Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2

Part 2

Chapter 23,915 wordsPublic domain

--Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y mi obligación es obedecer.

El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además, si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.

--¿Arredondo es amigo del Presidente?

--Muy amigo.

--¿Más amigo que usted?

--Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad no se mide, se prueba.

--Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?

Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución, no se había de llamar de algún otro modo también?

Me vi en figurillas.

--La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más, pues, Constitución.

--¿Entonces, no tiene nombre?

--Ése es el nombre.

--¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?

--Sí.

--¿Y es buena ó mala la Constitución?

--Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.

--¿Y usted es amigo de la Constitución?

--Muy amigo, por supuesto.

--¿Y Arredondo?

--También.

--¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?

--Los dos somos muy amigos de ella.

--¿Y el Congreso, cómo se llama?

--El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.

--¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?

--Uno sólo, sí.

--¿Y es bueno ó es malo el Congreso?

--(¡Hum!)

Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar. Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo, dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.

Mariano se levantó para espantarlos gritando «¡fuera! ¡fuera!»

Yo aproveché la coyuntura para retirarme.

Entré en mi rancho, me senté en la cama, apoyé los codos en los muslos, la cara en las manos y me quedé por largo rato sumido en profunda meditación.

«He perdido el tiempo, me decía, con los ecos del espíritu. No es tan fácil explicar lo que es una Constitución, lo que es un Congreso.»

Mariano Rosas había entendido perfectamente lo que es un presidente, primero, porque tenía otro nombre, porque se llamaba Domingo lo mismo que habría podido llamarse Bartolo; segundo, porque mandaba el ejército.

Por consiguiente, resulta de mi estudio sobre las entendederas de un indio, que el pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.

Los símbolos impresionan más la imaginación de las multitudes, que las alegorías.

De ahí, que en todas las partes del mundo donde hay una Constitución y un Congreso, le teman más al Presidente.

Algunas horas después volví á verme con Mariano.

Viéndole festivo, aproveché sus buenas disposiciones y le pedí permiso para decir una misa, al día siguiente, manifestándole el vehemente deseo de oirla que tenían muchos de los cristianos cautivos y refugiados en Tierra Adentro.

Llevéles la buena nueva á mis franciscanos, y, como verdaderos apóstoles de Jesucristo, la recibieron con júbilo.

Resolvimos decirla, si el tiempo estaba bueno, si no había viento ó tierra, en campo raso, apoyando el altar sagrado en el viejo tronco de un chañar inmenso, cuyos gajos corpulentos le servirían de bóveda.

Mañana estaremos de misa.

II

Camargo y José de visita en los momentos de recogerme.--Me llevaban una música.--_Horresco referens._--Fisonomía de Camargo.--Zalamerías de José.--Por qué lo respetan los indios á Camargo.--Vida de Camargo contada por él mismo.--Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Arreglaba mi cama para recogerme, después de haber cenado y convenido con los franciscanos que la misa se diría al día siguiente, de ocho á nueve, cuando una visita inesperada se presentó en mi rancho.

Mi futuro compadre Camargo, con uno de los lenguaraces de Mariano Rosas, llamado José, nativo de Mendoza, casado entre los indios, cuyos hábitos y costumbres ha adoptado hasta el extremo de hacer dudar sea cristiano. Es hombre que tiene algo, porque, como se dice allí, ha _trabajado_ bien, y en quien depositan la mayor confianza, tanta cuanta depositarían en un capitanejo.

José está vinculado por el amor, la familia y la riqueza al desierto.

Los indios, que conocen el corazón humano lo mismo que cualquier hijo de vecino, lo saben perfectamente bien.

Le miran, pues, como á uno de ellos.

Ambos venían con los instrumentos del placer en la mano,--con una botella de aguardiente.

Les ofrecí asiento, y haciendo grandísimos esfuerzos para disimular su estado, lo aceptaron, invitándome á saborear con ellos el alcohólico brevaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.

Tuve que aceptar el _yapaí_.

Pero como estábamos solos, entre puros nosotros como dicen los paisanos, me creí eximido de ser tan deferente como en otras ocasiones.

No lo llevaron á mal.

Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponían á mis huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.

Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos á horas incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber solos con mi permiso.

