Vida de Jesús

Part 21

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Todo hace creer, en efecto, que el milagro de Betania contribuyó sensiblemente á acelerar el fin de Jesús[949]. Las personas que habian sido testigos de él fueron á la ciudad y hablaron muchísimo de la ocurrencia. Los discípulos contaron el hecho con detalles de aparato combinados en vista de la argumentacion. Los otros milagros de Jesús eran actos pasajeros, aceptados espontáneamente por la fe, aumentados por la reputacion popular, y sobre los cuales, una vez sucedidos, no se hablaba ya más. El de Betania era un verdadero acontecimiento que se pretendia de pública notoriedad, y con el cual esperaban tapar la boca á los fariseos[950]. Los enemigos de Jesús se irritaron sobremanera á causa de aquellos rumores, y trataron, segun dicen, de matar á Lázaro[951]. Lo que hay de cierto es, que desde aquella hora se formó un consejo compuesto de los jefes de los sacerdotes[952], en el cual fué presentada netamente la cuestion: «Jesús y el judaismo ¿pueden vivir juntos?» Presentar la cuestion era resolverla, y sin necesidad de ser profeta, como lo pretende el evangelista, el gran sacerdote pudo muy bien pronunciar su sangriento axioma: «Es necesario que muera un hombre por todo el pueblo.»

El «gran sacerdote de aquel año», valiéndonos de una expresion del cuarto evangelista, que da perfectamente cuenta del estado de humillacion á que se encontraba reducido el sumo pontificado, era José Caifás, nombrado por Valerio Grato y perteneciente en cuerpo y alma á los romanos. Desde que Jerusalen dependia de los procuradores, el cargo de gran sacerdote habia llegado á ser un destino amovible, y las destituciones se sucedian casi todos los años[953].

Caifás, sin embargo, se mantuvo más tiempo que los demás. Habia sido provisto de su empleo el año 25, y hasta el 36 no le perdió. Nada se sabe acerca de su carácter, y muchas circunstancias inducen á creer que su poder era sólo nominal. Á su lado, y por cima de él, vemos en efecto otro personaje que parece haber ejercido en el momento decisivo que nos ocupa un poder preponderante.

Aquel personaje era el suegro de Caifás, Hanan ó Annás[954], hijo de Seth, antiguo gran sacerdote depuesto, que, en medio de esa instabilidad del pontificado, conservó en el fondo toda la autoridad. Annás habia recibido el soberano sacerdocio del legado Quirinus el año 7 de nuestra era, cesando en su cargo el año 14 al advenimiento de Tiberio; pero permaneció muy considerado. Se continuó llamándole «gran sacerdote», por más que él no tuviese ya el empleo[955], y consultándole en todas las cuestiones graves. Durante cincuenta años, el pontificado permaneció casi sin interrupcion en su familia; cinco de sus hijos se revistieron sucesivamente de aquella dignidad[956], sin contar Caifás, que era su yerno. Por eso se la llamaba la «familia sacerdotal», como si el sacerdocio hubiera sido en ella hereditario[957]. Casi todos los grandes cargos del templo estaban entre sus manos[958]. Cierto es que otra familia alternaba en el pontificado con la de Annás, cual era la de Boethus[959]. Pero los _Boethusim_ que debian el orígen de su fortuna á una circunstancia muy poco honrosa, eran ménos estimados de los fariseos piadosos. Annás era, pues, en realidad el jefe del partido sacerdotal. Caifás no hacia nada sin contar con él: se habian acostumbrado á asociar sus nombres, y el de Annás se mencionaba siempre el primero[960]. Compréndese, en efecto, que bajo aquel régimen de pontificado anual, trasmitido alternativamente segun el capricho de los procuradores, debia ser personaje muy importante un antiguo pontífice que habia conservado el secreto de las tradiciones, visto derrumbarse muchas fortunas más recientes que la suya, y guardado bastante crédito para hacer que por su influencia delegasen el poder á personas que le estaban sometidas completamente. Como toda la aristocracia del templo[961], Annás era saduceo, «secta, dice Josefo, sumamente severa en los procedimientos.» Todos sus hijos fueron tambien ardientes perseguidores[962]. Uno de ellos, llamado Annás, como su padre, hizo apedrear á Santiago, hermano del Señor, en circunstancias que tienen alguna analogía con la muerte de Jesús. El carácter de la familia era audaz, altanero y cruel[963], teniendo esa especie particular de maldad desdeñosa y solapada que caracteriza la política judía. Así, pues, debe pesar sobre Annás y los suyos, la responsabilidad de todos los actos que van á seguirse. Annás fué (ó si se quiere, el partido que él representaba) el que dió muerte á Jesús. Annás fué el actor principal de aquel terrible drama, y áun más bien que Caifás y que Pilato deberia sufrir el peso de las maldiciones de la humanidad.

