Tirano Banderas: Novela de tierra caliente

Part 12

Chapter 123,849 wordsPublic domain

--¡Generalito, me condena un juego ilusorio de las Ánimas Benditas! ¡Apelo de mi martirio! ¡Una esperanza! ¡Una esperanza no más! En el médano más desamparado da sus flores el rosal de la esperanza. No vive el hombre sin esperanza. El pájaro tiene esperanza, y canta aunque la rama cruja, porque sabe lo que son sus alas. El rayo de la aurora tiene esperanza. ¡Mi Generalito, todos los seres se decoran con el verde manto de la Deidad! ¡Canta su voz en todos los seres! ¡El rayo de su mirada se sume hasta el fondo de las cárceles! ¡Consuela al sentenciado en capilla! ¡Le ofrece la promesa de ser indultado por los Poderes Públicos!

Niño Santos extraía de su levitón el pañuelo de dómine y se lo pasaba por la calavera:

--¡Chac! ¡Chac! Una síntesis ha hecho muy elocuente, Licenciadito. El Doctor Sánchez Ocaña le ha dado, sin duda, sus lecciones en Santa Mónica. ¡Chac! ¡Chac!

Hacían bulla los compadres, celebrando el rejo maligno del Tirano.

III

Doña Lupita, achamizada, zalamera, servía en un rayo de sol el iris de los refrescos. Niño Santos, alternativamente, ponía los labios en el vidrio de limón y fisgaba a la comadreja, sartas de corales, mieles de esclava, sonrisa de Oriente:

--¡Chac! ¡Chac! Doña Lupita, me está pareciendo que tenés vos la nariz de la Reina Cleopatra. Por mero la cachiza de cuatro copas, un puro trastorno habéis vos traído a la República. Enredáis vos más que el honorable Cuerpo Diplomático. ¿Cuántas copas os había quebrado el Coronel de la Gándara? ¡Doña Lupita, por menos de un boliviano me lo habéis puesto en la bola revolucionaria! No hacía más la nariz de la Reina Faraona. Doña Lupita, la deuda de justicia que vos me habés reclamado ha sido una madeja de circunstancias fatales: Es causa primordial en la actuación rebelde del Coronel de la Gándara: Ha puesto en Santa Mónica al chamaco de Doña Rosa Pintado: Cucarachita la Taracena reclama contra la clausura de su lenocinio, y tenemos pendiente una nota del Ministro de Su Majestad Católica. ¡Pueden romperse las relaciones con la Madre Patria! ¡Y vos, mi vieja, ahí os estás, sin la menor conturbación por tantas catástrofes! Finalmente, cuatro copas de vuestra mesilla, un peso papel, menos que nada, me han puesto en el trance de renunciar a los conciertos batracios del Licenciadito Veguillas.

--¡Cua! ¡Cua!

Nachito, por congraciarse hostigaba la befa, mimando el canto y el compás saltarín de la rana. Con cuáqueros vinagres le apostrofó el Tirano:

--No haga el bufón, Señor Licenciado. Estos buenos amigos que van a juzgarle, no se dejarán influenciar por sus macanas: Espíritus cultivados, el que menos ha visto funcionar los Parlamentos de la Vieja Europa.

--¡Juvenal y Quevedo!

El ilustre gachupín se acariciaba las patillas de canela, rotunda la botarga, inflado el papo de aduladores énfasis. Se santiguaba la vieja rabona:

--¡Virgen de mi Nombre, la jugó Patillas!

--¡Pues hizo saque!

--¡De salir siempre tan enredada la madeja del mundo, no se libraba ni el más santo de verse en el Infierno!

--Una buena sentencia, Doña Lupita. ¿Pero su alma no siente el sobresalto de haber concitado el tumulto de tantas acciones, de tantos vitales relámpagos?

--¡Mi jefecito, no me asombre!

--Doña Lupita, ¿no temblás vos ante el problema de nuestras eternas responsabilidades?

--¡Entre mí estoy rezando!

