Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer

Part 11

Chapter 114,136 wordsPublic domain

La miseria es carecer de todo: ¡es el hambre, la desnudez, el frio, la enfermedad, el dolor, la muerte!

He visto gentes muy contentas con la pobreza, y que habiendo llegado á ser ricas por una herencia inesperada, por el logro de algun negocio lucrativo, han echado de ménos el tiempo de su medianía, y han deplorado el tener fortuna y los cuidados que ésta trae consigo.

Las mujeres se lamentan de la pobreza mucho más que los hombres, y se han visto algunas que, solas, aisladas, sin familia, han hecho esfuerzos inauditos para llegar á la opulencia, símbolo para ellas de todos los goces de la tierra.

Pero la riqueza se escapa siempre de las débiles manos de nuestro sexo: al ingenio, al talento de la mujer le falta constantemente la principal cualidad, la fuerza: no tiene ni las dotes ni los defectos masculinos, por más que se esfuerce en adquirirlos.

La energía ficticia y febril que una mujer da á su talento, es siempre estéril y pasajera: despues de estos esfuerzos, despues de estos ataques de epilepsía intelectual, recae en el vacío, más débil y más desalentada, porque esta energía pasajera la obtiene sólo á expensas de su fuerza natural, que no reside, como la del hombre de genio, en la violencia de las pasiones, en la gravedad de los estudios y en el vigor de los pensamientos, sino en la profundidad de las observaciones, en la exaltacion de las creencias y en la sublimidad de los sentimientos.

Así es que pocas mujeres han llegado á la fortuna por la sola fuerza de su talento, y en nuestro país desde luégo, no conozco ninguna; hay muchas que se han elevado al pináculo de sus deseos, manejando la intriga y la lisonja en un grado más ó ménos hábil, y han llegado á un enlace brillante, que les ha dado la opulencia y todos los goces de su exigente vanidad.

¡Mas cuántas veces es posible que estas mujeres hayan echado de ménos la apacible medianía, la casi pobreza que moraba en el techo paterno! ¡Cuántas veces habrán pensado en el modesto traje de lanilla, hecho por sus manos y estrenado con tanta alegría, al sentirse devoradas por el hastío que produce el no tener nada que desear!

II.

La miseria, y no la pobreza, es la que produce los crímenes, y de esos hombres que no tienen pan ni abrigo para su familia, salen generalmente los infelices que llenan los presidios y que sirven de escarmiento, cuando se aplican en todo su rigor, las leyes de la justicia humana.

Sin tener las ideas socialistas del ilustre escritor Eugenio Sué, que en su exageracion pretendia que todos los ricos eran malos y degradados, y todos los pobres ejemplares y virtuosos, creo que todos debemos, segun nuestras fuerzas, aplicarnos á socorrer la miseria, y que una parte á lo ménos de lo que gastamos en lo supérfluo, debemos dedicarlo á dar lo necesario á los que no lo tienen. La miseria tiene varios aspectos: no es la que se ostenta la más digna de lástima y de socorro; es la que se oculta en las heladas buhardillas; la que cubierta con un espeso velo pide limosna por la noche; la que no se queja y viste aún con restos de decencia, para disimular el mayor tiempo posible la desgracia y el dolor.

Esa miseria vergonzante es la más dolorosa y la más digna de auxilio, porque casi siempre procede de desgracias inmensas, de pérdidas del corazon, tan ligadas á los intereses, que han arruinado para siempre la felicidad y la fortuna.

Se han visto familias caer de repente, desde una posicion decorosa y desahogada, en la más profunda miseria, á causa de algun fraude de que han sido víctimas: una, sobre todo, á quien he conocido, cayó en tan completa desgracia, que el padre no pudo resistirla, y buscó en la muerte el descanso de un dolor que su fortaleza no alcanzó á sobrellevar: su esposa y sus dos hijas hubieron de dedicarse, primero á labores de su sexo, que les pagaban muy escasamente; y despues, visto que el producto de su trabajo no les alcanzaba para vivir, al servicio doméstico.

La inteligencia y buena educacion de la madre llamó la atencion de la familia á quien servia; y enterada ésta de sus desgracias, hizo venir tambien á sus dos hijas, dándoles una habitacion en su casa, mesa, una criada y algunas labores delicadas y productivas que desempeñaba una de las jóvenes, miéntras la otra con su madre iba á dar lecciones de música.

