Teatro selecto, tomo 1 de 4

Part 21

Chapter 213,301 wordsPublic domain

Poco importa, Porque yo vengo con gente Y ejército numeroso, Tal, que esos campos parecen Más ciudades que desiertos, Y volveré brevemente Con ella á ser tu soldado.

REY.

Pues luégo es bien que se apreste La jornada; pero en Fez Será bien, Fénix, que entres A alegrar á esa ciudad. Muley.

MULEY.

Gran señor.

REY.

Prevente, Que con la gente de guerra Has de ir sirviendo á Fénix, Hasta que quede segura, Y con su esposo la dejes.

MULEY.

_(Ap.)_ Esto sólo me faltaba, Para que, estando yo ausente, Aun le falte mi socorro A Fernando, y no le quede Esta pequeña esperanza. _(Vanse.)_ . . . . . . . . . . . .[9]

[9] Falta un verso para el romance.

* * * * *

_Una calle de Fez._

ESCENA VI.

DON JUAN, BRITO, Y _otros_ CAUTIVOS, _que sacan á_ DON FERNANDO, _y le sientan en una estera_.

D. FERN.

Ponedme en aquesta parte, Para que goce mejor La luz que el cielo reparte.— ¡Oh inmenso, oh dulce Señor, Qué de gracias debo darte! Cuando como yo se vía Job, el dia maldecia; Mas era por el pecado En que habia sido engendrado; Pero yo bendigo el dia Por la gracia que nos da Dios en él; pues claro está, Que cada hermoso arrebol Y cada rayo del sol, Lengua de fuego será Con que le alabo y bendigo.

BRITO.

¿Estás bien, señor, así?

D. FERN.

Mejor que merezco, amigo. ¡Qué de piedades aquí, Oh Señor, usais conmigo! Cuando acaban de sacarme De un calabozo, me dais Un sol para calentarme: Liberal, Señor, estais.

CAUT. 1.º

Sabe el cielo, si quedarme Y acompañaros quisiera; Mas ya veis que nos espera El trabajo.

D. FERN.

Hijos, adios.

CAUT. 2.º

¡Qué pesar!

CAUT. 3.º

¡Qué ánsia tan fiera!

_(Vanse los cautivos.)_

D. FERN.

¿Quedais conmigo los dos?

D. JUAN.

Yo tambien te he de dejar.

D. FERN.

¿Qué haré yo sin tu favor?

D. JUAN.

Presto volveré, señor; Que sólo voy á buscar Algo que comas, porque Despues que Muley se fué De Fez, nos falta en el suelo Todo el humano consuelo; Pero con todo eso iré A procurarle, si bien Imposibles solicito, Porque ya cuantos me ven, Por no ir contra el edito, Que manda que no te den Ni agua tampoco, ni á mí Me venden nada, señor, Por ver que te asisto á tí; Que á tanto llega el rigor De la suerte. Pero aquí Gente viene. _(Vase.)_

D. FERN.

¡Oh si pudiera Mi voz mover á piedad A alguno, porque siquiera Un instante más viviera Padeciendo!

ESCENA VII.

EL REY, TARUDANTE, FÉNIX, CELIN.—DON FERNANDO, BRITO.

CELIN.

Gran señor, Por una calle has venido, Que es fuerza que visto seas Del Infante y advertido.

REY.

_(A Tarudante.)_ Acompañarte he querido, Porque mi grandeza veas.

TARUD.

Siempre mis honras deseas...

D. FERN.

Dadle de limosna hoy A este pobre algun sustento: Mirad que hombre humano soy, Y que afligido y hambriento, Muriendo de hambre estoy. Hombres, doleos de mí, Que una fiera de otra fiera Se compadece.

BRITO.

Ya aquí No hay pedir de esa manera.

D. FERN.

¿Cómo he de decir?

BRITO.

Así: Moros, tened compasion, Y algo que este pobre coma Le dad en esta ocasion, Por el santo zancarron Del gran profeta Mahoma.

REY.

Que tenga fe en este estado, Tan mísero y desdichado, Más me ofende, más me infama.— Maestre, Infante.

BRITO.

El Rey llama.

D. FERN.

¿A mí? Brito, haste engañado: Ni Infante ni Maestre soy, El cadáver suyo sí; Y pues ya en la tierra estoy, Aunque Infante y Maestre fuí, No es ese mi nombre hoy.

REY.

Pues no eres Maestre ni Infante, Respóndeme por Fernando.

D. FERN.

Ahora, aunque me levante De la tierra, iré arrastrando A besar tu pié.

REY.

Constante Te muestras, á mi pesar. ¿Es humildad ó valor Esta obediencia?

