Spanish Tales for Beginners

Part 7

Chapter 74,108 wordsPublic domain

Y bostezando y abriendo un palmo de boca, tornó á quedarse aletargado, sin duda de puro aburrido y hambriento. Cuando volvió en su acuerdo, era efectivamente de noche. Llamó por tercera vez, y por tercera vez acudió el criado. Pero en esta ocasión venía de muy mala cara, como hombre á quien incomodan y molestan más de lo regular. Soltó la palmatoria, y dijo:

--Está visto que no he de dormir esta noche. Si su merced estuviera enfermo, yo le velaría tres semanas sin desnudarme ni descansar; pero estando bueno y sano, la verdad, no me parece justo que su merced se divierta en llamarme á cada instante.

--¡Á cada instante! ¡Que yo me divierto! ¡Canario!... Mira, tráeme el reloj que está sobre la cómoda.

El mozo tomó el reloj, y se quedó mirándolo muy atento. Luego se lo acercó á una y otra oreja, lo puso donde estaba, y dijo:

--Se ha parado.

--Lo creo de veras, lo creo, porque no tiene cuerda para un trimestre; aunque imagino que la última vez se me olvidó arreglarlo. Pero, hombre, ¿es posible que no haya amanecido todavía? Dos veces he querido abrir la ventana, y no pude lograrlo: no entiendo ese endemoniado pestillo. Abre tú, y veremos lo que haya.

--¿Qué ha de haber, señor? La luna y las estrellas.

Y fué derecho á la ventana, y abrió de par en par las puertas de madera. Arrojóse de la cama el señor Frutos, y pegó la nariz contra los cristales. Era de noche. No convencido todavía del testimonio de sus ojos, abrió también las puertas vidrieras. Un olor á tierra mojada entró en la habitación, y el tenue rumor de una ligera lluvia sobre los árboles y plantas. En cuanto á la luna y las estrellas, no se veían por ninguna parte. Mi pobre señor Frutos se quedó atónito y consternado.

--¡Pues, vive Dios, que es de noche y está lloviendo! ¡Vive Dios, que si esto sigue, me voy á morir de viejo antes de que amanezca! ¿Se apagó el sol?... Sí, tengo hambre. Parece que traigo cuatro ó seis leones metidos en el estómago. Mira, mientras me visto, porque ya aborrezco la cama, cierra esos vidrios, los vidrios nada más, no las maderas, y tráeme varias libras de jamón y una espuerta de pan, y....

--Señor, eso no puede ser: la gente de la casa está recogida y cerrada la despensa; pero en el armario del comedor suele quedar puesta la llave, y allí hay buen vino de Jerez y bizcochos, ó tortas. Si su merced quiere...

--¿Pues no he de querer, hijo mío? ¡Bizcochos! ¡Aunque fueran peñascos! Pero anda, y no tardes: mira que si te entretienes, puedes encontrarme ya difunto, y mi muerte cargará sobre tu conciencia. Anda, hombre, anda.

Salió el criado, y á poco volvió con un gran plato de bizcochos, una botella de vino generoso y añejo, y una copa. Lo puso todo sobre una mesa que arrimó á la ventana; y aún no lo había soltado, cuando ya el señor Frutos estaba esgrimiendo las mandíbulas.

--Puedes retirarte, hombre, y muchas gracias. No te volveré á llamar. Aquí mismo aguardaré el amanecer, suponiendo que alguna vez amanezca. ¡Lástima que no tenga á mano un almacén de comestibles y una bodega para esperar el día comiendo y bebiendo, aunque reventase! ¡Canario, y parece que ahora llueve con más fuerza!

Disimulando la risa, se retiró el criado á referir el diálogo al señor de Lopera. Veinte y cuatro horas habían pasado desde que se acostó el huésped lugareño, tan impaciente ahora por contemplar la luz del día.

