Vida de Don Quijote y Sancho

Part 16

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¿Cómo, sin licencia ni título, ni grados conferidos por tribunal ordinario, cómo se atrevía así Ignacio a hablar de la virtud y del vicio? Y a Don Quijote ¿quién le dió licencia para meterse a caballero andante o con qué derecho se entremetía a enderezar tuertos y corregir abusos, aunque no lo hicieren los graves eclesiásticos que para hacerlo cobraban su salario? Ni el Vicario del monasterio de San Esteban de Salamanca, ni el grave eclesiástico que gobernaba la casa de los Duques sufrían que se saliese nadie del oficio que la sociedad les tuviera asignado. ¿Qué orden puede haber, en efecto si no se atiene y atempera cada uno a lo que se le pide y no más que a ello? Cierto que no cabría así progreso, pero el progreso es fuente y raíz de muchos males. Bien se dijo lo de ¡zapatero, a tus zapatos! Ignacio habría hecho mejor en seguir la carrera a que sus padres le dedicaron, o por lo menos no meterse a predicar hasta haberse graduado de teólogo, y Don Quijote debía haberse casado con Aldonza Lorenzo para criar a sus hijos y cuidar de su hacienda. Ambos graves eclesiásticos, el de casa de los Duques y el del convento de San Esteban de Salamanca, fueron predecesores de aquel que escribió en el Catecismo: «eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder».

«Buenos estamos--como dijo el Vicario de San Esteban de Salamanca--: tenemos el mundo lleno de errores, y brotan cada día nuevas herejías y doctrinas ponzoñosas; y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando...» Medrados estamos, en efecto, si ha de salir por ahí cada uno a su antojo, éste enderezando entuertos y aquél predicando, el uno alanceando molinos y el otro fundando Compañías! ¡Al carril, al carril todos! ¡Sólo en el carril hay orden! Y lo estupendo es que sea ésta hoy la doctrina de los que se dicen hijos del reprendido en el convento de San Esteban y herederos de su espíritu.

Acabada la comida en casa de los Duques siguió la burla, no tan amarga ni burlesca como la gravedad del grave eclesiástico, y fué lo triste que fueron ya las doncellas las que, sin contar con sus amos los Duques, se propasaron a añadir burlas de su propia cuenta a las burlas tramadas por aquéllos. _Ni él ni yo sabemos de achaque de burlas_--dijo Don Quijote refiriéndose a Sancho. Y era verdad, pues jamás se vió loco más serio que Don Quijote. Y cuando la locura se acompaña de la seriedad, reálzase y se eleva mil codos sobre la cordura retozona y burladora.

CAPÍTULO XXXIII

De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note.

Entre burlas y regocijo confesó Sancho a la Duquesa que tenía a Don Quijote por loco rematado y él, pues con todo y con eso le seguía y servía e iba atenido a las vanas promesas suyas, sin duda alguna debía de ser más loco y tonto que su amo.

Pero ven acá, pobre Sancho, ven y dinos ¿lo crees de veras así? Y aun creyéndolo ¿no sientes que es mejor para tu fama y tu salud eterna seguir al loco generoso que no a un cuerdo mezquino? ¿No dijiste hace poco al grave eclesiástico, cuerdo hasta reventar de cordura, que hay que juntarse a los buenos, por locos que ellos sean, y que habías de ser otro como él, como tu amo. Dios queriendo? ¡Ah, Sancho, Sancho, y cómo bamboleas en tu fe y perinoleas y te revuelves como veleta a todos vientos y al son que te tocan bailas! Pero sabemos bien que crees creer una cosa y crees otra, y que mientras te figuras sentir de un modo estás, en tu interior, sintiendo de otro modo muy diverso. Bien dijiste lo de: _ésta fué mi suerte y mi malandanza; no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar; he comido su pan; quiérole bien; es agradecido; dióme sus pollinos, y sobre todo, yo soy fiel_... Sí, y tu fidelidad te salvará, Sancho bueno, Sancho cristiano. Estabas y estás quijotizado, y en prueba de ello pronto te hizo dudar la Duquesa de que hubieras inventado lo del encanto de Dulcinea y acabaste por confesar que de tu ruin ingenio no se puede ni se debe presumir que fabricases en un instante tan agudo embuste. Sí, Sancho, sí; cuando creemos ser burladores solemos muchas veces ser los burlados, y cuando se nos figura hacer algo en chanzas es que el Supremo Poder que de nosotros se sirve para sus ocultos e inescudriñables fines nos lo hace hacer en veras. Cuando creemos ir por un camino nos están llevando por otro, y así no hay sino dejarse guiar de las buenas intenciones del corazón y que Dios las haga fructificar, pues si nosotros sembramos la semilla, arando antes la tierra que la recibe, es el cielo el que la riega y airea y da lumbre.

