Spanish Tales for Beginners

Part 6

Chapter 64,153 wordsPublic domain

--Hace once años, cuando sólo tenía yo veinte, y había acabado la carrera de abogado en Madrid, mi padre me envió una temporada á este pueblo para que hiciese una visita á su única hermana, que es esa señora á quien acabas de ver. Era yo huérfano de madre, me había educado sin sus consejos, lejos también de mi padre, al que retenían fuera de su casa constantes ocupaciones; así es que puedo asegurar que desconocía casi totalmente lo que eran los goces de familia. Aunque heredero de una mediana fortuna, no debía entrar en posesión de ella hasta mi mayor edad; tenía muchos compañeros de estudios, pero ningún amigo; por lo tanto, excusado es decir que, hallándome casi solo en el mundo, me apresuré á aceptar con júbilo lo que mi padre me proponía, poniéndome en camino para este pueblo con el alma inundada de dulces emociones. ¿Correspondió esto á lo que yo esperaba? Seguramente no. Mi tía, á la que no veía desde niño, me fué al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, á pesar de sus jardines y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque todos me saludaban con afecto. Me dediqué á la caza, estudié un tanto la botánica, y así se pasó un mes, durante el cual llegué á reconciliarme con mi tía, con el pueblo y con sus moradores.

Una mañana, al volver á casa, encontré, al pasar por una de las habitaciones, á una muchacha de quince á diez y seis años, á la que nunca recordaba haber visto, cosiendo con el mayor afán. Al oir mis pasos alzó la cabeza, y aunque la bajó de nuevo casi en seguida, no fué tan pronto para que no hubiera observado que tenía una frente blanca y pura que adornaban hermosos cabellos castaños, ojos pardos que lanzaban miradas francas é inocentes, una boca pequeña, una nariz más graciosa que perfecta y unas mejillas coloreadas por un suave carmín. No le dirigí la palabra; pero pregunté á un criado quién era, sabiendo por él que venía á coser casi todos los días á casa de mi tía Catalina, que era huérfana de padre, y que mantenía á su madre enferma, de la que era el único sostén.... La historia me interesó; yo era joven, la muchacha hermosa, no habíamos amado nunca; empezamos á hablar, sin que mí tía lo advirtiese, y acabamos por adorarnos. Teresa no había recibido una educación vulgar; hasta los doce ó trece años había estudiado en el convento de religiosas del pueblo, saliendo de él á la muerte de su padre, acaecida hacía cuatro años.

No sé quién refirió á mi tía nuestros amores; ello es que los supo, que me amonestó con dureza, amenazándome con hacerme marchar á Madrid, después de escribírselo todo á mi padre; y desde entonces la joven no volvió á mi casa, y tuve diariamente que saltar las tapias de su jardín para verla y hablarle sin que su madre lo advirtiera, pues también se oponía á nuestras amorosas relaciones.

Así estaban las cosas, cuando hace poco más de diez años caí gravemente enfermo, atacado de unas calenturas contagiosas. Mi tía se alejó de mí, los criados se negaron á asistirme, y entonces María y Teresa se ofrecieron á ser mis enfermeras, no pudiendo oponerse mi tía á ello porque mi estado era cada vez más alarmante y exigía continuos cuidados.

Desde el momento en que Teresa estuvo á mi lado sentí un dulce bienestar, la fiebre desaparecía por instantes; pero se me figuraba ver que las mejillas de mi amada tomaban tintes rojizos, que sus labios estaban comprimidos y ardientes, que sus ojos brillaban con un fuego extraño. La enfermedad que huía de mí, se iba apoderando de ella, y era mi mismo mal el que la devoraba.

--¿Qué tienes?--le pregunté.

--He pedido tanto á Dios que salvase tu vida á costa de la mía,--murmuró la joven,--que me parece que por fin se ha dignado escucharme y me voy á morir antes que tú.

Aquello era cierto; por la noche Teresa se agravó tanto, que no pudo volver á su casa, y mi tía le ofreció su cuarto y su cama para que descansase; entonces estaba profundamente agradecida á los tiernos cuidados de la joven.

Excusado es decir que doña Catalina pensaba renunciar para siempre á su habitación y á su lecho, temiendo el contagio de la enfermedad.

Me restablecí pronto, á medida que el estado de la joven iba siendo peor.

