Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer

Part 17

Chapter 174,146 wordsPublic domain

--¡De esta suerte, murmuró la jóven con tristeza, estoy ciega para siempre! porque ¿quién habrá que se quiera encargar de salvarme, practicando tan repugnante trabajo?

--Ya se ha encontrado quién lo hará, hija mia.

--¿Y quién es?

--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y ahora mismo va á empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo pronto.

La madre hizo como que se iba, y volvió, arrodillándose en seguida al lado de la cama de su hija, y dando principio á la operacion.

¿Quién podrá pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre la que habia salvado su vista, y acaso su vida?

Un cambio completo se verificó en su corazon, y dedicó toda su existencia á pagar á aquella madre generosa la deuda de gratitud, que con ella habia contraido.

No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una madre, y los rasgos más heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo, por las madres han sido llevados á cabo.

Venerad, pues, y amad con ternura á vuestras madres, mis queridas lectoras, y pensad que el amor maternal es el más santo y grande de los amores; el más generoso, el más fuerte, el que perdona siempre y siempre olvida, el que nos recibe al nacer, nos acompaña al morir, y vela por nosotros, áun despues que nuestras madres van á residir al cielo.

LA HIJA.

ARTÍCULO PRIMERO.

¿Qué es una hija?

¡Cuando su educacion y sus propias inclinaciones la hacen buena, es la alegría de la casa, el ángel consolador de sus padres, la aurora del cielo doméstico, el rayo de sol que todo lo ilumina, lo dora y embellece!

DE UN LIBRO INÉDITO.

I.

Con verdadero placer voy á tratar de describir este tipo, el más bello, el más poético, el más risueño, el más inocente. En la madre todo me parece grande, casi augusto, hasta sus mismos errores: en la hija todo lo veo dulce, suave, tierno y simpático.

_Madre_ es, á mi entender, sinónimo de sacrificio, de abnegacion, de virtud y de nobleza.

_Hija_ es emblema de tierno afecto, de alegría, de encanto y de gracias.

Verdad es que para la que esto escribe la infancia y la juventud tienen tal atraccion y tanta poesía, que los niños le parecen siempre adorables, y las jóvenes le son siempre queridas.

Lo duro de la condicion varonil choca acaso con su delicado y susceptible orgullo de mujer; pero las mujeres y los niños han obtenido siempre su más tierno afecto; las primeras, porque comprende las desdichas de su condicion; los segundos, por su inocencia y su debilidad.

Muchas veces en el interior de una familia dividida por discordias he admirado el poder y el prestigio de la hija de la casa; ella era la que mediaba entre su padre y un hermano inaplicado ó rebelde; ella la que consolaba á su madre, afligida por las diferencias entre el hijo y el esposo; ella la que hablaba y reia cuando guardaban todos un sombrío silencio; ella la que animaba, la que hacía olvidar, á lo ménos, por el momento. La hija era el rayo de blanca luna que corria el negro nublado del cielo doméstico.

Uno de los hermanos le pedia su intercesion para que le dejasen ir al teatro; otro la ponia de mediadora para que su madre le diese una corta cantidad de dinero; una hermanita pequeña le suplicaba le alcanzase la concesion de un sombrero de moda nueva, y hasta el que estaba en mantillas queria ir á sus brazos para que lo llevase á ver la luz del quinqué, hácia la que tendia sus manecitas con esa aficion á todo lo que brilla, que ya se demuestra desde la cuna.

La hermana lograba todo para todos, y luégo cada uno le pagaba su dulce intercesion con muchas caricias y besos.

II.

La casa sin hija es como huerto sin sol. Cuando en una familia se ha pasado ya del descontento á una guerra sorda y cruel; cuando han surgido entre el padre y la madre diferencias imposibles de vencer; cuando, en fin, arde en la casa la tea de la discordia, sólo la rosada é inocente boca de una hija la puede apagar.

