Un voluntario realista

Part 1

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

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EPISODIOS NACIONALES

UN VOLUNTARIO REALISTA

Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.

B. PÉREZ GALDÓS EPISODIOS NACIONALES SEGUNDA SERIE

UN VOLUNTARIO REALISTA

35.000

[Ilustración]

MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA (Sucesores de Hernando) ARENAL, 11 1906

MADRID. — Imp. de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

UN VOLUNTARIO REALISTA

I

La ciudad de Solsona, que ya no es obispado, ni plaza fuerte, ni cosa que tal valga, y hasta se ha olvidado de su escudo, consistente en cruz de oro, castillo y cardo de los mismos esmaltes sobre campo de gules, era, allá por los turbulentos principios de nuestro siglo, una de las más feas y tristes poblaciones de la cristiandad, a pesar de sus formidables muros, de sus nueve esbeltos torreones, de su castillo romano, indicador de gloriosísimo abolengo, y a pesar también de su catedral, a que daban lustre cuatro dignidades, dos canonjías, doce raciones y veinticuatro beneficios. La que Ptolomeo llamó _Setelsis_, se ensoberbecía con la fábrica suntuosa de cuatro conventos que eran regocijo de las almas pías y motivo de constante edificación para el vecindario. Este se elevaba a la babilónica cifra de 2056 habitantes.

Estos 2056 habitantes _setelsinos_ ocupaban, ¿a qué negarlo?, lugar muy excelso en el mundo industrial con sus ocho fábricas de navajas, tres de candiles y otras de menor importancia. También se dedicaban a criar mulas lechales que traían del cercano Pirineo; cultivaban con esmero las delicadas frutas catalanas, y eran maestros en cebar aves domésticas, así como en cazar la muchedumbre de codornices, palomas silvestres, ánades y becadas, que tanto abundan en aquellos espesos montes y placenteros ríos. No podían ser tales industrias de las menos lucrativas en tierra tan poblada de canónigos, racioneros y regulares.

En 19 de septiembre de 1810, los franceses, que nada respetaban, entraron en Solsona con estrépito, y después de cometer mil desmanes se entretuvieron en quemar la catedral: con tal siniestro desplomáronse las torres y vinieron al suelo las campanas. También pusieron mano en los conventos, encariñándose demasiado con los de religiosas, donde cometieron desafueros que mejor están callados que referidos. El convento de monjas dominicas, llamado de San Salomó por ser fundación del marqués de este nombre (1573), padeció diversos tormentos, de los que no pocas memorias guardaron las espantadas vírgenes del Señor. Tan horribles excesos no eximían a las santas casas de sufrir expoliaciones y derribos, y San Salomó, que perdiera en aquel horrendo día tantos tesoros, se quedó también sin copón, sin candeleros y sin las arracadas de la Virgen. Desaparecieron cuadros y estatuas, y un trozo del ala de poniente fue derribado a cañonazos, quedando reducidas a escombros seis celdas del piso alto y el refectorio en planta baja.

Era San Salomó un edificio de muy diversas partes compuesto, que semejaba una vieja capa de riquísima y descolorida tela, remendada con innobles trapos. Había allí algo del género ojival que domina en el Principado, restos de bóvedas románicas, puertas churriguerescas, trozos pertenecientes a la insulsa arquitectura del siglo pasado, paredes de ladrillo enyesado, tapia de adobes, muros hendidos, techos que se habían chafado cual sombrero; tragaluces bizcos, rodeados de una especie de marco palpebral de blanco yeso; rejas comidas de moho, tras de las cuales estaban las podridas celosías, por cuyos huecos solo cabía el dedo meñique de las monjas; vigas que servían de puntales; tapiales modernos que se empeñaban en cubrir huecos ocasionados por el desplome o abiertos por la bala de artillería; una torrecilla cuya espadaña solo tenía un esquilón; en suma, era un adalid valeroso combatido por los formidables enemigos que se llaman tiempo y guerra, pero que se defendía bien tapándose sus heridas y remendándose sus desgarrones como Dios le daba a entender, y desafiaba orgulloso lluvias y vientos, prometiéndose llegar con sus jorobas, infartos, bizmas y muletas a las más remotas edades venideras.

