Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer
Part 7
Quédense para el sexo fuerte las grandes, las que producen acciones heroicas que se esculpen en bronces y en mármoles. El brioso alazan necesita la inmensidad para lanzarse en la brava carrera: el cisne necesita sólo el dulce y límpido lago, y el pajarillo la embalsamada y escondida floresta: así nosotras, tanto ó más que las relevantes cualidades, mucho más que la ciencia y la grave y sólida instruccion del espíritu, necesitamos rodearnos de las pequeñas flores del Evangelio, abiertas bajo los pasos de aquél que fué dulce y humilde de corazon.
Paciencia, dulzura, indulgencia, afabilidad, cortesía, olvido, ignorancia de la falta de los otros, caritativa condescendencia para las debilidades de los demas, yo os llamo desde lo íntimo de mi corazon para que hagais mi vida apacible y feliz.
Fuerza es que yo lo confiese; las grandes virtudes, tales como en general se entienden, me han asustado mucho siempre, y áun más el aspecto de los que las practican, porque las personas de gran virtud se me han presentado constantemente ceñudas, mal vestidas, mal peinadas, regañonas é intolerantes.
¡Cuántas dulces y pequeñas virtudes he visto ocultas, por el contrario, bajo la graciosa apariencia de la belleza y la elegancia!
--Esa es una persona de gran virtud, he oido asegurar algunas veces; yo me he vuelto llena de aquel amor y veneracion que profeso á todo lo bueno, y me he hallado con una mujer fea, flaca, vestida de mala manera, huraña, regañona, con el traje roto y descuidado.
--Está sólo dedicada á servir á Dios, me han dicho, y su desprendimiento de las cosas terrenas es profundo y absoluto.
--¡Y qué! exclamé yo un dia con la ingenuidad de doce años que contaba entónces, ¿porque se sirva y se ame á Dios se ha de vestir así? ¿Impone su servicio por librea la miseria y la fealdad? Yo he leido en mis libros de estudio, que los antiguos coronaban de flores los blancos becerros y los hermosos corderillos que sacrificaban á sus dioses: ¿merece ménos nuestro Dios que aquéllos ídolos? ¿Merecen ménos tambien sus servidores que aquellos animales?
Debo confesarlo: nadie halló que responderme; pero la servidora del Dios de bondad y de misericordia me echó una mirada de cólera y de encono, y oí salir de entre sus labios, pálidos y secos por el ayuno, el dictado de chiquilla insolente con que me regalaba.
II.
--¡Parece, continué yo riéndome de la horrible cara que me puso, parece que sólo se ofrece á Dios lo que el mundo ya no quiere, lo peor y lo más feo! ¡Todas las mujeres excesivamente devotas son solteronas viejas ó que se han vuelto muy feas, y á mí me parecen criadas del diablo! Jesus es muy hermoso: su madre es hermosísima, y se deben disgustar de los santurrones de ambos sexos. Y luégo, yo sé, porque lo dice la Historia Sagrada, que Abel elegia para el altar del Señor sus más bellos y sazonados frutos, sus más frescas y perfumadas flores: estos dones los consumia la llama divina, y los de Caín quedaban intactos, porque llevaba al altar lo peor que tenía. ¡Luégo esta señora se parece á Caín, pues no se dedicó al Señor cuando era jóven y bonita, sino ahora que ya no es lo uno ni lo otro!
Una carcajada acogió esta salida, más sincera que cortés, y más lógica que agradable para la señora de gran virtud.
III.
No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la que las haya amado y cultivado constantemente.
¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos, bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido trabajo.
¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el sacrificio queda cumplido!
IV.
¡Pequeñas, bellas y delicadas virtudes! ¡Perlitas puras de la cadena de la vida, hecha de tanto hierro! ¡Yo os amo, os venero y os llamo en auxilio mio á todas horas! ¡Os necesito, porque adoro vuestra belleza! ¡Abridme vosotras los corazones y conquistadme afectos! ¡Sed mis protectoras, y que vuestro dulce y santo perfume anuncie mi presencia!
