Thespis (novelas cortas y cuentos)
Chapter 12
_Ella._--Tiene la belleza de una hurí del séptimo cielo de Mahoma y la gracia de una andaluza. Es joven como una mañana y fresca como la flor cuyo nombre lleva y que suele reputarse «la reina de las flores». Más que por este nombre, conócesela por un gracioso diminutivo, que consta de cuatro letras, principia por la tercera del alfabeto y rima con «boca» y con «tapioca».
_Él._--Es oficial del ejército argentino. Aunque joven, ostenta ya los galones de capitán, y pronto será sargento mayor, y luego teniente coronel. Tiene aire marcial, no es alto ni bajo, usa bigote. Goza de verdadero prestigio entre los compañeros y superiores que han sabido avalorar sus excelentes prendas. Su apellido, de cinco letras, es uno de los más comunes y generalizados en gente de origen español. Termina con la última letra del alfabeto y principia con la misma que «prócer» y «pueblo». ¡Feliz coincidencia, que bien podemos reputar como augurio de que alguna vez será un Prócer del Pueblo!»
Tan precisos eran los datos y tan claras las señas, que ningún lector ni lectora de _El Correo de las Niñas_ dudó un instante de quiénes fueran los «silueteados». Hasta las modistas y los almaceneros del Tandil sabían perfectamente que el suelto se refería a Coca Itualde y el capitán Pérez.
Por si alguno dudaba todavía, _La Mañana_, el diario de Publio Esperoni, confirmó la noticia, esta vez con nombres y apellidos. El suelto, breve y displicente, limitábase a decir que «el capitán Pérez había pedido la mano de la señorita Rosa Itualde». El casamiento iba a verificarse a fin de año y el matrimonio fijaría su residencia en la capital federal... ¡Nada más decía _La Mañana_!
¡Cuál no sería el asombro de Laura y Coca cuando, sin preparación previa a causa de su vida retirada, leyeron las noticias de _El Correo de las Niñas_ y _La Mañana_!
--¿Será éste el Pérez que yo he inventado?--preguntaba Coca, entre divertida y fastidiada.
--¡Vaya una gracia con el Pérez que inventaste!--respondió Laura.
--Sí, pero lo inventé en familia,--agregaba Coca,--para nosotras y no para que estos indiscretos de los periódicos la creyeran y repitieran... ¡Sólo Vázquez puede haberla contado!... ¡Francamente, yo lo creía más discreto!... ¡Ya me las pagará!
--Deja tranquilo a Vázquez, que él no tiene la culpa. La culpa es tuya y nada más que tuya, que estabas continuamente insistiendo con la bromita de tu Pérez... ¡Alguna vez iba a divulgarse la noticia, si tú, la interesada, parecías hacer para ello lo posible!... ¿Querías que Vázquez te guardara eternamente el secreto?... Además, todavía no sabemos si ha sido él... ¡Y debemos presumir que en ningún caso él ha dado la noticia a esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categórica!
--¡Es para morirse de risa... esto de que me casen con un personaje de mi propia invención!
--No es sólo para reírse, Coca. También hay que desmentir la noticia, pues que te perjudica...
--Pero si el novio es un fantasma imaginario...
--No importa. La gente te creerá comprometida... ¡Hay que desmentir hoy mismo!...
--¿Descubriendo que no existe semejante capitán Pérez?... ¡Por favor, Laura!...
--No hay necesidad de decir eso. Daremos por cierta la existencia de tu capitán, y sólo negaremos tu compromiso. Deja que yo hable con Adolfo, para que él pida una rectificación en _La Mañana_. Y pierde cuidado... ¡No descubriré tu mentirilla, para no avergonzarte, como lo merecías, por faltar a la verdad!
Coca dio un beso a Laura para desenojarla y agradecerle su intervención. Laura habló con Adolfo. Y Adolfo «se apersonó» a Publio Esperoni, pidiendo «rectificara» la noticia.