IV

Recalaba sobre el camino la mirada Tirano Banderas:

--¡Chac! ¡Chac! El que tenga de ustedes mejor vista, sírvase documentarme y decirme qué tropa es aquella. ¿El jinete charro que viene delante no es el ameritado Don Roque Cepeda?

Don Roque, con una escolta de cuatro indios caballerangos, se detenía al otro lado del seto, sobre el camino, al pie de la talanquera. La frente tostada, el áureo sombrero en la mano, el potro cubierto de platas, daban a la figura del jinete, en las luces del ocaso, un prestigio de santoral románico. Tirano Banderas, con cuáquera mesura, hacía la farsa del acogimiento:

--¡Muy feliz de verle por estos pagos! A Santos Banderas le correspondía la obligación de entrevistarle. ¿Mi Señor Don Roque, por qué se ha molestado? Era este servidor quien estaba en el débito de acudir a su casa y darle excusas con todo el Gobierno. A este propósito ha sido el enviarle uno de mis ayudantes, suplicándole audiencia. Y usted, no más, extremando la cortesía, que se molesta, cuando el obligado era Santos Banderas.

Abría los brazos con encomio amistoso el Tirano. Apeábase Don Roque. Largas y confidenciales palabras tuvieron en el banco miradero de los frailes, frente al recalmado mar ecuatorial, con caminos de sol sobre el vasto incendio del poniente:

--¡Chac! ¡Chac! Muy feliz de verle.

--Señor Presidente, no he querido ausentarme para la campaña sin pasar a visitarle. Al acto de cortesía se suma mi sentimiento de amor a la República. He recibido la visita de su ayudante, Señor Presidente, y recién la de mi antiguo compañero Lauro Méndez, Secretario de Relaciones. He actuado en consecuencia de la plática que tuvimos, y de la cual supongo enterado al Señor Presidente.

--El Señor Secretario ha hecho mal si no le dijo que obedecía mis indicaciones. Me gusta la franqueza. Amigo Don Roque, la independencia nacional corre un momento de peligro, asaltada por todas las codicias extranjeras. El Honorable Cuerpo Diplomático --una ladronera de intereses coloniales-- nos combate de flanco con notas chicaneras que divulga el cable. La Diplomacia tiene sus agencias de difamación, y hoy las emplea contra la República de Santa Fe. El caucho, las minas, el petróleo, despiertan las codicias del yanqui y del europeo. Preveo horas de suprema angustia para todos los espíritus patriotas. Acaso nos amenaza una intervención militar, y a fin de proponer a usted una tregua solicitaba su audiencia. ¡Chac! ¡Chac!

Repetía Don Roque:

--¿Una tregua?

--Una tregua hasta que se resuelva el conflicto internacional. Fije usted sus condiciones. Yo comienzo por ofrecerle una amplia amnistía para todos los presos políticos que no hayan hecho armas.

Don Roque murmuró:

--La amnistía es un acto de justicia que aplaudo sin reservas. ¿Pero cuántos no han sido acusados injustamente de conspiración?

--A todos alcanzará el indulto.

--¿Y la propaganda electoral, será verdaderamente libre? ¿No se verá coaccionada por los agentes políticos del Gobierno?

--Libre y salvaguardada por las leyes. ¿Puedo decirle más? Deseo la pacificación del país, y le brindo con ella. Santos Banderas no es el ambicioso vulgar que motejan en los círculos disidentes. Yo solo amo el bien de la República. El día más feliz de mi vida será aquel en que, oscurecido, vuelva a mi predio, como Cincinato. En suma, usted, sus amigos, recobran la libertad, el pleno ejercicio de sus derechos civiles: Pero usted, hombre leal, espíritu patriota, trabajará por derivar la revolución a los cauces de la legalidad. Entonces, si en la lucha el pueblo le otorga sus sufragios, yo seré el primero en acatar la voluntad soberana de la Nación. Don Roque, admiro su ideal humanitario y siento el acíbar de no poder compartir tan consolador optimismo. ¡Es mi tragedia de gobernante! Usted, criollo de la mejor prosapia, reniega del criollismo. Yo en cambio, indio por las cuatro ramas, descreo de las virtudes y capacidades de mi raza. Usted se me representa como un iluminado, su fe en los destinos de la familia indígena me rememora al Padre Las Casas. Quiere usted aventar las sombras que han echado sobre el alma del indio trescientos años de régimen colonial. ¡Admirable propósito! Que usted lo consiga es el mayor deseo de Santos Banderas. Don Roque, pasadas las actuales circunstancias, vénzame, aniquíleme, muéstreme con una victoria --que seré el primero en celebrar-- todas las dormidas potencialidades de mi raza. Su triunfo, apartada mi derrota ocasional, sería el triunfo de la gravitación permanente del indio en los destinos de la Historia Patria. Don Roque, active su propaganda, logre el milagro, dentro de las leyes, y crea que seré el primero en celebrarlo. Don Roque, le agradezco que me haya escuchado y le ruego que me puntualice sus objeciones con toda franqueza. No quiero que ahora se comprometa con una palabra que acaso luego no pudiera cumplir. Consulte a los conspicuos de su facción y ofrézcales el ramo de oliva en nombre de Santos Banderas.