Las tres pobres mujeres llegaron á encontrarse tan dichosas en su modesta situacion, que la preferian á su opulencia pasada, y sólo tenian en el alma el dolor de la muerte de aquel esposo, de aquel padre que tanto amaban, y que las habia amado tanto.

III.

_La dicha de ser rico_, se llama una novela francesa de grande y justa fama: su argumento es muy sencillo: un zapatero se hallaba muy feliz con lo que su oficio producia, cuando tiene una herencia tan rica como inesperada; su mujer y sus dos hijos se vuelven locos de alegría, y él mismo da gracias al cielo por este beneficio; pero muy pronto el cuidado de guardar su dinero le quita el sueño, le agita y le sumerge en un piélago de inquietudes y de zozobras; ya hace una abertura en la pared para ocultar en ella su tesoro; ya, creyéndole allí poco seguro, sale al campo y lo entierra de noche con todas las precauciones que pudiera guardar un criminal; y llegan á tal extremo su inquietud y su angustia, que maldice su herencia y suspira por el tiempo en que vivia sin cuidados, ni envidiado ni envidioso de los demas.

Su mujer, que le amaba, su hija y su hijo, que adoraban en él, deploran el cambio operado en su salud, que se resiente de tantas amarguras: de contínuo, los vecinos burlones les envian avisos anónimos de que van á robarles, asesinándoles primero; y al fin el pobre zapatero, que ántes vivia contento con el pan de cada dia, que nada más pedia al cielo que pan y trabajo, que nada tenía que guardar, está á punto de perder la razon y la vida.

Una noche su esposa y su hijo salen al campo para ver si el malhadado tesoro se halla donde le habia enterrado el pobre hombre; pero la tierra está excavada, y el cofrecito de hierro ha desaparecido: en lugar de lamentar la pérdida, caen de rodillas y dan gracias á Dios por ella, elevando sus ojos y sus corazones al firmamento bordado de estrellas: el ladron fué bendecido por haberles librado de aquella funesta riqueza.

Desde aquel dia, el zapatero y su familia recobraron la tranquilidad, el sueño apacible, y su apetito feliz y nunca desmentido.

IV.

No es generalmente la miseria dón de la Providencia divina, tan paternal y tan previsora para todos.

La miseria es casi siempre hija de la holganza, de los vicios, de la malversacion de los medios de vida.

Dios hace nacer pobres y ricos; la indigencia es casi siempre obra de los extravíos del hombre, y algunas veces obra tambien de los extravíos de la mujer, que gasta más de lo que debe y puede.

La pobreza no es espantosa ni repugnante: ¿cuántas veces no se han alegrado nuestros ojos, al entrar en un cuarto muy alto, en un piso cuarto ó en una buhardilla? La cama, limpia y bien mullida; la ventana, adornada con visillos blancos, sujetos con lazos rosa ó azules; el pavimento, brillante de limpieza; los muebles, barnizados; las flores frescas, en un jarrito de cristal ó de loza; todo esto lo permite la pobreza, y todo esto la embellece y casi la santifica.

La limpieza es el lujo de los que cuentan con escasa fortuna; el arreglo es una bella cualidad de los pobres, y se ven familias que con muy pocos haberes viven con decencia y dignidad.

Apénas hay familia donde la esposa sepa gobernar su casa con inteligencia, en que no haya un bienestar relativo: diríase que el buen órden atrae el dinero, y que el desarreglo lo ahuyenta: las compras inútiles, el gusto por el fausto y por el lujo, arruinan, no sólo las fortunas modestas, sino tambien las grandes.

La pendiente de la holgura á la miseria es rápida, y se baja sin pasar por el término medio de la pobreza: el que nace con lo necesario no le falta, sabiendo conservarlo, hasta que muere; pero se han visto muchas familias opulentas llegar, por el exceso de sus gastos, á la más completa desnudez; á la más horrible miseria.

No nos rebelemos contra la pobreza, y al contrario, contentémonos con ella si Dios nos la envia; pero evitemos con todas nuestras fuerzas la miseria: y cuando la veamos, socorrámosla en lo posible, sin pensar en si el desgraciado que la sufre es por su culpa, ó porque el cielo, como al santo Job, le quiere probar con ese terrible azote, que devora á tantos desheredados de los bienes de la tierra.

LA VOZ.

I.

Hay algunas cosas en la vida que llamamos _pequeñas_, y que lo parecen en efecto; pero que son, sin embargo, más importantes de lo que se cree, y de mayor influencia en nuestra suerte de la que se supone.