Recibiole Publio cortésmente y se lo prometió. Mas su rectificación no fue un verdadero desmentido. Como _La Mañana_ se pretendía infalible, limitose a decir que «la noticia anunciada del próximo enlace de la señorita Rosa Itualde y el capitán Pérez era todavía prematura. Hacíase esta rectificación a pedido de su hermano, el distinguido caballero don Adolfo Itualde, gerente de la sucursal del Banco de la Nación.»
Nadie creyó el desmentido. El capitán Pérez siguió siendo, para todo el Tandil, el pretendiente predilecto de Coca, su novio o su futuro novio...
El mismo don Mariano, presumiendo toda la culpa de su indiscreción, dejó de ir unos días a la casa de Itualde... Cuando fue, después de enviar cómo heraldo un gran canasto de la más hermosa fruta de su estancia, encontró a sus amigos como de costumbre... Sólo Coca le hizo sus recriminaciones. ¿De quién sino de él podía haber partido la mentirosa noticia?
Vázquez estaba tan cortado y confundido ante la niña, como un reo homicida ante su juez. Se disculpó en cuanto pudo. Habían exagerado y tergiversado sus palabras, dichas al descuido... Él había creído simplemente, por las continuas bromas, que el capitán fuera uno de tantos festejantes...
Coca lo negó:
--¡Nada de festejante!... Un amigo, nada más que un amigo cualquiera... Ni siquiera un amigo íntimo y preferido como usted, al que antes considerábamos poco menos que de la familia...
El dardo dio justo en el blanco. «¡Conque el capitán Pérez no era más que un amigo--pensaba Vázquez,--y yo soy un amigo mucho más querido que él!...» La antigua idea del especial afecto que había despertado en Coca, retornaba pues a su espíritu... ¿Y por qué no podría ser cierta?... ¡Pasiones más extraordinarias se veían a cada momento!
Sin apurarse, poco a poco, se insinuaría él en el ánimo de la agraciada niña. Para escapar a las indiscretas miradas de los tandilenses, el mismo capitán Pérez le serviría de pantalla...
V
Porque, mientras don Mariano continuaba callado y pacientemente su obra de ganarse la voluntad de Coca, corrían en el pueblo innumerables anécdotas e historietas acerca del oficial. Los amigos de las de Itualde lo defendían y ensalzaban, le atacaban los enemigos...
Entre esos enemigos, sintiéndose desairado por la esquiva beldad, el más temible era Publio Esperoni. Publio Esperoni podía bien considerarse un mal sujeto. Hacía gala de serlo, hacía profesión de serlo... Sin Dios y sin patria, atacaba con implacable ironía de anarquista lo que desdeñosamente llamaba los «prejuicios sociales», es decir, ¡Dios y la patria! Su acerada pluma, guiada por su espíritu venenoso, abría heridas y levantaba ampollas en la epidermis de los pacíficos e inofensivos burgueses del Tandil.
Odiando sinceramente a su afortunado rival el capitán Pérez, esperaba ansioso la oportunidad del desquite. Pronto se le presentó esta oportunidad. Los grandes diarios populares de Buenos-Aires dieron cuenta al público, en sus últimos números, de un presunto escándalo en el ejército nacional. Habíase levantado un sumario contra varios oficiales, a quienes se acusaba nada menos que de traición a la República... Sus nombres permanecían aún reservados...
Pues _La Mañana_ del Tandil insinuó vagamente alguno de esos nombres. Publicó un extenso artículo titulado «Los traidores a la patria», comentando y abultando la noticia de los periódicos bonaerenses... Y al final agregaba que, según datos enviados por sus bien informados corresponsales de la capital federal, ellos conocían los nombres de los oficiales indignos, tan severa y justamente acusados... Aunque no se pudiera todavía afirmar con seguridad, parece que entre ellos figuraba el capitán P. Era sin embargo de desearse que sólo por un error judicial y militar se incluyese en la ignominiosa lista el nombre de este oficial, amigo de una de las más respetables familias de la localidad.
