Teatro selecto, tomo 4 de 4

Part 10

Chapter 103,925 wordsPublic domain

En la Plaza de Palacio Animados en dos basas, Que de Himeneo y Mercurio Sostenian las estatuas, Dos triunfales carros ví, De cuya fábrica rara Fué la significacion, Si es que me atrevo á explicarla, Que Mercurio, de los dioses Embajador, su jornada A la vista de Palacio Feneció; y así, acabada La fatiga del camino, A Himeneo se la encarga, Porque uno su culto empiece Donde otro su culto acaba.

CLARA.

Con este acompañamiento, Al compas de voces várias, Que del esposo y la esposa Decian las alabanzas...

EUGENIA.

En un bruto que parece Que sabía que llevaba Todo un cielo sobre sí, Segun la noble arrogancia Con que obedecia soberbio Al impulso que le manda, Llegó nuestra invicta Reina A las puertas de su alcázar.

D. ALON.

Tal la relacion ha sido, Que aunque el no verlo da enojos, El deseo de los ojos Se suple con el oído.

D. TORIB.

No á mí, que aquese deseo Nunca tuve.

D. ALON.

¿Por qué no?

D. TORIB.

Como esas bodas ví yo.

D. ALON.

¿Dónde?

D. TORIB.

En Cángas de Tineo, Cuando los concejos todos Se juntan para llevar Las novias á otro lugar, Entonando varios modos De bailes y de cantares, Que es una fiesta bien rara. Si de alguno me acordara, Se os quitaran mis pesares.

D. ALON.

Dejad locuras, por Dios.— Brígida, á alumbrarme ven, Que ya recogerme es bien.

_(Vanse Don Alonso y Brígida.)_

ESCENA XV.

CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO.

CLARA.

¿Por qué no os recogeis vos?

D. TORIB.

Porque para recogerme, Falta salir de un cuidado.

CLARA.

¿Qué cuidado?

D. TORIB.

No he cenado; Y tras esto, otro ha de hacerme Perder el juicio.

CLARA.

¿Qué es?

D. TORIB.

Vos dijisteis que habia en mí Más en que vengaros.

CLARA.

Sí.

D. TORIB.

Decidme la causa pues.

CLARA.

_(Ap. á él.)_ La causa es que á Eugenia, á quien (_Ap._ Dél asegurarme quiero Para la ocasion que espero.) Vos decís que quereis bien, A otro favoreció.

D. TORIB.

¡Ay cielos!

CLARA.

Si averiguarlo quereis, Bien fácilmente podeis...

D. TORIB.

Si esto oyeran mis abuelos, ¿Qué dijeran?

CLARA.

Pues estando Un rato en ese balcon, Oireis la conversacion Que tiene en la calle, hablando Con un hombre por la reja De su cuarto.

D. TORIB.

¿Cómo qué? En el balcon me estaré, Si acaso el dolor me deja, Sin chistar, de penas lleno.

_(Disimuladamente abre un balcon, métese en él y cierra.)_

CLARA.

(_Ap._ Ya éste no me estorbará, Pues cerrado se estará Toda la noche al sereno.) Eugenia. (_Ap._ Bueno será Engañarla.)

ESCENA XVI.

CLARA, EUGENIA.

EUGENIA.

¿Qué me quieres?

CLARA.

Avisarte cuánto eres Infeliz.

EUGENIA.

¿En qué?

CLARA.

En que está Mi padre tan sospechoso (Pues no sé qué, que ha pasado, Mari-Nuño le ha contado Acerca de que celoso Uno y otro amante tuyo Hoy á esta puerta riñeron), Que sus sospechas le hicieron Desvelar, segun arguyo, Que no se acuesta. Por Dios, Que si tienes que temer, Me lo digas, para hacer Como hermana.

EUGENIA.

Si á los dos En el coche y en la reja Viste que los despedí, Y que no ha quedado en mí Ni áun el ruido de la queja, ¿Qué más de mi parte puedo Haber hecho, ni saber Puedo ahora qué he de hacer?

CLARA.

Yo sí.

EUGENIA.

¿Qué es?

