Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer
Part 8
¿No es un valor heroico el de la mujer que á todos estos defectos opone las cualidades contrarias? ¿No hay un valor sublime en oponer la conformidad y la dulzura á la ira, la moderacion á la grosería, la paciencia á la mezquindad, la resignacion á la injusticia y el silencio digno al insulto?
Hablemos aún de la esposa; ved á esta otra afanada en arreglar su casa todo lo posible con el escaso sueldo de su marido; vedla ideando mil prodigios de economía, arreglando de su ropa los trajecitos que han de engalanar á sus hijos; mirad el vestido de la mayor; es uno de los que su madre se hizo para casarse; la blusita del segundo está hecha de la única bata de abrigo que tenía; la colgadura de la cama en que duerme el niño que áun alimenta á su pecho, es de su blanco vestido de boda. Ella cose, borda, plancha, lava, y por la noche, cuando están dormidos, reza por la dicha de su esposo y de sus hijos, en vez de descansar de las fatigas del dia.
¿Y en la mesa? la comida, dispuesta por sus manos, no es ni muy abundante ni muy delicada; ella hace platos para ofrecerlo casi todo á su marido y á sus hijos, y desde luégo todo lo mejor; ¡pobre mujer! la fatiga, los cuidados, la falta de buen alimento, han marchitado su belleza y el delicado color de sus mejillas; se apagó el brillo de sus ojos, pero áun se ve en su rostro la sublime expresion del amor, de la esposa y de la madre. Y léjos de agotarse su valor, cada dia se levanta alegre y esforzada á sufrir las mismas penas, á soportar las mismas privaciones; y no se crea que esta mujer ha sido nunca vulgar ó prosaica; si tiene algunos minutos de tiempo, en tanto que sus hijos duermen, toca el piano; esta mujer piensa y siente; gusta de leer y comprende lo que lee; no lee nunca libros necios é insípidos, y sabe distinguir, así en la lectura como en todo, lo que es bueno de lo que no lo es; tiene instinto de lo bello y una poesía natural que se comunica á cuanto toca y la rodea; no es, en fin, una mujer ordinaria, sino una criatura noble, dotada de una naturaleza exquisita; por eso tiene todas las virtudes, por eso es admirablemente valerosa para descender á todas las realidades de la vida, para soportarlas y para cumplir con sus deberes de esposa y madre.
IV.
La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.
Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.
Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.
Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.
Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca, mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y animándoles con su voz y con su presencia.
Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y persecuciones.
Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la cabeza de un corto número de caballeros.
Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las naciones.
Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.
El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas, admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas lo esperan, ni lo desean.
Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de ángel.
Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada; oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad, queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar; rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole, en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única legítima, única dulce, única que llena el corazon.
¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué inagotable y noble paciencia!
Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato! ¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle, nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia llegará en que le diga:
--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!
V.
Fuerza es, pues, educar á la mujer para que sepa sufrir con valor las contrariedades y dolores de la vida; fuerza es inspirarle ese valor que no deja subir al labio la queja, que enmudece ante el agravio, que perdona la injuria en vez de vengarla, que absuelve siempre, y siempre disculpa.
Las mujeres varoniles llamarán quizá á este valor _debilidad_; pero la que esto escribe, muy débil materialmente, sólo concibe así la fortaleza femenina, sólo así procura ejercitarla, sólo así la aconseja, sólo así la desea, y sólo así la cree la mejor corona de su sexo.
LA CORTESÍA.
I.
La verdadera cortesía nace de la bondad del corazon y es la llave que nos abre todos los corazones; es la expresion ó la imitacion de las virtudes sociales; y estas virtudes son las que nos hacen útiles y agradables á las personas con quienes tenemos que vivir.
En sociedad se perdona rara vez una falta de cortesía, porque no hay otro modo de demostrarse afecto y benevolencia que las mutuas atenciones, triviales en la apariencia, pero que muchas veces nos conquistan afectos profundos y sinceros.
Una visita de atencion, el sencillo y cordial ofrecimiento de un libro, de un grabado de modas ó de una pieza de música, un simple recado que manifieste interes, nos abren á veces un corazon bueno y leal, cuyo cariño es eterno.
