Part 8
Conseguido esto, reunió Melgarejo sus parciales, los disfrazó de moros, haciéndoles cubrir sus caballos con mantas blancas, y una noche que habían salido los defensores del castillo, se dirigió con los suyos hacia él. Los que estaban esperando á los moros, vieron acercarse esta hueste sin recelo, tomándola por la que aguardaban. Cuando la cristiana estuvo cerca, reconocieron su error, y quisieron levantar el puente; mas ya el esclavo de Melgarejo, montado en su ligera yegua, había saltado el foso y cortado las cuerdas; por lo que no pudieron alzarlo, y los jerezanos se hicieron dueños de la fortaleza.
Este fuerte castillo,--por el que ha pasado el tiempo destrozador sin dejar más huella que la que dejaría la pisada de un pájaro,--transpone á uno con tal fuerza de ilusión á lo pasado, que se extraña no ver tremolarse en sus torres el pendón de la media luna, y se echa de menos detrás de cada almena un blanco turbante....
Para ir á Arcos se deja á la izquierda el muerto castillo, en cuyo recinto se mueven, como en un esqueleto hormigas, los trabajadores, con los aperos de un pacífico cortijo. Tomando la vuelta de este primer escalón de la sierra, se atraviesan otros llanos, cubiertos, en cuanto alcanza la vista, de ricas mieses....
Al elevarse el terreno, se cubre de olivares, como si quisiera abrazar á la anciana y blanca Arcos, que conserva con orgullo su título de ciudad, sus caducos privilegios y sus rancios pergaminos....
Arcos se presenta y se retira alternativamente á los ojos del viajero, cansado de su ascensión...; hasta que, pasando entre dos altas peñas, se entra de repente en el pueblo, cuya situación sorprende y admira aún á los menos sensibles á las bellezas de la naturaleza y á los encantos de lo pintoresco.
* * * * *
(The scene is at Arcos [Andalusia] in the home of a humble workman.)
El tío Cohete era un pobre hombre, muy honrado, muy bueno y muy sencillo, que se hacía el gracioso, con el fin de sacar alguna limosna para las monjas, de que era demandante; remedaba á la perfección el canto de todos los pájaros, el ladrido del perro, el maullido del gato, y sobresalía en imitar el silbido y chasquido del cohete, lo que le había valido el sobrenombre por el que era conocido. Sabía además una porción de versecillos, romances y acertijos....
Habiendo sido instado el tío Cohete á que dijese algunas de sus gracias, éste empezó por recitar los mandamientos del pobre y del rico.... Y dijo así:
--Los mandamientos del rico de hoy día son cinco, á saber:
El primero, Tener mucho dinero. El segundo, Hacer burla de todo el mundo. El tercero, Comer buena vaca y buen carnero. El cuarto, Comer carne en Viernes Santo. El quinto, Beber vino blanco y vino tinto.
Estos mandamientos se encierran en dos: Todo para mí, y nada para vos.
Los mandamientos del pobre, son:
El primero, No tener nunca dinero. El segundo, De él hace burla todo el mundo. El tercero, No comer ni vaca ni carnero. El cuarto, Ayunar, mas que no sea Viernes Santo. El quinto, No probar ni el blanco ni el tinto....
--Diga V. un acertijo, tío Cohete.
El buen hombre, de quien la naturaleza y su género de vida habían hecho la personificación de la obediencia voluntaria y bondadosa, dijo:
Cincuenta damas, Cinco galanes; Ellos piden pan, Y ellas piden ave.
--El rosario; ése ya lo sabía yo, dijo un muchacho:--Otro:
Las tocas de doña Leonor, Á los montes cubren, y á los ríos no.
--Nos damos por vencidos, tío Cohete.
--Es la nieve, caballeros.
En este momento dió la Oración; todos se pusieron en pie, y quitaron los sombreros.
El tío Bartolo rezó la Oración, y después un Padre nuestro.
(From _Lucas García_.)
III
(The scene is in the home of a poor peasant, at Valdeflores, a small village in the mountains of southern Spain.)
La casa era, como el corto número de las que componían la aldea, construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. El interior lo formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el testero había un hogar para fuego de leña, que servía de cocina, de estrado y de comedor. Á ambos lados del fogón había unas divisiones hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la parte opuesta había pesebres para las bestias, saltaderos para las gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre.
