Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 6

Chapter 63,942 wordsPublic domain

Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.

Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.

Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.

En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:

--Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso, es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los muchachos--eran éstos cinco hombres especiales,--mis baqueanos de confianza.

Será señal de que _ando mal_, que no tenga en el cuello este pañuelo.

Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.

Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será que me vean con la _pera trenzada_.

No comuniques esto más que á los _muchachos_. Y cuando lleguemos á las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.

Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro, contestó sólo:

--Está bien, señor.

Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham.

Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te prevengo que estoy hablando de la barba).

Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta mañana.

X

No es posible seguir la marcha.--Civilización y barbarie.--En qué consiste la primera.--Reflexiones sobre este tópico.--En marcha.--Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar.--Asombroso adelanto de estas tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano del Cuero.--El Cuero.--Sus campos.

El hombre propone y Dios dispone.

Fué imposible seguir la marcha á las nueve.

La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.

Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!

Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después chisporroteaba el verde y resinoso chañar.

El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo cálculos sobre si volvería á llover ó no.

El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban grandes y relumbrosas llamaradas.

Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica de mirarse.

Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué á él.

Me dieron un mate.

Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del día y de la noche anterior,--que quien no está hecho á bragas, las costuras le hacen llagas.

Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.

Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar.

Mientras estuvo nos secamos.

Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las _pilchas_ muy mojadas y nos acostamos á dormir.

Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está fatigado!

Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!

Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.

La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas.

En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy malos y todos muy caros.

Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el Rosario--que intenté dormir, para ser más verídico.

Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas reflexiones tan vulgares.

¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y los reptiles de la tierra, según su especie».

Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:

¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las del Orión?

¿Qué hacen los gobiernos entonces?

¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el pueblo?

¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?

¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?

¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?

¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?

¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la desagradecida humanidad?

¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?

Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá, sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.

No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden impetrantes.

Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría.

Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.

Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional.

Ella ha hecho todo--guerras interiores, guerras de frontera, guerras exteriores.

Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre.

Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles.

Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:

«Y en el Oriente nubloso La luz apenas rayando, Iba el campo tapizando De claro oscuro verdor.»

Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.

Me proponía llegar al Cuero temprano.

Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.

El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio.

Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.

Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en enderezarlas.

Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.

Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario, triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.

Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.

Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral.

Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,--cansado de contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?

Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al revés.

Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida, en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para reemplazar el Sol.

La América, ó mejor dicho, los _americanos_ (del Norte) la van á dejar atrás si se descuida.

Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más difíciles--degollándonos,--y las teorías y las cifras de Malthus sobre el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.

Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.

Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos prematuramente á su vez por A. B.

Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que hemos adelantado.

Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han arrasado todo.

El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.

Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo hemos mandado á López á la _difuntería_.

¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?

Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó de despacharlo á Urquiza.

Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.

De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.

La letra con sangre entra.

Es el principio del dolor fecundo.

Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más de lo que parece, con los indios.

¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria, el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos amenazados por el exceso de inmigración espontánea?

Sigamos caminando...

Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen secarse.

De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.

De allí al Cuero mismo hay dos leguas.

Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur.

En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes, de los arrieros y troperos.

Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.

Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido con su brazo viril la tiranía.

Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo, trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.

Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.

Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas.

Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre boleando por el Cuero.

Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.

No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento.

También ellos reciben y leen _La Tribuna_.

¿Te ríes, Santiago?

Tiempo al tiempo.

XI

Quién había andado por Ralico.--Los rastreadores.--Talento de uno del 12 de línea.--Se descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos caminos salen del Cuero.--El General Emilio Mitre no pudo llegar allí.--Su error estratégico.

Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.

En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?

Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,--los chasques que yo adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula.

Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.

Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.

En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué _rastreador_ del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no.

Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me llevaban un par de horas de ventaja.

Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos, íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las primeras, casi al mismo tiempo.

Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió sobremanera.

Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto, deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de ellos corriendo el riesgo de llegar primero.

Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.

Uno va por Lonco-uaca--_lonco_ quiere decir cabeza y _uaca_ vaca,--y otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo que quiere decir.

Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.

El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía.

Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la cuestión.

Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.

Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro á los heraldos, llegué al Cuero.

Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.

Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir.

Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó, y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte.

Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que no es sino un inmenso cañadón.

Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay.

Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas, estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal del General Mitre.

El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.

Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.

No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este punto.

Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda en la derecera Sur de la Carlota.

El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de pocos grados.

En Witalobo hay una encrucijada de caminos--uno de travesía que va al Cuero, raramente frecuentado por los indios,--y otro conocido por camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel.

En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.

En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna expedicionaria.

La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se llama Tierra Adentro.

Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han incurrido!

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de la Pampa.

¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?

¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después?

Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los Andes.

Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que los indios llaman _indio gaucho_. Es decir, un indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos, á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que otras se _arrima_ á la toldería de un cacique, que unas anda por los campos _maloqueando_, invadiendo meses enteros seguidos; otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.

Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás, se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez compañeros de averías.

Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes malones.

Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran una misma cosa--dominio de los indios,--las invasiones se sucedían semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.

El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.

El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y crueldades.

Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones?

¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó cautivo?

El tal indio tenía un prestigio terrible.

Yo era, de consiguiente, su rival.

Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.

Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los inconvenientes de sus ventajas.

Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.

Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y constante--que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra, ladrones.

Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado el _Cautivo_.

Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completa.

Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse á tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba.

Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.

Agacharon todos la cabeza.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:--¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?

Y luego que la confianza se estableció, proseguí:

--Conque ¿quieren ustedes conchabarse?

--Como usía quiera--contestó el _Cautivo_, con esa tonada cordobesa, que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.

En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.

--Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.

--¿Cómo no, señor?

--¿Entienden de todo trabajo?

--De cuanto quiera.

--¿Y cuánto ganan?

--Á según usía.

--¿Ganan más de ocho pesos mensuales?

--No, señor.