Thespis (novelas cortas y cuentos)
Chapter 11
--¡Qué mala idea! ¡Cómo se ve que no conoces a los hombres!
--Y tú, ¿los conoces acaso?...
--Por lo menos sé que deben ser tratados enérgicamente para que se les venza y domine... ¡Con ojitos tiernos, con palabras dulces, poco ha de hacerse!...
Laura miró sorprendida a su hermana, diciéndole irónicamente:
--Habrá que tratarlos a rebencazos...
Encogiose de hombros Coca y rectificó:
--¡Tonta! No quiero decir eso, y bien lo sabes... Quiero decir que para enamorar a los hombres no es conveniente ser buena y franca. Hay que ser coqueta y mentirosa.
--Según con qué hombres...
--¡Con todos! ¡Todos son iguales!
--Pues no te aconsejo que ensayes el sistema...
--¿Con ese Mariano Vázquez?...
--Con ése.
--¿Y por qué no con ése?...
--Por lo que yo me sé...
Y Laura dijo lo que se sabía, habiéndolo oído contar en casa de su tía Viviana. Don Mariano Vázquez tuvo en sus mocedades una novia, a quien idolatraba... Pero ella, la muy picara, rompió un buen día el compromiso para casarse con su primo, un calavera «de siete suelas»... Don Mariano debía ser pues un hombre melancólico y escarmentado...
--Sea como sea--afirmó esa locuela de Coca--es un hombre, y hay que emplear con él los recursos que sirven para con todos...
--¿De dónde tú tan enterada?...
--Es que tengo dos orejas que oyen bien y dos ojos que no ven mal.
--Tu cabeza es la que piensa mal, tu cabeza de chorlito...
Coca se picó y repuso prontamente:
--Hagamos entonces una apuesta. Pongamos en práctica los dos sistemas, el tuyo y el mío, a ver cuál da mejor resultado con Vázquez. Tú harás la niña buena y yo haré la niña mala... La que le trastorne primero el seso se casará con él y... como es muy rico... dotará a su hermanita, si se queda soltera. ¡Trato hecho!... ¡Nada de echarse atrás!...
Como no podía enfadarse, Laura se rió de la malicia de su hermana... Y su hermana, tomando esta risa por su aceptación de la apuesta, exclamó triunfante:
--¡Aceptas!... ¡Pues ya verás!... Pero tendrás que ayudarme en todo... Yo fingiré novios y coqueterías, ¡y tú vas a desmentirme!... En cambio yo no me cansaré de hacerte «réclame», insinuando tus condiciones de hacendosa y casera... ¿Estamos?... ¡Pues ya verás!...
Y para que Laura no se arrepintiese del pacto tácitamente consentido, Coca se lo estuvo recordando constantemente... Tú harás esto... Yo haré lo otro... Tú te pondrás bonita, pero con tu traje azul de ama de llaves y hasta con un delantalcito muy mono... Yo me emperejilaré con todas mis galas: me pondré flores y polvos; aun me pintaría un lunarcillo en la cara si Adolfo no fuera a notarlo...
Sugestionándose por su propia charla, Coca se hizo, mientras hablaba, el cuidadoso aliño de una prometida para su primera entrevista con el novio. Laura tampoco se descuidó, no viendo gran peligro en las chanceras intenciones de Coca... Y así fue que todavía estaban riendo y proyectando, cuando sonó, a las siete en punto, un breve campanillazo. Era don Mariano Vázquez que llamaba a la puerta de calle.
II
Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor conservado, se presentó como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo una novia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya harto olvidada.
Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una «elegante señorita» que había visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protestó ingenuamente; él no volvería a casarse...
--Se encuentra usted demasiado bien así--dijo Vázquez--con unas hermanas como las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero esta felicidad no puede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...
--¡Oh no!...--interrumpió Coca.
--¿Y por qué no se casa usted?--preguntó Adolfo a su amigo.
--En cuanto a mí--contestó Vázquez, con un vago dejo de tristeza--debo decir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando visito un «home» tan alegre y cariñoso como éste!
--¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor Vázquez!--interrumpió otra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose luego de su distracción...
Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando, ahora de temas indiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus planes y proyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lo honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...
--Aunque mi hospitalidad y mi mesa de solterón--añadió--no serán tan confortables como las de esta casa...
Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa, sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste, saboreando el postre, un dulce de fresas, exclamaba sinceramente:
--¡En mi vida comí nada más delicado!
--Es obra de Laura--observó Coca, faltando impudentemente a la verdad, porque ella era la autora del dulce.--Esta Laurita tiene unas manos de oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer a perder mi tiempo en esas labores caseras. Y miró a su hermana mayor para que no la fuera a desmentir. ¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin el papel que se impusieran!
* * *
Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura ofreció más dulce a Vázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y dejó que admirara su habilidad--esta vez verdadera--en el arreglo de la casa...
A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la coquetuela, melindrosa y casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios, que detestaba el campo, que su ideal era el _dolce far niente_, y cien necedades más...
Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso muy colorada al contestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a montones».
--Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en el mundo--dijo galantemente Vázquez.
Con femenina impertinencia, Coca le repuso:
--Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a mí, pobre y rústica campesina...
Después de comer, Coca ofreció bombones al estanciero, en su rica caja de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.
--¡Hermosa bombonera!--observó Vázquez, admirándola.
--Un recuerdo del corso de las flores, en la última temporada que pasamos en Buenos-Aires...--aclaró Coca, afectando cortedad.
--¿Regalo de quién?...
--¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compañero de armas de mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...
Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se había levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a la cabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho «Fernández», «Rodríguez» o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo tenía verdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentir los celos antes del amor!...
Laura miró con asombro a su hermana, y no se atrevió a aclarar el punto, dejando correr la invención del «capitán Pérez», el pretendiente fantasma...
Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o cuatro días. Sus visitas menudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizo íntimo de la casa...
En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitán Pérez, con cualquier pretexto...
Una vez, Adolfo preguntó:
--¿Quién es ese capitán Pérez?
Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:
--Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora está con él en el campamento de Mendoza, pues era de su mismo batallón...
Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agregó:
--Lo conocimos y tratamos mucho en casa de tía Viviana, a donde iba casi diariamente.
«Es extraño que no hablaran antes de tal capitán Pérez», pensó un momento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...
Por el contrario, Vázquez parecía darle importancia... Y nunca se olvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita, que Coca escuchaba simulando una displicencia afectada...
El personaje imaginario llegó así a ser familiar en la casa. La misma Laura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la tía Viviana, se prestaba a una broma que parecía inocente... El capitán Pérez era simpático, buen mozo, alegre, en fin, poseía numerosas condiciones que la buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujeto militar joven... Tenía un brillante porvenir... Se había batido una vez en duelo... Y el capitán Pérez esto... y el capitán Pérez aquello...
Estando una tarde Vázquez de visita, recibieron del campamento de Mendoza la fotografía de los oficiales del cuerpo, que les enviaba Ignacio, últimamente ascendido a teniente primero. Laura lo buscó en el grupo y se lo indicó a don Mariano... Y Coca, anticipándose a un deseo de éste, señaló con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo, con agradable sorpresa:
--Y aquí está el capitán Pérez...
--¿Cuál? ¿cuál?--preguntaron a un tiempo Adolfo y don Mariano, no pudiendo precisar la indicación de Coca.
Coca, imperturbable, señaló:
--El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que tiene la mano puesta en la cintura.
El «que tenía la mano puesta en la cintura» era uno de tantos, sin señas particulares, de bigote y de uniforme como los demás...
--Está bastante parecido--observó Laura, dando un pellizco en el brazo a su traviesa hermanita.
--Regular...--contestó ésta.--Es más buen mozo.
Con más sorna que ironía, intervino Vázquez:
--Pues en el retrato parece un negro...
--¡Un negro! ¡un negro!--exclamó Coca indignada.--¡Si es más blanco que usted!...
--Es que la fotografía es bastante mala--observó Adolfo, con su acostumbrada buena fe.
Los originales son sin duda mejores que el retrato--agregó Vázquez.--¿No es verdad, Rosa?
Sólo después de un rato, Coca se dio por entendida:
--¿Me habla usted a mí, Vázquez?... Llámeme «Coca» entonces, como todo el mundo, ¡por favor!... Yo no sabría a quién habría hablado usted, si me llama «Rosa»... «Coca» me llaman todos mis amigos... ¡Y creo que tengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de los mejores!
Don Mariano asintió, inclinándose con galantería y sonrojándose levemente:
--Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un poco paternal... ¡Pues «Coca» llamaré mientras viva a la más bonita niña que he conocido!