D. FERN.

Es mostrar Cuánto debe respetar El esclavo á su señor. Y pues que tu esclavo soy, Y estoy en presencia tuya Esta vez, tengo de hablarte: Mi Rey y señor, escucha. Rey te llamé, y aunque seas De otra ley, es tan augusta De los reyes la deidad, Tan fuerte y tan absoluta, Que engendra ánimo piadoso; Y así es forzoso que acudas A la sangre generosa Con piedad y con cordura; Que áun entre brutos y fieras Este nombre es de tan suma Autoridad, que la ley De naturaleza ajusta Obediencias; y así lêmos En repúblicas incultas, Al leon rey de las fieras, Que cuando la frente arruga De guedejas se corona, Es piadoso, pues que nunca Hizo presa en el rendido. En las saladas espumas Del mar el delfin, que es rey De los peces, le dibujan Escamas de plata y oro Sobre la espalda cerúlea Coronas, y ya se vió De una tormenta importuna Sacar los hombres á tierra, Porque el mar no los consuma. El águila caudalosa, A quien copete de plumas Riza el viento en sus esferas, De cuantas aves saludan Al sol es emperatriz, Y con piedad noble y justa, Porque brindado no beba El hombre entre plata pura La muerte, que en los cristales Mezcló la ponzoña dura Del áspid, con pico y alas Los revuelve y los enturbia. Aun entre plantas y piedras Se dilata y se dibuja Este imperio: la granada, A quien coronan las puntas De una corteza, en señal De que es reina de las frutas, Envenenada marchita Los rubíes que la ilustran, Y los convierte en topacios, Color desmayada y mustia. El diamante, á cuya vista Ni áun el iman ejecuta Su propiedad, que por rey Esta obediencia le jura, Tan noble es, que la traicion Del dueño no disimula; Y la dureza, imposible De que buriles la pulan, Se deshace entre sí misma, Vuelta en cenizas menudas. Pues si entre fieras y peces, Plantas, piedras y aves, usa Esta majestad de rey De piedad, no será injusta Entre los hombres, señor: Porque el ser no te disculpa De otra ley, que la crueldad En cualquiera ley es una. No quiero compadecerte Con mis lástimas y angustias Para que me des la vida, Que mi voz no la procura; Que bien sé que he de morir De esta enfermedad que turba Mis sentidos, que mis miembros Discurre helada y caduca. Bien sé que herido de muerte Estoy, porque no pronuncia Voz la lengua, cuyo aliento No sea una espada aguda. Bien sé al fin que soy mortal, Y que no hay hora segura; Y por eso dió una forma Con una materia en una Semejanza la razon Al ataud y á la cuna. Accion nuestra es natural, Cuando recibir procura Algo un hombre, alzar las manos En esta manera juntas; Mas cuando quiere arrojarlo, De aquella misma accion usa, Pues las vuelve boca abajo Porque así las desocupa. El mundo, cuando nacemos, En señal de que nos busca, En la cuna nos recibe, Y en ella nos asegura Boca arriba; pero cuando, O con desden ó con furia, Quiere arrojarnos de sí, Vuelve las manos que junta, Y aquel instrumento mismo Forma esta materia muda; Pues fué cuna boca arriba Lo que boca abajo es tumba. Tan cerca vivimos, pues, De nuestra muerte, tan juntas Tenemos, cuando nacemos, El lecho como la cuna. ¿Qué aguarda quien esto oye? Quien esto sabe, ¿qué busca? Claro está que no será La vida: no admite duda; La muerte sí: esta te pido, Porque los cielos me cumplan Un deseo de morir Por la fe; que, aunque presumas Que esto es desesperacion, Porque el vivir me disgusta, No es sino afecto de dar La vida en defensa justa De la fe, y sacrificar A Dios vida y alma juntas: Y así aunque pida la muerte, El afecto me disculpa. Y si la piedad no puede Vencerte, el rigor presuma Obligarte. ¿Eres leon? Pues ya será bien que rujas, Y despedaces á quien Te ofende, agravia é injuria. ¿Eres águila? Pues hiere Con el pico y con las uñas A quien tu nido deshace. ¿Eres delfin? Pues anuncia Tormentas al marinero Que el mar de este mundo sulca. ¿Eres árbol real? Pues muestra Todas las ramas desnudas A la violencia del tiempo, Que ira de Dios ejecuta. ¿Eres diamante? Hecho polvos Sé pues venenosa furia, Y cánsate; porque yo, Aunque más tormentos sufra, Aunque más rigores vea, Aunque llore más angustias, Aunque más miserias pase, Aunque halle más desventuras, Aunque más hambre padezca, Aunque mis carnes no cubran Estas ropas, y aunque sea Mi esfera esta estancia sucia, Firme he de estar en mi fe; Porque es el sol que me alumbra, Porque es la luz que me guía, Es el laurel que me ilustra. No has de triunfar de la Iglesia; De mí, si quieres, trïunfa: Dios defenderá mi causa, Pues yo defiendo la suya.

