Spanish Tales for Beginners

Part 2

Chapter 24,155 wordsPublic domain

Y sus rodillas se doblaron, y sus ojos se fijaron en la bóveda azul del cielo, y en torno suyo resonaron dulcísimos _hosannas_, que la hicieron volver la vista á su alrededor.

El medicó venido de Judea no estaba ya á su lado, que cercado de vívidos resplandores se elevaba hacia la bóveda azul del cielo.

--¿Quién eres, señor, quién eres?--exclamó la princesa atónita y deslumbrada.

--Soy tu esposo, soy el que dió la salud á la hija de Jairo, que padecía el mal que tú padeciste; soy el que dijo: «Cualquiera que dejase casa, ó hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.»

En la orilla del lago azul que hoy llaman de _San Vicente_, y está en tierra de Briviesca, hay una pobre ermita, donde vivió solitaria la hija del rey moro de Toledo, que hoy llaman _Santa Casilda_.

LA FLORECITA AZUL

Un niño de seis años murió en la aurora de un bello día de estío, y el ángel de su guarda bajó á buscar su alma inocente, y con ella se remontó á los cielos.

Ya habían abandonado la opulenta ciudad donde quedaban los padres del niño muerto; ya habían perdido de vista los campos de trigo donde cantaba la alondra, los bosques en que resonaban las risas de los leñadores, los jardines cubiertos de flores y de frutas, y el ángel de la guarda no había mirado nada. Pero cuando llegaron en su vuelo el ángel y el alma del niño á cruzar sobre una pobre aldea, aquél se detuvo y sus ojos buscaron una callejuela solitaria, á cuyos lados se veían algunas míseras cabañas.

La hierba crecía entre las piedras de la mísera calle como prueba de su silencio y abandono, y en muchos sitios se veían cenizas arrojadas al viento y groseros platos de barro rotos.

El ángel miró tristemente y durante largo tiempo aquel pobre y abandonado sitio; pero de repente su celeste mirada fué á posarse en una florecita azul que un rayo de sol había abierto y que parecía sonreir á la tierra: el ángel dejó oir un grito de alegría: abatió su vuelo y fué á cogerla.

El alma del inocente muerto preguntó entonces al ángel:...

--¿Por qué te detienes ante esta flor sin perfume y sin belleza?

--Mira, amigo mío, allá abajo hacia el fin de esta triste callejuela, le respondió el ángel: á poca distancia de nosotros descubrirás una cabaña, cuyo techo se ha hundido con la lluvia y las nieves y cuyas paredes húmedas están tapizadas de hiedra: mira bien esa triste morada.

--¡Oh! exclamó el alma del niño: ¡qué pobre asilo!

--No era mucho más alegre que ahora, cuando sucedió lo que voy á repetirte: era una mísera cabaña donde habitaba la pobreza y la honradez: la familia se componía de dos esposos y de dos niños, hijos de los mismos; la mayor tenía doce años, y durante todo el día iba á conducir un rebaño de vacas: el niño, débil y enfermizo desde su nacimiento, tenía tu misma edad, seis años.... La pobreza agobiaba á la pobre familia, y los padres trabajaban todo el día para llevar por la noche un poco de pan y leche para ellos y para sus hijos!...

El pobre niño creció en la sombra, y jamás vió el sol más que desde la ventana de la sola pieza que había en la casa de sus padres; todo el día estaba solo; su madre lavaba la ropa en casa de un rico arrendador; su padre labraba los campos; su hermana llevaba á pacer las vacas de un vecino; cuando con gran trabajo conseguía el pobre niño dejar su camita de paja, se apoyaba en dos pequeñas muletas que su padre le había hecho de las ramas de un sauce, y salía á la puerta de la calle: pero allí no llegaba el sol nunca; la calle era tan estrecha y tan obscura....

Sus padres no podían sacrificar ni una hora de sus tareas para llevarle al campo: el trabajo de los padres es rudo y despótico, y ocupa todos los instantes de su vida. Tampoco podían enseñarle otra cosa que amar á Dios sobre todo, porque es el padre de los tristes....

El desdichado niño no había visto jamás la verdura de los prados, ni el follaje de los bosques; algunas veces los niños del pueblo le traían ramas de álamo, que él colocaba con cuidado sobre su lecho; y cuando se dormía, soñaba que estaba en un hermoso valle á la sombra de grandes árboles, que el sol brillaba á través del follaje, y que los pájaros cantaban y saltaban alegremente.

Un domingo, su hermana mayor, que le quería mucho, obtuvo permiso de los labradores, á quienes servía de pastora, para ir á ver al desdichado enfermito, y le trajo una florecita azul que había cogido en el campo, y que por casualidad había salido de la tierra con una parte de raíz.

El niño recibió el humilde presente con una gran alegría: los dos hermanos plantaron la florecita en una maceta vieja, que llenaron de tierra, la regaron con cuidado, y Dios hizo prosperar la planta, que á los pocos días se adornó con algunas hojitas: cuidada por la pequeña y débil mano de un niño doliente, constituyó, no sólo el jardín, sino el universo entero del pobre enfermo: porque aquella pequeña flor le representaba los prados, los bosques, los jardines, los ríos, en una palabra, toda la creación.

Mientras el niño vivió, ningún cuidado faltó á la humilde planta: él le daba todo lo que la angosta ventana dejaba pasar de aire y de luz: y cada noche la regaba, despidiéndose de ella con dulces palabras como de una amiga; y la florecita azul se llenó de hojas, y fué un hermoso adorno para el pobre tiestecillo donde la habían plantado.

Dios llamó un día al inocente mártir, predestinado á una dicha eterna.

Al caer la tarde de un hermoso día, le dió fiebre, y hubo de acostarse en su camita: al otro día estaba peor: los niños del pueblo, sus amigos, vinieron la tarde del domingo y cubrieron el lecho de ramas verdes y de flores del campo; sus padres lloraban, y su hermana, avisada de lo que sucedía, llegó llorosa y afligida: tomó la maceta de la ventana, y la puso al lado de la almohadita del niño, sobre la única mesilla de la mísera estancia....

La florecita parecía sonreir cuando el niño voló al seno de Dios.

La madre, desolada, quiso dejar aquella aldea; el dueño de la cabaña deseó arreglarla; al entrar en ella, hizo tirar todo lo que la familia había olvidado: la florecita azul, que había perdido su solo protector, fué arrojada en su viejo tiesto con todo lo demás....

--¿Y cómo sabes todo eso, mi buen amigo? preguntó el alma inocente del muerto.

--Porque soy yo mismo el pobre niño enfermo que andaba con muletas, y que había nacido sólo para sufrir; Dios me ha pagado esos dolores, que han durado poco en la tierra, dándome todas las alegrías del Paraíso: pero la dicha que hoy disfruto no me ha hecho olvidar mis alegrías de la tierra, y daría yo la más bella estrella del cielo que habito por esta pobre florecita azul que acabo de encontrar, y que voy á trasplantar á los jardines celestiales.

El ángel tomó la flor, la colocó en las plumas de sus alas, y llevando en sus brazos el alma del niño muerto, remontó su vuelo á las regiones donde la luz es eterna, donde el sol no se pone jamás.

LA NIÑA DEL VIGÍA

Un faro es un edificio muy elevado, que generalmente tiene la forma de una torre, con un gran fanal en la parte superior. Este fanal se enciende todas las noches, y como su luz recibe considerable aumento con la ayuda de lentes y de grandes reflectores, puede ser vista á una distancia considerable, y guiar de esta manera á los navegantes durante la noche.

Los faros se colocan generalmente en las rocas más elevadas, cerca de la orilla del mar, ó en los puntos en que hay peligro para los buques....

Hay hombres encargados de cuidar los faros; que viven en ellos y encienden todas las noches aquella luz.... Estos hombres se llaman vigías, y tienen que ser empleados sumamente fieles....

En uno de los faros de la costa de Valencia vivían un vigía y su hija única, niña de unos ocho años, que se llamaba Mariquita. El faro estaba situado en un peñasco que sólo se unía á la tierra firme por medio de una calzada estrecha, construida sobre una lengua baja de arena y rocas. No se podía atravesar esta calzada sino durante un espacio de tres horas, dos veces al día, pues durante todo el tiempo restante estaba cubierta por las aguas que crecían con la marea.

Una tarde el vigía.... cruzó la calzada para comprar algunas provisiones, dejando sola á su hijita en la torre del faro.

Mientras el padre apresuraba el paso hacia el pueblo vecino..., tres hombres de mala traza, ocultos detrás de unas rocas, espiaban sus movimientos. Eran raqueros, gente que vive del saqueo de los buques que naufragan en las costas. Sabiendo ellos que los buques que habían de pasar aquella noche, se estrellarían contra los arrecifes si el fanal no les advertía el riesgo, y que entonces tendrían ellos una buena presa, se propusieron apoderarse del vigía.

Llegado que hubo éste á la costa, salieron los raqueros de su escondrijo y le derribaron al suelo; le ataron de pies y manos, y le dejaron bajo la custodia de uno de ellos mientras los demás se dirigían á la playa.

Mariquita entretanto esperaba impaciente la vuelta de su padre. La noche se acercaba, y había barruntos de tempestad, pues ya se veían las olas estrellarse contra las rocas y se oía el viento bramar alrededor de la torre.

Dieron las seis; y la niña no ignoraba que pronto la marea subiría. Dieron las siete; miró á la costa, pero no vió á su padre. Á las siete y media ya la marea llegaba al borde de la calzada; sólo las cimas de las más altas rocas se descubrían sobre el nivel del mar, y muy pronto todo desapareció debajo de las turbulentas aguas.

--¡Papá! ¡Papá mío!--exclamó la acongojada niña--¿dónde estás? ¿me has olvidado?

En este momento se acordó de que era hora de encender las lámparas; pero ¿qué podía hacer la pobre niña estando las mechas demasiado altas para su estatura?

Cogió unos cuantos fósforos é hizo luz; probó si con una escalera podía alcanzar al lugar apetecido, pero aunque la puso sobre una mesa, vió que todavía le faltaba un poco para llegar á las mechas.

Ya iba á sentarse descorazonada y afligida cuando se acordó de un gran libro en que su padre acostumbraba leer; lo trajo, y colocándolo debajo de la escalera, la elevó lo suficiente para poder encender las mechas.

Los rayos de luz del fanal se derramaron sobre la expansión de las aguas, ya embravecidas por la tempestad, y los buques pudieron evitar aquella noche el peligro que los amenazaba.

En cuanto vieron los raqueros que el fanal estaba encendido, pusieron en libertad al vigía y huyeron de aquel sitio.

La mañana siguiente, como ya había bajado la marea, el vigía pudo llegar al faro, donde su hijita se arrojó á sus brazos y le contó los trabajos que había pasado aquella horrenda noche en la torre del fanal.

TONY

He tenido muchos perros y he conocido muchos más, y puedo aseguraros que la familia de los ingratos no existe en la raza canina.... La naturaleza ha sido ingrata y cruel con la raza canina, dotándola de una enfermedad horrible: la rabia.... Muchas veces, con sólo ver á un perro con la lengua fuera y la mirada triste, se le sacrifica bárbaramente por si rabia....

De los perros se cuentan muchas historias que parecen inverosímiles, y son ciertas y reales como la luz del sol. Pablo González tenía un mastín de lomo rojo, ojos claros, y potentes colmillos; se llamaba Tony, y era inseparable compañero de su amo en todas las excursiones que con su jaca rabona y la escopeta colgada de la grupa hacía desde su pueblo á los montes y dehesas para comprar ganados.

Tony era un mastín inteligente, leal, fornido y dócil; frotaba su enorme cabeza en las piernas de todo el mundo; los niños del pueblo se subían á caballo sobre su lomo, y cuando se cansaba de sufrir las impertinencias infantiles, gruñía un poco, enseñaba sus terribles colmillos y se tumbaba al sol, como diciendo: Basta de juego. Todos querían á Tony, le pasaban la mano por la cerdosa cabeza en prueba de confianza, porque el mastín de Pablo, en tiempo de paz, no mordía á nadie.... En el campo Tony era otra cosa; adivinaba su misión sobre la tierra, reducida á velar por los intereses y la persona de su amo.

Pablo estaba seguro de que mientras Tony velara su sueño, no sería nunca víctima de una sorpresa; confiaba en la lealtad y la fuerza de su noble mastín.... Se veía precisado muchas veces á tratar sus asuntos en terrenos despoblados y solitarios, y en estas ocasiones Tony no se separaba una pulgada de su amo, mirando siempre á la cara de la persona desconocida, como si quisiera adivinar sus intenciones....

Pablo recibió una carta, en la cual se le citaba para el día cuatro de mayo en el monte de Val-frío. Allí debía esperarle otro tratante en ganados, y los dos juntos debían ir á ver una punta de ovejas merinas que se hallaban pastando en las cañadas de Cabeza-fuerte. El tratante salió de Guadalajara montado en su jaca, la escopeta de dos cañones en la grupa, el revólver en el bolsillo del chaquetón, un gato con veinte mil reales en oro y plata en las alforjas, y el noble y valiente Tony detrás. Siguió la carretera de Pastrana hasta el atajo de El Palomar, subió la empinada cuesta, llegando, después de hora y media de caminata, al sitio prefijado, donde ya le estaban esperando dos hombres.

Echó pie á tierra, comenzaron los dimes y diretes del que compra y el que vende, y sucedió lo que sucede con frecuencia, es decir, que no se entendieron; porque Pablo quería que la punta de ovejas merinas fueran conducidas por los pastores del vendedor al prado de Villaverde, en las inmediaciones de Madrid, y el vendedor quería deshacerse de sus ovejas en el monte de Cabeza-fuerte, que era donde se hallaban pastando. En resumen: se deshizo el negocio.

Pablo había sacado el gato, dejándolo junto á las piedras, y en el calor de la disputa, y viendo la terquedad y mala fe de su contrincante, exclamó:--Conste que, si no cerramos el trato, es por culpa vuestra; porque ya sabéis que convinimos que la entrega de las ovejas se haría en el prado de Villaverde, y allí se contarían las cabezas, pagando las que resultaran en perfecto estado de salud.--Pues no puede hacerse el trato más que aquí,--añadió el ganadero;--si no te conviene, lo dejas.--Quédate con tu ganado y yo con mi dinero, repuso Pablo....

Tony, sentado sobre su cuarto trasero, presenciaba impasible el diálogo que antecede. Pablo, irritado y refunfuñando de aquella informalidad, desató la jaca de las ramas de una encina, montó á caballo y silbó á su perro. Tony permaneció inmóvil. Mientras tanto, los dos ganaderos montaron también á caballo, alejándose de aquel sitio, pero en dirección opuesta á la que había emprendido Pablo. Tony comenzó á ladrar desesperadamente. Su amo se detuvo y le silbó segunda vez.

De pronto el mastín tomó una veloz carrera y fué á reunirse con su amo, pero sin cesar en sus imponentes ladridos. Pablo no le hizo caso, preocupado en lo que acababa de acontecerle; pero tanto y tanto ladró el perro, que por fin dirigió una mirada recelosa en derredor suyo, y dijo:--¿Qué te pasa, animal?... Tony, de dos saltos, se colocó delante del caballo, como si tratara de impedirle el paso, hasta tal punto, que llegó á ponerle sus robustas zarpas sobre el pecho.

Entonces el chalán le sacudió un terrible latigazo; pero Tony, aunque sentía el agudo dolor de aquella culebra de cáñamo que se le había arrollado por el cuerpo, no se quejó y continuó ladrando.--¡Es extraño! Nunca he visto tan fosco y tan irritado á Tony. El mastín dió una carrera, se paró á unos doce pasos de la cabeza del caballo, y se echó atravesado en medio de la angosta vereda, ladrando siempre. Cuando llegó la jaca, saltó por encima del perro para no pisar á su compañero de cuadra.

Nuevamente el perro volvió á colocarse delante del caballo, tomó carrera hasta chocar su áspera y fuerte cabeza con los redondos y blandos belfos de la jaca, que se descompuso, con grave riesgo del jinete.--Pero ¿te has vuelto loco, Tony?...--gritó el chalán, sacudiéndole un segundo latigazo más enérgico que el primero. El mastín entonces hizo presa en uno de los estribos vaqueros, y tiró con fuerza hacia atrás.

Los ojos de Tony brillaban como dos ascuas de fuego, sus gruñidos eran potentes, amenazadores; aquel noble animal representaba con hermosura salvaje la desesperación del perro á quien su amo no entiende lo que quiere decirle, y se ve privado del precioso don de la palabra. Una idea cruzó por la mente de Pablo, y descolgando la escopeta de la grupa, se dijo:--Este perro rabia. El chalán clavó las espuelas á la jaca, que llevó arrastrando al pobre Tony, sin que soltara el estribo, diez ó doce metros. Por fin Tony soltó su presa, y se quedó como enclavado en medio de la vereda.

Pablo revolvió su caballo como para hacer frente al enemigo, apuntó su escopeta, é hizo fuego. Tony exhaló un lamento doloroso, y rodó por la cañada. Pablo aplicó de nuevo las espuelas en los ijares de la jaca, que partió como un rayo, cuesta abajo, en dirección á Guadalajara. El chalán, disgustado del lance, y no queriendo contemplar la agonía de su pobre Tony, no volvió ni una sola vez la cabeza.

Cuando llegó á la posada, echó de menos el gato que encerraba los veinte mil reales. El chalán se quedó aturdido, porque aquella pérdida le colocaba en una situación difícil para hacer frente á sus negocios. Al aturdimiento siguió la desesperación; montó á caballo en su valiente jaca, emprendió á escape el camino de Val-frío, llegó en menos de tres cuartos de hora á las piedras, pero el gato no estaba allí.--¡Ah!--exclamó.--Aquí lo dejé, aquí lo puse por mi propia mano.... ¡Esos miserables me han robado!... Ahora comprendo que mi noble Tony me avisaba, me decía: «Vuelve atrás; te dejas tu dinero.» Y yo, miserable, estúpido, imbécil, he pagado su lealtad dándole la muerte. Y Pablo se golpeaba la frente y se arrancaba los cabellos.

--¡Tony! ¡Tony! ¡Tony!--comenzó á gritar con desesperación. Pero cada uno de estos gritos que brotaba del alma del chalán sólo levantaba un eco en los barrancos. Pablo, abrumado bajo el peso de su desgracia, se sentó en una de las tres piedras, y entonces vió con sorpresa unas manchas de sangre y la tierra movida como si se hubiera revolcado un animal. Con los ojos inmensamente abiertos reconoció el terreno que le rodeaba, y observó que aquí y allá, en dirección del monte, había manchas de sangre.

Con esa inquietud, mezcla de desaliento y esperanza, Pablo comenzó á seguir aquel rastro de sangre. De vez en cuando se inclinaba para examinar las matas, con la detención de esos hombres de la naturaleza que ven las huellas de los animales impresas sobre la yerba. Junto á un enebro se veía otra revolcadura y algunos pelos de color rojizo pegados á la mata.--Sí, no me cabe duda,--se dijo Pablo,--por aquí ha pasado Tony.... Pero ¿es esto posible?.. Yo le pegué el tiro en el atajo, lejos de este sitio, en el fondo de la cañada. El chalán continuó siguiendo las gotas de sangre y las revolcaduras del pobre animal herido. Así se internó en el monte unos cincuenta metros. Junto á una espesa maraña había otro charco de sangre; pero allí se perdía el rastro.

Pablo entró con alguna dificultad en aquel espesar, y no pudo contener un grito de asombro, de admiración, tal vez de remordimiento; porque allí estaba Tony... Tony ensangrentado, Tony moribundo, con sus potentes zarpas sobre el gato que contenía los mil duros, y su enorme cabeza apoyada en el tesoro de su amo, dispuesto á defenderlo aún después de muerto. Pablo cayó arrodillado junto á su perro. Tony le miró con tristes ojos, exhalando uno de esos débiles gemidos que preceden á la agonía.

El chalán, con los ojos llenos de lágrimas y el alma angustiada por los remordimientos, abrazó la cabeza de aquel pobre animal, y besándola respetuosamente, murmuró en voz baja:--¡Perdón... perdón, pobre Tony: yo he sido tu asesino, yo he pagado tu lealtad dándote la muerte! Tony comenzó á lamer las lágrimas que resbalaban por las curtidas mejillas de su amo. Poco á poco aquella lengua, que acariciaba á su asesino, fué perdiendo la fuerza y el calor, hasta que se quedó inmóvil y fría.

Tony, sin embargo de que la muerte había paralizado la ternura de su corazón, permaneció con los ojos abiertos, mirando á su amo. Aquellos ojos sin luz parecían decirle: «Perdona si me han faltado las fuerzas, si no he podido llevarte el dinero hasta tu casa: ya lo ves, la culpa no es mía.» Pablo permaneció una hora arrodillado junto al cadáver de su perro. Por fin se levantó, y dijo:--Tony, tu muerte será para mí un remordimiento que ha de acompañarme hasta el sepulcro.

Aquella misma tarde el noble perro fué enterrado al pie de un árbol, que desde entonces lleva por nombre «La encina de Tony.»

PESCADOR DE CAÑA

Sentado á la sombra en la orilla del río, cubierta la cabeza con un sombrero de paja de anchas alas ya bastante moreno por el uso, las piernas colgando, la caña de pescar tendida casi horizontalmente á poca altura del agua, el bueno de Chaviri se pasaba las horas muertas, esperando que algún pez picase en su anzuelo.

Los chicos del pueblo, al pasar por allí, solían gritarle:

--¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Y no siempre eran los chicos los que se burlaban de él, sino á veces los grandes, preguntándole en tono de zumba:

--¿Pican? ¿Pican?

Chaviri miraba á unos y á otros con sonrisa desdeñosa, ó se encogía de hombros sin mirar siquiera, y, atento á su caña, seguía esperando la pesca con paciencia ejemplar.

Antes de hacerse Chaviri pescador de caña, había intentado hallar la fortuna por diversos caminos. Hombre de imaginación viva y fecunda, tuvo en varias ocasiones muy luminosas ideas; pero, al ir á realizarlas, fué tan desgraciado que siempre se le adelantó alguno en las empresas por él concebidas....

Lo que no acababa de comprender nunca, en medio del desaliento que en él producían sus continuos chascos, era cómo á Pérez, y á Martínez, y á González, no les había pasado lo mismo al establecerse, habiendo podido llegar los tres á reunir millones....

Anduvo caviloso algún tiempo, y observaron todos un gran cambio en el carácter de Chaviri. Lo vieron dar paseos solitarios y ausentarse del pueblo largas horas.

Ya no era, como antes, franco y expansivo, sino silencioso y reservado.

Y como tenía fama de ambiciosillo y de hombre tenaz que no se rinde fácilmente á las contrariedades, todos se dijeron al verle ir y venir:

¡Algo nuevo trae en su cabeza Chaviri!

Así es que, cuando se supo que después de tantas cavilaciones se había hecho pescador de caña, no hubo quien no dijese:

--¡Se ha desengañado! ¡Se da por vencido!

En los primeros días de aquella nueva ocupación de Chaviri, acudieron muchos á verle pescar, entre ellos Pérez, Martínez y González, que con sorna le preguntaban de vez en cuando:

--¿Pican? ¿Pican?

Y los chicos, menos disimulados que las personas mayores, le gritaban al nuevo pescador:

--¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Sólo de tarde en tarde se le veía sacar del río algún pececillo, que ni la carnada valía siquiera.

Mas es el caso, que cuando Chaviri á la caída del sol volvía al pueblo, no llevaba sólo aquellos pececillos miserables cuya pesca habían presenciado los curiosos, sino también hermosas anguilas y soberbias truchas, que las vendedoras del mercado le pagaban á subido precio.

No había nadie que al pueblo llevara pesca tan rica y abundante como la de Chaviri.

Los primeros días se atribuyó aquello á simple casualidad. Pero la cosa iba durando una y otra semana. Á los dos meses el nuevo pescador había ganado ya mucho dinero.

Fué la noticia extendiéndose, y Chaviri dejó de oir el irónico: _¿Pican? ¿Pican?_ Los chicos ya no volvieron á gritarle: _¡Pescador de caña, más pierde que gana!_

Y como se había hecho malicioso, pronto se dió cuenta de que algunos de los que antes se burlaban de él, le acechaban con cautela ó le seguían con disimulo.

--¡Ah! ¡Qué bien hice--se dijo--en evitar que nadie me viese _río arriba_, donde está el escondido remanso de las anguilas y de las truchas que he descubierto yo solo!