Spanish Tales for Beginners

Part 4

Chapter 43,763 wordsPublic domain

...Próximo ya á los sesenta años, el marqués de Torres-Nobles adoptó la resolución de retirarse á su hacienda de Fuencar, única propiedad que no tenía hipotecada. Allí se dedicó exclusivamente á cuidar de su cuerpo, no menos arruinado que su casa; y como Fuencar le producía aún lo bastante para gozar de un mediano desahogo, organizó su servicio de modo que ninguna comodidad le faltase. Tuvo un capellán que amén de decirle la misa los domingos y fiestas, le leía y comentaba los periódicos políticos; un capataz que dirigía hábilmente las faenas agrícolas; un cochero obeso y flegmático que gobernaba solemnemente las dos mulas de la carretela; una ama de llaves silenciosa, solícita; un ayuda de cámara traído de Madrid, discreto y puntual; y por último, una cocinera limpia como el oro, con primorosas manos para todos los guisos de aquella antigua cocina nacional, que satisfacía el estómago sin irritarlo y lisonjeaba el paladar sin pervertirlo. Con ruedas tan excelentes, la casa del marqués funcionaba como un reloj bien arreglado, y el señor se regocijaba cada vez más de haber salido del golfo de Madrid á tomar puerto en Fuencar.... En pocos meses el marqués de Torres-Nobles echó carnes sin perder agilidad, y su sana tez indicó que ya su salud se restablecía.

Si el marqués vivía bien, no lo pasaban mal tampoco sus servidores. Para que no le dejasen, les pagaba mejores soldadas que nadie en la provincia, y además los obsequiaba á veces con regalos. Así andaban ellos de contentos: poco trabajo, y ése, metódico é invariable; salario crecido, y de cuando en cuando, sorpresitas del dadivoso marqués.

El mes de diciembre del año pasado, hizo más frío de lo justo, y la dehesa de Fuencar se envolvió en un manto de nieve. Huyendo de la soledad de su gran despacho, bajó el marqués de noche á la cocina del cortijo, y buscando, por instinto de sociabilidad invencible, la compañía del hombre, se arrimó al hogar, calentó la palma de las manos, y hasta se rió de los cuentos que con chuscada andaluza referían el capataz y el pastor. Entre otras conversaciones más ó menos rústicas que le divirtieron, oyó que todos sus criados proyectaban asociarse para echar un décimo á la lotería de Navidad.

Al día siguiente, muy temprano, el marqués despachaba un propio á la ciudad próxima, y anochecía cuando el bondadoso señor penetró en la cocina blandiendo unos papeles, y anunciando á sus domésticos, con suma benignidad, que había cumplido sus deseos tomando un billete del sorteo inmediato, billete en el cual les regalaba dos décimos, quedándose él con ocho, por tentar también la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una explosión de alegría, con vivas y bendiciones hiperbólicas; sólo el pastor, viejo cano, meneó la cabeza, afirmando que el que echaba con señores «espantaba la suerte,» de lo cual le pesó tanto al marqués, que condenó al pastor á no llevar ni un real en los décimos consabidos.

Aquella noche el marqués no durmió tan á pierna suelta como solía desde que Fuencar le cobijaba.... No le había gustado la avidez con que sus criados hablaban del dinero que podía caerles.--¡Esa gente--decíase el marqués--no aguardaría sino á llenar la bolsa para plantarme! ¡Y qué planes los suyos! ¡Celedonio (el cochero), habló de poner taberna. ¡Pues doña Rita (era el ama de llaves), sueña con establecer una casa de huéspedes! Jacinto (era el ayuda de cámara), bien se calló, pero miraba á esa Pepa (la cocinera). Juraría que proyectan casarse. ¡Bah! (al exclamar _¡bah!_ el marqués de Torres-Nobles dió una vuelta en la cama y se arropó mejor, porque se le colaba el frío por la nuca); en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo ello? El premio gordo no nos ha de caer....--Y al poco rato el señor roncaba.--Dos días después se celebraba el sorteo, y Jacinto se las compuso de modo que su amo tuviese que enviarle á la ciudad en busca de no sé qué provisiones ú objetos indispensables. La noche caía, nevaba, á más y mejor, y Jacinto aun no había vuelto, á pesar de salir muy de madrugada.

Estaban los criados reunidos en la cocina, como siempre, cuando sintieron las pisadas del caballo sobre la nieve fresca, y á poco un hombre, en quien reconocieron á su compañero Jacinto, entró como una bomba. Estaba pálido, temblón, y con ahogada voz solo acertó á pronunciar:

--¡El premio gordo!!!

