Part 4
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: á la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le había visto{27-1} y de los adornos, á fin de que comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada replicaba á mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante á respirar, exclamó sin mirarme:
--Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!
Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque llegaríamos demasiado temprano.
--De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡ Si lo supiesen mis primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buen fondo.
Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la garganta,{28-1} hasta que se echó á llorar perdidamente. Me costó mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó á charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos á cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yo debía replicarle inmediatamente que no importaba nada: el papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando á las muñecas cuando la avisaron para ir á casarse. ¿Qué había de oponer á este poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo nos iríamos á Jerez, para que conociese á sus amigas y á sus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más, cuando supieran que este caballero era su marido!
Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado un beso á traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran las manos delante,{28-2} para que no le tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con tanto ardor como ahora.
Estábamos próximos ya á su casa. Los carruajes de la gente que volvía de las tertulias, al cruzar á nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le obligaban á esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían guiños, como si nos invitasen á gozar apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habían de volver. Á lo lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.
Llegamos por fin á casa. Delante de la puerta, Teresa volvió á hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente á las dos en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.
--Cuidado que no faltes.
--No faltaré, preciosa.
--¿Á las dos en punto?
--Á las dos en punto.
--Llama ahora con un golpe á la puerta.
Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos del portero.
--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escápate de prisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé á paso largo.
Dejó de hablar D. Ramón.
--¿Y después, qué sucedió?--le pregunté con vivo interés.
--Nada, que aquella noche no pude dormir de{29-1} remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.
--¿Sin ver á Teresa?
--Sin ver á Teresa.
LA BUENAVENTURA
POR DON PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN{30-1}
I
No sé qué día de agosto del año 1816 llegó á las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido ó sobrenombre{30-2} _Heredia_, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían á una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo{30-3} pie á tierra, dijo con la mayor frescura «_que quería ver al Capitán general_.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar á conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo,{30-4} á la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor á lo ajeno... con permiso del engañado dueño,{30-5} dió orden de que dejasen pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
--¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
--Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...--respondió el Conde con aparente sequedad.
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
--Pues, señor, vengo á que se me den{31-1} los mil reales.
--¿Qué mil reales?
--Los ofrecidos hace días,{31-2} en un bando, al que{31-3} presente las señas de _Parrón_.
--Pues ¡qué! ¿tú lo _conocías_?
--No, señor.
--Entonces...
--Pero ya lo conozco.
--¡Cómo!
--Es muy sencillo. Lo{31-4} he buscado; lo he visto; traigo las señas, y pido mi ganancia.
--¿Estás seguro de que lo has visto?--exclamó el Capitán general con un interés que se sobrepuso á sus dudas.
El gitano se echó á reir, y respondió:
--¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiere engañarme.--¡No me perdone Dios si miento!--Ayer vi á _Parrón_.
--Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue{31-5} á ese monstruo, á ese bandido sanguinario, _que nadie conoce ni ha podido nunca ver_? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras, á algunos pasajeros, y después los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que nunca dé con él la Justicia?{31-6} ¿Sabes, en fin, que ver á _Parrón_ es encontrarse con la muerte?
EL gitano se volvió á reir, y dijo:
--Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa ó nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros?--Repito, mi General, que, no sólo he visto á _Parrón_, sino que he hablado con él.
--¿Dónde?
--En el camino de Tózar.
--Dame pruebas de ello.
--Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días{32-1} que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado.--«¿Será{32-2} esta gente de _Parrón_? (me decía á cada instante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan!{32-3}..., pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan á ver cosa ninguna.»
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me dijo:
--Compadre, ¡yo soy _Parrón_!
Oir esto y caerme de espaldas, todo fué una misma cosa.
El bandido se echó á reir.
Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte{33-1} por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para{33-2} tales hijos! ¡Jesús!{33-3} ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera{33-4} si no tenía gana de encontrarte el gitanico{33-5} para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador!--¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe á cambiar burros muertos por burros vivos?--¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le{33-6} enseñe el francés á una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa...
Luego preguntó:
--Y ¿qué respondió _Parrón_ á todo eso? ¿Qué hizo?
--Lo mismo que su merced; reirse á todo trapo.
--¿Y tú?
--Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.
--Continúa.
En seguida me alargó la mano y me dijo:
--Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho reir: y si no fuera por esas lágrimas...
--¡Qué, señor, si son{33-7} de alegría!
--Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis ú ocho años!--Verdad es que tampoco he llorado...