En boca de Caifás es donde el evangelista coloca las palabras decisivas que acarrearon la sentencia de muerte de Jesús[964]. Se suponia que el gran sacerdote poseia cierto dón profético; la frase llegó á ser, en este supuesto, para la comunidad cristiana un oráculo lleno de profunda significacion. Pero esas palabras, cualesquiera que ellas fuesen, tradujeron el pensamiento de todo el partido sacerdotal. Ese partido estaba muy expuesto á las sediciones populares, y trataba de detener á los entusiastas religiosos, previendo con razon que, por su predicacion exaltada, traeria la ruina total de la nacion. Bien que la agitacion provocada por Jesús no tuviese nada de temporal, los sacerdotes vieron, como última consecuencia de ella, un agravamiento del yugo romano y la ruina del templo, fuente de sus riquezas y de sus honores[965]. Pero las causas que debian traer, treinta y siete años más tarde, la ruina de Jerusalen consistian en otra cosa que en el cristianismo naciente; estaban en el mismo Jerusalen, y no en Galilea. Sin embargo, no puede decirse que el motivo alegado en aquella circunstancia por los sacerdotes, careciese de verosimilitud hasta el punto de no ver en su procedimiento sino un acto de insigne mala fe. En cierto modo, si Jesús conseguia su propósito, acarreaba realmente la ruina de la nacion judía. Partiendo de principios admitidos como cosa corriente por toda la antigua política, Annás y Caifás estaban en su derecho al decir: «Vale más la muerte de un hombre que la ruina de un pueblo.» Ese razonamiento es, á nuestro juicio, detestable; pero él ha sido el de los partidos conservadores desde el orígen de las sociedades humanas. El «partido del órden» (tomo esta frase en el sentido pobre y mezquino) ha sido siempre el mismo. Creyendo que la última palabra del gobierno consiste en impedir las emociones populares, imagina hacer acto de patriotismo previniendo por la muerte jurídica la efusion tumultuosa de sangre. Poco inquieto del porvenir, no conoce que declarando la guerra á toda iniciativa, corre peligro de lastimar las ideas destinadas á triunfar un dia. La muerte de Jesús fué una de las mil aplicaciones de esa política. El movimiento que él dirigia era enteramente espiritual; pero era un movimiento, y por consiguiente los hombres de órden, persuadidos de que lo esencial para la humanidad es el reposo, debian impedir que se desarrollase el nuevo espíritu. Nunca se vió ejemplo más palpable de la ineficacia de semejante conducta, y del resultado opuesto á que ella conduce. Dejado en libertad, Jesús se habria consumido en una lucha desesperada contra lo imposible. El inteligente ódio de sus enemigos decidió el éxito de su obra, poniendo el sello á su divinidad.

La muerte de Jesús fué, pues, resuelta á fines del mes de Febrero ó á principios de Marzo[966]. Pero Jesús escapó aún por algun tiempo. Se retiró á una ciudad poco conocida nombrada Efrain ó Efron, hácia el lado de Betel, á una jornada escasa de Jerusalen[967]. Allí vivió algunos dias con sus discípulos, dejando pasar la tempestad. Pero se habia dado órden de prenderle tan pronto como se le viese en Jerusalen[968]. La solemnidad de la Pascua se acercaba, y se presumia que Jesús, segun su costumbre, iria á la capital á celebrar aquella fiesta.

