Thespis (novelas cortas y cuentos)

Chapter 8

Chapter 84,117 wordsPublic domain

Vinieron a pedir su mano cientos, millares de príncipes más o menos desocupados. Pero ella leyó siempre en sus almas jactancias y ambiciones, llegando a desesperar de que pudiera hallarse un alma verdaderamente hermosa...

Como rechazara uno por uno los candidatos, su padre insistió:

--¿En qué piensas, Cristela, que por nadie te decides?...

Y al sentir que el tiempo pasaba en vacilaciones y negativas, concluyó con amenazar a su hija con el cetro, como un viejo mendigo que levanta el bastón en el medio de la calle para intimidar a los rapaces que le arrojan cascaras y carozos.

Cristela sabía que el rey amenazaba con el cetro sólo cuando estaba muy enojado. Tres veces no más le vio hacerlo, y las tres en graves circunstancias. Una, cuando el primer ministro le presentó una renuncia insolente; otra, cuando el mariscal en jefe le hizo traición, y la tercera, cuando perdió el gran diamante de su corona...

Como él no se quitaba la corona más que al ponerse el gorro de dormir, forzosamente habíaselo arrancado alguien tomándola de la percha donde colgaba la ropa... ¿Quién?...-¡Aunque no lo sabía, bastante lo maldijo!... Cierto que el diamante era falso, por no haberse podido encontrar uno verdadero de ese tamaño, y que él no lo ignoraba, cierto... Mas después de usarlo tantos años como verdadero, por verdadero lo sentía. Su único consuelo era pensar en el chasco que se llevaría el pícaro ladrón.

Cristela sabía, pues, que si su padre la amenazaba pegarle con el cetro de oro macizo, es porque se hallaba dispuesto, no precisamente a pegarle, pero sí a tomar una resolución extrema. La resolución sería casarla con el primer príncipe que llamara a la puerta del palacio en una noche de lluvia, pidiendo alojamiento...

¿Y quién le garantizaba que este príncipe no fuera tuerto o picado de viruelas?... ¡Había que evitar resolución tan inconsulta!... Y para evitarla, no veía otro medio que dejar de mirar las almas y mirar sólo los rostros... ¿No era al fin y al cabo eso lo que le aconsejó el enano cuando le dijera: «mira las rosas y no toques los rosales?...»

Resignose así Cristela a no fijarse más que en el rostro y a elegir el príncipe más hermoso que encontrara. Y como muy pronto descubriera que el príncipe más hermoso del mundo era el príncipe de Marruecos, comprometiose con el príncipe de Marruecos sin mirarle el alma.

Y pensaba: «Por lo menos el rostro es hermoso. ¿Qué sería de mí si ni siquiera fuera hermoso el rostro?...»

Concertado su matrimonio, enamorose perdidamente del príncipe. Su amor fulguraba y la enceguía como el sol. Por eso se forjó otra vez ilusiones, a pesar de su experiencia. Su experiencia, como las gotas de rocío que la aurora vierte en los cálices de las flores con su ánfora de nácar, se evaporó cuando el sol de su amor llegó al meridiano... Y esperaba todavía que el alma de su novio respondiera a su rostro y fuera grande como la encina, fuerte como el roble o gloriosa como el laurel... Sin embargo, aun no se atrevía a descubrirla cara a cara...

Pero la pobre princesa había adquirido desde niña la mala costumbre de mirar las almas, y las malas costumbres renacen cuando menos se piensa. Imposible era que hiciera vida común con su marido sin verle el alma. ¡Y se la vio, ya al día siguiente de casarse se la vio!...

¡Horrible desengaño!... Si el rostro del príncipe de Marruecos era bello como la flor de un tulipán, su alma era débil y pequeña como la planta, y tenía por raíz una cebolla venenosa.

El alma hermosísima de Cristela no podía simpatizar con alma semejante. Su antiguo amor se trocó en verdadera repulsión. La vida matrimonial se le hacía inaguantable... Por eso se separó de su marido y se echó a llorar sin consuelo...

Felizmente, en la azotea del palacio anidaba una pareja de cigüeñas. Eran curiosas, y como tenían las patas muy largas y muy largo el cuello, parándose en la punta de las patas y estirando el cuello, veían por las ventanas lo que pasaba adentro del palacio. Vieron así llorar a Cristela de día y de noche...