El «capitán P.» no podía ser sino el capitán Pérez... Y todo el Tandil se conmovió con la noticia. ¿Sería verdad?... ¿Qué harían ahora los Itualde?... Pero nadie se conmovió más que Jacinto Luque, el joven poeta barbilampiño y melenudo, redactor de _El Correo de las Niñas_. Con su viva inteligencia y su conocimiento del periodismo local pronto sospechó que se trataba de una insidia de Esperoni. Confirmole esta idea el hecho de no hallar, en los periódicos de Buenos-Aires, ni la más remota referencia a ningún capitán Pérez...
Profundamente indignado contra el redactor de _La Mañana_, que tantas veces le ridiculizara y burlase, publicó en su periódico un suelto terrible destinado a desmentir la atroz imputación. Se titulaba «El honor y la calumnia» y se subtitulaba «Un Dreyfus argentino».
«Es realmente lamentable--decía--que un diario que se precia de serio, _La Mañana_, publique tan pérfidas y calumniosas insinuaciones como la que aparece en el número de hoy... No tenemos por qué ocultarlo: la insidiosa inicial del «capitán P.», se refiere al capitán Pérez... ¡Más valiese haberlo nombrado!... Nosotros conocemos a este distinguido militar, con cuya amistad altamente nos honramos... Le sabemos pundonoroso y honesto... La noticia de que esté mezclado en la traición últimamente descubierta es falsa, absolutamente falsa. Lo garantizamos bajo nuestra fe de periodistas y de ciudadanos...»
_La Mañana_ contestó este suelto. Decía que en su poder obraban documentos sensacionales que publicaría más adelante... Por entonces se limitaba a asegurar que el capitán Pérez (ya que el colega lo nombraba) estaba acusado... _La Mañana_ deseaba de todo corazón que fuese inocente y se le absolviese... Hasta lo esperaba... Pero había sus comprometedoras presunciones y sus sólidos comprobandos, que ya conocerían a su tiempo los lectores...
Al leer estas pérfidas líneas, se extremeció Jacinto con justa cólera. Vibrante como una arpa agitada por los esqueléticos dedos del huracán, su alma estalló en protestas e imprecaciones. Publicó así _El Correo de las Niñas_ un nuevo suelto «poniendo en su lugar a la pluma viperina que arrojaba diariamente su ponzoña, desde las columnas de _La Mañana_, sobre todo lo más santo y respetable: el honor, la libertad, la religión, la familia, la patria...»
El «asunto Pérez» degeneraba en una cuestión personal entre los dos periodistas. Pues Publio contestó la última tirada de Jacinto llamándolo «afeminado esteta»... El «afeminado esteta» le mandó sus padrinos, y el de la «pluma viperina» nombró los suyos...
Cuatro largos días pasábanse ya los padrinos discutiendo sin descanso en el Club Social las condiciones del duelo... Los representantes de Jacinto pretendían que Jacinto era el ofendido, los de Publio que lo era Publio. Ambos se arrogaban pues el derecho de la elección de armas... Para Luque, el arma debía ser el nobilísimo acero de la espada; para Esperoni, buen tirador de pistola, la pistola... Aun aceptando la pistola los de Jacinto, los de Publio exigían condiciones imposibles: a diez pasos de distancia y tirar indefinidamente hasta que uno de los adversarios quedase tendido en el campo del honor...
El Tandil presentaba entretanto el animado aspecto de una ciudad griega durante las guerras del Peloponeso. La población entera se agitaba y hablaba en todos los sitios, públicos y privados...
Un grupo de señoras de la sociedad de beneficencia llamada de las «Damas del Divino Rostro», compuesto de la presidenta primera, la vice-presidenta tercera y la secretaria segunda, fue a ver al comisario. Se solicitaba la intervención de la policía para impedir un encuentro sangriento entre los dos distinguidos caballeros... Y el comisario prometió hacer cuanto pudiera para evitarlo.
