Vida de Don Quijote y Sancho

Part 15

Chapter 154,184 wordsPublic domain

¡Brava y ejemplarísima pelea! ¡Provechosa lección! Y no servía que Maese Pedro advirtiese a Don Quijote que aquellos que derribaba, destrozaba y mataba no eran verdaderos moros sino unas figurillas de pasta, pues no por eso dejaba de menudear aquél cuchilladas. Y hacía bien, muy requetebién. Arman los maeses Pedros sus retablos de farándula y pretenden que por ser las de ellos figurillas de pasta, declaradas tales, se les respete. Y lo que el Caballero andante debe derribar, descabezar y estropear es lo que a título de ficción hace más daño que el error mismo. Porque es más respetable el error creído que no la verdad en que no se cree.

--Mire, señor, que no haga el ridículo ni se meta a perseguir figurillas de retablo; que estamos todos en el secreto y es éste un juego de compadres en que a nadie se engaña; mire que aquí no se trata sino de pasar el tiempo y hacer que hacemos, y ni Carlo Magno es Carlo Magno, ni Roldán Roldán, ni Don Gaiferos es tal Don Gaiferos, y aquí a nadie se embauca, sino que se deleita y regocija a la galería, que aunque finge creer la comedia tampoco la cree en verdad; mire, señor, no malgaste sus energías en pelear con figurillas de pasta...

--Pues porque son de pasta las figurillas y estamos en ello todos--respondo--es por lo que hay que descabezarlas y destrozarlas, pues nada más pernicioso que la mentira por todos consentida. Todos estamos en el secreto, secreto a voces, todos sabemos y nos lo decimos al oído los unos a los otros, que el tal Don Gaiferos no es Don Gaiferos, ni hay tal libertad de Melisendra, y si es así ¿por qué duele e irrita que se encarame uno a la pingorota de la torre más alta del pueblo y grite desde ella a voces, como vocero de la sinceridad, lo que todos se dicen al oído, derribando, descabezando y estropeando así al embuste? Hay que limpiar el mundo de comedias y de retablos.

Y acude Maese Pedro cariacontecido y exclama: _mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda_. Pues no vivas de eso, Ginesillo de Pasamonte: es lo que le debemos responder. Trabaja y no armes retablos. Y en resolución digamos con Don Quijote: _¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!_ ¡Viva la andante caballería y muera la farándula!

¡Muera la farándula! Hay que acabar con los retablos todos, con todas las ficciones sancionadas. Don Quijote, tomando en serio la comedia, sólo puede parecer ridículo a los que toman en cómico la seriedad y hacen de la vida teatro. Y en último caso ¿por qué no ha de entrar en la representación y formar parte de ella el descabezamiento, estropicio y destrozo de los comediantes de pasta? Es fuerte cosa que se quejen de quien toma en serio la comedia los que representan ésta lo más seriamente del mundo, y ponen todo su cuidado en que no se falte una tilde a las reglas del arte cómico. Porque habréis observado, buenos lectores, que nada hay más insoportable que la exigencia de que se guarden estrechamente los ritos, etiquetas y rúbricas de las cosas de pura representación, y que sean los que se dan de maestros de ceremonias los que menos respeten la verdadera seriedad de la vida. Sabrá muy bien cuándo se debe llevar corbata negra y cuándo blanca, hasta qué hora levita y desde qué hora fraque, y qué tratamiento debe dársele, pero éste mismo no sabrá por dónde buscar a su Dios, ni cual es su destino último. Y no hablemos de los que rebelándose contra la ética quieren imponernos la tiranía de la estética y sustituir a la conciencia moral con esa quisicosa que llaman el buen gusto. Cuando empiezan a prevalecer tales doctrinas los obreros tienen que declararse cursis.

Tratando Teresa de Jesús en el capítulo XXXVII de su VIDA de cómo «no cumple perder punto en puntos de mundo» por no dar «ocasión a que se sientan los que tienen su honra puesta en estos puntos» y de los que dicen que «los monasterios han de ser corte de crianza» dice que no puede entender esto. Agrega que ni aun tiempo hay para aprender tales cosas, pues sólo «para títulos de cartas es ya menester haya cátedra adonde se lea cómo se ha de hacer, a manera de decir, porque ya deja papel de una parte, ya de otra, y a quien no se solía poner magnífico, hase de poner ilustre». La animosa monja no sabía en qué ha de parar esto, porque no teniendo aún cincuenta años cuando escribía lo trascrito, decía «en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir». Y añadía así: «Por cierto yo he lástima a gente espiritual que está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que es terrible la cruz que en esto llevan. Si se pudieran concertar todos y hacerse ignorantes, y querer que los tengan por tales en estas ciencias, de mucho trabajo se quitarían». ¡Y de tanto! Los espirituales deben concertarse, en efecto, y hacerse ignorantes en puntos de mundo y querer que los tengan por tales. Cuantos amamos a la verdad sobre todas las cosas debemos concertarnos para ignorar las premáticas y mandamientos de ese dichoso buen gusto con que se la disfraza, y para pisotear las buenas formas y dejar que nos llamen cursis y querer que nos tengan por tales.