Estaba desesperado, loco. Su madre también empezaba á perder la razón. Un día me dijo el médico: «Ya no hay remedio para este mal.» Y ella también murmuró á mi oído:--«Me muero, pero soy feliz, porque tú me amas y me amarás siempre.»

--¡Oh, te lo juro!--exclamé;--mi corazón y mi mano no serán de otra mujer jamás.

--Eso lo sé mejor que tú,--dijo sonriendo dulcemente; también sentiré celos desde otro mundo de la mujer á quien ames, y no consentiré que seas perjuro. No quieras á otra, no te cases nunca; no hay un ser en la tierra que pueda adorarte lo que yo, y yo te aguardaré en el cielo.

Dos días después expiraba aquella angelical criatura, que ofreció á Dios su vida á cambio de la mía.

Su madre se volvió loca.

Pagué el entierro de Teresa; compré una sepultura por diez años.... ya sabes que hoy ignoro dónde descansa su hermoso cuerpo; envié una carta á mi tía, que no la leyó hasta dos meses después de cumplirse el plazo, porque ella también estaba enferma.

Decirte que durante estos diez años el recuerdo de Teresa me ha perseguido constantemente, sería faltar á la verdad; he amado á otras mujeres, y hace cuatro años estuve á punto de casarme con una hermosa joven; pero la desgracia hizo que un mes antes de verificarse nuestro enlace, los padres encontrasen un pretendiente á la mano de mi amada mejor que yo, éste me fué preferido por ellos, y la novia tuvo que someterse á la voluntad de sus tiranos.

Hoy adoro á Cristina y quiero unir su suerte á la mía, como ya se han unido nuestras almas. ¿Lo conseguiré? Temo que no. La fatalidad me ha traído al pueblo donde vivió Teresa; habito esta morada llena con su recuerdo; vengo á pasar los primeros días de mi matrimonio en la casa donde ella murió, y un secreto presentimiento me dice que Cristina no llegará á ser esposa mía. Ahí tienes la historia de mis amores: ¿crees que mi temor sea fundado, ó que la exaltación en que me hallo es hija de mis pasadas desdichas?

Procuré tranquilizar á Fernando, y después, mientras el joven se reunía á su bella prometida, tuve deseos de ver aquella habitación donde Teresa había muerto, y me hice conducir á ella por un antiguo servidor de doña Catalina.

II

Entré en una sala lujosamente amueblada; pasé por allí sin detenerme apenas, y abrí la puerta de un gabinetito en el que estaba la alcoba donde murió la desgraciada niña. Un lecho de madera tallada, algunas sillas de tapicería floreada, una cómoda, un lavabo y algunos cuadros se veían en la pieza, todo cubierto de polvo, señal evidente de que aquella parte de la casa estaba abandonada por completo. El gabinete tenía una sola ventana con vistas á la calle estrecha y sombría, á la que hacía esquina la casa de Fernando; enfrente de la ventana había un armario de espejo; á un lado de éste estaba la puerta de la alcoba, al otro una mesita de escribir; algunas sillas iguales á las del dormitorio completaban el mueblaje del gabinete que diez años antes perteneció á la tía de Fernando.

Permanecí allí breves instantes, y luego, llegada ya la hora de la cena, fuí en busca de la familia y de sus convidados, sentándonos todos á una mesa suntuosamente servida. La cena duró bastante tiempo, y antes de terminarla, un suceso imprevisto vino á turbar la alegría de algunos y á causar profunda impresión en el ánimo de Fernando. Las campanas de la parroquia tocaban de una manera lúgubre; su voz, siempre triste, parecía una queja que hería nuestros oídos á la vez que nuestro corazón.

--¿Á qué tocan?--preguntó Cristina á un criado que estaba cerca de ella.

--Á agonía,--contestó el hombre con tono indiferente.--Aquí en los pueblos, señorita, se toca por todo: cuando uno va á morir, cuando muere, cuando es el funeral y...

--¿Quién está muriendo?--interrumpió Cristina.

--Una joven de diez y siete años.

--¿Cómo se llama?--preguntó Fernando, cuyo rostro estaba lívido.

--Teresa,--dijo el criado.

