Spanish Tales for Beginners

Part 5

Chapter 53,833 wordsPublic domain

Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse á la boca, ni ropa con que preservarse del frío, comprendió el cuitado con terror que se acercaba el instante de pedir limosna.... Después de pasar muchas horas sollozando y pidiendo fuerzas á Dios para soportar su desdicha, resolvióse á implorar la caridad; pero todavía quiso el infeliz disfrazar la humillación, y decidió cantar por las calles de noche solamente. Poseía una voz regular, y conocía á la perfección el arte del canto; mas tropezó con la dificultad de no tener medio de acompañarse. Al fin, otro desgraciado le facilitó una guitarra vieja y rota, y después de arreglarla del mejor modo que pudo, y después de derramar abundantes lágrimas, salió cierta noche de diciembre á la calle. El corazón le latía fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso cantar en una de las calles más céntricas, no pudo; el dolor y la vergüenza habían formado un nudo en su garganta. Arrimóse á la pared de una casa, descansó algunos instantes, y repuesto un tanto, empezó á cantar la romanza de tenor del primer acto de _La Favorita_. Llamó desde luego la atención de los transeuntes, y muchos hicieron círculo en torno suyo, y no pocos, al observar la maestría con que iba venciendo las dificultades de la obra, se comunicaron en voz baja su sorpresa y dejaron algunos cuartos en el sombrero, que había colgado del brazo. Pero se había reunido demasiada gente á su alrededor, y la autoridad temió que esto fuese causa de algún desorden.... Por lo cual un guardia cogió á Juan enérgicamente por el brazo y le dijo:

--Á ver; retírese V. á su casa inmediatamente, y no se pare V. en ninguna calle.

--Pero yo no hago daño á nadie.

--Está V. impidiendo el tránsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir á la prevención....

Retiróse á su zahurda el pobre Juan.... Había ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comió al día siguiente, y pagó el alquiler del miserable colchón de paja en que durmió. Por la noche tornó á salir y á cantar trozos de ópera y piezas de canto: vuelta á reunirse la gente en torno suyo y vuelta á intervenir la autoridad gritándole con energía:--Adelante, adelante.

¡Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transeuntes no podían escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre.... Su situación era ya desesperada. Sólo un punto luminoso seguía viendo tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado: este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le ocurría el mismo pensamiento:--«Si Santiago estuviese en Madrid y me oyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza, mejor dicho, esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.

Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron límites. En la noche anterior no había ganado más que seis cuartos. ¡Había estado tan fría! Amaneció Madrid envuelto en una sábana de nieve de media cuarta de espesor, y todo el día siguió nevando sin cesar un instante....

Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase y un panecillo.... Pasó el día acurrucado sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la dulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por la necesidad, desfallecido, bajó á la calle á implorar una limosna. Ya no tenía guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro....

Seguía cayendo la nieve pausada y copiosamente.... Los transeuntes que casualmente cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapándose con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche....

Al fin ya no pudo cantar más: la voz expiraba en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dió algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que rodea el jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su vida; y volvió á rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.

Al cabo de un rato percibió que un transeunte se paraba delante de él y se sintió cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y sospechando que sería lo de siempre, preguntó tímidamente:

--¿Es V. algún guardia?

--No soy ningún guardia--repuso el transeunte,--pero levántese V.

--Apenas puedo, caballero.

--¿Tiene V. mucho frío?

--Sí, señor... y además no he comido hoy.

--Entonces, yo le ayudaré... vamos... ¡arriba!

El caballero cogió á Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre vigoroso.

--Ahora apóyese V. bien en mí y vamos á ver si hallamos un coche.

--¿Pero dónde me lleva V.?

--Á ningún sitio malo; ¿tiene V. miedo?

--¡Ah! no: el corazón me dice que es V. una persona caritativa.

--Vamos andando... á ver si llegamos pronto á casa para que V. se seque y tome algo caliente.

--Dios se lo pagará á V., caballero... la Virgen se lo pagará... Creí que iba á morirme en ese sitio.

--Nada de morirse... no hable V. de eso ya.... Vamos adelante... ¿qué es eso; tropieza V.?

--Sí, señor; creo que he dado contra la columna de un farol... ¡Como soy ciego!