Hay una gavilla suelta de faranduleros que llevan prendido de la boca el amomiado credo, herencia de sus bisabuelos, como llevan el escudo de la casa grabado en la sortija o en el puño del bastón, y respetan esas venerandas tradiciones de nuestros mayores como respetan cualquier otra antigualla, por bien parecer y hacerse pasar por distinguidos. Es de buen tono y viste muy bien eso que llaman ser conservador. Y esa gavilla de farsantes ha declarado cursilería todo lo que es pasión y arranque y brío y de mal gusto los tajos y mandobles a las titereras y los guiñoles todos que tienen armados. Y cuando esos mamarrachos, alcornoques secos y vacíos, digan y repitan la gran sandez de «lo cortés no quita a lo valiente», salgámosles a la cara y digámosles en ella y en sus barbas, si las tuvieran, que lo cortés quita a lo valiente, y que el verdadero valor, el valor quijotesco puede, suele y debe consistir muchas veces en atropellar toda cortesía y aparecer hasta, si preciso fuere, grosero. Sobre todo con los Maese Pedros que viven de retablos.

¿Conocéis cosa más terrible que oir la misa de un cura ateo, que la celebra por cobrar el pie de altar? ¡Muera toda farándula, toda ficción sancionada!

Pasando por León fuí a ver y contemplar su primorosa catedral gótica, aquella gran lámpara de piedra, en cuyo seno canturrean los canónigos al son pastoso del órgano. Y contemplando sus mimbreñas columnas, sus altos ventanales de pintadas vidrieras por donde la luz al entrar se destrenza y desparrama en colores varios, y la enramada de nervios que sostiene a la bóveda, pensé así: ¡Cuántos deseos silenciosos, cuántos anhelos callados, cuántos pensares recónditos no habrá recibido esta pedernosa fábrica, junto con oraciones cuchicheadas o tan sólo pensadas, con ruegos, con imprecaciones, con requiebros de amor al oído de la amada, con quejas, con reconvenciones! ¡cuántos secretos vertidos en el confesonario! ¿Y si todos estos deseos, anhelos, pensares, oraciones, cuchicheos, ruegos, imprecaciones, requiebros, quejas y secretos, si todo esto empezase a cantar por debajo de la rutinera salmodia litúrgica del coro canónico? En la caja de una vihuela, en sus entrañas, duermen las notas todas que se le arrancaron a ella, así como las notas todas que pasaron junto a ella, rozándola, al pasar en vuelo, con sus alas sonoras; y si todas esas notas, propias y ajenas, que allí duermen, despertaran, estallaría la caja de la vihuela por el empuje de la tempestad sonora. Y así, si despertase todo eso que duerme en el seno de la catedral, vihuela de piedra, y rompiera a cantar todo ello, derrumbaríase la catedral rota por el empuje del clamor inmenso. Las voces, libertadas, buscarían el cielo. Derrumbaríase la catedral de piedra, vencida y agobiada por la violencia del propio esfuerzo, al ponerse a cantar, pero de entre sus escombros, que seguirían cantando, resurgiría una catedral de espíritu, más aérea, más luminosa y a la vez más sólida, una inmensa seo que elevaría al cielo columnas de sentimiento que se ramificaran bajo la bóveda de Dios, echando a tierra su peso muerto por arbotantes y contrafuertes de ideas. Y esto no sería comedia litúrgica. ¡Oh y quién pudiese hacer cantar a nuestras catedrales toda oración, toda palabra, todo pensar y todo sentir que en su seno han acogido! ¡quién pudiese animarles las entrañas, las entrañas mismas de la encantada cueva de Montesinos!

Volvamos al retablo. Un retablo hay en la capital de mi patria y la de Don Quijote, donde se representa la libertad de Melisendra o la regeneración de España o la revolución desde arriba, y se mueven allí, en el Parlamento, las figurillas de pasta según les tira de los hilos Maese Pedro. Y hace falta que entre en él un loco caballero andante, y sin hacer caso de voces, derribe, descabece y estropee a cuantos allí manotean, y destruya y eche a perder la hacienda de Maese Pedro.