Doña Catalina le lanzó una mirada furiosa; Fernando bajó los ojos, y observé que sus manos temblaban; en Cristina y su madre sólo se advertía una profunda compasión hacia la infeliz criatura que en lo más hermoso de su vida, en lo más florido de su juventud, iba á abandonar esta tierra por un mundo desconocido....

Fernando, pretextando que el calor que en el comedor hacía era sofocante, pidió permiso para retirarse un momento á la habitación inmediata, y yo le seguí.

--¿Qué te pasa?--le pregunté.

--Se llama Teresa y tiene diez y siete años--murmuró.

--Es una casualidad.

--Una casualidad así, ¿no te parece un mal presagio tres días antes de mi boda?

Procuré distraerle, pero en vano: la campana lanzaba un tañido más fúnebre todavía y Fernando, que conocía aquel toque, me dijo que la enferma había dejado de existir.

Le hice entrar de nuevo en el comedor, y las dulces palabras de Cristina vencieron los temores de Fernando, que permaneció tranquilo hasta las doce de la noche, hora en que todos nos despedimos hasta el día siguiente, retirándonos cada cual á nuestras respectivas habitaciones. La mía tenía una ventana con vistas á la plaza y se hallaba situada debajo de la de mi amigo. Sin saber por qué, no me era posible conciliar el sueño; me puse á leer un rato, escribí otro, y por último me levanté y empecé á pasear con alguna agitación por la alcoba.

Un instante después noté cierto movimiento en la de Fernando, oí abrir varias puertas con sigilo, las pisadas que empezaron á sonar sobre el techo de mi cuarto se perdieron á lo lejos, y un secreto instinto me advirtió que mi presencia era necesaria al joven. Sin darme cuenta de mis acciones, salí precipitadamente en dirección al sitio donde murió Teresa.

Mi amigo se hallaba á dos pasos de la puerta del gabinete sin atreverse á abrirla. Al verme, no pareció extrañar que me hubiera levantado, como si fuera la cosa más natural del mundo, y extendiendo su mano hacia la habitación cerrada, me dijo:

--Hace diez años que no entro ahí.

--Ni hoy entrarás tampoco, exclamé con decisión.

Tú estás loco y has empezado á contagiarme. No debiste nunca volver á esta casa, ni aún á este pueblo.

--Hace once años que mi tía es una madre para mí; once años que sé lo que es el amor filial: ¿querías que me casase lejos de ella?

--En buen hora; ya has cumplido con ese deber; ¿pero es preciso que entres ahí?

--Una vez sola,--dijo en tono suplicante;--una sola para saber si Teresa permite que me case con Cristina. Mira,--añadió,--si al entrar en su cuarto lo hallo todo como hace diez años, la cómoda, la cama, las sillas, me marcho tranquilo y soy feliz; si, por el contrario, encuentro alguna alteración...

--Eres un niño,--le interrumpí;--pero si no deseas más que eso, entra, y la paz y la felicidad sean contigo.

Sabía, por haberlo visto por la tarde, que todo estaba igual en el cuarto donde murió Teresa, y no vacilé más, dejando pasar al joven al gabinete.

Fernando abrió la puerta, y murmuró:

--Hay luz dentro.

Me estremecí á pesar mío; un frío glacial se apoderó de mí, porque al entrar mi amigo y yo vimos clara y distintamente en la alcoba de Teresa un lecho mortuorio, cubierto de negros paños, algunos hachones encendidos rodeando un ataúd, en el que descansaban los yertos despojos de una hermosa joven vestida de blanco y coronada de flores. Al lado de ella velaba una mujer en la que reconocí á la madre María, la loca que hallé por la tarde en el cementerio.

Fernando lanzó un grito extraño y se dejó caer de rodillas ocultando el rostro con las manos; yo cerré los ojos, dí algunos pasos y tropecé con la puerta de la alcoba. Miré entonces y ví el dormitorio obscuro y desierto.

--Estamos los dos locos,--murmuré.

