Part 4
El señor Guimaraens era un tipo militar de los de la guerra del Rosellón, viejo, sin barba ni bigote, con el blanco pelo un poco largo, cual si no hubiese renunciado aún a ponerse coleta. Aunque anciano, era fuerte y membrudo, y tenía la presencia majestuosa, la talla corpulentísima, el semblante agraciado y noble. Era hombre muy devoto y realista ferviente, aunque no de los furibundos; y cuando Tilín se presentó a él, estaba sentado en su lustroso sillón de cuero, leyendo la vida del santo del día, costumbre piadosa a que no había faltado en treinta años. Era célibe y vivía en compañía de dos viejos, leales camaradas de sus campañas allá en los tiempos del general Ricardos, y ora criados que parecían amigos. Un pinche, un mozo de cuadra y la señora Badoreta, famosa en el cocinar y antaño criada en San Salomó, completaban la familia del pacifico veterano.
Vio con desconsuelo que Tilín no traía consigo cesta ni bandeja cubierta con la blanquísima servilleta monjil, y dando un desconsolado suspiro, le dijo:
—Esas señoras reverendísimas, ocupadas de la insurrección, han dejado apagar los hornillos. ¡Qué picaras! Siéntate, Tilín: hablaremos un poco y echarás un cigarro.
—Gracias, señor: tengo que marcharme pronto —dijo el voluntario dando un paso hacia él.
—¿Entonces a qué has venido?
—A traer a usted un recado.
—¿De las monjas?
—Da las monjas, sí, señor.
—¿Qué quieren esas señoras mías?
—Que me entregue usted inmediatamente todas las armas que tiene en su casa, y que se venga conmigo para ponerse a las órdenes de Pixola.
Dijo esto Tilín con tal osadía y aplomo, que Guimaraens se quedó perplejo por un momento; pero al punto recobrose, y tomando el caso a risa, como era natural, empezó a batir palmas. Reía con estrépito, echado el cuerpo hacia atrás y apretándose los ijares.
—¡Bravísimo, deliciosísimo, señor sacristán! —exclamó poniéndose como la grana de tanto reír—. Di a tus amas que me he reído de la gracia hasta morir... ¿Conque armas?... ¡Bendito sea Dios! ¡Pobre Tilín!... Me dan ganas de abrazarte por el gusto que me das. Eres un mamarracho..., pero chistosísimo..., y con esa casaca..., y esos humos de general... ¿Conque mis armas?
Guimaraens dejó de reír, porque vio a Tilín transformado de súbito. El rostro del voluntario realista estaba lívido, sus ojos centelleaban, y su mano convulsa mostraba una pistola. Fiero e imponente, el monago exclamó:
—No he venido aquí a hacer reír.
—Miserable, ¿qué haces? —dijo Guimaraens levantándose y poniéndose a la defensiva.
—Saltarle a usted la tapa de los sesos si no me obedece.
Tilín apuntó al rostro del venerable anciano, que al punto echó mano a una silla.
—Si usted se mueve —dijo Tilín intrépido y osado hasta lo sumo—, si usted da un grito pidiendo socorro, le mato como a un perro. Tengo cuarenta hombres en el bosque a espaldas de la casa, con encargo de arrasarla y de matar a todos sus moradores si se me hace resistencia.
—¡Ratero! —gritó furioso Guimaraens—. ¡Qué has de tener tú!... ¡Hola, Valentín..., Suárez!
Al punto apareció despavorido un hombre, un jovenzuelo. Oyéronse dos disparos en la huerta y los gritos de la señora Badoreta, que exclamaba: «¡Ladrones!» El jovenzuelo abalanzose a la defensa de su amo; pero Tilín, rápido como el pensamiento, guardose las espaldas apoyándose en un alto ropero, y disparó sobre el criado, que cayó muerto sin exhalar un grito. Guimaraens, al ver desarmado a Tilín, que arrojara al suelo su pistola, arremetió a él como un león. Pero recibiole Pepet con un puñal, sin que por esto se acobardase el veterano. Trabáronse estrechamente de manos, y después de una lucha breve y terrible, en la cual Armengol se esforzaba en defenderse de su enemigo sin herirle, apareció bañado en sangre uno de los tres montañeses de Pixola.