REY.

¿Posible es que en tales penas Blasones y te consueles, Siendo propias? ¿Qué condenas, No me duelan, siendo ajenas, Si tú de tí no te dueles? Que pues tu muerte causó Tu misma mano y yo no, No esperes piedad de mí; Ten tú lástima de tí, Fernando, y tendréla yo. _(Vase.)_

D. FERN.

_(A Tarudante.)_ Señor, vuestra Majestad Me valga.

TARUD.

¡Qué desventura! _(Vase.)_

D. FERN.

_(A Fénix.)_ Si es alma de la hermosura Esa divina deidad, Vos, señora, me amparad Con el Rey.

FÉNIX.

¡Qué gran dolor!

D. FERN.

¿Aun no me mirais?

FÉNIX.

¡Qué horror!

D. FERN.

Haceis bien; que vuestros ojos No son para ver enojos.

FÉNIX.

¡Qué lástima! ¡qué pavor!

D. FERN.

Pues aunque no me mireis Y ausentaros intenteis, Señora, es bien que sepais, Aunque tan bella os juzgais, Que más que yo no valeis, Y yo quizá valgo más.

FÉNIX.

Horror con tu voz me das, Y con tu aliento me hieres. ¡Déjame, hombre! ¿qué me quieres? Que no puedo sentir más. _(Vase.)_

ESCENA VIII.

DON JUAN, _con un pan_.—DON FERNANDO, BRITO.

D. JUAN.

Por alcanzar este pan Que traerte, me han seguido Los moros, y me han herido Con los palos que me dan.

D. FERN.

Esa es la herencia de Adan.

D. JUAN.

Tómale.

D. FERN.

Amigo leal, Tarde llegas, que mi mal Es ya mortal.

D. JUAN.

Déme el cielo En tantas penas consuelo.

D. FERN.

Pero ¿qué mal no es mortal, Si mortal el hombre es, Y en este confuso abismo La enfermedad de sí mismo Le viene á matar despues? Hombre, mira que no estés Descuidado: la verdad Sigue, que hay eternidad; Y otra enfermedad no esperes Que te avise, pues tú eres Tu mayor enfermedad. Pisando la tierra dura De contínuo el hombre está, Y cada paso que da Es sobre su sepultura. Triste ley, sentencia dura Es saber que en cualquier caso Cada paso (¡gran fracaso!) Es para andar adelante, Y Dios no es á hacer bastante, Que no haya dado aquel paso. Amigos, á mi fin llego: Llevadme de aquí en los brazos.

D. JUAN.

Serán los últimos lazos De mi vida.

D. FERN.

Lo que os ruego, Noble Don Juan, es que luego Que espire me desnudeis. En la mazmorra hallaréis De mi religion el manto, Que le traje tiempo tanto; Con este me enterraréis Descubierto, si el Rey fiero Ablanda la saña dura, Dándome la sepultura; Y señaladla; que espero, Que aunque hoy cautivo muero, Rescatado he de gozar El sufragio del altar; Que pues yo os he dado á vos Tantas iglesias, mi Dios, Alguna me habeis de dar.

_(Llévanle en brazos.)_

* * * * *

_Playa distante de la ciudad de Fez.—Es de noche._

ESCENA IX.

DON ALFONSO, SOLDADOS _con arcabuces_.

D. ALF.

Dejad á la inconstante Playa azul esa máquina arrogante De naves, que causando al cielo asombros, El mar sustenta en sus nevados hombros: Y en estos horizontes Aborten gente los preñados montes Del mar, siendo con máquinas de fuego Cada bajel un edificio griego.

ESCENA X.

DON ENRIQUE.—DICHOS.

D. ENR.

Señor, tú no quisiste que saliera Nuestra gente de Fez en la ribera, Y este puesto escogiste Para desembarcar: infeliz fuiste, Porque por una parte Marchando viene el numeroso Marte, Cuyo ejército al viento desvanece, Y los collados de los montes crece. Tarudante conduce gente tanta, Llevando á su mujer, felice Infanta De Fez, hácia Marruecos... Mas respondan las lenguas de los ecos.

