Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 5
Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.
Me decidí á hacerlo.
¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.
--No te muevas, hijo,--le dije.
Permaneció inmóvil.
--Mi Comandante--murmuró.
Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: Usted me deja fusilar.
--He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.
--Ya lo sé, mi Comandante--repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos también, abrazándonos.
Dominando mi emoción, le pregunté:
--¿Cómo hiciste eso?
--Borracho, mi Comandante.
--¿Y cómo me lo negaste el primer día?
--Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez Guevara.
--¿Ésa fué tu intención?
--Sí, mi Comandante, me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití, sin razón alguna.
--¿Y qué has confesado en el Consejo?
--Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el Alférez. Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.
Salí de allí.
Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería.
Contestó que nada.
Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.
Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.
Pasó la noche tristemente y con lentitud.
El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.
Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.
Era la hora funesta y fatal.
La orden, que yo presidiera la ejecución.
No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.
Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.
Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.
Yo me tapé los oídos con entrambas manos.
No quería oir la fatídica detonación.
Después me refirieron cómo murió Gómez.
Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del sacerdote.
Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza.
Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:
--¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella!
Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.
Quisieron vendarle los ojos y no quiso.
Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.
El batallón volvió á sus cuadras y los demás piquetes del Ejército á las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos al cabo Gómez.
Á los pocos días yo tuve una aparición... Decididamente hay vidas inmortales.
VIII
El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su memoria.--Sus últimos deseos cumplidos.--El rancho del General Gelly y lo que allí pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo.
Á inmediaciones de mi reducto estaba el Palmar de Yataití, donde tantos y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.
Allí fué enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca cruz de pino con esta inscripción:
«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.»
Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido.
Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó desagradables, profundas ó superficiales.
Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.
La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades.
Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué _el peso_ que le debía el cabo.
Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable.
¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.
En el cumplimiento de las últimas está interesado generalmente el honor ó el crédito, el amor propio ó el orgullo, el egoísmo ó la ambición.
En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del alma humana, sino la conciencia.
Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida de los haberes devengados de Gómez á la Esquina.
Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el campo de batalla, por él mismo ó por la libertad de la Patria, ó por su honor ultrajado?
¿No es ésa la consecuencia del odioso é imperfecto sistema administrativo militar que tenemos?
Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si recogía sus sueldos de Guardia nacional, resolví mandarle á su hermana los seis ú ocho que se le debían como soldado de línea.
_Simbad_, el corresponsal del _Standard_, á la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.
Debo á él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del _Cosmos_, ese monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.
De _Simbad_ iba á valerme para remitir á su destino la pequeña herencia.
Habrían pasado _cincuenta y dos_ horas desde el instante en que el cabo Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible de los deberes.
Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del jefe de Estado Mayor.
Tenía éste dos puertas. Una que daba al Naciente y otra al Poniente. La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.
¿En qué pensaba?
Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su Estancia.
--Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que dominaba una vasta campiña, _pensando_... _pensando_...
Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica,--_en qué_... _en qué_...
Y el pobre hombre contestaba: _en nada... en nada_...
El General era distraído de su escritura á cada paso, por oficiales que se presentaban con distintas solicitudes,--dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.
Yo seguía _pensando_...
En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del otro mundo con tonada correntina, resonó en mis oídos.
--Aquí te vengo á ver V. E. para que...
Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta, ¡imposible!
--Estoy ocupado--murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un moribundo.
--Haceme, ché, V. E., el favor...
--Estoy ocupado,--repitió el General.
Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.
Debía estar pálido, como la cera más blanca.
El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción angustiosa de que era presa, preguntóme con inquietud:
--¿Qué tiene usted?
No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.
El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.
--¡Mansilla!--dijo.
--General--repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré á la puerta.
Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.
Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte, y á la manera de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando poco á poco de la silla y como queriendo retroceder.
--Ché, V. E., hacé vos el favor,--volvió á oirse.
El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose á la voz que venía de la puerta, contestó:
--¿Qué quieres?
Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano á ella y como queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos ó hacerlos converger á un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:
--El cabo Gómez.
Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.
Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro.
Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad.
El General Gelly volvió á repetir:
--¿Vamos, qué quieres?--Y dirigiéndose á mí:--¿Está usted enfermo?
La aparición contestó:
--Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.
--¿La crucecita de tu hermano?--repuso el General con aire de no entender bien.
--Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...
Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del pañuelo negro que cubría sus hombros.
Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.
--¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?--dijo el General.
--En el cementerio de la Legión Paraguaya.
Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, la dije:
--No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
--Yo sé--murmuró.
Queriendo convencerla, la dije:
--Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
--Yo sé--murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.
--Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti; ven á mi batallón, que está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde está su cruz.
--Yo sé--murmuró.
Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera á mi reducto para darle los sueldos de su hermano é indicarle el sitio de su sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: _Yo sé._
El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al parecer, la hizo varias preguntas:
--¿De dónde vienes?
--De la Esquina.
--¿Cuándo saliste de allí?
--Antes de ayer.
--¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?
--En ninguna parte.
--¿Cómo en ninguna parte?
--En ninguna parte, pues.