Debo aquí, antes de pasar adelante, protestar contra la malicia del historiador, que al fin de este capítulo XXXIII que vengo explicando y comentando, dice que las burlas que hicieron los Duques al Caballero fueron _tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en esta grande historia se contienen_. ¡No, no, y mil veces no! Las tales burlas no fueron ni propias ni menos discretas, sino torpísimas, y si ellas sirvieron para poner a mayor luz el insondable espíritu de nuestro hidalgo y alumbrar el abismo de la bondad de su locura, débese tan sólo a que la grandeza de Don Quijote y su heroísmo eran tales, que convertían en veras sublimes las más bajas y torpes burlas.

CAPÍTULO XXXIV

Que da cuenta de la noticia que tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro.

Entre esas burlas que el historiador estima propias y discretas, no lo siendo ni de lejos, estuvo la del modo cómo se había de desencantar a Dulcinea, dándose Sancho tres mil trescientos azotes

_en ambas sus valientes posaderas al aire descubiertas, de tal modo que le escuezan, le amarguen y le enfaden_.

Y los azotes había de dárselos de propia voluntad, sin que valiesen los que por fuerza quería propinarle Don Quijote. Negóse Sancho a dárselos, porfiaron negándole el gobierno de la ínsula si no prometía vapularse, y al fin, vencido de razones y de codicia, lo prometió. Y _Don Quijote se colgó del cuello de Sancho dándole mil besos en la frente y en las mejillas_, recompensa más que colmada a su final resignación.

Y ¿por qué no te has de azotar por amor de Dulcinea, Sancho amigo, si es a ella a quien debes la perpetuidad de tu fama? Vale más que te azotes por Dulcinea que no por lo que sueles azotarte de ordinario; vale más Dulcinea que no gobierno de ínsula alguna. Si al azotarte, si al trabajar pusieses siempre tu mira en Dulcinea, sería siempre santo tu trabajo. Cuando trabajes de zapatero pon tu hito en hacerlo mejor que ningún otro, y aspira a la gloria de que tus parroquianos no padezcan callos en los pies.

Hay una forma la más elevada de trabajo, cual es la de convertirlo en oración, y aserrar madera, colocar mampuesto, coser zapatos, cortar calzones o componer relojes a la mayor honra y gloria de Dios, pero hay otra forma, por menos encumbrada más humana y más conseguidera, y es hacerlo por Dulcinea, por la gloria. ¡Cuántos pobres Sanchos que se desesperan y reniegan bajo el yugo del trabajo se sentirían alijarados de él y henchidos de alegría en su labor, si al trabajar, es decir, al azotarse pusieran su mira en desencantar a Dulcinea, en cobrar nombre y fama con su trabajo! Esfuérzate, Sancho, por ser en tu pueblo el primero de tu oficio y toda la pesadumbre y graveza de tu trabajo se disipará ante tan honrado propósito. El pundonor dignifica al artesano.