Los hijos, por mucho talento que tengan, no lo conseguirán jamas, porque es preciso el delicado instinto, el fino tacto y toda la gracia y poesía de _la jóven_, para apagar la sangre humeante que brota de las llagas del corazon y del amor propio, cuando se creen ultrajados.

¡Feliz el matrimonio donde hay una hija, una hija dulce, sensible, afectuosa; una hija que piense, y sobre todo _que sienta_! ¡Jamas llegarán á envenenarse las querellas! ¡Jamas dividirá á los consortes el abismo!

Si la madre es la firme base y la fuerte columna en que descansa la familia, la hija es el ángel custodio que la cubre con sus alas.

Coronemos á la madre de mirto y de laurel, y á la hija de rosas y azucenas.

III.

Pocos dias hace que una amiga mia, que acaba de casarse, me enseñaba una carta de sus padres.

--Mira, me decia, en tanto que gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas; mira lo que me escriben.

La carta empezaba así, y era la madre la que hablaba por los dos:

«Desde que has salido de casa, hija mia, todo se halla mudo y vacío para nosotros; en medio de los cuidados materiales que agobian á tu padre, en medio de los dolores de mi siempre débil salud, tu sola vista nos daba la felicidad.

»Cuando mirábamos tu cabecita rubia nos creiamos en la primavera de la vida, porque los rayos de juventud que la alumbraban reanimaban nuestros corazones.

»Cuando veiamos tus dulces y límpidos ojos, la dicha nos sonreia en ellos, y pensábamos que nunca habiamos de perderte.

»¿Qué se ha hecho tu grata y armoniosa risa que alegraba la casa? ¿Dónde está el melodioso canto que se escapaba de tus labios en tanto que te ocupabas de tus cuotidianos quehaceres, y que era para nosotros como un eco de bendicion y de alegría?

»Aquí, hija mia, nada _vive_ desde que tú nos dejaste, y la existencia sin tí nos parece tan vacía, que no merece la pena de conservarse.

»Aun está tu cuarto embalsamado con el perfume que usabas siempre y que dejabas detras de tí, como un dulce y eterno recuerdo tuyo; las flores últimas que pusiste en las copas de tu mesa de tocador han muerto allí, como la alegría en nuestros corazones; el espejo ya no refleja tu querida imágen; tu blanco lecho parece que te espera todavía; el crucifijo ante el cual orabas, sigue guardando tu alcoba virginal, y todo aquel aposento se halla envuelto en una sombría tristeza, como si lamentase tu ausencia.

»Y cuando alguno de nosotros llora, ya no hay quien le consuele, sino que todos los demas sufren con él.

Los sollozos de mi amiga, que, con el rostro entre las manos, se entregaba al dolor que le causaba la lectura de aquella tierna y elocuente carta, me obligaron á detenerme. Entónces, separando con dulzura sus manos, le dije:

--¿Por qué esa afliccion? Cálmate y espera del cielo una hija que sea para tí lo que tú has sido para tus padres; esa es la ley de la naturaleza, y ¡feliz la que sólo puede esperar de ella recompensa!

Dejaré para mi artículo siguiente la demostracion con ejemplos de lo que una hija puede y debe ser en la familia; la historia me prestará algunos, y en nuestros mismos dias el amor filial ofrece acabados y tiernísimos modelos de abnegacion.

LA HIJA.

ARTÍCULO SEGUNDO.

I.

Jamas se borrará de nuestra memoria el grandioso ejemplo del amor filial que la ilustre pluma de la Condesa de Genlis nos refiere, afirmando ántes que es verdadero.

Para aquellas de nuestras lectoras que no le conozcan, vamos á referirlo, no sin advertirles que, por sublime que sea, nos parece muy natural y dentro completamente de las leyes del deber.

El Marqués de Valmore, viudo y padre de un niño de siete años, iba á contraer un segundo enlace con una encantadora niña de diez y seis.