Eran tan buenas como curiosas esas cigüeñas. Compadeciéndose de la princesa, resolvieron hacerle un regalo para que se distrajese. Y, ya que era casada, trajéronle de París un hijito, en una canasta de mimbre.

Al recibirlo, Cristela olvidó su pena dando un grito de alegría. Púsose tan contenta, que tarareó la canción de «Mambrú se fue a la guerra», palmoteo y tocó las castañuelas, bailó en un pie, hizo reverencias al espejo y besó en la frente al viejo rey, que venía incomodado a indagar la causa de tanto barullo. ¡Al mismo príncipe de Marruecos hubiera besado en la nariz si en ese momento entrara en su habitación a ver a su primogénito!

Es que el princesillo era realmente encantador, tan bello de rostro como de alma. Festejando el raro consorcio de ambas bellezas, Cristela quiso llamarle el príncipe «Unico»... Pero con mucha cordura pensó luego que el nombre de «Unico» se prestaría un poco a las chungas de los liberales y demócratas... Deseosa de librar al niño hasta de la sombra de este pequeño ridículo, le llamó entonces el príncipe «Fénix». Y con tal nombre lo bautizó el gran cardenal arzobispo de palacio, oficiando ayudado por veintitrés monaguillos.

Protegido por el cariño maternal, el príncipe Fénix creció tan provechosamente, que a los veinte años era el más gallardo infante. Veneraba a sus mayores, amaba al pueblo y sabía derecho, astrología y alquimia.

Vivía aún el viejo rey. Estaba tan achacoso que para caminar tenía que apoyarse en su cetro de oro macizo como en una muleta. Su cabeza calva se le caía sobre el pecho, por el enorme peso de la corona. Y la vejez, antes había aguzado que disminuido su celo casamentero... Fue así que dijo a Cristela:

--Casa cuanto antes a tu hijo, Cristela, si no quieres que se corrompa en las tentaciones de la corte. Como eres una madre ejemplar, premio yo tu conducta dándote plena libertad para que lo cases a tu guisa y criterio.

Aleccionada por su propia vida, Cristela resolvió elegir su nuera por el alma y no por el rostro. Lo malo es que el príncipe no lo deseaba así. Con la imprudencia de su juventud, gustaba de las mujeres bonitas, sin importársele un comino de las bellezas del alma.

Pero Cristela era mujer enérgica y hábil, si la hubo. Además era madre, vale decir, doblemente enérgica y doblemente hábil, y de tal modo se condujo, que conminó al príncipe a que pidiese por esposa la novena hija casadera del duque de los Siete Castillos. Llamábase Isaura y era una infanta modesta, harto más hermosa de alma que de rostro...

El príncipe Fénix había objetado:

--Tiene pecas.

Cristela le repuso:

--Haz de cuenta que sus pecas son las monedas de oro de su dote.

El príncipe Fénix añadió:

--Su pelo es rojo y su cuerpo parece agobiado...

Mas Cristela le dijo:

--Piensa que si tiene el pelo rojo es porque no sabe teñirse y no le gusta engañar... si su cuerpo se agobia, es porque siente sobre su espalda las penas de todos los desgraciados... ¡Alégrate, hijo mío, de que sea verdadera y buena!

No se alegró mucho el príncipe Fénix. Sólo aceptó la infanta Isaura para no entristecer a su madre... Y el Papa mismo vino de Roma expresamente para casarlos, cabalgando sobre su caballo blanco y coronado con su tiara. Seguíalo un cortejo de rojas sotanas cardenalicias y violetas capas episcopales, tan largo y compacto como un río que baja de las cumbres.

La princesita Isaura quería tanto a su esposo, que cuando lo miraba se quedaba mirándolo como un mirasol que se aduerme mirando el sol. No tenía otro pensamiento que servirlo. En su bastidor le bordó unas zapatillas con sus iniciales de perlas y rubíes. También le bordó una relojera para el día de su santo, pero no le puso iniciales para que no se confundiese con las zapatillas...