Al hablar de una mujer hermosa, se elogian sus ojos, su boca, su talle, la expresion de su semblante, las gracias de toda su figura.

Cuando se menciona una mujer agradable, se habla de su talento, de su gracia, de su amabilidad, de su instruccion: mas hay una cosa de la que nadie se cuida y que nadie nombra. La voz.

Y sin embargo, ¿quién que conozca el poder de los sonidos en las imaginaciones impresionables podrá negar á la voz una mágica influencia?

¿Quién duda que existen voces celestiales, que al hablar penetran en el corazon y nos llevan adonde quieren, sin que nos demos cuenta de ello?

¿Quién no ha oido en una conversacion de muchas personas un acento encantador que ha conquistado desde que se ha dejado oir todas nuestras simpatías, y que ha hecho que nos interesemos inmediatamente por las ideas de quien le posee?

No podré yo expresar á mis lectoras el valor que tiene ese órgano, que si bien se cree muy importante cuando se trata del canto, júzgase indiferente en lo que toca á la conversacion.

El metal de la voz despierta simpatías más vivas, y acaso más irresistibles que la belleza misma.

Una mujer bella con una voz áspera y bronca, pierde la mitad de su belleza.

Por el contrario, una que sea sólo agradable, cautiva de una manera irresistible si su voz es dulce y simpática.

Y no creo que el metal de la voz es independiente de nuestra voluntad: nosotros podemos, si no variarlo, modificarlo al ménos, y de ingrato, hacerle dulce y agradable.

No tienen poca parte para dar el tono á la voz los sentimientos del alma; cuando la ira domina, la voz es sofocada y áspera y los sonidos oscuros, careciendo completamente de modulaciones.

Mas cuando la dicha, la tranquilidad y la alegría tiene el ánimo en una dulce serenidad, la voz es dulce tambien y halaga al oido, casi como un canto.

Hay mujeres, y yo misma conozco algunas, que con una voz muy dulce tienen un corazon seco y helado: que su acento afectuoso es el disfraz de un monstruoso egoismo; pero esto no quita su poderoso encanto á un agradable metal de voz: ántes, por el contrario, el ver el imperio que estas mujeres ejercen en cuantos les rodean, al observar cuán bien, pronta y fácilmente consiguen todos sus fines y llegan á las empresas más difíciles, se comprende cuán grande es el poder de una voz grata al oido, y de un suave y melodioso acento.

II.

En la mujer, sobre todo, es indispensable un eco de voz dulce y afectuoso.

La que carece de él debe adquirirlo con el estudio, pues ya he dicho que en gran parte la dulce emision de voz depende de nosotras.

Tal influencia ejerce en el hombre la voz dulce de la mujer, y tanto le agrada, que apénas habrá cosa que niegue al suave acento de la súplica, y apénas habrá nada que conceda al duro acento del mando.

He oido hace poco tiempo preguntar á un hombre dotado de un carácter violento y duro, su parecer acerca de una mujer muy bella.

--No me gusta, respondió secamente: tiene un metal de voz áspero y desagradable, y yo prefiero una mujer fea, dotada de una dulce voz.

En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que agradecer á la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.

Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las más fuertes afecciones: aquel hombre severo, de carácter duro y seco, no podia ménos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su esposa.

He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridícula é inmotivada cólera, le decia:

--Tienes razon mil veces, pero cálmate por mí, pues te vas á poner malo; ya se arreglará eso de otro modo.

Alguna persona rigorista, presente como yo á estas escenas, ha dicho que esta mujer era una hipócrita, y que culpando en el fondo de su alma á su marido, fingia ser de su parecer; pero ¿hubiera ganado algo la paz de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien, culpando la imprudencia y la cólera de su esposo?

Sin duda que no: ella le trata como á un enfermo y hace bien, porque realmente lo está: la ira es una cruel dolencia moral.

Algunas veces, en lo más fuerte de sus accesos, este hombre violento se cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su grosera cólera: la he visto en várias ocasiones callar, hacer como que no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su triunfo: cuando volvia á la habitacion ya parecia no acordarse de aquello, y hablaba á su marido de otras cosas, con tanta afabilidad como si nada hubiera pasado.

Así, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la cólera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior á la mujer, y á ningun marido que ama á la suya, le gusta verse rebajado ante sus ojos, y lo que es más duro, á los ojos de sus hijos.

¿Es acaso esta mujer insensible?

No: es prudente; ama á su marido, y conoce bien el corazon humano.

III.

