Part 25
--Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la verja.
--Sin duda vuelven--pensó Lorry.
Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del pasmo más violento que en su vida experimentara.
Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su vida entera.
--¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del anciano amigo de su infancia.
--¡Oh... amigo querido! Mi marido...
--¿Su marido, Lucía?
--Carlos.
--¿Qué hay de Carlos?
--Aquí... en París.
--¿En París?
--Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido a la cárcel.
El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor de pasos.
--¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
--¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera, Manette, por su vida... no toque la persiana!
Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y con sonrisa fría y osada, contestó.
--Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.
--¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco, Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
--En la Force.
--La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido, por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro estoy que me obedecerá!
--Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que hiciera lo propio.
Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que realizaban.
Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, todas eran rojas.
Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la repugnante escena.
--Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de todas suertes, no pierda ni un segundo.
El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con entusiasmo delirante:
--¡Viva el prisionero de la Bastilla!
--¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
--¡Paso al prisionero de la Bastilla!
--¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross, pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera encontrarlas allí hasta mucho rato después.
La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba, la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y las noticias no venían!
Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la piedra de afilar. Lucía se asustó.
--¿Qué es eso?--preguntó.
--¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre, cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.
III
LA SOMBRA
Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a negocios, Lorry era rígido, inflexible.
Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las empresas que allí se fraguaban y maduraban.
Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una calle aislada rodeada de edificios deshabitados.
Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías _Lapa_ y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.
Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada penetrante, se le dirigía por su nombre.
--A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?
Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.
--¿Me conoce usted?--repitió.
--He visto a usted en alguna parte.
--¿En mi tienda de vinos, quizás?
Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:
--¿Viene usted de parte del doctor Manette?
--Sí; vengo de parte del doctor Manette.
--¿Y qué dice? ¿Me envía algo?
Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del doctor:
«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»
Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.
--¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la lectura del billete le había producido.
--Sí--contestó Defarge.
Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas haciendo calceta.
--¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en lo mismo diez y siete años antes.
--La misma--contestó el marido.
--¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las mujeres echaban a andar.
--Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una medida que conviene a la hija del doctor.
Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.
Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible, subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría, y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.
«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»
Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría como el hielo, y continuó haciendo media.
Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que rebosaba impasibilidad, hielo.
--Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles, y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
--Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora inglesa, que desconoce por completo el francés.
La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
--¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena.
También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
--¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
--Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de nuestro pobre prisionero.
La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.
--No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos.
Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
--¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? ¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
--No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge, mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la hija de tu padre.
--Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la mirada de su mujer.
--¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia?
--Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no sobre el papel.
--En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué mezclarnos nosotros.
--Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. ¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una madre la que se lo ruega!
La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:
--Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones, ¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed, enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?
--Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza.
--Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad de una madre hagan mella en nosotras?
Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.
--¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida Lucía, y demos gracias al Cielo!
--No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el cielo de mis esperanzas.
--¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!
Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión, de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto que le preocupaban y perturbaban en extremo.
IV
CALMA EN LA TORMENTA
Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.
Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados por las calles y asesinados.
El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos), o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban, expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.