Cuenta el GÉNESIS no que Dios condenara al hombre al trabajo, pues dice que le puso en el paraíso para que lo cuidara y trabajase (II, 15), sino que le condenó, luego de haber Adán pecado, a la penosidad del trabajo, a que le fuese éste penoso y molesto, a que con dolor comiera de la tierra que no le produciría sino espinas y cardos, a comer su pan amasado con sudor (III, 17-19). Y el amor a la gloria, el ansia de desencantar a Dulcinea, convierte en rosas los cardos y en suaves pétalos las pinchosas espinas. Y ¿cómo quieres, Sancho, que fuese a vivir Adán en el paraíso sin trabajarlo? ¿Qué paraíso podía ser ese en que no se trabajaba? No, no puede haber verdadero paraíso alguno sin algún trabajo en él.

Ya sé que hay Sanchos que cantan esta copla:

Cada vez que considero que me tengo de morir, tiendo la capa en el suelo y no me harto de dormir.

Ya sé que hay Sanchos que se representan la gloria eterna como un eterno nada hacer, como un campo celeste en que tendidos a la bartola se está viendo lucir el sol increado, pero para ellos la suprema recompensa debe ser la nada, el sueño inacabable sin ensueños ni despertar. Nacieron cansados y con la pesadumbre de los trabajos y penas de sus abuelos y tatarabuelos a cuestas; ¡descansen sobre sus nietos y tataranietos durmiendo en las honduras de éstos! Y esperen así que Dios los despierte al trabajo divino.

Ten por seguro, Sancho, que si al fin y a la postre se nos da, como te tienen prometido, una visión beatífica de Dios, esa visión habrá de ser un trabajo, una continua y nunca acabadera conquista de la Verdad Suprema e Infinita, un hundirse y chapuzarse cada vez más en los abismos sin fondo de la Vida Eterna. Unos irán en ese glorioso hundimiento más de prisa que otros y ganando más hondura y más gozo que ellos, pero todos irán hundiéndose sin fin ni acabamiento. Si todos vamos al infinito, si todos vamos _infinitándonos_, nuestra diferencia estribará en marchar unos más de prisa y otros más despacio, en crecer éstos en mayor medida que aquéllos, pero todos avanzando y creciendo siempre y acercándonos todos al término inasequible, al que ninguno ha de llegar jamás. Y es el consuelo y la dicha de cada uno el saber que llegará alguna vez a donde llegó otro cualquiera, y ninguno a parada de última queda. Y es mejor no llegar a ella, a quietud, pues si el que ve a Dios, según las Escrituras, se muere, el que alcanza por entero a la Verdad Suprema queda absorbido en ella y deja de ser.

Trabajo, Señor, da a Sancho, y danos a todos los pobres mortales trabajo siempre, procúranos azotes, y que siempre nos cueste esfuerzo conquistarte y que jamás descanse en Ti nuestro espíritu, no sea que nos anegues y derritas en Tu Seno. Danos Tu paraíso, Señor, pero para que lo guardemos y trabajemos, no para dormir en él; dánoslo para que empleemos la eternidad en conquistar palmo a palmo y eternamente los insondables abismos de Tu infinito seno.

CAPÍTULOS XL, XLI, XLII Y XLIII

De la venida de Clavileño y de otras cosas.

Viene luego en nuestra historia el relato de la Dueña Dolorida, que al historiador le parece de perlas, según lo declara al principio del capítulo XL, y a mí me parece de lo más burdo y más torpemente tramado que puede darse. Todo el valor de esta grosera burla consiste en preparar la del caballo Clavileño, en el cual habrían de ir Don Quijote y su escudero por los aires al reino de Gandaya, vendados los ojos antes ambos.

Resistióse Sancho a subirse en Clavileño, pues no era brujo _para gustar de andar por los aires_, ni era cosa que sus insulanos dijeran que su gobernador se andaba _paseando por los vientos_, mas el Duque le dijo: _Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva... y pues vos sabéis que sé yo que no hay ningún género de oficio destos de mayor cuantía que no se grangee con alguna suerte de coecho, cual más, cual menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor Don Quijote a dar cima y cabo a esta memorable aventura_, con otras razones que añadió. A lo cual _no más señor--dijo Sancho--, yo soy un pobre escudero, y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan_. Entonces declaró Don Quijote que desde la memorable aventura de los batanes, nunca había visto a Sancho con tanto temor. A pesar de lo cual montó el escudero en Clavileño, detrás de su amo, y pidió, con lágrimas en los ojos, que rezasen por él. Y luego, cuando iban por los aires imaginarios, se ceñía y apretaba a su amo, lleno de miedo cerval.