—¡Miserables ladrones! —gritó el coronel—. ¡No os valdrá vuestra alevosía!... ¡Suárez!... ¡Valentín!
Guimaraens fue acorralado, vencido; pero aún se necesitó el concurso de otro guerrillero para atarle los brazos por la espalda. El valiente y noble anciano rugía, y de su espumante boca salían blasfemias, como sale del volcán la hirviente lava.
Valentín, uno de los veteranos que servían a don Pedro, entró mal herido, echando venablos por la boca, armado de tremenda espada, con que acometió ciego de ira a los guerrilleros que sometían a su amo; pero como se hallaba descalabrado, tuvo que someterse sin que le valiera de nada su fiera intrepidez. Suárez estaba atado al tronco de un árbol y herido también. Sorprendidos cuando el uno se hallaba limpiando el caballo y el otro trabajando en las hortalizas, no tuvieron tiempo ni de armarse ni de pedir auxilio a los payeses de las cercanías. El plan de Pepet Armengol había tenido realización cumplida, aunque no fácil, porque uno de los guerrilleros quedó muerto por Suárez, que pudo disponer de la azada; otro recibió un sartenazo de la señora Badoreta, a quien el peligro dio los alientos y el rencor de una leona.
Antes de anochecer, Tilín y los tres hombres de su cuadrilla penetraron en Solsona llevando atado, como alimaña recién cogida, al respetable coronel don Pedro Guimaraens. A poca distancia les seguía un carro lleno de armas diversas. Inmenso gentío se agolpaba para ver al preso, a quien no compadecían muchos por ser hombre reputado de orgulloso, y que últimamente, a causa de la sospechosa templanza de su realismo, era acusado de jacobino.
VII
Al día siguiente Pixola, después de encomiar la acción de Tilín, dijo al señor capellán:
—Me parece que tenemos un hombre. Cuando las madres me lo recomendaron, le destinó mentalmente a ranchero; pero me parece que ese caballero del esquilón va a picar un poco alto. Le voy a dar el mando de una compañía. Ahí tiene usted un sacristán que valdrá más que cien obispos.
Las hordas de Pixola eran un conjunto heterogéneo de voluntarios realistas uniformados, procedentes de los cuerpos que se formaran el 24, de soldados desertores, de payeses que se armaban con lo que podían, y de trabucaires o contrabandistas de la Cerdaña y de los valles de Arán y de Andorra. En el improvisado ejército las jerarquías militares iban saliendo de los acontecimientos, de las hazañas individuales y también de las intrigas, fruto natural de toda colectividad donde hierven las pequeñas pasiones al lado de las grandes. Así es que el prestigio adquirido en un buen golpe de mano, y la recomendación de personas a quienes se tenía en mucho, bastaron a elevar a Tilín a una categoría semejante a la de teniente. El carnicero le llamó aparte, y agarrándole por un botón de la pechera, como era su costumbre siempre que hablaba con un amigo, díjole así:
—Mira, Tilín: yo voy ahora hacia Balaguer y la Conca de Tremp a recoger las tropas que se están organizando. Tú te vas hacia Pinós, donde hay mucha gente que no ha querido afiliarse. Allí se necesita una mano pesada. Te llevarás cincuenta hombres con el encargo de que has de reclutar doscientos. En ese país hay muchos caballos: no perdones ninguno... Oye otra cosa —añadió reteniéndole por el botón—. También hay mucho dinero; es preciso que recaudes todo lo que puedas: hombres, dinero, caballos. Abre bien las orejas: hombres, dinero, caballos. Espero que nuestro monago sabrá ayudar esta misa de sangre. Después nos reuniremos en Cardona para ir todos sobre Manresa, donde nos espera el general en jefe, Jep dels Estanys... ¡Ah!, se me olvidaba otra cosa: si encuentras tropas del gobierno, te retiras a la montaña y las dejas pasar.