No tuvo necesidad de hacer mucho, porque los mismos padrinos lo evitaron. Llegaron por fin a ponerse de acuerdo haciéndose recíprocas concesiones. Publio no había afirmado nada deshonroso respecto del capitán Pérez; se limitaba a dar una noticia, tal cual le fuera comunicada de la capital federal, y hasta poniéndola en duda... Por consiguiente, Jacinto retiraba sus calificaciones de «pluma viperina» y de «pérfida calumnia»... No dejando ya en pie lo de la «pluma viperina» y la «pérfida calumnia», quedaba en nada lo de «afeminado esteta»... Y así de seguido, hasta resultar, naturalmente, que nadie tuvo jamás la intención de ofender a nadie y que los dos duelistas eran unos perfectos caballeros. En constancia de ello firmaban las actas los cuatro padrinos de un tenor.
Publicadas las actas al siguiente día en _La Mañana_ y en _El Correo de las Niñas_, ocupaban tres largas columnas, las tres primeras y de preferencia... Con ello, aumentó, si cabe, la popularidad del capitán Pérez en el pueblo del Tandil...
La pacífica solución del «lance personal» dejaba sin embargo en blanco el problema de la culpabilidad del capitán Pérez. ¿Era traidor? ¿No era traidor?... Tal era el dilema que corría en todas las bocas.
Unos se declaraban por la culpabilidad del capitán Pérez, otros por su inocencia. Y las discusiones violentas y sutiles arreciaban como en las grandes crisis políticas. Es que en el fondo del asunto había una verdadera cuestión política. Los conservadores y moderados se declaraban perecistas, antiperecistas los radicales y liberales. Del temperamento y de las ideas dependía pues el estar o en contra o en favor del acusado, por su condena o por su absolución.
Cuando dos tandilenses se encontraban en la calle, en el club, en los negocios, en cualquier parte, la pregunta de rigor era ésta:
--¿Y qué piensa usted de la Cuestión?
El interrogado contestaba, si era perecista, que se trataba de una perversa intriga; si antiperecista, que el ejército nacional debía depurarse de sus malos elementos...
Naturalmente, no siempre coincidían las ideas de los interlocutores. Y al chocarse las opiniones contrarias, se iniciaban interminables contiendas. Los contendientes barajaban en sus largas peroratas y mariscalendas las fundamentales ideas de honor, patria, verdad, progreso, etc., etc. Estas ideas eran en gran parte tomadas de la prensa local. Porque aun después del «lance de honor», _El Correo de las Niñas_ y _La Mañana_ siguieron tratando el asunto Pérez, si bien evitaban incurrir de nuevo en ingratas cuestiones personales y de campanario.
Más de una vez se temió que las discusiones degenerasen en disputas, las disputas en peleas, las peleas en batallas... Algunos bofetones y botellazos volaron en la estación ferroviaria y en el Club Social... También hubo sus trifulcas en la escuela. Marciano Esperoni, un sobrino de Publio, se permitía vociferar contra el capitán Pérez, al cual prodigaba los epítetos más injuriosos y hasta obcenos... Al oírle, Atanasio Luque, el hermano menor de Jacinto, replicole como se merecía... Y sin respeto al maestro, que estaba presente, los dos alumnos, después de insultarse a gusto, se vinieron a las manos... Los antiperecistas (futuros radicales) tomaron inmediatamente la parte del pequeño Esperoni, los perecistas (futuros conservadores) la de Luque... ¡Y tal fue la batahola, que tuvo que venir la policía a aplacarla! Los pisos, los bancos, los mapas, los pizarrones, todo quedó para siempre salpicado de sangre arrancada de las narices a feroces soplamocos.
Alarmado por la exaltación general de los ánimos, el comisario pidió a la provincia se reforzara la policía con nuevo personal...
El cura, desde el púlpito, fulminó a los antiperecistas, declamando contra la calumnia y la difamación. ¡Menester era cortar, una por todas, las siete cabezas de esa hidra feroz, para salvar el honor de la patria y la santidad de la iglesia!
También las bellas artes contribuyeron a la terrible lucha de ideas que tenía por teatro el pueblo del Tandil. En un semanario cómico popular, el _Pica-pica_, de furiosas ideas radicales y por ende netamente antiperecista, aparecieron una serie de caricaturas del «Gran Capitán» (ya se podía llamar a Pérez como a Gonzalo de Córdova). Representábasele en ellas de puerco, de serpiente, de «clown», y hasta de «mascarita», es decir, ¡poniéndose por careta la noble imagen de Dreyfus!...
El «maestro» Thigi, director de la única banda de música que había en el pueblo, era compositor y perecista. Por eso compuso una marcha militar titulada «La marcha del capitán Pérez», que, en los conciertos populares de los jueves, arrancaba los aplausos de una mitad del público y la rechifla de la otra... Dos o tres anarquistas llegaron a interrumpir la preciosa música, que tenía sus pujos de wagneriana, con retumbantes rebuznos, para los cuales poseían particular habilidad. El «maestro Thigi» mandó entonces al del bombo que cubriera los rebuznos, en cualquier momento que se oyeran, con estruendosos golpes. Pero los rebuznos eran más fuertes que el bombo, y echaban a perder los mejores efectos de la pieza... Para acallarlos tuvo que intervenir el comisario, con amenazas y juramentos...
El comisario deseaba permanecer neutral. Se decía sólo partidario del orden y del derecho. Mas nadie ignoraba que, en el fondo de su sensible corazón de patriota (un comisario tiene corazón como los demás hombres), inclinábase hacia la causa del capitán Pérez; conceptuábala como la Causa de la Justicia y de la Patria. Esta tendencia oficial contenía un tanto los avances y rabiosos desmanes de antimilitaristas y anarquistas. «La paz reinaba en Varsovia»... ¡Felizmente para el Tandil!
VI
Intimidados por la tormenta de las «pasiones populares» y deseosos de evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugiáronse en su casa-quinta. Hasta allí llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, ¡y de modo harto expresivo!...
Los partidarios de Pérez enviaban su adhesión a la familia que suponían lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones para Coca, por su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente su simpatía. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificación de _La Mañana_... ¡Y había que aguantar aquel chubasco de inoportunísimas enhorabuenas!
Los contrarios, gente enemiga de la burguesía, gente grosera y sin delicadeza, mandaban, en cambio, a los tres miembros de la familia, terribles anónimos difamatorios contra el supuesto novio... Y los anónimos eran más copiosos y categóricos que las felicitaciones...
El cartero dejaba en la casa de Itualde, por término medio, desde hacía dos semanas, una felicitación diaria y tres anónimos. Laura era ya tan ducha en conocerlos, que por el sobre distinguía la una de los otros. Los sobres limpios y firmemente escritos eran de felicitaciones; los sobres sucios, ordinarios y con letra desfigurada o de imprenta, de anónimos difamatorios... Para mayor brevedad, todo se rompía o iba al canasto.
Adolfo tomaba las cosas con visible y creciente mal humor. Y Coca no podía salir de su sorpresa. ¡Ella era la que inventara aquella piedra de toque de los sentimientos locales, aquel capitán fantástico, aquel pleito interminable!... Llegaba hasta dudar de sí misma. Suponía que no había inventado más que... ¡la verdad!
--La verdad en este caso--le decía su hermana--es que la gentuza de este pueblo es ingenua y envidiosa... Se ha agarrado de este pretexto como pudiera hacerlo de cualquier otro, para desbordar su maldad y su tontería. ¡Nada más odioso que los pueblos chicos!...
Y la hermana mayor tenía que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar a la pequeña. Porque Coca, llena de temor y de amargura, tomaba ahora su asunto por el lado trágico. Antojábansele burlas las felicitaciones y personales insultos los anónimos. Lloraba en secreto y se quejaba sin cesar. Temía ser una gran culpable. La mentirilla de inventarse para su particular uso un capitán Pérez se le presentaba ahora como un verdadero crimen. Y así como una ave se resguarda en el caliente nido cuando estalla la tormenta, ella no tenía otro refugio que la inagotable ternura de su hermana.