--¿Es V. ciego?--preguntó vivamente el desconocido.

--Sí, señor.

--¿Desde cuándo?

--Desde que nací.

Juan sintió estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando en silencio. Al cabo éste se detuvo un instante y le preguntó con voz alterada.

--¿Cómo se llama V.?

--Juan.

--¿Juan qué?

--Juan Martínez.

--Su padre de V., Manuel, ¿verdad? músico mayor del tercero de artillería ¿no es cierto?

--Sí, señor.

En el mismo instante el ciego se sintió apretado fuertemente por unos brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchó en su oído una voz temblorosa que exclamó:

--¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano Santiago.

Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos en medio de la calle. La nieve caía sobre ellos dulcemente.

Santiago se desprendió bruscamente de los brazos de su hermano y comenzó á gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:

--¡Un coche, un coche! ¿no hay un coche por ahí?... ¡maldita sea mi suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto... ¿Pero señor, dónde se meten los coches...? Ni uno solo cruza por aquí... Allá lejos veo uno... ¡gracias á Dios!... ¡Se aleja el maldito!... Aquí está otro... éste ya es mío. Á ver, cochero... cinco duros si V. nos lleva volando al hotel número diez de la Castellana...

Y cogiendo á su hermano en brazos como si fuera un chico, lo metió en el coche y detrás se introdujo él. El cochero arreó á la bestia y el carruaje se deslizó velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contó rápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde juntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el campo, sin comunicación apenas con Europa; escribió tres ó cuatro veces por medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. Y siempre pensando en tornar á España al año siguiente, dejó de hacer averiguaciones proponiéndose darles una agradable sorpresa. Después se casó, y este acontecimiento retardó mucho su vuelta. Pero hacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el registro parroquial que su padre había muerto; de Juan le dieron noticias vagas y contradictorias.... Afortunadamente la Providencia se encargó de llevarlo á sus brazos....

Paró el coche al fin. Un criado vino á abrir la portezuela. Llevaron á Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibió una temperatura tibia: los pies se le hundían en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron ropa limpia. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete, donde ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y después algunas viandas.... subieron además de la bodega el vino más exquisito y añejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las órdenes oportunas, acercándose á cada instante al ciego para preguntarle con ansiedad:

--¿Cómo te encuentras ahora, Juan?--¿Estás bien?--¿Quieres otro vino?--¿Necesitas más ropa?

Terminada la refacción se quedaron ambos algunos momentos al lado de la chimenea. Santiago.... dijo á su hermano, rebosando de alegría:

--¿Tú no tocas el piano?

--Sí.

--Pues vamos á dar un susto á mi mujer y á mis hijos. Ven al salón.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Después levantó la tapa para que se oyera mejor, abrió con cuidado las puertas y ejecutó todas las maniobras conducentes á producir una sorpresa en la casa; pero todo ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no pudo menos de reirse exclamando: ¡Siempre el mismo Santiago!

--Ahora toca, Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenzó á ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se estremeció de pronto, como una caja de música cuando se le da cuerda.... Santiago exclamaba de vez en cuando:

--¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brío.

--Ya veo á mi mujer detrás de las cortinas... ¡adelante, Juanillo, adelante!... ji... ji... me hago como que no la veo... se va á creer que estoy loco... ¡ji ji!... ¡adelante, Juanillo, adelante!

Juan obedecía á su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer á su cuñada y besar á sus sobrinos.

--Ahora veo á mi hija Manolita, que sale: también se ha despertado Paquito... ¡No te he dicho que todos iban á recibir un susto!... No toques más, Juan, no toques más.

Cesó el estrépito infernal.

--Vamos, Adela, Manolita, Paquito, venid á dar un abrazo á mi hermano Juan. Éste es Juan de quien tanto os he hablado, á quien acabo de encontrar en la calle á punto de morirse helado entre la nieve....

