Thespis (novelas cortas y cuentos)
Chapter 9
No articuló palabra Clarita; pero sus ojos negros cuajados de lágrimas me dijeron muchas cosas en una última mirada. Con el dardo de esta mirada clavado en el pecho, me volví a Venado-Tuerto, a la estancia, donde me requerían urgentes trabajos. No sin llevarme una biblioteca de bridge, tres docenas de juegos de naipes y una gruesa de «anotadores».
Enseñé el bridge al mayordomo y a su mujer, culto matrimonio de ingleses, al médico del pueblo, a varios vecinos estancieros y a otras muchas personas. Supe inculcar a todos el entusiasmo de mi amigo Villalba, repitiéndoles cuanto le oyera respecto de Eduardo VII y demás. El bridge llegó a ser el juego predilecto del mundo «fashionable» de Venado-Tuerto. Casi todas las semanas tenía que encargar barajas francesas a Buenos-Aires el pulpero de la estación, pues menudeaban los pedidos.
Pasé así un año más, ocupado en la interesante faena de la cría y distrayendo mis ocios en el carteo del bridge... ¿Llegó a gustarme este juego? No tengo ahora el menor reparo en declarar que siempre me aburrió soberanamente. Pero entonces yo no me lo quería confesar ni a mí mismo. En cambio, el mayordomo me confesaba cada día su creciente afición... No es esto de extrañarse, porque el bridge, en razón de mis frecuentes distracciones, le producía un bonito sobresueldo.
Pronto llegó la época de una nueva exposición rural, y me vine a Buenos-Aires, con tan notables ejemplares lanares y bovinos, que creí seguro esta vez sacar los primeros premios. Olvidaba que había más de un centenar de criadores no menos «seguros» que yo...
Mas esto no nos interesa. ¡Lo que sí interesa a mi caso es lo que me ocurrió en el club! Pues me ocurrió que, en cuanto instalé mis animales en la Exposición Rural, fui allí a reanudar mis partidas de bridge del año anterior. Me encontré con Joaquín Villalba, mi amigo, el infatigable «clubman», a quien se lo propuse...
--¿Qué dice usted?--exclamó fuera de sí.--¡Jugar al bridge! ¿Estará usted todavía enfermo de bridgemanía? ¡Pues está usted fresco de noticias, querido Alberto!
--¿Cómo?--pregunté sin comprender.
--Ya nadie juega al bridge, mi amigo, nadie, nadie... salvo los «rastaquères», los cursis, los «guarangos». Sólo por esnobismo pueden hoy jugarlo «dandies» provincianos y trasnochados. Estaría bien jugar para divertirse... Y se ha demostrado matemáticamente que el noventa y cinco por ciento de los que jugaban al bridge se aburrían. Es un juego rutinario y mecánico. ¿De dónde sale usted que no lo sabe?
Yo repuse ingenuamente:
--Vengo de Venado-Tuerto.
--¡Ah, comprendo!--agregó Villalba.--¡En Venado-Tuerto lo jugará hasta el cura!
--Cierto...
Mi amigo lanzó una franca carcajada, diciéndome:
--¡Y nos viene usted con la moda de Venado-Tuerto!
Nada repliqué, más confuso que fastidiado...
--Si no quiere usted que le demos patente de cursilería, no vuelva a invitar a nadie a jugar al bridge ¡por favor! ni al mus, ni a la brisca, ni a la «escoba»...
--¿Y a qué juegan ustedes?
--Al truco. Ese es hoy _le mot d'ordre_. ¡El truco!
--¿Eduardo VII juega también al truco?
--¿Eduardo VII? No sé. Pero el príncipe de Gales se muere por él. Lo aprendió de Alfonso XIII, y a Alfonso se lo enseñó Viñas, el conocido diplomático argentino... Es una moda que hemos sacado los argentinos. Algo habíamos de dar a la civilización. Y como el cake-walk es yanqui, el poncho general en la América española y el mate paraguayo...
--¡Viva el truco!--exclamé con colérica alegría.--El rey ha muerto, ¡viva el rey!
--Sí, mi querido amigo. El bridge ha muerto, ¡viva el truco!
Tenía razón, mil veces razón tenía mi amigo Villalba. Bien pronto lo comprendí. Y desde entonces resolví vengarme de todo lo que había jugado al bridge por hábito y con placer harto mediocre o negativo. ¡Lástima que me vengué demasiado bien!...