Con estas instrucciones y sus cincuenta hombres partió Tilín el 8 de julio en dirección a Clariana y al río Cardoner. Asombró a todos la atinada organización que supo dar a su pequeña hueste, principiando por establecer en ella la más rigurosa disciplina. El segundo día de expedición, dos individuos de malísima estofa que habían sido contratados por Pixola en la raya de Andorra, no mostraron gran celo por cumplir una orden que el gran Tilín les diera. Reprendioles este con severidad, pero sin malas palabras ni grosería, y lo mismo fue oír la voz del jefe, rompieron ellos a reír diciéndole que harto hacían en dejarse mandar por un sacristán de monjas, y que no se les hurgara mucho porque también ellos sabían repicar campanas. El denodado teniente les mandó fusilar: hubo un momento de vacilación; pero los delincuentes perecieron; y a los disparos que les cortaran la vida siguió ese silencio congojoso de la disciplina, que es como el de la muerte. Tenía Tilín un núcleo de diez o doce hombres feroces que le obedecían ciegamente, y sobre esta sólida base fundó el orden y la cohesión admirables de su pequeño ejército.
Siempre sereno, atento a su deber, previsor, demostrando gran conocimiento del terreno y un tacto singular para dirigir la marcha, aquel prodigioso monaguillo se parecía a un gran general.
Antes de llegar a Cardona se internaron en la montaña buscando la sierra de Pinós. En todos los caseríos Tilín reclamaba los hombres útiles, y si algunos se le unían de buen grado, otros buscaban refugio en los bosques; pero él supo encontrar en su caletre trazas muy ingeniosas para que la mayor parte no se le escapase. El primer pueblo donde puso en práctica su plan fue San Salvador de Torroella. Hizo que se le presentaran el alcalde y los dos o tres vecinos más acomodados del pueblo; pidioles los mozos útiles desde veinte a cuarenta y cinco años, con más todo caballo, mula o animal cuadrúpedo que sirviese para transportes de guerra, y por añadidura una suma que concienzudamente fijó en treinta mil reales. Alborotáronse los prohombres, a pesar de su férvido y jamás sospechoso realismo, jurando y perjurando que ni aun vendiéndose al moro todos los vecinos juntarían los treinta mil. En cuanto a mozos, todos los del pueblo estaban ya en la evangélica facción, y de cuadrúpedos no había que hablar, porque allí el trabajo de los animales lo hacían los hombres.
Hallábanse durante estas conferencias en un mesón que hay a la entrada del pueblo. Tilín, económico de palabras como todo el que es pródigo de acciones, mandó al alcalde que bajase al patio.
—¡Perdón! —gritó el pobre hombre cayendo de rodillas.
Tilín dio una orden terrible como quien da un consejo, y el alcalde fue fusilado. Igual suerte habrían sufrido los otros caciques si al punto no acudieran los vecinos con todo el dinero que tenían y seis caballos, presentándose además catorce hombres que antes de la cruel sentencia y suplicio del alcalde andaban escondidos en pajares y desvanes.
En Prades tuvo mejor acogida. El alcalde salió vara en mano a recibirle, y denunció la existencia en el pueblo de dos sargentos indefinidos y de cuatro liberales, que a todas horas hablaban mal de sus majestades y de la religión. Sin atender a estas menudencias, Tilín pidió lo de siempre: dinero, armas, hombres, caballos. Hablósele de un rico que tenía cinco hijos útiles, muchos ahorros, dos pares de mulas, seis escopetas de caza y un pedazo de cañón de los que se cogieron a los franceses en el Bruch. Tilín mandó visitar la casa del rico y pudo allegar la mitad de aquellos tesoros, despreciando el medio cañón, que era de un valor puramente arqueológico. Los frailes salieron a recibirle en comunidad, y poco faltó para que salieran también con palio; le abrazaron, obsequiándole con gran mesa; pero él se mostró sobrio y discreto. Por la tarde, y delante de la misma puerta del convento, arcabuceó a dos reclutas que se le habían querido escapar. En Quadrells fueron cinco las víctimas; pero ya los mozos recogidos ascendían a ochenta, siendo menos de la mitad los recogidos por fuerza; los demás se filiaban voluntariamente por entusiasmo, o por vagancia o por miedo. El dinero recaudado se elevaba a diez mil duros, y las armas formaban un arsenal respetable, aunque heterogéneo. En caballos y mulas habían juntado lo bastante para organizar un pequeño escuadrón.