Don Roque le miraba con honrada y apacible expresión, tan ingenua que descubría las sospechas del ánimo:

--¡Una tregua!

--Una tregua. La unión sagrada. Don Roque, salvemos la independencia de la Patria.

Tirano Banderas abría los brazos con patético gesto. Llegaba, cortado en ráfagas, el choteo de los compadritos, que en el fondo crepuscular de la campa, se divertían con befas y chuelas al Licenciado Veguillas.

V

Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo. Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aun sobresalía el brazo con el blanco saludo del pañuelo:

--¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!

La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida, estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del Tirano:

--Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las calderas del Infierno.

--Mi vieja, vos tendrás que amputar la nariz de Cleopatra.

--Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.

--Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia, acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!

--¿Y la culpa de mi tajamar?

--Ese problema se lo habrán de proponer los futuros historiadores. Licenciado Veguillas, despídase de la vieja rabona y otórguele su perdón: Manifieste su ánimo generoso: Revístase la clámide, y asombre a estos amigos que le ven chuela, con un gesto magnánimo.

--¡Juvenal y Quevedo!

La momia miró al gachupín con avinagrado sarcasmo:

--Ilustre Don Telesforo, usted ocasionará que me saquen alguna chufla. Ni Quevedo ni Juvenal: Santos Banderas: Una figura en el continente del Sur. ¡Chac! ¡Chac!

LIBRO SEGUNDO

LA TERRAZA DEL CLUB

I

El Doctor Carlos Esparza, Ministro del Uruguay, oía con gesto burlón y mundano las confidencias de su caro colega el Doctor Aníbal Roncali, Ministro del Ecuador. Cenaban en el Círculo de Armas:

--Me ha creado una situación enojosa el Barón de Benicarlés. Digá vos, no más, que tengo muy brillantes ejecutorias de macho para temer murmuraciones, pero no dejan de ser molestas esas actitudes del Ministro de España. ¡Qué sonrisas! ¡Qué miradas, amigo!

--¡Che! Una pasión.

El Doctor Carlos Esparza, rubio, miope, elegante, se incrustaba en la órbita el monóculo de concha rubia. El Doctor Aníbal Roncali le miró entre quejoso y risueño:

--Vos estás de chirigota.

El Ministro del Uruguay se disculpó con un aspaviento burlón:

--Aníbal, te veo próximo a dejar la capa entre las manos del Barón de Benicarlés. ¡Y eso puede aparejar un conflicto diplomático, y hasta una reclamación de la Madre Patria!

El Ministro del Ecuador hizo un gesto de impaciencia, acentuado por el revuelo de los rizos:

--¡Sigue el choteo!

--¿Qué pensás vos hacer?

--No lo sé.

--¿Sin duda no aceptar el puesto de secretario para colaborar en la gran empresa que tan elocuentemente tenés vos expuesto esta noche?

--Indudablemente.

--¡Por una meticulosidad!...

--No jugués vos del vocablo.

--Sin juego. Repito que no te asiste razón suficiente para malograr una aproximación de tan lindas esperanzas. El águila y los aguiluchos que abren las juveniles alas para el heroico vuelo. ¡Has estado muy feliz! ¡Eres un gran lírico!