Estaba San Salomó en un extremo de la ciudad y en el punto más desierto de ella, por donde partía el camino de Guardiola y Peracamps, que a corto trecho se trocaba en intransitable cuesta escarpada, cuyas ramificaciones se perdían en la montaña. La calle de los Codos, llamada así porque formaba dos ángulos en opuesto sentido quebrándose como un biombo, limitaba el convento por poniente. Dicha calle no era otra cosa que un hueco, foso o pasadizo entre San Salomó y el lienzo occidental de la muralla de la ciudad, y los codos que daban nombre a la tal vía eran ocasionados por los ángulos estratégicos de la fortificación. Al fin de la calle se veía un torreón, y un poco más allá la puerta del Travesat.

Por oriente, con vuelta al mediodía, estaba la iglesia, en la calle de la Sombra, y no lejos de la puerta de aquella, la del torno y locutorio, que era un arco románico picado y bruñido por la barbarie académica del siglo anterior y pintorreado de azul por orden de la madre abadesa. Hacia el norte extendíase la gran tapia de la huerta, sin más huecos que las hendiduras producidas por el resentimiento de la fábrica. Las rejas y celosías, en la parte más alta, miraban al campo por encima de la muralla. Su estructura no permitía a los curiosos ojos monjiles ver la calle, en lo que verdaderamente perdían muy poco, pues rara vez pasaba por las calles de los Codos o de la Sombra alguna cosa digna de ser vista.

A pesar de su aspecto caduco, no reinaba la miseria en el interior de aquel silencioso retiro, como acontece en los conventos del día, que casi, casi no son otra cosa que asilos de mendicidad. Por el contrario, al decir de algunos curiosos solsoneses, imperaban allí dentro el bienestar y la abundancia. Siempre fueron las dominicas poco inclinadas a la pobreza absoluta: su Orden ha sido por lo general aristocrática, compartiendo con la del Císter la prerrogativa de acoger a las señoritas nobles a quienes vocación sincera, desgraciados amores o la imposibilidad de ocupar alta posición, arrojaban del mundo. San Salomó albergaba, en la época de nuestra historia, veintidós señoras, que habían llegado a sus tristes puertas impulsadas respectivamente por alguna de aquellas tres causas. Todas eran nobles, pues no podía convenir al decoro del reino de Dios que mancomunadamente con las hijas de marqueses y condes vivieran mujeres de baja estofa. Además de las rentas de la casa, que a todas por igual beneficiaban, algunas monjas, contraviniendo las reglas más elementales de la Orden, gozaban de rentillas y señalamientos privados que les otorgaran el padre, el tío o el abuelo, y esto se lo comían en la sagrada paz de su celda sin dar participación a las demás. Es probable que no reinara dentro de San Salomó la paz más perfecta, como acontece en los claustros donde se han relajado todas las reglas y sobre la fraternidad impera el egoísmo; pero también es probable que los solsoneses no supiesen nada de esto, porque entonces los conventos, si habían olvidado muchas cosas, aún sabían guardar a maravilla sus secretos.

Y sus secretos eran: que se permitían hacer vida separada, comiendo algunas en sus celdas y teniendo criadas para el servicio particular; que unas diez hermanas no se hablaban ni aun para saludarse, porque era evidente que si cambiaran dos palabras, de estas dos palabras había de nacer una docena de disputas; y finalmente, que algunas (afortunadamente eran las menos) se odiaban de todo corazón.