El cual volvió a la carga y el pobre Don Quijote, como llevaba en sí al bueno de Alonso el Bueno, convencióse de que todo había sido cosa de encantamiento y ofreció pagar el destrozo. Y harto hizo con pagarlo. Aunque si bien se mira justo es que al que vive de mentiras, cuando se le han quebrado éstas, se le remedie en lo posible el daño hasta que aprenda a vivir de la verdad. Porque es lo que se dice: si quitáis a los faranduleros la farándula, de la cual tan sólo han aprendido a vivir ¿cómo vivirán? Y cierto es también que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y para que pueda convertirse ha de vivir y para que viva es menester sustentarle.

¡Oh Don Quijote el Bueno! y cuán magnánimamente después de haber derribado, descabezado y estropeado la mentira pagaste lo que ella valía, dando cuatro reales y medio por el rey Marsilio de Zaragoza, cinco y cuartillo por Carlo Magno, y así por los otros, hasta cuarenta y dos reales y tres cuartillos. ¡Si no costara más hacer añicos el retablo parlamentario y el otro!

CAPÍTULO XXVII

Donde se da cuenta de quiénes eran Maese Pedro y su mono, con el mal suceso que Don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y lo tenía pensado.

Luego de eso de Maese Pedro, el cual ya sabemos qué pícaro era, fué cuando Don Quijote se halló entre la gente armada del pueblo de los rebuznadores e intentó persuadirlos a que no peleasen por tal niñería y corroborándole Sancho, dió en la mala ocurrencia de rebuznar, por donde se armó la pedrea de que a todo galope salió Don Quijote, encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase.

Y aquí, al contar esta la primera vez que huye el denodado vencedor del vizcaíno, del Caballero de los Espejos y del león, el que tantas veces afrontó a tropas de hombres, dice el historiador: _cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión_. Y ¿cómo iba a hacer frente Don Quijote a un pueblo que tiene a gala rebuznar? La manera de expresarse colectivamente un pueblo es un a modo de rebuzno, aunque cada uno de los que lo componen use de lenguaje articulado para sus menesteres individuales, pues sabido es cuán a menudo ocurre que el juntarse hombres racionales o semi-racionales siquiera, formen un pueblo asno.

Antes de dictar ordenamientos para regir al pueblo, oigamos su parecer--se dice--, consultémosle. Y es ello algo así como si un albéitar en vez de escudriñar a un asno y tantearle y pulsarle y registrarle para descubrir de qué padece y dónde le duele y de qué remedio ha menester, le consulta y espera a que rebuzne para recetarle, arrogándose el papel de truchimán de rebuznos. No, sino cuando no se logra convencer al pueblo rebuznador, huir de él como prudente y no temerario caballero. Y no hacer caso de los Sanchos egoístas que se quejan porque no los defendimos cuando tuvieron el mal acuerdo de rebuznar ante rebuznadores.

Y volvió después de esto Sancho a lo del salario, y Don Quijote quiso saldar cuentas y despedirle y entonces es cuando le dijo aquellas durísimas palabras de _asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida_, al oir lo cual rompió a llorar el pobre escudero y confesó que para ser asno del todo no le faltaba sino la cola. Y le perdonó el magnánimo caballero, mandándole procurara ensanchar el corazón. Y fué y es uno de los más señalados beneficios que Sancho debió y debe a Don Quijote, el de que éste le convenciera y le convenza de que para ser asno del todo no le falta sino la cola. Cola que no le brotará ni crecerá mientras siga y sirva a Don Quijote.

CAPÍTULO XXIX

De la famosa aventura del barco encantado.

Y en esto llegaron a orillas del río Ebro y se encontraron allí con _un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas_, y ¡es claro! barco sin remos ni otras jarcias y atado en la orilla, ¡aventura al canto! Donde veas algo en facha de espera, es que te espera a ti, no lo dudes. Y si es barco métete en él, desatrácalo y que te lleve a la buena de Dios.

Así hizo Don Quijote y no bien se habían apartado obra de dos varas de la orilla, cuando Sancho, que, como buen manchego, debía de ser hidrófobo, rompió a llorar. Y tan hidrófobo, pues al tentarse para comprobar si habían pasado la línea equinoccial, en pasando la cual mueren los piojos, topó no ya con algo, sino con algos. Y el barco fué a dar a una aceña, en que se hizo trizas, no sin antes haberse ido al agua Don Quijote y Sancho.