Clara, que éste era su nombre, era un modelo de todas las gracias propias de su edad, pero pobre; su padre era un emigrado español llamado Montalban, y ambos habitaban en la aldea que se extendia al pié del opulento castillo de Valmore.

El Marqués, jóven de treinta años, vió á Clara y la amó; era imposible defenderse del encanto de aquella niña, cuya plácida fisonomía retrataba la sensibilidad y el talento, unidos á la inocencia y á la más perfecta hermosura.

Á pesar de todas las representaciones de la madre y de la hermana del Marqués, éste declaró que su resolucion de casarse con Clara era irrevocable, y todo se preparó para la boda.

La fortuna propia del Marqués no era muy considerable; su gran riqueza provenia de la colosal que le habia traido su primera esposa: esta fortuna la habia heredado de su madre el niño Eduardo, el que si moria, debia, á su vez, dejarla á su padre.

Clara amaba al niño, de quien iba á ser segunda madre, con una ternura sin límites; es verdad que el niño la merecia y se la pagaba con usura: sólo al lado de Clara se hallaba contento; todo lo bello que poseia era para Clara, y á Clara llamaba cada mañana al despertarse.

El Marqués se pasaba largo rato algunas veces contemplando el grupo encantador que formaban su prometida y su hijo, jugando como dos hermanos sobre el césped del parque.

II.

Era la víspera del casamiento: Clara habia madrugado, y venía de su casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y flores; reinaba estío, y la naturaleza ofrecia sus más ricos dones: en un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos que más apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar á causa de su débil salud.

Clara se parecia al ángel de la juventud y de la inocencia: llevaba un largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su espalda, sin adorno ni sujecion alguna.

Sus ojos azules, grandes y límpidos, reflejaban la serenidad de aquel dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen en sus alas la juventud y la esperanza.

El aya de Eduardo salió á recibirla.

--¿Ya levantada, señorita? la preguntó; aquí duermen aún todos, ménos Eduardo y yo.

--Tanto mejor, exclamó Clara alegremente; mirad, mi querida señora: esta canastilla es para dar á Eduardo una sorpresa; voy á ponerla sobre la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis que está cubierta con un gran tapete; yo me esconderé debajo; llamaréis al niño, verá la canastilla, y yo disfrutaré de su alegría, sin que sepa dónde estoy.

Y esto diciendo, la hermosa niña echó á correr al jardin seguida del aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.

Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del templete; alzó el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo, y ocultó debajo su graciosa y poética figura.

El aya fué á llamar á Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del jardin.

Algunos instantes despues se oyó al niño que llegaba corriendo y gritando alegremente: Clara le vió penetrar en el templete, y su inocente corazon latió presuroso; pero de súbito el gorjeo infantil de Eduardo se apagó en un largo gemido... Clara vió el tapete de la mesa alzarse por un lado... vió asomarse por el hueco la enérgica cabeza de su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto á la vez, y vió caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.

La desgraciada niña no pudo ni lanzar un suspiro, y quedó desmayada.

Cuando volvió en sí se halló frente al cadáver de Eduardo, cuyo pecho infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se hallaba el Marqués de pié, sombrío, lívido y con los brazos cruzados sobre el pecho: los representantes de la ley estaban allí tambien.

Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba á su hija con una ansiedad profunda.

--Se os acusa de la muerte de este niño, señorita, dijo á la jóven el procurador del Rey.

--¡Á mí!... gritó Clara lanzándose sobre el cadáver; ¡á mí! ¿Quién me acusa?

--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este niño, el Sr. Marqués, que iba á ser mañana vuestro esposo, sería inmensamente rico, y sin duda la ambicion os ha extraviado.

Clara sabía aquello por la primera vez, y apénas oyó lo que la decian se dejó caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadáver, y puso sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente víctima.

--¡Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, ¡y defendeos si podeis! exclamó sordamente el Marqués.