D. ALF.

Enrique, á eso he venido, A esperarle á este paso; que no ha sido Esta eleccion acaso; prevenida Estaba, y la razon está entendida: Si yo á desembarcar á Fez llegara, Esta gente y la suya en ella hallara; Y estando divididos, Hoy con ménos poder están vencidos; Y ántes que se prevengan, Toca al arma.

D. ENR.

Señor, advierte y mira Que es sin tiempo esta guerra.

D. ALF.

Ya mi ira Ningun consejo alcanza. No se dilate un punto esta venganza: Éntre en mi brazo fuerte Por África el azote de la muerte.

D. ENR.

Mira que ya la noche, Envuelta en sombras, el luciente coche Del sol esconde entre las sombras puras.

D. ALF.

Pelearemos á oscuras; Que á la fe que me anima, Ni el tiempo ni el poder la desanima. Fernando, si el martirio que padeces, Pues es suya la causa, á Dios le ofreces, Cierta está la victoria: Mio será el honor, suya la gloria.

D. ENR.

Tu orgullo altivo yerra.

ESCENA XI.

DON FERNANDO.—DICHOS.

D. FERN.

_(Dentro.)_ ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra! ¡guerra!

D. ALF.

¿Oyes confusas voces Romper los vientos tristes y veloces?

D. ENR.

Sí, y en ellos se oyeron Trompetas que á embestir señal hicieron.

D. ALF.

¡Pues á embestir, Enrique! que no hay duda Que el cielo ha de ayudarnos hoy.

_(Aparécese el Infante D. Fernando, con manto capitular, y una hacha encendida.)_

D. FERN.

Sí ayuda, Porque obligando al cielo, Que vió tu fe, tu religion, tu celo, Hoy tu causa defiende. Librarme á mí de esclavitud pretende, Porque, por raro ejemplo, Por tantos templos, Dios me ofrece un templo; Y con esta luciente Antorcha desasida del oriente, Tu ejército arrogante Alumbrando he de ir siempre delante, Para que hoy en trofeos Iguales, grande Alfonso, á tus deseos, Llegues á Fez, no á coronarte agora, Sino á librar mi ocaso en el aurora.

_(Vase.)_

D. ENR.

Dudando estoy, Alfonso, lo que veo.

D. ALF.

Yo no, todo lo creo; Y si es de Dios la gloria, No digas guerra ya, sino victoria. _(Vanse.)_

* * * * *

_Vista interior de los muros de Fez._

ESCENA XII.

EL REY Y CELIN; _y en lo alto estará_ DON JUAN _y_ UN CAUTIVO, _y un ataud en que parezca estar el Infante_.

D. JUAN.

Bárbaro, gózate aquí De que tirano quitaste La mejor vida.

REY.

¿Quién eres?

D. JUAN.

Un hombre, que aunque me maten, No he de dejar á Fernando, Y aunque de congoja rabie, He de ser perro leal Que en muerte he de acompañarle.

REY.

Cristianos, ese es padron Que á las futuras edades Informe de mi justicia; Que rigor no ha de llamarse Venganza de agravios hechos Contra personas reales. Venga Alfonso agora, venga Con arrogancia á sacarle De esclavitud; que aunque yo Perdí esperanzas tan grandes De que Ceuta fuese mia; Porque las pierda arrogante De su libertad, me huelgo De verle en estrecha cárcel. Aun muerto no ha de estar libre De mis rigores notables; Y así puesto á la vergüenza Quiero que esté á cuantos pase.

D. JUAN.

Presto verás tu castigo, Que por campañas y mares Ya descubro desde aquí Mis cristianos estandartes.

REY.

Subamos á la muralla A saber sus novedades.

D. JUAN.

Arrastrando las banderas Y destemplados los parches, Muertas las cuerdas y luces, Todas son tristes señales. _(Vanse.)_

* * * * *

_Vista exterior de los muros de Fez._

ESCENA XIII.

_Tocan cajas destempladas; sale_ DON FERNANDO _delante, con una hacha encendida, y detras_ DON ALFONSO, DON ENRIQUE _y_ SOLDADOS, _que traen presos á_ TARUDANTE, FÉNIX Y MULEY; _despues_ EL REY Y CELIN.

D. FERN.

En el horror de la noche, Por sendas que nadie sabe, Te guié: ya con el sol Pardas nubes se deshacen. Victorioso, gran Alfonso, A Fez conmigo llegaste: Este es el muro de Fez, Trata en él de mi rescate. _(Vase.)_

D. ALF.

¡Ah de los muros! Decid Al Rey que salga á escucharme.

_(Salen el Rey y Celin al muro.)_

REY.

¿Qué quieres, valiente jóven?