* * * * *
La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el calor del sol de abril, y la reciente comida que les había distribuido su buena ama, se entregaban al dulce _far niente_, habiendo hecho con sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban. Las que tenían pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con ojo vigilante--como prudente,--y con erguida cabeza, como guapo. El perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en tiempo de paz: la gata se había colocado sobre la camisa que estaba haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y su traje limpio con la conocida pulcritud de su casta.... Hasta las golondrinas,--arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y felices, acudían allí en gran número,--callaban su pico, por traerle ocupado con la mezcla. Así era que sólo se oía el ruido que producía la olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al tomar su pienso en el pesebre; cuando se alzó suave y clara la voz de Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la nana, que muchas personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas.
Á los niños que duermen Dios los bendice; ¡Y á las madres que velan Dios las asiste!
En los brazos te tengo, Y considero, ¡Qué será de ti, hijo, Si yo me muero!
Á la puerta del cielo Venden zapatos, Para los angelitos Que están descalzos.
Á la ro, ro, le cantaba La Virgen á sus Amores, --¡Dulce hijo de mi vida! Perdona á los pecadores.
(From _Más Honor que Honores_.)
LA AJORCA DE ORO
I
Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada á la que soñamos en los ángeles, y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio á algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
Él la amaba: la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios....
Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo.
Él, supersticioso, supersticioso y valiente....
Ella se llamaba María Antúnez.
Él Pedro Alfonso de Orellana.
Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vió nacer....
II
Él la encontró un día llorando y le preguntó:--¿Por qué lloras?
Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió á llorar.
Pedro entonces, acercándose á María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó á decirle:--¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol transponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.
María exclamó:--No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes; pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme.... Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó á inclinar la frente, y él á reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo á su amante con voz sorda y entrecortada.
--Tú lo quieres, es una locura que te hará reir; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.
Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como una ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el _Salve, Regina_.
Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imagen, digo mal, en la imagen no; se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención. No te rías... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné á rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa....
Salí del templo, vine á casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás? aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo, era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí.--¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya.--¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? pues no es tuya, no lo será nunca, nunca.... Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante á un clavo ardiente, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reir mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:
--¿Qué Virgen tiene esa presea?
--La del Sagrario, murmuró María.
--¡La del Sagrario! repitió el joven con acento de terror: ¡la del Sagrario de la catedral!...
Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.
--¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? prosiguió con acento enérgico y apasionado; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona, ó el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida ó la condenación. Pero á la Virgen del Sagrario, á nuestra Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!
--¡Nunca! murmuró María con voz casi imperceptible; ¡nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.
III
¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la obscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado á porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra....
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á nuestros ojos á cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.
Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro, y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.
La fiesta religiosa había traído á ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin á poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse.
Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó ¿quién sabe? acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe, pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora á sus espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llegó á la verja, y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario á cuya sombra descansan todos por una eternidad.
--¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y obscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.
--¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la obscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreir tranquila, bondadosa, y serena en medio de tanto horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara un instante, concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.
Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á una fortuna.
Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural, sólo restaba huir, huir con ella: pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.
Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. Á sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces, inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre obscureció sus pupilas, arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:
--¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.
POESÍAS
LOS DOS CONEJOS
Por entre unas matas, Seguido de perros, (No diré corría) Volaba un conejo.
De su madriguera Salió un compañero, Y le dijo:--¡Tente! Amigo, ¿qué es esto?
--¿Qué ha de ser? responde; Sin aliento llego... Dos pícaros galgos Me vienen siguiendo.
--Sí, replica el otro, Por allí los veo, Pero no son galgos. --Pues, ¿qué son?--Podencos.
--¿Qué? ¿Podencos dices? --Sí, como mi abuelo. --Galgos y muy galgos; Bien vistos los tengo.
--Son podencos: vaya, Que no entiendes de eso. --Son galgos, te digo. --Digo que podencos.
En esta disputa, Llegando los perros, Pillan descuidados Á mis dos conejos.
Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.
EL PATO Y LA SERPIENTE
Á Orillas de un estanque Diciendo estaba un Pato: ¿Á qué animal dió el cielo Los dones que me ha dado? Soy de agua, tierra y aire: Cuando de andar me canso, Si se me antoja, vuelo, Si se me antoja, nado. Una Serpiente astuta, Que le estaba escuchando, Le llamó con un silbo, Y le dijo: Seó guapo, No hay que echar tantas plantas; Pues ni anda como el Gamo, Ni vuela como el Sacre, Ni nada como el Barbo. Y así tenga sabido Que lo importante y raro No es entender de todo, Sino ser diestro en algo.
