Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer

Part 3

Chapter 34,071 wordsPublic domain

El chiste es siempre resbaladizo y peligroso; muchas veces es cruel: nada respeta, á todo se atreve, y por lo mismo prueba poca altura de sentimientos.

Pascal lo ha dicho: _palabras chistosas, mala alma_; y ésta es una de las verdades terribles del gran pensador.

Pero si el chiste es desagradable y antipático cuando lo usa un hombre, no sabria expresar lo odioso que me parece en una mujer.

La prefiero sentimental, romántica; prefiero uno de esos figurines atrasados, del tiempo de los poetas melenudos y llorones; una de esas mujeres que se rodeaban el rostro de tirabuzones (propiamente dicho) y bebian vinagre para palidecer.

Á lo ménos aquéllas lo amaban todo, todo lo lloraban, todo lo compadecian; y ésa es la mision de la mujer, ya sienta con mesura, ya exagere la expresion de sus sentimientos.

El chiste lo materializa todo, y el tomar la vida por su lado material es odioso tratándose de nuestro sexo. La mujer debe vivir sólo por el sentimiento y para el sentimiento: una mujer chistosa es una triste anomalía en su especie: más simpática es á mis ojos, como he dicho ántes, la romántica, y más lo es tambien la marisabidilla, porque ésta ama, como la otra, alguna cosa: ama el estudio y tiene la noble ambicion de poseer talento; pero las mujeres chistosas se inmolan á lo más prosaico, á lo más miserable de la tierra, sin mirar jamas al cielo, patria del alma.

II.

Yo amo á la mujer sonriente; pero me disgusta mucho riendo á carcajadas, porque la risa destemplada, brutal, por decirlo así, está siempre inspirada por el ridículo, es decir, por la muerte moral de alguno ó quizá de muchos seres.

Y ademas, ¿qué ternura puede existir en el corazon de una mujer que se burla de todo?

¿Qué hay para ella de sagrado, de noble é interesante?

La reputacion de chistosa es mortal para una jóven, porque se halla en completa oposicion con todas las leyes del pudor, de la dulzura y de la reserva.

El amor y la amistad huyen de ella asustados, porque el amor busca las almas que le ofrecen un nido de bellas y perfumadas flores, y la amistad no tiene la abnegacion que impide ver los defectos y que los perdona aunque los vea.

Reconveníase en cierta ocasion á una madre porque en vez de moderar la excesiva sensibilidad de su hijo, la excitaba, llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos y contándole historias tristes, y le decian que lo haria desgraciado afinando así las fibras más delicadas de su alma.

--Prefiero,--respondió aquella tierna madre,--el que mi hijo sea bueno á que sea feliz.

Admirable respuesta, y que prueba el temple de alma de aquella mujer superior.

III.

Se oye algunas veces decir:

«¡Qué alegre y animada es la señora A. ó la señorita X!...»

Es decir, ¡qué burlona, qué franca en sus modales, qué propensa á la hilaridad, qué chistosa, en fin!

¡Libre Dios á las amigas de mi alma de semejante elogio!

¡Líbreos Dios de él, mis amadas lectoras! El pudor, la decencia, la cortesía, la amable y santa benevolencia, tienen reglas fijas, é infringirlas es muy perjudicial y muy triste.

Ningun hombre valiente, generoso, dotado, en fin, de cualidades sérias, es chistoso.

Ninguna mujer suave, dulce, modesta, digna y bien educada lo es tampoco.

Hay, sí, en algunas almas una cierta alegría serena y pura que jamas ve negro en los horizontes de la vida, que mira cada cosa por su lado mejor, y que no se deja abatir por las penas pequeñas y mezquinas; pero estas bellas almas están dotadas de una esperanza, de una resignacion, de una tranquilidad, de una dulce alegría que no excluye el sentimiento, y que está muy léjos de la grosera y vulgar alegría que produce el chiste. Yo he dicho en una _Plegaria á la Vírgen_, que acaso conoceréis algunas de vosotras...

La vida es buena: si en el bien se emplea, Resbala alegre en la modesta casa; Risueña corre en la pajiza aldea, Vuela feliz si en la opulencia pasa.