Adolfo y Laura propusieron a Coca un viaje a Buenos-Aires, para escapar del infierno de las habladurías tandilenses, de los artículos y de los duelos, de las felicitaciones y los anónimos. Con gran sorpresa de Adolfo, Coca se negó enérgicamente a este viaje, ella siempre la más deseosa de distraerse y divertirse en casa de sus tíos... Dijo que ello significaría una huida cobarde, que era mejor afrontar la situación, que no valía la pena...
Adolfo insistió, rebatiendo tan débiles argumentos... Y se hubiera llevado a la niña a Buenos-Aires, malgrado, buen grado, a no apoyarla Laura en su negativa...
Es que los ojos maternales de Laura habían comprendido esa negativa. Coca quería quedarse en el Tandil porque le interesaba Vázquez. ¡Eso era todo!
Allá en su fuero interno, durante largas noches de insomnio y hasta de vergonzantes lágrimas, ¡cuánto había meditado Laura sobre Coca... y don Mariano! El hecho era que don Mariano no se había fijado en ella, sino en su hermanita, y que ésta creía ahora corresponderle...
Al principio, pareciole absurdo a Laura el casamiento de Coca y el estanciero. Ella debía intervenir y oponerse, teniendo en cuenta las distintas edades y contrarios caracteres... Pero esta oposición, ¿no obedecería al inconfesable sentimiento de un interés personal? ¿No era que a ella misma le gustaba para sí ese don Mariano, tan caballero y bondadoso?... Y en el alma de la joven librose silenciosamente una verdadera batalla de afectos y razones. De esta batalla resultó que, poniéndose en guardia contra su propia persona, Laura tomó la decisión de no oponerse al casamiento de Coca... El candidato era bueno; nada tenía que objetarle.
Fue así que una noche, en la intimidad de la alcoba, cuando estaban ya acostadas, hizo Coca a su hermana la esperada confidencia. Vázquez la pretendía, ella lo aceptaba...
Después de oírla en un largo silencio, Laura, disimulando lo trémulo de su voz, respondió pausadamente:
--Sólo buenas condiciones le conozco a Vázquez... Pienso que serás feliz con él, si le quieres... Lo que me temo, y estoy en el deber de no ocultártelo, es que no le quieras suficientemente... No debes casarte sino enamorada, ¡completamente enamorada!... Todavía eres demasiado niña e impresionable. Medita bien antes de dar un paso definitivo. No te dejes llevar de un rápido impulso, que después ya no habrá remedio... Hago, pues, mis objeciones contra ti y no contra él...
Al escuchar esta respuesta, tuvo Coca por primera vez en su vida la impresión de que Laura, esa buena y cariñosa Laura, pudiera ser algo como una persona distinta e independiente de ella; un ser con ideas y sentimientos personales diferentes de las ideas y sentimientos de la hermana a la cual parecía siempre identificarse... Pero, con el egoísmo de la inocencia, pronto desechó esta vaga y obscura intuición, sin buscarle causa, para festejar alegremente el consentimiento de Laura, a quien no dejó dormir en toda la noche con la cháchara de sus proyectos...
Como dieran las tres de la mañana, Laura indicó a su hermana que durmiese, con esta última advertencia:
--Vázquez te hará su declaración uno de estos días... Lo único que te pido es que no lo aceptes inmediatamente. De todos modos no se descorazonará, porque está bien decidido... Dale una contestación ambigua y espera por lo menos un mes para consentir en el sí, que es para toda la vida... Dile, por ejemplo, que tomarás un tiempo antes de contestar, porque no estás todavía bien segura de quererlo...
Aunque las últimas palabras se ahogaron en la garganta de Laura, Coca las atrapó al vuelo, respondiendo prontamente:
--¿Estás loca?... ¡Eso sería echar agua al fuego!... Aplazaré la contestación un mes como me pides; pero con otro pretexto... Le diré que todavía no estoy segura de que me quiera.
Con esto terminó la conversación, tomando cada una postura para dormirse...
Después de un larga pausa, todavía dijo Coca:
--Un mes es demasiado, Laura... Esperaré sólo quince días, que ya es bastante.
Laura no contestó. Hizo como si estuviera absorta en sus oraciones, o acaso durmiendo ya.