Pues sucedió que me encontré de nuevo con Clarita, y que su mamá volvió a invitarme a comer. Fui lleno de júbilo. En la casa me hallé con otro invitado, evidentemente también pretendiente de Clarita.
La comida transcurrió sin novedad. Me di fácilmente cuenta de que yo era el preferido de la niña. Mi rival estaba como de reserva, por si yo no me decidía...
Después de comer pasamos al salón donde ¿quién lo creería? los dueños de casa hicieron el elogio del bridge y se empeñaron en que lo jugáramos. Me negué, con impaciencia. Creyendo que mi negativa fuera para no aburrirlos, insistieron, y tanto insistieron, que no me quedó más remedio que escaparme... Pues esa misma noche, interpretando mal mi huida, Clarita se comprometió con mi rival, que, como todos los rivales, me parecía un tonto de capirote.
Comprendiendo tarde, ¡al perderla! cuánto amaba a Clarita, me volví desesperado a la estancia. En cuanto llegué, el mayordomo, reforzado con la mayordoma, me instaron a jugar al delicioso jueguito... Loco de rabia, les contesté del peor modo... El mayordomo se irritó a su vez... Los dos gritamos desaforadamente... La mayordoma se echó a llorar y me dijo que yo no era un «gentleman»... En fin, se armó tal camorra, que tuve que echar del establecimiento ignominiosamente al matrimonio inglés.
El matrimonio inglés fue a quejarse a mis tíos los propietarios. Mis tíos se enojaron conmigo y repusieron al mayordomo, cuyos servicios de veterinario eran todavía más indispensables que mis cuentas de administrador general. Reñí con mis tíos. Me retiré de la estancia, perdí mi puesto, ¡y me encontré en la calle, con una mano atrás y otra adelante!
No quiero seguir narrándoos mis desdichas, ¡oh lectores! porque temo conmoveros demasiado. En pocas palabras os diré que, por ese maldito bridge, perdí mi novia, mi posición y hasta mi nombre. La desgracia es como una bola de nieve. Ha caído sobre mí y me ha aplastado como a vil gusano. Hoy soy un pobre náufrago sin rumbo ni salvación posible. Por eso he resuelto acabar con mi vida... Y si cuento mis desdichas en este testamento público, es para que él sirva de ejemplo y de escarmiento a mis amigos, mis conciudadanos, mis prójimos.
MONSIEUR JACCOTOT
Monsieur Jaccotot, el viejo maestro de francés, llamó ante el pizarrón a Perico Sosa, un rubiecito flacuchín, el menor y el más travieso de su clase de muchachones adolescentes, para dictarle ejemplos de la formación del femenino en substantivos masculinos o terminados en e, como _nègre_, _nègresse_...
Pertenecía aquella clase a un malhadado colegio criollo, cuya disciplina era menos que dudosa y cuyos estudiantes eran más que personajes. Cada vez que monsieur Jaccotot iniciaba alguna explicación, alzaba la voz algún impertinente. Espíritu sencillo, monsieur Jaccotot solía reprender entonces a sus alumnos, exclamando:
--En cuanto abro la boca, un imbécil habla.
Su declaración provocó esta vez más una grande hilaridad en el espíritu tanto menos sencillo de la clase. Sólo Manuel Peralta no se rió, absorbido por la lectura de algo que disimulaba dentro de su pupitre. Al notar la distracción del muchacho, el maestro pensó que estaría leyendo alguna novela, y por temor de encontrarse con un nuevo libro obsceno y vergonzoso, no se lo pidió, limitándose a observarle que no se venía a la clase a leer novelas...
--No estoy leyendo novelas,--replicó Manuel Peralta, con su desagradable voz de pollo que comienza recién a cacarear.
Notando intrigado en su tono y su gesto irónica impudencia, monsieur Jaccotot le preguntó:
--¿Qué lee usted, pues?
Peralta se levantó arrogantemente y entregó al profesor un cuaderno, diciéndole:
--Esto.
En la clase se hizo un gran silencio de curiosidad y expectativa...
Monsieur Jaccotot tomó el cuaderno y lo abrió en su primera página. Leyó allí la siguiente carátula, escrita con perfilada letra gótica: «Vida de monsieur Jaccotot (novela de malas costumbres) por M. V.; ilustrada por el autor; segunda edición, aumentada y cuidadosamente corregida»; luego veíase un escudo burlescamente dibujado, y, como pie de imprenta, el nombre del colegio y la fecha...
