Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer
Part 2
El traje de los señores se refleja fatalmente en la librea de los criados; los lacayos se doran á fuego en todas las costuras; y no siendo posible usar tanta esplendidez en un coche de alquiler, la señora tiene sus caballos y su carruaje; el gran cupé para salidas de noche; para el paseo la carretela de ocho resortes.
¿Y quién paga? El marido sin duda, á ménos que le sea imposible soportar ese lujo... porque, en fin, lo imposible nadie puede hacerlo... pasemos... alejémonos pronto... nos hallamos al borde del abismo.
II.
Otro rasgo fatal del cuadro de nuestras costumbres es la tendencia, cada dia más clara y más audazmente confesada, de una sensualidad que se desborda; la preocupacion de comer y de beber bien ha invadido á todos; la cocina tiene hoy sus periódicos como el salon, y los más acreditados publican de contínuo la lista de un _menu_ variado y espléndido.
No se habla más que de salsas y de zumos, de _entremets_ y de _hors d'oeuvre_ incitativos; el lujo de la mesa ha seguido la misma progresion que todos los otros; una comida es hoy un gran negocio que cuesta mucho dinero; ya no es permitido á nadie el dar de comer á sus amigos, sin ceremonias; el comedor se ha vuelto un campo cerrado como el salon; todas las rivalidades se encuentran allí y se libran una batalla: allí tambien se hace gala de ingenio y de magnificencia; allí tambien se lucha en excentricidad.
Se violenta el órden de las estaciones, se sirven primicias marchitas y costosas mucho tiempo ántes de que la naturaleza, que hace bien lo que hace, les dé madurez sabrosa; se sirve, más para los ojos que para el paladar, á la rusa, con una abundancia exagerada de cristales y luces, con _surtouts_ de plata, de los cuales el precio podria pagar una aldea.
Se trae de todos los países el fondo mismo del festin: bien fácil sería dar una leccion de geografía en cualquiera de esas comidas, ó, más bien, recibirla del maestre-sala ó jefe de comedor, sólo con que él nombrase los platos presentes: el caviar viene de San Petersburgo; el _sterlet_, del Volga ó del Moldau; las lenguas de venado, de Noruega; los jamones, del condado de York; los mariscos, de Escocia; los faisanes, de Bohemia; los pollos, de Rusia; los lomos de oso, de los Alpes ó de los Pirineos.
Todavía queda el capítulo de las excentricidades: se cortan chuletas de una langosta y se presentan liebres asadas sin despojarlas de su piel: no hace muchos dias asistí á una comida que empezó por una sopa de nidos de golondrinas, traidos expresamente de China con este objeto; otro de los platos era un gigantesco pastel de corazones de palomas, que habia debido costar más dinero que el que necesitan seis familias indigentes, para alimentarse durante un año.
Los vinos no pueden quedarse detras de los manjares, ni como variedad ni como calidad; y como la produccion ha llegado á ser inferior al consumo, su valor ha ascendido á un extremo fabuloso.
Mas ¿qué importa? ¡Cuanto más caro cuestan estos vinos, más cantidad se desea beber! Y sin embargo, esta profusion ruinosa no puede ser agradable. El anfitrion que hace colocar diez copas delante de cada plato, no posee el verdadero sentido de las cosas; esos aromas distintos, y algunas veces opuestos, que es preciso saborear en un reducido espacio de tiempo, deben perjudicarse los unos á los otros; y sin embargo, los criados, pasando por detras de los sillones de cuero de Rusia que ocupan los convidados, van nombrando pomposamente el _Montrachet des Chevaliers_, el _Clos-Vougeat del 54_, el _Johanisberg_ sellado del Príncipe, el _Tockay de Esterhazy_, el _Chateau Larose_ y el _Chateau Iquem_.
Estas bebidas, dignas de las mesas de los reyes, se suceden en un opulento desórden; el caso es deslumbrar á los convidados, que envidian no poder hacer otro tanto. ¿Qué importa el precio de esta satisfaccion?
III.