--Pero despachemos.--¡Eh, muchachos!
Decir _Parrón_{34-1} estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fué un abrir y cerrar de ojos.
--¡Jesús me ampare!--empecé á gritar.
--¡Deteneos!{34-2} (exclamó _Parrón_.) No se trata de eso _todavía_.--Os llamo para preguntaros qué le habéis _tomado_ á este hombre.
--Un burro en pelo.
--¿Y dinero?
--Tres duros y siete reales.
--Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
--Ahora dime la buenaventura--exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.
Yo se la cogí;{34-3} medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
--_Parrón_, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
--Eso ya lo{34-4} sabía yo... (respondió el bandido con entera tranquilidad.)--Dime _cuándo_.
Me puse á cavilar.
Este hombre (pensé) me va á perdonar la vida; mañana llego á Granada y doy el _cante_; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...
--¿Dices que{34-5} _cuándo_? (le respondí en alta voz.)--Pues ¡mira! va á ser el mes que entra.
_Parrón_ se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.{34-6}
--Pues mira tú, gitano... (contestó _Parrón_ muy lentamente.) Vas á quedarte en mi poder...--¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo á ti, tan cierto como ahorcaron á mi padre!--Si muero para esa fecha, quedarás libre.
--¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después de muerto!{35-1}
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.
Quedamos en lo dicho: fuí conducido á la cueva, donde me encerraron, y _Parrón_ montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...
--Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.) _Parrón_ ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...
--¡Todo lo contrario, mi General! _Parrón_ vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.
II
Pasaron ocho días sin que el capitán volviese á verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, á lo que me contó uno de mis guardianes.
--Sepa V. (me dijo) que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.--Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.
Á todo esto, á fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la buenaventura á todos los ladrones, pronosticándoles que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen{35-2} de la cueva y me atasen á un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaban á mi lado un par de centinelas.
Una tarde, á eso de las seis, los ladrones que habían salido de _servicio_ aquel día á las órdenes del _segundo de Parrón_, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan á nuestro Padre Jesús Nazareno, á un pobre segador de cuarenta á cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.
--¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!--¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro?--¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó á las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol á que estaba atado; porque los gitanos también tenemos{36-1} familia.
--No seas loco... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador.)--Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte...
--¡Cómo!--dijo el segador, sin comprender que hubiese{36-2} desgracia más grande que dejar sin pan á sus hijos.
--¡Estás en poder de _Parrón_!
--_Parrón_... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
--Pues, amigo mío, _Parrón_ quiere decir{37-1} la _muerte_. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera.{37-2} Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.--¡Preparen! ¡Apunten!--Tienes cuatro minutos.
--Voy á aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...
--Habla.
--Tengo seis hijos... y una infeliz...--diré _viuda_..., pues veo que voy á morir...--Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas á otras.--¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me{37-3} digo.--¡Caballeros, alguno de ustedes{37-4} será{37-5} padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir á los hijos de sus entrañas, diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?--Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones!--¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara... ¡Qué cara!... Se parecía á la de los santos que el rey Nerón echaba á los tigres, según dicen los padres predicadores...
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos á otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió á decirla...
--¿Qué dijo?--preguntó el Capitán general, profundamente afectado por aquel relato.
--Dijo: «Caballeros, lo que vamos á hacer no lo sabrá nunca _Parrón_...»
--Nunca..., nunca...--tartamudearon los bandidos.
--Márchese V., buen hombre...--exclamó entonces uno que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
--Pronto... ¡Márchese V.!--repitieron todos, volviéndole la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
--¿Te parece poco? (gritó uno.)--¡Pues no quiere su dinero!{38-1}--Vaya..., vaya... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y á poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos á otros no decir nunca á su capitán que habían perdonado la vida á un hombre, cuando de pronto apareció _Parrón_, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
Los bandidos retrocedieron espantados.
_Parrón_ se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando á sus camaradas, dijo:
--¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato á todos!--¡Pronto! Entregad á este hombre los duros que le habéis robado!
Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó á los pies de aquel personaje que dominaba á los bandoleros y que tan buen corazón tenía...
_Parrón_ le dijo:
--¡Á la paz de Dios!{39-1}--_Sin las indicaciones de V., nunca hubiera dado con ellos._ ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa... Ahí tiene V. sus veinte duros...--Conque... ¡en marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.
Pero no habría{39-2} andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró á volver pies atrás.