Por diversas cosas y motivos era célebre San Salomó; pero aquello en que su fama se elevaba hasta tocar el mismo cuerno de la luna, era el arte culinario. Váyanse noramala cuantas confituras han podido labrar manos de monja en todas las órdenes habidas y por haber; váyanse con mil demonios los platos suculentos e ingeniosos de la cocina extranjera; que nada hay comparable a lo que salió en tiempos felicísimos de los hornos, de las sartenes y de los peroles de San Salomó. Aún vivía, no hace muchos años, uno de los testimonios más entusiastas de aquella superioridad incontestable, el padre Mercader, arcipreste de Ager, _vere nullius_, que fue en su edad de oro capellán de aquellas benditas mujeres. Viejo y enfermo ya, se rejuvenecía refiriendo los sabrosos regalos que le enviaban en días solemnes, con la particularidad de que las señoras de San Salomó hacían platos nunca ideados por cocinera alguna, y que unían a la novedad el gusto más excitante y delicado. Ellas tenían hábiles trazas para preparar una colación en la cual se saborearan bocados muy exquisitos sin faltar al ayuno. Ellas aderezaban una comida de vigilia con tal arte, que sin faltar a las reglas literales de la penitencia, experimentaba el paladar regaladas delicias. Hacían, entre otras cosas, un guisote de abadejo que en la Semana Santa de cierto año produjo grandísimo zipizape en el cabildo catedral por los celos que de los felices gustadores de aquella ambrosía piscatoria tuvieron los que no lograron catarla. El deán y el arcipreste estuvieron siete años sin hablarse.

Basta de cocina.

II

Durante cuarenta años fue sacristán de San Salomó un buen hombre, sencillo y piadoso, que tenía por nombre José Armengol. Como sintiera que la muerte venía por él, pensó que era lamentable no dejar sucesor en la sacristía para que recayese en su linaje la recompensa de tantos años de servicios prestados a la religión con piedad y desinterés. No tenía hijos el señor Armengol, pues el único que Dios le concediera había muerto de un lanzazo en la guerra del Rosellón; pero tenía un nieto que, si bien de corta edad, podía servir para desempeñar el cargo, mayormente si las benévolas monjas le enderezaban a la virtud haciéndole hombre devoto o instruyéndole en todos los oficios de la sacristanía. El señor Armengol se murió tranquilo y satisfecho cuando la madre abadesa le prometió que el pequeñuelo sería sacristán de San Salomó.

Trajeron a Pepet de las montañas de la Cerdaña, en que se criaba libre y salvaje como los pájaros, familiarizado con las altas cimas piníferas, con las soledades abruptas y rumorosas, con el estrépito de los torrentes y la sombría majestad de la cordillera de Cadí, país propicio a las leyendas y al bandolerismo. Doce años tenía cuando se vio en poder de la madre abadesa, la cual, poniendo sobre la cabeza del rapaz su mano protectora, le dijo con grave y bondadoso acento:

—_Noy_, el Señor te ha favorecido desde tu tierna edad destinándote, aunque indigno, a servir en esta casa. Grande honra te cabe en esto, y no todos tropiezan a tu edad con tales prebendas. Pruébanos ahora que mereces el favor de Dios, y que eres capaz de sostener el buen nombre de tu abuelo.

Pepet miró a la madre abadesa con espanto. No comprendía lo que aquello significaba, aunque su instinto le hizo entender que se hallaba bajo el dominio de las señoras pálidas, de fantástico aspecto, cubiertas de blancos paños y de negras tocas. Quiso protestar; pero le faltaron voz y valor para ello.

La primera noche que pasó en el convento tuvo calentura y pesadillas horribles, durante las cuales giraron en su cerebro las pálidas caras de ojos mortecinos, desabrido sonreír y glacial aspecto. Aquel andar suave y vagaroso por los claustros y coro sin que se sintieran los pasos, infundíale más pavor que respeto. El susurro de sus apagadas voces, semejante al gotear de una fuente lejana, le hacía temblar. Pero los días pasaron, y aquella primera impresión penosa se calmó, llegando el inocente niño a ver sin miedo a las religiosas y a considerarlas como unas señoras muy buenas, infinitamente mejores que cuantas hembras de una y otra clase había visto en su corta vida.

