Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer
Part 18
Pero si la hija puede y debe en circunstancias excepcionales sacrificarse moral y materialmente por sus padres, no es ménos cierto que tambien puede en las naturales de la vida labrar su felicidad.
La mayor libertad que se nota cada dia en las costumbres, y la fe que se oscurece con esta misma libertad, hace que áun en las familias más unidas, áun en los hijos más tiernos se note cierto tono irrespetuoso y ligero, y cierta falta de atencion que las niñas excusan con la franqueza familiar.
Esto me parece, no sólo anti-cristiano, sino anti-social, y los padres deben poner el más grande cuidado en evitar el que sus hijos les falten al respeto y consideracion que les son debidos.
--¡No añadais, dice Silvio Pellico en su libro _Deberes de los hombres_, no añadais tristeza con vuestro modo de obrar, á las tristezas que doblegan las cabezas que el tiempo ha blanqueado! ¡Que vuestra presencia reanime á vuestros padres! Cada sonrisa que llameis sobre sus labios, cada movimiento de alegría que desperteis en sus corazones, será para ellos el más bello de los goces y descenderá sobre vosotros como un rocío bienhechor: Dios confirma siempre las bendiciones de los padres.
Esta bella exhortacion debe dirigirse con preferencia á las hijas, pues ellas son las que viven más inmediatamente al lado de sus padres, y las que más pueden alegrar su corazon, y distraerlos de sus pesares.
III.
No espereis, mis amables lectoras, á las ocasiones solemnes para probar á vuestros padres vuestro amor y respeto, porque éstas se presentan raras veces, y más de una existencia se pasa sin haber podido dar pruebas de abnegacion, á no ser en las _pequeñas cosas_ de cada dia: no dejeis pasar esas ocasiones, y pagad vuestra deuda filial en pequeña moneda, por decirlo así, ya que no os sea dado hacerlo en grandes sumas, pues, si no, correis peligro de morir insolventes.
Á todas horas y de todos modos podeis dar á vuestros padres testimonios de afecto; la dulzura en el lenguaje, las atenciones en la mesa, en la calle y dentro de casa, son otros tantos homenajes que les debeis, y de los que no podeis excusaros sin falta notoria de respeto y cariño.
No es de buen gusto la familiaridad chocante que algunas jóvenes ostentan con sus madres: nosotros no aceptamos la familiaridad y desatenta llaneza, ni áun en la amistad más íntima, ni áun en el amor, ni áun en el matrimonio; la cortesía, los modales afectuosos y dulces son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos; y muchas veces nos ha lastimado profundamente el ver confundir el cariño con la desatencion, que está muy cerca de la insolencia; hemos visto hijos que se presentaban ante sus padres mal vestidos y con un desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente: los hemos visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder con negligencia y aspereza, murmurar del mandato maternal ó paterno y obrar en la mesa como si estuviesen, no con sus iguales, sino con sus inferiores, sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con los autores de nuestros dias todas las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser con sus padres lo que es para todos los demas?
Imposible le sería estimar quien estas líneas escribe, á una jóven que respondiese duramente á su madre, aunque ésta adoleciese de los más graves defectos; imposible concederle el más pequeño lugar en su corazon, aunque por otro lado aquella hija estuviera adornada de las más relevantes y bellas cualidades, porque nada se puede esperar de quien no guarda en el alma como una flor inmaculada y pura, el tierno sentimiento del amor filial.
Jóvenes que áun vivís bajo el ala dulce del amor materno y paternal, á vosotras os toca ser la alegría del hogar y el consuelo de vuestros padres: dejad á vuestros hermanos seguir á cada uno el camino que la suerte le destine: vosotras sois los ángeles custodios de la casa, y las que debeis rodear á vuestros padres de cuidados y de alegría: vosotras las que debeis evitarles las penas y las fatigas, y las que debeis condenaros hasta á un asiduo y penoso trabajo, si es preciso, para pagarles así la inmensa deuda de gratitud que contraeis al nacer.
LA HIJA.
ARTÍCULO QUINTO.
I.
Pongamos ante los ojos de nuestras jóvenes lectoras áun otro bello y elocuente ejemplo del amor filial.
El Príncipe Cárlos Estuardo fué, no sólo uno de los hombres más desgraciados del mundo, sino tambien uno de los mayores libertinos que el mundo ha conocido.
En sus excesos no habia ni nobleza ni decoro, y los cometia del mismo modo que el último lacayo de su casa: si es verdad que en el libertinaje hay sus grados, el Príncipe Estuardo habia ya descendido hasta la última escala.