--¿Qué manda V.?--le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad á su familia.
--¿Conoce V. á _Parrón_?--le preguntó él mismo.
--No lo conozco.
--¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy _Parrón_.
El segador se quedó estupefacto.
_Parrón_ se echó la escopeta á la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.
--¡Maldito seas!--fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista,{39-3} observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
Entretanto decía _Parrón_ á los suyos, señalando al segador:
--Ahora podéis robarlo.--Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar á ese hombre, para que se fuera, como se fué, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los _migueletes_, habría dado vuestras señas{40-1} y las de nuestra guarida, como me las ha dado á mí, y estaríamos ya todos en la cárcel.--¡Ved las consecuencias de robar sin matar!--Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no apeste.
Mientras los ladrones hacían el hoyo y _Parrón_ se sentaba á merendar dándome la espalda, me alejé poco á poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...
Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí á todo escape, y, á la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado á una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de _Parrón_, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.
Réstanos ahora saber si acertó ó no acertó _Heredia_ al decir la buenaventura á _Parrón_.
III
Quince días después de la escena que acabamos de referir, y á eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe{41-1} de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir á las nueve y media en busca de _Parrón_, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el Conde del Montijo.
El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar á tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado á infundir _Parrón_ á todo el antiguo reino granadino!
--Parece que ya vamos á _formar_... (dijo un miguelete á otro), y no veo al cabo López...
--¡Extraño es, á fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de _Parrón_, á quien odia con sus cinco sentidos!
--Pues ¿no sabéis lo que pasa?--dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.
--¡Hola! Es nuestro nuevo camarada... ¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?
--¡Perfectamente!--respondió el interrogado.
Era éste un hombre pálido, y de porte distinguido, del cual se despegaba mucho el traje de soldado.{41-2}
--Conque ¿decías?...--replicó el primero.
--¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido...--respondió el miguelete pálido.
--_Manuel_... ¿Qué dices?--¡Eso no puede ser!...--Yo mismo he visto á López esta mañana, como te veo á ti...
El llamado _Manuel_{41-3} contestó fríamente:
--Pues hace media hora que lo ha matado _Parrón_.
--¿_Parrón_? ¿Dónde?
--¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado el cadáver de López.
Todos quedaron silenciosos, y _Manuel_ empezó á silbar una canción patriótica.
--¡Van once{42-1} migueletes en seis días! (exclamó un sargento.) ¡_Parrón_ se ha propuesto exterminarnos!--Pero ¿cómo es que está en Granada? ¿No íbamos á buscarlo á la Sierra de Loja?
_Manuel_ dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada indiferencia:
--Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató á López, ofreció que, si íbamos á buscarlo, tendríamos el gusto de verlo...
--¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de _Parrón_ con un desprecio!...
--Pues ¿qué es _Parrón_, más que un hombre?--repuso _Manuel_ con altanería.
--¡Á la formación!--gritaron en este acto varias voces.
Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.
En tal momento acertó á pasar por allí el gitano _Heredia_, el cual se paró, como todos, á ver aquella lucidísima tropa.
Notóse entonces que _Manuel_, el nuevo miguelete, dió un retemblido y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros...
Al propio tiempo _Heredia_ fijó en él sus ojos; y dando un grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó á correr hacia la calle de San Jerónimo.
_Manuel_ se echó la carabina á la cara y apuntó al gitano...
Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.
--¡Está loco! ¡_Manuel_ se ha vuelto _loco_! ¡Un miguelete ha perdido el juicio!--exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.
Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban á aquel hombre, que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo á preguntas, reconvenciones y dicterios, que no le arrancaron contestación alguna.
Entretanto _Heredia_ había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr después de haber sonado aquel tiro,{43-1} lo tomaron por un malhechor.
--¡Llevadme á la Capitanía general! (decía el gitano.) ¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!
--¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto!{43-2} (le respondieron sus aprehensores.)--¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!
--Pues lo mismo me da... (respondió Heredia)--Pero tengan Vds. cuidado de que no me mate _Parrón_...
--¿Cómo _Parrón_?... ¿Qué dice este hombre?
--Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir{43-3} delante del jefe de los migueletes, y señalando á Manuel, dijo:
--Mi Comandante, ¡ése es _Parrón_, y yo soy el gitano que dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
--¡_Parrón_! ¡_Parrón_ está preso! ¡Un miguelete era _Parrón_...!--gritaron muchas voces.