--¿Quién ha hecho esto?--preguntó el profesor con voz sorda, esperando el silencio con que tantas otras veces se acogiera una pregunta semejante...
Pero ahora, la travesura tenía su editor responsable. Marcelo Valdés, el mejor estudiante de la clase, el preferido de monsieur Jaccotot, se puso de pie y dijo, tartamudeando:
--Yo he sido, monsieur Jaccotot... No creía hacer nada malo... Le pido que me disculpe...
Al ver a su discípulo rojo de vergüenza y oírle hablar en un tono de humilde arrepentimiento, perfectamente nuevo y desconocido en aquella clase, que él llamaba de «indios rebeldes», monsieur Jaccotot sintió intensa sorpresa... ¿Qué insólito caso se le presentaba?... Dispúsose pues, a leer el manuscrito y dio rápidamente vuelta la página de la carátula. Encontrose en la segunda con una tosca e irrecognoscible imagen, que sin duda le representaba, pues abajo tenía la siguiente leyenda: «Retrato de monsieur Jaccotot, por el autor». Al verse tan mal representado, el profesor no pudo menos de reírse, y pasó a la siguiente hoja... La clase seguía en su silencio de curiosidad y expectativa...
Leyó monsieur Jaccotot los epígrafes de «Capítulo primero, Tribulaciones de un marido en Francia», y se enrojeció hasta la calva... En efecto, él había sido un marido desgraciado en Francia. Por eso había tenido que abandonar allí su posición universitaria; por eso, absolutamente incapaz para los negocios, veíase obligado a enseñar aquí en un colegio particular...
¿Cómo podían sospecharse en la clase sus pasadas tribulaciones domésticas?... ¡Ah, sí!... ¡Ya lo recordaba!... Habiéndole visto un domingo el alumno Mario Aguilar de paseo con su hija, díjole zumbonamente el lunes, cuando iba a dictar su curso:
--¡Lo felicitamos, monsieur Jaccotot!... Ya lo vimos ayer paseando con una linda rubia...
El maestro contestó, con un dejo de orgullo, que no pasó inadvertido a las maliciosas orejas de los muchachos:
--Era mi hija Silvia...
--¿Cómo, monsieur Jaccotot?...--preguntó todavía Aguilar, con no fingida sorpresa.--Nosotros nada sabíamos de que usted fuera viudo...
Monsieur Jaccotot meneó la cabeza en forma de negación...
--Ni podíamos creerle casado, puesto que no usa anillo de compromiso...--continuó Aguilar.
Y para concluir la conversación, monsieur Jaccotot dijo, con la imprudencia del mal humor:
--Soy casado y mi mujer se quedó en Francia. Yo vivo aquí con mi única hija, Silvia... ¿Les interesa esto mucho a ustedes?...
Nadie contestó nada; pero, desde ese día, toda la clase pensaba que monsieur Jaccotot había sido desgraciado con su mujer, abandonándola en Francia por su conducta escandalosa...
Marcelo Valdés, dejándose llevar por su brillante imaginación de novelista, había zurcido y fraguado luego toda su «novela de malas costumbres», alrededor de las tres personalidades de monsieur Jaccotot, su mujer y su hija. La trilogía era completa: _Monsieur_, _Madame et Bébé_! Con verdadero ingenio, su ensayo no carecía de gracia y humorismo. Tanto éxito obtuvo, que Abrahám Busch le cambió el manuscrito por un novelón de Dumas, que le costara dos pesos. E hizo luego un pingüe negocio, alquilándolo por diez centavos a cuanto lector se suscribiera. La obra de Valdés había sido así leída, y algunas veces hasta releída, no sólo por toda la clase, ¡por todo el colegio!
En el primer capítulo dábanse detalles históricamente exactos, como la fecha del nacimiento y la ciudad provinciana donde fuera la residencia de monsieur Jaccotot. Ambos datos le habían sido preguntados, fingiendo un hipócrita interés de simpatía... Cierto era también que se casó hacía más o menos unos veinte años. La época del casamiento fue inducida por la edad de la hija, a quien Aguilar--el feliz mortal que tuvo la suerte de verla--calculaba diecisiete años...