CAPÍTULO XXIII

ÚLTIMA SEMANA DE JESÚS

Y en efecto, partió con sus discípulos para ver por última vez la ciudad incrédula y rebelde. Las esperanzas de las personas que le rodeaban habian llegado al último grado de exaltacion: al subir esta vez á Jerusalen, todos creian que el reino de Dios iba á manifestarse allí[969]. Habiendo llegado á su colmo la impiedad de los hombres, esta circunstancia era, en su concepto, una señal evidente de que la consumacion del esperado acontecimiento se hallaba cercana. Y tal era la persuasion respecto á este punto, que hasta disputaban acerca de la preeminencia que cada cual habria de tener en el futuro reino[970]. Entónces fué, segun parece, cuando Salomé, la mujer de Zebedeo, solicitó de Jesús que concediese á sus hijos los dos puestos preferentes, á derecha é izquierda del Hijo del hombre[971]. La imaginacion de Jesús se hallaba, por el contrario, acosada de graves pensamientos. Á veces dejaba traslucir un profundo y sombrío resentimiento hácia sus enemigos.--Referia la parábola de un hombre noble que partió á un país lejano á tomar la investidura de un reino; mas apénas volvió la espalda, sus conciudadanos se declararon en contra suya. Á su regreso, el rey ordenó que condujesen delante de él á los que no habian querido que volviese á reinar sobre ellos, y los condenó á la última pena[972]. Otras veces se complacia en desvanecer las ilusiones de sus discípulos. Cuando marchaban por los caminos pedregosos del Norte de Jerusalen, Jesús iba pensativo á la cabeza de sus compañeros.--Todos le miraban silenciosamente, experimentando un sentimiento de temor y sin atreverse á interrogarle. Ya en diferentes ocasiones les habia anunciado sus futuros padecimientos, cosa con la cual no podian avenirse los discípulos[973]. Jesús tomó, por último, la palabra, y no ocultándoles ya sus presentimientos, les habló de su próximo fin[974], anuncio que fué acogido con muestras de profunda tristeza. Los discípulos esperaban que pronto apareceria la señal en las nubes, y ya resonaban en sus oidos los alegres acentos del grito inaugural del reino de Dios: «Bendito sea el que viene en nombre del Señor»[975]. Sin embargo, aquella sangrienta perspectiva los llenaba de inquietud. En el espejismo de sus ensueños, el reino de Dios se aproximaba ó retrocedia á cada paso que daban en el camino fatal. En cuanto á Jesús, la idea de que iba á morir, pero de que su muerte salvaria al mundo[976], se arraigaba más y más en su mente. La equivocacion, ó sea la divergencia de miras, entre él y sus discípulos se hacia cada vez más profunda.