CLARA.

Perder el miedo, Puesto que inocente estás, Y cerrada en mi aposento, Desvelar tu pensamiento; Que yo, desvelando más Tu inocencia, allá entraré, Diciendo que estás dormida, Y mostrándome ofendida A su enojo, le diré Muy bien dicho que no tiene Razon, si en sospechar da De quien tan segura está.

EUGENIA.

Mi vida, hermana, previene Tu amistad; y porque más De mí asegurarse quiera, Ciérrame tú por defuera. _(Entrase.)_

CLARA.

¿Eso habia de hacer? _(Cierra.)_ Ya estás Conmigo en campaña, Amor. Aquesta es la vez primera Que te ví el rostro: no quiera Vencer tan presto el rigor De tus iras.—¡Mari-Nuño!

ESCENA XVII.

MARI-NUÑO; _despues_, DON FÉLIX.—CLARA; DON TORIBIO, _encerrado en un balcon_.

CLARA.

¿Dónde está aquel caballero?

MARI-NU.

En mi aposento, señora, Rato há que oculto le tengo, Miéntras que la relacion A todos tenía suspensos.

CLARA.

Esto por Eugenia hago.

MARI-NU.

Por eso yo te obedezco.

CLARA.

Díle que salga á esta cuadra.

MARI-NU.

Voy. _(Vase, y sale Don Félix.)_

D. FÉLIX.

Aunque rendido vengo A serviros, es mayor Mi pena que el rendimiento.

CLARA.

¿De qué?

D. FÉLIX.

De ver que mi aviso Ni vuestra cordura han hecho El efecto que esperamos, Sino tan contrario efecto, Que los dos conmigo hoy A vuestra puerta riñeron; Y saliendo vuestro padre Y vuestro primo á este tiempo, Queriendo acudir á todo, A nada acudí, supuesto Que ni á uno ni otro alcanzar Pude; y estoy con recelo De que se hayan encontrado, Puesto que ninguno ha vuelto, Siendo ambos huéspedes mios. Y aunque por ellos lo siento, Lo siento por vos con más Ventajas, pues si os confieso Una verdad, me debeis Vos mayor fineza que ellos.

CLARA.

¿Yo mayor fineza?

D. FÉLIX.

Sí.

CLARA.

¿Cómo?

D. FÉLIX.

Perdonad, os ruego, Porque no puedo decirlo, Aunque ya dicho lo tengo.

CLARA.

¡Dicho lo teneis, y no Podeis decirlo! No entiendo Tan nuevo enigma.

D. FÉLIX.

Yo sí.

CLARA.

Declaráos más.

D. FÉLIX.

No puedo, Que si el sentimiento es Por ser mis amigos, cierto Será, por ser mis amigos, El callar mi sentimiento. _(Ruido dentro.)_

ESCENA XVIII.

DON JUAN, _y despues_ MARI-NUÑO.—DICHOS.

D. JUAN.

_(Dentro.)_ ¡Válgame el cielo!

D. FÉLIX.

¿Qué voces Son las que estamos oyendo?

CLARA.

En el jardin fué. _(Sale Mari-Nuño.)_

MARI-NU.

¡Señora!

CLARA.

¿Qué hay Mari-Nuño? ¿Qué es eso?

MARI-NU.

Por las tapias del jardin Se ha arrojado un hombre dentro, A cuyo ruido, tu padre Baja ya de su aposento.

CLARA.

¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer, Si os ven aquí?

D. FÉLIX.

Buen remedio: Yo por aqueste balcon Saldré á la calle primero Que me vea.

CLARA.

No le abrais.

D. FÉLIX.

¿No es mejor?

_(Abre un balcon, y halla á Don Toribio.)_

D. TORIB.

Esténse quedos, No hagan ruido, que ya el hombre A la reja llega, y quiero Oir lo que habla.

D. FÉLIX.

Hombre, ¿quién eres?

D. TORIB.

¿Quién os mete á vos en eso? ¿Métome yo en quién sois vos? Agradecedme que tengo Que hacer aquí, que si no, A fe que habia de saberlo.

