Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2

Part 3

Chapter 33,858 wordsPublic domain

--¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al Sur del Río 5.º, entre Langheló y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos despoblados?

Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen resultado del tratado de paz, era conveniente que á retaguardia de la línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y á vanguardia otras tantas en las que los indios renunciasen á establecerse y á hacer boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.

Me arguyó que la tierra era de ellos.

Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva; que el gobierno les compraba, no el derecho á ella, sino la posesión reconociendo que en alguna parte habían de vivir.

Me arguyó con el pasado, diciéndome que en otros tiempos los indios habían vivido entre el Río 4.º y el Río 5.º, y que todos esos campos eran de ellos.

Le expliqué que el hecho de vivir ó haber vivido en un lugar no constituía dominio sobre él.

Me arguyó que si yo fuera á establecerme entre los indios, el pedazo de tierra que ocupara sería mío.

Le contesté que si podía venderlo á quien me diera la gana.

No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y disimulando mal su contrariedad, me dijo:

--¿Mire, hermano, por qué no me habla la verdad?

--Le he dicho á usted la verdad--le contesté.

--Ahora va á ver, hermano.

Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un cajón de pino, con tapa corrediza.

Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.

Era su archivo.

Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.

Él conocía cada papel perfectamente.

Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.

Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces.

Era «La Tribuna» de Buenos Aires.

En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril interoceánico.

Me lo indicó, diciéndome:

--Lea, hermano.

Conocía el artículo y le dije:

--Ya sé, hermano, de lo que trata.

--¿Y entonces por qué no es franco?

--¿Cómo franco?

--Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero un ferrocarril.

Aquí me vi sumamente embarazado.

Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer.

--Hermano--le dije,--eso no se ha de hacer nunca, y si se hace, ¿qué daño le resultará á los indios de eso?

--¿Qué daño, hermano?

--Sí, ¿qué daño?

--Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sud, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sud de Río Negro, á tierras ajenas, porque entre esos campos y el Río Colorado ó el Río Negro no hay buenos lugares para vivir.

Doblando el diario y dándoselo, le contesté:

--Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la paz.

--No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.

--Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.

El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! y me dijo: Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera.

No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrí, su fisonomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.

Es excusado querer leer en su cara la sinceridad ó la falsía de sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los repliegues de su corazón.

Se puso á acomodar su archivo, y lo que estuvo en orden, cerró el cajón, y llamó diciendo: ¡negro, negro!

Me estremecí.

Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedí.

La hora de comer se acercaba. En el fogón había gordos asados extendidos ya sobre brasas. Despedían un tufo incitante y no era cosa de dejar que se chamuscaran.

--Á comer, caballeros--grité.

Se hizo la rueda y empezó la comilona.

Mi comadre Carmen andaba por allí. Le ofrecí asiento, sentóse, y nos entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.

Á Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche con él, entregadas á los placeres de la charla y del vino.

IV

Creencias de los indios.--Son uniteístas y antropomorfistas.--_Gualicho._--Respeto por los muertos.--Plata enterrada.--¿Será cierto que la civilización corrompe?--Crueldad de Bargas, bandido cordobés.--Triste condición de los cautivos entre los indios.--Heroicidad de algunas mujeres.--Unas con otras.--Modos de vender.--Eufonía de la lengua araucana.--¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Mi comadre Carmen vivía en Carrilobo, cerca del toldo de Villarreal, el casado con su hermana, y había venido á visitarme trayéndome mi ahijada.

Escuchándola pasamos un rato muy entretenido. Habla con facilidad el castellano y posee bastante caudal de expresiones para manifestar sus sentimientos é ideas y hacerse entender.

Sobre las creencias de los indios me dió las siguientes nociones:

No se congregan jamás para adorar á Dios, le adoran á solas, ocultándose en los bosques.

No es ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la universalidad de los seres vivientes.

Por manera que no son idólatras, ni panteístas.

Son uniteístas y antropomorfistas.

Dios--_Cuchauentrú_, el hombre grande, ó _chachao_, el Padre de todos,--tiene la forma humana y está en todas partes; es invisible é indivisible; es inmensamente bueno y hay que quererle.

Á quien hay que temerle es al diablo,--_Gualicho_.

Este caballero, á quien nosotros pintamos con cola y cuernos, desnudo y echando fuego por la boca, no tiene para ellos forma alguna. _Gualicho_, es indivisible é invisible y está en todas partes, lo mismo que _Cuchauentrú_. Otro, mientras el uno no piensa en hacerle mal á nadie, el otro anda siempre pensando en el mal del prójimo.