Pretendiente á la corona del Reino-Unido, como hijo de la casa de los Estuardos, anduvo muchos años errante por países extranjeros, y buscando partidarios que no hallaba; durante su larga y amarga peregrinacion tuvo una hija que recogió, hizo bautizar con el nombre de _Carlota_, y depositó para que se educase en el convento de benedictinas de Meaux.
Algunos años más tarde, el Príncipe casó con la jóven, bella y encantadora Luisa Stolberg, hija del Príncipe de este nombre; pero la más completa oposicion de gustos y de caractéres desunió este matrimonio, y Luisa, despues de muchas escenas violentas, fué sacada de la casa conyugal por el severo Cardenal de V...., hermano mayor de su esposo, y depositada en un convento de órden del Papa.
La sentencia de divorcio se presentó al instante, y el matrimonio quedó disuelto.
Pasaron aún muchos años: las desgracias siguieron agobiando á Cárlos Estuardo: amargado, desesperando de todo, sin saber á quién volver sus tristes ojos, tuvo un dia un pensamiento salvador; pensó en su hija y la llamó junto á él.
Carlota corrió al lado de aquel padre á quien no conocia, pero de quien se decia que era desgraciado; era una hermosa niña, que áun no habia cumplido veinte años, y cuyos largos cabellos rubios guarnecian un rostro angelical.
II.
Carlota demostró á su padre, desde el primer instante, un cariño y un respeto que elevaron á sus propios ojos á aquel hombre degradado; y el padre quiso á su vez elevar á su hija, dándola el título que habian llevado siempre los primogénitos de la casa real de Escocia.
La jóven, olvidada y huérfana poco ántes, pudo usar el título de Duquesa de Albany y lo supo llevar con una nobleza verdaderamente régia; sus cuidados habian trasformado el pobre castillo, donde Cárlos Estuardo habia ido á ocultar su pobreza y su desventura; el órden y la decencia reinaban en él: la jóven Duquesa recibia en los salones, abandonados desde hacía largo tiempo, á una sociedad escogida, que formaba una córte en torno del desterrado: ella habia vuelto la dignidad á todo lo que rodeaba á su padre, y habia vuelto á éste hácia todos los sentimientos nobles que habian honrado su juventud; el viejo, que buscaba en la embriaguez el olvido de sus males habia desaparecido, y habia vuelto á ser Cárlos Estuardo, el caballero, el pretendiente, del cual las ideas generosas y el valor habian levantado en otro tiempo á la Escocia.
Sus antiguos recuerdos florecian bajo la influencia de su hija; treinta dolorosos años se borraban, y volvia con el pensamiento á su juventud, tan llena de ardimiento y de generosas aspiraciones; tenía el anciano momentos de sensibilidad ardiente, cuando pensaba en la Escocia y en sus bravos _highlanders_; algunas veces una animacion extraordinaria se encendia en sus ojos, cuando contaba con una energía juvenil la campaña de 1746; pero su cuerpo debilitado no pudo soportar por largo tiempo el peso de sus emociones, y un dia, despues de haber hecho su narracion acostumbrada á un viajero inglés que habia ido á visitarle, se desmayó.
Los cuidados y el respeto de su hija le habian vuelto á sí mismo; pero no pudieron volverle á la vida; espiró el 30 de Enero de 1788, aniversario del suplicio de Cárlos I, en los brazos de Carlota.
Seis meses despues esta hija tan llena de abnegacion, tan fiel, tan tarde conocida y amada, fué á reunirse con su regio padre en las bóvedas de la iglesia de Frascati.
III.
La Princesa Luisa, conocida bajo el nombre de Condesa de Albany, tuvo una existencia larga y brillante; fué amada del gran Alfieri, y éste la llamaba _su Musa_; Sismondi fué uno de sus más constantes admiradores; Mme. de Staël, cuando la escribia, la llamaba _su querida soberana_; Lamartine adoraba la gracia y suavidad de su talento; en Florencia, en París, tuvo una córte de admiradores, que los años no despoblaron; en fin, vivió muy dichosa, segun los hombres, muy envidiada, muy lisonjeada, muy favorecida hasta el fin, por la fortuna y por la naturaleza; pero su historiador, Mr. Saint René de Taillandier, consigna que no pudo ver sin amargura á su esposo, á aquel Príncipe tan heroico á los veinte y cinco años, y degradado despues por un largo infortunio, levantarse ya cerca de su fin, por una tierna y generosa influencia, que no era la suya.
Luisa vió con dolor á la hija llenar con una piadosa abnegacion la tarea que pertenecia á la esposa; y la Duquesa Carlota, levantando el alma fatigada y abatida de Cárlos Estuardo, humilló á la Princesa Luisa.
