Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer

Part 12

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En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion y voto del conde Vifredo, el _Velloso_, del cual fué abadesa su hija la jóven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll, por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la _Baranda de los monjes_, extensa galería, á la cual se pasa por el interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que entra tambien el terror.

¡Cuánto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que todo lo puede las abriera!

¡Cuántos imponentes espectáculos habrán contemplado aquellos ojos sin luz!

Ellos han visto subir al santuario á los Reyes Católicos, con su hija _Juana la Loca_; á la emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V; á Felipe II, que estuvo en él cuatro veces; á sus hijas las infantas Catalina é Isabel; á Felipe III; á Maximiliano II; á D. Juan de Austria; á Cárlos III; á Cárlos IV; á Fernando VII y á Isabel II.

No pueden los límites de una carta reseñar detenidamente á Monserrat; muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del más grande de todos los santuarios del mundo cristiano.

El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montañas, ha vuelto á invadirlas hace algunos años; tú lo sabes tambien, pues la prensa toda dió cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron á una mano aleve; ya los religiosos iban á sacar de la iglesia la sagrada imágen para ponerla á salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agonía á agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de María, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.

Si hubo culpables ¡Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni tú ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.

Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.

LA MODESTIA.

I.

No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cándida virtud.

El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado á sus límites más elevados y más sublimes, admiran: pero la modestia cautiva y atrae con un poder indecible.

Como todas las virtudes suaves, ésta es más propia de la mujer que del hombre, y más necesaria en ésta que en aquél.

La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la modestia, como estas flores, se oculta con ese suave é inimitable rubor de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados sus encantos y su gracia, hasta por los más indiferentes.

La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, ó, mejor dicho, el complemento de sus encantos; puede compararse á esos diáfanos y blancos velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer más bellas. Y así como esos velos ocultan los leves defectos del semblante, encubriéndolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del carácter y hace resaltar todas las bellas cualidades.

No hay falsa modestia.

La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no conseguirá más que ponerse en ridículo. Porque la modestia es tan suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como á la violeta, por su aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con arrobamiento y se la ama.

La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la excelencia y bondad del corazon.

Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara, ó al ménos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca á nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpatía.

¿Y sabeis lo que es simpatía?

Es uno de los más dulces lazos del género humano. Es el término que separa el cariño de la indiferencia. En las mujeres, así como en los hombres, es el primer eslabon de la cadena de la amistad. Entre un hombre y una mujer es el primero de la cadena del amor.

Los lazos de la simpatía son fuertes y durables: son gratos, expansivos, libres de toda sujecion, porque la simpatía no nace de las leyes del deber, ni nace de la gratitud, ni es esclava de las exigencias de la sociedad.

La simpatía es espontánea, brota en el corazon como brota una madreselva en las tapias de un huerto ó de un patio.

La simpatía y la modestia jamas se separan, sobre todo en la mujer: porque la simpatía que ésta inspira es casi siempre emanada ó nacida de su modestia.

II.

La modestia tiene dos manifestaciones.

Modesta es la mujer que en su porte, en su traje y en sus modales, conserva aquella dulce dignidad que le impide todo movimiento indecoroso ó poco conveniente.

Y modesta es la que ningun alarde hace de su mérito, la que le deja adivinar ó que se descubra sólo por su propio brillo.

Sea cualquiera de estas dos formas la que tome la modestia, cautiva siempre.

_La alabanza propia envilece_, ha dicho un sabio, y esto lo vemos confirmado todos los dias.

El mérito de una persona, por grande que sea, es despreciado si ésta hace de él una ridícula ostentacion, ó si mira con desden el de los demas.

Y este desprecio hácia la altanería es inherente á la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso hollar, y á falta de dignidad, existe en todos un sentimiento invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpáticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpatía es espontánea, casi nunca es inmotivada, y una persona dulce y modesta despertará muchas más simpatías que una vana y altanera.

Á la mujer modesta se le concede mérito de buena voluntad, por lo mismo que ella parece desconocerlo.

Á la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones más comunes, porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y por eso dije en otro capítulo que la mujer que ha nacido privilegiada por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante á la belleza intelectual, digo ahora respecto de la hermosura física.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, léjos de obtenerla, únicamente conseguirá que se le niegue todo mérito; ó si se le concede, lo que es todavía peor, que se la rebaje con alguna calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni exige homenajes ni ofende á nadie.

