Una historia de dos ciudades

Part 2

Chapter 23,968 wordsPublic domain

Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme, acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la mía lo es para todos ellos?

Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural, herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado, solos y con una nación de por medio entre coche y coche.

Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto, deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro; tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de beber, lo subía otra vez.

--¡No, Jeremías, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el mismo tema.--Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba borracho cuando me dió semejante recado!

Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva, desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de _a la una la mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo.

Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños. Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia, mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus respectivas imaginaciones elaboraban.

Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia. Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla.

Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por objeto sacar a alguien de la tumba.

Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión, de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas, de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro el soñoliento viajero:

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años--contestaba invariablemente el espectros.

--¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día?

--Ha mucho tiempo.

--¿Sabes que vas a resucitar?

--Eso me dicen.

--¿Supongo que te interesará vivir?

--No puedo decirlo.

--¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla?

Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí.

--¡Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--¡Moriría si la viera tan de repente!

--¡Llévame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de lágrimas.--¡Me muero por verla!

--¡No la conozco!--respondían otros espectros, mirando asombrados a quien les preguntaba.--¡No sé de qué me hablas! No comprendo.

El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le hicieran pasar de lo soñado a lo real.

No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el interrogatorio anterior:

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años.

--¿Supongo que te interesará vivir?

--No puedo decirlo.

Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el cristal de la ventanilla.

Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje; mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco y de la tumba.

--¿Cuándo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho años.

--¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen?

--Hace muchísimo tiempo.

Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del nuevo día.

Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido, rutilante, hermoso.

--¡Diez y ocho años!--exclamó el viajero, puestos sus ojos en el sol.--¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho años!

IV

LA PREPARACIÓN

Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresuró a abrir la portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover.

No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió, sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria, envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre parecía perro de raza gigante.

--¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?--preguntó.

--Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable. ¿Desea cama el señor?

--No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un barbero.

--¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor. ¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará usted, señor, una lumbre agradable.

La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos, figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus bolsillos.

El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo, en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le hicieran un retrato había tomado asiento.

Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos, que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente, revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio.

Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello, aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión de reserva impenetrable y de compostura que era la característica de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano, aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y salen sin esfuerzo.

El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el almuerzo y dijo al camarero que le servía:

--Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso.

--Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor?

--Sí.

--Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho, señor!

--Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa.

--Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor.

--Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde que no he ido a Francia.

--No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tenía otros dueños, señor.

--Tal creo.

--En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde quince años atrás, sino de cincuenta.

--Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad.

--¡Ciento cincuenta años!

Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial los camareros de todos los siglos y países.

Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del demonio.

A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su imaginación cavaba, cavaba sin descanso.

No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete, aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales. El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella, cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel.

--¡La señorita!--exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a llevar a sus labios.

Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero del Banco Tellson.

--¿Tan pronto?

--La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla.

No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada, como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros, negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que reinaban como dueñas y señoras en la estancia.

Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando, entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas, encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración, ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette.

--Sírvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con acento extranjero, aunque apenas perceptible.

--Beso a usted la mano, señorita--contestó el señor Lorry, haciendo otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento.

--Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que se había sabido... o descubierto...

--La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea.

--... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a quien he tenido la desventura de no conocer...

Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia.

--... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto.

--Ese caballero soy yo, señorita.

--Lo suponía, caballero.

La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente.

--Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí.

--Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho más cumpliéndolo, señorita--contestó el señor Lorry.