Hallábase á la sazón el marqués en su despacho, y, con las piernas arrebujadas en espesa manta, chupaba un habano, mientras el capellán le leía _El Siglo Futuro_. De pronto, suspendiendo la lectura, ambos prestaron oído al estrépito que venía de la cocina. Parecióles al principio que los criados disputaban, pero á los diez segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de júbilo, tan desentonadas y delirantes, que el marqués, amostazado y teniendo por comprometida su dignidad, despachó al capellán para informarse de lo que ocurría é imponer silencio. No tardó tres minutos en regresar el enviado, y dejándose caer sobre el diván, pronunció con sofocado acento; «¡Me ahogo!» y se arrancó el alzacuello y se desgarró el chaleco por querer desabrocharlo... Corrió en su auxilio el marqués, y abanicándole el rostro con _El Siglo Futuro_, logró oir brotar de sus labios una frase entrecortada:

--El premio gordo... nos ha caído el prem...

Á despecho de sus achaques, brincó hasta la cocina el marqués, y llegando al umbral, detúvose atónito ante la extraña escena que allí se representaba. Celedonio y doña Rita bailaban con mil zapatetas; Jacinto, abrazado á una silla, valsaba rauda y amorosamente; Pepa hería con el rabo de un cazo la sartén, haciendo desapacible música, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba, gritando ó mejor dicho aullando salvajemente: «¡Viva la Virgen!» Apenas divisaron al marqués, aquellos locos se lanzaron á él con los brazos abiertos, y sin que fuese poderoso á evitarlo, lo alzaron en volandas, y cantando y danzando y echándoselo unos á otros como pelota de goma, lo pasearon por toda la cocina, hasta que, viéndole furioso, lo dejaron en el suelo; y aun fué peor entonces, pues la cocinera Pepa, cogiéndole por el talle, quieras no quieras le arrastró en vertiginosa danza mientras el capataz, presentándole una botella de vino, se empeñaba en que probase un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que él sabía á ciencia cierta por haber trasegado á su estómago casi toda la sangre de la botella.

Así que pudo el marqués soltarse, refugióse en su habitación, con ánimo de desahogar su enojo refiriendo al capellán la osadía de sus criados y platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vió que el capellán salía envuelto en su capote y calándose el sombrero.

--¿Á dónde va V., D. Calixto, hombre de Dios?--exclamó el marqués admirado.

Pues, con su licencia, D. Calixto iba á Sevilla, á ver á su familia, á darle la alegre nueva, á cobrar en persona su parte de décimo, un confite de algunos miles de duros.

--¿Y me deja V. ahora? ¿Y la misa? y...

En esto asomó por la puerta su hocico agudo el ayuda de cámara. Si el señor marqués le daba permiso, él también se marcharía á recoger lo que le caía. El marqués alzó la voz, diciendo que era preciso tener el diablo en el cuerpo para largarse á tales horas y con una cuarta de nieve, á lo cual respondieron unánimes D. Calixto y Jacinto que á las doce pasaba el tren por la estación próxima, que hasta ella llegarían á pie ó como pudiesen. Y ya abría el marqués la boca para pronunciar: «Jacinto se quedará, porque me hace falta á mí,» cuando á su vez apareció en el marco de la puerta la rubicunda faz del cochero, que sin pedir autorización y con insolente regocijo venía á despedirse de su amo, porque él se largaba ¡ea! á coger ese dinero.

--¿Y las mulas?--vociferó el amo.--¿Y el coche, quién lo guiará?

--Quien vuecencia disponga... ¡Como yo no he de cochear más!...--respondió el cochero volviendo la espalda y dejando paso á doña Rita, que entró no medrosa y pisando huevos como solía, sino toda despeinada, alborotadica y risueña, agitando un grueso manojo de llaves, que entregó al marqués advirtiéndole:

--Sepa vuecencia que ésta es de la despensa... ésta del ropero... ésta del...

--¿Ahora quiere V. que yo saque el tocino y los garbanzos, eh? Váyase V. al...

No oyó doña Rita el final de la imprecación, porque salió cantando, y tras ella los demás interlocutores del marqués, y en pos de éstos el marqués mismo, que los siguió furioso al través de las habitaciones y estuvo á punto de alcanzarlos en la cocina, sin que se atreviese á seguirlos al patio por no arrostrar la glacial temperatura. Á la luz de la luna que argentaba el piso nevado, el marqués los vió alejarse, delante D. Calixto, luego Celedonio y doña Rita de bracero, y por último Jacinto muy cosido á una silueta femenina que reconoció ser Pepa la cocinera... ¡Pepilla también! Tendió el marqués la vista por la cocina abandonada, y vió el fuego del hogar que iba apagándose, y oyó una especie de ronquido animal... Al pie de la chimenea el capataz dormía.