Clara tembló, é iba á gritar:--«¡Soy inocente!»--pero la angustiosa mirada de su padre le cerró la boca: una palidez terrible cubrió su gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle su sacrificio:

--¡Yo he dado muerte á ese niño!

El español, al asesinar á la inocente criatura, queria conquistar para su hija una opulencia de que él mismo necesitaba; pero jamas pensó que su crímen recayese sobre Clara: cuando arrojó el puñal bajo la mesa del jardin, no la vió allí; pensaba, y con razon, que se culparia á algun ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por la presencia del niño en el jardin.

III.

Algunos dias despues Clara subia al cadalso, tranquila y firme en el heroico propósito de salvar á su padre de la horrible suerte que ella iba á sufrir sin merecerla; pero el hombre que tanto la habia adorado, no pudo resolverse á dejarla morir, y un oficial del Rey llegó, agitando una órden en su mano, y gritando estas elocuentes palabras:

--¡Perdon! ¡S. M. indulta á la culpable!

Tres años más tarde una religiosa hospitalaria recorria una sala del hospital de sangre de la Rochela, terminado ya su glorioso sitio; era Clara: al llegar á uno de los lechos ocupados aquel dia, dejó escapar un grito: en él yacia herido el Marqués de Valmore.

--¡Clara! exclamó él reconociéndola tambien: ¡Mi Clara, mi santa y adorable Clara! te encuentro al fin... Montalban ha sido preso y condenado á muerte por robo y asesinato en París... ¡Ántes de morir ha confesado que él era el asesino de mi hijo, y que no era tu padre... no! ¡Tú eres la hija del noble y desgraciado Conde de Rosemberg, que te confió á sus cuidados, y luégo murió en el destierro! ¡Yo te he buscado por todas partes, y no hallándote, he querido morir en la guerra! ¡Ahora ya puede Dios llamarme á sí!

El Marqués curó, gracias á los cuidados de Clara, y ésta se llamó algunos meses despues la Marquesa de Valmore.

--¿Por qué te empeñastes en morir? la preguntaba tiernamente su esposo el dia mismo de su union.

--Mi padre me habia dado la vida, y yo debia salvar la suya, contestó sencillamente Clara: ademas ¿qué me importaba vivir siendo criminal á tus ojos?

Este admirable rasgo de amor filial ha servido de argumento á una de las mejores óperas de un ilustre maestro; y la pura figura de Clara de Rosemberg vivirá tanto como los siglos, pues sólo la virtud es inmortal.

Cuando vuestros deberes filiales os parezcan penosos, acordaos, mis jóvenes lectoras, de la que todo lo sacrificó á estos deberes: su amor, su dicha y hasta su vida; cumplidlos con exactitud y ternura, y estad ciertas de que Dios vela siempre por los buenos hijos, y les recompensa con creces todos sus sacrificios.

Imposible parece que existan malas hijas; pero la que merece ese triste dictado en él mismo lleva su castigo, pues nadie querrá para amiga, ni profesará estimacion, á la que no sabe llenar el primero y el más santo de los deberes.

LA HIJA.

ARTÍCULO TERCERO.

I.

No tan _eclatante_, como dicen los franceses; no tan brillante, como nosotros decimos, como el ejemplo que acabo de ofrecer, llega otro á mi memoria, que me ha referido una antigua y respetable amiga; pero si el sacrificio de Clara de Rosemberg en aras del amor filial aparece rodeado de la aureola del heroismo, por las circunstancias que le produjeron, pues el crímen es siempre ruidoso, el que voy á dar á conocer no es ménos grande por ser más silencioso é ignorado, como lo es siempre la suave y modesta virtud.

En Francia, y en una pequeña ciudad de provincia, en una callejuela oscura y solitaria, habitaba un piso bajo, escasamente alumbrado por dos estrechas ventanas, un anciano matrimonio; la esposa era ciega, el marido se hallaba paralítico.