Me lo pidieron con toda la picardía gauchesca, diciéndome:

--Dispénsenos, mi Coronel, si no estamos muy buenos; queremos acabar esta botellita aquí, en su rancho; si le parece mal, si le incomodamos, nos retiraremos.

--Estén á gusto--les contesté,--yo no soy hombre etiquetero.

--Ya lo sabemos--contestaron á dúo,--por eso hemos venido.

Y esto diciendo, José, que era muy zalamero, que había sido muy obsequiado por mí en el Río 4.º, me abrazaba, diciéndole á Camargo:

--Éste es mi padre--y mirándome significativamente:--Ya sabe, mi Coronel, quién es José.

Quedo enterado, decía yo para mis adentros, sabiendo mejor que él á lo que me debía atener.

Declaraciones de beodos son lo mismo que promesas de mujer.

¡Necio de aquél que se chupa el dedo!

Necio de aquél que al entregarle su corazón, sus esperanzas y sus ilusiones, olvida el dicho de Ninón de Lenclos:

_Tout passe, tout casse, tout lasse._

Ser amable no es pecado.

Al contrario, es un deber cuya práctica nos hace simpáticos á los ojos del mundo.

Yo era, pues, tan amable con mis visitas, como el tiempo y el lugar lo permitían.

Todos los días le doy gracias á Dios por haberme concedido bastante flexibilidad de carácter para encontrarme á gusto, alegre y contento, lo mismo en los suntuosos salones del rico, que en el desmantelado rancho del pobre paisano; lo mismo cuando me siento en elásticas poltronas, que cuando me acomodo alrededor del flamante fogón del humilde y paciente soldado.

Las botellas, que no tenían la magia de ser inagotables, _espichaban_ ya: José estaba completamente en las viñas del Señor.

Camargo, más fuerte, se mantenía en completa posesión de sus sentidos.

--¿Sabe, mi Coronel, que le traemos una música? Con su permiso.

--Muchas gracias, hombre, ¿para qué se han incomodado?

Camargo se levantó, apoyándose en los horcones del rancho, se asomó á la puerta, dijo algo, volvió á sentarse y acto continuo se presentó--_horresco referens_,--el negro del acordeón.

--¡Uff!--hice,--eso no, Camargo--le dije.--Denme todas las músicas que quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harto de la facha de ese demonio.

Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos:

--¡Vete! ¡vete!

El negro no me obedeció.

Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas á derecha é izquierda, adelante y atrás.

Estaba ebrio como una cabra.

--¡Vete! ¡vete! lejos de aquí, volví á decir.

Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y tomándole de un brazo le enseñó el portante.

Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos tendemos á nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado á las garras de alguno de esos _soleros_ cuya vida es contar sus pleitos ó sus cuitas con la autoridad.

José se había quedado dormido.

Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una especie de letargo.

Examiné su fisonomía.

Es lo que se llama un gaucho lindo.

Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos, rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso; unas cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas; una gran nariz algo aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante grueso.

Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y poca barba.

Es alto, delgado y musculoso.

Su frente achatada y espaciosa, sus pómulos saltados, su barba aguda, sus anchas espaldas, su pecho en forma de bóveda y sus manos siempre húmedas y descarnadas, revelan la audacia, el vigor, la rigidez susceptible de rayar en la crueldad.

Camargo es uno de esos hombres por cuyo lado no se pasa, yendo uno solo, sin sentir algo parecido al temor de una agresión.

Los indios le respetan, porque ellos respetan todo lo que es fuerte y varonil, al que desprecia la vida.

Y Camargo se cura poco de ella.

Pruébanlo bien las cicatrices de cuchilladas que tiene en las manos, su existencia agitada, turbulenta, azarosa, que se consume entre el aguardiente y las reyertas de incesantes saturnales, entre el estrépito de los malones y de las montoneras, como que hoy está entre los indios, mañana en los llanos de la Rioja con Elizondo y Guayama, volviendo después de la derrota á su guarida de Tierra Adentro, sobre el lomo del veloz é indómito potro.

Este gaucho, seame permitido decirlo, reivindica en los casos heroicos el honor de los cristianos. Cuando le place, lo mismo cara á cara que por detrás, cuerpo á cuerpo, que entre varios, apostrofa á los indios de «bárbaros». Yo le oí decir muchas veces á voz en cuello:

«Á mí, que no me anden con vueltas éstos, porque yo los conozco bien, y al que le acomode una puñalada se la ha de ir á curar al otro mundo.»