EL JABALÍ Y LA ZORRA
Sus horribles colmillos aguzaba Un Jabalí en el tronco de una encina, La Zorra, que vecina Del animal cerdoso se miraba, Le dice: «Extraño el verte, Siendo tú en paz, señor de la bellota, Cuando ningún contrario te alborota, Que tus armas afiles de esa suerte.» La fiera respondió: «Tenga entendido Que en la paz se prepara el buen guerrero, Así como en la calma el marinero, _Y que vale por dos el prevenido_.»
Á TODO HAY QUIEN GANE
Juan, que es pescador de caña, Se pasa el día pescando, Y Pedro lo está mirando Con una sonrisa extraña.
Pasan dos horas ó tres, En las que Juan nada pesca, Y con sorna picaresca Le dice Pedro después:
--Tu ocupación singular Mucho te ha de divertir; Pero ¿me quieres decir Qué hay más tonto que pescar?
Y al oir aquella fresca, Volviéndose Juan de pronto, Le contestó:--¿Qué hay más tonto? ¡Estar mirando al que pesca!
EL PERAL
Á un Peral una piedra Tiró un muchacho, Y una pera exquisita Soltóle el árbol. Las almas nobles, Por el mal que les hacen, Vuelven favores.
EL GLOBITO AZUL
I
Miraba un niño asombrado, Con expresión cariñosa, Un globo de azul pintado, Por un hilo sujetado Á su mano cuidadosa.
El globo, con lento vuelo, En el aire se mecía, Y el hermoso pequeñuelo, Con infantil alegría, Por verlo miraba al cielo.
Á pesar de su viveza Y su alegre desaliño, Cierto sello de tristeza Marchitaba la pureza De la sonrisa del niño.
¡Ay! que cuando preguntaba Por su madre, con amor, --«¡Está en el cielo!» escuchaba, Y en el cielo la buscaba Con inocente candor.
II
Miraba el globo tranquilo El niño, con dulce arrobo, Cuando, rompiéndose el hilo, Remontóse al cielo el globo, Cual si en él buscara asilo.
No produjo al tierno infante Pena, llanto ni agonía Ver que el globo se perdía; Antes bien, en su semblante Se retrató la alegría.
Y se dijo por consuelo Siguiendo su raudo vuelo: --¡Oh! qué de prisa que va! ¡Mejor! ¡Cuando llegue al cielo, Mi madre lo cogerá!
FUSILES Y MUÑECAS
Juan y Margot, dos ángeles hermanos, Que embellecen mi hogar con sus cariños, Se entretienen con juegos tan humanos Que parecen personas desde niños.
Mientras Juan, de tres años, es soldado Y monta en una caña endeble y hueca, Besa Margot con labios de granado Los labios de cartón de su muñeca.
Lucen los dos sus inocentes galas, Y alegres sueñan en tan dulces lazos: Él, que cruza sereno entre las balas; Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.
Puesto al hombro el fusil de hoja de lata El kepis de papel sobre la frente, Alienta al niño en su inocencia grata El orgullo viril de ser valiente.
Quizá, piensa, en sus juegos infantiles, Que en este mundo que su afán recrea, Son como el suyo todos los fusiles Con que la torpe humanidad pelea.
Que pesan poco, que sin odios lucen, Que es igual el más débil al más fuerte, Y que, si se disparan, no producen Humo, fragor, consternación y muerte.
¡Oh misteriosa condición humana! Siempre lo opuesto buscas en la tierra: Ya delira Margot por ser anciana, Y Juan que vive en paz ama la guerra.
Mirándolos jugar, me aflijo y callo; ¡Cuál será sobre el mundo su fortuna? Sueña el niño con armas y caballo, La niña con velar junto á la cuna.
El uno corre de entusiasmo ciego, La niña arrulla á su muñeca inerme, Y mientras grita el uno: Fuego, Fuego, La otra murmura triste: Duerme, Duerme.
Á mi lado ante juegos tan extraños Concha, la primogénita, me mira: ¡Es toda una persona de seis años Que charla, que comenta y que suspira!
¿Por qué inclina su lánguida cabeza Mientras deshoja inquieta algunas flores? ¿Será la que ha heredado mi tristeza? ¿Será la que comprende mis dolores?
Cuando me rindo del dolor al peso, Cuando la negra duda me avasalla, Se me cuelga del cuello, me da un beso, Se le saltan las lágrimas, y calla.