Á la mañana siguiente, el pastor que no quiso «espantar la suerte,» hizo para el marqués de Torres-Nobles de Fuencar unas migas, y así pudo este noble señor comer caliente el primer día que se despertó millonario.

* * * * *

Me parece excusado describir la suntuosa instalación del marqués en Madrid; lo que sí no debe omitirse es que tomó un cocinero cuyos guisos eran otros tantos poemas gastronómicos. Se sospecha que los primores de tan excelso artista, saboreados con excesiva delectación por el marqués, le produjeron la enfermedad que le llevó á la tumba. No obstante, yo creo que el susto y caída que dió cuando se desbocaron sus magníficos caballos ingleses, fué la verdadera causa de su fallecimiento....

Abierto el testamento del marqués, se vió que dejaba por heredero al pastor de Fuencar.

EL LIBRO TALONARIO

...El Tío Buscabeatas pertenecía al gremio de los hortelanos [de Rota].

Ya principiaba á encorvarse en la época del suceso que voy á referir: y era que ya tenía sesenta años..., y llevaba cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la _Costilla_.

Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas..., que ya principiaban á ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de junio. Conocíalas perfectamente _el tío Buscabeatas_ por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, sobre todo á los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo guisadme, y se pasaba los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:

--_¡Pronto tendremos que separarnos!_

Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando á los mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia.

--Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz.--¡Feliz quien se las coma!

Y se marchó á su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va á casar una hija al día siguiente.

--¡Lástima de mis calabazas!--suspiraba á veces sin poder conciliar el sueño.--Pero luego reflexionaba, y concluía por decir:--... ¡Para eso las he criado!--Lo menos van á valerme quince duros....

Gradúese, pues, cuánto sería su asombro, cuánta su furia y cuál su desesperación, cuando, al ir á la mañana siguiente á la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas.... Como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras de Shylock...:

--_¡Oh! ¡Si te encuentro! ¡Si te encuentro!_

Púsose luego _el tío Buscabeatas_ á recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, donde sería imposible ponerlas á la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte, las calabazas tienen muy bajo precio.

--¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.) El infame, pícaro ladrón debió de robármelas anoche á las nueve ó las diez y se escaparía con ellas á las doce en el _barco de la carga_... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el _barco de la hora_, y maravilla será que no atrape al ratero y recupere á las hijas de mi trabajo!

Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, ó contando las calabazas que faltaban..., hasta que, á eso de las ocho, partió con dirección al muelle.

Ya estaba dispuesto para hacerse á la vela el _barco de la hora_, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz á las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el _barco de la carga_ sale todas las noches á las doce, conduciendo frutas y legumbres....

Llámase _barco de la hora_ el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules....

* * * * *

Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día se paraba _el tío Buscabeatas_ delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía á un aburrido polizonte que iba con él:

--¡Éstas son mis calabazas!--¡Prenda V. á ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

--¡Prenderme á mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)--Estas calabazas son mías; yo las he comprado....

--Eso podrá V. contárselo al Alcalde--repuso _el tío Buscabeatas_.

--¡Que no!

--¡Que sí!

--¡Tío ladrón!

--¡Tío tunante!

--¡Hablen Vds. con más educación...!--dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo en el pecho á cada interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los mercados públicos....

Enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:

--¿Á quién le ha comprado V. esas calabazas?

--Al tío Fulano, vecino de Rota...--respondió el interrogado.

--¡Ése había de ser...! (gritó _el tío Buscabeatas_.) ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete á robar en la del vecino!

--Pero, admitida la hipótesis de que á V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura á V. que éstas, y no otras, son las suyas?

--¡Toma! (replicó _el tío Buscabeatas_.) ¡Porque las conozco como V. conocerá á sus hijas, si las tiene!--¿No ve V. que las he criado?--Mire V.: ésta se llama _cachigordeta_; ésta, _coloradilla_; ésta, _Manuela_..., porque se parecía mucho á mi hija la menor....

Y el pobre viejo se echó á llorar amarguísimamente.

--Todo eso está muy bien...; pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que.... V. las identifique....

--¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo á todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!--dijo _el tío Buscabeatas_, no sin grande asombro de los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso á desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía.

La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.

--¿Qué va á sacar de ahí?--se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso á ver qué ocurría en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:

--¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas...--Conteste V....

El recién llegado se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo impidieron materialmente, y el mismo Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al _tío Buscabeatas_, ya se había encarado con el presunto ladrón, diciéndole:

--¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

--Usted es quien ha de ver lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré á la cárcel por calumniador.--Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año á Cádiz, en mi huerta, y nadie podrá probarme lo contrario.

