Part 26
Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos, y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos (casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada, le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas, cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.
Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas. Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa, ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar, improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer desmayado en medio de aquellas fieras.
Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido de su hija y concederle la libertad.
--En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo lo haré!
Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho a la esperanza, y creyó.
Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres, sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia, que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles, ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de quienes se sabía que tenían parientes fuera.
No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos, que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.
--El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.
Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra; trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando cerradas las compuertas de los cielos?
Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo. Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura, que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.
Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado, de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que descansaba el orden social establecido, principios que parecían de uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo, descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.
El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en la Guillotina y ante ella se postraban.
Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba las puertas del mismo Templo de Dios.
Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía. Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que se movía entre los mortales.
V
EL ASERRADOR
Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!
Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días de prueba, como en los de calma y felicidad.
No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.
Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con decisión:
--Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, hija mía.
No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a casa, la dijo su padre:
--Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más insignificante de reconocimiento.
--¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.
A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.
El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por otra paralela.
Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el aserrador.
--Buenas tardes, ciudadana.
--Buenas tardes, ciudadano.
Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.
--¿Paseando por aquí, ciudadana?
--Ya lo estás viendo, ciudadano.
El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.
--No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando.
Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.
--¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?
--Sí, ciudadano.
--¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?
--¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a su madre.
--Sí, querida, sí.
--Sí, ciudadano--respondió Lucita.
--¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la, la, la... y cae una cabeza.
En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo metió en un cesto.
--Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible. Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer... ¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita! Concluí con toda la familia.
Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él aceptaba sin hacerse de rogar.
Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía «no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.
En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.
Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida. Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada. Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el placer de verse completamente sola.
No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música, que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el corazón.
Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro con las manos.
--¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan repugnante!
--Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.
--No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en los arrebatos de esas gentes...
--Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo más alto del tejado, al mismo alero.
--Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.
--No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?
--No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando.
Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.
--Salud, ciudadana--dijo el doctor.
--Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin detenerse.