Volví en busca de Fernando y lo comprendí todo. Por la tarde el criado había dejado inadvertidamente abierta la ventana del gabinete; ésta, como es sabido, daba á una calle estrecha, y en la casa de enfrente, en una pobre habitación, se hallaba el cadáver de aquella joven desconocida, velado por la madre de Teresa. Tan triste cuadro se reflejaba en el espejo del armario colocado al lado de la puerta de la alcoba, y esto nos hizo suponer, á causa del estado excepcional en que Fernando y yo nos hallábamos, que aquel cuerpo inerte descansaba en la propia casa de mi amigo. La presencia de la madre María era natural allí, pues según acostumbraba á hacer desde la muerte de su hija, pasaba las noches al lado del cadáver de cualquiera joven que muriese en el pueblo. La que había dejado de existir era sobrina de la anciana y llevaba por eso el nombre de su hija.

Cerré la ventana y volví al lado de Fernando.

Le llamé repetidas veces y no me contestó nada.

Algo extraño é invisible ocurrió en aquella habitación; me pareció escuchar un confuso aleteo, se obscureció mi vista y tuve que apoyarme en el armario para no caer.

--¡La casa donde murió!--exclamó Fernando con voz apagada;--tenía que ser así. Amada mía, espérame, ya voy.

Recobré al fin mi sangre fría, hablé á mi amigo, cogí sus manos, que estaban yertas, y las separé de su rostro, que parecía el de un muerto. Después salí corriendo para llamar á los criados en mi auxilio.

Media hora más tarde la señora de López, Cristina, doña Catalina, un sacerdote y yo, rodeábamos la cama donde descansaba Fernando.

--¡Cuánto duerme!--exclamó Cristina.

Me acerqué á él, hice una seña al sacerdote, y éste puso una mano sobre el pecho de Fernando, retrocediendo al punto, porque el corazón de mi amigo no latía.

--¿Qué hay?--me preguntó doña Catalina; y comprendiendo lo que pasaba añadió:

--Era lo único que me quedaba en el mundo; cúmplase la voluntad de Dios.

El sacerdote pronunció en voz baja algunas oraciones.

Me volví hacia la puerta y ví á la madre María que, no sé cómo, se había introducido hasta allí.

--Mi hija es feliz,--murmuró;--me ha dicho que Fernando y ella se han desposado ya; sabía que esto no sucedería hasta que él viniese al cuarto donde Teresa estuvo enferma, á la casa donde murió. Diez años he aguardado; ¡alabado sea el Señor, que al fin me ha concedido esta ventura!

LAS NOCHES LARGAS DE CÓRDOBA

(After many delays Mr. Frutos, a rich peasant-farmer, makes the journey of ten or twelve leagues, and comes to Cordova to visit Mr. Lopera and see the wonders of the ancient city.)

...El señor Frutos llegó una tarde á Córdoba. Dejó el mulo en una posada, y de seguida se presentó en casa de su amigo. Como estaba tan gordo y el calor primaveral apretaba de firme, llegó colorado como un tomate y todo bañado en sudor y dando cada resoplido como un toro. Apenas se hubo sentado, ó desplomado sobre una silla, desenvainó una especie de colcha que le servía de pañuelo, se enjugó el cuello y la cara, y á renglón seguido, por no perder la costumbre, disparó un diluvio de necias preguntas á su amigo y huésped el benemérito Lopera. Respondió éste como mejor pudo y supo, y poco después de obscurecido, le llevó al comedor, donde sobre amplia mesa estaban tendidos los blancos manteles cubiertos de fina vajilla y apetitosos manjares. Pero el señor Frutos había comido por el camino, y ninguna gana tenía de cenar; en cambio, bebía como una esponja,... con lo que tornaba el sudor y volvía á relucir el descomunal pañuelo. Lopera le decía:

--Amigo Frutos,... déjese de beber, y tome alguna tajada, que esas carnes y esa corpulencia requieren cosa de más substancia y alimento.

--Con mucho gusto probaría de cualquiera de estos platos: huelen muy bien todos ellos; pero con el cansancio no tengo hambre, sino sed, y sed insaciable. Mañana ya verá V. si como con apetito.

--Es que de aquí á mañana el plazo no es tan breve como V. se lo figura, y podría entre tanto sentir debilidad, y no quiero que haya V. venido á honrar mi casa para en ella padecer hambre. ¿No ha oído V. hablar de las noches largas de Córdoba, amigo Frutos?

--No, señor; pero aquí sucederá como en mi pueblo, que las noches son largas en diciembre y enero, y cortas en el verano: esto lo saben hasta los niños y los tontos.