--No me veás vos chuela, Doctorcito.

--¡Lírico, sentimental, sensitivo, sensible, exclamaba el Cisne de Nicaragua! Por eso no logras vos separar la actuación diplomática y el flirt del Ministro de España.

--Hablemos en serio, Doctorcito. ¿Qué opinión te merece la iniciativa de Sir Jonnes?

--Es un primer avance.

--¿Y qué ulteriores consecuencias le asignás vos a la Nota?

--¡Qui lo sá! La Nota puede ser precursora de otras Notas... Ello depende de la actitud que adopte el Presidente. Sir Jonnes, tan cordial, tan evangélico, solo persigue una indemnización de veinte millones para la West Limited Company. Una vez más, el florido ramillete de los sentimientos humanitarios esconde un áspid.

--La Nota, indudablemente, es un sondeo. ¿Pero cómo opinas vos, respecto a la actitud del General? ¿Acordará el Gobierno satisfacer la indemnización?

--Nuestra América sigue siendo, desgraciadamente, una Colonia Europea... Pero el Gobierno de Santa Fe, en esta ocasión, posiblemente no se dejará coaccionar: Sabe que el ideario de los revolucionarios está en pugna con los monopolios de las Compañías. Tirano Banderas no morirá de cornada diplomática. Se unen para sostenerlo los egoísmos del criollaje, dueño de la tierra, y las finanzas extranjeras. El Gobierno, llegado el caso, podría negar las indemnizaciones, seguro de que los radicalismos revolucionarios, en ningún momento, merecerán el apoyo de las Cancillerías. Cierto que la emancipación del indio debemos enfocarla como un hecho fatal. No es cuerdo cerrar los ojos a esa realidad. Pero reconocer la fatalidad de un hecho, no apareja su inminencia. Fatal es la muerte, y toda nuestra vida se construye en un esfuerzo para alejarla. El Cuerpo Diplomático actúa razonablemente, defendiendo la existencia de los viejos organismos políticos que declinan. Nosotros somos las muletas de esos valetudinarios crónicos, valetudinarios como aquellos éticos antiguos, que no acababan de morirse.

La brisa ondulaba los estores y el azul telón de la marina se mostraba en un lejos de sombras profundas, encendido de opalinos faros y luces de masteleros.

II

Humeando los tabacos salieron a la terraza los Ministros del Ecuador y del Uruguay. El Ministro del Japón, Tu-Lag-Thi, al verlos, se incorporó en su mecedora de bambú, con un saludo falso y amable, de diplomacia oriental: Saboreaba el moka y tenía las gafas de oro abiertas sobre un periódico inglés. Se acercaron los Ministros Latino-Americanos. Zalemas, sonrisas, empaque farsero, cabezadas de rigodón, apretones de mano, cháchara francesa. El criado, mulato tilingo, atento a los movimientos de la diplomacia, arrastraba dos mecedoras. El Doctor Roncali, agitando los rizos, se lanzó en un arrebato oratorio, cantando la belleza de la noche, de la luna y del mar. Tu-Lag-Thi, Ministro del Japón, atendía con su oscura mueca premiosa, los labios como dos viras moradas recogidas sobre la albura de los dientes, los ojos oblicuos, recelosos, malignos. El Doctor Esparza insinuó, curioso de novelerías exóticas:

--¡En el Japón, las noches deben ser admirables!

--¡Oh!... ¡Ciertamente! ¡Y esta noche no está falta de cachet japonés!

Tu-Lag-Thi tenía la voz flaca, de pianillos desvencijados, y una movilidad rígida, de muñeco automático, un accionar esquinado, de resorte, una vida interior de alambre en espiral: Sonreía con su mueca amanerada y oscura:

--Queridos colegas, anteriormente no he podido solicitar la opinión de ustedes. ¿Qué importancia conceden ustedes a la Nota?

--¡Es un primer paso!...