En Torá hubo conatos sediciosos, porque algunos descontentos quisieron separarse de la cuadrilla incitados por un voluntario de Berga, que era al modo de alférez. Tilín cortó la conspiración mandando arcabucear a siete; y a un bendito y chismoso lego de San Francisco que le acompañaba con hábito y sable, hízole obsequio de cincuenta palos por no haber dado cuenta de la trama, que conocía desde sus principios. Respetado y temido, Tilín avanzaba en su empresa, y fue terror de los pueblos y brazo potente de la insurrección en aquella agreste comarca, donde reclutaba zorros para hacer de ellos leones.
Al salir de Torá, sus espías le dijeron que una fuerza del ejército bajaba por la carretera de Manresa. Se la había visto el día anterior en Fals, y parece que seguiría en dirección a Castelfullit. Al punto ambicionó ardientemente el monago sorprender aquella fuerza, cualquiera que fuese su importancia: concebir un plan y dar las primeras órdenes para su inmediata ejecución, fue todo uno. Hermosísima noche le favorecía. Avanzó con buenos guías delante de sus tropas para hacerse cargo del terreno, y pagó a peso de oro el espionaje, en lo cual le favorecía la adhesión del país a una causa propagada al calor del fanatismo religioso; apostó sus tropas convenientemente después de obligarlas a una marcha titánica en seis horas por sierras y vericuetos; repartió palos a los morosos, fusiló a los díscolos, recompensó a los valientes, avanzó, acechó, olfateó, inquirió el rastro del enemigo con ese instinto felicísimo del guerrillero, que es la desesperación de la estrategia, y antes de que amaneciera el día 20 de julio cayó como una lluvia de verano sobre las tropas del coronel Roda (división de Carratalá), que recorrían la carretera de Cataluña para intimidar a los pueblos y desarmar a los voluntarios. Tres batallones y cuarenta caballos componían aquella fuerza, que fue materialmente destrozada y hecha trizas por un sacristán ávido de los laureles de Viriato. Había dado orden a sus guerrilleros de que no dieran cuartel. El estrago fue inmenso, la lucha breve y sangrienta, el gozo de Tilín delirante. Dispersose la mitad de los soldados por la vertiente de Monserrat; muchos perecieron batiéndose con ardor; cincuenta quedaron prisioneros con treinta y dos caballos y gran número de armas.
Era aquella la primera victoria formal del águila que había tenido por nido una sacristía y por plumaje una sotana. Pero él miró su triunfo como hombre acostumbrado a saborearlos, y se apresuró a tomar las medidas necesarias para hacerlo más fructífero. Sin dar descanso o su gente recorrió los pueblos de la carretera hasta cerca de Cervera. Calaf, Vilamajor, Montfalcó, Rabasa le vieron dentro de sus muros, y de grado o a regañadientes diéronle cuanto se le antojó pedir. Los mozos ingresaban con gusto, porque ya los frailes habían hecho su papel y tenían soliviantado al país; no así el dinero, para cuya percepción necesitaba Tilín emplear argumentos un poco fuertes y hablar con los fusiles de sus bárbaros soldados. Ovaciones y plácemes tuvo el héroe, y allí eran de ver cómo le ensalzaban los frailes y le mandaban golosinas las monjas, y le predecían todos magnífico porvenir y fama no menos grande que la de los más esclarecidos guerreros de la cristiandad.
No quiso llegar a Cervera, y retrocediendo volvió a internarse en Pinós, para de allí pasar a la cuenca del Cardoner y marchar a Cardona, donde esperaba recibir nuevas órdenes de Pixola. Había recogido doscientos hombres, más de quince mil duros, muchas armas y ochenta caballos. Por el camino instruía y armaba su nueva gente, aumentaba y organizaba un escuadrón. Satisfecho de tantos y tan rápidos triunfos, y comprendiendo por estos y por la magnitud de su suerte que merecía ser coronel, pensó darse a sí mismo este grado; mas la modestia habló en su alma, y contentose con ser comandante por el momento. Lo hizo extendiendo un oficio en que textualmente decía: «En atención a mis eminentes servicios a la causa de la religión y del trono absoluto, vengo en nombrarme comandante de los ejércitos de la fe».
Revolviendo en su monte estos y otros pensamientos, decía para sí:
—¡Rabo y uñas de Lucifer! Si Pixola no me reconoce el grado... le fusilaré.