A pesar de la exactitud de estos datos, a renglón seguido, el novelista suponía que ya al tiempo de su enlace monsieur Jaccotot fuera tan viejo como ahora, calvo, canoso y de anteojos de oro. No concibiéndolo sino como lo conocieron, probablemente toda la clase suponía que monsieur Jaccotot fuese viejo, calvo, canoso y de anteojos de oro desde el mismo instante del nacimiento. ¿Qué descabellada fantasía pudiera suponer que monsieur Jaccotot, el maestro francés, hubiese sido alguna vez joven, y menos aún niño?...
Aparte de este y otros _lapsus_, la intriga del casamiento del «viejo» Jaccotot y su «joven» esposa no estaba mal presentada... Lo malo es que esta joven esposa, que no gustaba de su civil marido, gustaba en cambio apasionadamente de los uniformes militares... Había una guarnición en la ciudad, y madame Jaccotot, nueva mesalina, tuvo sus amoríos con todos los oficiales del regimiento de la guarnición, y luego, con una buena mitad de las «clases», cabos y sargentos... ¡Los oficiales eran 72 y las «clases» 205!
Al fin, cansada de tanta mudanza, ancló sus afectos en el coronel, un guapo mozo, y tuvo una hija... ¡Silvia, la niña de monsieur Jaccotot, era esta hija del coronel, o, mejor dicho, del regimiento! _La fille du regiment_!...
Devorando la lectura, al terminar ese primer capítulo, el maestro de francés se sentía pálido y desfalleciente; sus ojos se humedecían, gruesas gotas de frío sudor le chorreaban por las sienes... La historia del regimiento y del coronel era falsa, falsísima; pero entre él y su mujer hubo de por medio cierto abogadillo de París... Y su mujer, la hembra más histérica y perversa, llegó a vengarse de sus justas imprecaciones de marido burlado, insinuándole mefistofélicamente una duda sobre la legitimidad de Silvia... ¡Como tantas otras veces, la realidad era pues más cruel e inverosímil que la novela!
No obstante la pérfida insinuación de su mujer, monsieur Jaccotot se compadeció de aquella criatura... ¿Qué culpa tenía la pobrecilla?... La trajo a América, mientras la mala madre rodaba por esos mundos, y la educó como si fuera de su sangre... Sentíase orgulloso y amábala como si fuera de su sangre... ¿No era esa Silvia la única sonrisa que él recogiera de la vida?...
Terminado el primer capítulo, conocidas las «Tribulaciones de un marido en Francia», pasó inmediatamente el maestro a leer con ansiosa rapidez el «capítulo segundo y último». Digno «pendant» del otro, titulábase... «Tribulaciones de un padre en la Argentina»...
Iniciábase con una bastante buena descripción de Silvia... ¡No tuvo mal ojo Aguilar, ni fue parco en transmitir sus impresiones al cuentista! La niña se presentaba tal cual era: la silueta fina y esbelta, los movimientos vivos, la nariz ñata y maliciosa, los cabellos de un rubio rojizo, carnosos labios, ojos claros, velados por negras pestañas... en fin, una francesilla picante y moderna...
Descripta Silvia, la infantil imaginación de Valdés se desbocaba en aventuras absurdas... _La jeune fille_ era la coqueta más desfachatada, ¡peor que su madre!... Hacíase festejar por todo el mundo... Y a sus plantas desfilaban, requebrándola sin éxito, los maestros más ridículos y menos queridos del colegio, incluso el de religión, el padre Martínez... Hasta había una figura titulada «El padre Martínez ante la bella Silvia», en la cual se veía al sacerdote, acentuados los rasgos sensuales e hipócritas de su carona afeitada, presentando de rodillas a la esquiva joven, en ambas manos, el flamígero corazón que suele verse en los detestables cromos de las estampas religiosas...
Esta figura, bien que tan mala en la ejecución como en la idea, y a pesar de la evidente inferioridad del Valdés dibujante al Valdés autor, constituía el verdadero «clou» de la obra. ¡Tantas veces se populariza una buena obra por un defecto, un agregado o un mal detalle!...
Mientras leía aquel tejido de inocentes perversidades, monsieur Jaccotot sintiose tocado en la secreta llaga de su corazón. ¿Cuál sería el porvenir de esa Silvia idolatrada? ¿Heredaría la naturaleza galante de su madre, así como su fisonomía y su gesto?... Y por el rostro del viejo maestro corrieron dos lágrimas silenciosas...
