Spanish short stories

Part 9

Chapter 93,882 wordsPublic domain

Fijarse este manifiesto en los sitios públicos de Animalejos, Cabezudo y Barbaruelo, y amotinarse los tres pueblos contra el tío Traga-santos, todo fué uno, porque todos decían bramando de coraje:

--¡Ciertos son los toros! ¡El tío Traga-santos es un bribón de siete suelas, que no hace más que pastelear y meterlo todo á barato con capa de santidad y palabras de caramelo! ¡Hay que hacer con él una{109-1} que sea sonada para que no vuelva á venderse al oro de...

Este oro era para los de Barbaruelo el de Cabezudo, para los de Cabezudo el de Barbaruelo, y para los de Animalejos el de cualquiera de los dos pueblos vecinos.

El resultado de los manifiestos al público es contraproducente, ó cuando menos nulo, en estos dos principales casos: primero, cuando el manifestante no tiene razón ó el público no quiere que la tenga; y segundo, cuando el manifestante tiene malas explicaderas, ó el público tiene entendederas no mejores.

De esto último había un poco en el tío Traga-santos y en los de Cabezudo, Barbaruelo y Animalejos, y así se explica el que{110-1} el manifiesto del primero causase efecto contraproducente en los segundos.....

El tío Traga-santos, viendo que su manifiesto, lejos de hacer entrar en razón á aquellos á quienes se dirigía, los había irritado hasta el punto de que se temía de ellos alguna barbaridad, acudió al Párroco en demanda de consejo.

--Tío Traga-santos--le dijo el Párroco,--no debe usted extrañar que su manifiesto del ten-con-ten no haya producido el efecto que usted se propuso, porque ni yo mismo he podido entender lo que usted quería decir en él.

--Mire usted, señor Cura, lo que yo quería decir era que es imposible que llueva á gusto de todos, y que lo más que yo pude hacer fué pedir á San Isidro que intercediese con Dios para que lloviese como más conviniese á todos.

--Pues oiga usted, tío Traga-santos, lo que pasó en Madrid entre D. Juan Nicasio Gallego, que era un gran maestro en materia de poesía, y D. Mariano Luis de Larra,{110-2} que todavía era aprendiz. Larra compuso unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son.

--Marianito--dijo el maestro,--no entiendo lo que usted ha querido decir aquí.

--Señor D. Juan--contestó el aprendiz,--lo que yo he querido decir ahí es esto, y esto, y esto.

--Pero ¡canario!--exclamó D. Juan;--Marianito, ¿por qué no lo ha dicho usted, hombre?

--Entiendo muy bien, señor Cura, lo que usted quiere darme á entender con ese cuento, ó lo que sea; pero como ya á lo hecho pecho, quisiera saber si le parece á usted bien que fíe sólo mi justificación y defensa á la misericordia de Dios, procurando alcanzarla por la intercesión del glorioso San Isidro.

--Me parece muy bien eso, y celebraré muchísimo que así se salve usted del enojo que ha causado la torpeza de su manifiesto; pero mire usted, tío Traga-santos, yo debo hablarle á usted con franqueza: si yo fuera santo, echaba{111-1} muy enhoramala á los que sin necesidad se meten á escribir y no aciertan á decir lo que piensan. Cuando se escribe para el público no basta querer decir las cosas, sino que es necesario decirlas, y decirlas bien, y el que no sirva para eso, que reserve toda su literatura, de{111-2} soltero para escribir á la novia, y de casado para apuntar la ropa que lleva la lavandera.{111-3}

El tío Traga-santos se subió á su ermita y se puso á orar al Santo, incurriendo en la tontería de no pedirle misericordia por lo malo del manifiesto, porque suponía que habiendo sido el Santo un sencillo y rústico labrador, no entendía de esas cosas. Ni siquiera se atrevía ya á pedirle que intercediese con Dios para que le concediese esto ó lo otro ó lo de más allá,{111-4} sino que se limitaba á pedirle que intercediese para que Dios le concediera lo que fuese más justo, como que el tío Traga-santos decía, y decía muy bien:

--No lo echemos á perder otra vez pidiendo cosas injustas. Claro está que á mí me convendría que instantáneamente trocasen esos barbarotes en amor y agradecimiento la tirria y la ingratitud que me tienen, pero quizá cometa un pecado muy gordo empeñándome en dar gusto á todos en vez de darle sólo al que lo mereciese; y pedir que Dios me exima de la expiación de ese pecado, es pedir gollerías. No, no, señor; la que debo pedir á Dios es que haga conmigo lo que sea más justo.

Hallándose el tío Traga-santos en esta santa ocupación, asomaron por los caminos de Cabezudo y Barbaruelo numerosas turbas de masas populares que se dirigían hacia Animalejos al furibundo grito de: «¡Muera el tío Traga-santos!», grito que no tardó en encontrar eco en Animalejos mismo, cuya plebe empezó á agitarse furiosa, formando cuerpo con la forastera: toda aquella muchedumbre se encaminó, rugiendo de furor, al cerrillo de San Isidro.

El tío Traga-santos cerró por dentro la puerta de la ermita, reforzándola con los bancos y oyendo á la irritada muchedumbre gritar: «¡Cerquemos la ermita de paja y leña y peguémosle fuego, para que muera achicharrado en ella ese hipócrita y pastelero tío Traga-santos!»; el pobre tío Traga-santos cogió la preciosa imagen de San Isidro, y saltando por la ventana de la trasera con felicidad tan milagrosa, que nadie le vió, ni se hicieron él ni el Santo el menor daño, logró salir á la vega á la luz del fuego que devoraba el hermoso edificio levantado por él sobre un montón de gloriosas ruinas, á costa de tanto amor y trabajo, y tomó el camino de la inmigración al compás de las maldiciones é improperios del vulgo, cuyo amor había creído alcanzar con el ten-con-ten, ó lo que es lo mismo, procurando complacer á todos, sin ocurrírsele que sólo se debe complacer al que lo merece.

VINO Y FRAILES

POR DON NARCISO CAMPILLO{114-1}

I

¿En dónde pasa la acción de esta verídica historia? En cualquier sitio delicioso de cualquiera provincia de España. En todas ellas hubo docenas de docenas de conventos, cuyos piadosos moradores atravesaban este valle de lágrimas sostenidos por su fe y por los copiosos tragos y valientes tajadas con que procuraban conservarse robustos para entrar con pie firme en la mansión de los bienaventurados. Así es que en los solemnes días de procesiones y oficios religiosos, cuando los frailes salían juntos en comunidad y cruzaban grave y lentamente {114-2} plazas y calles precedidos de estandartes, cantores y músicas, admirábase{114-3} la gente devota de verlos tan lucios, gordos y colorados, á pesar de los ayunos, maceraciones y cilicios que debían de sufrir, atribuyendo sus esféricas panzas, bermejos rostros y anchos cogotes á la influencia y acción de la divina gracia, tranquilidad de conciencia y justo galardón de evangélicas virtudes.

No seré yo, pecador, quien lo niegue; aunque sospecho que la regalona vida y suculenta mesa tendrían en ello no pequeña parte; que el jamón y el vino crían carne y sangre con más eficacia que todas las antífonas, jubileos y responsorios. Á lo menos, tal es la común opinión de fisiólogos y médicos; pero no entraré yo á sustentarla para que no me roan los huesos tachándome de incrédulo y materialista y tal vez de otras cosas peores. He reparado que según disminuye la fe, aumenta el número de los que dicen que la tienen; y ya no hay podrido que no finja escrúpulos de doncella, ni deje de establecer cátedra de religión y moral, censurándolo todo y admirándose de todo como si hubiese caído de las celestes regiones y temiera manchar la túnica de su inocencia al contacto de este mundo pecador y terrestre. De semejante cuadrilla conozco muchos cómicos. Dios los aplaste y luego los perdone,{115-1} y vamos á mi cuento.