--Sin duda así es, y por mi parte no diré lo contrario. Lo que aseguro y sostengo es que, aún teniendo el mismo número de horas, aquí las noches parecen mucho más largas que en otros lugares, y de ahí viene su fama.

--Pues por mí, señor de Lopera, aunque sean más largas que la Letanía, de seguro no lo advertiré, porque vengo reventado y molido; y en metiéndome entre sábanas, ya pueden echar á vuelo todo un campanario: no me quitarán el sueño. Y pues de sueño hablamos, digo que el que tengo no es flojo, y con su permiso quisiera aprovecharlo.

Acompañóle el insigne Lopera á la habitación que le tenía destinada, y ya en ella, le dijo:

--Aquí, amigo mío, estará V. fresco y descansará como un patriarca, sin que nada ni nadie le moleste. Antes le tenía preparado el cuarto de encima, cuya ventana da también al mismo jardín. Aquí tiene esta cómoda con la llave puesta, donde colocará su ropa; ahí están los avíos de lavarse, y el espejo; allí la cama. ¿Ve V. junto á la cabecera un cordón? Pues si necesita de algo, tire de él: sonará la campanilla, y vendrá al instante un criado que he puesto á sus órdenes, y nada tiene que hacer más que servirle. Conque, señor Frutos, que pase V. felices noches.

Dió las gracias el señor Frutos, y quedó solo. Se desnudó en un credo, y se metió en la cama. Eran las once. Á los pocos minutos roncaba como un bienaventurado.

Dejémosle descansar, mientras el señor Lopera da sus instrucciones al sirviente, que era un mozo listo y socarrón, y muy á propósito para seguir una broma. La de que se trataba debía de gustarle muchísimo, según se restregaba las manos y reía con la bocaza abierta hasta las orejas, prometiendo seguir á la letra las advertencias de su amo. Poco después el reposo y el silencio se extendían sobre la casa y sus tranquilos moradores.

* * * * *

Razón tenía el señor Frutos al ponderar su cansancio y ganas de dormir.... Desde las once de la noche hasta las doce del siguiente día durmió trece horas de un tirón, sin despertar una sola vez, ni cambiar de postura. Mas como todo tiene su límite forzoso, á las doce se despabiló mi héroe, sentóse en la cama, y se restregó los ojos. No vió nada: ¿qué había de ver? La habitación estaba negra como el fondo de un tintero: no se oía ruido alguno fuera, ni el más leve rumor: aquel cuarto tan silencioso y obscuro parecía una tumba. ¡Cómo! ¿Era posible que aún no hubiese amanecido? Sentado en la cama, inmóvil, aplicando inútilmente la vista y el oído, estuvo sobre hora y media. Nada: ni por las rendijas entraba un solo rayo de luz, ni siquiera sonaba el vuelo de una mosca. Aburrido ya de aguardar una aurora que no llegaba, tiró del cordón de la campanilla, y oyó con gozo vibrar á lo lejos su metálico timbre; pero no acudió nadie al llamamiento. Volvió á tirar, y aún con más fuerza: entonces, al cabo de algunos minutos, sintió pasos contenidos y suaves como de hombre que llega lentamente y descalzo. Era el criado. Venía en camisa, sin zapatos, trayendo una vela encendida y puesta en su palmatoria de cobre, y con esa cara especial del hombre á quien despiertan en lo mejor de su sueño. Bostezó, y dijo al señor Frutos:

--Acabo de oir la campanilla. ¿Qué manda su merced? ¿Se ha puesto su merced malo?

--No lo permita Dios, hombre. ¿Por qué había de enfermar ahora?

--¡Qué sé yo! Como su merced acaba de acostarse hace poco, y me llama á media noche, creí...

--¡Hace poco! ¡Á media noche! ¡Canario! Pues qué, ¿es media noche todavía? Y la gente de la casa, ¿no se ha levantado?

--¿Para qué se ha de levantar, señor? Yo sí me he levantado ahora, pensando que su merced me necesitaba, cuando ha llamado.

--Dispensa, hombre, y vuélvete á tu cama. ¡Canario! Lo menos creí haber dormido nueve ó diez horas.

El tuno del criado salió de puntillas con la palmatoria en la mano, encajó la puerta, y sus pisadas suaves se extinguieron lentamente.