* * * * *

Sí; la vida es buena para el que trabaja, para el que piensa, para el que ama, sobre todo; y el que se burla de cuanto conoce, ni ama, ni espera, ni es feliz, porque la burla deja en el alma un sabor amargo.

IV.

Triste tarea es buscar en todo el ridículo, que es como si dijéramos, el padre del chiste: verdad es que hay gustos tan puros y tan nobles, que al instante le advierten; mas tambien la amable benevolencia de carácter trae la indulgencia consigo y suaviza todo lo que es desagradable á los otros. El chiste, no solamente nota el ridículo, sino que lo busca donde no existe, y ridiculiza todo lo que hay de más noble y más santo en la tierra, sin que los espíritus celestes escapen siempre de su tijera envenenada.

Yo veo siempre al chiste envuelto en un vapor de sangre, porque sé que un chiste ha costado la vida á muchas personas y la felicidad á muchas familias.

Así, pues, mis amables lectoras, reprimid todo lo posible la propension que sintais á reiros de algunas cosas y á ridiculizar otras; respetadlo todo, excusadlo todo, admirad lo bello, que esto hace bien al alma, y cuando veais al mal, llorad en vez de reiros.

Sólo una cosa ahoga el ridículo, la sangre; la persona de figura más risible, si al entrar en un salon dispara un tiro al primero que vea se burla de él, adquiere en el instante la terrible majestad del crímen y de la venganza.

Un chiste puede traer un ridículo incurable, y por lo mismo puede causar la muerte de alguno.

Que vuestros puros labios no se manchen jamas con la risa burlona y con las chanzas atrevidas: todos los seres de la creacion merecen nuestro respeto, y el más abyecto merece nuestra consideracion, nuestra simpatía, nuestra compasion siquiera.

El ridículo no está en lo que miran los burlones: existe, á mi ver, en su perversion interna; hay aberraciones en el espíritu, como en el cuerpo hay dolencias; pero si provocan una sonrisa no deben hacer que nos cebemos con malignidad en los que las padecen.

Sobre todo, jóvenes lectoras, á las que amo tanto y cuya felicidad tanto me interesa, huid de la reputacion de chistosas; y si vuestro carácter es alegre, que sea el rayo de sol que todo lo embellezca y fecundice, y no el relámpago de cárdena luz, que dé á los objetos tintas lívidas y sombrías.

DESALIENTO.

Lo primero, lo indispensable es amar: no importa á quién, no importa qué: amad, y estais salvados...

(DUMAS _hijo_.)

I.

--¿Para qué?

Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la savia de las ilusiones y seca todas las flores del corazon.

¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué la dicha de los otros?

La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.

El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de cabellos blancos.

Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.

--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.

--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!

Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.

--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!

--¡La gloria es humo!

--¡Para ganar dinero!

--Me sobra con lo que tengo.

--Cásese usted.

--La mujer á quien amaba me ha engañado, y no puedo ya ponerme á la persecucion de un nuevo amor.

--¡Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, ¿en qué cree?

--Casi en nada.

--¿Ni en la amistad?

--Ni en la amistad.

--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pensé con tristeza.

--Así, continuó mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del marasmo en que me encuentro: si voy á trabajar, no hallo motivo para ello; nadie me interesa ni á nadie intereso yo.

--¿No ama V. á nadie?

--Ya he dicho á V. que amé; amé con fe, con entusiasmo, con pasion, y fuí engañado... una mujer es la que ha llevado á cabo mi destruccion moral.

--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.

--La creia la mejor... piense V. cómo juzgaré á las otras; algunas veces he deseado volver á querer, y siempre me he hecho esta pregunta:

--¿Para qué?

--¡Fatal pregunta!

--Á la que contestan siempre la lógica y la razon.

--¿Qué responden?

--Que la dicha es un sueño; que todo es mentira en la tierra, y que sólo imperan en ella el cálculo y el egoismo.

Incliné la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo á las ideas de aquel pobre sér desengañado, sino lamentando el no poder hacer brotar una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.

II.