Amables y lindas jóvenes que leeis estas líneas, mejor sentidas por mi corazon que trazadas por mi mano: la virtud que resulta de todas estas pequeñas virtudes reunidas, es tambien una gran virtud, como es bello y admirable un mosaico compuesto de partículas diminutas y delicadas; pero esta gran virtud que poseeréis practicando las pequeñas, no es fea, sino bella, adorable, llena de poesía y de gracia: esta gran virtud os exige el ser agradables, bonitas, elegantes, afables y dulces: os ordena cultivar vuestro talento y vuestras gracias, y es la sola verdaderamente grande y digna de ser ofrecida al Dios, todo amor, todo grandeza, bondad y misericordia.
LA DESGRACIA.
I.
Empezaré copiando un bello y elocuente párrafo del ilustre escritor frances Mr. Jules Janin, que servirá como de tema y sumario á las desaliñadas líneas de este pobre artículo.
Vosotras,--dice á las damas parisienses,--pagais muy caro el ir á ver tragedias llenas de exageraciones, ejecutadas en verso, por buenos ó malos actores: el dinero que gastais sin placer, por lo que llamais vuestros placeres, deberiais llevarlo allá arriba, cerca del cielo, bajo los techos donde el estío es abrasador, y donde en el invierno se tiembla de frio; en esas alturas dolorosas, ¡Dios sólo sabe cuántos dramas crueles podriais encontrar! ¡Dios sabe si enjugariais lágrimas verdaderas! En esos sitios, visitados por vosotras, os sentiriais bendecidas, amadas y alabadas; desde el fondo de los corazones conmovidos, las lágrimas que vertierais serian muy dulces.
«¿Por qué vais, pues, á vuestras fiestas, á vuestros espectáculos, á vuestras exposiciones, á vuestras matanzas? Allí verteis lágrimas estériles, sobre buhardillas de tela pintada y compadeciendo el corazon desgarrado de una mujer, que despues cenará perfecta y alegremente: allí la orquesta es la que agita vuestros nervios, y las ficciones las que exaltan vuestra imaginacion. Id á buscar las desgracias verdaderas; y por la noche, en lugar de soñar con tiranos de melodramas, armados de puñales y de copas llenas de veneno, soñaréis con las desgracias que habeis socorrido; veréis á la madre de familia cuyo hijo habeis salvado, y oiréis las bendiciones del anciano. ¡Hé aquí los dramas que traen paz al alma, y á la noche sueños dulces, y consoladores!»
Este predicador mundano y elegante ha encontrado, observando lo que pasa en derredor suyo, los acentos puros y nobles de la verdad, y nada mejor podemos hacer las mujeres que seguir su consejo.
No es la desgracia que se ostenta la más digna de compasion y de lástima: es la que se oculta; la que se avergüenza de sí misma: es la que vive bajo las apariencias de la decencia, la que está valerosamente combatida por la dignidad.
¡Cuántas y cuán diversas fases tiene la desgracia! Desde la escasez, donde empieza la pobreza, hasta la miseria que es su último grado, la desgracia se presenta á nuestros ojos mil veces al dia, pasa al lado nuestro, nos implora, y nos tiende la mano á cada instante, sin que nos apercibamos ó queramos apercibirnos de su presencia.
II.
Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tenía una fortuna más que regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas, amigos fieles y cariñosos; y sin embargo de todo esto, se tenía algunas veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus desfallecimientos, y á veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su tranquilidad.
Aquella mujer, jóven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.
En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones á los niños, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas: la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.
La señora M. que así se llamaba la dama que se tenía por tan desgraciada, la llamó para que diese leccion á sus hijos, niños de corta edad; y preguntándole un dia, supo por fin el secreto de la felicidad de aquella humilde criatura.
--He vivido siempre para los otros y jamas para mí,--le dijo,--el yo es el enemigo más formidable de toda dicha. Muy jóven aún, quedé sin padre y sin otro talento que una bonita letra; procuré utilizarla y busqué algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de mí, y esto me daba valor, enviándome Dios como supremo consuelo, la esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba manuscritos: tenía ademas nociones de dibujo; procuré perfeccionarlas, y traté de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante bien.