Toda su compañía era una hija, la mayor de dos que habian tenido. Marta, la más pequeña, habia sido una bella flor nacida con la aurora, y que fué á dejar su inocente aroma en los jardines del cielo. Dolores era el nombre de la que quedaba en la tierra.

Ésta no habia sido jamas hermosa; pero habia en toda su persona la gracia exquisita de la castidad y del decoro, esa gracia inimitable, ese encanto supremo de la inocencia y del candor: sus grandes ojos, que ostentaban el sombrío azul de la pizarra, eran elocuentes por la dulzura y tristeza que expresaban: sus cabellos negros guarnecian su frente en espesas y hermosas trenzas; su talle delicado era notable por su elegancia y distincion. Dolores era bella como el sueño de un poeta, bella con la belleza ideal que habla poco á los sentidos, pero cuya vista deja una huella indeleble en el alma.

Un paseante extraviado la vió un dia bordando al lado de su ventana; en el antepecho habia un vaso con flores, únicas amigas de la pobre jóven, que pasaba su vida entregaba á un asíduo trabajo, y al cuidado de sus padres.

El paseante tenía una hermosa figura, y contaba la edad de Dolores, de veintiseis á veintiocho años; pero ¡qué diferencia entre los dos! la esperanza iluminaba con sus ardientes rayos la frente de aquél, y la alegría moraba en el fondo de sus brillantes ojos. Dolores era triste como el recuerdo del amor postrero.

El contraste trajo el amor, como sucede siempre. Mauricio adoró aquella noble y melancólica sombra: en cuanto á ella, era el primer hombre á quien habia oido palabras de afecto: habia vivido toda su vida en el retiro más absoluto, y dedicada por completo al cuidado de los dos ancianos, sobre todo desde la muerte de Marta.

II.

Mauricio llevaba cada dia á la solitaria un ramo de flores, y al dia siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para aspirar hasta sus últimos perfumes.

Un dia dijo Dolores:

--Entre usted.

La puerta se abrió y los dos amantes se sentaron frente á frente: en el fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en sus sillones, ya casi entregados á un idiotismo completo.

--¿Qué le parezco á V. ahora? preguntó Dolores mirándole con sus dulces y profundos ojos.

--Más bella que ántes, respondió Mauricio; y la amo á V. de tal suerte, que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar á su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; ¿quiere V. ser mi esposa?

Dolores iba á responder--¡Sí!--pero se volvió á mirar á sus padres: una nube pasó por su frente, y dijo con voz trémula:

--Mañana le responderé á usted.

Al dia siguiente Mauricio volvió por la contestacion. Dolores le abrió la puerta, y él se sorprendió dolorosamente al hallarla pálida como un cadáver, y vestida de negro.

--Mauricio, le dijo, yo le amo á V., pero no puedo ser su esposa... Me debo á mis padres...

--Nada les faltará, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrán medios para vivir rodeados de comodidades.

--¡Les faltarán mi amor y mis cuidados! objetó la jóven meciendo la cabeza. ¡Mauricio, no puedo casarme!

--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aquí con mi regimiento: que renuncia V. á mí para siempre... ¿No me ama V., Dolores?

--¡Con toda mi alma! ¡Jamas he amado á nadie, ni de nadie he sido querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para mí!

--¿Y así me rechaza V.? ¿Así renuncia V. al amor, es decir á la vida?

--¡Ese es mi deber!

--Amor que así está subyugado por un deber que no es una verdad, es amor muy débil, exclamó Mauricio con amargura, y cayendo así en la vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el más santo motivo. ¡Adios, Dolores!

Un sollozo respondió á estas palabras.

--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hácia ella: ¡desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el último rayo de felicidad que se viene á posar en su frente.

--Lo sé, murmuró Dolores.

--¿Y no quiere V. ser mia?

--¡No puedo!

--¿Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van á agradecer su sacrificio?

--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.

Mauricio lanzó una exclamacion, en la que entraban por partes iguales la cólera y el dolor, y se lanzó fuera de la pobre casita.