El resto de la aventura es cosa tristísima si la hemos de juzgar a lo mundano, pero ¡cuántos se remontan en Clavileño sin moverse del lugar en que montaron y atraviesan así la región del aire y la del fuego! Es tan triste la aventura, que quiero llegar a cuando al acabarla y después de haberse visto Don Quijote y Sancho sin más daño que un revolcón y chamuscamiento, libre ya el escudero de su miedo, dió en inventar mentiras, y al oirlas Don Quijote se acercó a Sancho y le dijo estas preñadas palabras: _Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos, y no digo más_.

Vele aquí la fórmula más comprensiva y a la vez más vasta de la tolerancia: si quieres que te crea, créeme tú. Sobre el crédito mutuo se cimenta la sociedad de los hombres. La visión del prójimo es para él tan verdadera como para ti lo es tu propia visión. Siempre, sin embargo, que sea verdadera visión y no embuste y patraña.

Y en esto estriba la diferencia entre Don Quijote y Sancho, y es que Don Quijote vió de veras lo que dijo había visto en la cueva de Montesinos--a pesar de las maliciosas insinuaciones de Cervantes en contrario--y Sancho no vió lo que dijo haber visto en las esferas celestiales yendo en lomos de Clavileño, sino que lo inventó mintiendo, por imitar a su amo o desahogar su miedo. No nos es dado a todos gozar de visiones y menos aún el creer en ellas y creyéndolas hacerlas verdaderas.

Poneos en guardia contra los Sanchos que apareciendo defensores y sustentadores de la ilusión y de las visiones, en realidad no defienden sino la mentira y la farándula. Cuando os digan de un embustero que acaba por creer los embustes que urde, contestad redondamente que no. El arte no puede ni debe ser alcahuete de la mentira; el arte es la suprema verdad, la que se crea en fuerza de fe. Ningún embustero puede ser poeta. La poesía es eterna y fecunda como la visión: la mentira es estéril como una mula y dura menos que la nieve marzera.

Y admiremos la suprema generosidad de Don Quijote que estando seguro de que él vió lo que dijo haber visto en la cueva de Montesinos y más seguro aún, si cabe, de que Sancho no vió lo que decía haber visto en las celestes esferas se limitó a decirle: _si vos queréis que os crea... yo quiero que vos me creáis_. ¡Cristianísima manera de salir al paso y cerrárselo a los embusteros que juzgando a los demás por sus propias mañas, toman por embustes las visiones quijotescas! Y hay, no obstante, una vara infalible para deslindar de la mentira la visión.

Don Quijote se hundió y empozó en la cueva de Montesinos lleno de coraje y denuedo, sin hacer caso de Sancho que quería disuadirle de ello, a cuyas amonestaciones contestó lo de _¡ata y calla!_, y haciendo oídos sordos al guía, bajó lleno de valor, y Sancho montó en Clavileño aterido de miedo y con lágrimas en los ojos y no muy de su voluntad. Y así como el valor es el padre de las visiones, así la cobardía es la madre de los embustes. El que acomete una empresa henchido de bravura y fiado en el triunfo o sin importársele de la derrota, llega a ver visiones, pero no trama mentiras, y el que teme un desenlace adverso, el que no sabe afrontar serenamente el fracaso, el que empeña en su intento esa mezquina pasión del amor propio que se arredra ante el no salirse con la suya, éste trama mentiras para precaverse de la derrota y no sabe ver visiones.