III.

La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus hijas desde su más tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos, los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en público.

La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar, todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa reputacion de _chistosa_ que se concede á otras, debe preferir la de _modesta_.

Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La _gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la desenvoltura.

He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta de pudor y de delicadeza.

¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quizá, sin más faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su maledicencia, ó blanco de sus _chispeantes_ burlas.

La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la conduzca por él sin despeñarla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme. Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan inofensivas.

La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya nacido destituida de ella.

Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use, se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal _¿qué se me da á mí?_, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.

IV.

La verdadera gracia, la gentil coquetería, la distincion en los modales son inseparables de la modestia, y por lo tanto, la mujer más destituida de atractivos personales puede ser encantadora si es modesta.

Pocas, muy pocas nacen completamente hermosas, y así la mujer debe buscar todo aquello que realza sus gracias personales; porque esto, léjos de ser una falta, es un homenaje á la Providencia, puesto que se manifiesta estimacion hácia las ventajas y los dones que nos ha concedido.

La exageracion en el traje y en el peinado casi nunca sienta bien, sea cualquiera la figura y facciones de la que la use.

La modestia impide que llamemos la atencion, y por eso evita casi siempre el ridículo.

El buen gusto no es el uso de los adornos pomposos, de los colores fuertes, de las formas extraordinarias en los vestidos; por el contrario, en el tocado y adorno de una mujer de buen gusto preside casi siempre una gran sencillez, y la sencillez es uno de los preceptos de la modestia.

Ademas, la modestia no sólo se acomoda á todas las fortunas, sino que embellece las posiciones más medianas.

El lujo de los pobres es la limpieza, como dijo el malogrado Sué.

Si á una limpieza exquisita se reune el buen gusto y esa coquetería propia del hogar doméstico y necesaria en la mujer, ésta se hará admirar en todas partes.

Vosotras, madres respetables, que por la medianía ó escasez de vuestra fortuna sufrís tanto con las privaciones de vuestras hijas; vosotras que, al contemplar con orgullo su belleza, llorais de sentimiento por no poder adornarla segun vuestro deseo; creedme, si son modestas y virtuosas, vuestras hijas alcanzarán más simpatías con su sencillez que las opulentas damas que carecen de esta amable cualidad.

El mundo, es verdad, rinde vasallaje á la opulencia, pero sólo rinde culto á la virtud; aplaude los talentos brillantes, el fausto, todo aquello, en fin, que deslumbra; pero al mismo tiempo trata de empañar esos talentos con los tiros de la envidia.

Únicamente ama y estima verdaderamente á la modestia, porque la modestia es la base de muchas virtudes; y semejante á una perfumada diadema que adorna una cabeza herida, recrea con su celestial aroma á la sociedad, encubriendo los defectos de quien la posee.

LA FE.

I.

Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir para el público, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.

Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el dedicarse á las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no escribiria.

Vale más, á mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceñida de laureles.

La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal considero el exponer al público los sentimientos del alma.

Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y su poesía al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia de su esposo y de sus hijos.

Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que le sobre aún despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus deberes; si su corazon, demasiado amante, ó su imaginacion viva, ó su juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la generalidad, ¿por qué ha de privársele de un desahogo ó distraccion que á nadie ofende y que puede enseñar algo ó servir de algun consuelo á las demas mujeres?

Y no creais tampoco que la palabra _enseñar_ encierra gigantescas y ridículas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una mujer sin más que tener corazon, á aquellas criaturas que le tienen dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia ó endurecido por el desengaño.

Yo aspiro á probar si sé enseñar á creer en este artículo, porque creer es uno de los mayores beneficios de la vida.

Y no obstante, para enseñar á creer se requiere tan sólo no carecer de fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano; se necesita haber sufrido y haber llorado, pues sólo en el dolor es cuando nuestro corazon busca un consuelo más elevado que los que podemos hallar en el mundo.

En la alegría olvidamos á Dios; el primer grito de nuestra pena es éste:

--¡Piedad, Dios mio!

II.

¡La fe! ¡Bendita sea!

Esta hermosa hija del cielo nos hace mucho bien para que no la acojamos con amor en nuestro corazon.