Mientras llegaba, había apurado los bizcochos y el vino, y también la paciencia, si es que conservaba alguna. La vela que le alumbraba iba asimismo casi gastada: sólo quedaba un cabillo como de dos ó tres dedos. Entretanto llovía y llovía sin cesar; no con furia, pero sí con igualdad y persistencia, de lo que resultaba aún más monótono el rumor de las aguas. Y cuando ya la vela estaba próxima á consumirse del todo, oyó mi héroe á lo lejos el son de una guitarra, y luego el rasguear de otras tres ó cuatro que venían haciéndole consonancia y coro; y después, y ya más cerca, los tañedores se pararon, y una voz varonil entonó la copla siguiente:

Es tu ventana, morena, ¡Ay! Es tu ventana, morena, Un confesonario fino, ¡Ay! Un confesonario fino, Con gloria y sin penitencia.

--¡Tienen gracia estos cordobeses! murmuró entre dientes el señor Frutos. ¡No está mal puesto eso de confesonario! Pues si todos los confesonarios fueran por el mismo estilo, acudirían más penitentes que piedras hay en la calle....

En esto volvió á sonar la guitarra, y la misma voz de antes cantó en tono melancólico y quejumbroso:

¡Ay! tu ventana es la gloria; Pero la noche se pasa, Se pasa como una sombra.

--Así te pasaran con una lanza moruna de parte á parte, ladrón, embustero. ¡Pues no se atreve á decir que las noches aquí se pasan como sombras! No te parecerían tan cortas si te estuvieran dando palos. ¡Cortas las noches! Ya... ya... y se me figura que me voy á morir de viejo antes de que amanezca. ¡Bergante!...

Autores hay que sospechan que el tal músico guitarrista fuera el mismo criado, cómplice de la burla jugada al lugareño; mas sea como fuese, todo ruido cesó, y volvió á gozar el señor Frutos de tan grande soledad y silencio, cual si habitara el fondo de un sepulcro. Mucho le molestaba el hambre, pero más todavía la soledad y el aislamiento....

Como todo en el mundo tiene su acabamiento, túvolo también la ansiedad del señor Frutos, quien con los ojos clavados en el cielo cual un astrónomo, aguardaba la aurora con inquietud y ansia.... Primero sintió ese frío y singular estremecimiento, precursor de la aurora; después advirtió cierto fulgor blanquecino, cada instante más luminoso; levantó su canto el gallo, trompeta de la mañana, y al cabo, serena y hermosa, llena de armonías y resplandores, brilló con toda limpidez una magnífica alborada. ¡Cuán bella le pareció al señor Frutos! Una madre, tras prolongada ausencia, no ve con tanto gusto á su propio hijo....

Acabóse de vestir en un verbo, y salió como disparado, llamando á las puertas de todas las habitaciones, y exclamando á voces con inmenso júbilo:

--¡Ya amaneció, señores; ya va á salir el sol! Y pim, pam, pum, aldabonazos y puñetazos en las puertas.

Semejante algazara, con tan desaforadas voces y golpazos, puso en conmoción á todas las gentes de la casa. Algunos sospecharon si el señor Frutos se habría vuelto loco, y en su interior se arrepentían de haber contribuido á la broma. El primero que se presentó fué el señor de Lopera con un pañuelo de seda liado al cráneo y un semblante soñoliento y disgustado, como de quien ve interrumpido por un alboroto su mejor sueño, el de la mañanita. Venía en camisa y chanclas, y dijo á su alborozado y turbulento huésped:

--¿Qué es eso? ¿Qué jaleo es éste, hombre? ¿Por qué arma usted semejante baraúnda?

--¿Qué ha de ser, amigo mío? Que amaneció, que va á salir el sol, que ya está saliendo, y por fin se acabó la noche.

--¿Y para eso tanto ruido? ¡Pues vaya una novedad! Todas las noches se acaban; todos los días sale el sol, si no está nublado, y luego viene otra vez la noche con su luna y sus estrellas.

--¡Que viene otra vez la noche! exclamó con terror el señor Frutos. ¡La noche, que se parece á una eternidad! Bueno, vendrá si quiere venir; pero lo que es al hijo de mi padre, no le pilla la segunda. En almorzando voy á la posada, monto en el mulo, y me encajo en mi pueblo. Renuncio á ver todas las grandezas de Córdoba. Quiere decir que llegué en martes, y me voy en miércoles.

--Dispense usted que le enmiende la plana, amigo Frutos. En primer lugar, no tiene que ir á posada ninguna; pues he mandado traer su mulo, y está aquí en mi cuadra.... En segundo lugar, no es hoy miércoles, sino jueves; á no ser que el almanaque de su pueblo sea distinto del que usamos en Córdoba. Y en tercer lugar, debo decirle que yo le hospedo en mi casa con mucho gusto, que soy su amigo, y en ocho ó quince días tendré el gusto de acompañarle á todas partes, y de...