Y éste sí que es típico dechado de aventuras de obediencia, más aún que la del león. Recuerda lo que siendo General de la Compañía de Jesús «dijo diversas veces» Íñigo de Loyola, y es que «si el Papa le mandase que en el puerto de Ostia entrase en la primera barca que hallase y que sin mástil, ni gobernalle, sin vela, sin remos, sin las otras cosas necesarias para la navegación y para su mantenimiento, atravesase la mar, que lo haría y obedecería no sólo con paz, mas aun con contentamiento y alegría de su ánimo». (Riv., lib. V, cap. IV.)

¿Y para qué había puesto Dios allí aquel barquichuelo, sino para que, obedeciéndole, embarcase en él Don Quijote a busca de una aventura desconocida? Nadie sabe para qué le es más propio ni cuál la hazaña[2] que le está reservada.

Tu hazaña, tu verdadera hazaña, la que hará valer tu vida, no será acaso la que vayas tú a buscar, sino la que venga a buscarte, y ¡ay de los que van en busca de la dicha mientras está ella llamando a las puertas de su casa! Por algo se dijo lo de que las más grandes obras son obras de circunstancias.

NOTAS:

[2] Sentí por un momento la tentación de añadir «ni la aceña» diciendo «ni cuál la hazaña ni la aceña que le está reservada», pero he vencido pronto la tentación ésa. Odio los calembures y juegos de palabras, que revelan el más menguado y más despreciable ingenio.

CAPÍTULO XXX

De lo que le avino a Don Quijote con una bella cazadora.

Ahora empiezan las tristes aventuras de Don Quijote en casa de los Duques; ahora es cuando topó con la bella cazadora, la duquesa, que le llevó a su morada a regocijarse con él y burlarse de su heroísmo; ahora empieza la pasión del caballero en poder de sus burladores. Aquí es donde la historia de nuestro Ingenioso Hidalgo se hunde en despeñaderos de lamentable miseria; aquí es donde a su magnanimidad y discreción responden la bellaquería y sandez de aquellos próceres que creían, sin duda, nacidos los héroes para divertirlos y servirles de juguete y zarandillos. ¡Oh desdichado que caminas al templo de la fama y corres tras la inmortalidad de la gloria, mira que si los grandes de la tierra te agasajan y miman y regalan es para que adornes sus mansiones o para divertirse contigo como con un juguete! Tu presencia no es sino ornato de su mesa y figuras en ella como figuraría una fruta rara o el último ejemplar de un pajarraco que se extingue. Cuando más parecen reverenciarte más se burlan de ti. Mira que en el fondo no hay soberbia como la soberbia de aquéllos que no pueden atribuir a propio mérito, sino al azar del nacimiento, las preeminencias de que gozan. No seas juguete de los grandes. Recorre la historia y ve en lo que vinieron a dar los héroes que se redujeron a ser ornamento de los salones.

CAPÍTULO XXXI

Que trata de muchas y grandes cosas.

Recibieron de solemne burla a Don Quijote en casa de los Duques, vistiéronle a usanza caballeresca y le llevaron a comer.

Y allí fué donde se encontró, en la mesa, con aquel _grave eclesiástico déstos que gobiernan las casas de los príncipes; déstos que como no nacen príncipes no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; déstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos_ y el cual enderezó a Don Quijote, llamándole Don Tonto, aquella reprensión áspera y desabrida, recomendándole se volviese a su casa a criar a sus hijos, si los tenía, y a curar de su hacienda, dejando de andar vagando por el mundo y dando que reir a cuantos le conocían y no conocían.

¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en nuestra España la ralea de estos graves y sesudos eclesiásticos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos! ¡Don Tonto! ¡Don Tonto! Y ¡cómo te viste tratar, mi loco sublime, por aquel grave varón, cifra y compendio de la verdadera tontería, humana! El grave eclesiástico no debía de haber leído los Evangelios ni debía de conocer aquel sermón de Jesús desde la montaña en que dijo: «cualquiera que dijere a su hermano _raca_ será culpado del concejo, y cualquiera que le dijere tonto será reo del infierno del fuego» (Mat., V, 22). Reo se hizo, pues, del infierno del fuego por haber llamado a Don Quijote tonto.

Ya estás, señor mío, frente a la encarnación del sentido común. Y no nos quepa duda de que si Cristo Nuestro Señor hubiese en tiempo de Don Quijote vuelto al mundo o si hoy volviese a él, formaría aquel grave eclesiástico entonces o formarían hoy sus sucesores, entre los fariseos que le reputarían por loco o dañino agitador y le buscarían nueva muerte afrentosa.

CAPÍTULO XXXII

De la respuesta que dió Don Quijote a su reprensor, con otros graves y graciosos sucesos.