_Gualicho_ ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de cristianos, las enfermedades y la muerte, todas las pestes y calamidades que afligen á la humanidad.

_Gualicho_ está en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la fruta y en la yerba venenosa; en la punta de la lanza que mata; en el cañón de la pistola que intimida; en las tinieblas de la noche pavorosa; en el reloj que indica las horas; en la aguja de marear que marca el Norte; en una palabra; en todo lo que es incomprensible y misterioso.

Con _Gualicho_ hay que andar bien; _Gualicho_ se mete en todo, en el vientre y da dolores de barriga; en la cabeza y la hace doler; en las piernas y produce la parálisis; en los ojos y deja ciego; en los oídos y deja sordo; en la lengua y hace enmudecer.

_Gualicho_, es en extremo ambicioso. Conviene hacerle el gusto en todo. Es menester sacrificar de tiempo en tiempo yeguas, caballos, vacas, cabras y ovejas; por lo menos una vez cada año, una vez cada doce lunas, que es como los indios computan el tiempo.

_Gualicho_ es muy enemigo de las viejas, sobre todo de las viejas feas: se les introduce quién sabe por dónde y en dónde y las maleficia.

¡Ay de aquélla que está _engualichada_!

La matan.

Es la manera de conjurar el espíritu maligno.

Las pobres viejas sufren extraordinariamente por esta causa.

Cuando no están sentenciadas, andan por sentenciarlas.

Basta que en el toldo donde vive una suceda algo, que se enferme un indio, ó se muera un caballo; la vieja tiene la culpa, le ha hecho daño. _Gualicho_ no se irá de la casa hasta que la infeliz no muera.

Estos sacrificios no se hacen públicamente, ni con ceremonias. El indio que tiene dominio sobre la vieja la inmola á la sordina.

En cuanto á los muertos, tienen por ellos el más profundo respeto. Una sepultura es lo más sagrado. No hay herejía comparable al hecho de desenterrar un cadáver.

Como los hindúes, los egipcios y los pitagóricos, creen en la metempsícosis, que el alma abandona la carne después de la muerte, transmigrando en un tiempo más ó menos largo á otros países y dándole vida á otros cuerpos racionales ó irracionales.

Los ricos resucitan generalmente al Sur del Río Negro, y de allí han de volver, aunque no hay memoria de que hasta ahora haya vuelto ninguno.

Por esta razón los entierran junto con el mejor caballo y las prendas de plata más valiosas que tuvieron; y alrededor de la sepultura les sacrifican caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas, según la riqueza que dejan, ó la que poseen sus deudos ó amigos.

El caballo y las prendas enterradas son para que tengan en qué andar en la tierra ésa, donde deben resucitar; los demás animales son para que tengan qué comer durante el viaje de ida y vuelta.

Las mujeres también resucitan, no se crea que no.

Pretenden algunos que han vivido mucho tiempo entre los indios, que á consecuencia de estas costumbres debe haber mucha plata labrada enterrada en el Desierto. Por mi parte, creo que los cristianos, que ni le tienen tanto miedo á _Gualicho_, ni son pitagóricos, se han encargado de desenterrarla.

Lo cierto es, que según las noticias que mi comadre me daba, las honras fúnebres no se hacen con tanta pompa como antes.

Queriendo explicar el por qué del hecho, decía: «Yo no sé si será porque los cristianos han solido registrar las sepulturas ó porque ahora la plata vale más».

Yo me inclino á creer que las dos causas combinadas van haciendo que los entierros sean menos lujosos.

En efecto, los indios tienen ahora muchas necesidades, les gusta mucho beber, tomar mate dulce, fumar, vestirse con ropa fina; y fácilmente se comprende que muriendo un deudo querido honren su memoria con sacrificios de caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas y que la plata se la guarden.

Mi comadre aseguró que, mientras no hubo cristianos entre los indios, no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas.

¿Será cierto que la civilización es corruptora?

Á pesar de lo dicho los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba de ello es que jamás sacrifican á los manes de sus muertos víctimas humanas.

Matan á las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas de Satanás. Y al fin del cuento, no es tanto lo que se pierde, dirán algunos.

Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar: que ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos.

Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto á un miembro de su familia.

Referiré el hecho.

Bargas, es un bandido cordobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio, por no decir peor.

Murió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que participaba de la preocupación vulgar, de la creencia que hace enterrar al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde resucite tenga en qué andar, le inmoló á su hijo un cautivito de ocho años, enterrándole vivo con él, para que tuviese quien le sirviera de peón.

Por lo que dejo relatado, se ve que los cautivos son considerados entre los indios como cosas.

Calcúlese cuál será su condición.

La más triste y desgraciada.

Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que inspirando confianza plena se hacen querer.

Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los bárbaros son una verdadera _via crucis_ de mortificaciones y dolores.

Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia.

¡Ay de los que se resisten!

Los matan á azotes ó á balazos.

La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.

Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de buena voluntad.

Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á los furores eróticos de su señor.

Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba ninguno».

Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el Río 4.º. No lo recuerdo ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de rescatarla y la mandé á su tierra.

En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles.

Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan á la humanidad.

Las cautivas nuevas, viejas ó jóvenes, feas ó bonitas tienen que sufrir, no sólo las asechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún, el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas de las chinas sirvientas y agregadas.

Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón á la vez se conjura contra las desgraciadas.

Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor ó el favor del indio, la persecución no cesa.

Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.

Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se hace sin empeorar su situación, á no ser que las tomen por concubinas.

Una cautiva á quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le iba, me contestó:

--«Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy bien, todas son muy amigas mías».

Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.

Agregaré que cuando el indio se cansa, ó tiene necesidad, ó se le antoja, la vende ó la regala á quien quiere.

Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos, hasta que el tiempo ó la muerte ponen término á sus males.

Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que hacía diligencias por comprarle á un indio una cautiva, nada más que por hacerle á ésta un servicio, por humanidad.

La desdichada decía: «El indio es muy bueno y me venderá si no me han de llevar á _otra parte_. Pero las chinas son _malazas_.

Á propósito de llevar á otra parte, esto requiere una explicación.

Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.

Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo á ella, el resto á otros y á mis propias observaciones.

Lo que sigue, sí, se lo debo á ella exclusivamente.

La noche estaba templada y clara, incitaba á conversar y se podía leer sin más luz que la de las estrellas.

Aprovechándola tomé una lección de lengua araucana.

Entonces vine á saber lo que querían decir ciertas palabras, cuyo significado buscaba hacía tiempo, como indios _picunches_, _puelches_ y _pehuenches_.

_Ché_ es un vocablo que significa, según el lugar que tiene en la dicción, _yo_, _hombre_ ó _habitante_.

Los cuatro vientos cardinales se denominan: Norte, _puel_; Sur, _cuerró_; Este, _picú_; Oeste, _muluto_.

Así, pues, _Picunche_[1] quiere decir habitante del Este, que es como se denominan los indios que viven en cierta parte de la cordillera; _Puelche_, habitante del Norte; _Pehuenche_, siguiendo la misma regla, significa habitante de los pinos, que es como se denominan los indios que viven entre los pinares que crecen colosales en los valles de la falda occidental de la Cordillera de los Andes.

Para dar una idea de la eufonía de esta lengua, que se asimila, alterándolas ligeramente, todas las palabras de otras, verbigracia, llamándole _waca_ á la vaca, y _cauallo_ al caballo, enumeraré algunas palabras que me enseñó mi comadre, y que copio de mi vademécum.[2]

Yo--_enchê_, tú ó vos--_eimí_, nosotros--_inchin_, vieja--_cucé_, joven--_elchá_, linda--_comê_, fea--_uedá_, madre--_nuqué_, hijo de padre--_bôtom_, hijo de madre--_píñem_, grande--_uchaima_, chico--_pichicai_, mucho--_entren_, poco--_pichin_, blanco--_lieu_, negro--_currü_, cielo--_neno_, sol--_anti_, luna--_quién_, tierra--_truquen_, mujer--_curré_, hombre--_uentru_, sí--_maí_, así es--_pipi_, (modismo muy usual), no--_müe_, agua--_có_, fuego--_quítral_, viento--_cürrüf_, frío--_utré_, calor del sol--_comote anti_, calor sin sol--_comotearreün_, pronto--_matu_, despacio--_ñochi_, sueño--_umau_, amigo--_weni_, hermano--_peñi_, pasto--_cachu_, ceniza--_entruequen_, sal--_chadileubú_ (de aquí, Río Salado se dice _chadileubú_), monte--_mamil_, árbol--_quiñemamil_ (_quiñe_ quiere decir _uno_), cara--_angé_, ojos--_ñé_, boca--_ün_, orejas--_pilun_, nariz--_iu_, mano--_cui_, brazo--_lipan_, barba--_payun_, pecho--_rucú_, piernas--_chaan_, pies--_mamon_, dedo--_changil_, frente--_tol_, pelo--_loncó_, (de aquí _loncotear_--tirarse del pelo), pescuezo--_pel_, cortar--_catril_, bailar--_pürrum_, morir--_lai_, se murió--_lai-pi_, risa--_aien_, rabia--_yarquen_.