Al oírle, Coca le amenazó graciosamente con su abanico chinesco...
--Si es usted un amigo tan paternal, principie por no hacerme cumplimientos ni adularme. ¡Los piropos son un veneno para las niñas frívolas y coquetas como yo!
Y miró a Vázquez con la más tierna de sus miradas y le sonrió con la más mona de sus sonrisas, como diciéndole: «Pero no importa que las lisonjas sean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un ratoncillo... ¡Sobre todo cuando viene de persona tan simpática como tú!»
¡Era demasiado para don Mariano!... ¡Con qué gusto se cambiaría por aquel afortunado capitán Pérez!... ¡Y pensar que tan odioso militarejo pudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeño e inocente placer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arranca con los dientes, al pasar por un jardín, una florida mata de claveles!
III
Mientras don Mariano se desvelaba recordando las gracias y donaires de Coca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don Mariano. Las dos hermanas dormían en la misma habitación desde que muriera su madre. Y, una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese momento de silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias y comunicarse sus temores y esperanzas.
--Tú no has cumplido bien con nuestro pacto--decía Coca a Laura.--En vez de tomar la «pose» de niña buena y hacer gala de tus caseros talentos, te achicas y enmudeces cuando viene Vázquez... Te limitas a sonreírte de mis manejos, y en el fondo los execras, hallándome indigna de ti...
--¡Indigna de mí!...
--No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque yo sé que por dentro me lo desapruebas... ¡Pero no podrás ya pensar que no sea excelente mi sistema de hacer la niña mal criada!... A don Mariano se le cae la baba cuando me mira...
Después de un momento, con voz ligeramente sorda, Laura repuso:
--Si resultas vencedora no es por tu «sistema», como dices, sino porque eres más joven y más bonita que yo...
--¡Más joven y más bonita que tú!--interrumpió fogosamente Coca.--¡Si tú eres la más buena, la más inteligente y la más linda de todas las mujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos ni seso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para él!... ¡Los dos sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a la música, los dos de una edad correspondiente!...
Dejando pasar otra pausa, y con voz todavía más apagada, dijo Laura:
--Pues ya lo ves, él te ha elegido... y me ha desairado.
--Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo quien no le ha dado tregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, tú tendrías un poco la culpa de mi triunfo... ¿Por qué no has aplicado tú también tu sistema de conquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar. Ayúdate y Dios te ayudará..... ¡Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y para empezar, mañana harás algún postre exquisito, que mandaremos a Vázquez...
Con más energía de la que al caso correspondiera, protestó Laura:
--¡No faltaba más!... ¡Puedes estar segura de que no haré semejante cosa!
--Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno y se lo enviaré en tu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana con los elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas empanadas de vigilia, de esas «especiales» que yo sé amasar...
--¡Por Dios, Coca!--exclamó alarmada Laura.--¡No vayas a mandar empanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!
--¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! ¡Mañana mismo las tendrá Vázquez en tu nombre!.....--afirmó Coca con decisión.
Deseó luego las buenas noches a su hermana para cortar toda réplica, diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto dormida como un pajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica respiración, Laura se revolvía insomne entre las sábanas. Agitábanla pensamientos tan vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesárselos a sí misma...
A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra. Sin atender a las protestas de su hermana, que amanecía con dolor de cabeza, amasó y coció unos delicados pastelitos criollos. Y, escondiéndose de Laura, mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya que había sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades de repostera.»
En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de sus amigos a agradecer la atención.
--Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de una hada benéfica--dijo a Laura.
Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Laura parecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó entonces por ella:
--No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...
--Laura fue quien los hizo y los mandó--afirmó ésta osadamente.
--¡No me explico entonces cómo es a ti, Coca, a quien se los he visto amasar esta mañana, cuando pasaba por el jardín!--exclamó Adolfo sin la menor malicia.
Hízose un silencio embarazoso... Observando que también se sonrojaba Coca, don Mariano pensó: «Parece que la chica es la de los pasteles... Es muy extraño que me los mandara con el nombre de su hermana...» Y, aunque quisiera desecharla, desarrollábase en su espíritu una idea bien halagadora para su vanidad de cuarentón. Coca debería sentir hacia él viva y juvenil simpatía... ¿Por qué, sino por eso, le enviara su pequeño obsequio? ¿Por qué, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de su hermana, ruborizándose luego de su ingenuo subterfugio?...