_(Enciérrase en el balcon.)_

D. FÉLIX.

¿Quién vió tan extraño lance?

MARI-NU.

Ya en el jardin se oye estruendo.

CLARA.

Apartémonos de aquí.

_(Abren la puerta por donde se retiró Eugenia, y vanse por ella Clara y Mari-Nuño; Don Félix se esconde, como Don Toribio, en otro balcon.)_

ESCENA XIX.

DON PEDRO.—DON FÉLIX Y DON TORIBIO, _ocultos_.

D. PED.

Viendo mis rabiosos celos Que abriendo la puerta entró Mi enemigo hasta aquí dentro Sin poderlo yo estorbar, Que llegar no pude á tiempo, Por las tapias del jardin A entrar me atreví resuelto A vengar... Pero ¡qué miro! Que es su padre, vive el cielo, Y brioso, con otro hombre Riñendo sale á este puesto.

ESCENA XX.

_Sale_ DON ALONSO _riñendo con_ DON JUAN.—DON PEDRO; DON FÉLIX, _oculto_; DON TORIBIO, _en el balcon_.

D. ALON.

Al esfuerzo de mi brazo, De mis iras al aliento. Pues me han hecho dos agravios Tu voz y tu atrevimiento, Los dos vengaré... ¡Ay de mí! Que van mis penas creciendo, Pues cuando pensé de uno, Dos de quien vengarme tengo.

D. FÉLIX.

_(Saliendo del balcon donde estaba escondido.)_ Tened la espada, Don Juan. Don Alonso, detenéos.

D. JUAN.

Mira si traidor amigo Eres, pues aquí te encuentro.

D. FÉLIX.

Oid, sabreis que enemigo No soy, ni suyo, ni vuestro.

D. ALON.

¡Dentro de mi casa dos Enemigos!

D. FÉLIX.

Detenéos.

D. PED.

(_Ap._ Aunque estorbar aquí deba De Don Alonso el empeño, Primero venganza pide Lo rabioso de mis celos.) Si por aquese balcon

_(A Don Félix, que se ha quedado delante del balcon donde está Don Toribio.)_

Te pasó el atrevimiento De aquesa ingrata á mis ojos, En tí he de vengar primero Los celos con que te busco. Baja abajo, ó vive el cielo Que esta pistola...

D. TORIB.

_(Saliendo del balcon.)_ ¿Pistola? Hombre del diablo, está quedo, Que no es eso lo que yo Te dije. Pero ¡qué veo! ¿Qué es esto, tio?

D. ALON.

A mi lado Os poned.

D. PED.

_(Ap.)_ Pues que le abrieron La ventana, llegaré A matarle; que no temo, Ya que estoy muerto á su dicha, Quedar á sus manos muerto.

D. JUAN.

Traidor, tras tí... Mas ¿qué miro? ¿Por la ventana resuelto Así os entrais?

D. PED.

¿Qué os admira? Si tanto ruido me ha puesto En obligacion de entrar A saber lo que es.

D. ALON.

Suspenso En repetidos agravios, No sé á cuál he de ir primero.

D. FÉLIX.

Tenéos, señor Don Alonso, Que trances de honor, el cuerdo Los venga con su prudencia Antes que con el acero: Y si me escuchais, no dudo Quedeis honrado y contento.

D. ALON.

Uno entró por mi jardin, Otro por mi reja; pero Vos que aquí dentro os hallais, ¿Por dónde entrasteis primero? Que haciéndome el mismo agravio, Me venís á dar consejo.

D. TORIB.

Entraria por la escala, Que escala habia para ello.

D. FÉLIX.

Yo soy tan interesado En este lance, que pienso Que vine á serviros más A todos, que no á ofenderos, Pues fué á excusarle; mas ya Que conseguirlo no puedo De una manera, de otra Lo intentaré: estadme atentos. Doña Eugenia me ha tenido En aqueste cuarto, á efecto De estorbar entre los dos...

ESCENA XXI.

EUGENIA, CLARA.—DICHOS.

EUGENIA.

_(Dentro.)_ ¿Qué escucho? Dejar no puedo De salir, al oir mi nombre.