--¡Ocho ó quince días, es decir, ocho ó quince noches como la que he pasado! ¡Jesús! Ni aunque me diese usted todos los tesoros y alhajas de ese Queso, ó Tieso, ó Creso, que dicen que era tan rico. Asegura usted que es hoy jueves, y no miércoles. Bien podría ser sábado y hasta domingo, ó cualquier día de la semana, ó fuera de la semana. He perdido la cuenta del tiempo, y no quiero meterme en porfías. Lo principal es que me muero de hambre: sí, señor, de hambre: en esto no tengo duda. Mande usted que me preparen una buena cazuela de sopas de ajo con un puñado de huevos, para hacer boca, y luego cualquiera cosilla, con tal de que sea mucho y substancioso, y media hogaza de pan ó una, y varios postres, y su correspondiente vino, y...

--Basta, basta, amigo Frutos: tendrá usted aunque sea una vaca rellena. ¡Bonito soy yo para que nadie pase hambre en mi casa! Aguárdeme en el comedor, que voy á encargarlo todo.

Y desapareció. Á poco rato se complacía el señor de Lopera en ver devorar á su amigo y huésped. Tajadas de á media libra y enormes tacos de pan bajaban por su gaznate como cartas por el buzón del correo. Aquella hambre canina parecía insaciable. Á proporción eran los tragos con que inundaba su anchuroso estómago. En las dos noches y un día de obscuridad y encierro había creído desmayarse; pero ahora se desquitaba, y se desquitaba con usura.

Levantados, por fin, los manteles, empeñábase el señor de Lopera en retener á su huésped y amigo, ponderándole y ensalzando hasta el séptimo cielo la grandeza, hermosura y excelencias de la ciudad de los califas; pero toda su elocuencia fueron sermones en desierto y escribir sobre la arena: el señor Frutos permaneció firme en su propósito; y aún no eran las nueve de la mañana, cuando, caballero en su mulo, le aguijaba sin cesar para verse cuanto antes en su pueblo.

Antiquísima es en Andalucía la costumbre de saludarse los caminantes, aún cuando no se conozcan ni jamás se hayan visto. El señor Frutos encontró muchos que por la misma carretera se dirigían á la capital; pero absorbido en sus pensamientos, no solía responder acorde á tales salutaciones.

--¡Buen viaje! decía el encontradizo.

Y contestaba el señor Frutos:

--¡Qué noches tan largas!

Á pesar de todo, nuevo Ulises peregrino, llegó á su casa y patrios lares, donde halló á sus numerosos parientes y amigos con la más cabal salud. Y aquí termina el relato. Pero debo añadir que de su breve expedición le quedó para toda su vida una costumbre. Cuando quería ponderar una gran distancia, lo pesado de una faena, la disparatada estatura de alguno, decía con énfasis:

--¡Es más largo que las noches de Córdoba! Como quien dice: «No cabe más; apaga y vámonos.»

CUADROS DE COSTUMBRES

(FRAGMENTOS)

I

Todo el que ha surcado el Guadalquivir, ha parado su atención en los pueblecitos, que como vanguardia de la noble ciudad de Sevilla, se le presentan, si baja, á la derecha, si sube, á la izquierda del río.

La Puebla, que es el primero que encuentra el que sube de los puertos, es grande, compacto, desprovisto de arbolado, y parece ocuparse más de la extensa campiña que domina, que no del río y del movimiento de sus barcos. Es labrador, calza polainas, y no se quita su sombrero calañés ni á los Grandes, ni á los Príncipes, ni aún á los Reyes, que en los vapores suelen pasar por delante de él, echándole el lente.

La segunda población, que es Coria, más presumida que su vecina, guarnece sus faldas con huertas, y es muy amiga del Bétis.... Coria es alegre y amiga de toros.