Pero a fe que si fué desabrida la reprimenda, también fué estupenda la réplica de Don Quijote a ella, tal cual en este capítulo se contiene. No hay sino releerla. No hay sino releerla la soberana lección a los que _sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito_ se meten de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes.

_Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata, merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas_--exclamó Don Quijote. Pero es que se las había con uno de esos hombres de voluntad mezquina y de corazón estrecho que han inventado lo de que hay ideas buenas e ideas malas, y se empeñan en ser definidores de la verdad y del error, y en que se siguen al mundo grandes males de que los hombres crean las visiones de la cueva de Montesinos y no otras visiones no menos visionarias que ellas. Los tales, locos, o mejor menguados de corazón, no de cabeza, no hacen sino perseguir a los que tienen por locos de la cabeza, y entercarse en hacernos creer que traen perdido el mundo los caballeros andantes que enderezan sus intenciones a buenos fines, crean lo que creyeren, y no los graves eclesiásticos que miden la grandeza de los grandes con la estrechez de sus ánimos. Como sus seseras resecas y amojamadas son incapaces de parir imaginación alguna, atiénense como a inconmovible norma de conducta a las empedernidas y encostradas imágenes que en depósito recibieron, y como no saben abrirse sendero a campo traviesa y por la espesura de la selva, fija en la estrella norte la mirada, obstínanse en que vayamos los demás en su desvencijado carro por las roderas del camino de servidumbre pública. Esas gentes no hacen sino censurar a los que de veras hacen algo. Cuando alguien tiene cuita, acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni _al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban_ como dirá más adelante el mismo Don Quijote cuando se le presente Trifaldín, el heraldo de la Dueña Dolorida.

Dijo muy bien Don Quijote: _Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite_. Razones dignas del Cid quien según el sabido romance, cuando aquel monje Bernardo se atrevió a hablarle en lugar del rey Alfonso, platicando en el claustro de San Pedro de Cardeña,

¿Quién vos mete, dijo el Cid, en el consejo de guerra fraile honrado, a vos agora, la vuesa cogulla puesta? Subid vos a la tribuna, y rogad a Dios que venzan, que non venciera Josué si Moisén non lo ficiera. Llevad vos la capa al coro, yo el pendón a la frontera

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que más de aceite que sangre, manchado el hábito muestra.

reprimenda que hizo exclamar al Rey lo de:

Cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras, pues por cualquier niñería facéis campaña la iglesia.

Y cuando los graves eclesiásticos no pueden con los caballeros andantes, vuélvense a sus escuderos. Pero también Sancho sabe responder: _soy quien júntate a los buenos, y serás uno de ellos... yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía y he de ser otro como él, Dios queriendo_. Y lo querrá Dios, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano, Sancho sincero, lo querrá Dios. ¡Tú lo dijiste: júntate a los buenos! Porque tu amo fué y es y será bueno, ante todo y sobre todo bueno, y en pura fuerza de bondad loco, y su locura le ha merecido gloria en el mundo mientras éste dure y gloria también en la eternidad. ¡Oh, Don Quijote, mi San Quijote! Sí, los cuerdos canonizamos tus locuras, y que los graves eclesiásticos de ánimo estrecho se excusen de reprender lo que no pueden remediar. _Y sin decir más ni comer más se fué_, dice el historiador refiriéndose al grave eclesiástico. ¡Se fué!... ¡Se fué!... Oh y si pudiésemos decir siempre lo mismo...

Recordemos aquí, lector, que esta reprimenda del grave eclesiástico a Don Quijote no deja de tener parentesco con la reprimenda que el Vicario del convento de dominicos de San Esteban de Salamanca, de esta Salamanca en que escribo y en que se graduó de bachiller Sansón Carrasco, enderezó a Íñigo de Loyola según nos cuenta su historiador en el capítulo XV del libro I de su VIDA. Cuando le invitaron a que fuese a aquella casa, pues los frailes tenían gran deseo de oirle y hablarle, y fué, y después de haber comido los llevaron a una capilla y preguntó el Vicario a Ignacio en qué estudios se había criado y qué género de letras había profesado, y dijo luego: «Vosotros sois unos simples idiotas, y hombres sin letras, como vos mismo confesáis; pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios»? Y luego encerraron a Ignacio y sus compañeros y de allí los llevaron a la cárcel. Loyola, por su parte, «en más de treinta años, nunca llamó a nadie bobo, ni dijo otra palabra de que se pudiese agraviar» según su biógrafo en el capítulo VI del libro V de su VIDA.