Pepet se adiestraba en su oficio bajo la dirección de un sacristán suplente traído para aquel objeto de Nuestra Señora del Claustro, hombre sesudo y riguroso, a quien llamaban por apodo Fray Tinieblas. De seguro habría tratado mal al neófito por envidia de sus altos destinos sacristaniles, si las monjas no lo impidiesen, manifestando al chico la protección más decidida. Los conocimientos y la práctica de Pepet adelantaron rápidamente, y la madre abadesa, que desde el coro atisbaba los primeros trabajos del predestinado niño, decía para sí con gozo:

—Este tierno arbolito será digno sucesor de aquel tronco robusto que se llamaba José Armengol.

A los dos meses de hallarse en San Salomó, presenció Pepet un espectáculo que produjo en su alma sensaciones muy hondas y patéticas. Era un día de gran solemnidad. La iglesia resplandecía como un ascua de oro, y eran tantas las luces, que él solo recordaba haber encendido más de doscientas. Debía de correr la estación primaveral, porque los altares estaban llenos de frescas y olorosas flores que embriagaban el sentido. Llenábase la estrecha nave de fieles, que pugnaban por hallar un hueco, y se estrujaban unos contra otros. El señor obispo, acompañado de un mediano ejército de canónigos y racioneros, había subido al altar mayor y entrado en la sacristía. Deslumbradoras ropas con encajes, oro, pedrerías, cubrieron los encorvados hombros, y sonaron melodiosos cantos de órgano combinados con la dulcísima voz de las monjas. Pepet miraba y oía con embeleso, sintiendo su alma en estado de arrobamiento y exaltación; su fantasía simpatizaba de un modo extraordinario con las cosas solemnes, ruidosas y bellas.

Pero el estupor del sacristán en ciernes llegó a su colmo al ver que entre la fila de monjas arrodilladas en la delantera del coro apareció una joven de sorprendente hermosura. Vestía las fastuosas ropas mundanas que jamás había visto él en tan lóbregos sitios. Lujosas pedrerías adornaban su garganta y orejas, y sobre sus hombros caían con admirable majestad y gracia los más hermosos cabellos negros que se podían ver en el mundo. Su divino rostro estaba tan pálido como la cera de la encendida vela que en la mano tenía. No alzaba del suelo los ojos, no movía ni las cejas ni los descoloridos labios, ni las negras pestañas que velaban sus miradas como vela el pudor a la hermosura, ni parte alguna de su cuerpo. Parecía una estatua, una mujer muerta que, acabada de morir en aquel mismo instante, se conservara derecha y de rodillas por milagroso don.

El obispo echó muchos latines, y todos echaron latines, incluso Pepet, que también había aprendido sus latines sin saber lo que querían decir; y el órgano seguía cantando como una endecha tierna y dulce, semejante o canción de amores, o al acordado ritmo de flautas pastoriles en las soñadas praderas de la égloga. El pueblo gemía lleno de admiración o quizás de lástima. Estaban todos en lo más serio de los latines, de la música y de los gemidos, cuando Pepet vio que rodearon a la hermosa doncella que parecía muerta; quitáronle sus joyas; arrancaron de su seno las flores que lo adornaban, y que ni aun en el mismo tallo natal habrían estado mejor puestas, y después... Pepet sintió que la sangre ardía en sus venas..., oyó el rechinar de unas tijeras. ¡Horrible, feroz atentado! ¡Le cortaban los cabellos!... Los tijeretazos que arrancaban una tras otra guedeja, destrozaron el corazón del pobre rapaz..., sintió que su alma minúscula se llenaba de una cólera sofocante, irresistible, volcánica; sintió una angustia mortal, y sin saber cómo, dio un salto y lanzó un terrible grito, diciendo:

—¡Brutos!... ¡Pillos!