--¡Adios, murmuró Dolores: sombra adorada de mi primero y único amor, sueños de felicidad, para siempre adios!

Y cayó sobre su asiento, cubriéndose el rostro con las manos y sollozando amarga y dolorosamente.

Cuando alzó la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia desaparecido en ella; sólo quedaba la grandiosa y triste poesía de un dolor eterno.

III.

Dolores volvió á tomar su labor; las últimas flores que le habia dado Mauricio se marchitaron en su ventana, y ella recogió cuidadosamente sus hojas secas, como recogió en su corazon los recuerdos de su desgraciado amor: despues, inclinándose sobre su bordado, dijo con honda tristeza:

--Así pasaré ya el resto de mi vida.

Dos dias despues, y á la caida de una bella tarde de otoño, oyó los ecos de una música militar. Era el regimiento de Mauricio que salia de la ciudad, segun él mismo habia dicho.

Dolores sintió que alguna cosa se rompia en el fondo de su corazon. Levantóse, y se fué á arrodillar delante del lecho de su madre, que se habia acostado ya.

--¡Madre mia! exclamó la desgraciada: ¿es verdad que me amas? ¿Es verdad que te soy necesaria? ¡Dímelo, por Dios!

--Déjame dormir, respondió ásperamente la anciana, volviéndose del lado de la pared.

Dolores alzó al cielo sus ojos: nadie en la tierra agradecia su inmenso sacrificio... la música se fué perdiendo lentamente á lo largo, y se apagó al fin en el vacío...

Algunos años despues murieron los padres de Dolores; el anciano siguió de cerca á su esposa; la pobre huérfana quedó sola sobre la tierra.

IV.

Un dia recibió esta carta:

«Dolores: Usted que es una santa, ruegue por mí; el recuerdo más dulce de mi vida se dirige á V.; he sido muy desgraciado, pues he perdido á mi esposa, á mis hijos, y estaba solo en el mundo; buscando el amor, he caido en el libertinaje, y en un duelo he sido herido de muerte... ¡mi último suspiro es de V., y se lo envio como mi postrer adios!

_Mauricio._»

Dolores besó este billete y le puso junto á su corazon; para almas como la suya, aquel recuerdo era una recompensa: desde aquel dia habló con Mauricio, enviándole al cielo el lenguaje de la oracion.

LA HIJA.

ARTÍCULO CUARTO.

I.

Los dos ejemplos que dejamos expuestos en nuestros anteriores artículos prueban hasta dónde puede llegar la ternura filial en nuestro sexo.

El uno está rodeado de la aureola del heroismo: el otro, de la suave y dulce luz de las virtudes privadas; pero uno y otro demuestran que todo debe posponerse á la gratitud y al amor que debemos á nuestros padres.

Se han visto malos hijos; pero de hijas malas y desnaturalizadas presenta la historia muy raros ejemplos.

Y esto no es extraño á nuestro parecer; la condicion de la mujer, blanda é impresionable, la inclina á venerar el ejemplo de su madre y á seguirle religiosamente; en tanto que los hijos abandonan el hogar y llevan léjos de él sus pasiones, sus penas y sus alegrías: se alejan de sus padres, y sólo en las grandes ocasiones pueden dar á éstos pruebas de su amor.

Pero las hijas, en las que domina ante todo el sentimiento; las hijas, que por su condicion viven y crecen al lado de los que les han dado el sér, pueden en todas las situaciones y en todos los instantes probarles su amor y gratitud.

II.

Grande y noble es el ejemplo de amor filial que Isabel de Segura dió casándose con D. Rodrigo de Azagra, por conquistar unas cartas que éste poseia, y que encerraban la deshonra de su madre; y el poeta eminente que ha llevado al teatro la lastimera y tierna historia de _Los Amantes de Teruel_, ha dado el más grande interes á su obra, poniendo como base de la desdicha de Diego y de Isabel, el santo sacrificio de la hija á su madre.