Era una hermosa tarde.

Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años, con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre una doble guirnalda de flores.

Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados rayos.

Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no queria llegar hasta mi mente.

Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez, porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V. nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?

--Creo que no.

--¿No tiene V. padres?

--Hace ya largo tiempo que los perdí.

--¿Ni hermanos?

--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.

--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre tantas tinieblas.

--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero y le basta.

--Escríbale usted.

--¿Para qué?

--Para saber de ella: acaso esté enferma.

Mi amigo meció negativamente la cabeza.

En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á espirar al pié de la montaña.

Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal «¿para qué?», se lanzó á su encuentro.

III.

--¿A qué has venido?--preguntó á la mujer tomándola una mano.

--¡A verte!--respondió ella,--muchos dias he estado esperando tu acostumbrada carta: al ver que no llegaba, he temido que te hallases enfermo.

--¿No ha llegado el dinero?

--Sí, ha llegado, pero ¡ah! ¿qué importa el dinero cuando se trata de tu salud?

Al hablar así aquella mujer, fijaba en su hermano de leche una mirada llena de ternura, y cubierta de lágrimas.

--¿Y has dejado á tus hijos?--preguntó él.

--Sí.

--¿Solos?

--Solos: la mayor cuenta ya diez años.

--¿Y los has dejado por mí?

--Sólo por verte.

IV.

Al siguiente dia la pobre viajera se hallaba en cama y atacada de una fuerte calentura; la fatiga de un largo viaje en un caluroso dia de Julio, habia encendido la sangre en sus venas.

La ciencia no pudo salvarla.

Dos dias más tarde las campanas doblaban por ella: murió con tranquilidad y sonriendo.

--¿Está V. arrepentida de lo que ha hecho? ¿ha sentido venir aquí?--la preguntó el sacerdote que asistia sus últimos instantes.

--No, padre mio,--contestó;--hice lo que mi corazon me dictaba; el Señor me ha llamado á sí, ¿qué más da en esta ocasion que en otra? ¡Hágase su santa voluntad!

Mi amigo no ha vuelto ya á pronunciar su terrible «¿para qué?»

Trabaja sin descanso para sus cinco hijos, como él llama á los huérfanos, y cuando la fatiga le abruma, mira al cielo con los ojos del alma, y allí ve la sombra de su hermana.

El sacrificio le ha mostrado el amor.

La muerte le ha mostrado á Dios: hoy su vida tiene un noble objeto: la felicidad de cinco desvalidas criaturas.

LA BELLEZA Y LA GRACIA.

Los años, los dolores, las tempestades de la vida, marchitan la hermosura y hasta destruyen sus últimos rasgos: la gracia, que nace del sentimiento de lo bello y de una inteligencia superior, la gracia sola, es inmortal.

(ANÓNIMO.)

I.

No es la belleza sola la que adorais, vosotros, los que pretendeis ser héroes en el amor: yo os hago la justicia de creer que si pasais por delante del cuadro de _Las tres Gracias_, ó de la estátua de Vénus, les concederéis una mirada de admiracion y nada más.

Acaso podréis apasionaros con el entendimiento de una obra de arte y pasar largas horas extasiados ante una de esas dos bellas creaciones; porque el arte tiene inmensa é indefinible atraccion; pero esa admiracion apasionada os la inspirarán lo mismo _Los Niños coronados de flores_, del Dominiquino; _El Caballero de Malta en oracion_, de Hobemma, y la _Joconda_, anónima, que cada dia encadena á sus piés, durante algunas horas, á muchas grandes inteligencias, en el museo del LOUVRE.

La mujer que subyuga con un sentimiento grande y profundo es, á no dudarlo, algo más que bella: es preciso que tenga el supremo encanto de la gracia inteligente.

No hay duda en que la belleza admira á primera vista, pero la gracia atrae y cautiva con una fuerza irresistible.

Se ven hombres casados que poseen una mujer muy hermosa, y sin embargo, se apasionan verdadera y profundamente de otra tan poco favorecida por la naturaleza, que á primera vista no se comprende cómo pueda preferirla; pero si una persona inteligente trata con intimidad á la esposa y á la amada, pronto comprenderá la causa de que así suceda.