Estos hechos son desgraciadamente de una autenticidad indiscutible, y estos hechos ¡ay! acusan un desórden crónico y profundo que podria llegar á ser incurable, porque no hiere sólo al alma, hiere tambien la economía social y lleva inevitables y crueles perturbaciones al seno de las familias.
Este cuadro de delicias y de locos gastos, dibujados por mi débil pluma en las más altas regiones de la sociedad, tiene sus copias cada dia más numerosas en la clase media; el mal lo invade todo, y de él nace esa sed de especulaciones temerarias, esa fiebre de agiotaje, que es tambien uno de los rasgos característicos de la época: hay necesidad de improvisar recursos y de encontrar en la especulacion el dinero que no da ni el patrimonio, ni tampoco el trabajo; ese otro patrimonio de la honradez y del decoro.
Mas ¡ay! la fortuna ciega suele recoger lo que ha dado, y despues de haber dejado saborear las alegrías peligrosas de una riqueza ficticia, hace parecer más amarga la pena de una ruina demasiado positiva.
Una sola cosa puede traer al mundo social una reaccion provechosa; el amor, es decir, la mujer. Tenemos en la naturaleza un tipo encantador: la jóven, la hija de familia; ella trae á la existencia real su frescura nativa, su dulce brillo, su gracia inocente; el corazon se dilata á la vista de esa primavera de la vida. Cuando se aproxima, se serenan como por encanto las tormentas del alma; los ménos buenos temen turbar la atmósfera de calma y de serenidad que rodea su inocencia; cada uno se vuelve mejor cuando está á su lado.
¡Jóvenes amigas mias! Á vosotras, y sólo á vosotras, toca traer el remedio con vuestras inocentes manos para esta llaga inmensa; casaos con el alma enamorada y no por cálculo ó por interes; y si amais de véras á vuestros esposos, no les pediréis un lujo desenfrenado y loco; os avergonzaréis de esa lucha con las demas mujeres y de esas exigencias que se tragan el sosiego y se pueden tragar el honor de la familia.
El desenfreno de que Francia ha dado tan largo y triste ejemplo ha sido su ruina. ¡Escarmentemos al recordar la nueva Nínive, abrasada por la justicia celeste!
LA ROMERÍA DE SAN ISIDRO
I.
El dia 15 del florido mes de Mayo del año de gracia de 1872, y apénas la aurora asomaba en el oriente su bello rostro, una jovencita, no ménos linda que aquélla, abria la pequeña ventana de una buhardilla, situada sobre el tejado de una hermosa casa que ocupa el número 40 de la espléndida calle de Alcalá.
Algunas de vosotras, lectoras mias, no sabréis acaso cómo son las buhardillas de Madrid: exteriormente tienen la forma de una caja de muerto, colocada sobre el tejado: tantas buhardillas, tantos ataudes que rematan en una ventana pequeña y guarecida de vidrios.
El interior es algunas veces hediondo y triste: esto sucede cuando las habita la miseria: mas si es la pobreza la que se aposenta en ellas, entónces son alegres, risueñas, aseadas, y en cada ventana hay una ó más macetas de flores y hierbas de olor.
Porque entre la pobreza que cuenta con lo necesario, y la miseria que de todo carece, hay un abismo.
La buhardilla á cuya ventana se habia asomado la jovencita tenía en el exterior un aspecto alegre: dos macetas de barro encarnado hacian centinela á la ventanita, y contenian: la una, un alelí cuajado de flores encarnadas, y la otra, una frondosa mata de sándalo: en las vidrieras se veian cortinillas de muselina blanca cogidas con unos lacitos de cinta rosa.
La jóven asomó su bella cabeza, peinada ya, rosada y alegre: dos gruesas trenzas de cabellos castaños se enlazaban en un ancho rodete en aquella cabeza llena de animacion y de gracia: el cabello de las sienes se levantaba naturalmente ondeado, y sus ojos castaños, con largas pestañas negras, recorrian el sereno horizonte que puro y sin nubes, presagiaba un dia sereno y radiante.
--Pero, hija, ¿ya te has levantado?--preguntó desde el interior de la habitacion una voz femenina.