Ya he dicho más arriba que el carácter dominante y la propension á la cólera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; así es que la voz áspera se tiene por signo de una índole desapacible y violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco simpáticas al sexo fuerte.

Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcísimo, y de una expresion angelical en el rostro, con un carácter de hierro y una voluntad más firme que todas las voluntariosas é impacientes: estas mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas, dan órdenes severas é ineludibles con el acento más melodioso, y toman resoluciones enérgicas y terribles, que rara vez adoptan las que regañan mucho.

La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero ésta es la más fuerte y la más inquebrantable: dicen que sí á todo, y sólo hacen lo que quieren ó les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte, lloran, se desmayan, se refugian en el _no puedo_, suplican y fatigan al que las quiere dominar, saliéndose siempre _con la suya_, como suele decirse.

Esta clase de caractéres no me parece digna de aprecio: pero la prefiero con mucho á la otra clase, que encierra todas las provocaciones de la cólera grosera, todas las réplicas brutales y descompuestas, de la impaciencia: dominar por la súplica y por la protesta de la debilidad, es más digno y más propio de la mujer, que hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.

El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caña que se doblega á su ímpetu, y que vive á orillas del lago azul y trasparente.

Mérito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, é inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.

IV.

No hay mujer ninguna, á ménos que no sea completamente insensible, dotada de una perenne é inalterable dulzura: á la que veo siempre complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando melosamente, lo confieso, no le dedico mis más grandes simpatías.

El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una contraccion de facciones, una lágrima cerniéndose en las pestañas, un temblor en la voz, la palidez y el rubor súbito, son señales infalibles de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se alcanza: he visto, y no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella y virtuosísima, ultrajada por su marido ante un gran número de personas, y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desmintió con una irritante é insolente grosería.

La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte: un instante despues un encarnado ardiente vistió desde su frente hasta su cuello: su seno palpitó con violencia: sus ojos lanzaron un relámpago deslumbrador... ¡qué terrible lucha tenía lugar en su corazon! Todos los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro, cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con acento dulce y sumiso á su brutal marido:

--Perdona, amigo mio, me habré equivocado.

¡Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! ¡Cómo se leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! ¡Y qué triste papel el del marido déspota y grosero!

El poseer una voz agradable es un seguro antídoto contra los arrebatos de la cólera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural ó adquirida, sirve de freno á todas las desigualdades de un carácter desapacible.

EL SANTUARIO DE MONTSERRAT.

Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISA

DOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.

I.

Al dedicar un recuerdo al célebre santuario de las montañas de Cataluña, á nadie mejor que á tí, mi amada Antonia, hubiera podido dirigirme: á tí, que tantas veces me has instado en tus cartas para que escribiera algo acerca de mis viajes, y á quien he prometido hacerlo: sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba escribírtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para hablarte del asilo más grandioso que posee en la tierra la Reina de los Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos tú y yo.

Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de las siete de la tarde[1].

[1] El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer, titulado _Guía de Montserrat_.

Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.

En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y recuerdos, _no tiene igual ni semejanza en todo el orbe_.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la mano de Dios puede destruir.

¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio; cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.

En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto, incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas, que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y melancólica grandeza.

Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas, como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.

Las fugitivas están, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.

No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qué extremo me conmovió la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca lozanía entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.

Parecíame oir sonoras carcajadas de alegría entre las notas de un canto funeral.

Creia ver jóvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de enlutadas y afligidas ancianas.

Pero á medida que rezaba el consuelo descendia á mi alma.

Pensaba en que Dios coloca siempre la alegría junto al dolor, y que quizá sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectáculo hubiera sido demasiado tétrico y desconsolador para mi alma.

En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedería: los monjes dan allí la más cristiana y cariñosa hospitalidad: cada viajero tiene su cuarto; algunos domésticos cuidan del aseo y servicio de las habitaciones, y por la noche se ve á los religiosos, envueltos en sus largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los visitadores de aquellas santas soledades están bien asistidos.

En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, está situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos niños de familias pobres, á los cuales se les proporciona una educacion religiosa y gratuita.

La comunidad de estos niños se llama _Escolanía_, y su habitacion, situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro encantador, que representa á la Vírgen cobijando bajo su manto á algunos niños casi desnudos.

Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos, cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las brumas que descienden del cielo hasta los picos más elevados.

Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las montañas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la pureza y de la humildad.

En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen, la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y por Pedro, obispo de Barcelona.

II.

Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia exquisita.

Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza humana separarla de aquel sitio.