Gelves, que es el tercero de estos pueblecitos, se retira modestamente del surcado río, y se escalona sin pretensiones, pero con gracia, en la ladera de un monte, en cuya altura están unidos y formando un mismo edificio la iglesia y el palacio de los Condes de Gelves, propiedad de la casa de Alba. Sólo los niños al construir sus Nacimientos, pueden colocar las casas y las chozas tan sin simetría y tan pintorescamente como se ven en aquel pueblecito, el más lindo de los cuatro.

El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia de que goza, á su buen caserío y á la cercanía de la ciudad señora; pues, en punto á vistas, aguas y posición, le aventaja el modesto y campestre Gelves. Entre este pueblo y el río se extiende una verde pradera, que pertenece al común. Entre la pradera y el terraplén formado ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con más árboles que hortaliza: el pueblo se encarama como puede, á ambos lados de estas huertas, sobre todo al izquierdo.... Parte la pradera que besa el río, una vereda, por la que se comunican la Puebla y Coria con la capital....

Cuando empieza este sencillo relato, era la hora apacible en que ya no deslumbra la luz, y nada oculta ni entristece todavía la obscuridad. El sol había descendido por detrás del monte, y se había ocultado entre los olivos.... El río exhalaba su húmeda frescura, que como un bálsamo, aspiraban los pechos; introducía sus olitas mansas entre los mimbrales, las ramas de los sauces y sobre la tierra, como uñas con las que quisiera asirse á las orillas, á fin de estancarse en aquellos amenos parajes, y de no ir á perderse en la amarga inmensidad del mar. Hacíale resplandecer, reflejándose en él, la luna, que poco á poco iba saliendo del anonadamiento en que la sume el sol; y un barco con sus blancas velas se deslizaba silencioso sobre su tersa superficie, de tal suerte que hubiese podido tomarse por una fantasma, si de su centro no hubiese salido una clara y alegre voz trayendo con una sonrisa la imaginación á la realidad. Esta voz cantaba:

Toma, niña, esta tumbaga, Que te la da un marinero. ¡Ojalá que se te vuelva Una lanchita con remos!

El trabajador volvía alegre á su hogar y á su descanso: oíase de lejos el ladrido del perro de campo.... Todos los seres tímidos se iban animando; las estrellas se acercaban como de puntillas, é iban ocupando sus altos puestos: miles de insectos, viéndose libres de las miradas de los enemigos que los acosan de día, se decían como chiquillos traviesos: _¡ahora es la nuestra!_... El ruiseñor lanzaba entre la enramada algunas notas sueltas, á fin de ensayar su melodiosa garganta para los divinos nocturnos con que obsequia al mes de las flores; el azahar exhalaba de su pequeño y puro cáliz su deleitable fragancia, la que unida al canto del ruiseñor, á la dulzura de la atmósfera, y á la delicada luz de la luna, hacían de aquella sencilla y rústica naturaleza el Edén más poético; y sobre todo este concierto terrestre, la alta torre de la iglesia esparcía dulce y solemnemente las campanadas de la Oración, y el campesino que conserva su fe pura como la atmósfera que respira, descubríase la cabeza y rezaba.

* * * * *

Desde el terraplén que está ante el palacio [de Gelves], desciende bruscamente el terreno algunas varas. En el fondo de este escalón estaba labrada la casa de Simón Verde. Aunque decente y aseada, era pequeña y no tenía patio; mas como el patio es una casi necesidad para los andaluces, servía de tal un espacio empedrado que ante la casa habían allanado. Sosteníalo al frente y de ambos lados, por hacerlo necesario el declive del terreno, un pretil de piedras y cal, del cual partían unos postes que mantenían un gran emparrado, soberbia gala de pobres moradas, magnífico techado de frescas y movibles tejas, tan bien sujetas, que no las arranca de su puesto sino la violencia ó la muerte: techo paterno del pobre, que se renueva cada primavera de por sí; cuya misión es suavizar la luz sin ahuyentarla, quitar á los rayos del sol su ardor sin que pierdan su alegría, refrescar el ambiente con miles de abanicos, avisar á voces la caída de un chaparrón, y detener sus aguas, mientras la familia recoge los enseres de su labor y busca abrigo;... ya en el otoño, como regalo de despedida, inclina hacia los niños, que le alegraron con sus cantos y juegos todo el verano, enormes racimos de su hermosa fruta; y después, dando sus hojas ya inútiles al viento, se encoge y se duerme como una marmota....