Hubo pequeña alarma, y le recogieron del suelo, porque había perdido el conocimiento. El obispo se echó a reír, y los demás también. Repuesto de su desmayo, Pepet salió de la sacristía, donde le había metido Tinieblas. Desde aquel momento sintió que en su espíritu entraban de rondón ideas nuevas, y que su conciencia empezaba a sacudirse y a resquebrajarse como un gran témpano que se deshiela. Oyó con indiferencia las palabras huecas de un canónigo que subiera al púlpito para suplicar a todas las jóvenes solsonesas allí presentes que imitaran el ejemplo de la gentil doncella, que había dejado el regalo de su casa y el cariño paterno para desposarse con Jesús, aceptando la vida de humildad y de penitencia que estos celestiales desposorios traen consigo. La hermosa doncella que había tomado el velo era doña Teodora de Aransis y Peñafort, sobrina del conde de Miralcamp.

Poco después de este suceso, Pepet cayó gravemente enfermo de pertinaces calenturas; véase cómo. Las madres de San Salomó, que comprendían cuán necesitada de esparcimiento y solaz es la niñez, permitían a su acólito que fuese todos los días a jugar con los demás chicos del pueblo, los cuales tenían costumbre de congregarse al filo del mediodía en la ribera del río Negro, por ser este el sitio donde con más libertad se entregaban al juego de tropa, que era su mayor delicia. Allí organizaban ejércitos con espadas de caña y sombreros de papel; allí asaltaban formidables plazas, defendían castillos, se destrozaban a cañonazos (entiéndase pedradas) conquistando lauros inmortales y ganando gloriosísimas contusiones, tras de las cuales venía la zurribamba que en sus casas les administraban los enojados padres o el maestro de escuela.

Al poco tiempo de darse a conocer Pepet en aquella sociedad militar donde se estimaban en su justo valer las prendas del soldado, empezó a desplegar eminentes dotes. Tenía el condenado chico ese singular don de mando que aparece frecuentemente en la niñez como anuncio de una superioridad futura. Algunas veces desaparece, y los que de chicos fueron leones, al crecer se vuelven pollinos. Pepet era atrevido, daba grandes porrazos, no perdonaba las faltas de disciplina, sacaba de su cabeza admirables invenciones en cuanto a plan de batallas y pedreas, y resolvía gallardamente todas las disputas, ya fuesen personales o de antagonismo, entre los distintos cuerpos de ejército. A todo atendía con prudencia suma, por todo velaba; era astuto en las exploraciones, heroico en los encuentros, prudente en las retiradas, previsor en todos los casos. Si se trataba del aprovisionamiento de las plazas, nada se hacía sin Pepet, que al ver a sus bravos soldados faltos de vituallas, dirigía admirablemente el merodeo de fruta en las huertas del río, o el saqueo de una cabaña cuando estaban ausentes los dueños. Muchos palos y tirones de orejas ganaban todos a veces en estas guerreras trapisondas; pero las más veían recompensadas sus fatigas con el abundante esquilmo de las parras llenas de racimos, de los perales y de los melocotoneros.

Pepet no ascendió a general: lo fue desde el primer momento, porque su natural intrepidez y la energía de su carácter púsole desde luego en aquel elevado puesto, donde se habría conservado, con asombro y orgullo de ambas riberas, si no atajaran sus pasos gloriosos las calenturas. El río Negro, con sus verdosos charcos, era un foco de miasmas palúdicos. Muchos días pasó el chico entre la vida y la muerte; pero Dios y los cuidados de las buenas madres le salvaron.

Vivía el pobrecito general, en compañía de Tinieblas, en la habitación sacristanesca, pieza espaciosa y abovedada que estaba debajo del altar mayor. Una puerta comunicaba esta pieza con el claustro del convento, y aunque la regla mandaba que estuviera siempre condenada, y bien lo decían sus gruesos barrotes y candados, las madres la tenían abierta durante el día, y por ella entraban en la vivienda de Pepet con ánimo de asistirle. Merecía disculpa y aun perdón esta falta cometida con fines tan caritativos. La madre abadesa y sor Teodora hacían la buena obra con solicitud y piedad.