Cada noche que el príncipe colgaba su reloj en la relojera y cada mañana que se ponía las zapatillas para ir al cuarto de baño, no podía menos de recordar conmovido el cariño de su mujer. Y llegó a idolatrarla. Fue muy feliz. Fue también un buen rey, porque tuvo la suerte de que muriera pronto su abuelo y le dejase el trono. Y Dios bendijo la unión de los reyes Fénix e Isaura, colmándoles de hijos y prometiéndoles una vida tan larga que, si no han muerto han de vivir todavía.

Observando la felicidad de sus hijos Cristela llegó a ser una viejita muy pulcra, que hilaba para sus nietos de la mañana a la noche en una rueca de plata.

Mientras hilaba inventó un aforismo que haría enseñar en todas las escuelas del reino. Decía así: «El amor que entra por los ojos, se escapa por los ojos, porque, los ojos son dos ventanas que están siempre abiertas. El amor que se refugia en el alma, en el alma queda, porque el alma es una torre cerrada.»

Y al inventar el aforismo, recordó a Bob el enano. Con ser un sabio, él la había engañado miserablemente, favoreciendo su desgraciado casamiento con el príncipe de Marruecos.

Como si la oyera, apareció una última vez Bob y le dijo:

--¿De qué te quejas, Cristela?... Ningún mortal puede ser del todo feliz, y tú has pagado, con la desgracia de tu juventud, la felicidad de tu vejez. Debes estar contenta. Aunque tu experiencia no te aprovechara a tí, ha aprovechado a tu hijo, a quien quieres más que a tí misma... ¡Y no puedes reprocharme que te aconsejara mal por malicia o mala voluntad! Te aconsejé como pude y como supe. Si me equivoqué, merezco tu perdón.

Cristela paró la rueca, suspiró, y repuso, con más tristeza que amargura:

--¿Para qué te sirve entonces tu sabiduría, Bob? ¡Linda cosa es ser sabio!

Bob se sonrió, tirose de la larga barba blanca, como acostumbraba, y dijo:

--Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.

LA TIRANÍA DEL BRIDGE

Siempre que tuve noticia de un suicidio, lamenté que su autor no nos expusiera en público testamento, para ejemplo de sus semejantes, las causas de su funesta determinación de quitarse la vida... ¡Y he aquí que yo mismo me siento próximo a eliminarme del mundo! ¿Por qué no indicar entonces, a los muchos hombres que dejo detrás de mí, el escollo contra el cual chocara mi barca y puede chocar la de ellos? ¡Oidme pues, oh mis amigos, mis conciudadanos, mis prójimos, y creedme cuanto me oigáis, y meditadlo! Creedlo, porque con un pie en la tumba, no podré deciros más que la verdad; meditadlo, porque tengo, ¡ay! la amarga experiencia de quien viera fracasar todas sus ilusiones y esperanzas.

El caso es que la Muerte se me ha presentado con un disfraz amable. Me avergüenzo de confesarlo; pero el caso es que la Muerte vino a buscarme y me tentó en la forma... ¿cómo decirlo?... de un juego de naipes, ¡el bridge! Supondréis que fui un jugador desgraciado, que perdí mi fortuna, mi crédito, lo que tenía y lo que no tenía, y que me resuelvo a suicidarme por no sobrevivir a la deshonra de mi bancarrota... ¡Nada de eso! Mi historia carecería entonces de toda originalidad y pudiera contarse en dos palabras... El bridge no es un juego peligroso, como el pocker y el baccarat, y, además, desde ya os adelanto que he sido más bien un jugador afortunado... ¡Y aun os declaro que no soy jugador por temperamento, y, si mucho me apuráis, que hasta detesto el juego! No es el amor y la práctica del bridge la causa de mi desgracia, ¡antes bien mi antigua ignorancia y mi odio actual!

Era yo administrador de una de las mejores «cabañas» del país. Después de pasar en ella, para acreditar mis servicios ante mis tíos los propietarios del establecimiento, una larga temporada, vine el año pasado a Buenos Aires, a presentar los mejores productos de mi industria en la Exposición Rural. Obtuve varios premios, y el éxito me decidió a tomarme un mes de vacaciones en la capital, distrayéndome como correspondía a mi juventud y a la buena posición social de mi familia.