Del lado de afuera del pretil había una gran cantidad de flores, que se inclinaban hacia adentro del gran salón de verdura, como para buscar la sombra, ó para lucir sus galas. También aparecían en él las gallinas con sus echaduras, haciendo regodeos, y muy anchas y afanosas con su dignidad de madre, repitiendo su uniforme clu, clu, que quiere decir _¡cuidado, cuidado!_ rodeadas de sus polluelos que respondían en su voz de tiple, pí, pí, que quiere decir _¡pan, pan!_...

Se veían una porción de niñas reunidas bajo el emparrado de la casa de Simón. Todas ellas hablaban; todas las flores que las rodeaban, florecían; y todos los pájaros domiciliados en aquellas enramadas, cantaban á la par. Como las flores formaban casi círculo, y las niñas se agrupaban en medio, podía compararse la vista que ofrecían, á aquellos cuadros flamencos y estampas francesas, en que pintan un grupo de genios ó de niños en una guirnalda de flores. Á la puerta de la casa estaba sentada una anciana, de aire dulce y grave, aseadamente vestida. Esta anciana en medio de tantas niñas, pájaros y flores, y separada de ellos por tan larga serie de años, les estaba, no obstante, íntimamente unida, por el cariño, en ella, por la gratitud, en ellos. Era la Abuela de las niñas, la Madre de las flores que había plantado, y la Providencia de los pájaros, á los que daba de comer. Conservaba esta anciana sus facultades en toda su lozanía; pero no así los sentidos corporales: oía poco, y veía menos. Por lo cual, cuando aplicaba la vista hacia el centro del emparrado, confundía las niñas con las flores, y cuando aplicaba el oído, no distinguía entre sí el alegre gorjeo de los pájaros y la infantil algarabía de sus nietos.

--Ya está la cigüeña machacando el gazpacho, dijo una de las niñas más chicas.

--Sí, respondió otra de la misma categoría--que debía á su respetable gordura el sobrenombre de _albóndiga_,--ya vino de la tierra de los moros la zancona.

--¡Pobres ranas! dijo suspirando la primera, anoche cantaban tanto y le decía la rana al rano: Ranoque, ¿ha venido Picuaque?--Ranoque respondía: No ha venido Picuaque.--Pues si no ha venido, decía la rana, cantemos el reniquicuaque.

--¡Cantemos el reniquicuaque! cantaron todas á gritos.

--Chiquillas, que me atolondráis, dijo la Abuela. Águeda, hija, tú que eres la mayorcita, ve que se diviertan Uds. con más asiento. Jugad á algún juego, ó decid acertijos, ó contad cuentos....

Águeda, que era dócil, hizo callar y sentarse al ejército que estaba bajo su disciplina....

--Mariquilla albóndiga, dí tú un acertijo. Mis narices pongo á que no sabes ninguno, dijo Águeda.

La Albóndiga se irguió indignada, y respondió:

--¿Que no sé un acertijo? ¡Vaya! ¡y más de tres, y más de mil! Y si no, ahora lo verás:

Cuando baja, ríe; cuando sube, llora; Á que no me lo aciertas en una hora.

--El carrillo:--¿á que no lo sabes tú?

--¿Y tú sabes lo que es? repuso Águeda.

Una vieja jorobada, Con un hijo enredador, Unas hijas muy hermosas, Y un nieto predicador.

--¡Es, es... la tía Pilonga!

--¡Qué desatino! ¿tiene la tía Pilonga hijas muy hermosas?

--Pues yo no conozco más vieja jorobada; se acabó.

--¡Es la parra, mujer, la parra!... que tiene sarmientos, uvas, y un nieto que se sube á la cabeza, que es el vino: ¿lo sabes ahora?

--Lo sé y no lo sé, contestó la albondiguilla, que en seguida exclamó: ¡Ay! ¡oye el cucú! está en la huerta.

--Di los cucús, observó otra de las niñas; ¿no ves que son dos voces? el hijo que dice cu, y el padre que le responde sobre la marcha, cu.

--El cucú es el más descastado de todos los pájaros,--dijo la Abuela, que se impuso en la conversación, gracias al agudo timbre de las voces de las niñas.--Va el pícaro al nido de otro pájaro, se come sus huevecitos y en su lugar pone los suyos. Después que la pobre madre saca los huevos, abren los polluelos su gran pico, pues son muy comilones, y la pobre pajarita, que cree que son sus hijos, se mata para poder criar los voraces cuneros.

--Dice Padre, añadió Águeda, que otro pájaro hay muy pícaro y de mucho sentido, que es el alcaraván. Las zorras le persiguen mucho para comérselo, porque les gusta más que un confite. Un día le dijo el alcaraván á la zorra que su carne no tenía todo su sabor, si antes de comerla no se decía: _alcaraván comí_. Así lo hizo la zorra cuando poco después lo cogió. El alcaraván aprovechó la ocasión de que abriese la boca la zorra para decir _alcaraván comí_, y se voló diciendo: ¡á otro; que no á mí!

--Mira,--dijo una de las oyentes al ver posada sobre una rosa una palomita blanca y oir revolotear un moscón;--cata aquí una palomita blanca que lleva los recados á María; y un moscón, que es el que se los lleva al diablo.

Corrieron siguiendo la dirección del vuelo del moscón diciendo á la par:

--Moscón, dile al diablo que se vaya, con los moros de Berbería, y que no aporte por acá.

--Moscón, dile al diablo que sepa para su gobierno que está en la iglesia San Miguel, que es quien con él se las sabe barajar.

--Moscón, dijo á su vez Mariquilla albóndiga, díle al diablo que mi _mae_ Ana me ha puesto una cruz de retama macho al cuello para librarme de él y de la erisipela.

--Y á la palomita blanca, ¿qué recado le das para María, Mariquilla? preguntó Águeda.

Mariquilla se acercó andando de puntillas, y hablando muy quedo para no ahuyentarla, dijo:

--Palomita; que le des muchas memorias á María.

--¡Qué tontuna! eso no.

--¿Pues qué?

--Se dice: palomita, dile á la Señora de nuestra parte, como en las letanías se le dice: _ora por obis!_

Y como si la mariposa hubiese atendido al encargo y á esa súplica, y á aquella fe tan pura y sencilla, elevóse al impulso de sus blancas alas, y se perdió en el éter como un suave perfume, ó como un dulce sonido.

Las niñas, que eran pobres, comieron todas allá, y á la caída de la tarde dijo la mayor:

--Ea, ya el sol se va.

--Y yo también me voy, que ya vendrá _Pae_, dijo la Albóndiga.

--Y yo, añadió la tercera.

--¡Y yo... y yo! con Dios, _mae_ Ana, repitieron todas.

Y el alegre coro se fué cantando, al observar la luna que parecía mirarlas:

Luna lunera, Cascabelera, Mete la mano En la faltriquera; Saca un ochavo Para pajuela.

Una de las muchas luces del siglo,--¡los fósforos!--ha quitado su oportunidad y sentido á esta infantil plegaria á la luna.... ¡Pueda perdonárselo la luna! Nosotros no nos sentimos con fuerza y valor para ello.

(From _Simón Verde_.)

II

Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente,... se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después de arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pie de la primera elevación de terreno....

Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no ha llegado á destruir el tiempo....

Flanquean los ángulos del castillo cuatro torres cuadradas, las cuales así como las murallas de todo el recinto, están coronadas de bien formadas almenas, que se alínean uniformes, firmes y sin mella, como los dientes de una hermosa boca.

Este castillo fué denominado de Melgarejo, por haber sido conquistado por un caballero jerezano de este nombre....

Ocupaban este castillo, por los años de mil trescientos y tantos, ciento y cincuenta moros con sus familias. Vestían de blanco, al uso de su nación, y montaban caballos tordos.

Encerrados como se hallaban, procurábanse el sustento, haciendo de noche correrías, y trayéndose todo el botín que podían recoger.

Melgarejo se propuso conquistar el fuerte castillo, que rodeaba un ancho foso....

Prometió el caballero cristiano la libertad á un esclavo que tenía, si se consagraba á secundarlo en la empresa que meditaba. Convenidos amo y criado, encargó el primero al segundo, muy buen ginete, que enseñase á saltar fosos á una yegua, singularmente ligera, que poseía, ensanchando el foso gradualmente, hasta que llegase á tener la anchura del que cercaba al castillo sarraceno.