Sin ella no habria en el mundo sentimiento alguno bueno ni honrado, ni áun mundo habria.

La fe es el orígen del amor de los esposos; del cariño de los hermanos; de la pasion de los amantes; de la tierna simpatía á que damos el nombre de amistad.

La fe nos ofrece una vida de eterna ventura, y hasta alcanzarla nos da valor para sufrir las penas de este valle de lágrimas.

La fe ha llenado de santos mártires el cielo y de santas vírgenes los conventos del mundo.

La fe es la luz purísima que ilumina las almas; el rayo de sol que alumbra la noche tenebrosa de la duda.

III.

Hé aquí lo que dice Eugenio Pelletan en su _Profesion de fe del siglo_ XIX:

«El hombre necesita creer, porque ha nacido inteligente; creer es el medio de ser para su espíritu; su espíritu vive únicamente creyendo, y ademas porque, habiendo nacido libre, tiene, en virtud de esta libertad, una parte de accion en su destino. Debe, pues, conocer, aunque sea en parte, ese destino para arreglar á él su conducta. De aquí la necesidad de una creencia. ¿Quién eres? ¿Por qué existes? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? Hé aquí el enigma que, desde Job á Prometeo y desde Prometeo hasta Fausto, la humanidad está contínuamente resolviendo.»

«¿Pero qué garantía tiene el hombre de poder encontrar su solucion? Una sola, podemos responder, y le basta; el deseo que tiene de hallarla. El afan de buscar no es en nuestra alma más que la anticipacion de la verdad. La soberana armonía no se engaña á sí misma: no ha dado la aspiracion á nuestra alma como el cebo de un engaño. Por todas partes donde ha puesto la sed, ha puesto al lado la fuente. ¿Quién puede admitir un momento que Dios señala la verdad al presentimiento para escondérsela á la razon? Entónces no sería Dios, sería su propio mentís. Habria encendido en nosotros un deseo que sería un suplicio; hubiera hecho de nuestro más sublime instinto, un infierno. Semejante hipótesis es impía, no merece ni áun la refutacion. Decirla es refutarla.»

Vosotros, los que afectais no creer en nada para correr desenfrenados de extravío en extravío; vosotros, los que no quereis dique alguno para vuestras pasiones; vosotros, seres á quienes el mundo llama en su culto lenguaje _despreocupados_, no podréis ménos de convenir en el fondo de vuestra alma, en que Eugenio Pelletan tiene razon; porque todos, hastiados de los vacíos goces de la vida, habréis buscado _un más allá_ en vuestro destino.

¿Qué os ha contestado entónces vuestra razon oscurecida por las nieblas de los goces materiales?

¿Qué os ha respondido vuestra conciencia, ese juez invisible, pero rígido y severo?

Es bien seguro que vuestra razon ofuscada y vuestra fuerte conciencia han batallado encarnizadas en el fondo mismo de vuestras almas; mas si ha quedado la victoria por la primera, si esa razon extraviada os ha dicho que no hay nada más allá de este mundo, ¿qué os queda?

¿Sois acaso felices con los goces que él os proporciona?

La grandeza de vuestro espíritu ¿no se abate hasta desear la muerte y el _no ser_?

¿No teme entónces vuestro cuerpo entrar en la tumba para volverse polvo?

¿No se empeña otra lucha nueva entre el espíritu y la materia; aquél anhelando dejar un mundo donde no cabe; ésta, aferrándose á un mundo que le halaga más que la nada del sepulcro?

¡Desdichados, que no teneis fe! ¡Vuestra breve y emponzoñada existencia sólo puede ser una cadena de dolores!

¿Quién os consuela cuando la muerte os arrebata el padre, la esposa ó el hijo?

¿Adónde volveis los ojos turbios de dolor?

¿A los que quedan? ¡Ay! ¡Estos han de morir tambien!

¿A sus sepulcros? Sus losas nada os dirán: ¡sólo guardan elocuentes frases para los ojos del alma!

Los que creen en su inmortalidad acuden á postrarse ante las tumbas, y ven en el rayo del sol ó de la luna, que va á quebrarse en ellas, el alma que amaron y que ha descendido del cielo, para que consuele la suya.

IV.

La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.