El Doctor Esparza daba intención a sus palabras con una sonrisa ambigua, llena de reservas. Insistió el Ministro del Japón:

--Todos lo hemos entendido así. Indudablemente. Un primer paso. ¿Pero cuáles serán los pasos sucesivos? ¿No se romperá el acuerdo del Cuerpo Diplomático? ¿Adónde vamos? El Ministro inglés actúa bajo el imperativo de sus sentimientos humanitarios, pero este generoso impulso acaso se vea cohibido. Las Colonias Extranjeras, sin exclusión de ninguna, representan intereses poco simpatizantes con el ideario de la Revolución. La Colonia Española, tan numerosa, tan influyente, tan vinculada con el criollaje en sus actividades, en sus sentimientos, en su visión de los problemas sociales, es francamente hostil a la reforma agraria, contenida en el Plan de Zamalpoa. En estos momentos --son mis informes--proyecta un acto que sintetice y afirme sus afinidades con el Gobierno de la República. ¿No ocurrirá que se vea desasistido en su humanitaria actuación el Honorable Sir Scott?

Guiñaba los ojos con miopía inteligente y maliciosa el Doctor Carlos Esparza:

--Querido colega, convengamos en que las relaciones diplomáticas no pueden regirse por las claras normas del Evangelio.

Tu-Lag-Thi repuso con flébiles maullidos:

--El Japón supedita intereses de sus naturales, aquí radicados, a los principios del Derecho de Gentes. Pero en el camino de las confidencias, y aun de las indiscreciones, no he de ocultar mis pesimismos respecto al apoyo moral que presten algunos colegas a los laudables sentimientos del Ministro inglés. Como hombre de honor, no puedo dar crédito a las insinuaciones y malicias de ciertos rotativos, demasiado afectos al Gobierno de la República. ¡La West Company! ¡Aberrante!

La truculenta palabra final se desgarró, transformada en un chifle de eles y efes, entre la asiática y lipuda sonrisa de Tu-Lag-Thi. El Doctor Aníbal Roncali se acariciaba el bigote, y a flor de labio, con leve temblor, retocaba una frase sentimental. Se lanzó con aquel tic nervioso que agitaba eréctiles, como rabos de lagartijas, los rizos de su negra cabellera:

--El Doctor Banderas no puede ordenar el cierre de los expendios de bebidas. Si tal hiciese, sobrevendría un motín de la plebe. ¡Estas ferias son las bacanales del cholo y del roto!

III

Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un tiovivo. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños, concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba el negro perfil de su arquitectura, San Martín de los Mostenses.

LIBRO TERCERO

PASO DE BUFONES

I

Tirano Banderas, en la ventana, apuntaba su catalejo sobre la Ciudad de Santa Fe:

--¡Están de gusto las luminarias! ¡Pero que muy lindas, amigos!

La rueda de compadres y valedores rodeaba el catalejo y la escalerilla astrológica, con la mueca verde encaramada en el pináculo:

--No puede negársele al pueblo pan y circo. ¡Están pero que muy lindas las luminarias!

De Santa Mónica, el viento del mar traía los opacos estampidos de una fusilada:

--¡El pueblo, libre de propagandas funestas, es bueno! ¡Y el rigor muy saludable!

La trinca de compadritos, abierta en círculo, tenía la atención pendiente del Tirano.

II

Tirano Banderas dejó su pináculo, y metiéndose en el círculo de valedores y compadres, sacó de una oreja al Licenciado Veguillas:

--Vamos a oír por última vez su concierto batracio. ¿Cómo tiene la gola? ¿Quiere aclararse la voz con algún gargarismo?

En torno, adulando la befa, reía la trinca, asustada, complaciente y ramplona. Aleló Nachito:

--¿Qué limpieza de notas se le puede pedir a un presunto cadáver?