VIII
Llegó a tierra de Cardona el 1.º de agosto. El calor era sofocante, y un sol canicular abrasaba y asfixiaba el país. Existe en aquel ducado uno de los más admirables prodigios de la naturaleza en Europa, y es la montaña de sal, que tiene más de cien varas de altura y una legua de circunferencia; inmenso cristal duro y brillante, con el cual podrían abastecerse todas las cocinas del mundo durante siglos de siglos, si fuese suprimido el mar. Los mágicos reflejos irisados, los cambiantes de mil colores que producen los rayos del sol al herir las vertientes de aquel peñasco, que semeja colosal diamante caído de las arracadas del cielo, seducen y embelesan la vista. No se parece aquel monte a nada de cuanto en otras sierras se ve. Sus crestas relampaguean, sus costados fulguran, en sus caprichosas grutas compiten los reflejos de todas las piedras preciosas.
Al caer de la calurosa tarde, las tropas de Tilín descansaban junto a una aldea y a la sombra de espesos bosques. El jefe avanzó paseando por la carretera, en compañía de su segundo y del padre Maza, no el de los cincuenta palos, sino un beato mínimo de Cervera que se le había incorporado en calidad de capellán, asesor militar, intendente, con ciertos vislumbres y pujos de jefe de Estado Mayor por su gran pericia topográfica en aquel país. Iba Tilín meditabundo, con las manos a la espalda, ademán harto común en los grandes genios militares, y contemplaba el monte de sal, que con la fuerza de los rayos del sol parecía estar sudando, y brillaba de tal modo, que en ciertos parajes no era posible fijar la vista en él. De pronto vieron los paseantes que por el camino abajo venía un hombre a caballo. No se le pudo distinguir bien en el primer momento, porque los resplandores del vibrante sol en la montaña cristalina le envolvían en diabólica luz, semejante a telarañas de fuego; pero cuando estuvo cerca, advirtiose que era el caballero de buen porte y el corcel de magnífica estampa.
—He aquí un viajero que me parece sospechoso —dijo el padre Maza—. Trae una valija a la grupa, y yo juraría que es militar aunque viste de paisano.
—Y yo —dijo Tilín— creo que en toda Cataluña no hay un caballo como este.
Cuando estuvo a diez pasos, Tilín gritó:
—¡Alto! Deténgase el jinete.
Este se detuvo de mal talante.
—¿A dónde va usted? —preguntole Tilín ásperamente.
—¿Y a usted qué le importa?... ¿Quién es usted?
—Soy el comandante Armengol, que manda un batallón de la división de Solsona —dijo el guerrillero, pareciendo muy complacido de tomar en su boca aquellos sonoros términos militares.
—¡Ah!... ¡ya! —exclamó el jinete con sorna—. ¿Pero qué batallón y qué ejércitos son esos?... ¿Me encuentro entre la gente del célebre Tilín, que estos días da tanto que hablar en el país?
—Ese soy yo —dijo el exsacristán con orgullo.
El jinete saludó.
—Muy señor mío... Lo celebro mucho. Espero que no habrá inconveniente para seguir mi camino.
—Según y conforme. ¿Quién es usted?
—Soy hombre de paz. Realistas, liberales, jacobinos y apostólicos son lo mismo para mí.
—¿De modo que usted no es nada?
—Nada.
—Grandísima falta: es preciso ser apostólico.
—Soy comerciante.
—¿Cómo se llama usted?
—Es curioso el señor militar.
—¿De dónde viene usted?
—Cansado es el interrogatorio.
—Poco a poco —dijo Tilín tomando la brida del fogoso animal—. Usted no pasa adelante sin probarnos que no es hombre sospechoso, un espía de Calomarde o del marqués de Campo-Sagrado. Será usted registrado: veremos si lleva papeles. En caso de que sea inocente, le dejaré marchar quedándome con el caballo.
—No permitiré que me quiten mi caballo —afirmó el caballero con resolución y enojo—. Sabré defenderlo.
Pepet llamó a los guerrilleros que estaban más cerca.
—Este hombre es preso —les dijo—. Llevadle al ventorrillo donde está mi alojamiento. Vamos allá, padre Maza, que, o mucho me engaño, o este encuentro ha de dar algo de sí.
