Sónnica la cortesana: Novela

Part 8

Chapter 83,946 wordsPublic domain

--Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí, Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.

Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más célebres.

Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez. Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores que la convirtieron en la _guerra inexorable_, y su padre, que había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón. El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas.

Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la frontera.

Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura, bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud, hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría la historia de sus viajes.

Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de simpatía.

--Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta ciudad como simple mercenario?

--Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.

--No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados; pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.

Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía una piedad amorosa que tenía algo de maternal.

El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta.

--Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por un instante en los bosquecillos de la Academia.

Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas.

Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo vestido un _xitón_ griego, una túnica abierta, sujeta por un broche de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces. La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura de espuma tejida.

--¿Te asombra mi traje Acteón?

--No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas. Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas costumbres de los bárbaros.

--Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de sus pechos más que en el poder de los dioses.

--¿Dudas de los dioses? --preguntó Acteón con su fina sonrisa de ateniense.

--Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos.

--¿En qué crees, pues, Sónnica?

--No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la belleza y el amor.

Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:

--Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el mundo!...

--Por eso somos grandes --dijo Acteón con gravedad--. Por eso nuestras artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu. La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente. No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo, alegran la tierra.

--El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como deshonestidad.

--Yo conozco un pueblo --dijo Acteón-- en el que el amor, la divina fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida.

Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas, en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una palabra para caer en sus brazos.

El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza, parecían venir de un mundo lejano.

Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar mejor su virilidad enorme pintada de rojo.

Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense.

--Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.

Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro. Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.

Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la griega.

--¡Sónnica!...

Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo. Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.

--Eres Atenas que vuelve á mí --murmuró ella con dulce desmayo--. Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...

Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la desnudez de la griega.

* * * * *

Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche, unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta.

Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos del _triclinyum_. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas, esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos.

El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete, colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre al alcance de la mano.

En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por la mañana en la explanada de la Acrópolis.

Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la diversión.

Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza coronada de rosas y violetas.

--Ya tenemos amo --murmuró Lacaro con entonación envidiosa.

--Ha sido más afortunado que nosotros --contestó el celtíbero con sencillez--. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.

Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.

Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.

El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.

--Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.

Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la proximidad de Eufobias.

--¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! --gritaban los jóvenes, recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus trajes y costumbres.

--Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente --decían los ciudadanos graves.

Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y dijo con frialdad á su intendente:

--Arrójalo á palos.

Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando todavía una estaca nudosa.

--Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez se mete más en la casa.

--¿Y qué dice?...

--Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.

La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala, encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.

--Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa Sónnica.

Y volviéndose al intendente dijo con altanería:

--Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra vez tener la mano menos pesada.

Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.

--¡Salud, piojoso! --le gritó el elegante Lacaro.

--¡Lejos de nosotros! --vociferaron los otros jóvenes.

Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión maliciosa.

--Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.

Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con servil sonrisa:

--Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.

El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y rechazó la corona que le presentaba una esclava.

--No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo de pan para un filósofo.

--¿Sientes hambre? --preguntó Sónnica.

--Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.

Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el momento de beber y dirigir las conversaciones.

--Elijamos á Eufobias --dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero.

--No --protestó Sónnica--. Un día le entregamos por broma la dirección de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos ebrios. Á cada bocado propone una libación.

--¿Á qué elegir rey? --dijo el filósofo--. Lo tenemos ya al lado de Sónnica. Que sea el ateniense.

--Que lo sea --dijo el elegante Lacaro-- y que no te permita hablar en toda la noche, insolente parásito.

En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino. Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera libación. Eran vasos de los llamados _mirrinos_, traídos á gran precio de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un sabor voluptuoso.

Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en honor de la divinidad predilecta.

--Bebe por Diana, ateniense --dijo la voz grave de Alco--. Bebe por la diosa saguntina.

Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y ensortijada envolviéndola con tibia caricia.

El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto.

Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas, almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados el _oxigarium_, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar, obligando á beber vino.

El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín.

--Que no me hablen de los nidos del ave fénix --decía Eufobias con la boca llena--. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.

--Lo que no te impide, malvado --dijo la griega sonriendo--, dedicarme versos en los que me insultas.

--Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus servidores y me des tú de comer.

Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias de las costas de Faraleo y del Helesponto.

Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas, en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.

Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus convidados, para sonreir á Acteón.

--Te amo --decía por lo bajo al griego--. Parece que me haya hechizado una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me consume.