Era costumbre establecida el que los peregrinos fuesen á Jerusalen algunos dias ántes de la Pascua á fin de prepararse para la fiesta. Jesús llegó despues de los demás, y hubo un momento en que sus enemigos perdieron la esperanza que habian concebido de apoderarse de su persona[977]. El sexto dia ántes de la fiesta (sábado, 8 de nisan--28 de Marzo)[978], Jesús entró por fin en Bethania, y como de costumbre, fué á parar á casa de Lázaro, Marta y María, ó sea de Simon el Leproso, donde le recibieron con grandes demostraciones de regocijo. Simon el Leproso preparó con tal motivo una comida[979], á la que asistieron multitud de personas atraidas por el deseo de ver á Jesús, y tambien por el de ver á Lázaro, cuya milagrosa resurreccion se comentaba de mil modos desde hacia algun tiempo. Lázaro se hallaba sentado á la mesa y parecia ser el blanco de todas las miradas. La hacendosa Marta desempeñaba el servicio, segun costumbre[980]. Á fin de realzar la alta dignidad del huésped y de vencer la frialdad del público, se pretendió, á lo que parece, dispensarle entónces mayores muestras de respeto. Durante la comida, y con objeto de dar al banquete más solemne apariencia, entró María con un vaso de perfumes que derramó sobre los piés de Jesús. En seguida rompió el vaso, conforme á la antigua costumbre, que ordenaba romper la vajilla que habia servido para obsequiar á un huésped de distincion[981]. Por último, llevando las demostraciones de su deferencia á un extremo no conocido hasta entónces, se hincó de rodillas y enjugó con sus largos cabellos los piés del maestro[982]. Los agradables efluvios de los perfumes llenaron toda la casa, produciendo gran contentamiento en los circunstantes, excepto en el avaro Júdas de Kerioth. Verdad es que en atencion á las costumbres económicas de la comunidad, semejante conducta era un verdadero despilfarro. El ávido tesorero calculó en seguida en cuánto hubieran podido venderse los perfumes, y el producto que su venta habria hecho ingresar en la caja de los pobres. Ese mezquino y poco afectuoso sentimiento, que parecia demostrar más aprecio por el valor de ciertas cosas que por su persona, disgustó sobremanera á Jesús, el cual amaba los honores, porque ellos contribuian á sus propósitos y afirmaban su título de hijo de David. Así es que cuando oyó hablar de pobres, respondió con bastante viveza: «Los pobres los tendreis siempre con vosotros; pero á mí no me tendreis siempre.» Y exaltándose más, prometió la inmortalidad á la mujer que en aquel momento crítico le daba tan relevante prueba de amor[983].

Al dia siguiente (domingo, 9 de nisan), Jesús descendió de Bethania á Jerusalen[984]. Cuando al revolver un recodo del camino vió, desde la cima del monte de los Olivos, extendida á sus piés la ciudad, dicen que lloró sobre ella y que le dirigió un último llamamiento[985]. Al llegar á la falda de la montaña, no léjos de la puerta que se abria en el muro oriental de la ciudad sobre la zona llamada _Bethphage_, sin duda á causa de las higueras que la poblaban[986], Jesús tuvo todavía un instante de satisfaccion humana[987]. Habiéndose extendido la noticia de su llegada, los galileos que se hallaban en Jerusalen con motivo de la fiesta, salieron gozosos á su encuentro y le prepararon una pequeña ovacion. Buscaron una jumenta, á la cual seguia un jumentillo, segun costumbre, extendieron sobre su lomo sus más hermosos vestidos, á guisa de gualdrapa, y le hicieron sentar sobre aquella pobre montura. Otros extendian sus túnicas sobre el camino, mezclando con ellas una alfombra de ramos verdes. La muchedumbre iba delante y detrás de él, llevando palmas en la mano y exclamando: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!» Algunas personas le daban el título de rey de Israel[988]. «Rabbi,--le decian los fariseos--diles que se callen.»--«Si éstos callan, las piedras darán voces»,--respondió Jesús,--y en seguida entró en la ciudad. Los hierosolimitanos, que apénas le conocian, preguntaban que quién era: «Es Jesús, el profeta de Nazareth, en Galilea»,--les respondieron.--Siendo Jerusalen una ciudad de cincuenta mil almas[989], poco más ó ménos, un acontecimiento como la entrada de un forastero de alguna celebridad, el concurso de provincianos ó un movimiento popular en las avenidas de la poblacion debia en circunstancias ordinarias propalarse rápidamente. Pero como la confusion era extremada en la época de las fiestas[990], Jerusalen pertenecia en aquellos dias á los forasteros:--así pues, la emocion parece haber sido más viva entre estos últimos. Algunos prosélitos familiarizados con el idioma griego, que habian ido á la fiesta de la Pascua, tuvieron curiosidad de ver á Jesús, á cuyo efecto se dirigieron á sus discípulos[991];--se ignora lo que resultó de aquella entrevista. En cuanto á Jesús, fué, como tenía de costumbre, á pasar la noche á su querida aldea de Bethania[992], volviendo igualmente á Jerusalen durante los tres dias sucesivos (lúnes, martes y miércoles). Una vez puesto el sol, subia la colina de Bethania, ó bien se dirigia á las granjas del flanco occidental del monte de los Olivos, en las cuales habitaban muchos amigos suyos[993].