Ya el día que llegué de la estancia, me preguntó mi cuñada si sabía jugar al bridge... Como yo le dijera que no, me dio un consejo:

--Debes aprenderlo cuanto antes... Ahora todo el mundo lo juega... No te lo enseño yo porque es demasiado difícil y soy todavía bastante «chambona». Pero como se juega en todas las casas de nuestros parientes, no te faltarán oportunidades de aprenderlo.

Al día siguiente asistí a una comida del llamado «gran mundo». Había muchos caballeros de frac y damas elegantemente vestidas de baile. Como en la mesa no se habló más que de noticias sociales que yo ignoraba, y de bridge, tuve que guardar un desairado silencio. En cuanto acabaron de comer, todos pasaron al salón a jugar al juego de que hablaban. Me invitaron y tuve que rehusar, por ignorarlo...

--¡Cómo! ¿V. no sabe jugar al bridge?--exclamó la dueña de la casa, mirándome de pies a cabeza con su impertinente... Y luego añadió, ante sus invitados:--¡Este señor no sabe jugar al bridge!

Su exclamación, dicha del modo más despreciativo, produjo consternación y casi espanto. Todos me rodearon, mirándome asombrados, como a un animal extraño o un criminal terrible. La distinguida dueña de casa llegó a disculparse con excelente mímica, mirando a su marido, como si le dijera: «¿Y estos son los amigos que traes a tu hogar?...»

Me disculpé balbuciendo débiles excusas sobre mi rusticidad. Y todos se sentaron a jugar, sin hacer más caso de mí... Erré solitario como una ánima en pena, de un lado a otro, de mesa en mesa, sin saber dónde ocultar mi ignorancia y mi vergüenza. Hubiera deseado que me tragara la tierra, porque la empresa de interrumpir a aquellos fanáticos para despedirme era harto difícil. Y tanto, que al fin salí huido como un ladrón...

De vuelta en casa, hallé sobre mi mesa de luz la amable esquela de un estanciero inglés que me invitaba a otra comida, para la próxima semana. Al pie de la tarjeta decía: «Se jugará al bridge.» ¡Qué prácticos son estos ingleses! ¡Cuánto mal rato y cuánto aburrimiento se me evitaban con este sencillo agregado: «Se jugará al bridge»! Naturalmente, me excusé... por cualquier motivo, pues ya no me atrevía a confesar que ignoraba el jueguito de moda...

Fui al club, a encontrarme con mis amigos. Y, salvo en el comedor, no pude cambiar dos palabras con ninguno; todos estaban siempre jugando al bridge...

Y estar jugando al bridge era como estar en la luna. Su majestad el Bridge resultaba el más absorbente de los déspotas. Vi que sus jugadores, cuando tenían las cartas en la mano--es decir, en todas las horas que les dejaban libres sus ocupaciones más apremiantes,--eran ciegos, sordos y mudos para el mundo... Mis parientes en sus casas, mis relaciones en sus tertulias, mis amigos en el club, todos parecían olvidarme por completo, para entregarse a su ocupación favorita. Entonces comprendí la paciencia de Job y compadecí a los leprosos abandonados en islas solitarias.

Sólo mi amigo Joaquín Villalba interrumpió alguna partida para decirme, como oportuna advertencia:

--No salude usted nunca a los que juegan al bridge, Alberto, porque no lo ven... Ni les hable, porque no lo oyen... Y hasta es bueno que ni los mire, porque si no tienen suerte, pueden pensar que usted les trae desgracia, ¡y no hay peor reputación que la del «jettatore»!

--¡«Jettatore»! ¡Yo, «jettatore»! ¡Pues no faltaba más!--exclamé amoscado, agregando:--Pero, ¿qué placer pueden encontrar esos... ingenuos, en pasarse la vida cavilando y cavilando sobre los naipes, ya que, según dicen, ese juego no da nunca gran provecho al bolsillo?

--¿Qué placer?--me replicó Villalba mirándome con más lástima que ira.--¿No sabe usted que al bridge es un juego intelectual, casi científico, propio de estadistas y filósofos? O, mejor dicho, que no es un juego, ni un placer...

--¿Y qué es, entonces?--pregunté en el colmo del pasmo.

Dándome la espalda, Villalba me repuso, con la solemnidad de un neófito:

--El bridge es una religión.