CLARA.

_(Dentro.)_ Tente, no salgas.

_(Salen Clara y Eugenia.)_

EUGENIA.

Sí quiero, Que ya me importa saber Qué es aqueste fingimiento. ¡Yo te he tenido (¿qué dices, Hombre?) en mi cuarto! _(A Don Félix.)_

D. FÉLIX.

Tenéos, Que yo Doña Eugenia he dicho, No vos. _(Señala á Clara.)_

D. ALON.

¿Cómo, cómo es eso? ¿Luego tú eras la que un hombre Escondido tenías dentro?

EUGENIA.

¿Luego tú con nombre mio, Clara, la traicion has hecho?

D. TORIB.

¿Luego tú por eso á mí Me tenías al sereno, Hecho avestruz del amor?

LOS TRES.

¿Qué es esto, ingrata? ¿Qué es esto?

CLARA.

Esto es que por estorbar De Eugenia yo los empeños, No pude estorbar el mio;— Y pues que sois caballero, _(A Don Félix.)_ No en el riesgo me dejeis, Cuando á otra sacais del riesgo.

D. FÉLIX.

¿Qué es dejaros? Con mil vidas Habeis de ver que os defiendo; Pues no amando la que es dama De mis amigos, bien puedo.

D. JUAN.

Pues supuesto que ya quedan Desvanecidos mis celos, Yo os ayudaré.

D. PED.

Yo y todo.

D. ALON.

¿Hay tan grande atrevimiento?

D. TORIB.

¡Quién tuviera aquí un lanzon De tres que en mi casa tengo!

D. ALON.

A mis ojos y en mi casa, Nadie á mis hijas (¡ay cielos!) Defenderá que no sea Su esposo.

D. FÉLIX.

Si basta eso, Yo lo soy suyo.

CLARA.

Y yo suya.

D. ALON.

¿Quién creyera que en el hierro Mayor, fuera quien cayera La mesurada más presto?

D. TORIB.

¿Quién no lo creyera? pues Siempre en el mundo lo vemos, Que las aguas mansas son De las que hay que fiar ménos, Y tienen mayor peligro Porque sin duda por eso, _Guárdate del agua mansa_ Dijo un antiguo proverbio.

EUGENIA.

Pues yo, señor, á tus plantas Humildemente te ruego Me des estado á tu gusto; Que yo con mi primo quiero Irme á la montaña, donde Te asegure por lo ménos De que nunca delincuentes Fueron mis esparcimientos.

D. TORIB.

¿A la montaña? Eso no, Porque allá llevar no quiero Ni fílis ni guardainfantes: Y así, con mi alforja al cuello, Donde está mi ejecutoria, Habeis de ver que me vuelvo Sin casar.

D. ALON.

Ni yo tampoco; Que no tengo de dar dueño Tan bruto á una hija mia A quien más atencion debo, Sino darla á quien su madre La habia dado en casamiento, Y esperando mi licencia, Se quedó hasta ahora suspenso.

D. JUAN.

A vuestras plantas humilde Os digo que soy el mesmo, Pues soy Don Juan de Mendoza.

D. ALON.

Con esto es del mal el ménos.

D. PED.

Pues quedo sin esperanza De mi amor, lograrla intento En pedir que perdoneis De nuestras faltas los yerros.

D. TORIB.

Porque con la moraleja Del _Agua mansa_ y su ejemplo, Dando principio á serviros, Fin á la comedia demos.

ZARZUELAS.

EL LAUREL DE APOLO.

PERSONAS.

APOLO, _de cazador_. CUPIDO, _de pastor_. SILVIO, _pastor galan_. CÉFALO, _pastor galan_. LAURO, _pastor_. ANTEO, _pastor_. DAFNE, _ninfa_. LIBIA, _ninfa_. FLORA, _labradora_. BATA, _villana_. RÚSTICO, _villano gracioso_. _Seis ninfas marinas_, músicas. _Música._ _Coro de amor._ _Coro de olvido._ _Villanos._ _Zagales._ _Zagalas._

La accion pasa en Tesalia.

JORNADA PRIMERA.