--¡Sí, ya estoy peinada, madre! Vamos, vístase usted para marcharnos, que voy á llamar á la señorita Julia: aunque ella irá á las ocho en el coche con el señor Marqués, me dijo que la llamase temprano.
La jóven dejó la ventana abierta, salió de la buhardilla y bajó corriendo cuatro pisos, hasta llegar á la magnífica puerta del principal; llamó y un criado vino á preguntar quién era.
--Diga V. á la doncella de la señorita que la llame para ir á San Isidro,--dijo la muchacha,--tiene que ponerse un vestido nuevo y necesita tiempo, segun me dijo anoche.
II.
Una hora despues la graciosa habitante de la buhardilla subia con su madre á uno de los muchos ómnibus que conducen, á 2 rs. por asiento, á los infinitos romeros que acuden á San Isidro.
La muchacha se llamaba Juana y era de oficio _ribeteadora_ ó costurera de botas de señora: tenía diez y siete años y vivia con su madre, viuda; ésta habia sido nodriza de la hija del Marqués que ocupaba el cuarto principal de la casa, y que las queria mucho por su honradez y por ser Juana hermana de leche de su hija.
Juana llevaba vestido de percal de 3 rs. vara, de fondo blanco y lunares negros, pañuelo de talle de crespon amarillo, bordado con sedas de colores, delantal negro de tafetan, collar de corales y pendientes de lo mismo; una rosa lucia su fresco colorido al lado izquierdo de la cabeza, colocada entre las ricas trenzas de la jóven. Su novio, que era el primer oficial de la tienda donde Juana trabajaba, las esperaba en el ómnibus que, lleno ya, echó á correr al trote de sus cuatro caballos.
La pradera de San Isidro presentaba el golpe de vista más pintoresco: la citada fiesta no es otra cosa que la romería de los habitantes de Madrid á la ermita del Santo labrador, patron de la villa, que está al otro lado del Manzanáres, y que fundó la Emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V, quien la hizo edificar el año 1528, en agradecimiento de haber recobrado la salud el príncipe don Felipe, su hijo, con el agua de la fuente inmediata, abierta por el Santo, segun la tradicion, con un instrumento de labranza.
La capilla está situada en uno de los cerros más elevados de las cercanías de la córte, y desde la puerta se descubre un animado panorama: despliéganse, en primer término, los verdes arbolados del Canal, y en lontananza progresiva parte del real sitio del Buen Retiro, algunos pueblecitos de los alrededores de Madrid y los lindos jardinillos del Campo del Moro, Cuesta de la Vega y Montaña del Príncipe Pío: en los últimos horizontes se ven las cumbres del Guadarrama cubiertas con su manto de nieve: en la colina de la ermita el cielo es más azul, el aire más puro y la vegetacion más risueña.
III.
Juana, su madre y su novio, _desembarcaron_ del ómnibus á la entrada de la pradera, donde la animacion rayaba en frenesí; por entre las dilatadas calles formadas con los toldos de las tiendas y llenas de puestos de rosquillas, de frutas, de telas, de juguetes, de fondas, de botijos llenos de leche del inmediato pueblo de las Navas, y de confiterías ambulantes, bullia una muchedumbre inmensa: el pueblo, engalanado con sus mejores trajes, se mezclaba con las damas más opulentas, con las hijas de la aristocracia, que, vestidas de percal, habian ido á _dar una vuelta_: la ermita despedia sin cesar oleadas de gente, y á la espalda, al derredor de la fuente, la muchedumbre se apiñaba para beber el agua bendita: las fondas estaban ya llenas; en los salones de baile, formados con viejos tapices y cortinas, sonaban las músicas; los caballos de madera del Tio Vivo volteaban llenos de retozonas parejas; los vendedores gritaban para animar la venta, que por cierto ya no podia estar más animada: como dice un excelente escritor español contemporáneo: «Los ejércitos de Jerjes, Tamerlan y Napoleon, reunidos y con ayuno de tres dias, no devorarian ni beberian de seguro lo que en la pradera se bebe y se devora el 15 de Mayo de cada año; podríanse edificar torres de pan, ciudadelas de rosquillas y bollos del inmediato pueblo de Fuenlabrada; castillos de chuletas: pirámides de frascos de licor, de dulces, asados y otros artículos de fonda y repostería; formaríanse arroyos de aguardiente, rios de licores y océanos de vino. Cada tenducho al aire libre, cada barraca mal cubierta, cada fonda improvisada de lienzos, palos, esteras ó tablas, con pretensiones artísticas algunas de ellas, ostenta ya al lado, ya sobre la techumbre, abigarradas banderolas, y en su parte anterior aparadores más ó ménos surtidos, así de comestibles y bebidas como de santos y figuras de barro, madera y plomo. ¿Qué pueblo, qué país no envidian nuestras romerías, y en particular la de San Isidro en Madrid? Hasta los franceses, que son gente de broma, se quedan con la boca abierta contemplando tan bello espectáculo: nada dirémos de los alemanes y de los ingleses, cuyas fiestas populares son, en comparacion de las nuestras, fiestas de difuntos.»
Juana, su madre y su novio, aunque acostumbrados de todos los años á ver este espectáculo, quedaron contemplándole llenos de admiracion.
--¡Mire V. cuánto coche, señora Pepa! dijo el zapatero, airoso jóven que vestia pantalon ajustado color de rata, chaqueta de paño fino azul, sombrero hongo y camisa con chorrera.
--¡Y de qué distintas figuras! observó la buena mujer, colocándose bien en el brazo una cesta de mimbres que llevaba cubierta con una blanca servilleta, y que contenia el almuerzo de los tres, preparado la noche anterior.
Con efecto: en la falda de la pradera se veia una nube de carruajes que iban y venian en todas direcciones: veíanse en revuelta confusion la opulenta carretela, la tartana oriunda de Valencia, el fiacre, el vivaracho tres por ciento, la pesada galera, el carromato perezoso, el ómnibus que se asemeja á una barca veneciana, el coche de principios del siglo, semejante á un castillo gótico medio arruinado, y la calesa clásica del año ocho, pintarrajeada, retozona y saltarina, ocupada por un matrimonio jóven ó por una amante pareja del barrio de Lavapiés.
--Madre, dijo Juana: ¡mire V. en aquella carretela azul con caballos oscuros á la señorita Julia con el señor Marqués! ¡Mírala, Antonio, qué guapa viene! Trae vestido lanilla de rayitas blancas y azules, sombrero de paja y sombrilla azul. ¿Verdad que es muy bonita?
--¡Más lo eres tú! respondió el zapatero mirando á su novia tiernamente.
--¡Quita allá, zalamero! dijo Juana dejando, no obstante, asomar á sus ojos la alegría que llenaba su corazon, por aquella amorosa respuesta.
IV.
Algunos instantes despues detuvo el cochero el soberbio tronco de la carretela, bajó el Marqués y dió la mano á su hija. Juana corrió hácia ellos: su madre y su prometido la siguieron.
--¿Has paseado mucho, Juana? ¿habeis almorzado ya? Papá y yo vamos á tomar algo á esa fonda, y despues de dar una vuelta por aquí nos volverémos á casa, dijo la hija del Marqués.
--Pues nosotros, hija mia, dijo la señora Pepa, que llamaba de tú á la que habia alimentado á su seno, traemos el almuerzo, porque aquí todo es caro y malo: anoche arreglé una menestra con jamon y una tortilla.
--Siéntense VV. á almorzar donde yo los vea, dijo el Marqués, para que les envie Julia los postres y el café, y yo unos cigarros puros.
--Allí madre, dijo Juana, en ese jardinillo, al lado de la fuente.
--Vamos allá, y tantas gracias, señor Marqués, dijo el zapatero.
Extendiéronse dos blancas servilletas sobre la hierba, y madre, hija y novio empezaron á comer la menestra con apetito: el vino se compró en un puesto inmediato.
El Marqués y su hija entraron en la fonda de enfrente, y pidieron leche de las Navas y fresa, sentándose en la única mesa que habia desocupada.
Al empezar Juana á partir la tortilla, que era el segundo plato de su almuerzo, llegó un criado de la fonda conduciendo una bandeja con pasteles, un plato de fresa, un mazo de cigarros habanos y el café prometido.
Media hora despues el círculo se habia ensanchado con algunas amigas y conocidos que tocaban guitarras, bandurrias y panderos y cantaban alegremente, en tanto que Juana y sus amigas bailaban con sus novios.
* * * * *
El Marqués y su hija se hallaban de vuelta á las doce y almorzaban en su elegante comedor de Madrid.
Juana, su madre y su novio volvian al anochecer, acompañados de varios amigos de ambos sexos, y engrosando el cordon humano que llega desde la cuesta de la Vega hasta la ermita del Santo y que no se habia interrumpido en todo el dia.
¡LIBERTAD!
I.
Una de las palabras más bellas que contiene el diccionario de la lengua es la que sirve de epígrafe á estas líneas, cuando no se la da una aplicacion viciosa, como suele acontecer; y, sin embargo, si hubiera un diccionario aparte para nuestro sexo, era la primera que en él debiera suprimirse.
La dependencia, si es un yugo para la mujer, es tambien para ella el amparo, la proteccion, y debe desear solamente que no se lo impongan de hierro, y que aunque ciña su cuello, deje á su corazon y á su pensamiento la facultad de obrar los prodigios de bondad que nuestro sexo sabe llevar á cabo.
Por eso la emancipacion de la mujer es un sueño peligroso, y llegaria á ser una gran desgracia si se realizase.
La mujer para ser dichosa necesita de amparo y proteccion, moral y materialmente hablando, y el dia que lo olvide, puede decir que ha arrojado al abismo todas sus probabilidades de dicha, y debe resignarse á una vida solitaria y triste, que debe considerarse como una muerte moral.
II.
Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educacion atrasada, y en que ningun estudio serio ha venido á endurecer su carácter y á dar un temple firme á su corazon; más la verdad, esto, á mi juicio, le hace muy poca falta, y con tal que sepa lo necesario para dar á sus hijos la educacion moral y religiosa que necesitan, con tal que enseñe á sus hijas á ser buenas esposas y buenas madres, ha llenado por completo su modesta, pero importante mision.
Creo, ademas, que á ningun español le agradaria para esposa una mujer sábia y científica, que por ir á explicar una cátedra, dejase sus hijos y su casa á merced de los criados.
No es esto que yo abogue por la ignorancia de la mujer: pienso, al contrario, que debe cultivarse con cuidado su espíritu; pues como dice con mucha gracia una poetisa amiga mia,
_No porque haya faroles en la villa, Ha de estar el hogar sin lamparilla._
Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine á la familia y comunique un dulce y grato resplandor á la casa.
Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa é hijos; hoy, sobre todo en Madrid, las discusiones políticas, las juntas patrióticas, los clubs, las manifestaciones en que de contínuo pasea las calles, absorben todo su tiempo, y apénas está en su casa las horas precisas para comer y dormir.
Si á la mujer se la hace sábia y se la da ademas la libertad de emplear y lucir su sabiduría, ¿quién velará por la fortuna y por la educacion de sus hijos? ¿quién por el buen órden de la casa, por la armonía interior, por el bienestar doméstico, único positivo de la vida?
El hombre, fatigado por las luchas de la política, por el malestar y las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco oásis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que cruzar en el desierto de la existencia.
Cuanto más se haga dificultoso el camino, más la compañera que ha elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las melodías de la risa, que son la expresion de la alegría y de la felicidad: el órden, que es el bienestar, la armonía, que es la gracia, le harán grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y desgraciado escritor Cárlos Bernard, tendrá el buen gusto de preferir el blando sosiego de su salon á las luchas de afuera, y á los salones donde impera la ambicion.
III.
El dilema es claro y cualquiera espíritu sano lo puede resolver sin dificultad.
Puesto que el hombre no está jamas en su casa, nunca como ahora ha sido la casa el lugar que debe ocupar la mujer.