Así en esta nuestra patria y patria de Don Quijote y Sancho como es la cobardía moral lo que tiene presas a las almas, y los hombres reculan ante un probable fracaso y tiemblan de haber de caer en ridículo, verbenean que es una lástima las mentiras, y escasean que da pena las visiones. Los embusteros ahogan a los visionarios. Y no sabremos ver visiones reconfortantes y encorazonadoras y gozar de ellas, mientras no aprendamos a afrontar el ridículo, y a arrostrar el que los tontos y los menguados de corazón nos tomen por locos o caprichudos o soberbios y a saber que el quedarse solo no es quedar derrotado como dicen los mentecatos, y a no andarnos siempre calculando de antemano el llamado triunfo. Don Quijote no pensó al meterse en la cueva en cómo saldría de ella ni en si saldría siquiera, y por eso vió allí dentro visiones. Y Sancho, como mientras iba a su pesar y con los ojos vendados, sobre Clavileño, no pensaba sino en cómo habría de salir de aquella aventura en que por quiebras de su oficio escuderil se veía metido, así que se vió sano y libre rompió a ensartar embustes.

Y esta otra diferencia hay al respecto entre Don Quijote y Sancho, y es que Don Quijote se metió en la cueva por sí y ante sí, sin que nadie le forzase a ello ni le mandase hacerlo, pudiendo muy bien haberse ahorrado tal proeza para cuyo cumplimiento hubo de desviarse de su camino, y Sancho montó en Clavileño porque el Duque se lo impuso como condición para darle el gobierno de la ínsula. Don Quijote se despeñó, empozó y hundió en la cueva sólo por que conociera el mundo que si Dulcinea le favorecía no habría imposible que él no acometiera y acabase, y Sancho montó en Clavileño por amor al gobierno de la ínsula. Y de lo encumbrado y desinteresado del propósito del caballero nació su valor y de su valor las visiones de que gozó, y de lo interesado y pobre del propósito del escudero nació su miedo y de su miedo los embustes que urdió. Ni Don Quijote buscaba gobierno alguno sino sólo mostrar la fortaleza con que le animaba Dulcinea y hacer que los hombres declararan así la grandeza de ésta, ni Sancho buscaba gloria alguna sino sólo el gobierno de la ínsula. Y por esto Don Quijote vió visiones valerosamente, y Sancho fraguó embustes cobardemente.

El interés, sea del género que fuese y aunque se disfrace de amor a la gloria, la rebusca de fortuna, de posición, de honores, de distinciones mundanas, de aplausos del momento, de cargos o preminencias de aparato, de lo que nos dan los otros a cambio de servicios reales o ilusorios o a trueque de promesas y halagos, todo esto engendra cobardía moral, y la cobardía moral pare mentiras conejilmente, y el desinterés de no buscar sino a Dulcinea y saber esperar a que los hombres nos reconocerán al cabo fieles servidores y favoritos de ella, infunde valor y el valor nos regala visiones. Armémonos, pues, de visiones quijotescas y desbaratemos con ellas los embustes sanchopancescos.

CAPÍTULO XLIV

Cómo Sancho Panza fué llevado al gobierno y de la soledad y pobreza de Don Quijote.

Partióse luego de esto Sancho para el gobierno de su ínsula, después de recibidos los consejos de su amo, _y apenas se hubo partido Sancho, cuando Don Quijote sintió su soledad_; tristísimo rasgo que nos ha conservado la historia. Y ¿cómo no había de sentir su soledad, si Sancho era el linaje humano para él y en cabeza de Sancho amaba a los hombres todos? ¿cómo no si había Sancho sido su confidente y el único que le oyó aquello de los doce años en que había querido en silencio a Aldonza Lorenzo más que a la lumbre de sus ojos, que la tierra comería un día? ¿no estaba entre ellos dos solos el secreto misterioso de su vida?

Sin Sancho Don Quijote no es Don Quijote, y necesita el amo más del escudero que el escudero del amo. ¡Cosa triste la soledad del héroe! Porque los vulgares, los rutineros, los Sanchos, pueden vivir sin caballeros andantes, pero el caballero andante ¿cómo vivirá sin pueblo? Y es lo triste que necesita de él, y ha de vivir sin embargo solo. ¡Oh soledad, oh triste soledad!