--¿Te la han dado en Itapirú, ó aquí en el campamento?
--En ninguna parte.
--¿Y entonces, cómo la has sabido?
La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto á su hermano que lo llevaban á fusilar; que como sus sueños siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que, tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido á velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que era fija en ella.
Á las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.
El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar precisamente en el momento en que éste estaba en capilla recibiendo los auxilios espirituales.
Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes, que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.
Y como ha dicho un gran poeta inglés: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que ha soñado la filosofía.»
Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto, intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.
¡Fué en vano!
El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.
Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví á mi campo.
Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.
Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.
Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella decía.
Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón prevenidos por mí.
Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dió Dios en sueños.
Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera darme de ella razón.
El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser cierto.
No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.
¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?
Á los del fogón les pasaron distintas cosas.
Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte), dormían.
Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna claridad.
--¡Á caballo, cordobeses!--grité,--¡se acabaron los cuentos!
Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos en dirección á un oasis denominado Monte de la Vieja.
¡Buenas noches! por no decir buenos días, ó salud, lector paciente.
IX
La Alegre.--En qué rumbo salimos.--¿Los viajes son un placer?--Por qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El alpataco.--El zorro colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué es aplastarse un caballo.--Coli-Mula.--La trasnochada.--Precauciones.
La Alegre, es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran una excelente leña, y de abundante pasto.
Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les indigestó. ¡Ojalá que á ti y al lector les sucediera lo mismo con el cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso de suprimir otros que deben venir á su tiempo.
Nos pusimos en marcha.
El rumbo, Sur, recto, ó _reuto_, como dicen los paisanos.
El camino, ó mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno de chañaritos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad los objetos, á cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse, espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos durmiéramos profundamente.
Todos los que viajan, ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado la atención, ó tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no á todos se les conoce.
¿Dirás que no es cierto?
En lo que suelen estar divididas las opiniones de los _tourist_, y desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es sobre el capítulo: placer de los viajes.
Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el mismo resultado.
Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire _chic_, comer y beber bien.
Se viaja por lucir la mujer propia, y á veces la ajena.
Se viaja por instruirse.
Se viaja por hacerse notable.
Se viaja por economía.
Se viaja por huir de los acreedores.
Se viaja por olvidar.
Se viaja por no saber qué hacer.
Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos _por qué_ se viaja; como sería inacabable decir _para qué_ se viaja.
No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas, gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa ó fin; pero _para_ responde más que _por_ á la idea de efecto.
Por ejemplo:
¿No es común ir á Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha aprendido en la tierra?
¿No suele suceder hacer un viaje _por_ curarse _para_ morir en el camino?
Ir _por_ lana _para salir_ trasquilado.
Madame de Staël dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer tristísimo.
Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos en noche clara ú obscura, es un placer dormir.
Por mi parte al tranco, al trote ó al galope, yo duermo perfectamente. Y no sólo duermo sino que sueño.
Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Ávila, no sorprendió mis sueños, y yendo á la par mía no me alzó el rebenque.
Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir á gusto por el inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido.
Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal no nos amenazaba á cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban acá y acullá como antes de llegar á la Alegre.
Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la Vieja.
Amanecía muy tarde, así fué que resolví pasar allí otro rato.
¡Desensillar y á la leña! fué el grito de orden.
El fogón volvió á arder con una rapidez maravillosa.
Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.
Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua.
Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el algarrobo _alpataco_?
Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta resina, que arden como sebo.
Tú conoces el chañar. Pues así es el _alpataco_.
En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho, y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien parece un algarrobo común naciente.
El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.
¡Se puso un asado!
Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate y se daban sendas cabeceadas.
En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes para en cuanto amaneciera.
Comimos, dormimos, y cuando... iba á decir gorjeaban las avecillas del monte...
¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!--por casualidad se ven pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la inmediación de los poblados.
Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden guarecerse unas cuantas personas.
La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.
Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.
El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al Oeste.
La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa, cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol caliente.
Marchábamos.
El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su superficie plateada como la del agua.
El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado.
Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un zorro colgado por los indios en algún árbol.
Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías lejanas, un poco más.
Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.
El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó _aves_, como le llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.
El Zorro Colgado no estaba, por supuesto.
Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es lluvioso.
Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á _Pollo-helo_, que quiere decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese escrita así y debieran sonar todas las letras: _Pollonguelo_.
Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos, como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga, hasta llegar á _Us-helo_, donde hay otro grupo de árboles, una aguada semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no habiendo sequía.
Las cabalgaduras se habían _aplastado_ algo con la legua y media de guadal.
_Aplastarse_, es un término del país, que vale más que fatigarse y menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.
Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga, que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres franciscanos.
Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á _Coli-mula_, que de la etapa anterior queda en rumbo Sud.
Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos crecidos.
En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados, pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no estaba alzado aún.
Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos andado tres leguas.
No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.
Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos hombres.
El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco.
Íbamos á tener viento ó agua.
Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después de asegurarme de que habían entendido bien.
Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón, que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á uno de sus subalternos y que al regreso lo haría.
Partieron los chasquis.
Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.
Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la tormenta.
El cielo se puso negro.
La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.
El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.
Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.
Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.