De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, murió, y los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: ¿qué hacer? Los traje conmigo, y la pluma corrió más de prisa sobre el papel. Dios, que es el padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros: mi pluma dió para todo durante quince años: mi anciana madre murió sin que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella; pero pocos instantes ántes de cerrar los ojos, me dijo:
--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para tí; pero ahora en el cielo te pagaré mi deuda, y rogaré á Dios que recompense tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltará.
--Mi madre murió; yo eduqué á mis huerfanitos con todo el amor y cuidado posibles: los niños aprendieron una bonita letra y los coloqué bastante bien en el comercio: la niña aprendió el lindo y aseado oficio de modista.
Cuando ya no tuve que trabajar más que para mí, me puse muy triste... Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones á los niños de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero á todos y soy dichosa.
La señora de M.... oyó casi avergonzada la historia de aquella noble criatura, diciéndose que la desventura puede salir del seno de la felicidad, y que la dicha más pura puede salir del seno de la desgracia.
III.
Las más brillantes posiciones ocultan á veces desgracias terribles.
El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaños; el sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces frívolos, estas cosas reunidas y áun cada una de por sí, producen un malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la más horrible de las desgracias.
No amar á nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera más morir.
Así, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su camino una persona atea á fuerza de sufrir, que se dedique á consolarla, á endulzar su amargura, á reanimar su fe y su esperanza, y hará una obra tan meritoria como dando pan á un infeliz pordiosero, porque la miseria del alma no es ménos dolorosa que la del cuerpo.
Sólo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busquémosla por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrámosla con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio, privándonos de algo supérfluo, para dar á los desdichados lo necesario.
LA HERMOSURA Y LA ELEGANCIA.
No hace muchas noches que nos hallábamos reunidas algunas personas, enlazadas por los vínculos de la amistad más verdadera, en el lindo gabinete de una simpática jóven, casada hace poco más de un año con un hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carácter.
No éramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos años: el esposo de nuestra amiga era la persona más grave, y no ha llegado todavía á la edad madura.
En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de política y de obras dramáticas, la parte débil se ocupaba en bordar y charlar de modas y de las novedades del dia.
--¿Qué os parece de Luisa R....?--dijo de repente la señora de la casa, dirigiéndose á nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro de oir contínuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mérito muy escaso.
Al oir nombrar á Luisa R. todos los caballeros dejaron sus conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.
--¿Lo veis?--exclamó mi amiga entre risueña y enojada,--en nombrando á Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. ¿Qué tendrá esa mujer?
--Yo no lo sé,--respondió una de las jóvenes,--á mí me parece muy grande su boca y demasiado corta su nariz.
--Pues á mí,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan dulces y expresivos.
--Yo no la encuentro bonito nada más que el talle.
--Á mí me gusta la expresion de su rostro.
--Pero señores, ¿quieren VV. volver á su conversacion?--exclamó una de las presentes,--¿no es muy doloroso que ni áun delante de nosotras hayan VV. de contener su admiracion por la señorita R....?
--Es un delito de lesa galantería,--añadió otra.
--Es insoportable,--agregó una tercera.
--Mi marido tiene la culpa,--dijo la señora de la casa.--¿Quereis creer que es uno de los más acérrimos partidarios de Luisa?
--No lo niego,--respondió sonriendo el aludido,--me agrada esa jóven, y si eso es delito, todas estas señoras me excusarán, estoy seguro de ello.
--¿Nosotras?--gritó airado el coro femenino.
--Sin duda: y si no, veamos: en la parte bella de esta reducida reunion, algunas han dicho que les agradaba Luisa y otras que no les gusta: ¿no es cierto?
--Sí: ¿pero qué tiene eso que ver?...
--¡Paciencia! ¿Hay aquí una sola que haya dicho que Luisa es fea ó desagradable?