Con amarguísima dulzura, preguntó entonces a su discípulo favorito, tuteándolo por vez primera:
--¿Es posible que tú hayas escrito esto?...
Marcelo Valdés tenía tanto corazón como inteligencia, y amaba a aquel buen viejo, que tan duramente ganaba su pan cotidiano. En varias ocasiones evitó descomunales bochinches, haciendo notar a sus compañeros que iban a perder con un cambio de profesor de francés... Por eso le repuso, siempre rojo y tartamudeando:
--Yo no he tenido intención ninguna... Escribí por escribir... Le pido perdón, ¡todos le pedimos perdón, monsieur Jaccotot!...
Y Marcelo Valdés decía la verdad al disculparse. Había escrito por su temperamento de novelista, como canta el ruiseñor en el bosque, o croa la rana en el pantano. No pensó que su canto pudiera despertar los celos del cuervo. No pensó que su croar interrumpiese el sueño del sapo. Su novela, aunque informe y embrionaria, era, como todas las novelas, una lúcida mezcla de detalles verdaderos y situaciones imaginarias, de pequeñas dosis de una realidad supuesta y exagerado desarrollo de una inventiva calenturienta.
En lo que no decía verdad Marcelo Valdés era en el arrepentimiento de la clase. Y tan es así que, como quedara monsieur Jaccotot con la meditabunda mirada fija en el espacio y las dos lágrimas silenciosas deslizándose por las mejillas exangües, Manuel Peralta sacó el pañuelo para imitarlo, y comenzó la pantomima de un llanto inconsolable. Menos el novelista, que guardaba huraña actitud, el curso íntegro, divertido por la situación, imitó en masa al payaso, convirtiéndose en un cortejo de plañideras. De cuando en cuando, alguno retorcía el pañuelo, como si estuviese empapado en lágrimas, para exprimirlo a la usanza de las lavanderas al tender la ropa al sol...
Perico Sosa, el rubiecillo travieso y flacuchín que quedara olvidado ante la pizarra, donde antes escribiera los ejemplos _nègre_, _nègresse_, tuvo entonces una ocurrencia diabólica, como todas las suyas... Dibujó con la tiza un busto de hombre con una gigantesca cornamenta de ciervo, escribiéndole debajo: «Monsieur Jaccotot, maestro de francés»... Y estornudó bien fuerte para llamar la atención de la clase, borrando luego la figura a fin de no ser descubierto...
La gracia de Perico Sosa hizo cambiar el burlesco llanto en homérica carcajada... Después, cada cual se puso a divertirse por su cuenta... Quienes jugaban a las damas en improvisados dameros, quienes conversaban fumando, quienes discutían, quienes tiraban bolillas de papel... Y, en tanto, monsieur Jaccotot seguía como una estatua, con la vista fija en el aire, acaso contemplando dolorosamente el pasado, el presente, el porvenir...
Indignado contra sus compañeros, Marcelo Valdés se puso otra vez de pie y les apostrofó con la cólera de un loco:
--¡Sois unos cobardes y unos canallas!... ¡Al primero que diga una palabra a monsieur Jaccotot, le rompo las muelas!...
Como Marcelo Valdés era, no sólo el primero, sino también el mayor y el más fuerte, se hizo una pausa... Felizmente, sonó en ese momento la campana anunciando la terminación de la clase...
Al oír la campana, monsieur Jaccotot pareció sacudirse y despertar de un sueño... Dejó sobre la mesa el cuaderno... Sacó el pañuelo del bolsillo faldero del jaquet, pasóselo por la cara, guardolo de nuevo, y salió sin decir palabra... Era la primera vez, en sus doce años de enseñanza en el colegio, que se olvidaba de marcar la lección para la clase siguiente, antes de irse...
Los muchachos lo siguieron, y entonces pasó una cosa extraordinaria, una cosa realmente extraordinaria... Viéronle alejarse por los corredores con la punta del pañuelo blanco asomando indiscretamente por el bolsillo de los faldones del jaquet... Aquel trapo cómico hacía pensar que se hubiese subido apresurado los pantalones en algún gabinete higiénico, dejando fuera una punta de las faldas de la camisa... El trapo blanco se movía conforme caminaba, como una cola sainetesca... ¡Y nadie, ni Perico Sosa, nadie se rió!