Este último argumento me pareció tan contundente, que dejando mis antiguas preocupaciones contra las cartas, resolví profesar esa nueva religión de ases y damas. Pero yo nunca había tocado una baraja francesa. Detestábalas de todo corazón. No conocía más juegos que el «burro» y la «cara sucia». Con tan pobres conocimientos y tan escasa afición, pedí a unos parientes que me lo enseñaran, siquiera por el buen nombre de la familia...

Diéronme dos o tres explicaciones sobre «triunfos» y «sin triunfos», «arrastres» y «descartes», «bazas» y «honores», «tricks» y «schelems», en fin, sobre mil cosas extrañas, para mí tan difíciles como si me expusieran, en japonés, teoremas de mecánica celeste...

Llegué a acobardarme. Pero mi amigo y compañero de club Joaquín Villalba, me estimuló de nuevo, dándome preciosos datos.

--Es un juego griego--me dijo.--Tiene la sutileza propia de ese pueblo genial y decadente. Se presta a admirables combinaciones. En toda Europa no juega hoy otra cosa la gente que se aprecia y respeta. Y es tal el entusiasmo que despierta, que no sólo se juega en los salones, clubs y casinos, sino también en los trenes, los tranvías, los antepalcos de los teatros durante las representaciones, las antesalas de los dentistas...

--¿Y en los despachos de los ministros? ¿Y en las sacristías de las catedrales?...--pregunté, por preguntar cualquier cosa.

Mi interlocutor prosiguió como si no me oyera:

--El rey Eduardo VII tomó un maestro para aprenderlo, y lo ha puesto de moda. En Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Turquía y en Holanda, se han abierto cátedras de la asignatura.

Fue esto último para mí como un rayo de luz. ¿No podría yo también asistir a una cátedra de bridge, o tomar, por lo menos, un profesor particular, como Eduardo VII, rey del Reino Unido y emperador de las Indias? ¿Acaso debía considerarme yo algo más importante y solemne que un emperador de las Indias?...

Como adivinando mi pensamiento, Villalba me observó:

--Puede usted buscar quien se lo enseñe... Porque debe usted saber que un caballero que no sabe jugar al bridge, ¡no es un caballero!

¡Era demasiado! ¡No, por Cristo, aunque pasara lo de «jettatore», yo no podía dejar pasar lo de no ser caballero!... Así fue que en el mismo día puse, con mi nombre y mi dirección, un aviso en dos importantes diarios:

«Se necesita un profesor de bridge. Es inútil presentarse si no se posee especial competencia, demostrada en algún diploma técnico o universitario. No estarán demás otras recomendaciones.»

Nada me gustaron los dos o tres pretendidos profesores que al día siguiente se presentaran en casa. No traían diplomas, ni recomendaciones. Más que austeros sacerdotes de la religión del bridge, más que aristocráticos súbditos de su majestad el Bridge, pareciéronme aventureros y caballeros de industria. Por eso los despaché...

Muy desalentado, confesé mi fracaso en el club. Allí se me recomendó que, antes que profesores, me procurase los muchos y profundos tratados de la materia... E inmediatamente escribí a mi librero:

«No me mande usted las obras de Shakespeare y de Balzac que le pedí me enviara a la estancia. Mándeme en cambio, a casa, mañana mismo si es posible, todos los libros de bridge que encuentre, en cualquier idioma. El pedido es urgentísimo.»

A las veinticuatro horas recibí un cargamento de libros. Eran todos tratados y manuales de bridge: cinco en inglés (de los cuales alguno contaba 537 páginas en octavo), seis en francés, uno en holandés, dos en alemán y hasta uno en español. Importaban una factura de 253.10$ moneda nacional, que pagué sin murmurar, y llenaban dos estantes de mi biblioteca. Desalojaron a Dickens y a Cervantes, que, por falta de espacio, tuve que desterrar en el sótano.

Me apechugué a mis libros con la avidez del náufrago que se ase a una tabla de salvación. Leí concienzudamente los mejores, entre ellos uno que tenía un prólogo de Alfred Capus. El aplaudido dramaturgo francés recomendaba el bridge en entusiastas párrafos. Era este juego un antídoto contra el «spleen». Era la mejor imagen de la vida. Era el astro propicio de los nacimientos, la piedra filosofal que buscaran en vano los alquimistas, la panacea de todos los males, y muchas y muchísimas otras cosas más, no menos buenas y brillantes...