--Hace mal rehusando amansar con la música a sus jueces. Señores, este amigo entrañable aparece como reo de traición, y de no haberse descubierto su complicidad, pudo fregarles a todos ustedes. Recordarán cómo en la noche de ayer, actuando en el seno de la confianza, les declaré el propósito justiciero en que estaba con respecto a las subversiones del Coronel Domiciano de la Gándara. Fuera de este recinto han sido divulgadas las palabras que profirió en el seno de la amistad Santos Banderas. Ustedes van a instruirme en cuanto a la pena que corresponde a este divulgador de mis secretos. Han sido citados los testigos de su defensa, y si lo autorizan, se les hará comparecer y oirán sus descargos. Según tiene manifestado, una mundana con sonambulismo le adivinó el pensamiento. Con antelación, esta niña había estado sometida a los pases magnéticos de un cierto Doctor Polaco. ¡Estamos en un folletín de Alejandro Dumas! Ese Doctor, que magnetiza y desenvuelve la visión profética en las niñas de los congales, es un descendiente venido a menos de José Bálsamo. ¿Se recuerdan ustedes la novela? Un folletín muy interesante. ¡Lo estamos viviendo! ¡El Licenciadito Veguillas, observen no más, émulo del genial mulato! Merito va a decirnos adónde emigraba en compañía del rebelde Coronel Domiciano de la Gándara.

Hipaba Nachito:

--Pues no más que salíamos platicando de un establecimiento.

--¿Los dos briagos?

--¡Patroncito, dimanante de las ferias, es una pura farra toda Santa Fe! Pues no más aquel macaneador, tal como íbamos, da una espantada y se mete por una puerta, que merito merito la abría un encamisado. Y en el atolondro, yo metí detrás las orejas como un guanaco.

--¿Puede manifestarnos el establecimiento donde se habían juntado para la farra?

--Mi Generalito, no me sonroje, que es un lugar muy profano para nombrarlo en esta Sala de Audiencia. Ante su noble figura patricia, mi cara se cubre de vergüenza.

--Conteste a la pregunta. ¿En qué crápula se halló con el Coronel de la Gándara y qué confidencias tuvieron en ese presunto lugar? Licenciadito, usted conocía la orden de arresto, y con alguna palabra pronunciada durante la embriaguez, puso en sospecha al fugado.

--¿Mi lealtad de tantos años no me acredita?

--Pudo ser un acto irreflexivo, pero el estado de alcoholismo no es atenuante en el Tribunal de Santos Banderas. Usted es un briago que se pasa las noches de farra en los lenocinios. Sepa que todos sus pasos los conoce Santos Banderas. Le antepongo que solamente con la verdad podrá desenojarme. Licenciadito, quiero tenderle una mano y sacarle de la ciénaga donde cornea atorado, porque el delito de traición apareja una penalidad muy severa en nuestros Códigos.

--Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a una gatita que lee los pensamientos.

--¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted la festeje?

--Pues la pasada noche así sucedió en lo de Cucarachita. Quiero declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando. ¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los misterios. ¡Leía los pensamientos!

--Licenciadito, esas son quimeras alcohólicas, pues la pasada noche se hallaba usted totalmente briago cuando entró con la chinita. Me ha sido usted traidor, divulgando mis secretos en vitando comercio con una mundana, y por primera providencia, para templar esa carne tan ardorosa, le está indicado el cepo. Licenciadito, reléguese a un rincón, arrodíllese y procure elevar el pensamiento al Ser Supremo. Estos amigos dilectos van a juzgarle, y de sus deliberaciones puede salirle una sentencia de muerte. Licenciadito, van a comparecer los testigos que ha nominado en su defensa, y si le favorecen sus declaraciones, será para mí de sumo beneplácito. Señor Coronel López de Salamanca, luego luego, ejecute las diligencias para que acudan a esclarecernos la niña mundana y el Doctor Polaco.

III

El Coronel Licenciado López de Salamanca, arrestándose a un canto de la puerta, hizo entrar al Doctor Polaco. Detrás, pisando de puntas, asomó Lupita la Romántica. El Doctor Polaco, alto, patilludo, gran frente, melena de sabio, vestía de fraque, con dos bandas al pecho y una roseta en la solapa. Saludó con una curvatura pomposa y escenográfica, colocándose la chistera bajo el brazo:

--Presento mis homenajes al Supremo Dignatario de la República. Michaelis Lugín, Doctor por la Universidad del Cairo, iniciado en la Ciencia Secreta de los Brahmanes de Bengala.

--¿Profesa usted las doctrinas de Allán Kardec?