EL CANTO DEL CISNE
I
Tan notables fueron los primeros exámenes de derecho rendidos por Juanillo Simplón, que él, su padre, su madre, su tía, su abuelita y su padrino, todos de común acuerdo y sin la menor discrepancia, resolvieron que era un futuro hombre de genio.
Juanillo Simplón sabía--¿quién no lo sabe?--que cada futuro hombre de genio demuestra desde chiquito sus geniales aptitudes, y que el mejor modo de demostrarlas es escribir modernísima prosa poética y no menos moderna poesía prosaica. Pues optó por la prosa poética, decidido a componer un «cuento-poema» tan nuevo y hermoso, que ni él mismo debía entenderlo. Buscó en voluminosos diccionarios las palabras más raras y altisonantes, sudó tinta por todos sus poros, y al cabo de diez días de rudo trabajo puso punto final a su obra, titulándola «La princesa Belisa.»
Con el precioso manuscrito en el bolsillo, salió a consultar a su amigo Juan del Laurel. Juan del Laurel, estudiante de derecho nominalmente y por accidente, era de profesión «un joven de talento». Bastaba mirarlo para comprenderlo así, pues llevaba los signos de su profesión en su indumentaria y sus modales...
El joven de talento era por entonces--¡más altas acciones lo esperaban!--poeta decadente y modernista. Usaba larga melena, poseía dos estirados ojos semimongólicos, y en la calle marchaba con lentitud y majestad, mirando al público desde las alturas del Parnaso. Siempre llevaba una caña de la India con puño de oro y marfil, como lleva San José en los altares su vara de azucenas, entre el pulgar y el índice de la mano derecha, levantada a la altura del codo. Leía a Mallarmé y a Mæterlinck, despreciaba a Zola y a Daudet, y había publicado en la «Revista Azul» un poema, «La Superfetación del Hierofante», que le conquistó inmortal renombre entre los cuatro o cinco afiliados de la «Estética Nueva», sociedad literaria de elogio mutuo. Su gesto era siempre artístico y exaltado. Hasta cuando decía a su sirviente gallego: «¡Animal, esta mañana no me has lustrado los botines!», parecía decir más bien: «¡Oidme, emperatriz! La muerte y no el deshonor. Aunque herido en mis dos alas, águila seré siempre, nunca gusano...» Era pues del Laurel un verdadero poeta decadente y modernista, ¡pero muy poeta, muy decadente, muy modernista!
Escuchó sin pestañear la lectura que con monótona y quejumbrosa voz le endilgara su amigo Simplón. Y, después de oírla, meneó doctoralmente la cabeza a uno y otro lado, diciendo:
--Como ensayo, no está mal tu cuento-poema, Juanillo. Carece de lugares comunes, y esto demuestra tu buen gusto. Pero tu prosa no está del todo escrita, y sólo queda lo que está escrito. Para leerlo en la «Estética Nueva» y publicarlo en la «Revista Azul», lo debes trabajar más, mucho más, ¡nunca es bastante!
Estaba presente un tercero, Aristarco López, inseparable amigo de del Laurel, también estudiante de derecho _in nomine_ y _per accidens_; pero, en cuerpo y alma, todo un cronista «sportivo» de un diario popular. Compadecido del escaso éxito de Simplón, diole sus consejos:
--Mira, Juanillo, tu cuento es obscuro y distinguido. Tiene sin duda el mérito de palabrotas terribles. Apenas he comprendido yo el cinco por ciento de las que usas. Pero le faltan ingredientes modernistas, sensaciones modernistas, en lo que diríamos su argumento, si es que lo tiene y puede tenerlo. Nos hablas de una princesa bella y sin embargo desgraciada..... Eso es ya un ingrediente, mas no basta, no basta. Necesita cuatro o cinco más. Toma un lápiz y apunta los que te voy a dictar. Son los más socorridos y me los sé de memoria.
Tomó un lápiz Juanillo, y púsose a apuntar dócilmente en su cartera cuanto le dictaba Aristarco...
--Primero--díjole éste,--pon una theoría de vírgenes que arrastran sus túnicas de lino a la sombra del laurel-rosa, cada una con un lirio en la mano. (Fíjate que la palabra «theoría» es con h, y significa un desfile de dos en dos. ¡No vayas a ponerla sin h, como si se tratara de la teoría de Savigny sobre la posesión!)