Viendo el jinete que la resistencia, a más de ser muy arriesgada, habría empeorado su ya malísima situación, se dejó llevar con el alma inflamada de ira, maldiciendo entre dientes la hora menguada en que su mala suerte le llevara por aquel infernal camino. En el breve trayecto hasta la vivienda del jefe, esforzose en tomar cierto aire de dignidad y confianza, porque mostrarse débil y receloso entre semejante gente, habría sido excitarla más y más a la barbarie. Si le tomaban por un personaje de posición elevada, de esos que con sus amistades y relaciones se sobreponen a todos los obstáculos, incluso a los de la justicia, fácil sería que no le hicieran daño. Así, cuando se apeó junto al tinglado del ventorrillo entre un círculo de soldados y guerrilleros que admiraban la soberbia estampa del caballo, entregó este al mismo que le había conducido, y en tono señoril le dijo:
—Dale un pienso y agua. Cuídalo bien si quieres una buena propina. Si en vez de la propina quieres tres palos míos y una reprimenda del señor Tilín, trátamelo mal.
Dando dos palmadas de cariño al generoso bruto, entró en el alojamiento, que consistía en dos fementidas piezas comunicadas entre sí, y ambas horriblemente sucias y desmanteladas, sin más muebles que las cojas mesas y los bancos de figón manchados de polvo y vino. El caballero hizo que entraran su valija, y después se paseó por la estancia sin dignarse mirar a los guerrilleros que allí había, dormitando unos, y bebiendo o jugando los otros.
Era el preso un hombre como de treinta y cuatro años, de gallarda figura y hermoso semblante. Sus modales y su vestir revelaban esa hidalguía que antes se consideraba principalmente vinculada en la alcurnia, pero que ha tiempo ha pasado al patrimonio de todas las clases, aunque siempre viene desde la cuna. Su mirar tenía severidad y altivez en la precisa dosis que cabe dentro de la cortesía. Era bastante moreno, con hermoso pelo y bigotes negros; calzaba botas polacas, y el corte de su traje indicaba la mano de sastre extranjero. Su sombrero, que llevaba con gracia, no tenía entonces precedente en las modas españolas, pues era uno de esos blancos platos de lana que después se usaron mucho llevando el nombre de boinas. Este no era aún un nombre fatídico.
No hacía diez minutos que el caballero estaba allí, cuando entró Armengol, acompañado de su segundo y del padre Maza. Antes que le dirigiera la palabra, el preso dijo:
—Conviene que estemos un rato solos, señor brigadier.
Y él mismo señaló con un gesto la puerta a los guerrilleros. El padre Maza, juzgando que la orden de despejo no rezaba con él, acomodaba su crasa humanidad en un banco, cuando el caballero le dijo sonriendo:
—Si hoy necesito confesión religiosa, llamaré al padre mínimo. Por ahora únicamente tengo que hablar con el señor brigadier.
Quedáronse solos, y Tilín le dijo:
—Ha de saber usted que yo no soy brigadier.
—¿No? Yo creí que sí... Como en Cardona oí hablar tanto de usted, y se decía que había sometido toda la provincia de Lérida, juzgué que un caudillo de tanto valor no podía menos de tener un alto grado.
—Soy comandante —afirmó secamente Tilín.
—Me habían dicho que era usted muy joven —dijo el caballero observándole con curiosidad y admiración—; pero nunca creí que fuera tanta su mocedad. Usted llegará a los primeros puestos, aunque es preciso contar con la envidia, que intentará estorbar su carrera. Los jefes procurarán oscurecer sus triunfos, le rebajarán, lo calumniarán tal vez... Hoy mismo, cuando son tan evidentes los servicios de Tilín, he oído censurarle por excesivamente atrevido, y hasta me han dicho que Pixola piensa quitarle el mando de esta fuerza... Amigo mío, no contaba usted con la envidia, que en nuestro país, por desgracia, ennegrece todas las cosas...
—¡Destituirme!... ¡Quitarme el mando! —exclamó Tilín con ira—. Falta que yo lo permita. ¿Dicen eso en Cardona?
—Lo oí decir a dos frailes de San Francisco que ayer mismo comieron con Pixola en Clariana.