--¡Ahora verá V.!--repitió _el tío Buscabeatas_ acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.

Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y á los curiosos:

--Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón, para que luego pueda comprobarse si tal ó cual recibo es falso ó no lo es?

--Lo que V. dice se llama el _libro talonario_--observó gravemente el Regidor.

--Pues eso es lo que yo traigo aquí: el _libro talonario_ de mi huerta, ó sea los cabos á que estaban unidas estas calabazas antes de que me las robasen.--Miren Vds.--Este cabo era de esta calabaza... Nadie puede dudarlo...--Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.--Este más ancho..., debe de ser de aquélla... ¡Justamente!--Y éste es de ésta... Ése es de ésa... Ésta es de aquél...

Y en tanto que así decía, iba adaptando un cabo ó pedúnculo á la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.

Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos los polizontes y el mismo Concejal, y comenzaron á ayudarle al _tío Buscabeatas_ en aquella singular comprobación, diciendo todos á un mismo tiempo con pueril regocijo:

--¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!--Éste es de aquí... Ése es de ahí... Aquélla es de éste... Ésta es de aquél...

Y las carcajadas de los grandes se unían á los silbidos de los chicos, á las imprecaciones de las mujeres, á las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y á los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por llevárselo á la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano se vió obligado desde luego á devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al _tío Buscabeatas_, y que éste se marchó á Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo por el camino:

--¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido traerme á _Manuela_, para comérmela esta noche y guardar las pepitas!

EL PÁJARO EN LA NIEVE

Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegos suelen aprender, la música; y fué en este arte muy aventajado. Su madre murió pocos años después de darle la vida; su padre, músico mayor de un regimiento, hacía un año solamente. Tenía un hermano en América que no daba cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición. El padre indignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oir su nombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menos de recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del ciego más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín....

El padre, algún tiempo antes de morir, había conseguido que le diesen [á Juan] una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para sostener una casa abierta, por modesta que fuese; así que, pasados los primeros quince días, nuestro ciego vendió por algunos cuartos, muy pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidió á la criada y se fué de pupilo á una casa de huéspedes pagando ocho reales; los seis restantes le bastaban para atender á las demás necesidades. Durante algunos meses vivió el ciego sin salir á la calle más que para cumplir su obligación; de casa á la iglesia, y de la iglesia á casa. La tristeza le tenía dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de _requiem_, que contaba se tocase por la caridad del párroco en obsequio del alma de su difunto padre....

El cambio de ministerio le sorprendió cuando aún no la había terminado: no sé si entraron los radicales, ó los conservadores, ó los constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino tarde y con daño. El nuevo gabinete, pasados algunos días, juzgó que Juan era un organista peligroso para el orden público, y procedió inmediatamente á dejar cesante á Juan.... Cuando le notificaron el cese, nuestro ciego no experimentó más emoción que la sorpresa; allá en el fondo casi se alegró, porque le dejaban más horas desocupadas para concluir su misa. Solamente se dió cuenta de su situación cuando al fin del mes se presentó la patrona en el cuarto á pedirle dinero; no lo tenía, porque ya no cobraba en la iglesia; fué necesario que llevase á empeñar el reloj de su padre para pagar la casa. Después se quedó otra vez tan tranquilo y siguió trabajando sin preocuparse de lo porvenir. Mas otra vez volvió la patrona á pedirle dinero, y otra vez se vió precisado á empeñar un objeto de la escasísima herencia paterna; era un anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo qué empeñar. Entonces, por consideración á su debilidad, le tuvieron algunos días más de cortesía, muy pocos, y después le pusieron en la calle, gloriándose mucho de dejarle libre el baúl y la ropa, ya que con ella podían cobrarse de los pocos reales que les quedaba á deber.

Buscó una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causó una inmensa tristeza; ya no podía terminar su misa....

Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez quedándose con el baúl en prenda. Entonces comenzó para el ciego una época miserable y angustiosa.... De posada en posada, arrojado de todas poco después de haber entrado, metiéndose en la cama para que le lavasen la única camisa que tenía, el calzado roto, los pantalones con hilachas por debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodó Juan por Madrid no sé cuánto tiempo....

Comía lo preciso para no morirse de hambre en alguna taberna de los barrios bajos, y dormía por cuatro cuartos entre mendigos y malhechores en un desván destinado á este fin. En cierta ocasión le robaron, mientras dormía, los pantalones, y le dejaron otros de dril remendados. ¡Era en el mes de noviembre!...