El libertinaje, que es vulgar, como todo lo malo, atribuye aquella sinrazon, muy general en la sociedad, á una bien pobre causa: afirma que la posesion apaga el cariño, y que la mujer propia, en el hecho de serlo, ya no puede ser amada, á lo ménos por largo tiempo.

Paréceme esto un grosero error; tanto valiera que el que ha admirado un soberbio lienzo de Rubens, en tanto que estaba de venta ó que le poseia un vecino suyo, lo arrojase á la calle á los dos dias de haber conseguido comprarlo.

Sólo en un caso podria comprenderse que lo hiciera; si el cuadro, desde el instante de estar en su poder, empezase á perder su brillante colorido, si se borrasen de él las huellas del genio sublime que lo habia producido y se convirtiese en un lienzo vulgar, se comprende que el poseedor se llamase engañado, se irritase y se olvidase de él.

No es, pues, la posesion lo que apaga el amor que inspiran las mujeres hermosas; es que si no tienen más que hermosura, la vista se acostumbra á ella, y no hallándose alimentada el alma, no hay amor que dure y que resista el cansancio.

Ademas, las mujeres son casi todas graciosas ántes de hallar un esposo: pero una vez conseguido, podria creerse que su gracia era un anzuelo, y que conseguida la pesca lo han arrojado como cosa incómoda é inútil.

Desde la hermosa Esther, reina de los judíos, que pasó de la esclavitud al trono, hasta nuestros dias, la mujer que quiere y sabe conseguirlo, es siempre adorable y adorada.

II.

He visto algunas mujeres que equivocan la gracia con el gracejo, y que sólo creen poseerla usando de maneras desahogadas y de palabras libres.

Eso no es la gracia; ó á lo ménos, no es la gracia tal como yo la entiendo y como se admira en la buena y culta sociedad.

La gracia es la reunion encantadora del candor púdico, de la decencia irreprochable, del natural cultivado, que se manifiesta con el lenguaje dulce y cortés: la gracia es un compuesto de benevolencia, de elegancia natural y perfecta, de maneras distinguidas: la gracia, cuando verdaderamente la posee una mujer, traspira en todo lo que hace, y en todo lo que toca, y hasta en todo lo que la rodea.

Una mujer dominante y de carácter duro é irascible, no tendrá jamas gracia; por eso las virtudes rígidas, severas, y perfectas en una palabra, tienen siempre muchos ménos adeptos que las amables debilidades de algunas mujeres: parece como que la mujer debe estar siempre envuelta en una delicada nube, que es la mitad decoro y la mitad coquetería, y que la gracia debe flotar en la atmósfera que respira, como un perfume impalpable.

La mujer es amable cuando llora, cuando rie y hasta cuando padece, si es que quiere serlo: siempre que se descubra en ella la gracia y la suavidad y que sus impresiones demuestren una alma noble y un buen corazon, puede estar segura de su imperio.

III.

No es la gracia patrimonio de la juventud y tambien le lleva ésta gran ventaja á la belleza: dos excelentes escritores franceses han demostrado que la mujer, en su edad madura, y áun en su ancianidad, puede poseer una gracia suprema. Mad. d'Aubray, adorable creacion de Dumas (hijo), es una prueba de este aserto, y Octavio Feuillet ha presentado otra no ménos convincente en su precioso proverbio titulado, _La Partida de damas_.

Las mujeres que más adoradas han sido, no han estado dotadas de gran belleza; ninguna de ellas pertenece á la tribu divina de que nos habla Balzac en _La Coussine Bette_.

Cleopatra, Mad. de Pompadour, Enriqueta de Inglaterra, María Antonieta de Francia, Isabel de Aragon, la Duquesa de Borgoña, la hija del Regente, Gabriela de Estrées y Agripina la Grande, no eran más que mujeres agradables; pero todas estaban dotadas de elevada inteligencia y de la gracia infinita que de ella nace, cuando á aquel dón del cielo va unido un carácter sensible y el sentimiento de lo bello, que revela una alma de artista.

Indudablemente, lo que comunica al trato más gracia y más encanto es una buena educacion: la grosería y la vulgaridad son insoportables: separad de las familias el delicado velo del decoro, y sólo quedarán las sinuosidades del carácter y lo prosaico, es decir, lo odioso de la vida: desnudad el amor de las atenciones, de las delicadezas; desposeedlo de una educacion perfecta y distinguida, y el amor morirá ahogado por el materialismo, como muere una bella rosa que ha nacido en un zarzal, sofocada por las punzantes ramas, que no permiten llegar hasta ella las brisas y el sol.

IV.

Puede asegurarse que la gracia en la mujer es producto de un bello y dulce carácter, ó á lo ménos de un deseo constante de agradar. El arte de decir á cada uno aquello que puede serle más grato; de complacer en la mesa individualmente; de hacer con talento los honores de un salon; de mantener la conversacion viva y agradable; de vestirse bien y segun conviene para cada hora del dia; de hablar con dulzura; de sonreirse á tiempo, y sobre todo de dar á cada uno en la sociedad el lugar que le corresponde, es lo que constituye todo lo que de explicable hay en la gracia; pero hay otros mil detalles que no se pueden definir, y que son los que constituyen ese encanto de algunas mujeres tan poderoso como irresistible.

Yo deseo á mi sexo, más que belleza, gracia; pues en ésta y no en aquélla estriba su imperio: aquélla puede compararse á una dalia, que sólo cautiva los ojos: ésta, á una rosa que satura de un precioso aroma el sitio donde reside.

LA VERDADERA CRISTIANA.

I.

Yo no sé á qué atribuir el que, por más que lo procuro, no puedo admirar á esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando partes de rosario y ensartando oraciones.

Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estará muy mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que sus maridos serán muy poco dichosos.

Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, eminente en saber, y que derrama á torrentes la luz en la cátedra del Espíritu Santo, al cual he oido decir, hablando con una señora amiga mia y que se hallaba en mal estado de salud:

--No vaya V. á la iglesia, pues eso la puede hacer daño.

--Sólo voy á misa, respondió la doliente con alguna tristeza.

--No vaya V. á misa tampoco.

--Únicamente asisto los domingos.

--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la empeorará.

--¡Dios mio! exclamó mi amiga: ¡parecerá entónces que no soy cristiana!

--Dios está en todas partes, y de todas partes oye, señora mia: lea V. la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y por eso Dios no escuchará ménos sus preces que nacen del alma.

Mi amiga meció tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio, repuso:

--No se puede V. figurar, señor, lo angustiada que tengo la conciencia, ¡me gustaba tanto ir á la iglesia! ¡Aquel ambiente saturado de incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imágen del Redentor del mundo y de su Madre hacian bien á mi alma afligida, y hallaba la tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la iglesia cumplia con un deber!

--¡Hija mia, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir á la casa de Dios, donde tan dulce paz se respira, hacía bien, no á su conciencia, sino á su corazon: ha perdido V. al esposo, al compañero de su vida que la amaba, al objeto de su único amor, y sólo ante el que es el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho dolorido!... Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como tantas veces hacemos: léjos de tener su conciencia intranquila por no poder ir á la iglesia, resígnese á esta privacion, y llévela con paciencia por el amor de ese mismo Dios.

--¡Ántes me confesaba cada ocho dias! ¡Y ahora, como me pongo mala cada vez que voy temprano á la iglesia, sólo puedo ir de mes á mes!

--Y áun es demasiado.

--¡Demasiado!

--Sí, por cierto: ¿qué delitos, qué graves culpas puede haber en su vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan repetidamente ante el tribunal de la penitencia? ¿Á qué desprestigiar con la costumbre lo que la práctica tiene de grande y bueno? No se puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las pequeñeces de la vida: en ese caso deja de ser el médico del alma: no se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni debe escuchar escrúpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altísima, y no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio, de su delicadeza y de su santidad.

Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la pobre enferma del alma dejó ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido á aquel varon ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.

Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pié de los altares.

¿Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No debemos dudarlo.

II.