Sónnica la cortesana: Novela

Part 9

Chapter 93,823 wordsPublic domain

Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica, un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y retardar la muerte por muchos años.

Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.

El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.

--Bebo por la hermosura de nuestra ciudad --dijo levantando el cuerno lleno de vino.

--¡Por la griega Zazintho! --gritó Lacaro.

--Sí; seamos griegos --contestaron sus amigos.

Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón.

La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su antorcha y golpeando al que caminase con lentitud.

--¿Pero es que realmente crees en Minerva? --preguntó Eufobias á Sónnica.

--Creo en lo que veo --contestó la griega--. Creo en la primavera, en la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su fecundidad que los mantiene.

Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados, casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con queso rellenas de frutas cocidas.

Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos, traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la digestión.

Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas _colimbadas_ de picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.

Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.

--Deja que te bese en los ojos --murmuraba Sónnica--. Son las ventanas del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más hondo de tu pecho.

El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez, hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero, habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le hacía abandonar antes la ciudad.

Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias, tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos, sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.

--¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! --reclamaban con voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la embriaguez.

--Sí, vengan las danzarinas --gritó Eufobias saliendo de su estupor--. Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.

Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron en el peristilo regocijados sones de flautas.

--¡Las aulétridas! --gritaron los convidados.

Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas de violetas, con un _xitón_ abierto desde el talle á los pies, que descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.

De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que agitaban sus pies acompañando el ritmo.

Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de una hora, los convidados parecían aburridos.

--Esto lo conocemos ya --dijo Lacaro--. Son las flautistas de todos tus banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos. Otra cosa; deseamos las danzarinas.

--Sí, que vengan las danzarinas --gritaron los jóvenes.

--Tened calma --dijo la griega, separándose por un instante del pecho de Acteón--. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete, cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de Atenas.

Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, arrojaba la comida entre un arroyo de vino.

--Dadle hojas de laurel --dijo el prudente Alco--. Nada mejor para disipar la embriaguez.

Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer caso de las protestas del filósofo.

--No estoy ebrio --gritaba Eufobias--. Es el hambre que me persigue. Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa como la de Sónnica, se me escapa lo que como.

--Dí mejor lo que bebes --contestó Sónnica, volviendo á reclinar su cabeza en el pecho del griego.

La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora, llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto, sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella frescura casi masculina.

Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.

Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de la espalda.

--Lacaro --dijo el filósofo á su elegante enemigo--. ¿Por qué tú y tus camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo en el Foro?

--Nos lo ha prohibido Sónnica --contestó el joven satisfecho de la pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias--. Es una mujer superior, pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la hace escupir. Es una ateniense incompleta.

Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos. Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la piel.

Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y las confituras.

--¡Pero Sónnica!... --protestó Lacaro--. ¿Cuándo se ha visto á la hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten pronto las hijas de Gades.

Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el calor del cuerpo de su amante.

--Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos.

Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las danzarinas de Gades.

Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los hombres en la hora de la embriaguez.

El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames proposiciones.

Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y recargados de joyas que asomaban por entre los velos.

--Hermano, ¿eres hombre ó mujer? --preguntó gravemente el filósofo.

--Soy el padrecito de todas estas flores --contestó el eunuco con voz aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.

Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en forma de asa.

El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras. Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las lámparas.

De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de bailar.

--Más... más --gritaron los convidados incorporados en sus lechos por la excitación de la danza.

Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.

Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio, bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo, levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques. Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora, suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un revuelto lecho.

Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca, se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza, mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de Acteón.

Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos. Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de lejos el espectáculo de la bacanal.

* * * * *

Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de felicidad que vagaba en sus labios.

De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica, hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.

Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por encima de los carnales deseos.

Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín. En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.

Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo abierto las escenas del triclinio.

El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos esclavos la riqueza de la señora.

--Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.

Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que, olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer.

Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin duda se dirigía al puerto.

Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.

--¡Quieto! --dijo Acteón en voz baja--. Si te detengo es para decirte que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez te reconoce.

El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron al griego en la penumbra.

--¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí?

--Vivo en casa de Sónnica la rica.

--He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres... ¿Y no haces nada más?

--Soy guerrero á sueldo de la ciudad.

--¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de una ciudad de bárbaros y comerciantes!...

Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y añadió con resolución:

--Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez, te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis capitanes!...

--No, cartaginés --dijo Acteón gravemente--. No te aborrezco, recuerdo con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.

--La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país. Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado, sígueme: la fortuna va conmigo.

--No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría al populacho que crucificó á Lisias.

--Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella injusticia de Cartago.

--No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín. Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en el barrio de los comerciantes.

--¡La paz!... ¡la paz!...

Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó en el silencio del camino.