Quedó mi héroe otra vez en tinieblas, pues la ventana cerraba á lo justo y por la puerta no podía tampoco entrar luz, por estar cerrados también de propósito el largo corredor y las habitaciones inmediatas. Procuró entonces reanudar el sueño, y logró conseguirlo, después de dar vueltas y más vueltas sobre los mullidos colchones, que eran lo menos seis ó siete, con lo que el tal lecho parecía un catafalco, y era menester para escalarlo subirse antes en una silla. Pero como había descansado ya largas horas, más bien que dormido quedó amodorrado hasta las tres y media ó las cuatro de la tarde. La misma obscuridad, el mismo silencio. ¿Cómo? ¿Será todavía de noche? ¿Ó no se habrá despertado y estará soñando tales absurdos?

Mi buen hombre se restregaba los ojos, se palpaba el rostro, el pecho, los brazos, las manos, para convencerse de que estaba realmente despierto y en el uso cabal de todos sus sentidos y potencias. Al cabo tiró del cordón, y sonó la campanilla. Poco después, y con las mismas precauciones de antes, apareció con su palmatoria encendida el criado, preguntándole qué se le ofrecía.

--¿Qué se me ha de ofrecer? Levantarme. Ya me parece que llevo lo menos una semana tendido. Tengo sed, tengo hambre. ¡Qué demonio de país! ¡Si las horas parecen siglos enteros!

Dióle agua el criado, y mientras bebía con ansia, le dijo:

--¡Levantarse! ¿Y para qué? ¿Para aburrirse, aguardando á que amanezca? Y todavía debe de tardar un poquillo. ¿Sabe su merced qué hora es?

--Dame el reloj, que está sobre aquella cómoda, y lo sabremos. Anda, tráelo.

De muy mala gana tomó el criado aquel ventrudo reloj de bolsillo, muy semejante á una media cebolla, y lo llevó á su dueño. Tentado estuvo por fingir un tropezón y estrellar aquella máquina contra el suelo; pero no lo hizo, confiado en su fecunda inventiva.

--¡Las tres y media! exclamó el señor Frutos, mirando su reloj. ¡Las tres y media, nada más! ¡Conque faltan dos horas y media todavía para amanecer, si es que alguna vez amanece en esta maldita población! ¡Jesús, si lo hubiera sabido!...

--Pues me parece, dijo el fámulo con mucha sorna, me parece, señor, que ese reloj será muy bueno, pero anda muy de prisa y va adelantado. Desde mi cuarto se oye el de la iglesia, y además, al venir ahora miré el del comedor, que está al paso, y es muy seguro, y todavía no han dado las tres, aunque ya faltará poco.

--La paciencia es lo que á mí me falta. Dame agua otra vez, hombre.... Gracias. ¡Si lo hubiera sabido!... Pero ¿qué hacen aquí las gentes de noche? ¿En qué se entretienen?

--¡Toma! ¿En qué se han de entretener? En dormir. ¿Quería V. que la pasaran contando cuentos, ó jugando á la pelota?

--Lo que yo quiero es que amanezca. Mira: puedes retirarte; pero así que apunte la primera luz del alba, no dejes de llamarme, aunque de seguro estaré despierto. ¡Y qué hambre tengo, canario!

--¿Quiere su merced que le traiga vino y bizcochos, ó alguna otra cosa?

--No, retírate. ¡Jesús, María y José! Retírate; pero que me llames, que me avises antes de que salga el sol. ¿Estamos?

--Descuide su merced.

Y recogiendo su palmatoria, se deslizó el criado como un fantasma.

Tenemos otra vez al señor Frutos solo con sus pensamientos. ¿En qué meditaba? En mil cosas.... Se acordaba de su pueblo, de sus parientes y amigos, y hasta del mulo que había dejado en la posada, y para entretener el tiempo contaba y recontaba por los dedos las fanegas de trigo y arrobas de aceite que había vendido últimamente, y las que le restaban por vender, y las ganancias positivas y las probables que de tal tráfico alcanzaría. Luego reflexionaba cuán inciertas son las cosechas, y que tener tierras de secano es tener siempre el alma entre los dientes, como los jugadores, siempre arruinados ó en vísperas de arruinarse. Llueve mucho, y se pudren las semillas; llueve poco, se endurece la tierra, y no se sacan ni los gastos de la labor; no llueve nada, y entonces....