Poco más sé de la lengua araucana, no porque no haya tenido tiempo de profundizar mis estudios, sino por las dificultades con que tropezaba á cada paso, cuando hacía una pregunta para aclarar alguna duda.

No pude saber nada respecto á la conjugación de los verbos.

Lo mismo digo de los géneros.

Por ejemplo, vieja es _cucé_, viejo--_butá_, y, sin embargo, en ciertos adjetivos, como _overo_, la terminación es la que indica el género.

La lengua es muy elíptica. Así, por ejemplo, yegua overa manca, se dice: _overa manca_, simplemente, y caballo overo manco--_overo manco_. En los dos casos se suprime el sustantivo, porque los adjetivos, _overa manca_ ú _overo manco_ no pueden calificar sino un caballo ó una yegua, y deben sobreentenderse.

Para que comprendas las dificultades con que tenía que luchar para salvar ciertas dudas, bastará repetir lo que decía mi comadre cuando la apuraban demasiado: «Yo no sé bien la lengua, se necesita vivir mucho para aprenderla; aquí no cualquiera la sabe».

Terminada la lección de araucano, le pedí á mi maestra--que aunque tenía hijos no era casada ni viuda,--me contara su vida; y como la cosa más sencilla del mundo nos refirió sus aventuras con cierto mancebo padre de mi ahijada.

Es una página verde que en cualquier parte pasaría por una seducción. Entre los indios es un accidente de la vida que no significa nada.

La especie humana está sujeta á la ley de la reproducción. Nada de extraño tiene que siendo la mujer libre se entregue á quien le place, y que de la noche á la mañana resulte con hijos.

No es más que una dificultad para casarse; porque generalmente nadie quiere cargar con hijos ajenos, aun cuando provengan de matrimonio legítimo.

Para concluir ésta, y á propósito de mujeres que resultan con hijos de la noche á la mañana, ¡qué curiosa es la farmacopea de los indios!

Toda ella se reduce á hierbas astringentes y purgantes, y agua fría.

Lo último es un remedio por excelencia.

¿Pare una china? Pues en el acto, ella y el fruto de sus entrañas se meten en una laguna, sea invierno ó verano.

Una palabra más, antes de que me retire del fogón, en que estoy, y me meta en la cama.

Es una observación ajena que puede interesarle al mundo médico.

Mi condiscípulo el Dr. D. Jorge Macías, que ha pasado dos años entre los Ranqueles, y que entre ellos estaría á no ser por mí, pretende que allí no hay _tísicos_, y lo atribuye al alimento de la carne de _yegua_.

Si la observación fuese exacta y la causa la consignada, de hoy en adelante podríamos exclamar: no más tísicos.

No me atrevo á decir si la cosa merece la pena de ser averiguada, aunque recuerdo que no hace mucho tiempo más de un galeno se reía cuando las curanderas recetaban _buche de avestruz_.

NOTAS:

[1] La _n_ se agrega, porque es más agradable al oído decir _picunche_ que _picuche_.

[2] Las palabras que tienen acento circunflejo son _nasales_ y las que tienen diéresis _guturales_.

V

Preparativos para la marcha á las tierras de Baigorrita.--Camargo debía acompañarme.--Motivos de mi excursión á Quenque.--Coliqueo.--Recuerdo odioso de él.--Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles.--En lo que consistía mi diplomacia.--En viaje rumbo al sud.--Confidencia de un espía.--El espionaje en Leubucó.--Poitaua.--El algarrobo.--Pasión de los indios por el tabaco.--Cómo hacen sus pipas.--Pitralauquen.--Baño y comida.--Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos de la marcha para las tierras de Baigorrita.

Le anticipé un chasque, de acuerdo con Mariano Rosas, y á las dos de la tarde mandé arrimar las tropillas.

Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos á caballo y todos estaban con ganas de sacudir la pereza.

Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca, á ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, á pesar de sus protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianzas. Mi viaje lo preocupaba. No comprendía que debiendo verlo á Baigorrita en la junta que se celebraría á los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus tolderías.

La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su imaginación.

Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir á todos mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento de mi lado por nada ni para nada.

Debía ser mi sombra.

Mi excursión á Quenque, tenía sin embargo, la explicación más plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos á bautizar mi futuro ahijado, y, al mismo tiempo, á conocer más el desierto, penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.

Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se borra de la memoria de los indios.

La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas de Urquiza.

Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: «Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicionó á sus hermanos.»

Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino que peleó é hizo correr sangre, para venirse á Junín junto con el regimiento 7.º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.

Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar, para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para que nos ayudaran á exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano Rosas.

Así fué que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de ello y le di las gracias.