Era cosa extraña que hallándose el monasterio de Nuestra Señora del Valle en uno de los lugares más sanos, ventilados y hermosos de toda España, siempre hubiese en él un crecido número de enfermos. Singularmente al llegar la primavera menudeaban las dolencias de carácter inflamatorio, y cada apoplegía que estallaba era un súbito escopetazo que se llevaba un fraile al sepulcro, sin darle cinco minutos para rezar un Padre Nuestro. El médico, persona entendida y de conciencia, y que, hubiese{115-2} poco ó mucho trabajo, cobraba por años á cuota fija, calentábase la mollera discurriendo sobre la causa de tales enfermedades. ¿Estaba en la atmósfera? Nada tan puro como los aires de aquel convento, situado en el campo á legua y media del más cercano pueblo, en un cerro ventilado y alegre y en medio de frondosas arboledas. ¿Consistiría en las aguas? ¡Pero si las aguas bajaban de la próxima sierra, delgadas, copiosas y tan cristalinas que ni con la imaginación podían suponerse mejores! ¿Los alimentos? Algún abuso habría en la cantidad; mas en la calidad eran dignos de servirse en mesas de reyes. ¿La estrechez de la regla, las penitencias, los ásperos cilicios? El médico sabía muy bien que no había tales carneros; y aunque los hubiera, semejantes austeridades enflaquecen y momifican el cuerpo, siendo más propias para dejarlo cacoquimio y exangüe, que para sobrecargarlo de carnazas y acres y gruesos humores. Ningún cenobita de los antiguos tiempos tuvo jamás barriga prominente ni mofletes rubicundos, aunque al retirarse de la sociedad para vivir angélicamente en el desierto, estuviese reventando de puro gordo. Los rábanos, berengenas, lechugas y otros manjares por el mismo órden con que se alimentaban los penitentes solitarios, eran poco adecuados para criar mantecas; y aunque algunos tenían un cuervo ú otro caritativo pajarraco que diariamente les llevaba un pan, tampoco medraban mucho, pues el pan seco, más que otra cosa, es mortificación y abstinencia.

Pero los frailes del Valle bebían vino, y añejo, y puro, y potencioso, y capaz de resucitar á un difunto con sólo arrimarle á la nariz una copita. ¡Ah! ¡el vino, el vino! Ahí estaba la cola del lagarto y el punto de la dificultad. El galeno dábase palmadas en la ancha frente, indignado contra sí mismo por su torpeza. ¿Cómo no lo había conocido antes? ¿De qué otra cosa podía provenir aquella tendencia inflamatoria y pletórica tan común entre los monjes? No le quedaba duda: del vino. Además de ser generoso y añejo, lo bebían á todo pasto, en anchos y profundos tazones, á gaznate abierto y codo levantado, sin regla ni medida. Padre había{116-1} en la comunidad que no recordaba ya el sabor del agua; pero que sabía en cambio de memoria las vigas del refectorio con todas sus cabeceras, entalles y labores.....

El médico, hombre de conciencia y amigo de la verdad, creyó cumplir un deber dando cuenta de sus observaciones al Prior del convento, que tal vez y sin tal vez era en la casa el menos devoto de Baco, hasta el punto de que solía bautizar su vino, con grave escándalo de la comunidad, partidaria del vino moro y aborrecedora de las mezclas. El Superior no dijo palabra á nadie, limitándose á poner en su vino más agua todavía para ver si lograba conseguir algún fruto con la muda elocuencia del ejemplo. Pero aunque se hubiese bebido el estanque de la casa, que no era flojo, como destinado á criar hermosas truchas, no por eso habría fundado escuela ni aun sacado el menor discípulo. El vino seguía bajando á raudales por aquellas gargantas, y la enfermería cobrando su acostumbrado tributo.

Entre tanto acercábase la fiesta de nuestro señor San Juan, en cuyo día{117-1} la comunidad acostumbraba celebrar capítulo donde los padres graves discutían todo lo relativo al orden y acertado gobierno del convento, así en la esfera espiritual como en la temporal y económica. Ciertamente no eran tales asambleas en muchas ocasiones lo pacíficas que es de suponer entre clérigos regulares, y las crónicas de los institutos religiosos y la tradición de personas ancianas conservan la memoria de algunas de estas reuniones que terminaron trágicamente como el famoso Rosario de la Aurora. Los frailes son hombres, y es muy cándido el creer que al encajarse los hábitos y entrar en la clausura dejan á la puerta su carácter, instintos y pasiones, transformándose de repente en ángeles ó cosa parecida. Así, pues, y por el fundado temor de armar un tiberio, moderábanse los más vehementes, exponiendo con templanza sus opiniones; y aun los rectores, abades, priores ó provinciales se tentaban la ropa y lo meditaban despacio antes de proponer cualquiera reforma, por leve que fuera, ó de soltar alguna especie capaz de ser interpretada en mal sentido por los hermanos; y hacían bien, que no siempre está la Magdalena para tafetanes.

No es de extrañar, por tanto, que llegado el día del capítulo fuese manifestando el P. Prior todos los puntos que habían de tratarse, dejando deliberadamente para lo último la reforma vinífera que pensaba plantear _pro salutem etiamque mores_, quiero decir, en beneficio de la salud y aun de la moral de los asociados. Pero como las cosas llegan alguna vez por mucho que se retarden, llegó también el momento de manifestarla, y no le faltó, ciertamente, la destreza más exquisita al hacerlo.

Después de una introducción ó exordio elogiando el tino y la prudencia con que había resuelto el capítulo cuestiones delicadas, celebró que todos los ánimos estuviesen unidos para cuanto fuese provechoso espiritual ó temporalmente á la orden, comparándola á una gran madre cuyo mejor adorno y corona son los buenos y virtuosos hijos. Añadió con humildad que se creía inferior en doctrina y merecimientos á otros muchos insignes varones allí presentes, y que por su parte procuraba suplir la falta de otras excelencias y altas dotes á fuerza de entusiasmo y celo por la comunidad que, aunque indigno, tenía la honra de dirigir, etc., etc.

Mientras iba ensartando estas cosas con voz insinuante y melíflua, le oía el capítulo como quien oye llover desde lugar cubierto; unos parecían mirar con grande atención las pinturas de los muros y bóveda, medio dormidos otros cabeceaban haciendo reverencias, y muchos con las manazas cruzadas sobre la barriga y hartos ya de plática, decían para su sayo: «¿cuándo se acabará esto y tocarán á refectorio?» Pero el discurso no llevaba trazas de concluirse tan pronto; antes, al contrario, de unas reflexiones nacían otras; como las aguas vivas de manantial abundante, las palabras con rapidez asombrosa brotaban de los labios del orador, que siempre había sido hombre de gran facundia, y en aquella ocasión lo era más todavía, de suerte que el aburrido auditorio tenía casi agotada la paciencia, y sólo por ciertos respetos no daba mayores señales de su disgusto.

--¡Vamos, predicar á frailes! ¡Ni al que asó la manteca se le ocurre cosa igual!

--¿De dónde habrá sacado el P. Prior tanta letra menuda? ¿Se estará ensayando ahora para algún sermón de empeño?

--Este hombre es muy capaz de estarse hablando seis horas sin escupir siquiera. Y luego en el refectorio nos servirán todas las cosas apelmazadas ó frías, ó pasadas de punto, ó... Esto es deplorable.

Tales pensamientos y otros de la misma estofa dominaban en el seráfico auditorio. Conociéndolo el orador, hubiera hecho alto y puesto punto final á su elocuencia; mas no tuvo tanta oportunidad, y siguió adelante. Por fin, entró de lleno en el asunto: descritas la posición escogida y condiciones higiénicas del convento, la vida ordenada y sana alimentación de los religiosos, no pudo menos de manifestar su extrañeza ante el excesivo número de ingresos en la enfermería, y especialmente porque todos ó casi todos los padecimientos fuesen de la misma índole y carácter inflamatorio, no pocas veces de terminación funesta. Que siendo para él, añadió, caso de conciencia el atajar mal tamaño, lo había consultado con personas de reconocido saber y consejo; de cuya consulta resultaba causante de aquellas dolencias inflamatorias y congestiones apopléticas el vino{120-1} puro y añejo y potencioso que sin tasa alguna los monjes bebían. Que, por tanto, era indispensable reducirlo en cuanto á la cantidad, y aguarlo en cuanto á la calidad, no dudando de que así lo harían todos los padres como varones prudentes y virtuosos que eran.

Al llegar aquí no hubo ya dormilones, indiferentes ni medio dormidos; antes, cada cual abría los ojos como una liebre, fijándolos en el orador con cierta expresión de asombro y de lástima propia de quien contempla á un hombre que repentinamente acaba de perder el juicio. ¡Mermar el vino! ¡Aguarlo! ¿Habría nadie{120-2} escuchado atrocidad semejante? Violentos murmullos interrumpieron el discurso, que no pudo reanudarse: los frailes dejaron sus asientos y se arremolinaron por grupos, voceando y gesticulando sin hacer más caso del Superior que de la carabina de Ambrosio; los de un corrillo pasaban á otro, como consultándose mutuamente; la confusión y el tumulto crecían por instantes; el Superior, turbado ante aquella especie de motín, no sabía qué hacerse; hasta que, por último, dominando toda la gresca y baraúnda, se oyeron las voces de «¡Silencio! ¡Callad! ¡Que hable el P. Procopio! ¡Silencio!»

Era el tal P. Procopio un desaforado jayán, cetrino y barbudo, más adecuado para llevar una casa sobre la espalda ó tirar de una carreta, que para gozar en contemplaciones místicas y éxtasis divinos. Su entendimiento era el de un toro de ocho años y su fuerza también, sobre todo cuando se ponía ó lo ponían colérico; por cuya razón era muy respetado y temido, y ninguno quería contradecirle aunque dijese una barbaridad, y solía decirlas de monumental calibre. Este P. Procopio asumió el parecer de la comunidad, y restablecido el silencio clamó con voz tonante:

--Padre Prior, puro y sin tasa, y caiga el que caiga.{121-1}

II

Indudablemente fué el P. Procopio eco fidelísimo de la opinión general. Mientras el Prior con su larga y pulida perorata sólo consiguió fastidiar al auditorio, él con cuatro palabras resolvió la cuestión, y á poco más se ve{121-2} paseado triunfalmente en hombros por todo el convento. Excusado parece añadir que siguió la cosa como antes; el vino añejo se repartía con profusión para sumirse por los cien abismos de aquellas insaciables gargantas; las inflamaciones y apoplegías continuaban, y jamás se desocupaba la enfermería. Precisamente una de las primeras víctimas de su intemperancia fué el mismísimo P. Procopio, que á las pocas semanas del famoso capítulo mencionado reventó como una bomba..... Quien no conozca á los frailes, quizá imagine que este trágico ejemplo pudo introducir en ellos alguna enmienda; sin embargo, en honor de la verdad debo decir que no la hubo. Cuando una columna de ataque se propone tomar un fuerte por asalto, avanza con paso ligero despreciando la metralla que barre hileras de hombres; si unos caen hechos pedazos, otros y otros llegan y pasan sobre los cadáveres y la sangre, y saltan fosos, y escalan empalizadas y reductos hasta clavar su bandera en lo más alto de la fortaleza enemiga. Pues los frailes son una milicia también, y no menos tenaz que la del ejército. Obligado á escoger entre ambas, me quedaría sin las dos, aunque la primera me parece más temible; y cuando así lo digo, estudiado lo tengo. Pero vayan las digresiones á un lado, y siga adelante la historia.

El débil P. Prior de Nuestra Señora del Valle, que no se atrevió á cortar con mano firme el inveterado abuso de que fue campeón el P. Procopio, resignó su cargo á causa de sus muchos años, y se retiró á pasar tranquilo en otro convento los que le quedasen de vida. Claro está que alguien había de sustituirle para que la comunidad no quedase convertida en un cuerpo acéfalo y disparatado. Pero este alguien, este nuevo Prior, no era un anciano irresoluto y fatigado por la edad, ni menos un blandengue, ni tampoco un devoto contemplativo y extático, siempre con la imaginación en las esferas celestiales. Al contrario, era hombre joven todavía, pues apenas andaba en los cuarenta; poco erudito y muy despejado, de imperiosa y breve palabra, y sobradamente capaz de sujetar y meter en cintura á un convento de frailes y también á una horda de piratas. Decíase de él por lo bajo que en su borrascosa mocedad había sido contrabandista y que yendo y viniendo de Ronda á Gibraltar y de Gibraltar á Ronda con su potro corredor y su trabuco naranjero, había llenado aquella ancha zona de su alto nombre y sus épicas hazañas. Decíase además que no conocía los PP. de la Iglesia, dogmáticos ni apologistas; que estaba ayuno de Biblia Sacra y expositores, y que sólo sabía un poco de moral y el suficiente latín para leer el oficio de la misa y las horas canónicas. No le calumniaban en esto último: el nuevo Prior no era docto letrado, ni mucho menos; pero en cuanto á lo de contrabandista, no estaba del todo averiguado que lo hubiera sido, aunque dándolo como cierto y seguro, tampoco sería maravilla; que en las vueltas y mudanzas del mundo ladrones han llegado á santos, y hombres virtuosos acabaron en ladrones. Hasta el fin de la comedia no se sabe el desenlace.

Vino, pues, el Prior nuevo precedido de esta fama: anduviéronse los frailes con gran pulso para no deslizarse en la menor cosa, y el convento por lo tranquilo parecía una balsa de aceite. Una balsa de aceite en la superficie, que por el fondo rugía la borrasca. Sin hacerlo punto discutible ni decir palabra á fraile alguno, había dispuesto el nuevo Prior que se sirviera en la mesa del refectorio el vino aguado, y en tal extremo como para refrescar el estómago en vez de acalorarlo. El despensero guardaba cuidadosamente las llaves de la bodega, y por nada del mundo hubiera faltado á la consigna. Verdad es que la salud de la comunidad había mejorado y eran pocas las camas ocupadas en la enfermería; pero en tan grande ventaja no paraban mientes los frailes, sino que andaban resentidos y furiosos contra el nuevo jefe. ¡Aguarles el vino! ¡Meterse á reformador sin consultar con nadie! Y encima de esto y por contera y remate, ¡no tener palabra ni ojos sino para el mando y para lanzar miradas que dejaban al más osado hecho una estatua de piedra! Vamos, esto era fenomenal é intolerable.

Para tomar el pulso al tonsurado ex-contrabandista y probarle la paciencia, eligieron y diputaron los frailes al más atrevido, quien de propósito cometió una falta leve, y reprendido por ella contestó al P. Prior una tontería. Pero se arrepintió bien pronto de su ligereza, cuando sintió sobre sí una mirada fulminante y oyó una voz severa diciéndole:

--Hermano, durante un mes tendrá su celda por encierro y ayunará á pan y agua. Desde hoy comienzan la reclusión y el ayuno. Váyase en paz.

Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna excusa, añadió el P. Prior:

--Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.

Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua, el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.

Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar, que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el gobierno de Nuestra Señora del Valle.