Verdad es que la cortesía impone algunas molestias; pero es como un freno saludable que nos impide entregarnos á nuestras pequeñas pasiones; es decir, es como un velo delicado con el cual podemos cubrir nuestros defectos, impidiéndoles salir á la luz y mostrar toda su fealdad.
La amabilidad, la cortesía son como precisas en la edad juvenil, en esa edad en que el corazon, sin penas aún y sin sacudimientos, debe estar todo dispuesto á la dulzura y á la indulgencia.
Nada es más bello y nada hace formar mejor y más noble idea del carácter de una jóven que la deferencia y las atenciones que consagra á los amigos de sus padres; algunas veces estos amigos son ancianos, y su trato, por consecuencia, es poco entretenido, porque adolecen de mil rarezas; pero los padres acogen, no sólo con benevolencia, sino con cariño á las jóvenes amigas de sus hijas; sonrien con tierna indulgencia oyendo sus conversaciones superficiales y sus juegos ruidosos, y encuentran en sí mismos algun destello de alegría que mezclar á la de aquéllas, no porque ellos se diviertan, sino porque las ven dichosas.
Una jóven no debe consentir jamas que la antigua amiga de su madre ocupe un asiento incómodo, teniendo ella otro mejor; debe escuchar cuanto diga con aspecto de verdadero interes, y ceder en todo á la opinion de las personas mayores que han adquirido la triste ventaja de la experiencia.
II.
Tanto como en sociedad, ó acaso más, es precisa la cortesía en el seno de la familia.
Procurad, amigas mias, ser atentas con vuestros hermanos y hermanas, esos primeros amigos de nuestra existencia; no seais jamas con ellos secas, difíciles, díscolas, tales, en una palabra, como os avergonzaríais de aparecer á los ojos de los demas.
¿Por qué arrebatarse entre hermano y hermana un libro que agrada, un sitio cómodo? ¿Por qué armar disputas por las cosas pequeñas? Esas querellas, que parecen tener tan pocas consecuencias como tienen fundamento, van minando lentamente el edificio de la mutua consideracion; llega una de las grandes crísis de la vida en que se necesita el amor de las familias, y éste ¡ya no existe!
La dulce intimidad que reina bajo el techo doméstico, no debe degenerar nunca en esa grosera franqueza, que debilita y rompe los lazos más sagrados.
No es de buen gusto la familiaridad que algunas jóvenes ostentan con sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni áun en la amistad más íntima; la cortesía, los modales atentos son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos, y muchas veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cariño la desatencion, que está muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente; las he visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal ó materno, y estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales ó inferiores, sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para todos los demas?
III.
Hablar de sí mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.
Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesía que nos gana todos los corazones.
En sociedad es preciso olvidarse de sí mismo para atender á las penas, á las molestias y hasta á las excentricidades de los demas; es preciso manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de sí mismo, y ser amables si queremos ser amados.
Pocos afectos nacen espontáneos, á no ser el amor; el cariño, la amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la dulzura y la benevolencia del carácter, las atenciones para con los demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del carácter. Una de las primeras reglas de la cortesía es no decir jamas ninguna cosa que desagrade ú ofenda á quien nos escucha; si las personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin reflexionar, dicen mil inoportunidades.
--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces á personas que dicen cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el corazon de alguno de sus oyentes.
Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace odiosas y repulsivas á todos.
Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda: en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.
Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan distinguida á la mujer.
En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados: la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.
Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.
Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una inteligencia femenina, jamas estará solo.
Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.
En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad, y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más fortuna.
Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.
PENSAR Y SENTIR.
CARTA Á UNA JÓVEN.
I.
Puesto que deseas saber mi opinion, querida Valeria, acerca de si es preferible para la felicidad de la vida el que la mujer sepa pensar ó sepa sentir, voy á decírtela, no dándotela en absoluto, sino sencillamente, como una opinion que me es propia, y nada más.
Creo, mi amada Valeria, que el sentimiento puede llegar á ser un mal no estando guiado por la razon; es decir, que el sentir solo no es bastante para la felicidad de la vida si no se piensa tambien, para regular nuestras acciones del modo más acorde, no sólo con el buen parecer, sino tambien con la tranquilidad á que debemos aspirar.