En sus últimos dias, una profunda tristeza parece dominar su alma, de ordinario tan jovial y serena. Todos los relatos están de acuerdo en atribuirle, ántes de su arresto, un instante de incertidumbre y de vacilacion, una especie de agonía anticipada. Segun algunos, Jesús exclamó de repente: «Mi alma se ha conturbado; ¡oh Padre mio! líbrame de esta hora»[994]. En aquel momento creyeron que se habia dejado oir una voz del cielo; otros decian que un ángel habia descendido á confortarle[995]. El hecho, segun la version más autorizada, tuvo lugar en el huerto de Gethsemaní. Miéntras dormian sus discípulos, Jesús se alejó de ellos á distancia de un tiro de piedra, no conservando á su lado sino á Cephas y á los dos hijos de Zebedeo. Entónces, postrada la faz contra la tierra, se puso en oracion, y su alma contristada experimentó angustias de muerte, pero al fin triunfó en él la resignacion á la voluntad divina[996]. Á consecuencia del arte instintivo que presidió á la redaccion de los sinópticos, arte que á menudo les hace obedecer en el arreglo del relato á razones de conveniencia ó de efecto, aquella escena fué colocada en la última noche de Jesús, precediendo al momento de su arresto. Pero si esa version fuese la verdadera, no se comprenderia que Juan, testigo íntimo de tan conmovedor episodio, no dijese respecto á él ni una sola palabra en el circunstanciadísimo relato que hace de la noche del juéves[997]. Sea como quiera, lo cierto es que, durante los últimos dias gravitó cruelmente sobre Jesús el peso enorme de la mision que habia aceptado. La naturaleza humana se despertó por un momento; y ¡quién sabe si entónces dudó de su obra! El error y la incertidumbre se apoderaron de él, produciéndole un desfallecimiento más angustioso que la misma muerte. El hombre que ha sacrificado á una grande idea su reposo y las recompensas legítimas de la vida, experimenta siempre un instante de infinita tristeza cuando por primera vez se le presenta la imágen de la muerte, pretendiendo persuadirle de que todos sus sacrificios serán en vano. Quizás cruzaron entónces por la imaginacion de Jesús algunos de esos conmovedores recuerdos del pasado que se encarnan hasta en las almas de mejor temple, atravesándolas con un agudo puñal. ¿Se aparecian á su memoria las claras fuentes de la risueña Galilea, sus alfombras de verdura, los viñedos y las higueras, á cuya sombra hubiera podido vivir tranquilo, y las cándidas jóvenes que acaso hubieran consentido en amarle? ¿Maldijo entónces la rudeza de su destino, que le privó de los goces concedidos á los demás seres? ¿Se lamentó de su elevada naturaleza, y víctima de su valor moral, sintió no haber permanecido siendo un simple artesano en Nazareth? ¡Quién sabe!... Todas esas turbaciones interiores fueron evidentemente un enigma para sus discípulos, enigma del cual no comprendieron ni una palabra, tratando por medio de cándidas conjeturas de suplir lo que para ellos habia de oscuro é incomprensible en la grande alma de su maestro. Pero aquel desfallecimiento fué momentáneo; es indudable que la naturaleza divina de Jesús recobró pronto su acostumbrado imperio. Todavía estaba en su mano evitar la muerte.--Mas no lo quiso; el amor de su obra triunfó en él, y aceptó el cáliz decidido á apurarle hasta las heces. En adelante Jesús aparece tal como es, y las sutilezas del polemista, la credulidad del taumaturgo y del exorcista se borran por completo ante la figura sublime del héroe incomparable de la Pasion, del fundador de los derechos de la conciencia libre, del cumplido modelo cuyo ejemplo servirá de confortacion y consuelo á todas las almas afligidas.