Encerróse Don Quijote a solas, sin consentir le sirvieran doncellas, y _a la luz de dos velas de cera, se desnudó, y al descalzarse ¡oh desgracia indigna de tal persona! se le soltaron, no suspiros ni otra cosa que desacreditase la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media que quedó hecha zelosía. Afligióse en extremo el buen señor_--añade la historia--_y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata_. Y a seguida diserta el historiador sobre la pobreza, y entre otras cosas dice: _¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente?_

Agradezcamos al puntualísimo historiador de Don Quijote el que nos haya conservado este suceso íntimo del habérsele suelto al caballero las dos docenas de puntos de la media y de su aflicción por ello. Es algo de una profundísima melancolía. Quédase el héroe a solas y encerrado en su aposento, lejos de los hombres, y cuando éstos le creen acaso con la mente ocupada en sus futuras empresas o encendiéndose en nuevos anhelos de perdurable gloria, está el _buen señor_--¡y qué bien cae lo de llamarle _buen señor_ en este caso!--afligido por el soltamiento de los puntos de la media.

¡Oh pobreza, pobreza!--digo yo también--y ¡cómo ocupas las soledades de los caballeros andantes y de los hombres todos! Por no confesarse pobre se deslustra el héroe, y sus desmayos y aflicciones y tristezas es porque se le deshicieron las medias y no tiene con qué sustituirlas. Le veis triste, le veis abatido, juzgáis que el desaliento le gana o que el caballeresco ánimo se le mengua, y no es sino que piensa en lo mucho que rompen botas sus hijitos. ¡Oh pobreza, pobreza, y cuándo te llevaremos de bracete con la vista alta y el corazón sereno! El más terrible enemigo del heroísmo es la vergüenza de aparecer pobre. Pobre era Don Quijote y al verse con las medias sueltas de puntos, se afligía. Arremetió a molinos, embistió a yangüeses, venció al vizcaíno y a Carrasco, esperó a pie firme y sin temblar al león, para venir a afligirse luego de tener que presentarse ante los Duques con la media deshecha, mostrando su pobreza. ¡Tener que hacer un papel en el mundo siendo pobre!

¿Y si los pobres mundanos supiéramos el descanso que da el hacer voto de pobreza y no avergonzarse de ella? Íñigo de Loyola, a imitación de otros fundadores, instituyó voto de pobreza en la Compañía por él fundada, y de cuán bien les va a sus hijos con ella nos certifica el P. Alonso Rodríguez en el capítulo III del Tratado III de la Tercera parte de su EJERCICIO DE PERFECCIÓN. En que nos dice que si deja uno criados en el mundo, halla en la Compañía muchos que le sirvan, y que «si vais a Castilla, a Portugal, a Francia, a Italia, a Alemania, a las Indias y a cualquier parte del mundo, hallaréis que nos tienen ya puesta allá casa con otros tantos oficiales de asiento», por manera que dejando las riquezas del mundo «más señor sois vos de las cosas y riquezas del mundo que los mismos ricos; que no son ellos los señores de sus haciendas y riquezas sino vos», y así, en efecto, entienden muchos de los jesuitas. Y agrega con mucho tino el buen Padre que mientras el rico está dando vuelcos de noche porque su hacienda y riquezas le quitan el sueño, el religioso «¡cuán sin cuidado y sin tener cuenta si vale caro o barato, o si es buen año o malo, lo tiene todo!».

También el pobre Don Quijote hizo algo así como voto de pobreza al principio de su carrera y salió de su casa sin blanca y se negaba a pagar, creyéndose libre de ello por fuero de caballería, mas el ventero que le armó caballero le persuadió a que llevase dineros y camisas limpias y le obedeció _vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas_. Y por haber así quebrantado su voto de pobreza, la pobreza le persigue y le acuita, y se acongoja al soltársele los puntos de las medias.