La convalecencia de Pepet fue muy larga y penosa. Quedose pálido y delgado como un cirio; sus ojos se habían agrandado tanto, que parecía que ellos solos ocupaban la cara. Apenas podía andar, y la buena Teodora de Aransis y la excelente sor Ángela de San Francisco, le sostenían cada cual por un brazo para que paseara un poco por el claustro y la huerta en las horas de sol. Sentábanle en un banco, y allí pasaba largos ratos con la mirada fija en el suelo, las manos cruzadas. Fortalecido al fin, buscaban las madres algo que le entretuviese, pues nada es tan necesario a los muchachos enfermos y decaídos como un juguete o pasatiempo cualquiera que les distraiga y alegre los espíritus. La madre Teodora, que en lo compasiva y generosa ganaba a todas las habitantes de San Salomó, lo mismo que les superaba en gracia y belleza, le dijo un día, hallándose con él en el claustro:

—Pobre Pepet, siento mucho que no tengamos en la casa un mal juguete con que puedas vencer tu tristeza.

Pepet sonrió, mirándose en los hermosos ojos de la monja, que cual espejos negros le fascinaban.

—¿Qué deseas tú? Dímelo y veré si puedo proporcionártelo —añadió la religiosa con dulce bondad—. Estás muy triste..., ¿qué deseas?

Pepet callaba, sin dejar de mirarla con una fijeza parecida al éxtasis. Interrogado de nuevo, murmuró:

—Yo deseo..., sí, señora; yo deseo...

—¿Qué?

—Un tambor —repuso el chico con firmeza.

La monja se echó a reír.

—Ya sé que eres muy guerrero —dijo—, pero en esta casa no tenemos nada de eso. ¡Sería bueno que se oyera aquí ruido de tambores!... Que se te quite eso de la cabeza, pobre Pepet... ¿Quieres que te haga un sombrero de papel y una espada de caña para que te pasees por la huerta como un general?

Sin esperar contestación, la de Aransis corrió a su celda con andar vivaracho, y al poco rato regresó, trayendo un sombrero hecho de papel que usaban para poner pastas al horno, y una espada de caña. Dando ambas prendas a Pepet, le dijo con orgullo:

—En un momento lo he hecho... ¿Verdad que está bien?

Pepet no hizo movimiento alguno para constituirse en propietario de aquellos enseres marciales. Permitió que sor Teodora le pusiera el gorro; pero sus ojos relampaguearon, y rechazó la espada diciendo:

—La espada que yo deseo no es de caña, sino de hierro.

III

Pepet se curó por completo. Pasaron años, y el muchacho crecía, y en el convento se desarrollaba placentera y sosegada la vida de las monjas. Con los años fue desplegando Armengol tan buenas aptitudes para aquel edificante servicio, que al fin quedose solo y despidieron como inútil a su maestro Fray Tinieblas, de Nuestra Señora del Claustro.

Fiel a sus deberes, respetuoso con las madres, puntual en las ocasiones, riguroso con los fieles, fanático por la religión, Pepet era un modelo de sacristanes. Su carácter adusto y reconcentrado, su trato más bien taciturno que amable, la aspereza de sus palabras, no eran realmente defectos en aquel difícil puesto. Su formalidad era objeto de grandes alabanzas; había olvidado los ruidosos juegos de su infancia. Jamás se le vio en tabernas ni en sitios malos, ni gastó palabra en disputas, ni dinero en francachelas, ni el tiempo en cosas frívolas, ajenas al cuidado y custodia de su querida iglesia. De esta manera llegó a los dieciocho años, siendo su salud perfecta, su vida triste y metódica, su castidad absoluta.