Personas hay en las que el sentimiento por lo extremado puede llamarse enfermizo, y la que te escribe estas líneas es una prueba de ello: todo lo que sienten es con tan inmensa fuerza, que la razon no se muestra sino generalmente traida por algun amargo desengaño; es decir, que no dan cabida jamas á esa augusta huéspeda cuando tienen el alma llena de flores y de armonía, sino cuando el dolor la ha convertido en un árido desierto, cuando sólo ven tinieblas y soledad dentro y fuera de sí.
Si á la par que el alma se eleva á las regiones del sentimiento, el pensamiento caminase tranquilo por el sendero de la razon; si meditásemos en vez de dejarnos llevar por los sueños vanos y peligrosos de la fantasía, entónces podriamos ser dichosos y labrar á la vez la dicha de cuantos nos rodean.
Pero ¡ay! cuanto más se siente ménos se piensa, y si observas, Valeria, lo que pasa al derredor tuyo, te convencerás de esta triste verdad, lo mismo que si te observas á tí misma; tú amas, y el anhelo de estar constantemente al lado del objeto de tu amor, el exceso mismo del sentimiento que te inspira, no te deja pensar en que puede cansarse de estar siempre en tu compañía; en que en vez de desear que llegue el dia de ser tu esposo, puede temerlo como un mal irremediable. El amor, Valeria mia, necesita de una atmósfera pura y serena, y no puede existir en un ambiente sofocante. El amor ha de vivir libre y no prisionero; el amor ha de ser espontáneo y no impuesto; y si no piensas en esto, si te limitas sola y únicamente á sentirlo, á acrecentarlo cada dia y á exigirle más sacrificios, el amor morirá y huirá de tí, dejándote destrozado el corazon, donde con tanta intensidad, donde con tan ardiente exclusivismo le albergaste.
El amor verdadero, el amor noble, profundo y generoso, tiene su carácter propio, tiene sus manifestaciones, tiene sus distintivos, por decirlo así; una vez convencida de que existe, no te empeñes en sostenerle con artificios, cuando puede vivir por sí solo; déjale completa libertad, deja que luzca la llama sin darle la presion de un fanal, porque toda luz así velada, es más opaca y ménos pura.
Ni te empeñes tampoco, llevada por el exceso mismo del sentimiento, en creer toda la dicha de la tierra encerrada en tu amor.
He visto desdichadas mujeres vestir con las galas de su imaginacion, rica y entusiasta, un ídolo de barro; prodigábanle las perlas y las flores, y le veian, no cual era, que entónces se hubieran asustado, sino como ellas lo querian ver.
¡Ay! ¡Cuanto más elevaban el ídolo, cuanto más levantaban el pedestal, más lo alejaban de ellas! Llegaba el dia en que, cansadas de sostenerlo, en que rendidas de aquel trabajo sin recompensa y sin gloria, de aquel trabajo vil, que la ingratitud no reconocia y que el mundo acusaba, dejaban caer los brazos, y entónces el ídolo venía al suelo, se hacía pedazos y dejaba ver el polvo vil que constituia su sér.
Esta es, Valeria mia, la amarga historia del corazon de muchas mujeres: historia triste, que va envuelta en un dolor mortal, y que no lleva consigo ni áun la gloria del martirio.
Piensa, pues, y rechaza los ídolos de barro; no des tu corazon más que á un hombre digno de tí, pero no pidas tampoco á este hombre más que lo que un hombre puede conceder, ni llegues á las exageraciones del sentimiento.
El sentimiento exagerado no halla su recompensa, ni es pagado jamas.
II.
En el matrimonio te recomiendo más todavía el pensar: las sublimidades, querida mia, no lo son en la vida real sino cuando van acompañadas de la augusta luz de la razon: si no haces más que sentir, eres mujer perdida: el raciocinio es de todo punto indispensable para guiarnos en las sinuosidades del camino: el sentimiento nos extravía muchas veces, ó más bien nos extravía siempre.
Hay que sentir, por decirlo así, con medida, y hay que pensar mucho: hay que pensar en la dicha de toda una familia, y hay que poner al sentimiento límites muy estrechos las más veces, por más que el sentimiento parezca ilimitado como todo lo infinito.