Después que examiné detenidamente aquel tipo de férrea estructura, en el que los caracteres semíticos de la persistencia estaban estampados, le dirigí la palabra, sacándole del silencio indeliberado en que había caído.

--¿Cómo te hallas aquí?--le pregunté.

Habla con mucha vivacidad, pero esta vez, contra su costumbre habitual, en lugar de contestarme, dió un suspiro, y se envolvió en las nieblas de sus recuerdos dolorosos.

--Vamos, hombre--le dije,--cuéntame tu vida.

--Señor--me contestó.--Mi vida es corta y no tiene nada de particular. No soy mal hombre, pero he sido muy desgraciado.

Yo soy de San Luis; de allá por Renca; mis padres han sido gente honrada y de posibles. Me querían mucho y me dieron buena educación.

Sé leer y escribir, y también sé cuentas. Desde chiquito era medio soberbio. Cuando me hice hombrecito, se me figuraba que nadie podía ser más que yo. Cuando oía decir que había un gaucho guapo, lo buscaba á ver si me decía algo.

Me gustaba ser militar, y soñaba con ser general. No había hecho mal á nadie, aunque tenía bastante mala cabeza.

Siempre andaba en parrandas, jugadas y peleas; pero nadie dirá que le pegué de atrás.

Me enamoré de la hija del comandante N... La muchacha me quería. Yo era joven, pues aquí donde me ve no tengo más que veinticuatro años (parecía tener treinta y dos).

Á más de eso como mis padres tenían alguna platita, yo andaba siempre aviao. El comandante N... sabía mis amores con su hija, no le gustaban. Un día me atropelló en las carreras, y vino á darme una pechada; yo le enderecé mi caballo y lo puse patas arriba con flete y todo. Era muy fantástico y no me lo perdonó.

Desde esa vez, decía siempre que me había de matar. Yo estaba en guardia. Me achacaron varias cosas, nada me probaron. Hubo una bulla de revolución.

Me fueron á _prender_. Eran cuatro de la partida. ¡Qué me habían de tomar! Sabía bien que me iba en la parada el número uno. Hice un desparramo y me fuí á los montoneros.

Le interrumpí preguntándole:

--¿Y qué opinión tenías?

--¿Opinión? Yo no tenía más opinión que ser hombre alegre y divertirme. Las carreras y las mujeres eran toda mi opinión.

--¿Y qué hiciste con la montonera?

--Hicimos el diablo. Anduve una porción de tiempo con el Chacho, que era un bárbaro. Después que lo mataron anduve á monte. Cuando vino don Juan Saa, con otros nos juntamos á su gente. Nos derrotó en San Ignacio el general Arredondo, me vine con los indios de Baigorrita para acá.

--¿Y después de eso, qué has hecho, qué vida has llevado?

--Me fuí para San Luis, de oculto, traje mi mujer, mis hijos y algunos parientes, y aquí están todos.

--¿Y has andado en las invasiones con los indios?

--En algunas, señor.

--¿Y es cierto que tú has tenido la culpa de que los indios matasen una porción de cristianos?

--Es falso.

He estado en las casas de algunos pícaros, pero me he opuesto á que los degüellen. ¡Ah si no hubiera sido por mí! Habría unos cuantos diantres menos en este mundo.

Por aquí íbamos de nuestro coloquio cuando el negro del acordeón preludió una tocata, del lado de afuera.

Camargo se levantó, salió, y por ciertos vocablos con que rellenaba su intimación de que se alejara, calculé que el desgraciado Orfeo de Leubucó no era tratado como los artistas pretenden generalmente que se les trate, aunque sean malos.

Música y negro se fueron á otra parte. Camargo volvió, y, sin entrar, me dijo de la puerta del rancho: Buenas noches, mi Coronel, y dispense.

Era hora de pensar en dormir. Mis ayudantes Lemlenyi, Rodríguez, Ozarowski y los dos benditos franciscanos que habían asistido á la visita y confidencias de Camargo, bostezaban á todo trapo.

Desperté á José, llamé dos asistentes, y le hice llevar á un toldo vecino.