_Campo y bosques á la orilla del Peneo._

ESCENA PRIMERA.

VILLANOS, DAFNE, CÉFALO, SILVIO.

VILLANOS.

_(Dentro.)_ Huid, pastores, huid, Que anda en el monte la fiera.

DAFNE.

_(Dentro.)_ ¿No hay quien me socorra? ¿No hay quien me defienda?

CÉFALO.

_(Dentro.)_ Sí, miéntras yo viva.

SILVIO.

_(Dentro.)_ Sí, mientras yo muera.

_(Salen Silvio y Céfalo, pastores galanes, trayendo entre los dos desmayada á Dafne, vestida en traje de ninfa bizarra.)_

DAFNE.

¡Ay de mí, infelice!

CÉFALO.

Ya nada hay que temas: Cóbrate y anima.

SILVIO.

Descansa y alienta.

DAFNE.

¿Cómo podré, si he llegado A ver que me han socorrido, Silvio, á quien he aborrecido, Y Céfalo, á quien he amado? Y no habiendo uno estimado Mi amor, y otro sí, mi fiero Desden dudó cuál primero Lugar en mi riesgo adquiere, Quien logra lo que me quiere, O paga lo que le quiero. Y así, habré de suspender Las gracias, hasta apurar Qué accion es más singular, Obligar ó agradecer: Y pues hoy no habeis de ver, Vos favor, ni desden vos, Confórmeos el ciego dios; Que aunque me hallo agradecida, Es poca alhaja una vida Para partida con dos.

CÉFALO.

Yo, hermosa Dafne, nací Más al estudio inclinado Que al amor; y habiendo hallado En ese siempre turquí Libro azul, en que aprendí Del docto maestro del dia Judiciaria astrología, Que habia de venir á ser La beldad de una mujer Su destruicion y la mia, Negué una y otra deidad De Amor y Vénus, y sólo En las cátedras de Apolo Mantuve mi libertad. Dígalo tu voluntad, Pues el dia que llegué A verme dichoso, en fe No de mi merecimiento, Sino en fe del cumplimiento De mi opuesto hado, dejé La patria con tan vil traza, Como el huir mi desdicha Desde luégo de una dicha, De miedo de una amenaza. Viendo, pues, cuánto embaraza La ausencia al amor, volví Creyendo que ya habria en tí Hecho su efecto veloz: A donde siendo tu voz La primer cosa que oí, A socorrerte llegué. Y aunque hasta aquí hablé grosero, Desde aquí perder no quiero El mérito que gané; Que si agradecido fué Mi afecto, y amante ha sido El de Silvio, yo he vencido; Pues si puede el más constante Ser noble sin ser amante, No sin ser agradecido.

SILVIO.

Yo más ciencias no aprendí Que el arte de amar: si fué El mejor libro, no sé; Pero presumo que sí; Que si lo fué para tí Del sol el claro arrebol, El sol de Dafne crisol Fué de mi fe: ella dirá Si de ciencia á ciencia va Lo que va de sol á sol. Si tú ántes de sucedido, Hallaste que habia de ser Tu peligro una mujer, Yo hallé que ya lo habia sido; Y si, buscando un olvido, Tú te ausentaste, yo fiel Acudo á un rigor cruel: ¿Quién, pues, morirá mejor? ¿Tú por huir de un temor, O yo por volver á él? Haber á tiempo llegado Que la hayamos socorrido Los dos, es haber querido Ponerse una vez el hado De parte del desdichado, En quien con el desden crece El amor; que el que se ofrece Amado á cualquier fatiga, Satisface; mas no obliga: Cumple; pero no merece. Y aunque para la cuestion Basta la razon que he dado; Habiendo Dafne tomado Plazo á la satisfaccion, No quiero tener razon, Sino darme por vencido; Y así, que suspenda pido A quien las gracias previene; Que, áun en tenerla, no tiene Razon un aborrecido. Y para atajar la duda, La he de preguntar (dejando Al tiempo, que él sabe cuando Con el desengaño acuda), ¿Qué ocasion helada y muda, Despues que las voces dió, En la falda la dejó Del monte donde la hallamos?