--No la creemos ninguna de las dos cosas.
--¿Hay alguna que haya encontrado de mal gusto su modo de vestir, ó faltas de elegancia sus maneras?
--¡Oh, no! dijo la esposa del que hablaba, yo soy justa: he visto muy pocas personas de modales más distinguidos.
--Ni de más variada y dulce conversacion.
--Ni de una sencillez más elegante en el vestir.
--Ni de más gracia en todas sus acciones.
--Ved aquí, señoras, explicada la causa del imperio que esa jóven ejerce en nosotros y áun en su mismo sexo, lo que es mucho más raro, dijo triunfante nuestro antagonista: la belleza es relativa; es decir, agrada segun el gusto de la persona que la contempla; la elegancia es absoluta, es decir, que agrada á todos y á todos cautiva: podrán VV. expresar su gusto acerca de las facciones de Luisa, que á unas agradarán y á otras no; pero con respecto á su perfecta educacion y á su carácter simpático, nadie halla defectos que ponerla.
La llegada del té impidió que respondiéramos á aquellas palabras sensatas y llenas de verdad; pero así que la parte masculina nos dejó para ir á saborear sus habanos, nosotras volvimos á hablar de Luisa.
--Mi marido tiene razon, es preciso concederlo, dijo nuestra amiga: no sé por qué nos admiran las inmensas simpatías que alcanza Luisa: ¿no habeis reparado con qué gracia se viste, qué dulzura hay en sus palabras, qué encanto hay en su voz?
--Y luégo, añadió otra, su elegancia es incomparable: sabe de qué modo se ha de vestir á todas horas, y lo hace con un gusto exquisito.
--No será, pues, por su riqueza.
--¡No por cierto! Sus medios no pueden ser más escasos, y á no ser por su habilidad...
--Es, en efecto, positivo, dijo nuestra amiga, que en la sociedad rendimos culto--y á veces hasta involuntariamente--á todo lo que es bueno y bello: la simpatía es una ley poderosa, y sólo la dedicamos á quien la merece: pocas veces se engaña la simpatía, y áun es más fácil que se engañe el amor, porque en éste tienen su parte los encantos del rostro, en tanto que aquélla nace casi siempre del conocimiento de las bellas prendas del alma y de una educacion esmerada.
Vemos algunas veces una figura muy bella, pero que no nos agrada: sin embargo, siempre seducen y cautivan la verdadera elegancia, los modales escogidos, y en fin, la distincion natural de aquella, á quien un carácter dulce hace más encantadora.
VALOR FEMENINO.
I.
No es, por cierto, la cualidad moral que se lee al frente de estas líneas peculiar sólo del hombre, ó necesaria únicamente al sexo fuerte; la mujer necesita tambien ser valerosa, y lo es muchas veces, si bien en una esfera más humilde y más silenciosa que aquél; porque todas las virtudes de la mujer--y el valor es en ella una virtud,--brillan y deben brillar poco, y se desarrollan y lucen entre las paredes solitarias del hogar doméstico.
No busqueis el valor en la mujer cuya cabeza turbulenta ó vacía la aleja de su familia para ir en pos de las fiestas y los placeres; ésa será, no tímida, sino pusilánime: el valor de la mujer se apoya desde luégo en un perfecto raciocinio, en un juicio sólido, en un casto decoro.
El valor en el sexo bello está sostenido por la dignidad: así, pues, la jóven coqueta, la esposa ligera, la viuda verde y pretenciosa, no pueden poseerlo; pero la mujer cristiana, suave y fuerte á la vez, como la de la Escritura, puede dar ejemplos de valor al más esforzado guerrero.
Y no hay que pensar que yo, al hablar del valor en la mujer, trato de que, como Judit, quiera aquélla libertar á la patria, ó como Juana de Monforte defender sus estados, ó como Catalina de Médicis tener sujeta á su familia con un yugo de hierro, no; yo no he pensado jamas, al pensar en el valor de la mujer, en las guerreras, en las políticas, en las avaras, en las intrigantes, que en todas épocas han brillado en el mundo.
Tampoco he confundido nunca con el valor la sangre fria con que he visto á algunas mujeres engañar al padre, al hermano y al esposo; el verdadero y santo valor de la mujer está léjos de la mentira, del fraude, de la ambicion y hasta de la ligereza; la mujer para ser valerosa ha de empezar por ser humilde, modesta, piadosa, amable, digna, prudente, buena hija, buena esposa y buena madre.
Porque el valor en ella es el resultado y el punto de partida de todas las demas virtudes que la enaltecen.
II.
Nunca he podido oir hablar de la emancipacion de la mujer sin que una sonrisa de lástima se haya asomado á mis labios.
¿Para qué quiere la mujer vivir por sí sola? Tal como vive hoy tiene ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y léjos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese á su lado, y para que fuese lo que debe ser.
No há menester el valor para seguir una carrera de áridos y monótonos estudios; no le necesita para manejar por sí sola sus negocios, para luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito ó para matar á quien la calumnie ó la ofenda; necesita el valor para sufrir como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar de los suyos las espinas, dejándoles ver sólo las flores.
Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille en él la luz suave y vivificante de las creencias religiosas, mantenidas con su ejemplo.
Le necesita para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, á fin de que no falte á su familia la decencia, lujo de las fortunas modestas, ó la limpieza, lujo de la desgracia.
Le necesita para educar á sus hijos, para consolar á su marido si sufre, para alegrar los últimos dias de sus ancianos padres: éste es el valor, ésta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar en las aulas ó el que puede desplegar en los combates.
Mujeres valerosas necesita más que nada la sociedad: mujeres valerosas que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar á su marido: que se humillen á los importantes, aunque al parecer fútiles cuidados del ama de la casa: que se doblegue á coser, á zurcir, á enseñar á su cocinera el modo de condimentar un plato y á arreglar sus habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las cátedras y para otros elevados destinos están los hombres; si algun dia llega en que la mujer sepa desempeñar todas esas cosas y en que no le sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrán recibido una herida de muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha doméstica.
III.
Voy á poner algunos ejemplos, de cómo comprendo el valor en la mujer.
Creo que al casarse una jóven--casi siempre de muy pocos años--no se deja el corazon en la iglesia, y desgraciado de su marido si tal hiciera.
Y bien: ese corazon que se ha abierto al amor del hombre á quien ha elegido por esposo, como una flor al rocío de la aurora; ese corazon tierno, sensible, lleno de ilusiones, puede verse destrozado por amargos desengaños, puede helarse al soplo del egoismo marital, como sucede muchas veces.
Pero como las heridas del corazon no afean el rostro, sino que, por el contrario, suelen hacerle más interesante, la pobre esposa inspira á otro hombre simpatía y afecto verdadero: entónces compara entre el esposo desencantado y el galan rendido; entre el que la deja sola y el que anhela verla un instante; entre el que la desdeña y el que la ama; ¿quién puede salvar á esta mujer del precipicio cuando á nadie puede pedir consejo? su valor; ese valor que está apoyado en el sentimiento del deber, en su fe cristiana, en su propia dignidad.
Con valor generoso huye de ver á quien la persigue, y con valor contesta negativamente á todas sus aspiraciones.
Valor necesita para sofocar su sed de ternura, su necesidad de afectos, y este valor sólo á Dios lo pide; sólo de Dios puede venir.
Valor necesita para preferir el abandono en que la deja su marido y la soledad de su casa, á las dulces pláticas del amor mutuo y correspondido; para dejar las flores por las espinas, lo agradable por lo enojoso, la alegría por la tristeza, las sonrisas por las lágrimas; y sin embargo, este valor lo tiene siempre la mujer honrada.
Busquemos á la esposa en otra esfera; imaginemos que ha pasado ya la edad del amor, ó que, por dicha suya, no lo ha inspirado á ningun otro hombre más que á su marido; pero supongamos que este marido es irascible, colérico, grosero, mezquino, en una palabra, insoportable.