Compré también varios juegos de naipes, y me ensayé con ellos, representando «partidas tipos» y resolviendo «casos prácticos», como si jugara al «solitario». Tanto estudié y aprendí que, después de una semana de preocuparme exclusivamente del bridge, llegué a conocer su mecanismo. ¡Eureka! Ya nadie me supondría importuno «jettatore», ¡ya nadie dudaría de mi caballerosidad!

Con la agradable idea de jugarlo me dirigí temprano al club, a las dos de la tarde, para atisbar la primera partida e iniciarme cuanto antes. Iba tan satisfecho como el adolescente que estrena su primer reloj de oro, o, más bien, como el alférez que se pone, en día de parada, su primer traje de gala. ¡Oh día inolvidable! A las tres me senté a jugar, «baratito», a diez centavos el punto... A las cuatro había perdido ciento diez pesos... A las cinco, ciento ochenta... A las seis, cerca de trescientos... A las ocho pasamos al comedor. Yo perdía quinientos y pico, ¡pero sentía una satisfacción interior que valía miles de miles!

Después de comer reanudamos la partida, que fue prolongándose y prolongándose hasta las diez de la mañana del día siguiente... Yo quería seguir jugando aún; pero mis compañeros se rehusaron porque se caían de sueño, y me prometieron el desquite para cuando lo pidiese... Porque yo perdía... ¿Cuánto? Ya ni me acuerdo; sólo sé que llevaba mis bolsillos llenos de cheques en blanco, por prevención para responder en caso de apuro. ¡Y no me vinieron mal los cheques!... Además, nadie me apuraba. Mis «partners» eran mis amigos y conocían mi honestidad. El dinero ganado no les producía el menor gusto por sí mismo, sino por el triunfo que representaba. Así al menos lo creía yo, y ellos también creían...

La chapetonada del aprendizaje me costó, en una semana, un par de miles de pesos. Pero pronto aprendí a jugar discretamente, equilibrando pérdidas y ganancias. Como Dios protege a los inocentes, tuve suerte y llegué luego hasta ganar algunas veces. Y como la suerte viene por rachas, no sólo en el juego fui feliz, sino también en los negocios y el amor.

Los toros y ovejas de la «cabaña» se vendieron a excelentes precios, y mis tíos, los dueños del establecimiento, aumentaron en premio el tanto por ciento de mis ganancias. Y si me fue bien con mis toros, mis ovejas y mis tíos, mejor me fue con mi novia.

Mi novia, es decir, mi pretendida, era una niña encantadora llamada Clarita. Conmovida por mis miradas incendiarias, me ofreció su casa, y su madre me invitó a comer. Mi nave iba viento en popa...

Durante la comida dije a la niña muchas ternezas. Ella me agradecía, ruborizábase y bajaba los ojos... Yo era el más contento de los hombres sentados ante una mesa donde se sirve una mala comida (porque la comida era mala, lo diré de paso).

Después de comer--¡y aquí principia el cambio de mi fortuna!--pregunté a mis futuros suegros si les gustaba el bridge... Esperaba yo me contestaran que deliraban por él, como personas _comme il faut_... Pues en vez de eso, el dueño de casa se rascó la nariz, preguntando extrañado:

--¿El bridge?... ¿Es un juego de billar?...

Sentime en el colmo de la indignación. ¿De dónde podría salir esta gente, que no sabía lo que era el bridge? Creí que ante mis plantas se abría un abismo... ¡No, yo no podía aliarme con una familia tan... cualquier cosa! ¡Yo no podía quedar un instante más en una casa tan cursi! Por eso, sin contestar al anfitrión si era o no el bridge un juego de billar, me despedí bruscamente...

Salí de la sala tan fastidiado que no permití que nadie me acompañara. En el «hall», mientras me ponía el gabán, oí que los dueños de casa se consultaban, estupefactos...

--Se irá porque tiene siempre la costumbre de jugar al billar después de comer--decía la señora.

--Tal vez--contestaba el señor.--Pero más bien parece que le ha hecho mal la comida... Se ha indispuesto repentinamente. Deberíamos haberle ofrecido unas gotas de láudano.