Part 3
--Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón. Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata.
--Lo encuentro muy natural--respondió Lorry.--Sí... perfectamente natural... Yo...
Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al fin:
--Lo cierto es que resulta tan difícil principiar...
Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas, su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos acababa de cruzar.
--¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?--preguntó.
--¿Lo cree usted así?--interrogó Lorry, extendiendo los brazos y sonriendo.
La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar:
--Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette?
--Como usted guste, caballero.
--Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy. Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno de nuestros clientes.
--¡Historia!
Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento:
--Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés, hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico.
--No sería de Beauvais, ¿eh?
--Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años!
--En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero desearía saber...
--Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas. De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento. En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy un...
--Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre, caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a asegurar que fué usted.
El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios.
--Yo _fuí_, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson. ¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas inmensas de dinero.
Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria, pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su actitud anterior.
--Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora. Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si está temblando como la hoja en el árbol!
Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra, alargó entrambas manos en actitud suplicante.
--¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted: decía...
La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante prolongada, y al fin repuso:
--Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose, por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él, si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal, si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto la de su padre de usted.
--¡Por Dios santo, caballero, dígame más!
--A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que yo diga?
--Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus palabras.
--Habla usted con calma... y seguramente _está ya_ sosegada: ¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios. No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse... que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo...
--¡El hijo era hija, caballero!...
--¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo, señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies?
--¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada me oculte!...
--Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera! Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de la calma y serenidad del suyo.
Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su interlocutor el valor que principiaba a faltarle.
--¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre, señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa, feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre, sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida.
Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en aquellos las hebras de plata.
--Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos nuevos; pero...
Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas, y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de horror.
--Pero ha sido encontrado... _él_. Vive, sí... muy cambiado... lo considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la vida, el cariño, la calma y el descanso.
La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo:
--¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él!
Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.
--¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero, injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer de abrazarle.
--¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes.
--Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase, y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita Manette!
La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida, perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse.
A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies, pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido, rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer, que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados, lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared más inmediata.
--¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar contra la pared.
--¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre y todo lo que haga falta!
La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola «preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc.
--¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero?
Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió, al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida.
--Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry.
--Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la matrona.--¡Hija mía!
--¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad, pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia?
--¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me habría hecho nacer en una isla?
Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para meditar.
V
LA TABERNA
Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.
Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres, tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos. Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica, los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido la brillante institución de basureros.
Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias, cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento; la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa, volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía daño contemplar a la luz del sol.
El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces, y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en la pared la palabra _sangre_.
¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos en sangre de cabeza a pies!
Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito, quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío, de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre, nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso.
Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas. Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte. Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida, carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave peligro de naufragar.
Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación. No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje.
La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del vino derramado.
--Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica.
Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la pared la palabra _sangre_, y le preguntó:
--Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí?