Spanish Tales for Beginners

Part 3

Chapter 34,005 wordsPublic domain

Usaba de toda clase de ardides para observar si era acechado ó seguido, y prefería volver sin pesca al pueblo á exponerse por una imprudencia á que acertasen el sitio de la pesca maravillosa.

Una tarde en que Chaviri estaba seguro de ser espiado, después de pasar pacientemente una hora echando su caña en el sitio donde solía ponerse para que las gentes le vieran, miró á su alrededor con gesto receloso, levantóse, recogió su aparejo, y se fué _río abajo_, donde la orilla forma un recodo oculto entre espinos y zarzales.

Se sentó sobre la hierba, tendió su caña y echó su anzuelo á la corriente.

Al poco rato exclamó:

--¡Gracias á Dios que estoy solo! ¡No es floja la pesca que hoy voy á llevar!

Entonces, del jaro inmediato salió una cabeza, y luego otra del de más allá y otra tercera más lejos. Chaviri reconoció al punto á González, á Martínez y á Pérez, que se apresuraron á decirle:

--¡Tú nos engañas!

--¡No pones nada en tu anzuelo!

--¡Si querrás hacernos creer que se puede pescar sin carnada!

--¿Cómo que no? ¡Ya lo veis!--contestó Chaviri riéndose.--¡Nada he puesto en mi anzuelo... y los tres habéis picado!

LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN

En el vasto salón del Prado aún no había gente. Era temprano; las cinco y media nada más. Á falta de personas formales los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota y de escondite....

El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando salud, se agrupaban á la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento los inquietos y menudos objetos de su vigilancia....

Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse á contemplar con ojos distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once á doce años de edad, cuyos perfiles--lo único que veía de ellas--eran de una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia....

Me llamó la atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco ó ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció cómica: pero observando mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas....

El paseo se iba poblando poco á poco.... Los pequeños, retrocedían ante la invasión de los grandes á los parajes más apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio, vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante de nuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al parecer conveniente la gravedad que mostraban, se puso á hacerles muecas en son de menosprecio. Luisa, al verse interrumpida, se levantó furiosa y le tiró por los cabellos. El chico se alejó llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponía á dejar la silla para dar algunas vueltas, oí exclamar á Luisa:

--¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!

Asunción se estremeció la cabeza vivamente.

--Sí, sí, es ella,--continuó Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la muerte de su hermano... No te asustes... verás, yo lo voy á arreglar todo.

Asunción, en efecto, había empalidecido y estaba clavada é inmóvil en la silla como una estatua. Pronto divisé un grupo de niñas de su misma edad que se aproximaba; en el centro venía una completamente enlutada, morenita, con grandes ojos negros que debía de ser la causante de los temores de Asunción. Luisa se levantó á recibirlas.... Asunción no se movió....

Lolita se vino hacia la melancólica niña y le preguntó cariñosamente tocándole la cara:

--¿Qué tienes, Chonchita?

La pobre Asunción, completamente abatida, no contestó nada; visto lo cual por su amiga, tomó asiento al lado; y la instó con mucha viveza para que le contase lo que la ponía tan triste.

--Mira, Lola,--comenzó con voz temblorosa y casi imperceptible,--después que te lo diga, ya no me querrás.

Lola protestó con una mueca....

--Mañana hace un mes que murió tu hermano Pepito.... Á mí no me han dejado ir á tu casa, pero toda la tarde la pasé llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo éramos novios... ¿no lo sabías?

--¡No!

--Pues lo éramos desde hacía dos meses. Me escribió una carta y me la dió un día al entrar en tu casa: salió de un cuarto de repente, me la dió y echó á correr. Me decía que desde la primera vez que me había visto le había gustado, que podríamos ser novios si yo le quería, y que en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos casaríamos. Á mí me daba mucha vergüenza contestarle, pero como á Luisa le había escrito también Paco Núñez declarándose, yo por encargo de ella le dije un día en el paseo: «Paco, de parte de Luisa, que sí,» y á la otra vuelta Luisa le dijo á Pepito: «Pepito, de parte de Asunción, que sí.» Y quedamos novios. Los domingos cuando bailábamos en tu casa ó en la mía, me sacaba más veces que á las demás, pero no se atrevía á decirme nada... Á pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y hablaba poco, le pregunté si estaba enfadado, y él me contestó: «Yo no me enfado con nadie, y mucho menos contigo.» Yo me puse colorada... y él también... Todos los días por la tarde iba á esperarme á la salida del colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo salía y después me seguía hasta casa...

Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y curiosidad, aguardó un rato á que continuase....

--¿De qué murió tu hermano? ¿No dijeron los médicos que había muerto de una mojadura que había cogido?

--Sí.

--Pues esa mojadura, Lola... la cogió por causa mía... Sí, la cogió por causa mía... Una tarde en que estaba lloviendo á cántaros, fué á esperarme al colegio... Le ví por los cristales metido en un portal... en el portal de enfrente... no traía paraguas. Cuando salimos, yo me tapé perfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro para ella... Pepito nos siguió á descubierto. Llovía atrozmente... y yo en vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé ir mojándose hasta casa... Pero no fué por gusto mío, Lola... por Dios, no lo creas... fué que me daba vergüenza...

Al decir estas palabras, la embargó la emoción, se le anudó la voz en la garganta y rompió á sollozar fuertemente. Lolita se la quedó mirando un buen rato, con ojos coléricos, el semblante pálido y las cejas fruncidas; por último se levantó repentinamente y fué á reunirse con sus amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La ví agitar los brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia, y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que por eso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada, con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos....

El sol se había retirado ya del paseo, aunque anduviese todavía por las ramas de los árboles y las fachadas de las casas. Los lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecían en aquel instante como si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de gente.

Después de discutir con violencia y de rechazar enérgicamente las proposiciones conciliadoras, Lolita se encerró en un silencio sombrío.... Al fin volvió lentamente la cabeza hacia Asunción. La pobre niña seguía en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las manos. Al verla, debió pasar un soplo de enternecimiento por el corazón de la irritada hermana; destacóse del grupo, y viniendo hacia ella, le echó los brazos al cuello diciendo:

--No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba también. La cabecita rubia y la morena estuvieron un instante confundidas. Rodeáronlas las amigas, y ni una sola dejó de verter lágrimas.

--¡Vamos, niñas, que nos están mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las lágrimas y vamos á pasear.

Y en efecto, llevándose el pañuelo á los ojos, ella la primera, con rostro sereno y risueño se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y las perdí muy pronto de vista.

ECONOMÍA PRÁCTICA

...Hay personas que cifran todo su orgullo en comprar barato, como le sucede á un tío mío, hombre muy nervioso y algo irascible, que se va á un establecimiento de paños y empieza por pedir una silla y sentarse cómodamente.

--Sáqueme usted tela para un gabán--dice con aire de hombre superior.--Quiero que sea buena, ¿sabe usted?

El dependiente coloca sobre el mostrador seis ó siete piezas de paño. Mi tío desde su asiento examina el género, lo frota, lo mira al trasluz, lo estira, lo encoge, lo acerca á la nariz, se lo pasa por los párpados para ver si es suave, y, por último, pregunta:

--¿Á cómo?

--Á tres duros.

Mi tío se levanta, hace un gesto de desdén y se finge que va á tomar la puerta, no sin decir antes:

--Vaya, vaya; veo que no quiere usted vender.

--Pero venga usted acá y nos arreglaremos....

Mi tío se acerca al mostrador, coge al dependiente por la muñeca, le aproxima los labios al oído y le dice á media voz:

--¿Quiere usted treinta reales?...

--¿Está usted loco? ¡Treinta reales por un género como éste!...

Enójase el dependiente; mi tío le contesta una barbaridad; chillan ambos, interviene el dueño de la tienda, y mi tío dice por último, con voz alterada:

--¿Quiere usted treinta y cinco reales? No doy un céntimo más.

El caso es que mi tío sale de allí con la tela después de conseguir que le rebajen un duro en cada vara; y cuando está hecho el gabán, pregunta á los amigos:...

¿Cuánto cree usted que me ha costado esta prenda?

--Veinte duros--dice uno.

--Usted los hubiera pagado seguramente, ¡pero yo!... Límpiese usted los ojos para ver este gabán, y ahora sepan ustedes que con tela, forros, botones y hechura me ha costado.... ciento once reales con quince céntimos.

¿Puede dudarse de que mi tío compra barato en Madrid? Pues ¿y D. Sinforoso, mi compañero de oficina?

Hace pocos días tuvo que comprar una jaula para un jilguero que le enviaron de Cuzcurrita, su tierra natal, y se fué á la plaza de Santa Ana.

--¿Á cómo son estas jaulitas?

--Á cuatro pesetas.

--¡Hombre, por Dios! No diga usted disparates. ¿Quiere usted dos pesetas?

--No, señor; es precio fijo....

El pajarero volvió las espaldas; se puso á dar de comer á un loro que está delicado y no come con su propio pico.

--Oiga usted--gritó D. Sinforoso desde la puerta.--¿No quiere usted vender?

--Sí, señor; pero no puedo perder el tiempo.

--Vamos, póngase usted en razón. ¿Quiere usted las dos pesetas?

--He dicho que no.

--¿Dos pesetas y diez céntimos?

Nueva retirada del pajarero....

Y viendo D. Sinforoso que el de los pájaros se sentaba en una silla para alimentar al loro con más comodidad, él se sentó también á la entrada de la tienda, y allí se estuvo cerca de una hora, diciendo de vez en cuando:

--Conque ya lo sabe usted: dos pesetas y un perro grande.

El pajarero comenzó á perder la paciencia, y acabó por vender la jaula en los ocho reales ofrecidos, dando un empujón á D. Sinforoso y poniéndole de patitas en la calle....

DE VIAJE

Dejo á Barcelona entregada á su industria poderosa y á sus hábitos mercantiles y me vuelvo á Madrid.... Llego á la estación del ferrocarril en busca del tren que ha de conducirme á la corte, y advierto con profunda sorpresa que el andén está lleno de peregrinos de todas clases, procedentes de Roma y que se disponen á regresar á sus pueblos respectivos.

En mi coche penetran varios, y entre ellos una señora con una perra, á la que trata de ocultar en el seno para no incurrir en las iras de los empleados.... La perra, que es muy juguetona, salta sobre mis rodillas y se pone á escarbar encima de mis pantalones como si estuviera en el campo.

--Celina--le dice su ama cariñosamente,--lame á este caballero para manifestarle tus simpatías.

--No, señora--contesto yo,--dígale V. que no se moleste.

--Quiero que vea V. su docilidad.

La perra dirige á la señora una mirada de infinita ternura y se pone á lamer á los viajeros, uno por uno, hasta que llega á un fabricante de corchos, hombre iracundo, sin fe religiosa, ni aseo personal, que al sentirse lamido suelta un terno y quiere matar á la perra con el lío de los paraguas.

Los demás viajeros conseguimos tranquilizarle, y la señora se ve acometida de un estremecimiento nervioso, y comienza á herir la delicadeza del fabricante desatándose en improperios contra los corchos, hasta que llega el interventor del tren y exige el billete de la perra con mal talante.

--¿Cómo?--grita la señora.--Un animalito que no pasa de los seis años, ¿va á pagar billete entero, como si fuese una persona mayor?

--No hay más remedio.

--Pues esto es un abuso, y en cuanto llegue á Madrid se lo contaré todo á Conejo, que es de la mayoría parlamentaria y se tutea con un primo de Salvador.

Al fin se conmueve el empleado, y exige sólo por la perra el importe de medio billete, considerándola niña de lanas.

Y en éstas y las otras llegamos á Manresa, donde hay varios viajeros esperando el tren para tomarlo poco menos que á la bayoneta.

La señora se pone de pie delante de la portezuela á fin de evitar el asalto, pero ellos no cejan en su propósito y atropellan todo lo existente.

Entre los recién llegados figura un teniente de carabineros que viaja con un saco de noche, dos sombrereras, una escopeta de dos cañones y un manojo de sables atados con un cordel. La perra ve aquellos instrumentos mortíferos y se pone á ladrar como una loca.

--Aquí no hay sitio para todo ese equipaje--dice la señora estrechando á la perra contra su corazón.

--¿Que no?--contesta el militar sonriendo.

Y deja caer los bultos sobre el almohadón del coche; después se quita las botas, abre el saco de noche, saca unas babuchas que parecen dos orejas de elefante y se las calza con la mayor tranquilidad murmurando:

--¿Ve V. como hay sitio para todo?

La señora se muerde los labios.

Detrás del teniente penetran dos curas y se sientan encima de la perra, haciéndola prorrumpir en sollozos agudos. Entonces ocurre lo que no puede referirse; la señora pierde la calma y quiere arañar al clero; el fabricante se subleva porque le ha pisado la señora un juanete; ruge el carabinero y se asustan los sacerdotes hasta que se restablece la calma y cada cual busca el medio de descansar mejor.

Un peregrino se sienta á mi lado, apoya la cabeza en mi hombro y se queda dormido, rozándome dulcemente la mejilla con la media docena de pelos que adornan su frente. Otro peregrino saca un salchichón, que parece una escopeta, y se pone á comer rajas y á tararear un himno piadoso. Algunas veces va á levantar el salchichón y me da con él en la cabeza.

Cuando llego á Madrid, quiero abrazar á un amigo que me espera en la estación y las fuerzas me faltan.

--¿Qué tienes?--me pregunta.--¿Estás malo?

--¿Cómo quieres que esté un hombre que ha venido desde Barcelona debajo de dos peregrinos, y amenazado constantemente por una perra, una señora y un salchichón?

TEMPRANO Y CON SOL

El empleado que despachaba los billetes en la taquilla de la estación del Norte de Madrid, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando la infantil vocecita pronunció, en tono imperativo:

--¡Dos billetes de primera para París...!

Miró á su interlocutora, y vió que era una morena de once á doce años, de ojos como tinteros, de tupida melena negra, vestida con rico y bien cortado ropón de franela roja, y luciendo un sombrerillo jockey de terciopelo granate que le sentaba á las mil maravillas. Agarrado de la mano traía la señorita á un caballerete que representaba la misma edad sobre poco más ó menos, y también tenía trazas en semblante y ropa de pertenecer á muy distinguida clase y á muy acomodada familia. El chico parecía azorado; la niña, alegre con nerviosa alegría. El empleado sonrió á la gentil pareja y murmuró como quien da algún paternal aviso:

--¿Directo ó á la frontera? Á la frontera son ciento cincuenta pesetas, y...

--Ahí va dinero,--contestó la intrépida señorita alargando un abierto portamonedas. El empleado volvió á sonreír, ya con marcada extrañeza y compasión, y advirtió:

--Aquí no tenemos bastante.

--¡Hay quince duros y tres pesetas!--exclamó la viajerilla.

--Pues no alcanza. Y para convencerse, pregunten ustedes á sus papás.

Al decir esto el empleado, vivo carmín tiñó hasta las orejas del galán, cuya mano no había soltado la damisela, y ésta, dando impaciente patada en el suelo, gritó:

--¡Bien... pues entonces... un billete más barato!

--¿Cómo más barato? ¿de segunda? ¿de tercera? ¿á una estación más próxima? ¿Escorial; Ávila...?

--¡Ávila, sí... Ávila... justamente Ávila...! respondió con energía la niña.--Dudó el empleado un momento; al fin se encogió de hombros... y entregó los dos billetes, devolviendo muy aligerado el portamonedas.

Sonó la campana de aviso; salieron los chicos disparados al andén; metiéronse en el primer vagón que vieron, sin pensar en buscar un departamento donde fuesen solos; y con gran asombro del turista americano que ya acomodaba en un rincón su valija de cuero, al verse dentro del coche se agarraron de la cintura y empezaron á bailar.

* * * * *

¿Cómo principió aquella pasión devoradora? Pues empezó del modo más sencillo, más inocente y más bobo. Empezó por una manía. Ambos eran coleccionistas....

El papá de Serafina, llamada Finita, y la mamá de Francisco, llamado Currín, se trataban poco; ni siquiera se visitaban, á pesar de vivir en la misma opulenta casa del barrio de Salamanca: en el primer piso el papá de Finita, y en el segundo la mamá de Currín. Currín y Finita, en cambio, se encontraban muy á menudo en la escalera, cuando él iba á clase y ella salía para su colegio....

Cierta mañana, al bajar las escaleras, Currín notó que Finita llevaba bajo el brazo un objeto, un libro rojo, ¡libro tantas veces codiciado y soñado por él!... Rogó á Finita que le enseñase el magnífico álbum de sellos. Finita accedió á los ruegos de Currín: pusieron el álbum sobre la repisa de la ventana, y se dieron á hojearlo con vivacidad.--«Esta hoja es del Perú. Mira, los de las islas Hawai. Tengo la colección completa.»

Y desfilaban los minúsculos y artísticos grabaditos con que cada nación marca y autoriza su correspondencia.... Currín se embelesaba, y chillaba de vez en cuando dando brincos: «¡Ay! ¡Ay! ¡qué rebonito! Éste no lo tengo yo...» Por fin, al llegar á uno muy raro de la república de Liberia, no pudo contenerse. «¿Me lo das?»--«Toma;» respondió con expansión Finita. «Gracias, hermosa;» contestó el galán; y como Finita, al oir el requiebro, se pusiese color de la cubierta de su álbum, Currín reparó en que Finita era muy guapa, sobre todo así, colorada de placer y con los ojos brillantes, negros, rebosando alegría.

«¿Sabes que te he de decir una cosa?»--murmuró el chico.--«Anda, dímela.»--«Hoy no.»--La doncella que acompañaba á Finita al colegio, había mostrado hasta aquel instante risueña tolerancia con la escena filatélica; pero le pareció que se prolongaba mucho, y pronunció un «vamos, señorita,» que significaba: «Hay que ir al colegio....»

Currín se quedó admirando su sello y pensando en Finita. Era Currín un chico dulce de carácter, no muy travieso, aficionado á los dramas tristes, á las novelas de aventuras extraordinarias, y á leer versos y aprendérselos de memoria. Siempre estaba pensando en que le había de suceder algo raro y maravilloso; de noche soñaba mucho, y con cosas del otro mundo ó con algo procedente de sus lecturas. Desde que coleccionaba sellos, soñaba también con viajes de circumnavegación y países desconocidos....

Al otro día, nuevo encuentro en la escalera. Currín llevaba duplicados de sellos para obsequiar á Finita. En cuanto la dama vió al galán, sonrió y se acercó con misterio. «Aquí te traigo esto,» balbuceó él. Finita puso un dedo sobre los labios, como para indicar al chico que se recatase de la doncella; pero constándole á Currín que no había en el obsequio de los sellos malicia alguna, fué muy resuelto á entregarlos. Finita se quedó al parecer algo chafada: sin duda esperaba otra cosa: y llegándose vivamente á Currín, le dijo entre dientes:

--¿Y... y aquello?

--¿Aquello...?