Ya en la edad madura, presumo que el pensar se sobrepondrá en tí al sentir, como sucede á todas las mujeres. La ancianidad: hé aquí el puerto de paz de las mujeres que sienten con exceso: la ancianidad con su velo blanco apaga el fuego de la pasion, y trae á la razon por la mano, como fiel y cariñosa compañera.
En las nobles y elevadas regiones del arte, el pensar y el sentir son tambien dos cosas que deben ir juntas si el artista ha de producir obras de esas que no mueren jamas; pero en el artista el sentimiento ha de preceder al pensamiento, y ha de ser más grande; se necesita sentir en sí mismo la belleza ideal, y luégo pensar con firmeza en la ejecucion; pensar incesantemente en la necesidad de llevarla á cabo; el trabajo constante es la ley del arte, como es la ley de la vida. «Paganini, dice Balzac, que hacía vibrar su alma en las cuerdas de su violin, hubiera llegado á ser un violinista ordinario si hubiera pasado tres dias sin estudiar.»
Y en otra página de sus libros inmortales añade el mismo gran escritor frances:
«El arte es la creacion idealizada: así los grandes artistas, los poetas completos no esperan ni los encargos ni los compradores: crean hoy, mañana, siempre; y de esto resulta esa costumbre del trabajo y ese perpétuo vencimiento de las dificultades, que les mantiene en eterno y amoroso lazo con su musa protectora y con sus fuerzas intelectuales. Canova vivia en su taller, como Voltaire en su gabinete: Homero y Fídias han debido vivir tambien así.»
Si el artista se deja llevar sola y exclusivamente del sentimiento, degenerará en soñador, y entónces no hay gloria posible para él; porque la pereza es el estado normal de todos los artistas, pudiendo ocuparla con sus sueños sin fin, y es muy fácil convertirse de pensador en soñador y sumergirse en esa peligrosa reverie, enfermedad del alma, y abismo donde quedan sofocadas las nobles aspiraciones del arte y del trabajo.
III.
Mas hablemos de nosotras, ó más bien de tí, amada Valeria, de tí que pones ahora el pié en el florido sendero de tu vida; de tí, que tienes el alma llena de fe y henchida de esperanza, y que me preguntas con el santo candor de la inocencia:
¿Qué haré? ¿Conviene más á la mujer pensar ó sentir? ¿Deberé crear en los mundos de la pasion, ó fabricarme una vivienda en los de la razon?
Ni lo uno ni lo otro, Valeria: vive en ambos, y no renuncies del todo á ninguno de los dos: líbreme Dios del dolor de verte _racionalista_ como del dolor de verte soñadora: aquello es el desierto de hielo; esto la perpétua y dolorosa decepcion: vive sobre todo para el amor, pero deja á la razon que modere la impetuosidad de tus impresiones y que las regule, como un hábil mecánico regula el movimiento de una magnífica péndola, para que marque el trascurso del tiempo; el decorado de esta péndola puede ser tan bello como el sueño de un poeta: mas esto no impide que la máquina sea de una exactitud y regularidad perfectas, sino que, por el contrario, estas condiciones hacen de ella una obra maestra, y completan la admirable armonía del conjunto.
LAS VISITAS.
I.
--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no há muchos dias, en presencia mia, una señora jóven y bella,--cada dia tengo más: es una fatiga: ¡pasan de cuatrocientas! Así es que siempre estoy en falta con las gentes: mi última enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no sé qué hacer.
--Hay un medio fácil de salir del paso,--opinó otra amiga de ambas que la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen cada dia veinte ó treinta, dejando tarjetas en las porterías ó subiéndolas el lacayo.
--¡Magnífica idea!--exclamó la dama,--lo salva todo: cumplo con las gentes, como quien dice, sin tiempo.
Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada inteligencia, no ménos que por su edad avanzada: era tio de la que acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.
--¿Por qué haces tú visitas?--le preguntó, despues de haberla mirado en silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion que le era habitual.
--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.
--¿Sólo por eso?
--¿Y por qué otro motivo se hacen?
--Por afecto á las personas á quienes se va á visitar.
--¡Dios mio!--exclamó la jóven señora,--si fuéramos á amar á todas las personas á quienes visitamos, ¿dónde habria corazon para tanto? Ademas, amistades verdaderas ¡hay tan pocas!