El triunfo de Bethphage, aquella audacia de provincianos festejando á su rey-mesías á las mismas puertas de Jerusalen, acabó de exasperar á los fariseos y á la aristocracia del templo. Celebróse el miércoles (12 de nisan) un nuevo consejo en casa de José Caifás[998], y en él quedó resuelta la inmediata prision de Jesús. Á todas aquellas medidas presidió un gran sentimiento de órden y de policía conservadora. Como la fiesta de la Pascua, que aquel año empezaba el viérnes por la noche, era siempre motivo propicio á los tumultos y á la exaltacion, se resolvió avanzar el arresto algunos dias, á fin de evitar el escándalo y las desgracias que acaso pudieran ocurrir. Temíase que la popularidad de Jesús[999] ocasionase alguna asonada. Por consiguiente, se determinó que en vez de apoderarse de él en el templo, adonde iba todos los dias[1000], se espiasen sus costumbres á fin de prenderle en algun lugar apartado. Con este objeto, los agentes de los sacerdotes sonsacaron á sus discípulos, en la esperanza de obtener de su debilidad ó de su sencillez algunas noticias útiles, cosa que encontraron en Júdas de Kerioth. Aquel desgraciado, por motivos imposibles de explicar, hizo traicion á su maestro, y no sólo dió todas las indicaciones que se le pedian, sino que se encargó de conducir la brigada ó patrulla que debia operar el arresto, aunque semejante exceso de maldad parece casi increible. El recuerdo de horror que la necesidad ó la infamia de aquel hombre dejó en la tradicion cristiana, ha debido introducir sobre este punto alguna exageracion. Hasta entónces Júdas habia sido un discípulo como los demás, tenía el título de apóstol y hasta habia hecho milagros y lanzado los demonios. La leyenda, que rechaza los términos medios, no ha podido admitir en el cenáculo sino once santos y un réprobo. Pero la realidad no procede por categorías tan absolutas. La avaricia, que los sinópticos señalan como el móvil del crímen en cuestion, no basta á explicarle satisfactoriamente. Sería por cierto bien extraño que un hombre que administraba el fondo comun, y que sabía lo que iba á perder con la muerte del jefe, hubiese cambiado los provechos de su empleo de tesorero[1001] por una cantidad insignificante[1002]. ¿Se habia resentido el amor propio de Júdas á causa de la reprimenda que recibió en el banquete de Bethania? Tampoco esta razon parece suficiente. Juan se empeña en presentarle desde un principio como un ladron y un incrédulo[1003], cosa que es de todo punto inverosímil. Inclínase uno más bien á creer que obedeciese á algun sentimiento de rivalidad, á la irritacion producida por disensiones intestinas. El ódio particular que Juan manifiesta contra Júdas[1004] confirma esta última hipótesis. De un corazon ménos puro que los otros, Júdas pudo muy bien haberse dejado dominar, sin apercibirse de ello, de los sentimientos propios de su cargo, y por un sesgo sumamente comun en el ejercicio de las funciones activas, haber llegado á dar más importancia á los intereses de la caja que á la obra misma á que estaban destinados. El murmullo que se le escapa en Bethania deja sospechar que la grandeza del apóstol habia sucumbido en él ante la mezquindad del administrador, y que algunas veces le parecia que el maestro costaba demasiado caro á su familia espiritual. Esa ruin economía habia causado sin duda en la reducida sociedad algunos otros disgustos.

Sin negar que Júdas contribuyese á la prision de su maestro, nosotros creemos que hay alguna injusticia en las maldiciones que sobre él se lanzan. Quizás hubo en su conducta mayor parte de torpeza que de perversidad. La conciencia moral del hombre del pueblo es viva y justa, pero instable é inconsecuente, y no sabe resistir á un impulso momentáneo. Las sociedades secretas del partido republicano abrigaban en su seno profunda conviccion y gran sinceridad, y sin embargo, los delatores eran en ellas numerosos. El más ligero despecho bastaba para convertir un sectario en un traidor. Pero si el loco deseo de adquirir algunas miserables monedas trastornó la cabeza del pobre Júdas, no parece que hubiese perdido completamente el sentimiento moral, puesto que, viendo las consecuencias de su falta, se arrepintió[1005], segun dicen, y hasta se dió la muerte.