La noble familia de Santiago vino inmediatamente á abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creía escuchar la de la Virgen: notó que lloraba cuando su marido relató de qué modo le había encontrado. Y todavía quiso añadir más cuidados á los de Santiago: mandó traer un calorífero y ella misma se lo puso debajo de los pies; después le envolvió las piernas en una manta y le puso en la cabeza una gorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la butaca, acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon en silencio y embargados por la emoción el breve relato que de sus desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba: los chicos atónitos le decían estrechándole la mano: ¿No volverás á tener hambre ni á salir á la calle sin paraguas, verdad, tiito?... yo no quiero, Manolita no quiere tampoco... ni papá, ni mamá.

--¡Á que no le das tu cama, Paquito!--dijo Santiago, pasando á la alegría inmediatamente....

--No quiero cama ahora,--interrumpió Juan... ¡me encuentro tan bien aquí!

--¿Te duele el estómago como antes?--preguntó Manolita abrazándole y besándole.

--No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muy feliz... lo único que tengo es sueño... se me cierran los ojos sin poderlo remediar....

--Pues, por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.

--Sí, tiito, duerme, duerme--dijeron á un tiempo Manolita y Paquito echándole los brazos al cuello y cubriéndole de caricias...

* * * * *

Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.

Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con su cadáver entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó que había muerto por la congelación de la sangre.

--Mira, Jiménez--dijo un guardia de los que le habían llevado, á su compañero.

--¡Parece que se está riendo!

LA BALLENA DEL MANZANARES

...En el portillo de Gilimón [de Madrid].... vivía un tal Alvar, que gozaba de gran celebridad en Madrid.

Alvar era la verdadera gacetilla de la villa: no había incendio, ni asesinato, ni robo, ni paliza, ni casamiento, ni bautizo, que él no supiera antes que los incendiados, ó los asesinados, ó los robados, ó los apaleados, ó los casados, ó los bautizados.

Dar el primero una noticia triste ó alegre, era para Alvar la felicidad suprema.

Ver Alvar desde su ventana, que daba al paseo de los Melancólicos, que un ladronzuelo arrebataba la capa á un melancólico, y salir desempedrando las calles de Madrid del Sur, pregonando el robo, no para tener el gusto de que acudiesen á perseguir al ladrón, sino para tener el gusto de dar la noticia antes que nadie, todo era uno.

Pero la manía de Alvar no consistía sólo en la novelería, que consistía también en pretender que sus ojos, ó su oído, ó su inteligencia, nunca se equivocaban.

Una tarde, víspera de San Isidro, discurrían dos vecinos suyos sobre si al día siguiente se le mojarían ó no las polainas al Santo, y oyendo Alvar la disputa, se acercó á dar su opinión con la seguridad con que siempre la daba: su opinión era que al día siguiente no se le mojarían al Santo las polainas.

Como los vecinos sabían que el Santo labrador es tan aficionado á solemnizar su fiesta mojando la tierra, como los madrileños á solemnizarla mojando la palabra, pusieron en duda el pronóstico de Alvar, y éste, que era soberbio y vanidoso á más no poder, cogió tal berrinche, que á poco más la emprende á palos con los vecinos.

Una hora después empezó á llover á mares, y no lo dejó en toda la noche, con gran mortificación del desmedido amor propio de Alvar.

Al amanecer, el Manzanares bramaba de coraje por no tener á mano á los que le habían llamado aprendiz de río y otras picardías por el estilo, y Alvar se plantó de pechos á la ventana para ver la riada, y para ver si el Manzanares hacía alguna cosa que mereciera contarse, pues el pobre Alvar rabiaba por desquitarse del _fiasco_ que había hecho metiéndose á almanaquista.

El encargado de la sucursal del cosechero de Móstoles oyó aquella misma mañana un gran ruido hacia la praderita interpuesta entre su ventorrillo y el río, y al asomarse á la ventana vió que el río acababa de invadir la pradera y se llevaba las cubas vacías.

De dos saltos se plantó á orilla de la furiosa corriente, y empezó á hacer sobrehumanos esfuerzos á ver si podía salvar las cubas; pero las cubas continuaban navegando río abajo.

El tabernero, ya junto al puente de Toledo, cuando iba perdiendo toda esperanza de rescatarlas y se cansaba de seguirlas, vió á la orilla opuesta á dos de sus mejores parroquianos y les hizo señas para que se lanzaran al río á detenerlas; pero los parroquianos le contestaron, también por señas, que no se atrevían. Era tal el ruido del río, que no era posible entenderse más que por señas; pero el tabernero, creyendo que aquel par de borrachos no se resistirían á lanzarse al agua si les decía que del agua sacarían vino, empezó á gritarles con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Una va llena! ¡una va llena!