Las flores que brotan en la sepultura de un niño despiden para su madre un reflejo de la risa de aquella criatura, á quien tanto amó.

En su perfume cree aspirar el hálito del sér que voló desde su regazo al cielo.

Cree ver en su blancura la imágen de la frente purísima en que tantas veces apoyó sus labios.

Y el murmullo de los cipreses del cementerio es, á sus oidos, la voz de su hijo que canta dulcemente en su tumba.

El amor es la poesía de la religion: la fe es su beneficio.

Los pueblos más poéticos son los que más fe tienen: ved á los musulmanes adorando á _Alá_: á los indios llamando al _Grande Espíritu_; ved á las jóvenes del Missisipí colgando entre las ramas de los almendros en flor las cunas en que yacen los cadáveres de sus hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las flores.

Los más crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y Maximiliano Hercúleo, tenian fe en sus dioses, fe idólatra y fanática, pero grande y poderosa, pues alcanzaba á ahogar todos los instintos del hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y emperadores que sacrificaron á su fe hasta sus propios hijos.

¿A qué deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?

¿A quién rendís culto?

Los persas, que adoraban á un elefante y le servian de rodillas, son para mí más comprensibles que vosotros.

Los druidas, que consagraban sus vírgenes al culto de la luna, son más simpáticos á mi corazon.

Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de Belona, son más valerosas.

Los gentiles, que atribuian á Orfeo una lira divina, á Diana un amor contemplativo y melancólico, á Júpiter una justicia inmutable, y que esperaban en los campos Elíseos, tienen para mí un espíritu más elevado que vosotros.

Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.

Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis más allá que os compense los mezquinos placeres que os ofrece.

Gastais prematuramente el cuerpo en los desórdenes, y no veis en la celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con estrellas: ¡GLORIA!

Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo está animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.

El que dotó de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria y de ambicion; el que formó su corazon para el amor, es un sér grande y benéfico, y este sér, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al hombre: «_¡Cree y espera en mí!_»

V.

No hay más que un escudo para los golpes del infortunio: la fe.

Ved á la madre que pierde al hijo único que era todo su amor; vedla velar su agonía, cerrar sus ojos y depositarle en su sepulcro; la fe le presta resignacion y esperanza de encontrarle en un mundo más dichoso, para no separarse ya de él en toda la eternidad.

Ved á la hermosa jóven que encierra en un claustro, los dias más bellos de su juventud; la fe hace que desee otro esposo mejor que los que el mundo le ofrece.

Ved á la hermana de la caridad, ese tipo de la abnegacion y del heroismo; la fe la sostiene en sus fatigas y en sus penosos deberes: ¿quién, sino la fe, podia obligarla á sacrificar su existencia al alivio de la humanidad doliente?

No, no hay un solo sufrimiento, por hondo que sea, por incurable que parezca, que no sea sanado ó endulzado por la fe.

La prueba más eficaz que tenemos de lo que alcanza la fe, la que más debe convencer al que no se obstine en cerrar completamente los ojos del alma á la luz que pueda disipar las tinieblas que la oscurecen, á la reflexion que basta á enfrenar las pasiones que la emponzoñan: el más sublime ejemplo de la grandeza de nuestra religion, es el de la constancia que los primeros mártires del cristianismo han ofrecido á los siglos venideros.

Ahí teneis á Santa Ines, niña de trece años é hija de padres gentiles, convertidos por ella, que muere sonriendo, degollada bárbaramente á los piés del prefecto Tértulo.

Ahí teneis á Santa Cecilia, doncella de diez y seis abriles, ciega y mendiga, que espira á la primera vuelta de las ruedas del potro, sin angustias, sin dolores, y cantando dulcemente.

Ahí teneis á San Pancracio, jóven de diez y ocho años, que muere en el anfiteatro de Roma al clavarse en su garganta las garras de una pantera, y que deja la vida, sonriendo al tribuno Sebastian, que pronto debe tambien seguirle en el martirio.

Ahí teneis al mismo Sebastian, que espira oscuramente asaeteado, sin testigos, en el parque de Adónis.

Ahí teneis á la santa niña Emerenciana, que muere á pedradas, miéntras ora en las catacumbas.

Ahí teneis, en fin, á San Casiano, que rinde el postrer aliento á manos de sus discípulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.