Y en tanto me aprestaba para pasar una noche toledana, porque soplaba viento muy fresco, y la tierra entraba al toldo como en su casa, por cuanto resquicio tenía, meditaba sobre esas existencias argentinas, sobre esos tipos crudos medio primitivos, que tanto abundan en nuestro país, que se sacrifican ó mueren por una opinión prestada. Porque nos sobran instituciones y leyes y nos falta la eterna justicia, la justicia que, cual genio tutelar, lo mismo debe velar el hogar del desvalido que la mansión suntuosa del rico potentado.

Bajo estas impresiones tuve un sueño--yo soy tan soñador,--_I had a dream, which was not all a dream._

¡Soñaba!...

¡Si en este país hay quien ahorque á un hombre que tiene diez millones de pesos!

III

Noche de hielo.--Donde es realmente triste la vida.--Preparativos para la misma.--Resuena por primera vez en el desierto el _Confiteor Deo Omnipotenti_.--Recuerdo de mi madre.--Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta.--Como y duermo.--Conferencia diplomática.--El archivo de Mariano Rosas.--En Leubucó reciben la «Tribuna».--Imperturbabilidad de Mariano Rosas.--Mi comadre Carmen en el fogón.

La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.

La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.

Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado con las cobijas.

Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.

¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!

La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.

Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.

Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.

Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.

Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.

El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.

Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.

Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.

Todos estábamos muy contrariados.

El mismo sentimiento nos dominaba.

Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.

Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.

La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.

El viento no cesaba.

Tuvimos que resignarnos á recurrir al rancho de un sargento de la gente de Ayala.

Le asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos improvisaron el altar.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.

Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados, sentados ó de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de los sacerdotes.

Miré el reloj, marcaba las nueve.--Es la hora, Padres, les dije, y me dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, á la capilla.

No podía ser más modesta.

Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos á honrar había nacido en un establo, durmiendo en pajas.

Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las paredes del rancho.

El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente custodia y las vinajeras plateadas.

Todo estaba muy bonito, incitaba á rezar.

El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.

Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.

Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.

Grupos de indios curiosos nos acechaban.

Reinaba un profundo silencio.

La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por la sangre del Redentor.

Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde _Confiteor Deo Omnipotenti_.

Los cristianos oraban con intensa devoción.

Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.

Entre ellos había varios indios.

En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.

Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.

Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.

Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar, llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que ayudara á misa bajo su vigilante mirada:

--¡Pobre mi madre!--me decía,--¡qué lejos estás!

Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.

Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.

Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.

Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.

El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie, nos dió la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó á todos los circunstantes.

Estaba ocupado en algo muy grave.

Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre á la tarea de la persuasión previa.

Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.

Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su palabra es fácil, calculada é insinuante; generalmente sus discursos eran templados, pero á veces se exaltaba levantando la voz, fijando su mirada en el indio á quien le contestaba, y accionando con los brazos, contra costumbre.

Me trajeron de comer y comí.

La conferencia iba larga.

Me retiré, pues, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la junta.

Yo quería saberlo con alguna anticipación, porque me proponía pasar hasta las tierras de Baigorrita.

Dormí una buena siesta.

El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.

Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me invitaba á pasar á ella.

Acudí á su llamado.

Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón haciendo cabriolas y dándole duro á su instrumento, salió del toldo.

Aquel diablo me hacía el efecto de un _gettatore_.

Pero allí no había más remedio que aguantarle.

Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.

Mientras el negro estuvo ahí, fué excusado hablar de cosas serias.

El Cacique no estaba sino para bromas.

Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas á Buenos Aires y á la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.

Me parecía que su objeto se reducía á cerciorarse de si efectivamente yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió diciéndome que era el único que no tenía en su colección.

Y efectivamente así era.

Díjole al negro que trajera los retratos.

Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.

Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera _en su lugar_.

El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.

Entramos en materia.

Todo estaba arreglado con los notables del desierto.

La junta se haría á los cuatro días porque había que hacer citaciones.

No habría novedad.

Yo expondría en ella los objetos de mi viaje, y Mariano me apoyaría en todo.

Sólo había un punto dudoso.

¿Por qué insistía yo tanto en comprar la _posesión_ de la tierra?

Mariano me dijo:

--Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.

--Ya lo sé; pero del actual Presidente de la República, con cuya autorización he hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar, le contesté.

--¿Usted me asegura que es buen hombre?--me preguntó.

--Sí, hermano, se lo aseguro--repuse.