La dulce figura de Carlota Estuardo nos ha parecido digna de ser puesta ante los ojos de nuestras lectoras; esta Antígona cristiana, consoladora de un Príncipe desgraciado, merece nuestro más tierno recuerdo.
Como última prueba de amor al padre que durante tanto tiempo la habia olvidado, la Duquesa de Albany le siguió á la tumba, no pudiendo ya vivir sin afectos en la tierra, despues de haber sentido el más puro y tierno de todos; parece como que su mision fué la de atesorar en su retiro las bellas flores de la religion y de la piedad cristianas, y trasmitirlas á su padre, para que se durmiese dulcemente en el sueño de que no se despierta jamas; cumplida aquella sagrada tarea, Dios la llamó para darla á su lado el premio que reserva á los buenos y amantes hijos.
LA HIJA.
ARTÍCULO SEXTO.
I.
Terminemos este ligero estudio del tipo encantador que llamamos _la hija_ con algunas consideraciones generales, y despues con otro nuevo y elocuente ejemplo.
Nada hay más simpático en la sociedad que una jóven que tiene con sus padres todo género de atenciones, que les manifiesta un tierno cariño y una profunda consideracion.
Nadie puede amar ni estimar á la que demuestra á sus padres despego, y más de un tierno y entusiasta amor se ha apagado ante una respuesta dura, dada por una hija á su madre.
--¿Cuándo se casa V.? preguntábamos hace poco á á un amigo nuestro.
--No lo sé, respondió con tono triste y contrariado.
--¡No lo sabe V.! ¿Pues no iba á hacerse la boda?
--He desistido de ella.
--¿Por qué?
--La que amaba, la que creia que podria labrar mi dicha, no me conviene.
--¿Qué dice V.?
--Es mala hija, y no puede ser buena esposa y buena madre.
--¿Pero no vive con la suya? ¿No va con ella á todas partes?
--Eso no es un obstáculo para que la trate muy mal y con absoluta falta de consideracion; una sola escena ha bastado para que yo desista del proyecto de casarme con ella: he visto que no siente por su madre ni respeto ni cariño; y la que no profesa respeto al santo lazo del amor filial, le profesará ménos al conyugal y al materno.
De esta suerte miran los hombres el olvido de los deberes más sagrados, y apénas habrá alguno, por libertino que sea, que quiera unir su suerte á la de una mujer sin corazon.
_Honrarás padre y madre_, dice el decálogo; y este precepto de la religion lo impone tambien el mundo, y castiga con su desprecio á la que falta á él.
II.
Pocas hijas tan excelentes ha habido como madame Staël, autora de várias obras que le han dado fama inmortal, é hija del ilustre Necker, ministro de Luis XVI.
El amor filial era el sentimiento predominante en ella, y de aquel amor dió pruebas que le conquistaron la estimacion y el afecto de todas las personas de verdadera valía de la capital de Francia.
Apénas habia salido de la infancia, cuando ya sostenia conversaciones sérias con su padre, que á su vez la adoraba, y con todos los ilustrados amigos de aquel hombre de Estado.
Su gran talento se desarrollaba á expensas del cuerpo, y los médicos la ordenaron residir en el campo, adonde su padre iba á verla con frecuencia; la instruccion particular que su padre le daba fué la que produjo en ella aquel entusiasmo que animó toda su vida, como una bella llama, y una inclinacion irresistible hácia las altas cualidades que distinguen á los hombres superiores.
Era la admiracion de todos la apasionada ternura con que se amaban el Ministro y su hija, y la frialdad que reinaba entre la misma y su madre; pero aunque se ha pretendido que aquella frialdad nacia de que Mme. Necker tenía celos del afecto de su esposo á su hija, es lo cierto que no pudiendo la madre moderar á su gusto el carácter y las inclinaciones de la niña, se fué apartando de ella poco á poco.
La severidad maternal hizo que Ana, éste era el nombre de la autora de _Corina_, manifestase toda su ternura á su padre, y áun se cree tambien que retrató á la que la habia llevado en su seno en la severa lady Edgermond, tan recta, tan virtuosa, pero tan intolerante y tan poco indulgente.
III.
Desde que aquella ilustre niña pudo pensar, se ocupó en meditar los graves asuntos de la política, por lo que podian interesar á su adorado padre.
Para no separarse de éste, eligió, entre los numerosos pretendientes que se presentaron á su mano, á Erico Magnus, baron de Staël Holstein, embajador de Suecia, y que dió su palabra de honor de no obligar jamas á su esposa á dejar la Francia.
Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, éste se retiró á Suiza y su hija le acompañó; volvió á ser llamado por el Rey, y otra vez fué con él á París.
En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandonó por segunda vez á Francia. Ana acababa de dar á luz un hijo; mas olvidando el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir á su padre á la posesion de Copelt.
Poco tiempo despues murió la Baronesa, y Ana fué entónces más que nunca el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la pérdida de su esposa.
Desterrada ella misma, murió su padre, en tanto que sufria léjos de su patria la pérdida de su esposo y todos los dolores de una larga peregrinacion. Entónces su desesperacion no tuvo límites: volvió á Copelt, reunió todas las obras de su padre y las hizo imprimir, con un extenso artículo biográfico, escrito por ella misma, con la justificacion del carácter de Mr. Necker y de su vida privada.
La lectura de este opúsculo da á conocer el alma apasionada de Mme. Staël, y convence plenamente de que el sentimiento más profundo que se albergaba en ella era el amor filial: expresa en él, con la elocuencia de un vivo dolor, su amargo pesar al ver que su padre descendia á la tumba sin que los franceses hubieran apreciado su carácter noble y superior. Aquel escrito es un quejido del alma, herida en lo más vivo, que hace sufrir y excita el llanto: es indudable que la autora hubiera eternizado su nombre, áun cuando fuera ésta su única produccion.
IV.
De esta suerte Mme. Staël llevó hasta más allá de la tumba su admirable amor filial, y este sentimiento es acaso el que, tanto como su talento literario, ha hecho inmortal su nombre.
Desde la muerte de su padre, la Baronesa de Staël se dejó dominar por una profunda melancolía. Ni el amor de sus hijos, ni un casamiento más feliz que el primero, ni los halagos de la fortuna, nada pudo aliviar aquel profundo dolor en que su alma se hallaba sumergida.
Sus hijos recompensaron su ternura filial y fueron para ella modelos de cariño y de respeto.
Cuando ya el helado dedo de la muerte se apoyaba en su frente, Mme. Staël alzó los ojos al cielo y exclamó:
--¡Padre mio, voy á buscarte!
Este fué el grito postrero de aquel modelo de hijas.
CONCLUSION.
Quedan aquí terminadas estas páginas, que he ofrecido á mis benévolas lectoras.
Ninguna vanidosa pretension me ha inducido á escribirlas, sino sólo el deseo de darles algunos consejos que puedan serles útiles en el camino de la vida.
Para escribirlas he leido en mi propio corazon, y he acudido á mis recuerdos, dulces ó dolorosos; es decir, que este libro está escrito con verdad y conviccion, y que lo ofrezco con la mejor voluntad al juicio siempre imparcial y justo del público.
_Madrid_, _Setiembre de 1875_.
MARÍA DEL PILAR SINUÉS.
Footnote 1:
El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer, titulado _Guía de Montserrat_.
Footnote 2:
Libro de los Macabeos, cap. VII.
ÍNDICE.
_Páginas._ Dos palabras de la autora. 5
La Poesía del hogar doméstico. 11
Los Celos. 19
Enfermedad mortal. 25
La Romería de San Isidro. 31
¡Libertad! 39
El Chiste. 45
Desaliento. 51
La Belleza y la Gracia. 59
La Verdadera Cristiana. 65
El Brazalete de esmeraldas. 75
Las Armas de la Mujer. 81
El Trabajo. 89
La Benevolencia. 95
Sensibilidad y sensiblería. 101
La Impaciencia. 109
La Caridad. 115
El Verdadero talento. 119
La Timidez. 127
Las Pequeñas virtudes. 135
La Desgracia. 141
La Hermosura y la Elegancia. 149
Valor femenino. 151
La Cortesía. 161
Pensar y sentir. 169
Las Visitas. 175
Cualidades y defectos. 181
La Coqueta. 187
Las Paganas. 195
Dolencias del ánimo. 203
Los Recuerdos. 211
La Pobreza y la Miseria. 221
La Voz. 229
El Santuario de Monserrat. 237
La Modestia. 245
La Fe. 253
La Esperanza. 265
El Tú y el usted. 271
La Amistad. 279
El Lujo. 285
La Casa. 291
La Tolerancia. 297
Orgullo, Vanidad y Dignidad. 307
Tipos femeninos.--La Madre.--
Artículo I. 315
Artículo II. 321
Artículo III. 327
Artículo IV. 333
Artículo V. 339
Artículo VI. 345
La Hija.--
Artículo I. 351
Artículo II. 357
Artículo III. 365
Artículo IV. 371
Artículo V. 377
Artículo VI. 383
Conclusion. 389
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