D. ALF.

Que me entregues al Infante, Al maestre Don Fernando, Y te daré por rescate A Tarudante y á Fénix, Que presos están delante. Escoge lo que quisieres: Morir Fénix, ó entregarle.

REY.

¿Qué he de hacer, Celin amigo, En confusiones tan grandes? Fernando es muerto, y mi hija Está en su poder. ¡Mudable Condicion de la fortuna, Que á tal estado me trae!

FÉNIX.

¿Qué es esto, señor? Pues viendo Mi persona en este trance, Mi vida en este peligro, Mi honor en este combate, ¡Dudas qué has de responder! ¿Un minuto, ni un instante De dilacion te permite El deseo de librarme? En tu mano está mi vida, ¿Y consientes (¡pena grave!) Que la mia (¡dolor fiero!) Injustas prisiones aten? De tu voz está pendiente Mi vida (¡rigor notable!), ¿Y permites que la mia Turbe la esfera del aire? A tus ojos ves mi pecho Rendido á un desnudo alfanje, ¿Y consientes que los mios Tiernas lágrimas derramen? Siendo Rey, has sido fiera; Siendo padre, fuiste áspid; Siendo juez, eres verdugo: Ni eres Rey, ni juez, ni padre.

REY.

Fénix, no es la dilacion De la respuesta negarte La vida, cuando los cielos Quieren que la mia acabe. Y puesto que ya es forzoso Que una ni otra se dilate, Sabe, Alfonso, que á la hora Que Fénix salió ayer tarde, Con el sol llegó al ocaso, Sepultándose en dos mares De la muerte, y de la espuma, Juntos el sol y el Infante. Esta caja humilde y breve Es de su cuerpo el engaste. Da la muerte á Fénix bella: Venga tu sangre en mi sangre.

FÉNIX.

¡Ay de mí! Ya mi esperanza De todo punto se acabe.

REY.

Ya no me queda remedio Para vivir un instante.

D. ENR.

¡Válgame el cielo! ¿qué escucho? ¡Qué tarde, cielos, qué tarde Le llegó la libertad!

D. ALF.

No digas tal; que si ántes Fernando en sombras nos dijo Que de esclavitud le saque, Por su cadáver lo dijo, Porque goce su cadáver Por muchos templos un templo, Y á él se ha de hacer el rescate.— Rey de Fez, porque no pienses Que muerto Fernando vale Ménos que aquesta hermosura; Por él, cuando muerto yace, Te la trueco. Envía, pues, La nieve por los cristales, El enero por los mayos, Las rosas por los diamantes, Y al fin, un muerto infelice Por una divina imágen.

REY.

¿Qué dices, invicto Alfonso?

D. ALF.

Que esos cautivos le bajen.

FÉNIX.

Precio soy de un hombre muerto; Cumplió el cielo su homenaje.

REY.

Por el muro descolgad El ataud, y entregadle; Que para hacer las entregas A sus piés voy á arrojarme.

_(Quítase del muro.—Bajan el ataud con cuerdas por el muro.)_

D. ALF.

En mis brazos os recibo, Divino Príncipe mártir.

D. ENR.

Yo, hermano, aquí te respeto.

ESCENA XIV.

EL REY, DON JUAN, CAUTIVOS.—DICHOS.

D. JUAN.

Dáme, invicto Alfonso, dáme La mano.

D. ALF.

Don Juan, amigo, ¡Buena cuenta del Infante Me habeis dado!

D. JUAN.

Hasta su muerte Le acompañé, hasta mirarle Libre, vivo y muerto estuve Con él: mirad dónde yace.

D. ALF.

Dadme, tio, vuestra mano; Que aunque necio é ignorante A sacaros del peligro Vine, gran señor, tan tarde, En la muerte, que es mayor, Se muestran las amistades. En un templo soberano Haré depósito grave De vuestro dichoso cuerpo.— A Fénix y á Tarudante _(Al Rey.)_ Te entrego, Rey, y te pido Que aquí con Muley la cases, Por la amistad que yo sé Que tuvo con el Infante. Ahora llegad, cautivos, Vuestro Infante ved, llevadle En hombros hasta la armada[10].

[10] La muerte de D. Fernando fué en el año 1443; el rescate de sus reliquias en 1472.

REY.

Todos es bien le acompañen.

D. ALF.

Al són de dulces trompetas Y templadas cajas marche El ejército con órden De entierro, para que acabe, Pidiendo perdon humilde Aquí de sus yerros grandes, El lusitano Fernando, _Príncipe en la fe constante_.

ÍNDICE.

Págs.

ESTUDIO CRÍTICO V

La vida es sueño 1

La devocion de la Cruz 117

El mágico prodigioso 211

El Príncipe constante 329