Oir Alvar este grito, exhalar otro de sorpresa y alegría, y lanzarse á la calle, todo fué uno. En cuatro minutos recorrió el barrio gritando:

--¡Una ballena en el Manzanares! ¡Una ballena!

Y en seguida tomó la puerta de Toledo y corrió hacia el río, para tener la gloria de ser el primer madrileño que viese la ballena que bajaba por el Manzanares.

Entretanto, Madrid estaba alborotado, porque aquella sorprendente noticia había corrido con la celeridad del relámpago desde la puerta de Toledo á la de Santa Bárbara, desde la puerta de Alcalá á la de Segovia, y desde el Salitre á las Maravillas.

Y el pueblo de la coronada villa del oso, armado de escopetas, de redes, de hachas, de ganchos de trapero, de piquetas, de cuchillos, de navajas de afeitar, de sierras,... afluía en inmenso tropel, estrujándose y pisándose y despachurrándose hacia el Manzanares, cuyos bufidos creía ser los del enorme cetáceo.

Alvar, que llegó á la orilla del Manzanares un poco antes que los dos más ligeros, vió al tabernero que había anunciado la aparición de la ballena al pie de un gran ribazo contemplando sus cubas, que desaparecían allá á lo lejos entre los tumbos de la corriente.

--¿Por dónde va la ballena?--le preguntó con ansia indecible.

--¿Qué ballena?--replicó el tabernero.

--¡Otra te pego! ¿No has gritado que iba por el río abajo una ballena?

--No hay tales carneros. Lo que yo he dicho es que de las cubas que me lleva el río, _una va llena_.

--¡Rayo de Dios!--exclamó Alvar bramando de cólera.--¡Yo te enseñaré á no pronunciar la V como se pronuncia la B! ¡Toma, y anda á burlarte de la cabra de tu madre!

Y enarbolando el bastón, empezó á medir las costillas al tabernero, que gritaba:

--¡Socorro! ¡Que me matan! ¡Que me dan de palos!

En aquel instante asomaron al ribazo los dos primeros curiosos de las inmensas turbas que se agolpaban hacia el río.

--¿Quién da de palos?--preguntaron los segundos, que no alcanzaban aún á ver el sitio de la paliza.

--Alvar da, Alvar da--contestaron los que lo veían.

Y esta voz, con una pequeña modificación, recorrió en un instante la multitud hasta la puerta de Toledo.

La pequeña modificación consistía en haberse convertido la frase «Alvar da» en el substantivo (¡Dios nos libre!) _albarda_.

El pueblo de la villa del oso tornó inmediatamente á sus hogares, reconociendo que merecía empinarse á un madroño por haber creído que el Manzanares arrastraba una ballena cuando arrastraba una albarda.

Y cuentan que el mismo Alvar formó desde aquel día tan pobre idea de sí propio, que cada vez que oía á las verduleras de Leganés decir: «¡Arre, borrico!» lo tomaba por una alusión personal....

LA CASA DONDE MURIÓ

I

Camino del pueblo de B..., situado cerca de la capital de una provincia cuyo nombre no hace al caso, íbamos en un carruaje, tirado por dos mulas, Cristina, su madre, Fernando el prometido de la joven, y yo.

Eran las cinco de la tarde, el calor nos sofocaba porque empezaba el mes de agosto, y los cuatro guardábamos silencio. La señora de López rezaba mentalmente para que Dios nos llevase con bien al término de nuestro viaje; Cristina fijaba sus hermosos ojos en Fernando que no reparaba en ello, y yo contemplaba la deliciosa campiña por la que rodaba nuestro coche.

Serían las seis cuando el carruaje se detuvo á la entrada del pueblo; bajamos y nos dirigimos á una capilla donde se veneraba á Nuestra Señora de las Mercedes, á la que la madre de Cristina tenía particular devoción. Mientras esta señora y su hija recitaban algunas oraciones, Fernando me rogó que le siguiera al cementerio, situado muy cerca de allí, donde estaba su padre enterrado. Le complací y penetramos en un patio cuadrado, con las tapias blanqueadas, y en el que se observaban algunas cruces de piedra ó de madera, leyéndose sobre lápidas mortuorias varias inscripciones un tanto confusas. En un rincón ví á una mujer arrodillada, en la que mi compañero no pareció fijarse al pronto.

Me enseñó la tumba de su padre, que era sencilla, de mármol blanco, y comprendí que no era únicamente por verla por lo que el joven había llegado hasta allí. Observé que buscaba alguna cosa que no encontraba, hasta que vió á la mujer, que era una vieja mal vestida y desgreñada, que le estaba mirando atentamente. Fernando bajó los ojos, y ya iba á alejarse, cuando la anciana se levantó y le llamó por su nombre, obligándole á detenerse.

--¿Qué desea V., madre María?--le preguntó en un tono que quería parecer sereno.

--Lo de siempre,--contestó la vieja, en cuya mirada noté cierto extravío,--preguntarte en dónde has ocultado á mi niña. Diez años hace que te la has llevado, bien lo sé, y hoy me han dicho en el pueblo que vienes aquí para celebrar tu boda con otra.

--No ignora V., madre María, que su hija murió hace diez años y que yo pagué su entierro para que su hermoso cuerpo descansase en este campo santo. Á mi vez le pregunto: ¿dónde se encuentra la tumba de la pobre Teresa?

--¿Acaso lo sé yo? Un día vine aquí, busqué la cruz que me indicaba el lugar donde me decían que estaba ella, y ¿sabes lo que ví? Un hoyo vacío, y un poco más lejos la tierra recientemente removida. Había cumplido el plazo, y como nadie cuidó de renovarlo y pagar, aquel rincón no pertenecía ya á mi hija, y la habían echado á la fosa donde arrojan á los pobres, á los que entierran de limosna.

--¡Pero eso es una infamia! Yo envié dinero para esa renovación--exclamó Fernando.

--No digo que no, pero la persona á quien tú escribiste estaba gravemente enferma, en dos meses no abrió tu carta y entonces ya era tarde.

El joven bajó la cabeza y no replicó.

--¿Con quién te casas?--le preguntó la vieja.

--Con la señorita Cristina López.

--¿Y cuándo te casas?

--Dentro de tres días.

--Eso será si Teresa lo consiente; ella es tu desposada y no tardará en venir á buscarte.

--Madre María--dijo con tristeza el joven,--Teresa no puede venir; los muertos no salen de los sepulcros.

--Ya me lo dirás mañana temprano; por hoy vete en paz.

--Adiós,--murmuró Fernando, dirigiéndose hacia la salida del cementerio, donde yo le seguí.

--Sin duda te habrá extrañado lo que acabas de ver y oir,--me dijo apenas estuvimos fuera;--pero no será así cuando te cuente esa historia de los primeros años de mi juventud, que deseo conozcas en todos sus detalles. Vamos ahora con Cristina y su madre, que sin duda nos esperan ya; y luego, mientras ellas visitan la casa que hemos de habitar y en la que está mi tía, la futura madrina de mi boda y por la que hacemos hoy este viaje, lo sabrás todo.

Cristina y su madre nos esperaban, en efecto, y juntos nos dirigimos á casa de la tía de Fernando, que estaba situada en la plaza del pueblo, haciendo esquina á una calle estrecha y sombría, en la que, sin saber por qué, entré con una profunda tristeza.

La tía del joven no me agradó; era una señora de unos cincuenta años, alta, delgada, con ojos grises muy pequeños, nariz larga que se inclinaba hacia su barba puntiaguda, y cabellos casi blancos recogidos en una gorra de color obscuro. Estaba muy enferma, y como había servido de madre á Fernando, éste había suplicado á la señora de López que la boda se celebrase en el pueblo, para evitar á su tía las molestias de un viaje que, aunque corto, hubiera sido sumamente penoso para ella.

Mientras las señoras visitaban la casa y recibían á los numerosos amigos que acudieron al saber su llegada, Fernando, que se había obstinado en no subir al piso superior, me llamó, me hizo sentar á su lado, y empezó la prometida historia en estos términos: