Jesús era convencerle, por informe testimonial y por su propia confesion, de blasfemia y de atentado contra la religion mosáica, condenarle á muerte con arreglo á la Ley y remitir despues la sentencia á Pilato para que éste la confirmase. Como ya hemos visto, la autoridad sacerdotal residia de hecho en manos de Annás. La órden de arresto procedia de él probablemente, y á casa de aquel poderoso personaje fué adonde, en un principio, condujeron á Jesús[1036]. Annás le interrogó acerca de su doctrina y de sus discípulos; pero Jesús rehusó con noble altivez entrar en largas explicaciones. Remitiéndose á su enseñanza, que habia sido pública, declaró que jamás habia tenido doctrina secreta, y dijo al gran sacerdote que interrogase á aquellos que le habian escuchado. Nada más natural que esa respuesta; pero el exagerado respeto que inspiraba el antiguo pontífice la hizo aparecer osada é irreverente, y uno de los circunstantes replicó á ella--segun dicen--dando á Jesús un bofeton.

Pedro y Juan habian seguido al maestro hasta la morada de Annás: Juan, que no era desconocido en la casa, penetró sin dificultad, mas su compañero fué detenido á la entrada, y el hijo del Zebedeo tuvo que suplicar á la portera que le dejase paso.

La noche era fria.

Pedro permaneció en la antecámara y se acercó á un brasero al rededor del cual se calentaban algunos sirvientes, quienes no tardaron en reconocerle como discípulo del preso. Denunciado por su acento galileo y apremiado por las preguntas que le dirigian los lacayos, entre los cuales se hallaba un pariente de Malek que le habia visto en Gethsemaní, el desventurado aseguró por tres veces que jamás habia tenido relacion alguna con Jesús. Pedro creia que el maestro no podia oirle y estaba léjos de imaginar cuán digno de reprobacion era aquel acto de disimulada cobardía. Pero su excelente naturaleza le reveló bien pronto la falta que acababa de cometer. Una circunstancia fortuita, el canto del gallo, vino á recordarle las palabras que le habia dicho el maestro. Entónces se enterneció su corazon, salió afuera y se echó á llorar amargamente[1037].

Aunque verdadero autor del homicidio jurídico que iba á consumarse, Annás no tenía poderes para pronunciar la sentencia de Jesús; por eso le remitió á su yerno Caifás, que era el posesor del título oficial. Ciego instrumento de su suegro, Caifás debia naturalmente ratificar en todo y por todo las insinuaciones de aquél. El sanedrin se hallaba reunido en su casa[1038]. Empezóse la vista, y varios testigos, preparados de antemano con arreglo al procedimiento inquisitorial expuesto en el Talmud, comparecieron ante los jueces. La frase fatal que Jesús habia realmente pronunciado: «Yo destruiré el templo de Dios y le reconstruiré en tres dias», fué citada por dos testigos. Blasfemar del templo de Dios era, segun la ley judáica, blasfemar de la misma Divinidad[1039]. Jesús guardó silencio, rehusando explicar las palabras que se le acriminaban. Si hemos de creer lo que dice un relato, el gran sacerdote le conminó entónces que dijera si él era el Mesías. Jesús respondió afirmativamente y proclamó ante los jueces el próximo advenimiento de su reino celestial[1040]. Sin embargo, parécenos que el valor de Jesús, decidido ya á morir, no exige semejante confesion: es muy probable que en casa de Caifás, como en la de Annás, guardase ese mismo silencio que fué su regla de conducta en los últimos instantes de su vida. La sentencia estaba resuelta de antemano, y sólo se buscaban pretextos para justificarla: conociéndolo Jesús, no trató de emprender una defensa inútil. Bajo el punto de vista del judaismo ortodoxo, Jesús era real y verdaderamente un blasfemo, un destructor del culto establecido; esto supuesto, la ley castigaba con pena de muerte semejantes crímenes[1041]. La asamblea le declaró por voto unánime culpable de crímen capital. Los miembros del consejo que tenian por él secretas simpatías, se hallaban ausentes ó no votaron[1042]. La frivolidad propia de las aristocracias de antigua data no permitió á los jueces reflexionar mucho tiempo sobre los resultados de la sentencia que acababan de firmar. La vida de un hombre se sacrificaba entónces con suma ligereza; de seguro no pensaron los miembros del sanedrin en la terrible cuenta que de aquel decreto, pronunciado con tan indolente desden, tendrian sus hijos que dar á la posteridad irritada.

El sanedrin no tenía derecho para hacer ejecutar una sentencia de muerte[1043]. Pero, gracias á la confusion de poderes que entónces reinaba en Judea, no por eso dejaba Jesús de hallarse condenado desde aquel momento. Así es que permaneció el resto de la noche expuesto á los insultos y malos tratamientos de la más ínfima chusma, la cual no le escaseó ninguna afrenta[1044].

Á la siguiente mañana se reunieron de nuevo los ancianos y los jefes de los sacerdotes[1045], para tratar de que Pilato aprobase la condena pronunciada por el sanedrin, condena que no podia tener cumplido efecto sin tal requisito, indispensable desde la ocupacion romana. El procurador no se hallaba investido, como el legado imperial, del derecho de vida y muerte; pero como Jesús no era ciudadano romano, bastaba la autorizacion del gobierno para que se diera curso al decreto pronunciado contra él. Los romanos, como sucede siempre que un pueblo político somete á una nacion en la que se confunden la ley civil y la religiosa, habian llegado á prestar una especie de apoyo oficial á la ley judáica. El derecho romano no se aplicaba á los judíos; éstos permanecian sometidos al derecho canónico que vemos consignado en el Talmud, de igual manera que los árabes de Argelia se hallan todavía regidos por el código del Islam. Aunque neutros en religion, los romanos sancionaban con mucha frecuencia las penas que se imponian por delitos religiosos. La situacion era, pues, muy semejante á la de las ciudades santas de la India bajo la dominacion inglesa, ó más bien á la en que se encontraria Damasco el dia en que la Siria fuese conquistada por una potencia europea. Josefo pretende (aunque en ello cabe mucha duda) que si un romano traspasaba las estelas en que se hallaban las inscripciones que prohibian avanzar á los gentiles, los procuradores le entregaban á los judíos para que le diesen muerte[1046].

Los agentes de los sacerdotes ataron á Jesús y le condujeron al pretorio, antiguo palacio de Heródes[1047], inmediato á la torre Antonia[1048]. Era la mañana del dia en que debia comerse el cordero pascual (viérnes, 14 de nisan,--3 de Abril). Los judíos se habrian mancillado entrando en el pretorio y no habrian podido celebrar el festin sagrado; por esta razon permanecieron fuera[1049]. Noticioso Pilato de su presencia, subió al _bima_[1050], ó tribunal, que se hallaba situado al aire libre[1051], en el sitio que tenía por nombre _Gabbatha_, en griego _Lithostrotos_, á causa del embaldosado que recubria el suelo.

Tan pronto como se le informó de la acusacion, Pilato manifestó el disgusto que le causaba el tener que mezclarse en aquel asunto[1052]. En seguida se encerró con Jesús en el pretorio. Los detalles precisos de la entrevista que allí tuvo lugar, no habiendo podido ningun testigo revelárselos á los discípulos, quedaron envueltos en el misterio; sin embargo, Juan parece haberlos adivinado con bastante exactitud. Su relato se halla en perfecta consonancia con lo que la historia nos refiere respecto á la situacion recíproca de los dos interlocutores.

El procurador Pontius, apellidado Pilatus, sin duda á causa del _pilum_ ó dardo de honor con que fué condecorado[1053] él ó alguno de sus progenitores, no habia tenido hasta entónces ninguna relacion con la secta naciente. Indiferente á las querellas intestinas de los judíos, no veia en todos aquellos movimientos de sectarios sino el efecto de imaginaciones acaloradas y de cerebros extraviados. En general, los judíos le inspiraban poquísimo cariño. Pero si el procurador detestaba á los nietos de Moisés, éstos le pagaban con usura; encontrábanle duro, violento, despreciativo, y le acusaban de crímenes increibles[1054]. Jerusalen, como centro de una gran fermentacion popular, era una poblacion sumamente sediciosa y un punto de residencia insoportable para un extranjero. Los exaltados pretendian que el nuevo procurador habia hecho propósito firme de abolir la ley[1055]. Su mezquino fanatismo y sus odios religiosos no podian ménos de sublevar ese ámplio sentimiento de justicia y de gobierno civil que el más incapaz de los súbditos romanos llevaba consigo adonde quiera que iba. Todos los actos que de Pilato conocemos nos le presentan como un buen administrador[1056]. En el primer período del ejercicio de su cargo habia tenido con sus administrados sérias dificultades, que zanjó de una manera bastante brutal; pero áun entónces parece que la razon se hallaba de su parte. Los judíos debian parecer al procurador Pontius, gentes atrasadísimas, y sin duda le merecian el mismo juicio que á un prefecto liberal merecieron en otro tiempo los Bajos-Bretones, los cuales se insurreccionaban contra la apertura de un nuevo camino ó el establecimiento de una nueva escuela. En sus mejores proyectos por el bien del país, y con particularidad en todo cuanto se relacionaba con las obras públicas, Pilato habia encontrado siempre la Ley como un obstáculo insuperable. La Ley, en su espíritu absurdamente conservador, restringia la vida hasta el extremo de oponerse á todo cambio y á toda mejora. Las más útiles construcciones romanas eran para los judíos celosos objeto de particular ojeriza[1057]. Dos escudos votivos con inscripciones, que el procurador Pontius habia hecho colocar en su palacio, el cual se hallaba contiguo al sagrado recinto, provocaron una borrasca aún más violenta[1058]. Pilato hizo en un principio muy poco caso de aquellas susceptibilidades; pero ellas le obligaron despues á hacer uso de sangrientas represiones[1059], cuya severidad debia más tarde ocasionar su destitucion[1060]. La experiencia de tantos conflictos le habia, pues, hecho prudente en sus relaciones con aquel pueblo intratable, que se vengaba de sus dominadores obligándolos á usar con él de odiosas crueldades. El procurador experimentaba supremo disgusto al verse obligado á desempeñar, por una ley que detestaba[1061], un papel activo y abominable en aquel nuevo asunto. Pilato sabía que el fanatismo religioso, así que ha obtenido alguna violencia de los gobiernos civiles, es despues el primero en arrojar sobre ellos la responsabilidad, y áun casi se permite dirigirles amargas acusaciones. ¡Suprema injusticia, puesto que, en semejante caso, el verdadero culpable es el instigador!

Pilato, á quien acaso impresionó la actitud digna y tranquila del acusado, deseaba, pues, salvar á Jesús, el cual, si hemos de dar crédito á una tradicion[1062], encontró tambien apoyo en la propia mujer del procurador. Quizás ésta habia visto al dulce galileo desde alguna de las ventanas del pretorio que dominaban el pórtico del templo, y ¡quién sabe si el espectáculo de la sangre de aquel hermoso jóven, sangre inocente que iba á derramarse, le produjo alguna terrible pesadilla! Sea como quiera, lo cierto es que Jesús encontró á Pilato prevenido en su favor. El gobernador le interrogó bondadosamente, demostrando el deseo de recurrir á cuantos medios le fuesen posibles á fin de absolverle.