CÉFALO.

Dices bien.—Dafne, sepamos Qué fué tu peligro.

DAFNE.

Yo Os lo diré, agradecida A la dilacion, pues basta Que reconozca la deuda, Miéntras no sé á quién pagarla. Ya sabeis... (Pero es forzoso Que de noticias me valga, Que nunca por muchas sobran, Y tal vez por una faltan) Que este enmarañado monte, Que en Tesalia, nuestra patria, Es verde coluna, en quien Del cielo el eje descansa, Albergue fué de Fiton, Aquel mágico, que en várias Diabólicas ciencias diestro, Quitó á los dioses la sacra Adoracion de sus doctos Simulacros, pues que en claras Voces habló en esqueletos Mejor que ellos en estatuas. Oráculo pues de todas Las gentes destas montañas, Ya no eran Apolo y Vénus Sus auxiliares, con tanta Desestimacion, que habiendo En esas dos cumbres altas Dos templos suyos, apénas Vimos por edades largas En sus piadosos umbrales Ni áun huella de humana planta, Porque á la lóbrega gruta De Fiton era á quien daban La fe y el voto, teniendo Sus respuestas por más sábias. Viendo pues las dos deidades Ya sus antorchas sin llama, Sus altares sin ofrenda, Y sin víctimas sus aras, Ofendidas dispusieron, En religiosa venganza, Que Peneo, padre mio, En cuyas ondas de plata Me abortó marina ninfa, Embrion de fuego y agua, Rompiese el márgen, talando Con obedecida saña Las bárbaras poblaciones De todas estas comarcas: En cuya undosa avenida Todos del monte se amparan, Haciendo de sus peñascos, De sus troncos y sus ramas Contra pólvora de nieve Rebellines de esmeralda. Los sacerdotes de Apolo, Y de Vénus las sagradas Sacerdotisas, en vez De dar abrigo á sus ánsias Les intimaron sentencia De muerte: con que cerradas Las puertas de entrambos templos, Reconocieron ser causa De su estrago la ojeriza De los dioses; y trocada La estimacion de Fiton En ira, en cólera y rabia, En su mal vivo cadáver Ensangrentaron las armas. (¿Qué deja al enojo el que Por el desenojo mata?) Templó el homicidio el ceño, Reducida la amenaza De la inundacion al coto De las márgenes que hoy guarda; Pero apénas el peligro Cesó, cuando en vez de gracias, Dieron á los cielos quejas, Lamentando más la falta Del mago Fiton, que no La culpa que fué la causa: Con que enojados segunda Vez los dioses, la pasada Ruina trocaron en otra, Para cuya cruel, extraña Ira os prevengo, ya que Si hasta aquí supisteis, haya Novedad desde aquí, oyendo Lo que en vuestra ausencia pasa. El monte que zozobrado Bajel fué, y de la resaca A los embates quedó Mal enjuto de las claras Luces del sol, y no bien Oreado de las auras, En corrompidos vapores De ovas, légamos y lamas, Se pobló de inmundos monstruos Desde la cumbre á la falda, Entre cuyas venenosas Especies, la más tirana, Más horrorosa, más fiera, Más terrible y más infausta, Fué una escamada serpiente, Que abrigándose en la estancia De la cueva de Fiton, Motivó á las siempre vagas Supersticiones del vulgo, Ser de su cadáver alma. Esa pues ni ave, ni fiera, Ni pez, siendo así que en agua, En tierra y aire, pez, fiera Y ave, corre, vuela y nada; Sirviéndose para todo, En el aire de las alas, En la tierra de los piés, Y en el mar de las escamas; Con su anhélito el ambiente Infesta, siempre que brama; Y siempre que pace ó bebe, Con su espuma, ondas y plantas: Tanto, que apénas hay flor, Que no sea avenenada Cicuta, siendo ya en todo El orbe ponzoña amarga, Para el abuso de hechizos, De ilusiones y fantasmas, La ménos tocada yerba De los montes de Tesalia. No en esto solo el estrago De tanto escándalo pára, Sino en que, bandido monstruo De todas estas campañas, Los errados peregrinos Y moradores asalta Hasta que unos y otros sean De sus presas y sus garras Sangriento despojo: á cuyo Terror, viendo cuánto engaña Peligro que no escarmienta, Volvió á sus primeras ánsias El vulgo, reconociendo Que no hay medios que le valgan, Que no sean acudir Con dones, feudos y párias A los enojados dioses; Pues cuanto más los agravia Nuestro error, tanto más nuestro Rendimiento los aplaca. Y así, en divididas tropas De mil festivas escuadras, Que con varios instrumentos Himnos á ambos dioses cantan; Al templo de Apolo hoy suben, Los hombres por una banda, Y las mujeres por otra Al templo de Vénus, para Que ofrendas y sacrificios Mejoren sus esperanzas. Yo, que, al ruido, dejé el coro De ninfas, y acompañada De unos rústicos villanos, Seguir quise las estampas Del femenil escuadron, Sentí moverse unas matas; Y presumiendo que fuera Alguna pequeña caza Que llevar al sacrificio, Seguirla quise y matarla. Pero apénas la torcida Senda dejé, y de la aljaba Al arco puse la flecha, Cuando entre las verdes jaras De un ribazo, á quien servian De entretejida muralla Sobre dos desnudas peñas Cuatro mal vestidas zarzas, El monstruo ví, á cuyo horrible Asombro volvió la espalda La amedrentada cuadrilla, Y yo absortamente helada, «¿No hay quién me socorra?» juzgo Que dije, y di desmayada En tierra, donde no supe De mí (¡ay infelice!), hasta Que en los brazos de los dos Perdí el susto y cobré el habla. Y pues se deja inferir Que mañosamente incauta La fiera, estaba en acecho, Y al ver tanta gente y armas, A ocultarse al monte iria, Con el instinto que alcanza, Quizá heredado de quien La dió el nombre, pues la llaman Todos el monstruo Fiton; Y pues con su fuga pasa De un susto en otro la duda De á quién le debo las gracias; Por no agraviar á ninguno (Puesto que mujer que paga A dos, á ninguno obliga, Y ántes á entrambos agravia), Quiero á segunda experiencia Dejar la duda fiada: Y así, el que desde hoy (oid) Por mí una fineza haga, Será quien de mi socorro Merezca el triunfo y la palma. La fineza ha de ser que Tú, Céfalo, que con tanta Vanidad no amar blasonas, Finjas amar; tú, que amas, Silvio, finjas que aborreces: De manera que trocadas Las inclinaciones, vea Yo en tí rendimientos y ánsias, En tí olvidos y desdenes; Que el que con mayor ventaja Disimulare su afecto, Y el no afecto suyo traiga Más desmentido á mis ojos, Será el que vencido haya En la cuestion. Y porque

_(Dentro grita de villanos.)_

Ya de entrambos templos bajan Las tropas haciendo á un tiempo Con festivas consonancias De instrumentos y de voces Unas á otras la salva, Cautelad vuestras pasiones; Que yo librando la paga Del socorro de mi vida A una experiencia tan rara, He de ver quién hace más En servicio de una dama: Quien lo que ama disimula, O finge lo que no ama.

SILVIO.

Advierte que no es igual El partido; que me encargas, Dafne, á mí lo más difícil.

CÉFALO.

¿Qué lo más difícil llamas?

SILVIO.

Disimular un afecto, Que mudo volcan del alma, Siempre está ardiendo, y no es Posible que modo haya Con que la llama se oculte, Para que sin humos arda.

CÉFALO.

¿Cuánto es más dificultoso Querer que donde no hay llama, Haya, ni áun humo, pues no Respira él donde ella falta?

SILVIO.

Caer en defectos es fuerza El que disimula que ama, Pues lleva dentro de sí Quien lo contrario le manda.

CÉFALO.

¿Cuánto es más forzoso que En ellos quien finge caiga, Pues no lleva quien le acuerde El precepto que le encargan?

SILVIO.

Sí, mas ¿cómo dormirá Afecto que no descansa, Teniendo siempre al oído Despertador que le llama?

CÉFALO.