--Lo que me ibas á decir ayer.

Currín suspiró, se miró las botas, y pronunció esta tontería:

--Si no era nada...

--¡Cómo nada!--articuló Finita furiosa.--¡Qué idiota! ¿Nada, eh?

Y el muchacho, dando tormento al rey Leopoldo de Bélgica que apretaba entre sus dedos, se puso muy cerquita del oído de la niña, y murmuró suavemente: «Sí, era algo... Quería decirte que eres... ¡más guapita!» Y espantado de su osadía, echó á correr escalera abajo.

Al otro día, Currín escribió unos versos en que decía á Finita:

Nace el amor de la nada; De una mirada tranquila; Al girar de una pupila Se halla un alma enamorada.

Graves autores aseguran que Currín los sacó de un libro que le prestó un compañero. Mas ¿qué importa? El caso es que Currín se sentía como lo pintaban los versos: enamorado, atrozmente enamorado. No pensaba más que en Finita; se sacaba la raya esmeradamente, se compró una corbata nueva, y suspiraba á solas.

Al fin de la semana eran novios en regla. La doncella cerraba los ojos... ó no veía, creyendo que allí se hablaba buenamente de sellos....

Cierta tarde creyó el portero que soñaba, y se frotó los ojos. ¿No era aquélla la señorita Serafina, que pasaba sola, con un bolsillo de piel al brazo? ¿Y no era aquél que iba detrás el señorito Currín? ¿Y no se subían los dos á un coche de punto? ¡Jesús, María y José! Pero ¡cómo están los tiempos y las costumbres! Y ¿á dónde irán? ¿Aviso ó no aviso á los padres? ¿Qué hace en este apuro un hombre de bien?

* * * * *

--Oye,--decía Finita á Currín, apenas el tren se puso en marcha.--Ávila ¿cómo es? ¿Muy grande? ¿Bonita, lo mismo que París?

--No...--respondió Currín con cierto escepticismo amargo.--Debe de ser un pueblo de pesca.

--Pues entonces... no conviene que nos quedemos allí. Hay que seguir á París. Yo quiero ver París; y también quiero ver las Pirámides de Egipto.

--Sí...--murmuró Currín, por cuya boca hablaba el buen sentido y la realidad--pero... ¿y el dinero?

--¿El dinero?--contestó Finita.--Eres bobo. ¡Se pide prestado!

--¿Y á quién?

--¡Á cualquiera!

--¿Y si no nos lo quieren dar?

--¿Y por qué, tonto? Yo tengo reloj que empeñar. Tú también. Empeñaré además el abrigo nuevo. No sirves para nada... ¡Escribimos á papá que nos envíe... un... un bono... no, una letra! Papá las está mandando cada día á todas partes.

--Tu papá estará echando chispas.... ¡La hicimos, Finita!... No sé qué será de nosotros.

--Pues se empeña el reloj, y en paz... ¡Ay! ¡Lo que nos divertiremos en Ávila! Me llevarás al café... y al teatro... y al paseo....

Cuando oyeron cantar «¡Ávila! ¡Veinticinco minutos!» saltaron del tren, pero al sentar el pie en el andén, se quedaron indecisos. La gente salía, se atropellaba hacia la fonda, y los enamorados no sabían qué hacer. «¿Por dónde se va á Ávila?» preguntó Currín á un mozo, que viendo á dos niños sin equipaje, se encogió de hombros y se alejó. Por instinto se encaminaron á una puerta, entregaron sus billetes, y asediados por un solícito agente de fonda, se metieron en el coche, que los llevó á la del Inglés.

Acababa de recibir el gobernador de Ávila un telegrama de Madrid, interesando la captura de la apasionada pareja. La captura se verificó y los fugitivos fueron llevados á Madrid sin pérdida de tiempo. Finita quedó internada en un convento y Currín en un colegio, de donde no se les permitió salir en un año, ni aún los domingos....

EL PREMIO GORDO