Y en la memoria de Vázquez fueron precisándose una serie de pequeños detalles, que bien pudieran considerarse síntomas de la simpatía de Coca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que solía enrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariñosas miradas que más de una vez sorprendió en sus ojos claros y límpidos... ¡El obstáculo era ese maldito capitán Pérez! Evidentemente, algo había pasado entre ella y él... De otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones y chanzas que acerca del oficial provocaba la misma Coca, ¡sin duda por tenerlo siempre presente!...
Preocupado con estos pensamientos salió Vázquez de la casa de Itualde, y tan preocupado, que tropezó en la calle con un transeúnte...
--¡Vamos, don Mariano--lo interpeló éste--que me atropella usted!... Anda usted distraído... Las malas lenguas dicen que está usted enamorado, y casi me siento en disposición de creerlo...
Levantó Vázquez la cabeza. Viendo que era el juez de paz quien le hablaba, se apresuró a disculparse y a preguntarle, con voz cortante, casi con fastidio:
--No veo cómo pueden las malas lenguas decir que yo esté enamorado, señor juez... ¿De quién?...
--No podría ser sino de alguna de las señoritas de Itualde, puesto que ellas son las únicas personas que le interesan a usted en Tandil...
--Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo nada de particular en ello... Y, por otra parte, las señoritas de Itualde son dos: ¡Con las dos no he de casarme!...
--Al principio--explicó el juez de paz--se creyó que usted pretendía a la mayor, a Laura. Después hemos sabido que es a la Coca...
--¿Cómo han podido saber tal cosa?
--Muy fácilmente... Observándolo a usted las pocas veces que se ha encontrado con ellas en público, al salir de la iglesia o en la plaza... Entonces se ha visto que usted hablaba más con la menorcita que con la mayor, y la gente ha notado lo que pasaba...
--¿Qué importa a la gente lo que pasaba... si es que algo pasaba?
--Es que en estos pueblos de campo no hay más distracción que ocuparse de lo que hacen los demás...
Vázquez rectificó:
--Y de lo que no hacen... ¡Bonita ocupación!--Y añadió, cambiando de tono:--Pues sépase usted que Coca tiene un novio, o festejante...
--¡Cómo!--replicó incrédulo el juez de paz.--¡Si no se ve con nadie en Tandil!
--Podría tener el novio ausente... Y le diré a usted que presumo lo tenga... Para más datos, puedo asegurarle que él le ha regalado una preciosa bombonera de Saxe... ¿Aun duda usted?... Para que no dude más le agregaré que, según creo, es militar...
Viendo que todavía vacilaba el juez de paz, Vázquez no pudo contenerse, y dijo:
--Se llama el capitán Pérez.
Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de enunciarlo don Mariano... Pero se arrepintió tarde... Se desmintió, y no le creyeron... No le quedaba más recurso que pedir encarecidamente silencio y reserva al juez de paz... Hacíalo así cuando el juez le interrumpió despidiéndose:
--Vaya tranquilo, don Mariano, que no lo diré a nadie... ¿Por quién me toma usted?... ¡Detesto los cuentos e intrigas como al propio demonio!
No habría andado veinte pasos el juez de paz después de despedirse de don Mariano, cuando tropezó con el médico. Y no habría hablado veinte palabras, cuando ya le dio la noticia, muy confidencial y secretamente, de que la menor de las de Itualde, la _beauty_ del Tandil, tenía un novio en Buenos-Aires, el capitán Pérez... No se sabía eso con certeza; pero había muchos datos para presumirlo. ¿Cómo explicar de otro modo su desvío para con la juventud dorada del pueblo?...
El médico contó la noticia esa misma tarde, pidiendo reserva, en la tertulia del boticario... De la tertulia del boticario pasó ella al Club Social, donde fue la novedad del día...
Esa noche era jueves, y había concierto popular y paseo en la plaza principal del pueblo. Todo Tandil estaba allí. La novedad del día, saliendo del Club Social, cayó como una bomba entre la «selecta y numerosa concurrencia». Los admiradores y cortejantes de Coca recibieron general rechifla...
Entre ellos sobresalían dos periodistas: Publio Esperoni, secretario de redacción de _La Mañana_, y Jacinto Luque, cronista de _El Correo de las Niñas_.