Puesto que la mujer hace falta en la casa y no fuera, lo lógico es que se la eduque para la casa y que se la enseñe, no sólo lo necesario para dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la música, el dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera con perfeccion, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su espíritu, empaparse en los buenos ejemplos é imitar los modelos de las virtudes.
Y puesto que la mujer tiene dentro de las paredes de su casa tan florido y tan bello campo donde moverse; puesto que tiene á su cargo la noble tarea de hacer la dicha de los suyos; puesto que le es dado pensar y sentir, ¿para qué necesita la libertad y para qué ha de dársele?
¿Qué puede hacer de su libertad la huérfana que ha perdido á los autores de sus dias?
¿Adónde irá sola? ¿Podrá viajar? ¿Podrá presentarse en los salones sin una compañía respetada y respetable? ¿Podrá recibir á sus amigos? ¿Qué hará, pues, de su libertad? ¿Qué objeto tiene?
La libertad completa se llama y debe llamarse aislamiento, tratándose de la mujer, que se mueve en una esfera muy limitada, esfera de sentimiento y no de pasiones é intereses materiales.
La que pierde á un marido á quien amaba, ni estima su libertad ni hace tampoco uso de ella. ¿Qué hay comparable al lazo de flores de una union feliz? ¿Qué hay en el mundo más bello que las dulces alegrías de una union legítima, bendecida de Dios, aprobada por los hombres, sancionada por todas las leyes morales, indisoluble por las armonías del alma y por las afinidades del espíritu? Y cuando todo esto se ha perdido, ¿hay acaso fuerza en el alma para tratar de buscarlo de nuevo? ¿Hay probabilidades de hallarlo, aunque se busque? ¿Qué es la libertad, cuando se ha perdido aquel bien inapreciable, que es tan raro en la vida, y por lo mismo tan precioso? Las vulgares coqueterías y los afectos vulgares, ¿podrán llenar aquel vacío?
IV.
Áun la mujer que ha quedado libre por la muerte de un marido que valia poco, queda más oprimida con su libertad que ántes se hallaba con su esclavitud, porque en el mismo sufrimiento, llevado con resignacion, hay siempre consuelo, como compensacion otorgada por el cielo al deber cumplido; la vida sin deberes es una vida estéril, triste, más triste que la que tiene rudas obligaciones que llenar.
Es preferible vivir en el dolor á vegetar sin emociones y sin afectos; es preferible sufrir á no sentir nada.
Las palabras deber y sacrificio son incomprensibles para las almas débiles y los espíritus viciados; mas para las organizaciones escogidas y nobles están llenas de encanto, y en el cumplimiento del deber, en la abnegacion del sacrificio, hallan sublimes compensaciones.
¡Ay de aquella que no tiene deberes que cumplir! ¡Más ganaria en tenerlos muy rudos!
Sólo cuando la mujer ha llegado al invierno de la vida es cuando puede considerarse un tanto libre á costa, sin embargo, de estar más aislada. Con los cabellos blancos puede salir, recibir é ir á todas partes sola; pero, ¡á cuán subido precio habrá comprado esa independencia!
--La vida acaba donde termina el amor--dice San Bernardo, y nunca como en la vejez se ansía inspirar y sentir afecciones verdaderas y legítimas.
Amemos los lazos que nos unen al deber, y no ambicionemos una libertad de que no sabemos qué uso hacer cuando el alma conserva su santo pudor.
EL CHISTE.
I.
La reputacion de bufo está hoy á la moda, y, sin embargo, me parece la ménos envidiable de las reputaciones.
Me gusta la seriedad en los hombres, y más áun en las mujeres.
No obstante, á mi juicio, el carácter de la seriedad en ambos sexos debe ser muy diferente. La seriedad varonil debe ser grave; la femenil, dulce.
La seriedad en la mujer, significa y debe llamarse _dignidad_; en el hombre es simplemente _seriedad_.
Repito que no me gustan los hombres chistosos: por lucir una gracia, por hacer alarde de ingenio, sacrificarán á su hermano, á su mejor amigo.