Publio Esperoni recibió la noticia sin pestañear, con ostensible incredulidad, tirándose los negros mostachos...
Jacinto Luque, poeta barbilampiño y melenudo, tal vez por contradecir a su execrado rival, dijo que la noticia era cierta... Él la sabía desde algún tiempo atrás... No había querido publicarla para que «otros» persistieran en el desairado papel de pretendientes...
--¡Qué maldad!--exclamó Lolita Sartori.
Y Filomena Lorenzana preguntó:
--¿Qué tal persona es ese capitán Pérez?
Dándose aires de hombre de mundo, Jacinto repuso:
--¡Excelente sujeto!... No lo he tratado mucho; pero lo encontré a menudo durante mis permanencias en la capital federal. ¡Frecuenta la mejor sociedad bonaerense!
--¡Claro!--interrumpió sarcásticamente Publio.--¡Si frecuenta la mejor sociedad bonaerense, tiene que haberse encontrado a menudo con Luque en los salones elegantes!
Riose Lolita Sartori de la impertinencia de Publio, y Jacinto comprendió que se burlaban de él... Dudaban de que hubiera conocido al capitán Pérez... Para vencer esa incredulidad, hombre de rápida y fogosa imaginación, _ipso facto_ inventó él y contó cómo le conociera, ¡oh, de un modo bastante chusco!... Estaba él en un baile, conversando con la joven y distinguida dueña de casa, sentados ambos en el comedor... Como hablaba al oído de su compañera, tenía agachada la cabeza...
--¡Las cosas que le estaría diciendo el muy pícaro!--interrumpió Lolita.
Jacinto prosiguió impávido su historieta. Tenía agachada la cabeza, de modo que el cuello de la camisa se le separaba un poco del pescuezo, en la parte de atrás, dejando algo como una rendija... ¡Pues por esa rendija sintió de pronto que se le colaba un líquido helado y le corría a lo largo de la espina dorsal!... Dio vuelta la cabeza dispuesto a castigar severamente al bromista, encontrándose con un apuesto capitán que tenía en la mano una botella de champaña «frappé»... ¡Era el capitán Pérez!... El lo increpó duramente pidiéndole su tarjeta para mandarle al siguiente día sus padrinos...
Otra vez Lolita, esa pizpireta incorregible, tan movediza como la «Piedra movediza» de su pueblo, dijo burlonamente:
--¡Así me gustan los hombres, altivos y valientes!
--Verá usted--terminó Jacinto.--No hubo tal duelo... El capitán Pérez, que es un cumplido caballero a quien conoce toda la sociedad bonaerense, me dio sus explicaciones. Estaba sirviéndose champaña y le empujaron el codo... ¡Debía, pues, disculparlo!... Y como lo cortés no quita a lo valiente, ¡lo disculpé!... ¿Tenía él acaso la culpa de que le empujaran el codo?
IV
Habiendo afirmado Jacinto Luque la suma distinción del capitán Pérez, todos los «dandies» del Tandil, declararon conocerlo, siquiera de vista. El presunto novio de la beldad local llegó así a tener cierto renombre en el pueblo. Los innumerables pretendientes de Coca excusaban su derrota adornando al vencedor de excepcionales cualidades. Por lo menos, era buen mozo y rico...
La prueba de su riqueza era el espléndido regalo que enviara últimamente a su novia... La bombonera que mencionó don Mariano Vázquez se había convertido, para aquellas imaginaciones meridionales, en un cofre artístico lleno de piedras preciosas; perlas, diamantes, rubíes, zafiros... ¿Quién podía hacer semejantes obsequios en el Tandil?... ¡Esas mujeres! ¡Bien las conocería Mefistófeles cuando aconsejó a Fausto que regalara aquellas magníficas joyas a la pequeña y modesta Margarita!
No pudiendo guardar secreto por más tiempo, Jacinto Luque publicó en _El Correo de las Niñas_, la siguiente noticia:
«Aunque temamos pecar de indiscretos, nuestros buenos deseos de informar al amable público tandilense que nos favorece, impídenos guardar silencio más tiempo sobre una novedad sensacional. Se trata de un noviazgo últimamente concertado entre una de las más distinguidas señoritas de esta localidad y un conocido caballero bonaerense. He ahí sus respectivas siluetas: